Que a la letra dice…
¡Ah, los antepasados! Ese enigmático referente emocional; el principio elemental de nuestra genealogía; las raíces de nuestra existencia en este mundo; la orgullosa consanguineidad, los añejos blasones, la heráldica familiar. Orgullo y tradición… aunque a veces no.
Y sí, hay historias en que los antepasados no engrandecen sino que ofenden, enlodan, putrifican el devenir de sus descendientes. Es el caso de Los alemanes de Sergio del Molino. Una novela basada en hechos verídicos y, por lo mismo, deliberadamente escondidos, ocultos, soterrados por los hijos y nietos y bisnietos de los protagonistas de la desvergüenza.
La anécdota histórica es fascinante:
“El 2 de mayo de 1916, los vapores Cataluña e Isla de Panay atracaron en el puerto de Cádiz. Transportaban a seiscientos veintisiete alemanes procedentes de la colonia de Camerún, conquistada por los aliados en febrero de ese año en uno de los episodios menos conocidos y menos comentados de la Gran Guerra. En lugar de rendirse a sus enemigos, los alemanes se entregaron a las autoridades españolas en Guinea. España, como potencia neutral, los acogió como internados. Ya no abandonaron el país y se instalaron, sobre todo y entre otras ciudades, en Alcalá de Henares, Pamplona y Zaragoza. Pronto se harían famosos y serían conocidos como los alemanes del Camerún.”
Sobre este panorama Del Molino entreteje la vida de los Schuster. Un párrafo de la contraportada resume la magnitud del drama:
“Una ficción sobre la culpa, el poder y la corrupción que alumbra el infierno que pueden llegar a ser, en ocasiones, la familia.”
Dos inquietantes cuestiones palpitan a lo largo de la novela que acojonan al lector desde la primera a la última página: 1) ¿La veneración del pasado es producto de un deliberado engaño autoprotectivo?, y, 2) ¿Cuánto estamos dispuestos a perdonar de nuestros antepasados?
Hannah Arendt, citada en el epígrafe dimensiona estas cuestiones:
“Únicamente en sentido metafórico puede uno decir que se siente culpable no por lo que uno ha hecho, sino por lo que ha hecho el padre o el pueblo de uno. (Moralmente hablando, casi tan malo es sentirse culpable sin haber hecho nada concreto, como sentirse libre de toda culpa cuando se es realmente culpable de algo).” [Eichmann en Jerusalén]
Ya en la novela tres hermanos Eva, Fede y Gabi son los descendientes sobre los que recaerá el peso de la vergüenza familiar. Vergüenza que durante dos generaciones muestran las venalidades de los Schuster: un triunfo social y económico fincado en la fábrica de embutidos más renombrada de Zaragoza, España, exitosa empresa que patinará, en forma ignominiosa, un sospechoso triunfo moral empañado por el pasado familiar, pero que los tres hermanos lo ignoran durante buena parte de su vida y, por lo mismo, no los afecta en su niñez y primera juventud. Aunque a decir verdad, Gabi, el mayor, lo intuye y finca su rebeldía en ello. Sin embargo, Fede y Eva lo descubrirán a la muerte de Gabi y, por ello, no podrán compartir con él sus hallazgos, pero los reconciliará conocer que su hermano lo presentía.
Como complemento de la escenografía de la novela, tres personajes más están presentes en la imaginaria: el padre de los tres hermanos, el abuelo y la madre.
La trama arranca, como todo enredo nebuloso, gansteril y borrascoso, en un funeral: el de Gabi. La descripción del suceso muestra una de las vertientes que encajonan la historia: la simulación.
“Lo de aquella mañana era un entierro en el sentido estricto de la palabra. Consistía en sepultar un cadáver al estilo antiguo, en una tumba excavada en la tierra. No lo dejarían en un nicho, ni siquiera en un panteón, aunque la familia tenía pedigrí para erigir uno. Nuestro apellido debería destacar en una construcción de granito en la alameda central del cementerio, al lado de los patricios locales, pero mi familia prefería la gloria íntima de esa parcela aneja al camposanto municipal hecha de tierra alemana.”
Esto es, en el “Friedhof Deutscher: cementerio alemán”, sitio final de las vidas, pero no por ello del descanso de las almas. Fede lo relata así:
“Allí estaba mamá, pegada a la tapia, bajo un tilo que se alimentaba de ese rico compost y cuyas raíces pronto reventarían todas las lápidas. Al otro lado del árbol estaba el abuelo, Pablo Schuster, muy cerca de su padre, el bisabuelo Hans el Schuster primigenio. Allí le buscaron un hueco a Gabi, y no entiendo cómo, porque no cabían más muertos, pero siempre encontraban unos palmos de tierra para encajar otro. Allí cabrá también mi hermana. Y si no tomo las precauciones debidas, allí acabaré yo.”
Como todo funeral que se respete, el de Gabi está plagado de recuerdos, frivolidad y excesos verbales, emocionales y de otras índoles y, en la vida de los hermanos de cotidianidad histórica pues durante su niñez acudían todos los sábados, visitas estas al cementerio que resultan torales pues en sus recuerdos destaca emocionalmente Gabi, a quien Eva, funcionario política en la ciudad de Zaragoza, y Fede, profesor en la Universidad de Ratisbona, lo aman en cadencias similares pero sincopadas. De él Fede señala:
“De uno de aquellos sábados (en el cementerio) viene mi afición a los chistes de nazis, que sólo puedo contar a mis amigos no alemanes. Yo era aún un piojo (kopflaus) y Gabi me deslumbraba con la brasa de sus cigarrillos, que fumaba en el mismo cementerio, sin que los mayores se dieran cuenta. Tú no, piojo, me decía: cuando ingreses en las Hitlerjugend podrás fumar. Siempre estaba con lo mismo. Saludaba heil y respondía jawohl (¡Sí señor!) a los profesores, lo que le costó un par de expulsiones… De niño, pensaba que mi hermano hablaba siempre en serio. Luego pasé media vida tomándole por un payaso incapaz de decir tres frases sin ironía. Ahora que había muerto, volvía a creer que habló siempre en serio. Nunca conocí a nadie que hablara tan en serio como mi hermano.”
La furiosa ironía de Gabi, que despliega en su carrera de músico homosexual metalero, se muestra en toda su profundidad en este diálogo con Fede:
“Uno de esos sábados, antes de ir al cementerio, entré en su cuarto y lo encontré leyendo en la cama. Me llamó la atención la portada del libro, un dibujo muy tosco de una figurilla humana con un gorro de papel, un arlequín esquemático que tocaba un tambor rojo.
─Mamá dice que nos tenemos que ir ─anuncié.
─Jawohl, Frau Mutter ─gritó, y dejó el libro en la mesilla, de donde lo cogí. Die Blechtrommel Roman, leí con dificultad. De los tres, fui el que más tarde aprendió alemán, y al final he sido el único que vive de ese idioma.
─El título es sólo Die Blechtrommel. Roman quiere decir que es una novela. ¿Sabes traducirlo ya?
─Algo de un tambor.
─Muy bien, aún no estás perdido: El tambor de hojalata.
─¿De qué va?
─De nosotros, de nuestra familia, de lo que vamos a hacer ahora en el cementerio.
Hasta que no lo leí, unos cuantos cursos después, creí que Günter Grass había escrito un libro sobre mi familia. En parte aún lo creo.”
La madre de los Schuster es, a los ojos de Fede:
“Una mujer avasallada por ese animal (su esposo) que se camuflaba bajo la apariencia de un viejito frágil. (Al que) Todos veían en él a un anciano digno de la más dulce de las lástimas.”
El padre de los tres hermanos, Juan Schuster dejó la prestigiosa empresa charcutera en la bancarrota cuando se retiró. Solo había deudas y una fábrica obsoleta y descubrir las razones de ello será una de las ignominas vividas por Eva y Fede. En el momento de la novela Juan está enfermo y es casi una sombra, pero su presencia resulta avasalladora, totémica e implacable. Es temido y odiado, puesto que sus preocupaciones iban por otros derroteros de los que nunca supieron ciertamente sus hijos, aunque tal vez Gabi, el único con la capacidad y el valor de enfrentarse a su padre ya lo había descubierto, pero que en el momento de la novela, Fede y Eva llegarán saberlo y enfrentarlo irremediablemente.
“El siempre insultaba, echaba la culpa a los flojos, a los falsos, a los modernos y a los maricones… Juan Schuster vivía ─es un decir, una constatación biológica─ en un pisito aseado de la calle Madre Sacramento. No era muy luminoso, porque la calle es como un túnel, pero tenía terraza para ponerse al sol del mediodía, un ascensor amplio y un dormitorio de más para que Iona (su mucama) fingiese una vida propia… Allí lo encontré la tarde del día que enterraron a su hijo mayor. Ioana me advirtió de que había amanecido nuboso, y no se refería al tiempo, sino a su conciencia… ─Hola, papá, soy yo, Fede. Se sobresaltó y retiró la mano. Fijó su mirada en mí, unos ojos pequeños y enrojecidos que no dejaban ver blanco, iris, ni pupila, como marcados con alfileres. Quise presentarme otra vez, hablando más alto, pero para qué. No me veía. Y si me veía, no me reconocía. Y si me reconocía, no le importaba.”
Eva y Fede se enfrentarán de lleno a su oprobioso pasado familiar nazi a través de una aparentemente inocua negociación financiera con dos inversionistas de origen sefardí:
“Se llamaban Ziv Azoulay y Gal Balka, y les gustaba que los llamasen por el nombre, Ziv y Gal, que parecía un chiste. Hablaban un español perfecto, no sólo porque eran de familias sefarditas, sino porque habían trabajado muchos años en Argentina. Como pude comprobar cuando se pusieron de pie para darnos la mano, eran imponentes, dos torreones atléticos que no se habían echado a perder desde sus días en el ejército. Vestían de sport, pero muy caro, y de los cuellos de acero les emanaba un agua de colonia discreta y rotunda a la vez… eran dos morenos de pelo espeso y cejas como bosques, aunque fuesen bosques de repoblación, ajardinados por los mejores barberos de Tel Aviv.”
A partir de la aparición de Ziv y Gal la trama va sumergiéndose en la vorágine señalada en la contraportada:
“Narra con maestría un suceso muy poco conocido de la historia española relacionado con las mutaciones del nazismo y con hondas consecuencias en el mundo actual. Oscuros secretos familiares encierran un pasado amenazador capaz de destruir el presente.”
Los alemanes, de Sergio del Molino, es la ganadora del 27° premio Alfaguara de novela.
Por último, señalaré una grata sorpresa que contiene la edición de este libro, ya que mediante un QR, colocado en las primeras páginas, uno accede a través de la plataforma Spotify al contenido musical que se menciona en la trama. Gratísima experiencia, sin duda.

Y aquí el audio con el capítulo inicial en spotify:
