octubre 16, 2026, Puebla, México

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Mal de amores: la serie / Ángeles Mastretta

Nota publicada originalmente en Nexos

Una de mis ocho bisabuelas se llamaba Deifilia Sauri. De ella me robé el apellido para Emilia, la mujer cuya pasión por la vida, los abismos y las certezas quise imaginar. Para ella y con su dilema escribí la novela Mal de amores. Viví con su familia, sus deseos y su afán un tiempo largo.

Tras dejar a mis hijos en el colegio pasaba toda la mañana imaginando sus vidas con vehemencia. Ahora veo el libro desde lejos y no alcanzo a saber cómo lo hice ni quién era la yo que tuvo fuerzas y terquedad para escribirlo. 

Nunca me pregunté en esos años a quién iba a interesarle ese mundo. Yo estaba en paz ahí adentro. Y no me importaba lo demás. Ahora que lo digo, casi podría creer la teoría, que nunca he compartido, de que se escribe para uno mismo. Extraño esa sensación. Así de largamente no he vuelto a tenerla. Quizás se me ha perdido para siempre.

Tejí con diptongos los nombres Emilia, Diego, Daniel, Antonio. Y los apellidos Veytia, Cuenca y Sauri. No fue a propósito que busqué dos vocales unidas, pero quizás tanto afán y tan distinto sirva para mostrar de qué manera las alianzas las provoca el azar.

Hace mucho que este libro ya no me pertenece. Los lectores han hecho con él y conmigo lo que han querido. De esto me he dado cuenta cabal en los últimos años.

Hará ya más de dos décadas que una niña salió a recibirme con la sorpresa en los ojos y una pregunta que también yo me hacía: ¿Por qué?

Quizá le respondí con otra duda. Ahora sé: porque el mundo es impredecible y generoso. Tanto que la niña creció, estudió cine, se volvió una directora excepcional y convirtió el libro en una serie tocada por sus ojos y por lo mismo una historia entrañable. De su empeño, el de Filmadora y el de esta otra compañera de fábulas que es Netflix ha salido una serie que se estrena este septiembre y que vi tramarse también durante años en la vida y las pasiones de mucha gente gracias a la cual me tomó en vilo la emoción de ver a otros apropiándose de mi quimera para ponerla en sus gestos y su delirio como si fueron suyos. Y haciéndola mejor.

No tengo cómo agradecer su entrega. El trabajo de tantos puesto en las imaginerías de una.

De vez en cuando podía visitar el set, la calle o el campo en que se filmaba. Y todo era un milagro. Lo sigo viendo así. Detenida en la esquina de una calle actual que de repente se había convertido en la avenida Reforma en 1911 vi a una joven volar desde la estatua de Colón hasta los brazos de su novio perdido entre la tropa que entró con Madero a Ciudad de México. Vi poco, pero volví a ser la yo que se sintió al tiempo un joven, un viejo, un doctor, una mamá, un boticario, una tía como el fuego, una niña jugando entre los árboles, una mujer partida en dos mientras era valiente y ambicionaba el absoluto.

Y fue como si cada vez algo apagado se volviera a encender entre mis ojos y mi ánimo. Enamorarse así, inventar así, involucrarse así. Dichosos ellos, me decía y me digo. Verlos era rejuvenecer un rato, empeñarme otra vez en lo fantástico, creer en lo impensable. Tan lejos de aquel libro y tan cerca de quienes lo fueron haciendo suyo. Qué fortuna la de esta abuela a quien su nieto hace tres días le dijo sin ambages: “Claro que voy contigo a Puebla, pero alguien más tiene que ir con nosotros, para cuidarnos, porque tú ya eres viejita”.

Hablo por eso con fervor de los jóvenes: los actores, los productores, quienes la dirigieron, quienes la reescribieron, a tantos que dejaron su día con día en esto que alguna vez viví a solas. A quien eligió música de la mejor.

Así describí a algunos de los personajes que han de iluminar la serie, y aquí quiero nombrar a los actores que les dieron vida.

Emilia Sauri: vuelta de carne y hueso en Renata Vaca. Una criatura excepcional, tocada por una gracia extraña y misteriosa. Con la perfecta nariz y el alma noble de su madre, los ojos oscuros y grandes como un enigma de su padre. El fervor incansable de su tía Milagros. Tenía los pómulos levantados, la frente amplia, las cejas altas y precisas. Varias pasiones encontradas en el centro de su vida y su imaginación.

Daniel Cuenca (Juan Pablo Fuentes). De niño tenía los ojos indecisos, como si fueran preguntas, después era un hombre en cuya mirada reinaba la pasión, tenía casi siempre el pelo sobre la frente y la cabeza poblada de ocurrencias. Daniel, la pareja de Emilia desde siempre, la hacía vivir en vilo. Pensaba ella: Daniel poniéndole las manos donde nadie, metiéndose a su entraña como a su propiedad, llamándola cuando él quería, yéndose cuando le parecía urgente.

Antonio Zavalza (Iván Amozorrutia). Un hombre que al oír a Emilia hablando tras él, volteó su cuerpo de animal fino metido en una levita impecable y dijo con la voz redonda de quien goza con un hallazgo y no quiere perderlo nunca: “¿Puedo seguir oyéndola?”. Antonio Zavalza era un guapo y generoso médico, cuyo amor propio lo hizo donar su herencia y vivir empeñado en su trabajo. Un hombre en paz dispuesto a contagiarla.

Josefa Veytia (Diana Bovio). Una mujer acostumbrada a caminar con la espalda orgullosa de una bailarina de flamenco. Siempre tenía entre los ojos hundidos y redondos una pregunta, y en el borde de sus labios la paz contagiosa de quien no urge las respuestas. Usaba el cabello levantado sobre la nuca altiva. Tenía el don que equilibra la necesidad de las palabras con la premura de los silencios. Era una lectora sin alardes que regía la casa y la vida con el equilibrio de una diosa serena.

Milagros Veytia (Cassandra Ciangherotti). Era un poco más alta y bastante más terca que su hermana, tenía como ella los pómulos prominentes y la melena oscura, podía sonreír como un ángel y enceguecer de furia como todos los diablos. Milagros no estaba en paz sin las respuestas, le urgía saberlas todas. Tenía su libertad como pasión primera y su arrojo como vicio mejor. Era lectora como pocas y erudita como ninguno. Le gustaba desafiar a los hombres con el acervo de sus conocimientos científicos. Se divertía memorizando poemas y buscándose retos.

Diego Sauri (Miguel Rodarte). Nació en una pequeña isla que aún flota en el Caribe. Después de viajar por el mundo encontró a la mujer de su vida y se mudó a Puebla para siempre. Con todos sus conocimientos abrió la botica más célebre de la ciudad. Uno de esos extraños hombres que respetan sin preguntas los designios de la autoridad divina encarnada en su mujer. Le había costado mucho tiempo de estudio su condición de agnóstico, había incluso convencido a Josefa de que Dios era un deseo de los hombres, pero contaba con el Espíritu Santo que presentía entre las sienes de aquella dama y el ánimo impredecible de su hija.

Doctor Cuenca (Humberto Zurita). El doctor Cuenca tenía un justo y bien consolidado prestigio profesional, tocaba una flauta dulce y ambigua que contradecía la rigidez militar con que iba por la vida a las horas de trabajo. El hombre vivía con un rigor profesional que incluso merecía el respeto de sus enemigos, un sentido del deber y del orden y una envidiable austeridad verbal. Impávido y noble como el buen vino. No le gustaba notarse de más ni hacerle al héroe.

El poeta Rivadeneira (Juan Pablo Medina). Un hombre de gesto desencantado y facciones de animal fino, a quien mantenía en vilo su pasión por Milagros Veytia. Un hombre afortunado, de placeres sencillos. Disfrutó siempre todo lo que la vida le fue dando, sin pedir nunca más de lo que le tocaba. Leía sin horario y vivía sin prisa. Era pródigo, refinado y enigmático.

Sol (Sofía Carrera). La amiga apacible y conservadora de Emilia. Tiene los pies en la tierra y la imaginación en las aventuras de su amiga.

Salvador Cuenca (Alejandro Puente). El hermano mayor de Daniel, heredero de las mejores cualidades de su padre el doctor Cuenca. Un revolucionario cuerdo, si tal cosa es posible. 

Aquiles Serdán (Roberto Quijano). Un hombre delgado de ojos ardientes. Ya saben ustedes quién fue. 

Con esta familia cruza la vida de Emilia. Les agradezco su entrega y generosidad.

La serie existe gracias a: 

Netflix

Filmadora: José Nacif y Ramiro Ruiz

Productora ejecutiva, directora y guionista: Catalina Aguilar Mastretta 

Director: Humberto Hinojosa

Supervisión de producción: Andrea Gamboa 

Guionistas: Fernanda Eguiarte, Catalina Aguilar Mastretta, Daniela Gómez

Productores ejecutivos: Ángeles Mastretta, José Nacif, Ramiro Ruiz, Marco Polo Constandse y Fernanda Eguiarte

Directora de fotografía: Carmen Cabana

Diseño de producción: Sandra Cabriada

Diseño de vestuario: Adela Cortázar

Maquillaje: Thalía Echeveste 

Gerente de locaciones: Isaías Galicia

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