Acción civil

La música mexicana en La Casa del Mendrugo

Disfruta de nuestra proyección en gran formato.

Una noche con Alondra de la Parra.

ALONDRA DE LA PARRA / ORQUESTA IMPOSIBLE (6:56)
LA NOCHE DE LOS MAYAS / SILVESTRE REVUELTAS / Orquesta de París (29:35)
HUAPANGO / PABLO MONCAYO (9:02)
DANZA No. 2 /ARTURO MARQUEZ (10.32)
CIELITO LINDO (3:42)
LA LLORONA (4:05)
AMANECI EN TUS BRAZOS (4:17)
CUCURRUCUCU PALOMA (4:16)
Duración (1:09:25 )
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¡No cover!

Revista Nexos. Héctor de Mauleón. Escritor y periodista. Su más reciente libro es La ciudad que nos inventa (Cal y arena).

En el remoto e inimaginable 1840, el ingeniero José Besozzi levantó en Palma 37 el primer edificio construido en la ciudad de México para funcionar expresamente como hotel.

A este establecimiento se le bautizó como Hotel de la Bella Unión. No sólo fue el primero de categoría que hubo en la metrópoli —antes de su construcción, quienes juzgaban necesario viajar a la capital debían hospedarse en mesones sucios, incómodos y malolientes—: fue también el primer edificio con fachada de ladrillo que surgió en una ciudad hecha totalmente de tezontle.

El edificio de la joyería Palais Royal perteneciente a la firma R. Fernández y Compañía, situado en la esquina de 16 de Septiembre y Palma, en una fotografía de 1947. Este inmueble, de estilo afrancesado y famoso por los medallones de personajes históricos en la fachada, fue construido por el ingeniero José Besozzi en el sitio que ocupara el célebre café del Hotel de la Bella Unión.



El edificio de la joyería Palais Royal perteneciente a la firma R. Fernández y Compañía, situado en la esquina de 16 de Septiembre y Palma, en una fotografía de 1947. Este inmueble, de estilo afrancesado y famoso por los medallones de personajes históricos en la fachada, fue construido por el ingeniero José Besozzi en el sitio que ocupara el célebre café del Hotel de la Bella Unión.

El restaurante de aquel hotel fue también el primer lugar donde los mexicanos probaron la crema chantilly y el helado de tres sabores.

185 años después el edificio sigue en pie. Dejó desde hace mucho tiempo de ser hotel. Hoy brillan bajo sus ventanas los escaparates de una tienda de modas.



En otro tiempo la gente apuraba el paso y bajaba la vista avergonzada al pasar frente al Hotel de la Bella Unión. Ahí fue donde se hospedaron los oficiales del ejército estadunidense desde la tarde en que Winfield Scott invadió la ciudad de México.

Cerremos los ojos un instante. Es el 14 de septiembre de 1847. A las siete de la mañana, bajo un cielo inusitadamente azul, entre el ruido marcial de cornetas y tambores, un capitán del regimiento de Fusileros, su apellido es Roberts, iza la bandera norteamericana en lo alto del Palacio Nacional.

En el Zócalo y desde los portales, cientos de compatriotas moralmente deshechos contemplan la escena. La imagen de la bandera de las barras y las estrellas ondeando en lo alto de la sede del poder los acompañará hasta la tumba. Es el acontecimiento más grave en la historia del país y en la vida de la ciudad. Así de simple. Es la primera invasión desde que Hernán Cortés fundó la ciudad moderna.



En la capital todo es confusión. Los invasores marchan por las avenidas principales y ocupan colegios, hospitales, el patio de los conventos. Winfield Scott elige para sí una casa en el número 7 de la calle del Espíritu Santo (hoy Isabel la Católica). Las tropas deambulan por todas partes entonando una tonadilla de “vulgaridad sobresaliente”: green grow the bushes. (A partir de entonces, los habitantes de la ciudad comenzarán a llamar a los invasores los green grows: los gringos.)

Antonio López de Santa Anna no ha escrito aún la carta que anuncia a los mexicanos el trágico fin de la guerra —carta en la que culpará a sus generales por haber trastornado “todo mi plan de operaciones”. Desde la noche anterior, sin embargo, se sabe que el Vencedor de Tampico abandonó la ciudad a su suerte y puso en polvorosa el único pie que tiene disponible. Hay indignación, cólera y espanto.

Desde las seis de la mañana de aquel funesto 14 de septiembre, un bando proclamado por el Ayuntamiento anuncia que la ciudad será ocupada “pacíficamente”. Cuando las tropas invasoras se aproximan desde el rumbo de San Cosme, la gente se arrima a las esquinas y se asoma a las azoteas para mirarlas. Un anónimo corresponsal le describirá la escena a Guillermo Prieto:

Formaban una mascarada tumultuosa, indecente sobre toda ponderación. Calzaban botas enormes sobre pantalones despedazados, [llevaban] sombreros incontenibles, indescifrables de arrugas, depresiones, alas caídas, grasa y agujeros… Estos demonios de cabellos encendidos, no rubios, sino casi rojos, caras abotagadas, narices como ascuas, marchaban como manada, corriendo, atropellándose y llevando sus fusiles como les daba la gana.

El general José María Tornel había dispuesto que la gente desempedrara las calles y amontonara las piedras en las azoteas para que, llegado el caso, pudiera emplearlas como armas. Al ingreso de las tropas, mientras la sensación de agravio se iba propalando a la velocidad de una epidemia de cólera, la gente recordó los consejos de Tornel. Una tempestad de piedras cayó sobre los invasores. Prosigue el corresponsal de Prieto:

Cundió rápido el fuego de la rebelión y en momentos invadió, quemó y arrolló cuanto se encontraba a su paso, desbordándose el motín en todo su tempestuoso acompañamiento de destrucción […] Llovían piedras y ladrillazos desde la azoteas, los léperos animaban a los que se les acercaban, en las bocacalles provocaban y atraían a los soldados: aquellos negros, aquellos ebrios gritaban y se lanzaban como fieras sobre mujeres y niños matándolos, arrastrándolos […] Se calcula en quince mil hombres los que sin armas, desordenados y frenéticos, se lanzaron contra los invasores […] Por todas partes heridos y muertos, dondequiera riñas sangrientas, castigos espantosos…

Los “gringos” avanzaban por San Cosme derribando a hachazos las puertas de las casas desde donde se les atacaba, fusilaban sin trámite alguno a los agresores. La población combatió por sus propios medios todo el 14 y todo el 15. Un relato de Juan de Dios Arias y Enrique Olavarría y Ferrari dice que “el convencimiento de que este desahogo de la indignación no podía pasar de ser un desahogo, hizo cesar las hostilidades del pueblo”. Para entonces, varios cientos de invasores habían perdido la vida.

Un segundo corresponsal, también anónimo, relata a Prieto que los oficiales del ejército yanqui llevaban en la mano, “a guisa de bastones, unos espadines muy delgados” y que con ellos “ensartaban al primero que les chocaba, con una sangre fría que espanta”. Según ese corresponsal, los invasores “vagaban como manadas, hacían fuego donde primero querían. Eran como un aduar de salvajes, comiendo y haciendo sus necesidades en las calles, convirtiéndolas en caballerizas, y haciendo fogatas contra las paredes, lo mismo del interior del Palacio que de los templos”.

Ocultos tras las ventanas, los mexicanos, silenciosos, perplejos, aterrorizados, se hacían una idea completa de “estos comanches blancos y su cultura”:

Su manera de comer es increíble. Cuecen perones en el café que beben, le untan a la sandía mantequilla y revuelven jitomates, granos de maíz y miel, mascando y sonando las quijadas como unos animales. No he visto jamás embriaguez más arraigada, más escandalosa ni imprudente que la que los domina, ni tampoco apetito más desenfrenado. A toda hora del día, excepto en la tarde que están borrachos, se les encuentra comiendo, y comen de cuanto ven —escribía uno de los corresponsales de don Guillermo.

José María Roa Bárcena, José Fernando Ramírez y Antonio García Cubas, entre otros, construyeron el anecdotario del ejército invasor. Cómo aquellos atilas entraban a las iglesias con los sombreros puestos y elegían los confesionarios para dormir y roncar como lirones; cómo volvían sórdidos muladares las casas en que se instalaron; cómo arrancaron tablas y vigas del convento de Santa Clara para hacer fuego y calentarse. “En todas partes hay montones de basura y perros que cosechan suciedades”; “los monumentos que estos sucios soldados tienen repartidos por las calles, atestiguan de manera irrefragable que la disentería los destroza”.

En el Hotel de la Bella Unión los oficiales organizaban bailes cada noche. En los Apuntes para la historia de la guerra entre México y Estados Unidos (1848) se lee que los pisos bajos del hotel se convirtieron en salones de juego; que los primeros pisos se transformaron en cantinas, billares y salas de baile, y que los altos se destinaron “a lo que la decencia no permite expresar”.

Según esos Apuntes…, “desde las nueve de la noche hasta las dos o tres de la mañana duraban esas orgías, que jamás se habían visto en México. El bello sexo mexicano era más abundante que lo que era de esperarse, y compuesto en su mayor parte de prostitutas”. Relata Guillermo Prieto:

Allí lucían, como no es posible explicar, las Margaritas, así bautizadas por los yanquis las mujeres perdidas, que por esos días se multiplicaron extraordinariamente… Todo era en aquel salón chillante, intenso, febril. Sus vivísimos hombres desmelenados, con las levitas y los chalecos desabrochados, mujeres casi desnudas; todo lo que tiene de más repugnante la embriaguez, de más asquerosa la mujer desenvuelta, de más repelente el grito y la carcajada de la orgía.

La guerra había terminado, pero en la ciudad proseguía una guerra oculta. El ejército estadunidense mermaba misteriosamente cada noche. Los soldados ebrios eran cazados a tiros en la oscuridad; cada día aparecían cadáveres de yanquis, acuchillados por los léperos del pueblo que tomaron por su cuenta la venganza y la resistencia.

Según José Fernando Ramírez, “el que sale por los barrios o un poco fuera del centro es hombre muerto, y me aseguran que se ha descubierto un pequeño cementerio en una pulquería, donde se prodigaba licor para aumentar y asegurar el número de las víctimas […] Se estima en 300 los idos por ese camino, sin computar los que se llevan la enfermedad y las heridas”.

El general Scott intentó detener la cacería anunciando a los mexicanos castigos estremecedores. Colocó picotas en la Alameda y prohibió que se tocaran las campanas de las iglesias para evitar que los tañidos fueran empleados como señal entre los asesinos de sus hombres. Pero nada hacía cesar los ajusticiamientos. Una mañana Scott anunció que por cada muerto suyo iba a cobrarse al azar la vida de diez mexicanos. Al parecer, cumplió la amenaza. Sólo así el pueblo se aplacó.

Fueron nueve los meses de horror. El 13 de junio de 1848 los últimos soldados invasores salieron de la ciudad. Dejaban atrás un país totalmente mutilado, en el que todos se miraban con odio. Prieto salió a mirar aquel día la salida de las tropas. Caminó por las calles con dolor. Ruinas, basura, excrementos. Le correspondió a un poeta, Manuel Carpio, delinear en un poema la que es acaso la crónica más exacta de aquellos días:

en las calles de México desiertas
vi correr los soldados extranjeros
vi relumbrar sus fúlgidos aceros
y vi las gentes pálidas y yertas.

Y vi también verter la sangre roja,
y oí silbar las balas y granadas,
y vi temblar las gentes humilladas,
y vi también su llanto y su congoja.

La Bella Unión no logró nunca recobrar la honorabilidad perdida. Siguió trayendo recuerdos infames a quienes habían cruzado el pantano del 47. El hotel fue adquirido años más tarde por Fulcheri, el célebre napolitano que introdujo en México la costumbre de adornar los postres con crema chantilly. Los postres y los helados de Fulcheri procuraron a la Bella Unión un breve instante de esplendor.

En los últimos años del XIX el hotel cerró. Se fue con el siglo del que había sido testigo. La ciudad de las destrucciones ha conservado la fachada del edificio tal como la vio el aduar de salvajes, los demonios de uniforme azul y cabellos encendidos. En 16 de Septiembre y Palma ya casi todo se fue. Pero quite usted los aparadores de la tienda de modas y verá cómo ocurre un discreto milagro: casi es posible ver en el piso alto los fantasmas de esa corte ruidosa que la generación de Prieto conoció como las Margaritas.

Héctor de Mauleón. Escritor y periodista. Su más reciente libro es La ciudad que nos inventa (Cal y arena).

Revista Sin Permiso. Carlos Girbau es concejal de Ahora Ciempozuelos y amigo de Sin Permiso..

Con un índice de contagios por SARS-CoV-2 de los más elevados de Europa, una huelga indefinida de médicos de atención primaria convocada para el 28 de septiembre y otra de educación para los días 22 y 23 del mismo mes, la presidenta Isabel Díaz Ayuso (PP) y su vicepresidente de C’s, Ignacio Aguado, se presentan esta semana al debate sobre el estado de la región en la Asamblea de Madrid.

Los efectos de la triple crisis sanitaria, social y económica provocada por la Covid están lacerando Madrid como nunca desde la muerte de Franco. Y es que ya no ha aguanta más la fragilizada y castigada costura social madrileña. 25 años de política neoliberal extrema son demasiados, incluso para la Comunidad más rica del reino.

Las consecuencias de esa política neoliberal son muy profundas y cada vez más insoportables para la inmensa mayoría de sus 6.662.000 habitantes. Citaremos solo cuatro de las más evidentes y que necesitan soluciones con mayor urgencia: sanidad, educación, desigualdad y modelo de administración pública versus corrupción.



Recordemos que la sanidad pública de Madrid gasta 147€ por habitante, la que menos dinero emplea de España y que a día de hoy, en los centros de atención primaria, cada médico recibe una media de entre 50 y 60 pacientes diarios. En consecuencia, resulta casi imposible llegar a los enfermos crónicos, ni a muchas otras dolencias. Los teléfonos no dan abasto; no hay líneas suficientes para poder dar entrada al flujo de llamadas que se producen, ni personal para responderlas. En muchas ocasiones, se atiende a los pacientes en la calle y se generan largas colas frente a los centros de salud; faltan todo tipo de recursos, empezando por los rastreadores que no alcanzan, 6 meses después del pico de la pandemia, los mil doscientos prometidos. En esta situación varios centros de salud se permanecen aún cerrados por las tardes. Dicho de otra manera: el gobierno de coalición PP- C’s aprovecha la pandemia para dar una vuelta de tuerca más a favor de la transformación del derecho a la salud en un negocio a través de la forzar, de facto, el colapso del sistema y empujar a la población por la falta de asistencia hacia los seguros privados.

En la educación, la línea anteriormente expuesta, procede aún de más atrás. La proporción entre centros públicos y centros privados y privados concertados se distribuye en un 52% de los primeros, frente a un 48% de los segundos. Venimos de años en los que se incrementaron por decreto las ratios en las aulas, se concentró a la población con menos recursos y con mayores índices de diversidad en una educación pública en la que se minoraron en miles el número de profesores y de apoyos escolares. Ante la falta de espacio, hubo que transformar en clases todo tipo de lugares, desde laboratorios a bibliotecas. Ahora, en plena pandemia y sin haber revertido los recortes mencionados, se espera con algo más de fondos (los que remitió el gobierno del Estado en mayo) lanzar titulares que adormezcan al conjunto de la población. La solución real de los problemas educativos no puede improvisarse ni encararse sin revertir, al menos en algo, los recortes.

Madrid es la comunidad más desigual y la más rica del reino. Antes de la pandemia la diferencia entre el 20% más rico y el 20% más pobre se situaba como la mayor de España. En los últimos 10 años, la renta media de la población madrileña se ha incrementado en un 2%, pero los más pobres han visto mermada la suya en un 30% mientras que los más ricos la ha aumentado un 3,6%.

El gasto autonómico y municipal por habitante (políticas sociales) estuvo y está dominado por el recorte y se encuentra entre los más bajos de todo el Estado. Solo 185 euros por habitante gasta la Comunidad frente a 288€ de la administración central, y 87€ por habitante frente a 120€ de la administración local. El riesgo de pobreza afecta a uno de cada cuatro ciudadanos, un porcentaje que se supera en el caso de mujeres e inmigrantes. El 26% de los habitantes de Madrid exponen tener problemas de acceso a la vivienda. La comunidad que absorbe la mayor parte de la inversión extranjera que recibe el reino, no puede evitar la pérdida contante del peso de su industria que ya no alcanza al 9% de su PIB o que el desempleo supere las 425 mil personas.

Madrid es también el paraíso impositivo del reino ejerciendo un evidente dumping fiscal a base de exenciones, bonificaciones y elusiones diversas. Gracias a ello, los cuatro mil superricos censados dejan de abonar unos 1.000 millones de euros a las arcas del común mientras la deuda pública continúa incrementándose hasta alcanzar, en 2018 (último ejercicio con presupuesto), la cifra de 33.448 millones.



En los últimos 25 años, todos los presidentes de la Comunidad de Madrid han pertenecido al PP: Ruiz Gallardón, Esperanza Aguirre, Ignacio González, Cristina Cifuentes o Díaz Ayuso y todos se han visto embarrados por asuntos de corrupción acabando algunos de ellos en la cárcel o fuera de la vida política. La última de la lista, Díaz Ayuso, se ha visto salpicada por el caso Aval Madrid. Tamayazo, Lezo o la rama madrileña de la propia Gürtel representan solo algunos nombres de un modelo que, tras la pantalla de la “colaboración público privada”, ha reducido a la administración a una agencia de acuerdo de contratos con las grandes empresas. Una agencia que no tiene ganas, pero tampoco medios legales o técnicos, y aún menos personal, para controlar grandes áreas de espacio público que escapan al examen ciudadano.

En los últimos días el anuncio, rápidamente desmentido por todos los interesados, realizado por el secretario general del PSOE de Madrid, José Manuel Franco, al manifestar su disposición, en caso de moción de censura contra el actual gobierno, a comprometer sus votos a favor de un candidato de C’s para desalojar al PP de la presidencia de la Comunidad no ha superado el rango de la ocurrencia.



El tándem Ayuso- Aguado llega al debate del estado de la región tocado, con discrepancias en su interior, sin presupuesto, sin intención de elaborar uno nuevo y sin otra propuesta que seguir profundizando su política de recortes. Sumado a ello, se encuentra su dependencia para existir del voto de los 12 diputados de Vox. Su debilidad numérico parlamentaria les obliga: 30 diputados del PP y 26 C’s deben sumar a Vox, como hicieron en la investidura, para poder alcanzar la mayoría.

A pesar de que la diferencia entre las izquierdas y las derechas en Madrid se sitúa en solo de 4 escaños (37 del PSOE, 20 de Más Madrid y 7 de Unidas Podemos, Izquierda Unida, Madrid en Pie) la izquierda no es capaz de presentar, más allá de la crítica compartida, una propuesta común en positivo. Nadie puede negar, a tenor de los lustros que lleva la izquierda sin resolver la cuestión, que no resulta una tarea sencilla presentar una propuesta alternativa a la política de austeridad neoliberal de la derecha. Y no lo es porque a otros elementos evidentes se suma que, a día de hoy, la cuestión no es solo de gobierno y mayoría parlamentaria, sino del propio régimen y su marco legal. Resulta más fácil deshacerse de Ayuso que deshacer el entramado de negocio e intereses existente y su consiguiente corrupción en un marco legal que los acaba normalizando.

Es mucho el poder del dinero y sus tramas en Madrid. Por ello, construir una alternativa a la austeridad pasa por la exigencia de mucha unidad de los múltiples actores políticos y sociales, de los partidos y de los sindicatos, de las asociaciones y del territorio a través de una parte de los ayuntamientos. Es obligado un considerable y profundo diálogo, así como el reconocimiento de su carácter policéntrico, además de una gran cantidad de modestia.

Por todo lo anterior, la construcción de esa alternativa tan necesaria aparece hoy como algo muy lejano. En todo caso, deberá apostar por un cambio del modelo productivo y por un avance hacia los principios recogidos, por ejemplo, en los 17 objetivos de desarrollo sostenible de NNUU (la agenda 2030). En otras palabras: deberá centrar sus exigencias en las necesidades de las personas y en la garantía democrática efectiva de sus derechos.

Ese esfuerzo de garantía de derechos aporta un elemento de régimen al debate. A día de hoy, es ya imposible separar la fractura social existente, la corrupción, la desigualdad, el empobrecimiento, la asfixia de la sanidad y educación públicas del marco legal que lo ampara y del mantra de la “colaboración publico privada” que lo adorna. Madrid, comunidad desnuda de otra referencia nacional que no sea la española, muestra muy a las claras como la estructura normativa actual incapacita la resolución de sus males. Dicho de otra manera, el plan modernizador del reino establecido en el régimen del 78 a través de la vertebración descentralizada del Estado de las autonomías no ha funcionado para la mayoría de la población no rica y sí, en cambio, para la minoría de los muy ricos. El mal no se halla, como quiere hacer creer la derecha, en la descentralización política-administrativa positiva e imprescindible, base de cualquier democracia republicana, sino en la forma neoliberal de su desarrollo. Bastaría con que Madrid pidiera un nuevo Estatuto de autonomía, algo a todas luces imprescindible para garantizar derechos como la vivienda o una renta básica, o que se reclamara más y mejor papel para los ayuntamientos para observar los obstáculos que el marco actual representa para lograrlo y, en consecuencia, la dificultad profunda para liberarnos de la corrupción.

Más allá de todo ello, esta semana hay una nueva oportunidad de que los 64 diputados de las izquierdas lancen de manera compartida, por ejemplo, alguna suma de medidas de urgencia reconocida para la mayoría de la población. Esperemos que no se deje de nuevo pasar la oportunidad que se presenta. En todo caso, ocurra o no, las movilizaciones anunciadas en sanidad o educación nos recordarán por enésima vez que sufrimos manera durísima los efectos de esa política neoliberal extrema que el Covid-19 y sus consecuencias sanitarias, sociales y económicas están dejando en carne viva.

Carlos Girbau es concejal de Ahora Ciempozuelos y amigo de Sin Permiso.

Fuente: www.sinpermiso.info, 12 de septiembre 2020

Revista sin Permiso. José Arreola. Doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM. Sus líneas de análisis están basadas principalmente en la literatura cubana y el debate del campo intelectual de Latinoamérica Ha obtenido premios en narrativa y ensayo convocados por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Tus palabras son tu poderío: este es tu reto a la gran música del mundo. Fayad Jamís

“Dígale también, que quién quita y lo de ‘Marcos’ fue por El cumpleaños de Juan Ángel”. Con esas palabras, un 2 de mayo de 1995, el Subcomandante Marcos –el rostro de los sin rostro que un año antes sacudieron las montañas del olvido mexicano– le pedía a Eduardo Galeano que saludara y agradeciera a Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia por sus letras con las que surgían aquellos suspiros con los que la humanidad echaba a andar. El libro al que aludía el ya finado vocero zapatista fue publicado por vez primera en 1971. Cuando en la tierra de José Artigas se instaló la dictadura “cívico-militar”, la novela se colgó la honrosa medalla de la censura. No era para menos, en la dedicatoria llevaba la penitencia; en la historia, la prohibición.



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En sus ensayos sobre literatura, Günter Grass planteó que la forma de una obra literaria obedece siempre a lo caprichoso de su contenido. Entrevistado por Fernando Sánchez Dragó en 1999, Benedetti, “el más montevideano de todos los uruguayos” como lo definiera el también escritor Fernando Butazzoni, dijo que cada tema crecía con la etiqueta de su género y “muy pocas veces se equivoca”. Para poder contar y ser novela, El cumpleaños de Juan Ángel solamente supo y quiso narrar en verso. Cuando el autor llevaba cuarenta o cincuenta páginas en prosa, “como era lógico”, esas palabras no transmitían lo que los versos sí; tal vez porque la historia llevaba en sus genes un sustrato poético. La novela está dedicada a Raúl Sendic, el emblemático representante del movimiento Tupamaro que movió y conmovió al Uruguay entre 1965 y los primeros años de 1970. Más o menos en 1965, cuando Sendic huía de los canas que lo buscaban para llevarlo a prisión por considerarlo el culpable de las recias movilizaciones de los trabajadores del azúcar, Benedetti lo “guardó” durante tres semanas en un pequeño apartamento ubicado a dos pasos de una estación de policía. Quizá ambos pensaron, según aquella enseñanza de Allan Poe, que lo más cercano y evidente es lo que mejor se esconde. Entre mates y poesía –género del que el mismo Bebé Sendic era un apasionado– forjaron una amistad entrañable y sincera. En sus charlas se fortificó la sana locura de soñar y pelear por una Latinoamérica mejor.

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Cuando ocurrió la gran fuga tupamara del Penal de Punta Carretas, un 6 de septiembre de 1971, la ficción literaria y la realidad política se fundieron. A partir de entonces, El cumpleaños de Juan Ángel y la fuga se hicieron indisociables: apenas unos meses antes la novela vio la luz y aquel día de septiembre del 71 lo harían fuera de la cárcel los 111 militantes tupamaros. En el libro, además de la transformación de Osvaldo Puente –que “vicha por el ojo de la cerradura / para averiguar cómo eran sus miserias”– en Juan Ángel, el militante político para quien la revolución significaba “la vida exorcismo / la vida sacrílega que profana a la muerte”, se narra también la fuga de un grupo de guerrilleros por el sistema de alcantarillado. En el escape de Punta Carretas a través de las alcantarillas, la difícil realidad social del momento le rendía un homenaje a una novela que, sabiéndose militante de la vida, había brindado una elegante carga de futuro al paisito. A decir de Martha Canfield, el escritor nacido el 14 de septiembre de 1920 en Paso de los Toros fue acusado de ser el autor intelectual de aquel canto a la libertad de los tupamaros “por haberles proporcionado la idea para la fuga”. Entre aquellos artesanos del escape figuraban Raúl Sendic y el expresidente uruguayo Pepe Mujica.

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En la extensa lista de cantantes que han interpretado temas y poemas de Mario Benedetti figuran los nombres de Joan Manuel Serrat, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y, especialmente reconocida, Nacha Guevara. Es posible que las miles de personas que cantan poemas y recitan canciones del uruguayo ignoren que él fue el autor de los versos que se clavan en almas y gargantas; pero ello, lejos de ser un agravio, representa el mejor galardón para quien reconocía a César Vallejo, Antonio Machado y Baldomero Fernández Moreno como sus mayores y mejores influencias en la poesía. Cuando la voz del poeta hecha idea comulga con el clamor de miles de sueños, amores y dolores no hay posibilidad de olvido. El 26 de julio de 2004, en la Plaza de la Revolución de La Habana, celebrando un aniversario más del asalto al cuartel Moncada, el actor cubano Héctor Quintero dejó la que, muy probablemente, sea la mejor declamación existente de “Un padre nuestro latinoamericano”. A través de los versos de Mario Benedetti, doscientos integrantes de la Orquesta Sinfónica de Cuba, con música de Alberto Favero, bajo la orquestación de Leo Brower y la portentosa voz de Quintero, aquella capital de la dignidad latinoamericana vibró con José Martí, Fidel Castro, Camilo Cienfuegos y el Che como testigos. Era un merecido reconocimiento de la Revolución al poeta que tanto quería y defendía el socialismo a la cubana.

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Frank Delgado, el irreverente trovador cubano, canta en uno de sus temas “Y mientras Fukuyama repite iracundo que estamos ante el fin de la historia del mundo / mi amigo Benedetti abre el tomo segundo”. En esas líneas, el trovador da con una clave: al uruguayo se le siente cercano, como un compañero, como un amigo, como uno más que, codo a codo, grita y marcha con la firme convicción de transformar para bien al planeta. Así lo saben Los Chikos del Maíz, el dúo rapero conformado por Toni Mejías y Ricardo Romero Laullón que ha sabido llevar, con letras agudísimas de tan inteligentes, la militancia política a la escena artística española. En el álbum La estanquera de Saigón, del año 2014, hay un tema llamado, nada menos, “Defensa de la alegría”. El título es homónimo de uno de los textos del poeta de Tacuarembó. Con sus tonos y sus ritmos, el tema se sabe una muestra de respeto y de diálogo, es reivindicación y reinvención rapera de aquellos versos que no saben extinguirse. La canción culmina con la voz del propio Benedetti leyendo un extracto del poema “Por qué cantamos”. Donde esté, si es que está, si está llegando, el uruguayo disfruta y milita con el flow de los aguerridos raperos.



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Mientras iba forjándose como escritor, las profesiones de quien se disputa frente a Eduardo Galeano el título de mayor hincha del Nacional –el club de futbol de sus más fervorosos quereres– fueron taquígrafo, vendedor de libros y terrenos, cajero de banco, oficinista de diversos giros y bibliotecario. El hijo de Brenno Benedetti y Matilde Farrugia estudió solamente hasta la secundaria debido a una sostenida crisis económica familiar. Su padre, “que fue químico y buena gente”, tuvo un exceso de honestidad que los condujo a la quiebra. Su madre hizo pases de magia con los que hizo sobrevivir a los Benedetti Farrugia. Del viejo Brenno, Mario se quedó con la enseñanza de la honestidad por sobre todas las cosas. El mundo literario lo empezó a identificar como narrador fuera del Uruguay gracias a la publicación de La tregua en 1960, aunque ya en 1953 había escrito Quién de nosotros. Poemas de la oficina de 1956 que, a decir de Jorge Ruffinelli, logró que los uruguayos abrieran los ojos “al país gris y triste que éramos”, fue el primer libro de versos de gran impacto que Benedetti escribió, pero no fue el primero. Antes publicó unos poemas calificados por él mismo como “horrorosos” bajo el nombre de La víspera indeleble. El libro, malo como él solo, “verdaderamente malo”, no tenía “ningún mérito”, tanto así que jamás lo incluyó entre sus Inventarios. Y no mejor opinión tuvo de una obra de teatro titulada Ustedes por ejemplo, “mala, muy mala”. Quien ve en la honestidad un bien artístico y un componente de dignidad humana es capaz de valorar sus obras del modo en el que Benedetti lo hizo con las suyas, sin tapujos. Mejor la verdad antes que vender humo.

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Obligado a dejar la patria por culpa de la dictadura uruguaya que a partir de 1973 cometía horror tras horror, el autor de Primavera con una esquina rota conoció la vida del exilio en Buenos Aires, Perú, México, Cuba y finalmente España. Época dura para ser militante, la década de 1970 dejó un camino de muerte, cárcel y persecución en Nuestra América. Por entonces, Julio Cortázar le escribía a Roberto Fernández Retamar que “Mario es uno de los hombres más valiosos de nuestro continente y por tanto siempre en peligro”. El argentino sabía bien lo que su colega uruguayo representaba.

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El radical antiimperialismo de Mario Benedetti nació en el propio imperio, en 1959. “Lo que a mí me convirtió en antiimperialista fue mi visita a los Estados Unidos”. El trato racista hacia los latinos y los negros, lo superfluo de un estilo de vida basado en la expoliación de otras tierras y el cinismo de la clase política resultaron suficientes para poner tierra e ideas de por medio. Por ello, como cuestión ética, rechazó la codiciada beca Guggenheim. Sus andares y sus letras siguieron la ruta marcada por la Cuba que nació tras la victoria del Ejército Rebelde en 1959. Desde los primeros años de la Revolución hasta el 17 de mayo de 2009, cuando decidió irse de este mundo, Benedetti defendió no con obediencia ciega sino con crítico cariño la monumental obra del socialismo cubano. Su vínculo con la Isla rebasó sus estancias en ella y su labor de creación y dirección del Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas. Hubo un lazo aún más profundo: el de la firme convicción de que la transformación de la humanidad es posible a pesar de los tropiezos, los retrocesos y los reveses. En 1971, uno de los años más complicados si de cultura y literatura se habla en Cuba, escribió un texto titulado “Las prioridades del escritor”, originalmente publicado en Cuadernos de Marcha. Polemizando con algunas personalidades del mundo intelectual y literario que, debido al encarcelamiento de Heberto Padilla y su conocida autoconfesión, emprendieron una campaña contra Cuba acusándola de reproducir las viejas prácticas del estalinismo, Benedetti planteó que él era de los que asumía la Revolución y sus transformaciones con “su haz y con su envés, con su luz y con su sombra, con sus victorias y sus derrotas, con su limitación y con su amplitud”. Y señaló que no dejaba de parecerle paradójico que quienes amargamente criticaban a Cuba se mostraran “tan entusiasmados con la Revolución de Mayo, la de París, que fue una revolución frustrada, y tan agraviados con la Revolución Cubana, que es una revolución triunfante”.

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En 1999, en una entrevista con Luis Mariñas Lage, ese poeta con “cara de buena persona”, como caracterizó Joaquín Soler Serrano al uruguayo, dijo que “A Fidel Castro le pediría que se aboliera la pena de muerte en Cuba, así solamente Estados Unidos sería el único país que la tendría”. Cuando ya muchos habían guardado banderas y habían cambiado la camiseta del socialismo por la del posmodernismo, Benedetti seguía pensando que el socialismo era la única posibilidad de un futuro menos injusto y más igualitario para la humanidad. A J.J Armas Marcelo le señaló lo siguiente “Es preferible haber defendido una causa justa y haber sido derrotado en ello que haberse inclinado ominosamente ante el imperio. Eso sí que yo jamás lo haría”. Y dijo también algo que hoy resulta absolutamente válido “Nosotros tuvimos que elegir entre la Revolución Cubana con todos sus defectos o a Estados Unidos con todas sus virtudes”.

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Sobre la obra de Benedetti, Hortensia Campanella ha dicho que sus ensayos de crítica literaria son los menos reconocidos, a pesar de su agudeza y su calidad. En honor a la verdad, en los círculos literarios y las academias dominadas por las escuelas de moda en las que se escribe mucho pero se dice más bien poco, su obra es, cuando no apenas reconocida, bastante menospreciada. La razón no se finca en lo estético y lo artístico, sino en la absoluta honestidad del autor. Honestidad literaria y honestidad política. Sin conceder lugar a la mediocridad o lo panfletario, desde sus textos, con sus textos, le dio cabida a la realidad social y política. Lo hizo sabiendo que también así se hace la historia, que también así se hace literatura, buena literatura.

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Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia tenía una característica física particular: su oreja izquierda era prominente, mucho más grande que su oreja derecha. Muy probablemente por ello sabía escuchar lo que nadie más pudo, quizá por ello sabía escribir como nadie más lo hizo. En medio de tanta mentira actual, con osada honestidad, sus versos, sus novelas, sus ensayos continúan viviendo y ayudando a vivir “a prueba de derrotas y de olvido”.

José Arreola. Doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM. Sus líneas de análisis están basadas principalmente en la literatura cubana y el debate del campo intelectual de Latinoamérica Ha obtenido premios en narrativa y ensayo convocados por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Fuente:

www.sinpermiso.info, 12 de septiembre 2020
Temática:

Revista nexos

EL TERROR Y EL IMPERIO. UNA MEMORIA MÚLTIPLE

Miradas

“Miradas” recoge artículos exclusivos para México sobre el 11 de septiembre y sus alrededores.


Ataques terroristas

Susan Sontag


El retorno de los sacrificios humanos

Hans Magnus Enzesberger


A oscuras en minoría

Ángeles Mastretta


La paz caliente

Carlos Fuentes


Del terror a la dureza

Rolando Cordera


El Islam contra el Islam

Jean Daniel


Violencia y progreso

Héctor Aguilar Camín


El estado puro del odio

José Miguel Oviedo


Entre la redención y el horror

Martín Hopenhayn


Preguntas, preguntas, preguntas

Juan Goytisolo

El luto y la ira



En un momento de La tierra baldía, el poema de la devastación íntima y mundial que abrió el siglo XX, el poeta T.S. Eliot puso:

Torres cayendo
Jersualem Atenas Alejandría
Viena Londres
Irreales

El comienzo del siglo XXI agregará Nueva York al fragmento de Eliot. Y pensar que otro artista de vanguardia también a principios del siglo pasado, el arquitecto Le Corbusier, fue tirado a loco cuando propuso para Manhattan la construcción de un “rascacielos horizontal”, con sesenta pisos para oficinas pero lo más plano posible, de modo que pudiera culminar con “una plataforma armada contra los bombardeos aéreos” porque “la mejor arquitectura moderna es aquella preparada para la peor de las catástrofes”. Y pensar también que el arquitecto del World Trade Center en los setentas, Minuro Yamasaki, estaba enfermo del mal de altura. Un crítico dice que esto se muestra en su obra y que, como el magnate en la maravillosa película de Akira Kurosawa, Lo alto y lo bajo, en el doble rascacielos del World Trade Center Yamasaki había proyectado sus propias pesadillas “sobre todos nosotros”.

La cuenta del Imperio

En medio del luto y de la ira, se abrió paso la memoria. Voces no complacientes recordaron al pueblo estadunidense que el atentado salvaje sobre sus ciudades, no tenía una justificación pero tenía una historia. La impía recordación empezó en casa. Tres grandes escritores norteamericanos, que son a la literatura de ese país lo que las torres gemelas a Nueva York, pintaron su raya incómoda en medio de la consternación americana.

Susan Sontag, cuyo texto completo publicamos en esta edición, preguntó lo impreguntable:



¿Dónde se reconoce que este no fue un ataque “cobarde” contra la “civilización”, o la “libertad”, o “humanismo” o el “mundo libre”, sino un ataque contra Estados Unidos, la única y autoproclamada superpotencia en el mundo, un ataque que se llevó a cabo a consecuencia de las políticas, los intereses y las acciones dirigidos por Estados Unidos? ¿Cuántos norteamericanos son conscientes de los bombardeos en curso contra Irak?

Terror y civilización

Una soga en la celda

El día de agosto de 1966 en que Sayyid Qotb apareció ahorcado en la celda de una de las cárceles del Egipto de Nasser, el mundo musulmán cambió para siempre. La soga en el cuello de Quotb era un extremo de la misma cuerda con que el Islam apretaría el equilibrio político del planeta. Quien decidió la muerte de Quotb en la sombra de la prisión, había desatado una tempestad de consecuencias incalculables. Los agentes nasserianos no sólo habían asesinado al representante mayor del Islam moderno; el crimen, apenas registrado por la prensa internacional, había liberado las fuerzas políticas incontrolables de los diversos nacionalismos islámicos. Desde entonces, la compleja red política y religiosa del islamismo atraparía en su tejido a los últimos treinta convulsos años del siglo XX. Una celda, una soga y un hombre sabio, como en un cuento de las Mil y una noches, liberaron los poderes islámicos de la nueva utopía movilizadora de los años setenta del siglo XX. Desde entonces, el mundo occidental viviría como una amenaza el fuego milenario de tres palabras sagradas: Alá, Mahoma y El Corán.



Fantasía y la fuga de la seguridad

Detener el cambio político no es el remedio… Nunca podremos regresar a la supuesta inocencia y belleza de la sociedad cerrada. Nuestro sueño del cielo no puede realizarse en la tierra. En cuanto empezamos a depender de nuestra razón y a usar nuestros poderes críticos, en cuanto sentimos el llamado de las responsabilidades personales y, con ellas, la responsabilidad de ayudar al avance del conocimiento, no podemos volver al estado de sometimiento implícito de la magia tribal. Para los que han comido del árbol del conocimiento, el paraíso está perdido. Karl Popper

Ese día falló el sofisticado sistema de seguridad estadunidense. También saltó por los aires la idea que lo sustentaba. El sistema y la idea no pudieron proteger la vida de los miles de ciudadanos que ese martes por la mañana hacían sus vidas de siempre.

Ningún general pudo haber dado la orden de abatir un jet lleno de civiles debido a que la intención de quienes los secuestraron no se conoció sino cuando ya era muy tarde.

Posdata es la guerra

Durante los años de la Guerra Fría, los mismos que alentaron la carrera nuclear, una contienda entre Estados Unidos y la Unión Soviética aseguraba, cuando menos, la destrucción total de Washington y Nueva York. Por más “racional” o “quirúrgica” que fuera, una acción de tales dimensiones traería consigo un escenario de nubes en llamas y un cielo donde palpitaban las señales indescriptibles de una gran catástrofe. Nadie habría tenido ojos para dar testimonio de esa realidad cuya duración era menor a un latido. Nadie habría tenido oportunidad alguna para cobrar la factura de la violencia. La imaginación sólo existiría en el antes, no en el después.

Con el atentado a las Torres Gemelas, la amenaza de la destrucción de Estados Unidos, o de sus estandartes militares, políticos y económicos, ha cambiado de forma. El oso de Moscú, demasiado irritable como para pulsar, sin miramientos, el botón que haría estallar el hongo, hizo mutis hace doce años y el protagonismo ha recaído en un enemigo casi invisible, ubicuo, capaz de acciones fuera de guión. Los grandes momentos de pánico en la década de los ochentas iban acompañados por palabras como “megatones”, “lluvia invernal”, “pruebas de erosión”, “objetivos de localización imprecisa”, “inevitabilidad terminal”, “proyectiles inteligentes”, “Destrucción Mutua Garantizada”. Luego del 11 de septiembre, la maquinaria militar de Estados Unidos ha encendido sus motores ante la materialización del terror en su propia casa, con treinta fanáticos armados de pequeñas navajas y con la voluntad de morir a cambio del asesinato de más de 6,500 civiles. La primera guerra de este siglo no se ha iniciado con un arma de pulso electromagnético sino con un instrumento que nada le debe a la tecnología: la pulsión del martirio en nombre de la guerra santa.

La Casa del Mendrugo

Noche de Museos Virtual en La Casa del Mendrugo

Sábado, 19 de septiembre de 2020 a las 16:00.

Organizado por Chuchita y La Casa del Mendrugo.
Evento online. Ven y disfruta de esta noche de museos con una transmisión en directo desde La casa del Mendrugo, podrás encontrarlo en la pagina de inicio de Facebook de Chuchita y en Instagram
Revista Elementos, Publicado en Elementos 119, este texto fue elaborado por Samuel Cruz-Esteban y Patricia Hernández-Ledesma (Instituto de Ecología, A.C. Red de Diversidad Biológica del Occidente Mexicano CONACYT)

El picudo del agave

Uno de los principales problemas que enfrentan los productores de agave es la presencia del escarabajo Scyphophorus acupunctatus Gyllenhal (Coleoptera: Curculionidae) (Figura 2), es considerado como la principal plaga del agave en todo el mundo (Waring y Smith, 1986) y México no es la excepción, la plaga se ha reportado en todos los estados en donde se cultiva el agave. Este insecto es mejor conocido como el picudo negro, picudo del agave o max del henequén, se trata de un insecto que se distribuye ampliamente por todo el mundo y que se creía especialista en atacar plantas pertenecientes a las familias Agavaceae, Amaryllidaceae, Asparagaceae y Nolinaceae, aunque ya se ha reportado en otras familias como Cactaceae y Dracaenaceae (SENASICA-DGSV, 2016). En México, Scyphophorus acupunctatus afecta en grados diversos a las industrias de los agaves, reportándose pérdidas que se calculan del 24.5 % en agave tequilero (Solis-Aguilar y cols., 2001), 30 % en el agave pulquero y hasta el 40 % en cultivos de henequén (Valdés-Rodríguez y cols., 2004). Este escarabajo es sumamente perjudicial, los adultos ovipositan en las partes más tiernas de los cogollos; al emerger, las larvas se alimentan de las piñas y al hacerlo van barrenando hacia el interior de las plantas, formando galerías y dejando perforaciones en las pencas (Figura 3), provocando la pudrición, ya sea por oxidación del tejido vegetal o por el desarrollo de fitopatógenos (Solís Aguilar, 2001). Los adultos, además de alimentarse de los tejidos del agave, también pueden ser transmisores de hongos y bacterias fitopatógenas; en ambos casos, provocando una reducción de materia prima o la pérdida total de la planta (Figura 3) (Rodríguez, 1999). Una piña de mezcal puede pesar de 45 a 120 kg, dependiendo de la variedad y el desarrollo del cultivo. Según el encargado destilador de la “Flor del mezcal” –don José Luis–, se necesitan 12 kg de agave para producir 1 litro de mezcal, por lo que, un picudo puede ocasionar una pérdida de 3.75 a 10 litros, ya que la mayoría de sus ataques ocasionan la pérdida total de la planta (Rodríguez, 1999) (Figura 3).

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NTOS

Puerto LIbre (Revista Nexos)

Es verdad, con el tiempo, hemos de atesorar recuerdos inescrutables de estos días. Las voces de los niños en el jardín, los niños a los que no puedo besar, han de volver a mi memoria como un canto inolvidable. Un himno cautivo. Allí andan, con su curiosidad como de abejas, con su litigio en torno a un hormiguero, con su enredarse en la punta de las ramas de un sauce llorón que los hace reír. Van creciendo y he tenido meses para saber de ellos con una claridad que no hubiera visto de otro modo. Sus nuevas palabras no hubieran llegado a mí una por una. Ahora cada vez que un sonido aprenden, me lo enseñan. Diplodocus. Así se llama un dinosaurio. Nunca han visto un oso ni un chango ni un lobo, pero los arman y los nombran con cuidado. No recuerdan el mar, pero quieren ir porque ahí nadan un erizo y una ballena. Eso lo saben por la televisión y sí, ya sé que la televisión está en los tribunales acusada de perniciosa, pero verla con ellos es una fiesta mayor, justamente porque sólo se nos permite a ratos. Por ahí, yo incluso he aprendido que Plutón es una pequeña piedra triste, dado que su tamaño no le dio autoridad para ser planeta. ¿Cómo no voy a guardar esas gotas de tiempo prohibido en el centro de mis buenaventuras?

¿Qué más? Sé que cuando haya que salir al espanto del tráfico en esta ciudad, he de añorar las tardes en que comíamos con amigos cinco minutos antes de acordarlo.



En las noches, tras una petición formal y reiterada, mi vecino me lee a Victoriano Salado Álvarez contando las guerras del siglo XIX. Yo empiezo riéndome del modo en que adjetiva (un vientre sublevado) y sigo sus historias hasta que me quedo dormida. Despierto cuando percibo que se apagó la luz. “¿Qué pasa con el cuento? ¿Ya te vas a dormir?”, reclamo. “Tú eres quien se durmió hace diez páginas”, contesta el vecino desde su almohada a oscuras. Entonces yo despierto del todo con Eugenia de Montijo mirándome desde sus ojos claros y metida en un vestido de encajes.

Qué perla para la memoria nuestra cama flotando a tientas en esta época.

Y tantas cosas. El té de la mañana, la pasta del mediodía, el aceite de oliva de la noche. Sin duda el abrigo mutuo cuando las inclemencias de la información nos quieren derrotar.

En las tardes, mientras afuera llueve, he bailado con todos mis héroes. Quién sabe qué sería de mi talante si no fuera por las horas en que alardeo, como si no supiera ésta que soy, metiendo mi voz entre quienes de verdad cantan, hasta creerme que la entonada soy yo. Cincuenta minutos o más de lo que cada día me va latiendo. ¿Qué pudo ser de nosotros sin la música y lo que trae consigo? ¿Cuántos años tenía yo la primera vez que oí “Yesterday”? Pues ésos vuelvo a tener. ¿Y en qué andaban mis emociones cuando canté con Manzanero “Contigo aprendí”? A todo vuelvo. Y a cada recuerdo le sumo el de ahora. Luego bajo de mi estudio con la cara ardiente y un retazo de notas que todavía chispean en lo que tarareo: “Me lleva él o me lo llevo yo/pa que se acabe la vaina”.



CONTINÚA EN REVISTA NEXOS



Ilustración de Gonzalo Tassier