Revista Nexos

Revista Nexos. Héctor de Mauleón. Escritor y periodista. Su más reciente libro es La ciudad que nos inventa (Cal y arena).

En el remoto e inimaginable 1840, el ingeniero José Besozzi levantó en Palma 37 el primer edificio construido en la ciudad de México para funcionar expresamente como hotel.

A este establecimiento se le bautizó como Hotel de la Bella Unión. No sólo fue el primero de categoría que hubo en la metrópoli —antes de su construcción, quienes juzgaban necesario viajar a la capital debían hospedarse en mesones sucios, incómodos y malolientes—: fue también el primer edificio con fachada de ladrillo que surgió en una ciudad hecha totalmente de tezontle.

El edificio de la joyería Palais Royal perteneciente a la firma R. Fernández y Compañía, situado en la esquina de 16 de Septiembre y Palma, en una fotografía de 1947. Este inmueble, de estilo afrancesado y famoso por los medallones de personajes históricos en la fachada, fue construido por el ingeniero José Besozzi en el sitio que ocupara el célebre café del Hotel de la Bella Unión.



El edificio de la joyería Palais Royal perteneciente a la firma R. Fernández y Compañía, situado en la esquina de 16 de Septiembre y Palma, en una fotografía de 1947. Este inmueble, de estilo afrancesado y famoso por los medallones de personajes históricos en la fachada, fue construido por el ingeniero José Besozzi en el sitio que ocupara el célebre café del Hotel de la Bella Unión.

El restaurante de aquel hotel fue también el primer lugar donde los mexicanos probaron la crema chantilly y el helado de tres sabores.

185 años después el edificio sigue en pie. Dejó desde hace mucho tiempo de ser hotel. Hoy brillan bajo sus ventanas los escaparates de una tienda de modas.



En otro tiempo la gente apuraba el paso y bajaba la vista avergonzada al pasar frente al Hotel de la Bella Unión. Ahí fue donde se hospedaron los oficiales del ejército estadunidense desde la tarde en que Winfield Scott invadió la ciudad de México.

Cerremos los ojos un instante. Es el 14 de septiembre de 1847. A las siete de la mañana, bajo un cielo inusitadamente azul, entre el ruido marcial de cornetas y tambores, un capitán del regimiento de Fusileros, su apellido es Roberts, iza la bandera norteamericana en lo alto del Palacio Nacional.

En el Zócalo y desde los portales, cientos de compatriotas moralmente deshechos contemplan la escena. La imagen de la bandera de las barras y las estrellas ondeando en lo alto de la sede del poder los acompañará hasta la tumba. Es el acontecimiento más grave en la historia del país y en la vida de la ciudad. Así de simple. Es la primera invasión desde que Hernán Cortés fundó la ciudad moderna.



En la capital todo es confusión. Los invasores marchan por las avenidas principales y ocupan colegios, hospitales, el patio de los conventos. Winfield Scott elige para sí una casa en el número 7 de la calle del Espíritu Santo (hoy Isabel la Católica). Las tropas deambulan por todas partes entonando una tonadilla de “vulgaridad sobresaliente”: green grow the bushes. (A partir de entonces, los habitantes de la ciudad comenzarán a llamar a los invasores los green grows: los gringos.)

Antonio López de Santa Anna no ha escrito aún la carta que anuncia a los mexicanos el trágico fin de la guerra —carta en la que culpará a sus generales por haber trastornado “todo mi plan de operaciones”. Desde la noche anterior, sin embargo, se sabe que el Vencedor de Tampico abandonó la ciudad a su suerte y puso en polvorosa el único pie que tiene disponible. Hay indignación, cólera y espanto.

Desde las seis de la mañana de aquel funesto 14 de septiembre, un bando proclamado por el Ayuntamiento anuncia que la ciudad será ocupada “pacíficamente”. Cuando las tropas invasoras se aproximan desde el rumbo de San Cosme, la gente se arrima a las esquinas y se asoma a las azoteas para mirarlas. Un anónimo corresponsal le describirá la escena a Guillermo Prieto:

Formaban una mascarada tumultuosa, indecente sobre toda ponderación. Calzaban botas enormes sobre pantalones despedazados, [llevaban] sombreros incontenibles, indescifrables de arrugas, depresiones, alas caídas, grasa y agujeros… Estos demonios de cabellos encendidos, no rubios, sino casi rojos, caras abotagadas, narices como ascuas, marchaban como manada, corriendo, atropellándose y llevando sus fusiles como les daba la gana.

El general José María Tornel había dispuesto que la gente desempedrara las calles y amontonara las piedras en las azoteas para que, llegado el caso, pudiera emplearlas como armas. Al ingreso de las tropas, mientras la sensación de agravio se iba propalando a la velocidad de una epidemia de cólera, la gente recordó los consejos de Tornel. Una tempestad de piedras cayó sobre los invasores. Prosigue el corresponsal de Prieto:

Cundió rápido el fuego de la rebelión y en momentos invadió, quemó y arrolló cuanto se encontraba a su paso, desbordándose el motín en todo su tempestuoso acompañamiento de destrucción […] Llovían piedras y ladrillazos desde la azoteas, los léperos animaban a los que se les acercaban, en las bocacalles provocaban y atraían a los soldados: aquellos negros, aquellos ebrios gritaban y se lanzaban como fieras sobre mujeres y niños matándolos, arrastrándolos […] Se calcula en quince mil hombres los que sin armas, desordenados y frenéticos, se lanzaron contra los invasores […] Por todas partes heridos y muertos, dondequiera riñas sangrientas, castigos espantosos…

Los “gringos” avanzaban por San Cosme derribando a hachazos las puertas de las casas desde donde se les atacaba, fusilaban sin trámite alguno a los agresores. La población combatió por sus propios medios todo el 14 y todo el 15. Un relato de Juan de Dios Arias y Enrique Olavarría y Ferrari dice que “el convencimiento de que este desahogo de la indignación no podía pasar de ser un desahogo, hizo cesar las hostilidades del pueblo”. Para entonces, varios cientos de invasores habían perdido la vida.

Un segundo corresponsal, también anónimo, relata a Prieto que los oficiales del ejército yanqui llevaban en la mano, “a guisa de bastones, unos espadines muy delgados” y que con ellos “ensartaban al primero que les chocaba, con una sangre fría que espanta”. Según ese corresponsal, los invasores “vagaban como manadas, hacían fuego donde primero querían. Eran como un aduar de salvajes, comiendo y haciendo sus necesidades en las calles, convirtiéndolas en caballerizas, y haciendo fogatas contra las paredes, lo mismo del interior del Palacio que de los templos”.

Ocultos tras las ventanas, los mexicanos, silenciosos, perplejos, aterrorizados, se hacían una idea completa de “estos comanches blancos y su cultura”:

Su manera de comer es increíble. Cuecen perones en el café que beben, le untan a la sandía mantequilla y revuelven jitomates, granos de maíz y miel, mascando y sonando las quijadas como unos animales. No he visto jamás embriaguez más arraigada, más escandalosa ni imprudente que la que los domina, ni tampoco apetito más desenfrenado. A toda hora del día, excepto en la tarde que están borrachos, se les encuentra comiendo, y comen de cuanto ven —escribía uno de los corresponsales de don Guillermo.

José María Roa Bárcena, José Fernando Ramírez y Antonio García Cubas, entre otros, construyeron el anecdotario del ejército invasor. Cómo aquellos atilas entraban a las iglesias con los sombreros puestos y elegían los confesionarios para dormir y roncar como lirones; cómo volvían sórdidos muladares las casas en que se instalaron; cómo arrancaron tablas y vigas del convento de Santa Clara para hacer fuego y calentarse. “En todas partes hay montones de basura y perros que cosechan suciedades”; “los monumentos que estos sucios soldados tienen repartidos por las calles, atestiguan de manera irrefragable que la disentería los destroza”.

En el Hotel de la Bella Unión los oficiales organizaban bailes cada noche. En los Apuntes para la historia de la guerra entre México y Estados Unidos (1848) se lee que los pisos bajos del hotel se convirtieron en salones de juego; que los primeros pisos se transformaron en cantinas, billares y salas de baile, y que los altos se destinaron “a lo que la decencia no permite expresar”.

Según esos Apuntes…, “desde las nueve de la noche hasta las dos o tres de la mañana duraban esas orgías, que jamás se habían visto en México. El bello sexo mexicano era más abundante que lo que era de esperarse, y compuesto en su mayor parte de prostitutas”. Relata Guillermo Prieto:

Allí lucían, como no es posible explicar, las Margaritas, así bautizadas por los yanquis las mujeres perdidas, que por esos días se multiplicaron extraordinariamente… Todo era en aquel salón chillante, intenso, febril. Sus vivísimos hombres desmelenados, con las levitas y los chalecos desabrochados, mujeres casi desnudas; todo lo que tiene de más repugnante la embriaguez, de más asquerosa la mujer desenvuelta, de más repelente el grito y la carcajada de la orgía.

La guerra había terminado, pero en la ciudad proseguía una guerra oculta. El ejército estadunidense mermaba misteriosamente cada noche. Los soldados ebrios eran cazados a tiros en la oscuridad; cada día aparecían cadáveres de yanquis, acuchillados por los léperos del pueblo que tomaron por su cuenta la venganza y la resistencia.

Según José Fernando Ramírez, “el que sale por los barrios o un poco fuera del centro es hombre muerto, y me aseguran que se ha descubierto un pequeño cementerio en una pulquería, donde se prodigaba licor para aumentar y asegurar el número de las víctimas […] Se estima en 300 los idos por ese camino, sin computar los que se llevan la enfermedad y las heridas”.

El general Scott intentó detener la cacería anunciando a los mexicanos castigos estremecedores. Colocó picotas en la Alameda y prohibió que se tocaran las campanas de las iglesias para evitar que los tañidos fueran empleados como señal entre los asesinos de sus hombres. Pero nada hacía cesar los ajusticiamientos. Una mañana Scott anunció que por cada muerto suyo iba a cobrarse al azar la vida de diez mexicanos. Al parecer, cumplió la amenaza. Sólo así el pueblo se aplacó.

Fueron nueve los meses de horror. El 13 de junio de 1848 los últimos soldados invasores salieron de la ciudad. Dejaban atrás un país totalmente mutilado, en el que todos se miraban con odio. Prieto salió a mirar aquel día la salida de las tropas. Caminó por las calles con dolor. Ruinas, basura, excrementos. Le correspondió a un poeta, Manuel Carpio, delinear en un poema la que es acaso la crónica más exacta de aquellos días:

en las calles de México desiertas
vi correr los soldados extranjeros
vi relumbrar sus fúlgidos aceros
y vi las gentes pálidas y yertas.

Y vi también verter la sangre roja,
y oí silbar las balas y granadas,
y vi temblar las gentes humilladas,
y vi también su llanto y su congoja.

La Bella Unión no logró nunca recobrar la honorabilidad perdida. Siguió trayendo recuerdos infames a quienes habían cruzado el pantano del 47. El hotel fue adquirido años más tarde por Fulcheri, el célebre napolitano que introdujo en México la costumbre de adornar los postres con crema chantilly. Los postres y los helados de Fulcheri procuraron a la Bella Unión un breve instante de esplendor.

En los últimos años del XIX el hotel cerró. Se fue con el siglo del que había sido testigo. La ciudad de las destrucciones ha conservado la fachada del edificio tal como la vio el aduar de salvajes, los demonios de uniforme azul y cabellos encendidos. En 16 de Septiembre y Palma ya casi todo se fue. Pero quite usted los aparadores de la tienda de modas y verá cómo ocurre un discreto milagro: casi es posible ver en el piso alto los fantasmas de esa corte ruidosa que la generación de Prieto conoció como las Margaritas.

Héctor de Mauleón. Escritor y periodista. Su más reciente libro es La ciudad que nos inventa (Cal y arena).

Revista nexos

EL TERROR Y EL IMPERIO. UNA MEMORIA MÚLTIPLE

Miradas

“Miradas” recoge artículos exclusivos para México sobre el 11 de septiembre y sus alrededores.


Ataques terroristas

Susan Sontag


El retorno de los sacrificios humanos

Hans Magnus Enzesberger


A oscuras en minoría

Ángeles Mastretta


La paz caliente

Carlos Fuentes


Del terror a la dureza

Rolando Cordera


El Islam contra el Islam

Jean Daniel


Violencia y progreso

Héctor Aguilar Camín


El estado puro del odio

José Miguel Oviedo


Entre la redención y el horror

Martín Hopenhayn


Preguntas, preguntas, preguntas

Juan Goytisolo

El luto y la ira



En un momento de La tierra baldía, el poema de la devastación íntima y mundial que abrió el siglo XX, el poeta T.S. Eliot puso:

Torres cayendo
Jersualem Atenas Alejandría
Viena Londres
Irreales

El comienzo del siglo XXI agregará Nueva York al fragmento de Eliot. Y pensar que otro artista de vanguardia también a principios del siglo pasado, el arquitecto Le Corbusier, fue tirado a loco cuando propuso para Manhattan la construcción de un “rascacielos horizontal”, con sesenta pisos para oficinas pero lo más plano posible, de modo que pudiera culminar con “una plataforma armada contra los bombardeos aéreos” porque “la mejor arquitectura moderna es aquella preparada para la peor de las catástrofes”. Y pensar también que el arquitecto del World Trade Center en los setentas, Minuro Yamasaki, estaba enfermo del mal de altura. Un crítico dice que esto se muestra en su obra y que, como el magnate en la maravillosa película de Akira Kurosawa, Lo alto y lo bajo, en el doble rascacielos del World Trade Center Yamasaki había proyectado sus propias pesadillas “sobre todos nosotros”.

La cuenta del Imperio

En medio del luto y de la ira, se abrió paso la memoria. Voces no complacientes recordaron al pueblo estadunidense que el atentado salvaje sobre sus ciudades, no tenía una justificación pero tenía una historia. La impía recordación empezó en casa. Tres grandes escritores norteamericanos, que son a la literatura de ese país lo que las torres gemelas a Nueva York, pintaron su raya incómoda en medio de la consternación americana.

Susan Sontag, cuyo texto completo publicamos en esta edición, preguntó lo impreguntable:



¿Dónde se reconoce que este no fue un ataque “cobarde” contra la “civilización”, o la “libertad”, o “humanismo” o el “mundo libre”, sino un ataque contra Estados Unidos, la única y autoproclamada superpotencia en el mundo, un ataque que se llevó a cabo a consecuencia de las políticas, los intereses y las acciones dirigidos por Estados Unidos? ¿Cuántos norteamericanos son conscientes de los bombardeos en curso contra Irak?

Terror y civilización

Una soga en la celda

El día de agosto de 1966 en que Sayyid Qotb apareció ahorcado en la celda de una de las cárceles del Egipto de Nasser, el mundo musulmán cambió para siempre. La soga en el cuello de Quotb era un extremo de la misma cuerda con que el Islam apretaría el equilibrio político del planeta. Quien decidió la muerte de Quotb en la sombra de la prisión, había desatado una tempestad de consecuencias incalculables. Los agentes nasserianos no sólo habían asesinado al representante mayor del Islam moderno; el crimen, apenas registrado por la prensa internacional, había liberado las fuerzas políticas incontrolables de los diversos nacionalismos islámicos. Desde entonces, la compleja red política y religiosa del islamismo atraparía en su tejido a los últimos treinta convulsos años del siglo XX. Una celda, una soga y un hombre sabio, como en un cuento de las Mil y una noches, liberaron los poderes islámicos de la nueva utopía movilizadora de los años setenta del siglo XX. Desde entonces, el mundo occidental viviría como una amenaza el fuego milenario de tres palabras sagradas: Alá, Mahoma y El Corán.



Fantasía y la fuga de la seguridad

Detener el cambio político no es el remedio… Nunca podremos regresar a la supuesta inocencia y belleza de la sociedad cerrada. Nuestro sueño del cielo no puede realizarse en la tierra. En cuanto empezamos a depender de nuestra razón y a usar nuestros poderes críticos, en cuanto sentimos el llamado de las responsabilidades personales y, con ellas, la responsabilidad de ayudar al avance del conocimiento, no podemos volver al estado de sometimiento implícito de la magia tribal. Para los que han comido del árbol del conocimiento, el paraíso está perdido. Karl Popper

Ese día falló el sofisticado sistema de seguridad estadunidense. También saltó por los aires la idea que lo sustentaba. El sistema y la idea no pudieron proteger la vida de los miles de ciudadanos que ese martes por la mañana hacían sus vidas de siempre.

Ningún general pudo haber dado la orden de abatir un jet lleno de civiles debido a que la intención de quienes los secuestraron no se conoció sino cuando ya era muy tarde.

Posdata es la guerra

Durante los años de la Guerra Fría, los mismos que alentaron la carrera nuclear, una contienda entre Estados Unidos y la Unión Soviética aseguraba, cuando menos, la destrucción total de Washington y Nueva York. Por más “racional” o “quirúrgica” que fuera, una acción de tales dimensiones traería consigo un escenario de nubes en llamas y un cielo donde palpitaban las señales indescriptibles de una gran catástrofe. Nadie habría tenido ojos para dar testimonio de esa realidad cuya duración era menor a un latido. Nadie habría tenido oportunidad alguna para cobrar la factura de la violencia. La imaginación sólo existiría en el antes, no en el después.

Con el atentado a las Torres Gemelas, la amenaza de la destrucción de Estados Unidos, o de sus estandartes militares, políticos y económicos, ha cambiado de forma. El oso de Moscú, demasiado irritable como para pulsar, sin miramientos, el botón que haría estallar el hongo, hizo mutis hace doce años y el protagonismo ha recaído en un enemigo casi invisible, ubicuo, capaz de acciones fuera de guión. Los grandes momentos de pánico en la década de los ochentas iban acompañados por palabras como “megatones”, “lluvia invernal”, “pruebas de erosión”, “objetivos de localización imprecisa”, “inevitabilidad terminal”, “proyectiles inteligentes”, “Destrucción Mutua Garantizada”. Luego del 11 de septiembre, la maquinaria militar de Estados Unidos ha encendido sus motores ante la materialización del terror en su propia casa, con treinta fanáticos armados de pequeñas navajas y con la voluntad de morir a cambio del asesinato de más de 6,500 civiles. La primera guerra de este siglo no se ha iniciado con un arma de pulso electromagnético sino con un instrumento que nada le debe a la tecnología: la pulsión del martirio en nombre de la guerra santa.

Puerto LIbre (Revista Nexos)

Es verdad, con el tiempo, hemos de atesorar recuerdos inescrutables de estos días. Las voces de los niños en el jardín, los niños a los que no puedo besar, han de volver a mi memoria como un canto inolvidable. Un himno cautivo. Allí andan, con su curiosidad como de abejas, con su litigio en torno a un hormiguero, con su enredarse en la punta de las ramas de un sauce llorón que los hace reír. Van creciendo y he tenido meses para saber de ellos con una claridad que no hubiera visto de otro modo. Sus nuevas palabras no hubieran llegado a mí una por una. Ahora cada vez que un sonido aprenden, me lo enseñan. Diplodocus. Así se llama un dinosaurio. Nunca han visto un oso ni un chango ni un lobo, pero los arman y los nombran con cuidado. No recuerdan el mar, pero quieren ir porque ahí nadan un erizo y una ballena. Eso lo saben por la televisión y sí, ya sé que la televisión está en los tribunales acusada de perniciosa, pero verla con ellos es una fiesta mayor, justamente porque sólo se nos permite a ratos. Por ahí, yo incluso he aprendido que Plutón es una pequeña piedra triste, dado que su tamaño no le dio autoridad para ser planeta. ¿Cómo no voy a guardar esas gotas de tiempo prohibido en el centro de mis buenaventuras?

¿Qué más? Sé que cuando haya que salir al espanto del tráfico en esta ciudad, he de añorar las tardes en que comíamos con amigos cinco minutos antes de acordarlo.



En las noches, tras una petición formal y reiterada, mi vecino me lee a Victoriano Salado Álvarez contando las guerras del siglo XIX. Yo empiezo riéndome del modo en que adjetiva (un vientre sublevado) y sigo sus historias hasta que me quedo dormida. Despierto cuando percibo que se apagó la luz. “¿Qué pasa con el cuento? ¿Ya te vas a dormir?”, reclamo. “Tú eres quien se durmió hace diez páginas”, contesta el vecino desde su almohada a oscuras. Entonces yo despierto del todo con Eugenia de Montijo mirándome desde sus ojos claros y metida en un vestido de encajes.

Qué perla para la memoria nuestra cama flotando a tientas en esta época.

Y tantas cosas. El té de la mañana, la pasta del mediodía, el aceite de oliva de la noche. Sin duda el abrigo mutuo cuando las inclemencias de la información nos quieren derrotar.

En las tardes, mientras afuera llueve, he bailado con todos mis héroes. Quién sabe qué sería de mi talante si no fuera por las horas en que alardeo, como si no supiera ésta que soy, metiendo mi voz entre quienes de verdad cantan, hasta creerme que la entonada soy yo. Cincuenta minutos o más de lo que cada día me va latiendo. ¿Qué pudo ser de nosotros sin la música y lo que trae consigo? ¿Cuántos años tenía yo la primera vez que oí “Yesterday”? Pues ésos vuelvo a tener. ¿Y en qué andaban mis emociones cuando canté con Manzanero “Contigo aprendí”? A todo vuelvo. Y a cada recuerdo le sumo el de ahora. Luego bajo de mi estudio con la cara ardiente y un retazo de notas que todavía chispean en lo que tarareo: “Me lleva él o me lo llevo yo/pa que se acabe la vaina”.



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Ilustración de Gonzalo Tassier

Revista Nexos

Ilustración: Gonzalo Tassier

Resultado de imagen para la experiencia homosexual marina castañeda



De entre las novelas, yo prefiero las biografías. Lo digo porque las biografías algo tienen de novela, y porque las novelas cuando algo tienen de biográficas resultan exquisitas.

En homenaje al compromiso de toda buena biografía —ser al mismo tiempo una fábula y una verdad irrefutable—, Marina Castañeda ha escrito un libro intenso, excepcional y cercano.

La propia existencia es la única riqueza cierta que tenemos, por eso hay generosidad en quienes la cuentan.

La autobiografía de Marina es importante por varias razones. Una porque dice lo que hace no mucho era incontable: las dificultades y los abismos por los que pasó, la fortaleza con que enfrentó su homosexualidad en un mundo adverso. Otra porque nombra lo que a todos nos ha pasado: el desamor, el éxtasis, la duda; que en muchos se vuelve silencio, no como fruto del pudor o del miedo, sino de la incapacidad para hablar de la propia vida como algo que importa.



Si su libro hubiera aparecido, ya no digamos hace cincuenta años, hace treinta, habría podido ser un escándalo. Ahora, es más bien una celebración. Marina, sobria y pausada como es, tiene, entre quienes la leen, el reconocimiento y el cariño de una estrella de rock. Sicóloga, socióloga, devota de la música, Marina escribe su autobiografía, ella cree, o el título de su libro lo sugiere, sólo para reflexionar y enseñarnos lo que aprendió a lo largo de una vida homosexual. Pero vale leerla no nada más para saber cómo y por qué ella descubrió su homosexualidad, sino también para oír todo lo demás: su infancia, sus papás, sus hermanos, sus inútiles novios, sus imposibles novias, sus hallazgos, su entereza.

La vida, ella lo sabe, no sólo se define al elegir cómo y a dónde dirigimos la sexualidad y el erotismo. Dadas las cosas, también es difícil elegir la patria, la paternidad, la profesión, la pareja. Y todo hay que irlo decidiendo si no queremos que alguien más, para mal, lo haga por nosotros.

Marina lo hizo con inteligencia, valor y sencillez. Y así lo cuenta. En su libro, el mundo está visto con los ojos de una memoriosa y ahora sabia mujer homosexual que se descubrió como tal hace cincuenta años.



Pero toda su ordenada memoria toca la fiebre de muchos otros. Sin duda la del público que la busca como a la guía en que se convirtió tras la ayuda indispensable que fue para muchos su libro La experiencia homosexual.

Casi todos los romances adolescentes son difíciles. El primer amor de Marina lo fue aún más. Pero ella comparte la historia con una indulgencia divertida. Y por eso convoca.

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Revista Nexos. ¿Cómo han sido los vínculos diplomáticos entre los gobiernos estadunidense y mexicano al abordar el destino de los migrantes? ¿Qué podría suceder si el presidente López Obrador insiste en minimizar la crisis humanitaria que hay en las fronteras norte y sur de México? ¿Cuáles han sido las causas que han expulsado a los centroamericanos de sus países? A continuación algunas respuestas.



Los muros del triángulo norte

Joaquín Villalobos

¿México será su propio muro?



Jorge G. Castañeda

Antes y después de Trump



Esteban Illades

Cierto que algunas veces, al despertar, en esa rara duermevela que entra antes de levantarnos a que el día nos haga pedazos o nos redima, algunos, yo, hacemos el recuento de todo lo que nos falta por hacer. ¿Cuántos años me quedarán?

Si no quiero angustiarme, porque no hay tiempo más que de brincar y urdir lo que hay que urdir esa mañana, ese mediodía, esa tarde que espera con su puesta de sol hundida entre edificios, resuelvo el asunto con una sentencia rápida: has hecho todo, menos lo que no has hecho. Y a otra cosa.

Intento convocar a la serenidad. Esa gran loca.

“Dale una tregua a tu cabeza”, me digo, “muévete”.



Pero si tengo tiempo, si cuando ya estoy sentada al borde de la cama veo poca luz entre las rendijas, me arrepiento. Y regreso a meterme bajo las sábanas tibias. Entonces, qué de remolinos me toman por su cuenta. ¿Cuántas cosas no has hecho?

Por lo pronto, vuelvo a dormir y trato de recordar. ¿Qué soñé? Era yo joven. ¿O era yo esta? No sé, no tenía edad. Estaba en el mar. Pero con alguien. ¿En cuál mar? ¿En el de una isla? Quién sabe. En el mar. Abrazada de alguien. “No me sueltes”, dije. Y desperté.

Es bonito recuperar el pedazo de sueño que faltaba. “No me sueltes”. ¿A quién se lo habré dicho?

La luz por la orilla de las contraventanas entra dorada. Es tardísimo. ¿Para qué? ¿Dilucidar? ¿Ver la pantalla del teléfono por si alguien necesita algo de mí?

Extiendo la mano y toco el brazo de mi cónyuge que también va despertando. “Hola”, digo. Él sí que ha hecho diez veces más cosas útiles que yo, pero siempre siente que le faltan, y no pierde el tiempo más que viendo el futbol. Y eso hay que considerarlo una inversión, no un gasto. Ahora tiene que ir a grabar un programa con personas de buena ley que piensan en el país, temen por él, resuelven el futuro.



Dios los bendiga, diría mi mamá en sus tiempos de fe. La Divina Providencia sea para siempre alabada, decía mi abuela. ¡Santo cielo!, aún digo yo en voz alta provocando la hilaridad de mis nietos mayores.

Yo creo en la Providencia. Sólo no creo que sea divina. A veces hace el mal. A veces nada. Se queda impávida, esperando a ver qué decidimos. A veces mata. A veces abandona. “No me abandones”, dije. Pero no a la Divina Providencia. Este personaje tenía brazos, hombros, los ojos cerrados. Yo también tenía los ojos cerrados, pero veía. Yo aún, como dijo Quevedo, soy amante agradecida a las lisonjas del sueño.

Y ahora, ¿vas a contar lo que quieres hacer y no has hecho? Ya adoras a quienes adoras. ¿Qué más?



Ilustración: Gonzalo Tassier

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De la revista Nexos en mayo del 2019

Mayo 2019

Ruta de riesgos. Las ventajas políticas del atraso

Javier Tello Díaz

La izquierda mexicana llega tarde al poder en términos latinoamericanos. La “marea rosa” está en franca retirada y lo que se observa en la región es más bien una resaca derechista. Sin embargo, este atraso puede tener sus ventajas al ser posible para el nuevo gobierno en México aprender de los errores de los proyectos de izquierda que lo precedieron.



Esa es la intención de un conjunto de ensayos publicados por la revista nexos que, en busca de lecciones, reflexionan sobre las recientes experiencias de distintos gobiernos de izquierda en América Latina. Vale la pena retomar estos ensayos en su conjunto y analizar de manera puntual las enseñanzas identificadas.

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Mundo Nuestro. La revista Nexos publica en su número de marzo este texto de Julio Ríos Figueroa --Investigador de la División de Estudios Políticos del CIDE-- este texto sobre el papel que las fiuerzas armadas en América Latina cumplen actualmente, y las diferencias con épocas pasadas en las que los soldados han participado en golpes de Estado que cortan de cuajo procesos democráticos como los de Guatamela en 1954 o Chile en 1973. "

“El ‘nuevo militarismo’ tiene formas más sutiles que los golpes de Estado y las intervenciones forzosas, pero puede ser igualmente desestabilizador dice Ríos Figueroa--. “Sigue pendiente en nuestra región la construcción de ‘fuerzas armadas democráticas’, es decir, fuerzas armadas cuya misión principal sea la protección de la democracia constitucional que les da legitimidad y que actúen siempre bajo los principios constitucionales de protección a los derechos humanos".

Los Estados modernos requieren de fuerzas armadas con la suficiente solidez para proporcionar seguridad ante las amenazas externas y para garantizar la paz interna. Sin embargo, algunos ejércitos han demostrado ser una amenaza para sus gobiernos y, en concreto, para la estabilidad democrática, lo cual debilita a los Estados y perjudica a miles de personas. De aquí que la existencia de ejércitos poderosos subordinados a gobiernos civiles y democráticos resulte paradójica, más la excepción que la norma, ya que implica que aquellos que tienen el poder de las armas obedezcan a personas que no las tienen.1 La cuestión que surge es: ¿cómo crear fuerzas armadas limitadas por el Estado democrático de derecho sin exponer su poder, su esprit de corps, o su eficacia?



La disyuntiva planteada por la necesidad de contar con fuerzas militares poderosas al mismo tiempo que limitadas por la ley, permea las relaciones entre civiles y militares en todos los regímenes democráticos, y no se refiere tan sólo al riesgo de golpes de Estado que son un fenómeno bastante raro en estos días. No existe una solución fácil y permanente para este entuerto, por lo que las democracias han buscado diversos enfoques para conciliar ambos objetivos —incompatibles en apariencia— según el contexto y las circunstancias específicas. En algunas ocasiones se ha priorizado un lado de la ecuación, tener poderosas fuerzas militares, mientras que en otras se ha inclinado la balanza hacia el otro, contar con fuerzas limitadas por la ley. Lograr el equilibrio es un acto que demanda un alto grado de precisión: si se transfieren demasiados poderes a las fuerzas armadas, la democracia puede caer herida de muerte; por el contrario, demasiados límites al ejército pueden exponer a la democracia a una serie de riesgos en términos de seguridad. En resumen, encontrar un equilibrio entre los límites democráticos y la autonomía de las fuerzas militares es una tarea difícil pero fundamental para las democracias.

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