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Neotraba. Dulce María Ramón entrevista a Gabriela Rochín Navarro sobre su proyecto titulado "Los zapatos de Catalina".

Gabriela Rochín Navarro



Las que siguen son voces que recoge Gabriela Rochín Navarro, escritora sonorense que deseaba visibilizar la violencia que viven las mujeres. Al principio, de una manera moderada fue obteniendo testimonios de los círculos cercanos a ella. Pero pronto, muchas mujeres encontraron un espacio seguro, donde podían confesar, en ocasiones por primera vez, cómo es que fueron violentadas.

Dulce María Ramón (DulceMRamon)

“Había problemas en casa. Mi papá y yo nos tuvimos que ir a vivir a Estados Unidos con unos amigos de la familia. Jamás desconfié de ese señor —lo conocía desde pequeña— hasta que comencé a notarlo extraño. Yo tenía 19 años. Una vez, se molestó porque un chico me invitó a salir. Otra vez, rozó en mí sus partes íntimas al abrazarme. En otra ocasión, descubrí que en su teléfono tenía fotografías mías duchándome o cambiándome de ropa. Al ver las fotos, sentí asco, confusión, shock; las borré todas…”




Foto cortesía de Gabriela Rochín Navarro a través de Dulce María Ramón

Al lado de la confesión valiente de Marie, aparecen unas zapatillas de ballet, de color rosa pálido, seguramente con un significado especial; posiblemente las ilusiones de una adolescente, como las que tiene tu hija, tu sobrina o cualquier adolescente.



Marie resolvió levantar la voz, gritarle al mundo que está de pie, dejó salir lo que le oprimía desde que vivió este episodio y las consecuencias posteriores en su vida. Posiblemente cada mañana sentía que se ahogaba, porque los momentos que están llenos de inmenso dolor, nos llegan a paralizar y por lo general, tardamos en digerir, porque no podemos creer que nos hayan hecho tanto daño. Al paso del tiempo nos terminan poniendo el alma gris, vamos quedando sin voz… morimos.

Este testimonio es parte del proyecto que lleva el nombre: Los zapatos de Catalina, el cual se encuentra en las redes sociales de Instagram y Facebook.

Nació de la voz de Gabriela Rochín Navarro, escritora sonorense que deseaba visibilizar la violencia que viven las mujeres. Al principio, de una manera moderada fue obteniendo testimonios de los círculos cercanos a ella. Pero pronto, muchas mujeres encontraron un espacio seguro, donde podían confesar, en ocasiones por primera vez, cómo es que fueron violentadas.

Gabriela Rochín Navarro creció en una familia donde la presencia de las mujeres era importante, pero de igual manera, siempre se pensó que el rol del hombre era en el espacio público y el de la mujer en su casa, con los hijos, en la cocina. Sin embargo, sus dos hermanas y ella también, recibieron de manera paralela otro mensaje: váyanse, estudien, ustedes pueden hacer lo que quieran; un discurso completamente contradictorio.

Sus estudios de licenciatura en Marketing los inició en Hermosillo y decidió concluirlos en Guadalajara, donde vivió 7 años, colaborando como redactora en una de las agencias de publicidad más importantes en esta ciudad. En el año de 2011, decidió mudarse a la Ciudad de México, donde obtuvo una beca para la Maestría en Comunicación y Estudios de la Cultura. Su trabajo en medios, ha abarcado la generación de contenidos online y offline, al igual que la dirección de comunicación de distintas organizaciones, así como la impartición de diversos talleres de redacción para la Junta de Asistencia Privada del Gobierno de la CDMX. De igual forma coordinó el departamento editorial de la revista Algarabía. En mayo del 2020, obtuvo un estímulo por el proyecto, Los zapatos de Catalina, del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA), en la disciplina de Letras, bajo la categoría de Crónica.

Cuando ya no pude seguir el camino en el ámbito editorial, dije, voy a ponerme escribir las cosas que me mueven, que, en este caso, es mucho el tema de la violencia, el no poder ser indiferentes ante una realidad, tan cruda, tan cercana y que, además, tenemos tan normalizada"

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Dulce María Ramón. ¿En qué momento o qué te movió para comenzar este proyecto Los zapatos de Catalina?

Gabriela Rochín Navarro. Es un proyecto que fue cocinándose por algún tiempo. Pero específicamente el año pasado, comenzaron a surgir las coincidencias para que todo emergiera. A principios del 2019, me encontraba escribiendo para una revista. Y comenzaba a sentir la necesidad de escribir un proyecto propio e independiente, en el que nada fuera ficción. Estuve buscando mucho el tema. Pero más que buscarlo en la teoría, era encontrarlo en lo que, a mí, me mueve y me conmueve. Durante la segunda mitad de ese año, en el mes de agosto, me encontraba tomando un taller de ensayo autobiográfico con 12 participantes. Ese taller fue para mí un catalizador, en cuanto a validar la propia escritura, porque el solo hecho de tomar la palabra, es un acto de valentía, de resistencia que va contra la educación que hemos recibido la mayoría de nosotras, que principalmente se basa en callar y aceptar. El taller era los sábados por las mañanas y todas teníamos una experiencia que contar sobre violencia de género. Todo esto me conectó con todas las otras mesas en las que he platicado, ya sea con mis hermanas, amigas, compañeras de trabajo. Incluso hasta con mujeres desconocidas de las que me iba enterando que han vivido, o están viviendo una historia de violencia.

DMR. ¿Por qué escogiste a los zapatos como símbolo de este proyecto?

GRN. Para mí, los zapatos me hablan de empatía y de diversidad. Me gusta mucho ver, cómo llegan fotografías de tenis, de botas, de huaraches… incluso hasta uno de zapatos de ballet. También, es un símbolo de estar de pie y de denuncia. Hemos visto que, en México, como en varios países al denunciar la desaparición de mujeres, se exponen los zapatos como la representación de lo que significa su ausencia. Por ejemplo, el último testimonio que recibí junto con la imagen de los zapatos, dice, “yo traía estos zapatos cuando sufrí abuso sexual” y tal declaración, acaba siendo como una reavivación pues, algo se recupera, algo se suelta, se acomoda y sana.

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ADRIANA- México -18 de octubre 2020

“Soy ginecóloga, he visto tantas cosas. Durante mi formación como residente, recuerdo mucho lenguaje violento hacia las pacientes. Mujeres con vida sexual activa, imagínate. Faltas de respeto, comentarios insultantes y fuera de lugar. Pero hay una niña que nunca voy a poder olvidar, de unos 8 o 9 años que pesaba tal vez 80 o 90 kilos. La vi en la consulta de ginecología con un maestro que era un viejito serio, “buena onda” y muy poco valiente. Esa niña se comía su ansiedad. Sí tenía ciertos desajustes hormonales, pero el estudio reflejaba que había tricomonas. La tricomona es un bicho que se transmite exclusivamente por vía sexual. Dicho de otra forma, esa niña estaba siendo abusada. A lo mejor la mamá ni sabía. Vi el examen y le pregunté a mi profesor: “bueno, doctor, ¿cómo le vamos a decir a la mamá? Hay que informar, investigar qué está pasando.” Y él me dijo: “no, ni te metas en eso, ni digas nada; es más, quédate aquí”. Fue con la mamá, nomás le dio el examen y le dijo: “señora, su hija está bien, váyase y que dios la ayude…”

Foto cortesía de Gabriela Rochín Navarro a través de Dulce María Ramón

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DMR. ¿Y el nombre de Catalina?

Catalina era un seudónimo que yo llevaba usando desde hace cinco años, y me hizo mucho sentido hablar desde los zapatos de Catalina. Que da igual si se llama: María, Sofía, Juana, Lucía o el nombre que queramos ponerle. Comencé contando un recuerdo —con la voz de Catalina—, el cual ocurrió en mi familia, en la mesa de mi casa. Lo compartí con algunas mujeres cercanas a mí vida, y muchas de ellas me respondieron contándome sus propias experiencias. Así, que decidí pedirles permiso para transcribir lo que me estaban contando y publicarlo. Prácticamente todas me dijeron que sí.

DMR. ¿Existe un eje para quien decida compartir su testimonio?

GRN. Decidí hacerles dos preguntas, y a partir de ellas, pudieran compartirnos su testimonio, las cuales son: ¿Qué hubieras necesitado? ¿Y qué te agradeces ahora?. Antes de publicar lo que me han compartido, le muestro el texto final a quien me lo mandó, para que me dé su visto bueno. Una vez que están de acuerdo cómo se leerá su historia, les pido elijan un nombre, mandan la foto de los zapatos que ellas desean y se sube de inmediato.

DMR. ¿Desde dónde has recibido testimonios?

GRN. La mayoría son de México, pero también, han llegado de Argentina, Colombia, Ecuador, Estados Unidos. En este momento estoy trabajando en un texto de España.

DMR. Platícanos ¿cómo viviste los primeros días en que fue lanzado el proyecto en Instagram?

GRN. Al principio fue bastante estremecedor, porque el proyecto se publicó el 25 de noviembre (2019) que es el día en que se conmemora el Día Mundial de la Erradicación de la Violencia Contra la Mujer; y existe algo que se llama los 16 días de activismo, terminando el 10 de diciembre. Cada uno de esos días se celebra un derecho humano. Durante ese tiempo, publiqué una historia diaria. El testimonio número 13 fue de una chica que se quiso llamar Valentina, y narra cómo fue víctima de un intento de feminicidio. A partir de ello, comenzaron a llegar historias de mujeres que narraban escenarios similares.

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Clara –Ecuador- 15 de diciembre 2019


“Fue mi novio entre los 18 y 19 años. Comenzó con ofensas verbales, después me echaba del coche en cualquier parte de la ciudad si algo no le parecía. Una vez me dejó en una calle peligrosa donde suelen parar prostitutas y ellas me ayudaron a llamar para pedir ayuda. Tenía vergüenza de hablarlo y si le contaba a alguien no me creían; me decían que yo era demasiado sensible o que estaba exagerando. ¿Por qué se sorprendían? Él me pedía perdón diciendo que estaba estresado. Íbamos de mal en peor así que terminé la relación. Comenzamos en universidades y carreras distintas, pero eso no lo detuvo. Una tarde iba al cine con mis amigos y se apareció ahí gritándome puta, que a dónde iba, que con cuál me acostaba. Me humilló y ridiculizó frente a todos. Me acosaba. Me corté y decoloré el pelo para que no me reconociera y se fuera; quería morirme. A la semana de lo del cine, otra vez me buscó, me pidió perdón y me dijo que quería despedirse porque se iba del país. Era un atleta reconocido. Le creí. Apenas me subí a su coche cuando me golpeó la cabeza y perdí el conocimiento. Cuando desperté, estábamos afuera de una tienda de cervezas, él muy borracho. Corrí para escaparme, pero me alcanzó, me forzó a entrar al coche y me llevó a su casa. Ahí me encerró, me cacheteó, me violentó, me manoseó. Quería abusar de mí. Quería volver conmigo. Yo lo golpeaba, lo mordía; él se reía. Me rompió una botella en la cabeza. Escapé por la ventana, salté la reja y tomé un taxi. Tuve que contarles a mis padres —y no todo— cuando aterrados me vieron llegar así, completamente vacía y rota. Perdí un año de universidad, tuve anorexia, no quería trabajar. Me fui del país, hice mucha terapia, dije nunca más. Aprendí a poner límites, a cuidarme…”

Foto cortesía de Gabriela Rochín Navarro a través de Dulce María Ramón

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DMR. ¿Cuál es el objetivo central del proyecto?

Primero nombrar las violencias que nos atraviesan. De igual manera, escucharnos, creernos, acompañarnos y sobre todo hacer redes que nos fortalezcan. Te sorprendería ver que las historias son contadas por abogadas, terapeutas, médicas, ingenieras, actrices, periodistas.

DMR. ¿Las mujeres que dan su testimonio, piden anonimato?

Casi todas las mujeres elijen su nombre real, pero otras se ponen el nombre que sea. A todas, les pregunto cómo se quieren llamar. Cuando elijen su nombre yo lo tomo como una afirmación de ya no tener miedo. Otras me dicen, yo me quiero llamar de esta manera, porque este nombre tiene otro símbolo. Al final el mensaje es que somos todas las mujeres que levantamos la voz. Te puedo decir, que, en cada testimonio, con algo me identifico, en mayor o menor medida pues conoces esa sensación en el estómago, cruda y triste.

DMR. ¿Hasta dónde quieres que llegue el proyecto, que de pronto se convirtió en un espacio de todas las mujeres?

Ahora le he querido dar prioridad a los textos. La meta que tengo a corto plazo, es ampliar el entorno de las historias que estoy contando. Por ejemplo, sé que la gente que sigue a Los zapatos de Catalina, es más o menos de mi edad, o de la generación anterior, pero hay un montón de señoras, que no tienen Instagram, y sabes, a mí me encantaría contar esas historias. Esto para romper los círculos inmediatos y más cercanos. Y segundo, me imagino, muchos formatos como es la parte sonora o el teatro; para contar las historias de todas las formas posibles. Lo que me interesaría es que pudiera llegar de diferentes formas, ya sea través de los oídos o de los ojos y tocar los corazones de mujeres y hombres. Creativamente da para muchos formatos. Los zapatos de Catalina, es un mosaico de diversas personalidades, pues hay historias de mujeres que tienen 16 años, hasta mujeres por encima de los 60 años.

DMR. Los Zapatos de Catalina les da la voz inmediata a todas las mujeres ¿cierto?

Creo que se trata de revisar lo macro en lo micro.

Es muy fácil decir: cohabitamos en un país en donde son asesinadas 10 mujeres todos los días. Pero estar viendo y visibilizando, el cómo es que vivimos – y sobrevivimos- en medio de esta violencia, cada una de nosotras, bajo que dinámicas y en qué circunstancias. Es el objetivo principal del proyecto. Un poco por ello también, la pregunta ¿qué hubieras necesitado? Me han respondido: hubiera necesitado una puerta que cerrar, hubiera necesitado que me creyeran. La finalidad no es revolver la experiencia dolorosa, sino voltear a verla y re significarla y re aprenderla.

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CATALINA- México- 25 de noviembre 2019


“Nací en el norte de México cuando mi madre tenía 23 años. Para cuando cumplí 17, ella cumplió 40. Recuerdo ese día de su cumpleaños. Mis padres, mis hermanas y yo, en casa, alrededor de un pastel con dos velas encendidas en forma de 4 y 0. Lo recuerdo a él, sentado en la cabecera, felicitándola. Diciéndole en broma que muchas felicidades pero que ahora la iba a tener que cambiar “por 2 de 20”. Y riendo con sus labios de chocolate que lograban frenar una carcajada mayor. La iba a tener que cambiar, como un billete por dos monedas. ¿Por qué? Ella estaba sentada justo frente a mí. No sé qué sintió, pero hizo una mueca: frunció la expresión, apretó la boca. Empequeñeció momentáneamente. La vi. Casi juraría que, por un instante, sonrió. Respiró, comió un poco más del pastel que ella misma había horneado y la vida siguió. Mis hermanas tenían 14 y 11 años. Sé que lo recuerdan porque la broma se repitió —en privado y en público— cada dos años hasta que ella cumplió 50. “Por 2 de 25”. Supongo que así aprendemos los seres humanos: a punta de repetición y silencio vamos absorbiendo las creencias que nos rodean. Así aprendemos las mujeres, por ejemplo, que somos valiosas por nuestra apariencia, que nuestros cuerpos no nos pertenecen, que somos reemplazables y que alcanzar “cierta edad” es perder el deseo, el interés y la validación de los hombres. ¿Quiénes somos sin eso? Aprendemos a aguantar, a complacer, a dejar pasar. A olvidar. A no ser. Ya no culpo a mis padres. Me cansé de esa rabia. Hoy agradezco poder verlo. Entonces no sabíamos que podía ser distinto…”

Foto cortesía de Gabriela Rochín Navarro a través de Dulce María Ramón

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Neotraba. El 10 de octubre celebramos el nacimiento de Giuseppe Verdi, compositor de ópera italiano del período romántico.

Judtih Castaneda Suari

Es la madrugada del 27 de enero de 1901 y Giuseppe Verdi acaba de morir en el Grand Hôtel de la ciudad de Milán. “Murió de forma magnífica, como un luchador formidable y silencioso”, escribiría después Arrigo Boito, libretista de Otello, ópera estrenada en 1887, después de dieciséis años de silencio por parte del compositor. El amor y la admiración del pueblo hacia este colosal artista, casi nonagenario, se hacen patentes en los cuidados que, antes de fallecer, le prodiga la ciudad para suavizar tanto las dolencias propias de su edad como una embolia que sufre el 21 de enero de aquel año.

Nacido el 10 de octubre de 1813 en Busseto, ciudad ubicada en la provincia de Parma, al norte de Italia, Verdi recibe los honores del Estado y del pueblo: el mismo día de su muerte, nos dice Mary Jane Phillips-Matz en su libro Verdi: una biografía (Paidós, Testimonios, 2001), se reúne el Senado italiano y la Cámara de Diputados dedica el día siguiente, lunes, a una conmemoración de su antiguo miembro; un mes más tarde, una multitud de aproximadamente trescientas mil personas, se agolpa en las calles durante el traslado de los restos del compositor y de Giuseppina Strepponi, su segunda esposa, desde el Cementerio Monumental a la Casa de Reposo para Músicos, fundada en Milán por el propio Verdi, ocasión en la que Arturo Toscanini dirige a un coro de ochocientas voces que, apostado frente a la capilla del cementerio, entona el Va, pensiero en cuanto los dos ataúdes parten hacia la Casa de Reposo (George Martin, Verdi. Javier Vergara, 1984).



Giuseppe Verdi funeral. Foto del Archivo Verdi

Más de un título nos entrega a los habitantes del siglo XXI lo grandioso de estos segundos funerales, y es imposible que no madure un nido de emoción contenida en nuestra garganta frente a dicha escena: los balcones cubiertos con crespones negros, una hilera de coches tirados por caballos, llenos de arreglos florales, que sigue a la carroza fúnebre, semejante ésta a una embarcación en el mar de asistentes cuyo oleaje suena al coro del tercer acto de la ópera Nabucco.

Formar parte de aquella multitud sólo habría significado cantar, entre un nudo de lágrimas, ese segundo himno nacional que es para los italianos el lamento de los esclavos hebreos, arrancados de su patria: Va’, pensiero, sull’ale dorate; va’, ti posa sui clivi, sui colli…

Sin embargo, esta no sería la primera muerte del compositor. Muchos años antes, sin haber cumplido siquiera los treinta, Giuseppe Verdi sufre otra, por así calificarla, más íntima, quizá mucho más dolorosa. Sus oficios fúnebres son el juramento de abandonar todo, dejando inconclusa la ópera en la que trabajaba, Un giorno di regno, y vivir el resto de su existencia en algún lugar oscuro –Mary Jane Phillips-Matz aventura que ese lugar oscuro se trata de la “vieja habitación en el patio de la casa de Barezzi, donde bramó contra su destino hasta que los que lo conocían pensaron que había enloquecido”–; sus efectos permean la segunda ópera y la tercera, donde dicha muerte gotea como si se tratara de un veneno gris, aceitoso, que ha de turbar la calma de un lago por donde no atraviesa corriente de aire alguna.



Un giorno di regno fue estrenada el 5 de septiembre de 1840 “y fue un gran fiasco. El público, cuando no mantuvo una actitud hostil y aburrida, silbó y protestó”, nos dice George Martin en su biografía de Verdi. A esto coadyuvó también el desgano de los cantantes: Raineri-Marini, la soprano, se recuperaba de una enfermedad sin determinar, y tanto ella como el tenor Lorenzo Salvi cantaron con desgano, incluso mascullando las palabras mientras la orquesta tocaba (Phillips-Matz, Verdi: una biografía). Esta ópera se representa muy poco, y una de esas ocasiones se dio en el Teatro Regio di Parma, en 2012, puesta que se grabaría para lanzarse el siguiente año, con motivo del bicentenario del natalicio del compositor, para integrar la colección Tutto Verdi, the complete operas.

Cartel promocional de “Un giorno di regno

Esta obra tempranísima posee rasgos característicos de la ópera buffa: el hombre mayor que pretende casarse con una muchacha enamorada de un joven, lo cual también se retrata en El barbero de Sevilla (1816), de Gioachino Rossini, o en Don Pasquale (1843); la astucia usada para oponerse a esas intenciones; el personaje que finge ser alguien más, con el inminente peligro de ser descubierto. En cuanto a lo musical, posee una obertura vivaz, alegre, y el clásico recitativo secco, es decir, el diálogo entre los personajes que se acompaña sólo con el clavicordio, algo que también podemos encontrar en El barbero… o en El elixir de amor, de Gaetano Donizetti (1832).



A la distancia, parece injusto y hasta cruel, que Un giorno di regno fracasara tal como lo describen los biógrafos de Verdi, hasta el punto de cancelarla después de una sola representación. El propio músico escribe sobre ello años más tarde, en 1859, en una carta dirigida a Tito Ricordi: el público “se cebó en la ópera de un pobre joven enfermo, acosado por la presión del programa y transido de dolor y de desgarro por una horrible desgracia”. Habría agradecido el hecho de que los asistentes hubieran no aplaudido, sino soportado la ópera en silencio, confía en la misma carta a su editor en la Casa Ricordi.

Si tenemos en cuenta que en el siglo XIX asistir la ópera se asemejaba a las actuales salidas al cine, presenciar Un giorno… seguro habría sido el equivalente a ver una película “palomera”, algo sin otra pretensión que divertirse, reír un rato con situaciones chuscas.

En Nabucco, por otro lado, tenemos algo completamente distinto. Estrenada el 9 de marzo de 1842, carece del recitativo secco; los parlamentos se acompañan con una orquestación más elaborada o se entonan a capela; abundan las escenas de conjunto. Se trata del primer éxito de Verdi, uno apoteótico, si tomamos en cuenta el himno de libertad que para el público significa el coro Va, pensiero, y el hecho de que a mediados de siglo, el propio nombre del compositor se convirtiera en un acrónimo que gritaba a favor de la unificación y de la independencia de una Italia sometida por los austriacos: ¡Viva V.E.R.D.I.!, ¡Viva Vittorio Emanuelle Re Di Italia!

Viva V.E.R.D.I

Contrario a la hostilidad de quienes llenaron el teatro alla Scala en la única representación de Un giorno di regno, el público de Nabucco se identificó con el pueblo judío, sometido en Babilonia, tendiendo un paralelo entre dicho sometimiento y el que sufría fuera del escenario el pueblo italiano bajo el yugo austriaco. De hecho, los sentimientos del compositor hacia ambas óperas no difieren tanto de los de sus espectadores: mientras deseaba dejar inconclusa la primera, viéndose forzado a terminarla porque ya la había iniciado y porque Bartolomeo Merelli, entonces director de La Scala de Milán, se veía presionado a estrenarla al haberla anunciado ya, Nabucco significó también para Verdi algo más que un libreto que se le ofreció después de que otro compositor lo rechazara.

En cuanto a este hecho hay varias versiones. Entre las que ofrece quien finalmente le pusiera música, se encuentra la de que el propio Merelli, preocupado porque Otto Nicolai se niega a trabajar con Nabucco, casi lo obliga a leer ese estupendo libreto de Temistocle Solera, pues no le hará daño, y a devolvérselo después. Una vez en casa, Verdi lo arroja casi con violencia sobre una mesa, y las páginas se abren justo en el coro que mucho tiempo después, Toscanini dirigiera en el traslado de sus restos y de los de Giuseppina Strepponi a la Casa de Reposo.

Va, pensiero, en el libreto de Solera, es una añoranza por la patria. Los hebreos, bajo el poder del rey Nabucodonosor, piden a su pensamiento volar hacia su tierra natal, “tan bella y abandonada”, y devolverles el tiempo que fue: el tiempo de la libertad. En opinión del divulgador de ópera Gerardo Kleinburg, la lectura que hace Verdi de este pasaje no contiene el patriotismo que el público le ha dado; es algo mucho más personal, es el retorno a un sitio que jamás volverá siquiera a rozar: su vida anterior a la tragedia que permeara estas dos obras tempranas, convirtiéndolas a una en un fracaso y a la otra en un éxito de magnitudes colosales.

Cartel promocional de “Nabucco”

Pero, ¿cuál es esa tragedia, qué le ocurrió a Giuseppe Verdi antes de contar siquiera con treinta años? ¿En qué consiste su primera muerte? El compositor italiano se casó con Margherita Barezzi en 1836, y con ella procreó dos hijos, Virginia e Icilio, nacido en 1838. Poco después, y antes de que la joven familia se mudara a Milán, la pequeña Virginia falleció. Después, con quince meses, su hermano Icilio correría la misma desafortunada suerte y el día de Corpus Christi de 1840, a la edad de veintiséis años, la propia Margherita moriría de una enfermedad que, según los registros civiles, era “fiebre reumática”. “Un tercer ataúd salía de mi casa. ¡Estaba solo! ¡Solo!”, se lamentaría el músico.

Esas palabras son iguales a un martillazo. Así se cerraba su vida, expulsándolo para siempre de ese entorno familiar que prometía ser bueno tras el triunfo de su primera ópera, Oberto, Conte di San Bonifacio, estrenada a finales de 1839. ¿Qué habrá pensado Verdi? Seguro soltó cada frase como si no quisiera liberarla, masticándola cual si fuera un veneno de sabor amarguísimo. ¿Consideraría la muerte por mano propia?

A casi doscientos años de dichos acontecimientos, lo único que queda, además de estas preguntas sin respuesta, es la propia obra de este músico italiano, en la que seguro, con lentitud, fue encontrando consuelo, tal y como él mismo describe la composición de la música para su primer gran triunfo: “¿Qué iba a hacer yo? Volví a mi casa con Nabucco en el bolsillo. Un día, un verso; un día, otro; ahora una nota, luego una frase… poco a poco, la ópera se fue componiendo”.

Revista Neotraba. Éste es uno de esos libros donde el título tiene una relación extraña con su contenido. Se trata de "Los misterios de la ópera" de Javier Tomeo. Reseña de Judith Castañeda.

Portada de "Los misterios de la ópera", de Javier Tomeo.



Muchas veces el título de un libro, de algún cuento o de los artículos que conforman una publicación periódica, resulta extraño al revisar el contenido y relacionarlo con esas primeras palabras, pensadas para llamar la atención de los lectores, ya sea en una biblioteca o desde los anaqueles donde la librería coloca sus novedades y recomendaciones. Esa persona leerá la cuarta de forros o las primeras páginas y volverá al título con la cabeza llena de preguntas.

Los misterios de la ópera, de Javier Tomeo es, en parte, uno de esos libros. Sin haber leído el texto de la contraportada, podríamos pensar en una historia de suspenso que acontece en un teatro de ópera o, si no se tratara de una colección que publica obras de narrativa, en un texto de divulgación que tiene fines didácticos para el reciente seguidor de ese género dramático llamado ópera. Sin embargo, la cuarta de forros ya empieza a esbozar el panorama con el que el autor llena las páginas: no encontrar el camino que nos lleve al escenario de nuestros éxitos, deambular en los pasadizos de la mediocridad, quizá, por decisión propia.

La historia que nos entrega Tomeo, casi ajena a su título, tiene una mayor relación con los estudios del propio autor, graduado en derecho y en criminología en la Universidad de Barcelona. Consolidado como narrador desde la década de los ochenta, construye para su posible lector un interrogatorio digno de cualquier juicio que se lleva a cabo en los sótanos de la Ópera de H., seis pisos por debajo del escenario. En él, un hombre vestido de negro “a quien, para simplificar las cosas, llamaremos a partir de ahora juez” y una mujer caracterizada de Brunilda, personaje de La Valkiria, segundo título de la Tetralogía de Richard Wagner, desentrañan a través de una exhaustiva sesión de preguntas y respuestas, la causa por la cual la soprano terminó allí —y no en el escenario—, donde el público y sus compañeros de representación la esperaban el día anterior. Junto a la puerta de la sala donde se encuentran hay un hombre que vigila y, más allá, otra estancia donde varias mujeres aguardan su turno para ser juzgadas. En cierto momento se escuchan a lo lejos los primeros compases del Réquiem de Berlioz.

Los problemas para la mujer, Brígida von Schwarzeinstein, comienzan antes de salir de su camerino y dirigirse hacia el pasillo equivocado, el de la derecha. Tres horas antes de su debut, la soprano se encierra en su camerino, muerta de nervios. “Señorita, no se me vaya usted a desmayar […] Se le ha puesto la cara tan blanca como el papel”, le dice una camarera treinta minutos antes de que se levante el telón; hay también un zumbido, el cual Brígida cree proveniente de las lámparas. Después de ésto, el autor la hace vagar por escalinatas, pasillos a oscuras, habitaciones donde hay una cama, hasta que termina en uno de los sótanos, llorando, acurrucada en un rincón.

A lo largo del interrogatorio, de los recuerdos de Brígida y las reflexiones del juez que no es juez, y mucho menos el que ha de juzgarla, entrevemos a una mujer insegura, más allá del nerviosismo o del miedo que pueda causar un debut, un escenario, un patio de butacas de donde provienen los aplausos, la indiferencia o los abucheos, y la mirada de quienes han pagado un boleto para ocupar un asiento y así disfrutar de una noche de ópera. Ésto, y no la ópera, es el núcleo del libro publicado en 1997 por la editorial Anagrama: la inseguridad que paraliza, nos ata de manos y nos muestra lo que podríamos alcanzar pero no hacemos por no atrevernos, porque nos podríamos equivocar, porque seguramente acabaremos haciendo el ridículo y quedaremos de pie, mirándonos los pies mientras sombras enormes ríen a carcajadas alrededor de nosotros.



Javier Tomeo. Foto de Josep Solà, tomada de https://www.anagrama-ed.es/autor/tomeo-javier-1044
Javier Tomeo. Foto de Josep Solà, tomada de https://www.anagrama-ed.es/autor/tomeo-javier-1044

Este tipo de carácter parece inundar al personaje femenino de Los misterios de la ópera. No importa si afirma, ante ese desconocido que la interroga, tener una “hermosa voz de soprano”, o si canta la seguidilla de la ópera Carmen ante él, como hiciera en su vivienda frente al teatro, porque quería que “aquella gente supiese que sólo a dos pasos de la Ópera, en una oscura buhardilla, vivía una perla ignorada”. Tampoco es relevante el hecho de que haya disfrutado los diez años de estudios en el Conservatorio de Música de H.; incluso este aspecto de su biografía nos la muestra como alguien que se deja llevar y no toma decisiones por sí misma, pues una amiga de su madre es quien convence a ésta para que la envíe a estudiar canto.

A lo largo de su obra, Javier Tomeo esboza, con el detalle de un interrogatorio judicial, una de esas personalidades llenas de dudas, con alguna inquietud que quizá sea preferible ocultar o ignorar, pues podría ser incapaz de llevarla a cabo, y se resalta así el ridículo sobre la valentía de intentar un proyecto quizá difícil, largo o peligroso. Cuando se presenta una oportunidad real de mostrar sus capacidades, dichos caracteres tienen la habilidad de sabotearse, tal vez sabedores que se encuentran fuera de lugar.

Brígida es así. La hicieron estudiar canto, algo que terminó disfrutando; por otro lado, vio de manera frecuente cómo los cantantes llegaban al teatro, y escuchó a su madre, que también los veía pasar, decir que necesitaban una buena ballesta, ella y Brígida, pues al calor del alcohol se le había ocurrido “liquidar de un flechazo a la mezzosoprano búlgara que interpretaba el papel de Carmen” en cuanto la vieran acercarse a la entrada de los artistas.



Tenemos, además, las reflexiones que le dedica ese juez, como “Los cuarenta años son una edad magnífica para estar instalada en la cumbre de la gloria, pero no para estar asomada a una ventana, esperando una oportunidad”, o la pregunta “¿Y si usted se hubiese inventado ese zumbido para desorientarse, es decir, para no ser capaz de encontrar el camino del escenario?”, y la especie de afirmación “¿Lloraba su propia cobardía? ¿Se lamentaba de su propia mediocridad?”, donde es posible intuir no a un personaje real, vestido de negro, sino a la voz interna que reclama el no habernos atrevido a algo, mientras, en el fondo, duda tanto como nosotros que aquello que dejamos de hacer tuviera buen término. Esa voz, seguro, tomará una apariencia distinta frente a las otras mujeres, quienes al final del libro todavía aguardan su propio interrogatorio.

Por último, llama la atención el hecho de que el autor eligiera a Brunilda, la valkiria de Richard Wagner. Brígida pudo tener sobre sus hombros la responsabilidad de cantar la Leonora de El trovador, por ejemplo, o Aída. Sin embargo una de las protagonistas de la Tetralogía wagneriana es un muy buen contraste: frente a alguien que ni siquiera escogió su propio futuro, y se dejó arrastrar por las decisiones de una madre, de una conocida, tenemos a la doncella guerrera que se enfrentó a su padre, Wotan, el padre de los dioses, y quiso otorgarle la victoria a Sigmund, aun con las consecuencias que dicho acto pudiera acarrearle. La diferencia no puede ser mayor.

Mundo Nuestro. La revista Neotraba, dirigida por el académico Óscar Alarcón, se presenta así a sus lectores: "Neotraba es una revista de arte, cuya plataforma es el espacio cibernético, ya que es aquí donde las herramientas de esta etapa histórica han modificado el lenguaje cultural. Si bien el desarrollo del internet ha generado la democratización de la expresión de ideas, también ha eliminado al individuo pues todo se reduce al artificio del lenguaje en donde no importa la procedencia de la articulación de éste." La revista le da lugar a jóvenes escritores y promueve con ellos el género de la crónica. Con este relato sobre la la historia final del clásico Vocho, Mundo Nuestro inicia una vinculación con el equipo de trabajo de Neotraba en el mejor ánimo de crecimiento en la oferta de contenidos para los lectores de ambas publicaciones.

A 17 años del último adiós al Vocho

El 30 de julio, el llamado Auto del Pueblo, cumplió un año más de su última producción. Luis Dinorín lo recuerda en esta crónica.



Por Luis Dinorín

“Todos tuvimos uno. Portátil, sencillo y –al fin alemán– prototipo de la eficacia. ¿Qué oración póstuma es la que debemos ofrecerle ahora que su perfil bizarro deje de circular por las avenidas?”

Celebración de los 25 años del Vocho
Celebración de los 25 años del Vocho. Foto del archivo de Óscar Alarcón.



Así inició su columna el periodista mexicano David Martín del Campo en julio de 2003, cuando se enteró que el Vocho iba a dejar de fabricarse y publicó el texto bajo el título “El héroe compacto” en su columna “Entre paréntesis”, para el periódico Reforma.

Fue Ferdinand Porsche quien lo fabricó en las postrimerías del hitlerismo y de ahí su nombre: “el auto del pueblo”.



Agrega que el mismo Ferdinand inundó con 22 millones de “escarabajos” el planeta. Y que fue un tal Jens Neumann, en su papel de miembro del consejo de Volkswagen de México, quien hiciera el anuncio del lanzamiento de la última edición.

Conmemorando 25 años del Sedan
Conmemorando 25 años del Sedan. Foto del archivo de Óscar Alarcón.

De acuerdo con la columna de Martín del Campo, aquel alemán de apellido Neumann le dijo al mundo, el 30 de julio de 2003, que la desaparición del automóvil se debía a las nuevas normas ambientales y de seguridad.

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