Literatura

Mundo Nuestro. Compartimos las primeras líneas de la última novela de Héctor Aguilar Camín, titulada Plagio (Random, 2020). La novela será presentada este miércoles 18 de noviembre en una conversación virtual con Rafael Pérez Gay y el autor. Dice de este evento el propio Aguilar Camín: "Una conversación en la cual Pérez Gay y yo diremos cosas impublicables sobre el plagio y los celos, temas concurrentes de la novela." Y la anuncia así: "Todo lo que en ella se cuenta es verdadero, salvo los nombres que también son falsos."

Dice la presentación de la revista Nexos: " Quien lo lea acompañará las desgracias repentinas de un escritor acostumbrado a quitar las comillas."

Plagio



Un lunes anunciaron que me había ganado el Premio Martín Luis Guzmán, “de escritores para escritores”.

El martes, me acusaron en la prensa de haberme plagiado unos artículos periodísticos.

El jueves, me acusaron de haberme plagiado también el tema de mi novela ganadora.

El lunes de la semana siguiente, 79 escritores firmaron una carta en mi contra. Esa misma mañana, descubrí que mi mujer era el vínculo secreto de mis acusadores, la descuidada informante del escritor que había denunciado el plagio de mis artículos y el de mi novela, el verdadero instigador de todo, al que por eso en este libro he llamado Voltaire.



Los firmantes de la carta exigían que devolviera el premio y que renunciara a mi puesto en la universidad. (Yo era director de cultura en la universidad, un pequeño imperio).

El miércoles siguiente, luego de discutir con mi amigo el Ingeniero y Rector, ahora mi ex amigo, anuncié mi renuncia al puesto en la universidad. Y también mi renuncia al Premio Martín Luis Guzmán, de escritores para escritores.

Mi mujer, a quien yo había hecho conductora del noticiero universitario, no se presentó a trabajar aquella noche para no tener que leer la noticia de mi salida, según dijo. Pero esa misma noche yo supe otra cosa.



A la siguiente semana, el lunes, sorprendí una llamada de mi mujer con Voltaire. Había encargado que la espiaran, con consecuencias desastrosas.

No pude sino espiarla los siguientes días, martes y miércoles, también con consecuencias desastrosas.

El jueves, Voltaire amaneció muerto en su departamento. La noticia corrió desde temprano por la radio universitaria. Mi mujer y yo desayunábamos juntos ese día, como todos los días. Al oír la noticia, me miró espantada. Esa mañana se fue de la casa y me denunció.

El viernes me visitó la policía bajo la forma del detective Saladrigas. Saladrigas acabó descubriéndolo todo. Incluso, a su manera, quién era yo.

Todo esto requiere una explicación. Es lo que van a leer.

Cada línea escrita arriba esconde una pequeña historia y la última, un desenlace. He tratado de contar ese desenlace sin rodeos y sin vulgaridad.

Iré parte por parte.

Revista Nexos / Puerto LIbre, de Ángeles Mastretta

En medio del horizonte y el silencio, el encierro hace planes con nosotros; rompe la penumbra de a ratos con la promesa de lo inaudito y nos deja imaginando cómo ha de ser.

Ahora que esto pase, decimos en nuestra letanía de todas las mañanas. Y luego cae la cascada de quimeras que no hemos enfrentado porque la pandemia nos dio permiso de postergarlas. Hablo en plural y debería moverme al singular, al yo que es honrado y solitario, al yo que inventa lo que no sabe y se consuela con lo que inventa. Como quien cuida un faro.

Ahora que esto pase me voy hacer una cabaña en el campo, junto a mi hermana, frente a los volcanes. Desde ahí podré mirar los sembradíos, discurrir que me besó entre ellos alguien que no me quiso nunca y al que metí en una novela para que él se metiera conmigo. Es más, cuando esto pase, voy a ir a comer tierra por esos rumbos en donde hay flores naranja de las que se les ponen a los muertos. Al novio que no tuve, en mi novela lo mataron los malos y luego él murió de verdad manejando un avión con tal de seguir dirigiendo algo hasta cuando estaba de vacaciones.



Deliro en desorden porque mientras esto pasa todos los delirios y todo el caos son el amplio mundo por el que ando a cambio de no andar otros.

Cuando esto pase, como ha pasado este año la vida de tantos que no querían morirse, hemos de enterrarlos para que se termine este velorio breve y eterno como las pesadillas.

Cuando esto pase pondremos un altar de muertos con miles de panes para que todos regresen a comer con nosotros. Y hemos de tomar una copa con quienes los han enterrado a solas, sin abrazos.

Como una verdad que quiero irrevocable, cuando esto pase vamos a ir al Caribe nadando por la sierra madre oriental, y vamos a caminar en redondo por la boca de fuego del Popocatépetl y a gritar de gusto montados en los pechos de la Mujer Dormida. Hemos de acudir al gozo de los ratos de ocio y tendremos listas de series y libros que no habrá tiempo de ver. Cuando esto pase.



Ilustración: Gonzalo Tassier

Quizás habría que ir a Roma, pienso, no para quedarse porque esto de conseguir la nacionalidad italiana ya no lo hice a tiempo y aunque ahora sería bueno tener otra patria por si ésta quiere que dejemos de estorbar, ya no será ése mi destino. Como no lo fue nunca. Soy nieta de un migrante privilegiado que pudo pisar esta tierra sin que una guardia militar lo detuviera en la frontera. Hoy ya no es fácil que aquí recibamos a nadie. Más aún si llega pobre y exiliado.

Cuando esto pase voy a dejar de pensar qué nombre le hubiera yo puesto a mi primer hijo; cuál si hubiera sido mujer. ¿Florencia, Clara, Verónica, Cecilia, Inés? El aborto era entonces prohibitivo y secreto, penoso y culpable. Como sigue siendo en casi todo el país, porque este pleito de millones de años todavía no se gana siquiera en la cabeza de quienes legislan. Menos aún de quienes juzgan y gobiernan.



Nada más que esto pase iré a las cascadas de Iguazú, y me quedaré un mes en Cozumel hablando con amigas que cuentan cuentos como quien dice albures.

Voy a comer en el restorán de Arturo y en las chalupas de San Francisco. Voy a cruzar la ciudad en una bicicleta de tres ruedas. Pero, sobre cualquier encanto, volverán a comer en mi casa todos los que hambre tengan el domingo. O cualquier otro día.

Volveré a ir en un barco, a vestirme de noche para ir a una ópera en la que cantará Pavarotti con María Callas.

No. Me equivoco. Eso no será cuando esto pase. Es mientras esto pasa. Es un sueño bizco como tantos de los que he tenido. Como ése en el que me volví jirafa y otro en el que me salvé de morir ahogada en el Titanic. Hubo en octubre una luna que me tuvo aullando toda la noche. Pero cuando esto acabe voy, como el tango, a emborrachar mi corazón. Si algo he extrañado en este tiempo es besar a quienes no viven conmigo. Este gusto desmedido por dar abrazos y palmadas, por tocar a los demás con algo aún más ferviente que las palabras, me lo he perdido tantas veces. Nos hemos dado besos de cristal. Nunca tantos como ahora. Pero no es lo mismo. Al despedirnos por el teléfono juramos que cuando esto se acabe cenaremos a media calle pasta con aceitunas pensando en el hombre incauto y joven que pasó en Italia los más salvajes años de su vida.

Quizás entonces me haga al ánimo de escribir lo que ahí le pasaba. Por lo pronto y por lo que se ofrezca he recuperado sus pasaportes italianos y sí, ya lo pensé mejor, voy a hacer la larga fila de espera en busca de la nacionalidad que heredé de mi abuelo y mi padre, y que podré dejarles a mis nietos.

Pero claro, eso cuando todo esto pase. Tiempo ese que imagino de tal modo radiante que igual y encuentro vivos a mis antepasados y oigo a mi madre llamarme Boruca como cuando entraba yo a su cuarto haciendo ruido para fingir con ella que no habría ninguna pena en el futuro.

Nada más que esto pase, volveremos a Bacalar. Y a morirnos de risa cuando la felicidad nos apriete el cuerpo de tal modo que no haya sino curarse de ese dolor a carcajadas. Entonces voy a dejar que los niños se monten en mi panza tirados en el jardín y me laman la cara, me muerdan y ensaliven las copas de las que beberemos todos el mismo jugo de naranja. Claro, en caso de que ellos quieran comer naranjas. (Ahora no comen fruta, la detestan, igual que a todo lo que se nos ofrece como un deber). Y vamos a rugir siendo leones y ellos volverán a ser coches escupiendo fuego sobre mi cara libre de todo mal.

Temo, digo, que cuando todo esto pase el cielo pierda el azul de tantos mediodías, que el tiempo vuelva a medirse en jornadas que tengan nombre y que esta sensación de eterno fin de semana se termine para siempre. Temo que toda esta rara serenidad con que hemos aprendido a vivir como si afuera no hubiera riesgos, tenga que estrellarse contra lo incierto. No lloverá café ni han de apreciarnos quienes nos desprecian ni las mentiras han de parecer mentiras ni los que matan se habrán muerto de pena. Y si tenemos mucho que opinar y no nos gusta lo que vemos, habrá que decirlo aunque los cuatro vientos se vuelvan mil.

Cuando esto pase habremos aprendido tanto de quien gobierna el país en que vivimos que tal vez quiera yo seguir encerrada. Cuando esto que no pasa, llegue a pasar. Por lo pronto, ayer salí a ver la luna y dejé arriba la cortina. Así que esta mañana encontré a las violetas desmayadas junto a las palabras necias.

Si mi talante quiere fingirse práctico, digo que cuando esto pase he de quitar todas las humedades que le han brotado a la casa. Y he de conseguir un constructor compasivo que se apiade de mí y evite que todos los días de tormenta tengamos que llenar el piso con unas bandejas que el agua colma hasta arrasarlas a ellas y a nosotros.

Ha habido cosas buenas. Confieso que yo me he dado venias impensables. Ya lo digo sin temor a los enojos: hace mucho tiempo que empecé a odiar la calle, así que no mirarla en esta ciudad me lastima muy poco. Y he perdido la obligación de dar conferencias y de viajar a ferias remotas. Sí extraño el Bellas Artes de 1974, el Parque México de 2019, el bosque de Chapultepec y el ejercicio de una libertad idiota que ahora mismo me dejaría visitar todas las casas que están en venta. Como si no tuviera ya una de la que me urgiría deshacerme para tener otra en el polo sur a la que irnos a vivir en el caso de que Paco Taibo consiga hacer realidad su sueño de que los inconformes nos quedemos en un rincón o nos vayamos a vivir a otro país. Como si sobraran países. He pensado en Nueva Zelanda y en Finlandia, pero de ésta última me aterra el frío y de la primera lo lejos que está del suelo donde he nacido y del que no ha de moverse nadie de mis tan queridos.

Sigue aquí la obligación de escribir las divagaciones de cuatro mujeres que he de entregar a la editorial cuando esto acabe. Mientras eso pasa, hago planes. Sueño en ir al mar para que me revuelquen las olas. Y como a cualquier hora. Y duermo hasta cuando ando despierta por el jardín, fingiendo que algo entiendo de todo esto que nos lastima.

Porque yo no he salido, pero aquí sí han entrado el dolor y las dichas que nos provocan unos y otros. Hacemos una revista, en la que yo converso con ustedes pero muchos otros descubren, denuncian, miran lo inaudito y lo nombran sin miedo. Eso no le ha gustado a quien increpa cualquier cosa que lo ayude a olvidar el desconcierto de ser el presidente de la República. Cuando esto pase hemos de encontrar fuera la desolación que ya pronosticaron los científicos y no quedará más remedio que mirarla. Éstos que gobiernan destruyendo lo tendrán a la vista y no habrá modo de escaparse. Encerrados, hemos podido pensar que el mal está en otra parte. Cuando esto pase lo veremos de frente y no sé si habrá cabaña ni sombra de árbol ni agua que nos consuele. Ojalá, y sí. Por eso hay que hacer planes. Imaginar quimeras.

Del absurdo cotidiano

¿Escribimos para recordar o para ir adivinando lo desconocido? No sé. Tantos años y no sé. Tantos años y habrá quien diga que no importa.
Inventar mundos es querer adivinarlos: ¿quiénes son éstos?, ¿qué pensaban?, ¿qué los conmovía? Pero también tener urgencia de contarlos: Ellos, ¿a quién añoran?, ¿a qué se atreven? Yo, ¿para qué escribo? Es demasiado decir que para fijar un mundo en otros mundos.

Lo que me sucede no necesito reinventarlo. Y eso, a ustedes ¿qué les importa? Nada, tienen razón, estamos todos muy ocupados ocupándonos.

¿El arte tiene la obligación de conmovernos? Yo creo que sí, pero ya estamos conmovidos por una realidad que todo dice a gritos.
¿Qué de lo que uno inventa no le pertenece?



Es un lugar común decir que vivimos en nuestros personajes: agazapados, temerosos, audaces. Pero sí y no. Hay cosas que nunca contaré. La ella que sou yo, sólo las quiere consigo. Y no por avaricia, sino porque no se atreve a tocarlas. Escribir es un juego de precario equilibrio entre el valor y la soberbia. También entre sus opuestos: el miedo y la humildad. A veces ninguno alcanza para contarlo todo. Ahí mismo está el secreto: en ese equilibrio.
Buen escribiente es quien escribe a diario, no quien habla. Yo de cómo escribir, de los trucos y los equívocos, no sé hablar bien, ni lo pretendo. Es la parte más secreta de una vida privada.

Punto y aparte: Aquí les dejo mis cavilaciones de hoy, que son las de tantas veces.

(IIlustración: Gonzalo Tassier, revista Nexos)

Mundo Nuestro

De la poeta estadounidense Louise Gluck, galadronada con el Nobel de Literatura 2020, presentamos fragmentos de su poesía.

Tres poemas de Louise Glück, la Nobel de Literatura

Puesta de Sol



En el mismo instante en que se pone el sol,
un granjero quema hojas secas.

No es nada, este fuego.
Es cosa pequeña, controlada,
como una familia gobernada por un dictador.

Aun así, cuando arde, el granjero desaparece;
es invisible desde el camino.

Comparados con el sol, aquí todos los fuegos
son breves, cosa de aficionados;
se acaban cuando se consumen las hojas.
Entonces reaparece el granjero, rastrillando cenizas.

Pero la muerte es real.



Como si el sol hubiera terminado lo que vino a hacer,
hubiera hecho crecer el campo y entonces
hubiera inspirado la quema de la tierra.

Así que ahora puede ponerse.

(del libro ‘Una vida de pueblo’)



El iris salvaje

Al final del sufrimiento

me esperaba una puerta.

Escúchame bien: lo que llamas muerte
lo recuerdo.

Allá arriba, ruidos, ramas de un pino vacilante.
Y luego nada. El débil sol
temblando sobre la seca superficie.

Terrible sobrevivir
como conciencia,
sepultada en tierra oscura.

Luego todo se acaba: aquello que temías,
ser un alma y no poder hablar,
termina abruptamente. La tierra rígida
se inclina un poco, y lo que tomé por aves
se hunde como flechas en bajos arbustos.

Tú que no recuerdas
el paso de otro mundo, te digo
podría volver a hablar: lo que vuelve
del olvido vuelve
para encontrar una voz:

del centro de mi vida brotó
un fresco manantial, sombras azules
y profundas en celeste aguamarina.

(Del libro ‘El iris salvaje’)

Amante de las flores

En nuestra familia, todos aman las flores.
Por eso las tumbas nos parecen tan extrañas:
sin flores, sólo herméticas fincas de hierba
con placas de granito en el centro:
las inscripciones suaves, la leve hondura de las letras
llena de mugre algunas veces…
Para limpiarlas, hay que usar el pañuelo.

Pero en mi hermana, la cosa es distinta:
una obsesión. Los domingos se sienta en el porche de mi madre
a leer catálogos. Cada otoño, siembra bulbos junto a los escalones de ladrillo.
Cada primavera, espera las flores.
Nadie discute por los gastos. Se sobreentiende
que es mi madre quien paga; después de todo,
es su jardín y cada flor
es para mi padre. Ambas ven
la casa como su auténtica tumba.

No todo prospera en Long Island.
El verano es, a veces, muy caluroso,
y a veces, un aguacero echa por tierra las flores.
Así murieron las amapolas, en un día tan sólo,
eran tan frágiles…

(del libro ‘Ararat’)

Revista Sin Permiso

Este artículo apareció originalmente en 2009 en American Poet, la revista bianual de la Academy of American Poets.

Louise Glück, poeta neoyorquina de reconocida trayectoria literaria, profesora del Williams College de Massachusetts y de la Universidad de Yale, ha recibido en 2020 el Premio Nobel de Literatura.
Dana Levin, poeta y profesora de Escritura Creativa en la Universidad Maryville de San Luis, Misuri, ha recibido importantes premios y becas por sus libros de poesía.

Dana Levin: Quería empezar preguntándote por tu libro, A Village Life [Una vida de pueblo] (Farrar, Straus and Giroux, 2009). El tiempo se percibe espacial en el libro, como si todas las variadas voces del libro estuvieran hablando, y sucediendo todos los acontecimientos, en un momento temporal simultáneo.



Louise Glück: Hay algo tan extraño en esos poemas que he sido incapaz de ponerles un dedo encima. No se trata, desde luego, de una cualidad a voluntad o deliberada, sino que tiene que ver con esa simultaneidad. Y me sorprende que el libro tenga algo en común con "Landscape", un poema de Averno, en el que los estadios de una vida se representan por medio de secciones individuales, pero los elementos narrativos e incluso el punto de vista se mueven de sección a sección, y sin embargo lo que se representa es el conjunto de una vida. Se me ocurrió que A Village Life implica ese horrible axioma de que, al final de tu vida, el conjunto de tu vida afluye hacia atrás. Eso es lo que se me antoja que es el libro: el conjunto de una vida, pero no progresiva, no narrativa: simultánea. Y no hay drama concomitante en la idea de morir. Va más allá del drama de la pérdida del mundo; es sólo una larga exhalación.

DL: ¿Qué te enseñó estéticamente el libro?

LG: Creo que no lo sabré siquiera hasta que intente hacer algo distinto. Me acuerdo de haber hablado con Richard Siken después de Averno. No estaba escribiendo, y estaba empezando a inquietarme por ello. Paso por periodos —periodos largos— sin escribir. Y a veces ese no es el centro de mi inquietud. No es que no tenga ansiedad, es que mi ansiedad está en alguna otra parte; luego, de golpe, me quedo preocupada por mi silencio y con bastante pánico. Estaba entrando en ese periodo y dijo Richard: 'Tu próximo libro tiene que ser completamente distinto, algo así como jugar en el barro'. Y esa fue exactamente mi sensación, que había hecho todo lo que podía en el momento con poemas que operaban en un eje vertical de transcendencia y aflicción. Y este nuevo manuscrito tenía que ser más panorámico, de algún modo, e informal, con una especie de superficie que no fuera hermosa. De modo que me enseñó a escribir una superficie no hermosa. Vaya triunfo [risa sardónica].

Sólo el ser capaz de escribir un poema más largo, creo, fue interesante…Me produjo un tremendo placer escribir esos poemas. Me encantaba estar en ese mundo. Y llegar hasta allí casi sin esfuerzo. Bueno, durante un periodo corto. Ya sabes, ahora no puedo ir …

DL: Nunca se puede volver a Brigadoon.



LG: ¡No, nunca! No puedo volver a ninguno de estos lugares, a ninguno de ellos. Nunca releo mi obra anterior, así que no sé siquiera qué pensar de ella.

DL: Cada uno de tus libros presenta una voz reconociblemente tuya, y sin embargo se pueden rastrear también cambios formales diferenciados de una recopilación a otra. ¿Han sido un propósito consciente esos cambios de enfoque?

LG: Creo que el único propósito consciente es el de querer sorprenderse. La medida en que sueno a mí misma parece una especie de maldición.



DL: [risas] Eso me recuerda a[l actor] Wallace Shawn cuando decía, 'Creo que hay algo imbécil en el yo, en que todos los días tengas que levantarte y ser la misma persona'.

LG: ¡Sí! Esa es la limitación. Me alegro de que pueda parecer también una virtud.

DL: Sé que te tomas la enseñanza como una cosa muy seria y que durante más de una década has sido defensora pública de la obra de escritores que empezaban. ¿Cómo afectan a tu vida la labor de mentor y la enseñanza?

LG: Ay, cómo empezar. Se asume que esto es un acto de generosidad por mi parte: enseñar y editar. No puedo argumentar enérgicamente otra cosa. No creo que nadie haga algo que le lleve tanto tiempo, fuera de la Iglesia Católica, sin un motivo de interés propio. Lo que hago con los escritores jóvenes lo hago porque es alimento para mí. Y a veces les digo a los ganadores de estos concursos que soy Drácula y me estoy bebiendo su sangre.

Siento de modo bastante apasionado que en la medida en que seguido viva, si es que lo he seguido, como escritora y en que he cambiado como escritora, eso le debe mucho a la intensidad con la que me he sumergido en la obra, a veces muy ajena, de gente más joven que yo, gente que crea sonidos que no he oído. Eso es lo que tengo que conocer.

Prácticamente todos los escritores jóvenes por cuyo trabajo me he apasionado me han enseñado algo. De ti he aprendido una forma de hacer que un poema siga en marcha. Versos largos. No se trata de que escribiera algo que suene a ti, pero desde luego andaba intentándolo. Cuando leí el trabajo de Peter Streckfus y caí completamente hechizada por su obra, me encontré escribiendo un poema que pensaba que le había robado. Y me sentí alarmada y leí cuidadosamente el libro entero que ganó el [premio de] Yale ese año, así como el manuscrito, y no pude encontrar lo que yo había escrito en su obra, pero sentí que tenía que llamarle y disculparme.

DL: ¿Cómo se lo tomó él?

LG: La actitud de Peter hacia lo que yo considero que es robo es muy distinta. Lo que dijo es: 'Ah, creo que esto es maravilloso. Eso es lo que hacen los escritores. Estamos en un diálogo'. Y yo le dije: 'Peter, no lo entiendes: ¡he robado!' Pero, ya sabes, no lo había hecho en ningún sentido literal. Las palabras eran mías. Pero sabía de dónde venía el impulso, el estímulo. Y luego traté de hacer cosas con eso que de hecho no había visto en la obra de Peter, de manera que sentía que era mío.

DL: ¿Esperaste o te imaginaste alguna vez el gran número de lectores y el actual éxito del que goza tu obra? Cuándo echas la vista atrás a tu carrera a la trayectoria de tu carrera pública, ¿qué piensas o qué sientes?

LG: No tengo percepción de tener muchos lectores ni mucho éxito.

DL: Yo puedo dar testimonio: es algo que está ahí.

LG: Cuando voy a una lectura, cuando hago una lectura…en primer lugar, estás de pie en la parte de delante de la sala, y ves los asientos vacíos. Y ves sólo los asientos vacíos. Se debe a que te ha criado una madre que te decía: '¿Por qué sólo 98? ¿Por qué no los 100?'

DL: ¡Yo también tenía una madre así!

LG: Sí, lo sé. De manera que ves los asientos vacíos, y la gente que se marcha durante la lectura, y ves que se van y piensas: no son sencillamente más que representaciones más francas del sentimiento de la sala entera. Que todo el mundo se quiere ir, pero sólo unos cuantos atrevidos se van. Y así es cómo se siente una. ¿Y éxito? He tenido casi las mismas reseñas terribles, condescendientes o las que te condenan con una desmayada alabanza: 'Bueno, si les gusta este tipo de cosa, aquí tienen más de ello'.

De manera que no tengo sensación de éxito. Cuando me dicen que tengo gran número de lectores, pienso, 'Ah, bien, va a resultar que soy [Henry Wadsworth] Longfellow': alguien fácil de entender, que es fácil que te guste, el tipo de experiencia diluida accesible para muchos. Y yo no quiero ser Longfellow. Lo siento, Henry, pero no. En la medida en que asimilo el éxito, pienso, ay, es un fallo de la obra.

DL: ¿Como que si supieran más no te leerían en absoluto?

LG: Cuando sepan más, no me leerán nada en absoluto.

DL: Bueno tengo ahora mismo un estudiante al que le gusta hablar de la cuota de inscripción [para participar en un premio]; ya sabes, ¿cuánto cuesta participar con este poema? Y hace poco me dijo: 'La cuota de participación de un poema de Louise Glück es como de un dólar, pero una vez te metes, el territorio es complejo'. Y es verdad: no es difícil entrar en tus poemas, pero enseguida demuestran ser muy complicados psicológicamente y complicados formalmente, en particular en cómo funcionan juntos los poemas para crear un conjunto mayor. Mi estudiante pretendía seguir la pista de todo el corpus de tu obra, pero parece que no deja de leer Ararat. Está ahí perdido, aunque no pagó más que un dólar para entrar. Voy a tener que recuperarle para que podamos seguir adelante.

LG: Bueno, eso estaría bien si fuera cierto. Espero que sea verdad.

DL: Última pregunta. Estamos viviendo en tiempos extraordinarios y lo sé por mí misma, que lidio a menudo con esto: ¿qué significa estar personal y psicoanalíticamente orientada en la página en un momento en que están pasando tantas cosas en la cultura, socio-políticamente, medioambientalmente. Muchos de mis estudiantes hacen un esfuerzo mental por ver cómo encaja la experiencia personal en la expresión pública y viceversa, en las cuestiones del público y de la oportunidad y la importación cultural. ¿Tienes algo pensado sobre esto?

LG: No creo que contestes necesariamente estas cuestiones lidiando conscientemente con ellas. Creo que pesan sobre ti, y que las soluciones se resuelven hasta cierto punto inconscientemente. Se manifiestan esas soluciones parciales en tu trabajo. Yo nunca pienso en el público. Odio esa palabra. Pienso en un lector. Creo que mis poemas buscan un lector, y que los completa el lector. Pero es el lector singular, y que esa persona exista de forma múltiple o no no establece ninguna diferencia espiritual, aunque tenga una repercusión práctica. Lo que me importa es la sutileza y profundidad de la respuesta del lector y si estas se demuestran duraderas. La idea de ampliar el público de la poesía me parece ridícula.

Creo que el poema es una comunicación entre una boca y un oído, no una boca y un oído reales sino una mente que envía un mensaje y una mente que lo recibe. Para mí, la experiencia auditiva de un poema se transmite visualmente. Lo oigo con los ojos y me disgusta leer en alto y (salvo en muy raras ocasiones) que me lean. El poema se convierte, cuando se lee en alto, en una forma mucho más sencilla, secuencial: la malla se convierte en una vía de dirección única. En cualquier caso, el conocimiento, o la esperanza de que el lector existe, es un gran consuelo.

Louise Glück, poeta neoyorquina de reconocida trayectoria literaria, profesora del Williams College de Massachusetts y de la Universidad de Yale, ha recibido en 2020 el Premio Nobel de Literatura.
Dana Levin, poeta y profesora de Escritura Creativa en la Universidad Maryville de San Luis, Misuri, ha recibido importantes premios y becas por sus libros de poesía.

Fuente: poet.org, The Academy of American Poets, 8 de octubre de 2020

Traducción:Lucas Antón

Vida y milagros

Una de las páginas más eróticas y románticas de la literatura la escribió García Márquez en El amor en los tiempos del cólera. *

La trama de esa perfecta novela ya la saben, la larga historia de amores contrariados a lo largo de más de 50 años entre Fermina Daza y Florentino Ariza, cuyas coincidencias aparentemente desafortunadas son marcadas primero por la extrema juventud de ambos, cuando se conocen y enamoran por primera vez y los separan los prejuicios de clase, y 50 años después, por un amor impedido por los prejuicios existentes hacia el enamoramiento entre viejos.



Florentino conoce a Fermina cuando ella acaba de cumplir doce años y él tiene dieciséis. Ella es una floreciente belleza de ojos almendrados, larga trenza color miel y voz ligeramente ronca. Le gustan las flores y los animales y es capaza de identificar el olor de cualquier persona en cualquier lugar. Vive cercada por los ojos vigilantes de un padre viudo y ambicioso que desea para ella un matrimonio conveniente que pueda darle la corona social que él cree que su hija se merece, no solo por su belleza e inteligencia, sino para complacerlo a él. Florentino es pobre, extremadamente flaco, miope y de vestimenta sombría, por lo que su edad siempre será difícil de descifrar. Su enorme afición a la poesía y su gusto por escribir cartas lo ayudarán a conquistar a Fermina con la ayuda de la tía que la cuida, y que acabará ayudando a que los jóvenes se escriban y se miren durante cuatro largos años. Cuando Lorenzo Daza se entera, ordena que la tía se vaya de la casa para siempre y a Fermina la aleja mandándola a una hacienda lejana. Después de muchos meses regresará, pero el tiempo ha puesto un velo en los ojos de Fermina, quien aparentemente ha perdido la pasión que sentía por Florentino. Conocerá y se casará con el doctor más célebre y rico de la comunidad caribeña, el Doctor Juvenal Urbino, con el que sostendrá un largo duelo de poder, amor, odio y control dentro del matrimonio, uno de los tantos placeres peligrosos del amor domesticado.

Florentino, un romántico empedernido, decide esperar a Fermina y serle fiel hasta que la vida vuelva a juntarlos. Su fidelidad será solo emocional y mental, pues para superar el abandono de Fermina cultivará una sensualidad empedernida por medio de una intensa vida sexual y emocional formada por una variada lista de mujeres de todas las edades, condiciones, cuerpos y talentos, aunque en el rincón más secreto de su alma el altar es para Fermina. Durante 50 años él permanecerá soltero y desde lejos la verá vivir, tener hijos, madurar. Sabrá de su vida muchas cosas mientras él permanecerá distante y discreto. La conoce como a nadie, aunque no crucen una sola palabra. En medio de esa larga espera, Florentino prospera como empresario de la compañía fluvial del caribe y adquiere un lugar sólido, confiable y enigmático en la ciudad.

Todo esto que recuerdo y mal cuento es solo para narrarles la escena que tanto me gustó:

Una tarde, 25 años después de separarse, los dos coinciden en el restaurante más concurrido del lugar. Ella nunca lo miraba a los ojos, -"Aquella indiferencia hacia él no era más que una coraza contra el miedo". Florentino siempre está a solas en público, porque su intensa vida amorosa era secreta, al grado de que en la comunidad han llegado a creer que le gustan los hombres; esa noche se sienta en la discreta mesa que suele usar, desde donde puede observar sin ser visto. Fermina y su marido llegan acompañados por un grupo de notables y ocupan una larga mesa, que tiene como fondo un hermoso espejo antiguo. Fermina se sienta justo frente al espejo, en el que su rostro se reflejará durante toda la velada. Sus gestos, su sonrisa, la forma de mover las manos e inclinar la cabeza, todo lo que Florentino amaba en ella fueron solo para él esa noche.

Al día siguiente se presentó con el dueño del restaurante y le compró el espejo antiguo en el doble de su valor. Lo colocó en su cuarto, y desde ahí recordó a Fermina y se hizo fuerte para esperarla los 20 años que faltaban para volver a encontrarse a solas. Contra todos los prejuicios, Florentino y Fermina volverían a quererse y a entenderse, y claro, a amarse, al empezar la alta vejez. -Le enseñó lo único que tenía que aprender para el amor: que a la vida no la enseña nadie. Fue como si hubieran saltado el arduo calvario de la vida conyugal, y hubieran ido sin más vueltas al grano del amor.



*El Amor en los tiempos del Cólera



Gabriel García Márquez

Editorial Diana, 1a. edición, diciembre de 1985

Hoy, Dios

Revista Sin Permiso. Starr Davis se graduó en el City College of New York. Editora de no ficción del TriQuarterly Magazine, vive en Houston, Texas.

“Escribí este poema en medio de las elecciones de 2016 [que llevaron a Trump al poder]. Había un hedor en el aire, muy fétido, allá donde estuviera (fuese mi oficina o el metro), de odio y prejuicio. Me acuerdo de que al día siguiente de los resultados de las elecciones tenía mucho miedo de salir de mi estudio, en el Bronx, sobre todo porque fuera estaba todo demasiado tranquilo, y el sur del Bronx nunca está tranquilo. Este poema empezó como un ruego, ‘Hoy, Dios’. Me iba preparando para enfrentarme a la oficina de la empresa en la que trabajaba de administradora, con dos encargados que eran entuasiastas seguidores de Trump, al objeto de armarme de coraje para combatir el miedo que sentía por dentro, el temor de que vivía ahora en un mundo en el que tendría que luchar más duramente de lo que había luchado nunca”. Starr Davis

Hoy, Dios



Estoy liberada y centrada hoy
En lo que significa gobernarme.

No estoy viendo las noticias
Ni llevo sostén.

No pondré en cuestión a Norteamérica
Ni preguntaré anoche dónde estaba.

Me fui a la cama con un dato frío
Sin acurrucarme luego.

Hoy, Dios, no quiero nada
ni siquiera el amor que te he rogado.



En el tren no ofreceré
a nadie mi asiento.

No me mueve ya más nadie
Algunos días, ni siquiera el viento.

Hoy seré igual que la bandera
que jamás ondea.



En el trabajo seré negra
y actuaré de esa manera.

Pronunciarán mi nombre mal
Y esta vez no responderé.

Me sentaré en mi mesa, las piernas abiertas,

la mente cerrada.

Starr Davis se graduó en el City College of New York. Editora de no ficción del TriQuarterly Magazine, vive en Houston, Texas.

Fuente:

Poem-a-day, Poets.org, 31 de agosto de 2020

Traducción:Lucas Antón

Literatura

El Jesucristo revolucionario de Kazantzakis | Cataluña | EL PAÍS

Nikos Kazantzakis



Cristo de nuevo crucificado (Alianza Editorial, 1984) del poeta y novelista griego Nikos Kazantzakis (Creta, 1883-Alemania, 1957) se publica originalmente en 1948. La historia se desarrolla en Licovrisí, un pequeño pueblo campesino de Grecia, en 1922 todavía bajo el dominio turco.

El pope y los notables eligen a los ciudadanos que en Semana Santa van a representar a los personajes de la Pasión de Cristo conforme a una costumbre del lugar.

En ese mismo tiempo ocurre que los sobrevivientes de otro pueblo, devastados por las fuerzas turcas, huyen y llegan al sitio.

Vienen a la cabeza del pope Fotis. Al llegar dicen que ellos también son griegos y cristianos. En su huida piden ayuda, para rehacer su vida. Han perdido todo.

Grigoris, el párroco de Licovrisí, se niega a recibirlos y levanta al pueblo para que los rechace. Se van entonces a la montaña agreste a comenzar de la nada.

A partir de entonces, la novela seguirá a los elegidos para representar la Pasión. Cada uno vive un proceso de transformación. Asumen en su vida cotidiana al personaje que van a representar.

La novela, entonces, se estructura a partir de dos experiencias paralelas: La historia de lo que ocurre en el pueblo rico que lidera Grigoris y en el pueblo pobre que encabeza Fotis.

En el marco del mensaje evangélico quien tiene a su cargo la representación de Cristo y los que actúan como los apóstoles, que son sus seguidores y amigos, entran en conflicto con su comunidad.

Ante la negativa de los pobladores de Licovrisí, para ayudar a los recién llegados, los personajes de la Pasión asumen su causa y se solidarizan con ellos.

Con su actitud cuestionan el formalismo religioso, que es incapaz de la misericordia y el apoyo al que lo necesita. Su planteamiento cuestiona el orden establecido.

El pope Grigoris, el sacerdote de la comunidad, el representante de Dios, pide que se mate al pastor de ovejas Manolios, que hace el papel de Cristo y se solidariza con los más pobres.

Manolios es conducido ante la autoridad, el agá turco de la localidad. Él, como Poncio Pilatos, se lava las manos y lo entrega al sacerdote y a su pueblo, que reclaman su sangre por subvertir las costumbres y las reglas del juego.

La muchedumbre, dirigida por Grigoris, dentro de la iglesia del pueblo lo matan con particularidad crueldad. El pope dice: “¡Que su sangre caiga sobre todas nuestras cabezas!”

El texto se publica tres años después del fin de la Segunda Guerra Mundial. El autor en la novela plantea la existencia de dos cristianismos; uno que defiende el status quo y otro que se propone cambiarlo.
Uno y otro cristianismo son irreconciliables; se opta por uno o por el otro. No hay espacios intermedios. La historia y el lenguaje es directo, crudo y dramático.

Cristo de nuevo crucificado
Nikos Kazantzakis
Alianza Editorial
Madrid, 1984
pp. 447

Versión original. Traducción del griego al español de José Luis de Izquierdo Hernández. De 1954 es la primera edición en castellano de la editorial argentina Carlos Lohlé.

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