Voces en los días del coronavirus

Voces en los días del coronavirus

Mundo Nuestro. Vivimos tiempos que marcarán la historia del mundo. COVID-19, le dicen los enterados. Coronavirus, para el vulgo. En esta mudanza estamos en el arranque de la primavera del 2020. De ahí recogemos estas voces.

Revista Sin Permiso

Mike Davis es profesor del Departamento de Pensamiento Creativo en la Universidad de California, Riverside, es miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso. Traducidos recientemente al castellano: su libro sobre la amenaza de la gripe aviar (El monstruo llama a nuestra puerta, trad. María Julia Bertomeu, Ediciones El Viejo Topo, Barcelona, 2006), su libro sobre las Ciudades muertas (trad. Dina Khorasane, Marta Malo de Molina, Tatiana de la O y Mónica Cifuentes Zaro, Editorial Traficantes de sueños, Madrid, 2007) y su libro Los holocaustos de la era victoriana tardía (trad. Aitana Guia i Conca e Ivano Stocco, Ed. Universitat de València, Valencia, 2007). Sus libros más recientes son: In Praise of Barbarians: Essays against Empire (Haymarket Books, 2008), Buda's Wagon: A Brief History of the Car Bomb (Verso, 2007; traducción castellana de Jordi Mundó en la editorial El Viejo Topo, Barcelona, 2009) y junto con Justin Akers Chacón, Nadie Es Ilegal, Combatiendo el Racismo y la Violencia del Estado en la Frontera (Chicago, Illinois. Haymarket Books. 2009).

El reconocido historiador Mike Davis acaba de publicar El Monstruo ya está aquí, un libro sobre la pandemia, los sistemas sanitarios y las desigualdades provocadas por el capitalismo. El trabajo retoma los pronósticos realizados por el mismo autor en su libro El monstruo llama a nuestra puerta, publicado hace poco más de una década. En esta entrevista, Davis afirma que viviremos una época de pandemias múltiples y plantea que el sistema actual difícilmente pueda atajarlas de modo correcto. Le entrevista para la revista Nueva Sociedad Josefina Martínez



-Se ha hablado mucho sobre el origen de los coronavirus. ¿Cómo se relaciona con la agricultura industrial y el papel de las multinacionales? ¿Son estas las nuevas plagas del capitalismo?

Sabemos que el virus pandémico, el SARS-CoV-2, se originó en los murciélagos, al igual que los SARS iniciales de 1992-1993. Una cuarta parte de todos los mamíferos son murciélagos –unas 1.500 especies– y albergan una increíble variedad de virus, incluyendo cientos de coronavirus, que tienen el potencial de dar el salto a los seres humanos, ya sea directamente o a través de un animal salvaje que actúa como intermediario. La cadena de transmisión del virus actual no se conoce y, de hecho, puede que nunca se conozca, pero la constante expansión de cultivos y granjas en zonas silvestres de China es probablemente un factor clave, junto con la tradición cultural de consumir murciélagos y animales exóticos.

En el caso de nuevas gripes –que siguen representando un riesgo inminente–, el crecimiento exponencial de la producción industrial de cerdos y pollos en el suroeste de Asia y en otros lugares ha amplificado enormemente est-a amenaza pandémica. Los cerdos, que pueden ser huéspedes de una doble infección de cepas de gripe aviar y humana, son reactores biológicos claves, ya que los segmentos del genoma de dos virus pueden a veces recombinarse para crear híbridos monstruosos. Las industrias avícolas, por su parte, actúan como aceleradores virales para la propagación de estas nuevas cepas.

A escala mundial, la deforestación es el mazazo que rompe los muros entre la naturaleza salvaje y sus enormes reservas de virus, por un lado, y las ciudades humanas superpobladas por el otro. Un ejemplo citado en mi libro es el caso de la región costera del África occidental, la zona de más rápida urbanización del planeta. Tradicionalmente, las aldeas y ciudades dependían del pescado como la principal fuente de proteínas. Pero a partir de la década de 1980 las flotillas industriales de Europa y Japón extrajeron aproximadamente la mitad del pescado del Golfo de Guinea. Los pescadores locales perdieron sus medios de vida y los precios del pescado se dispararon en los mercados urbanos.

Simultáneamente, las multinacionales madereras estaban abriéndose paso con motosierras a través de los bosques tropicales del Congo, Gabón y Camerún. Con el objeto de mantener bajos los costos de la mano de obra, contrataron a cazadores para matar animales salvajes, incluyendo primates, para alimentar a las cuadrillas. Esta «carne silvestre» pronto encontró una enorme demanda en las ciudades ávidas de proteínas, especialmente entre las poblaciones de los barrios pobres que vivían en condiciones sanitarias terribles. Esta cadena causal –la expoliación de los recursos pesqueros sostenibles, la tala de bosques que rompió las barreras naturales entre las poblaciones humanas y los virus salvajes, el aumento de la caza de animales silvestres a gran escala para abastecer de carne los mercados urbanos y el crecimiento exponencial de los barrios pobres– fue la fórmula maestra para la aparición tanto del virus de inmunodeficiencia humanaVIH como del ébola.



-Hace quince años escribió El monstruo llama a nuestra puerta: la amenaza global de la gripe aviar. Desde aquel momento, numerosos estudios advirtieron de la posibilidad de una pandemia. ¿Por qué hemos llegado a este punto casi sin ninguna prevención y sin el desarrollo de la investigación científica adecuada para combatir este tipo de virus?

En realidad, en los últimos 25 años ha habido una enorme cantidad de investigaciones y modos de preparación para una pandemia. En cierto sentido todo fue vaticinado, pero algunos países se negaron a prestar atención a las advertencias o, como Estados Unidos bajo Donald Trump, desmantelaron deliberadamente estructuras cruciales para la alerta temprana y el control. Además, Reino Unido, Estados Unidos y algunos países europeos habían recortado drásticamente el gasto en salud pública, ya sea por razones ideológicas o por las medidas de austeridad posteriores a 2008. En Estados Unidos, por ejemplo, nos enfrentamos al brote a finales de enero con 60.000 trabajadores sanitarios menos que los que habían estado en las nóminas de los gobiernos locales y del Estado en 2007.

Mientras tanto, la gran industria farmacéutica ha continuado obstaculizando el desarrollo de antivirales que se necesitan con urgencia, antibióticos de nueva generación y vacunas genéricas. El otoño pasado, el propio Consejo de Asesores Económicos de Trump le advirtió que no se podía contar con las grandes empresas farmacéuticas en una crisis pandémica, ya que en general habían abandonado el desarrollo de medicamentos para enfermedades infecciosas, a menos que el gobierno federal interviniera con miles de millones de dólares de subsidios.



Por otra parte, las empresas de biotecnología más pequeñas que estaban siendo precursoras de nuevos medicamentos y vacunas se vieron privadas del capital necesario para llevar sus descubrimientos a las etapas finales de prueba y producción. Después de la aparición del SARS en 2003, por ejemplo, un consorcio de laboratorios de Texas había desarrollado una posible vacuna contra el coronavirus que nadie estuvo dispuesto a financiar. Si se hubiera desarrollado, dada la coincidencia de 80% entre los genomas del SARS-1 y el SARS-2, podría haber sido una base excelente para la producción acelerada de una vacuna contra el covid-19.

Lo más importante es que la mayoría de los países de Asia oriental, tanto los autocráticos como los democráticos, han logrado contener la pandemia hasta ahora gracias a planes de respuesta bien preparados (un legado de las anteriores crisis del SARS y de la gripe aviar), una amplia aceptación del liderazgo científico, la inmediata aceleración de la producción de mascarillas y respiradores y, un factor clave que en su mayor parte ha sido ignorado, la capacidad de movilizar a grandes ejércitos de trabajadores y voluntarios para responder a nivel de base. A pesar de su condición de nación en vías de desarrollo y de la escasez de médicos, el éxito de Vietnam ha sido notable y probablemente sea el resultado de la combinación de laboratorios de categoría mundial (los Institutos Pasteur en Hanoi y Ciudad Ho Chi Minh) con una red nacional de trabajadores sanitarios públicos a escala de aldea y de barrio.

El talón de Aquiles de la planificación previa en muchos países ricos ha sido apoyarse exclusivamente en los profesionales de la salud, cuando una educación pública universal acerca de las amenazas de enfermedades y la organización de una reserva de voluntarios capacitados son casi igualmente importantes para combatir las tormentas virales. Como la tragedia nos está obligando a comprender, no vivimos en una pandemia sino en una era de pandemias.

-El discurso de los gobiernos es que de esta pandemia «salimos todos juntos», pero la realidad es que el virus sí entiende de racismo y capitalismo. ¿Cómo afecta esta crisis a los trabajadores precarios, latinos y afroamericanos?

Los distintos países, por supuesto, difieren ampliamente en cuanto al acceso a una atención médica asequible, los indicadores de la desigualdad de ingresos y los legados estructurales de la discriminación racial y étnica. Entre las naciones de altos ingresos, Estados Unidos es la que tiene la peor puntuación en las tres categorías. Pero incluso en países con atención médica universal y niveles de desigualdad mucho más bajos hay poblaciones vulnerables que han quedado desprotegidas y a menudo invisibles en la crisis actual.

Las residencias de ancianos se han convertido en morgues a ambos lados del Atlántico, y son el origen de 40% a 50% de las muertes de covid-19 en muchos países. En Estados Unidos, donde el número de víctimas de este tipo supera ya las 50.000, se estima que la mitad son afroestadounidenses. Aquí es donde las vidas de los negros parecen importar menos.

Si los expertos en salud pública sabían que estas instalaciones se convertirían rápidamente en focos de infección, ¿por qué los gobiernos nacionales y locales no crearon inmediatamente grupos de trabajo especiales para intervenir? ¿Y por qué las ONG y los partidos políticos progresistas no hicieron de esto una demanda contundente? Las mismas preguntas, por supuesto, deberíamos hacernos sobre las cárceles, las prisiones y los campos de refugiados. La actitud pasiva de las autoridades solo puede ser caracterizada como una negligencia criminal.

-La crisis también permitió visibilizar la importancia de los «trabajadores esenciales» para el funcionamiento de la sociedad. Y son los más expuestos al contagio.

Los que ahora reconocemos como «trabajadores y trabajadoras esenciales» ante la pandemia incluyen desde investigadores científicos hasta conserjes y personal de cuidado a domicilio. Además de todas las categorías de personal médico, millones de personas que trabajan en la agricultura y en la industria frigorífica, en la venta y distribución de alimentos, en servicios públicos como el transporte, la vigilancia y la sanidad, y en la industria logística (almacenamiento y reparto). Estos son precisamente los sectores que tienen los mayores porcentajes de trabajadores pertenecientes a minorías con salarios bajos, inmigrantes recientes y empleados eventuales.

En Estados Unidos, casi la mitad de estos trabajadores son negros, latinos o asiáticos y, salvo que pertenezcan a un sindicato, es poco probable que tengan un seguro médico adecuado (o que tengan alguno). Muchos han pasado largos periodos sin recibir tratamiento por enfermedades que se habrían atendido de forma rutinaria de haber tenido seguro médico y, por lo tanto, sufren de dolencias crónicas como el asma y la diabetes. Sus trabajos están entre los más peligrosos, tienden a trabajar jornadas más largas y, en el caso de quienes tienen bajos ingresos, viven en las peores condiciones de vivienda. Durante seis meses se han enfrentado al mayor grado de exposición ante la amenaza del coronavirus, generalmente sin equipos de protección o sin el derecho a reclamar contra las precarias condiciones laborales.

Estos trabajadores han sido completamente traicionados por la Administración de Seguridad y Salud Ocupacional (OSHA) –un organismo del Departamento de Trabajo de Estados Unidos–, que se ha negado a poner en marcha normas obligatorias para proteger a los trabajadores o atender las miles de quejas que se han presentado de forma oficial. Por eso, la industria frigorífica en el Medio Oeste, donde la mayoría de los trabajadores pertenecen a minorías o son inmigrantes recientes, ha sido tan devastada por el covid-19. Y por eso los trabajadores estadounidenses han hecho huelga o han organizado protestas furiosas en más de 500 ocasiones desde abril.

-En este contexto, ¿qué papel están jugando empresas como Amazon?

El blanco frecuente de protestas ha sido Amazon, el máximo especulador con la pandemia, y que ha violado notoriamente los derechos de los trabajadores. El patrimonio personal de Jeff Bezos aumentó en unos astronómicos 33.000 millones de dólares entre marzo y abril, en tanto que la empresa se convirtió en una vía fundamental para la entrega de alimentos y suministros básicos para las familias confinadas en sus hogares. Al mismo tiempo, se ha apresurado a ocupar de forma permanente los espacios vacíos dejados por el cierre de tantos miles de pequeños negocios minoristas (una estimación común en la prensa internacional especializada es que una cuarta parte de las pequeñas tiendas afectadas en Europa y Estados Unidos nunca volverán a abrir).

Los demócratas, con excepción de Elizabeth Warren, no han abordado los problemas que plantea el creciente poder monopólico de Amazon. Durante las dos guerras mundiales del siglo pasado, se impusieron con éxito impuestos a los «beneficios extraordinarios» de las principales empresas en la industria armamentística, pero los dirigentes demócratas se han negado a considerar una regulación similar para Amazon o para las grandes empresas farmacéuticas. Hacia fin de año, la economía estadounidense se parecerá aún más a la sociedad capitalista pura y dura descrita por Fritz Lang en su famosa película Metrópolis.

-En su libro Planeta de las ciudades miseria, analiza ese fenómeno de las gigantescas metrópolis donde la superpoblación y el hacinamiento son la normalidad. ¿Puede haber derecho a la salud en estas condiciones de la geografía urbana capitalista?

Desde principios del siglo XX ha habido un debate esencial y recurrente sobre cómo controlar las epidemias a escala mundial. La posición estadounidense, respaldada por los enormes recursos de la Fundación Rockefeller, se centró en librar guerras contra enfermedades específicas con recursos masivos enfocados en el desarrollo y la distribución de vacunas. Estas cruzadas por las vacunas han dado lugar a grandes éxitos (viruela y poliomielitis) e igualmente a grandes fracasos (paludismo y sida). El enfoque basado en intervenciones técnicas específicas para cada enfermedad ha salvado vidas, pero deja en su sitio las condiciones sociales que promueven las enfermedades.

La otra vertiente en el debate ha dado prioridad a la inversión en infraestructuras de atención primaria de salud en las regiones y países más pobres. Se inspira en las ideas de la «medicina social» propuestas por el gran patólogo alemán Rudolf Virchow en la década de 1880 y ampliamente adoptadas en el siglo XX por partidos de la izquierda, así como por un amplio espectro de reformadores que deseaban reorientar la medicina hacia la prevención de enfermedades junto con reformas sociales radicales.

Durante gran parte de la posguerra, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estuvo dominada por Estados Unidos y el paradigma Rockefeller, pero los defensores de la medicina social obtuvieron una importante victoria en 1978 cuando la OMS emitió la «Declaración de Alma-Ata», en la que se afirmaba que el acceso a servicios sanitarios de calidad era un derecho humano universal. Se adoptó un plan de campaña que subrayaba la importancia de la participación de la comunidad y de un enfoque desde abajo para lograr «salud para todos en el año 2000». Pero la contrarrevolución neoliberal que siguió a la elección de Margaret Thatcher y Ronald Reagan convirtió esta declaración en letra muerta.

El covid-19 está revelando hasta qué punto hay dos humanidades inmunológicamente diferenciadas. En las naciones ricas, alrededor de un cuarto de la población cae en la categoría de alto riesgo debido a la edad y a los problemas de salud crónicos, a menudo relacionados con la raza y la pobreza. En cambio, en los países con ingresos bajos y en muchos países con ingresos medios, entre la mitad y tres cuartas partes de la población se encuentra en situación de riesgo. El cofactor más importante es la disminución de la inmunidad debido a la malnutrición, las infecciones gastrointestinales generalizadas y las enfermedades descontroladas y no tratadas como la malaria y la tuberculosis.

1.500 millones de personas viven actualmente en asentamientos precarios en África, el sur de Asia y América Latina, que son las perfectas incubadoras de la enfermedad. Sabemos que allí la pandemia está fuera de control, pero en gran medida permanece invisible en las actuales estadísticas fragmentarias. Y si Europa muestra cierta disposición a compartir eventuales stocks de vacunas con los países pobres, el gobierno de Trump demostró recientemente, con la compra de todas las existencias mundiales del medicamento Remdesivir, que no tiene intención de compartir nada. America First significa África en último lugar.

En las últimas campañas, la corriente progresista del Partido Demócrata ha ignorado en gran medida estas cuestiones de la salud y la pobreza a escala mundial. También ha defraudado las expectativas de sus simpatizantes. Hace pocas semanas se anunció que las negociaciones entre los sectores de Joe Biden y Bernie Sanders han dado lugar a una plataforma demócrata que está muy por debajo de «seguro médico universal», la demanda central de la campaña de Sanders, a pesar de que la pandemia y el colapso económico han demostrado un millón de veces su urgente necesidad.

Fuente:

Nueva Sociedad, julio-agosto 2020
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Revista Nexos

Supe de una niña que no conocía el miedo. Ahora me ha dado por extrañarla. Yo sí tengo miedo. Sin duda me da miedo la calle, miedo la boca de la gente, miedo su paso por la noche y la madrugada.

Por eso he preferido seguir en el confín de un mundo que cabe entre las paredes de mi casa.

Afuera están los muertos. Unos a media ciudad, otros en el suelo de una cárcel, en los pueblos lejanos y aquí cerca. Muertos de la guerra que ya estaban en nuestra alma.



Y ahora los nuevos muertos, los tomados por un mal que los ahogó durante días.

Muchas veces hay paz en este aislamiento sin soledad que ya casi puede llamarse una elección. Se han abierto las puertas y la gente anda cantando en los parques y la calle, con sus niños o sus perros.

Nosotros no iremos a ningún lado, pero seguir en este encierro le abre a mi cerebro túneles y vericuetos que llegan a lugares inverosímiles. A salvo, como me creo, muchas veces lo único que amenaza es el caos. Y mi manera de exorcizarlo es dejándolo entrar.

Desde que amanece le doy la bienvenida. Me pongo un zapato de uno y otro de otro. Luego, para tratarlo como si no supiera de él, tomo las medicinas que son mi orden del día y aseguran que hoy mis pies no han de viajar a lo que el Dante describió como “esa parte de la vida más allá de la cual ya no se puede ir con la intención de volver”. Cuatro años después de que lo publicó, ha llegado a mis ojos un texto de Luis Miguel Aguilar en el que habla de la epilepsia del poeta que escribió La Divina Comedia, ese libro tan venerado como temible.

Transfigurazione llamó él a lo que sentía como “desarreglo de los sentidos”. Qué bien dicho, no es otra cosa la epilepsia. Otra suerte de caos. Para consolarme, yo que he vivido con ella, conté la memoria de esa experiencia diciendo que oigo una música inexplicable muy parecida a la serenidad que provoca la contemplación del mar. Casi podría creerse que la deseo. No estaría mal morirse así. Pero como el encierro se trata de quedarnos vivos, mejor dejo entrar al caos de otra manera.



Bajo al desayuno con un par de pequeños aretes en la mano. No me los he puesto porque ya voy tarde, no sé a dónde voy tarde, porque no hay a dónde ir, pero me urge beber una naranja. Antes tomo un vaso de agua sencilla para quitarme la sed que viene de ir amaneciendo como si anocheciera. Tuve un sueño afortunado, pienso mientras levanto el vaso y me echo los aretes a la boca. Voy a dar el trago de agua cuando siento que las pastillas tienen picos. Un reflejo animal me devuelve al mundo. Los aretes no se tragan, las pastillas me las tomé allá arriba, los zapatos desiguales pueden tener su gracia, el jugo de naranja es una gloria, pero ¿el alma? ¿Traigo puesta el alma? Leí anoche que el alma está en el cerebro. ¿En dónde dejé yo el cerebro? No me lo vaya a tragar. Me pondré los aretes. Ni un solo día he dejado pasar sin ponerle los aretes al caos, nada más para matizarlo. En cambio al cerebro creo que paso días sin verlo. Al menos a una parte suya. La racionalidad tiene fama de sabia. Yo confío más en la intuición. Pero lo digo porque me conviene. La uso como algo esencial. Con ella decido, acierto, me equivoco, elijo lo que leo, escribo. Sin duda he ido escogiendo a mis amigos y mis amores, no con razonamientos sino con la emoción que me provocan. Ya sé que he de reírme con ellos, que acompañaré lo que lloren. Oigo a un viejo decir que la intuición es una forma de conocimiento. Y que está en el cerebro. Más revelar un misterio, pero me regala una certeza. No tengo tan perdido al cerebro. Creo que el don de intuir es menos apreciado, pero tan imprescindible como el de razonar. Quien no intuye no es capaz de misericordia. Y si algo necesitamos hoy, ni se sigan quienes gobiernan, es dar con el don de la misericordia, que no es otra cosa que la capacidad para imaginar lo que sienten otros y saber acompañarlo. Ahora a todo esto lo llaman empatía. Cuando acepto la comparación, tengo el tenedor en la mano y voy a cucharear mi avena. Dicen que la memoria es un acto creativo. Y que cuando el cerebro está en reposo, sigue trabajando.

Soñé que viajábamos a España y que yo por fin conocía San Sebastián. Pero no llegábamos en avión sino en coche, por una carretera, sobre el mar, que salía del barrio en que estaba mi colegio de niña-sinmiedo y llegaba hasta la casa de Fernando Savater, una tarde naranja. Desperté. ¿Cómo estará Fernando? ¿Cómo España, Italia, el Mediterráneo? Si quisiéramos ir a verlos no nos dejarían entrar, porque los mexicanos traemos la curva atrasada. De todos modos no pensábamos ir. Quién sabe cuándo volveremos a volar sobre el Atlántico. A veces tengo la sensación de que algo se terminó. De ningún modo la vida, pero sí la avidez que me movía. Una lenta, no amarga, paciencia me va enseñando a diario a ver cómo le cambian de color las hojas a mis árboles. Y veces, cuando veo polvo en los rincones, no me apresuro a quitarlo.

Desayuno un huevo frito. Una tortilla. Doy un trago de té, muerdo un pan. Aquí en Tacubaya el cielo se ha puesto de un azul intenso y por un minuto la felicidad cruza el aire. Luego interrumpe el caos.



En el Paseo de la Reforma un comando de sicarios le disparó a la camioneta del jefe de la policía de la Ciudad de México. Murieron dos de sus custodios, se salvó él, pero está herido. Hay temores que no cura el encierro.

¿Cómo no temer a las vivos que se arman para matar, por cien mil pesos, a gente que no conocen?, ¿a los dueños de esos vivos, que queriendo asesinar a uno mataron a quien fuera? A Gabriela Gómez, esa muchacha dos veces pobre que tuvo el infortunio de ir pasando. No era ni sicario ni policía, era una niña que tampoco supo del miedo hasta que lo encontró a los 23 años y le destrozó la cabeza. Tenía dos hijos, niños, como mis nietos. Una desgracia más, en el arroyo de nuestros días. La inocente que representa a los que sólo vamos pasando.

Nunca he creído que otro tiempo fue mejor. Si nos asusta este siglo hay que ver para atrás. Pero no voy a hacerlo. Porque mi quehacer es el de ahora. Sé que buscarse una pasión esencial es conseguir cierta paz. ¿Cuál es la mía? No voy a decir que estoy intentando una obra maestra, para qué presumir, pero me entretengo buscando. Mi pasión principal son los demás. No por altruista, sino por placer. Mis nietos llevan más de tres meses de perfecta felicidad. Dejaron de ir al colegio, sus papás están siempre con ellos. Vienen a jugar al jardín y traen consigo el feliz caos de su desmemoria. Sé que no recordarán cuánto tiempo jugué con ellos en este su edad y la mía. Pero lo he de recordar yo. “¡Qué bonitos tus zapatos, abu!”, dice uno de ellos mirando mis pantuflas. Siempre que llegan ya tengo puestos los tenis rudos con los que jugamos en el jardín, así que le gustó la variación. “Abu Geles, en el árbol hay un acantilado”, dice el otro. Les gusta subirse a la camioneta y hacer que yo la maneje rumbo a Puebla o Chetumal. En el camino hemos encontrado un volcán que hace erupción, dos dinosaurios, un mar que amenaza con meterse por las ventanas, unos perros que patrullan el cielo para rescatar nunca entiendo a quién. “¿Ya nos bajamos?”, pregunto en un inútil afán por salir al aire. “No, falta ver la lava” dice uno. “La lava se derrite y se hace agua que quema horrible”, completa el otro. Hace poco aún había que temerle a un desencuentro entre ellos porque se jalaban de los pelos o se rasguñaban y era imposible discernir quién tenía la culpa, porque un error podría ser imperdonable.

Después de cincuenta días sin vernos más que de lejos, su casa y la mía fueron consideradas limpias de todo mal y empezamos a estar cada vez más cerca. Hasta cuando tiene que romperse el encanto porque alguien de una familia pasa varias jornadas fuera. Entonces hay que esperar quince días sin vernos. Luego vuelven. Han visto una caricatura nueva. Me la cuentan, pero entiendo muy poco. Estoy empeñada en que oigan a Cri-Cri. La música de El ratón vaquero me acompaña a correr para que me persigan. Y yo juego a ir aventando mi chal y ellos a atraparme por esa cauda. Cosas así, que pueden durar horas. Hasta que el cansancio nos deja frente a la tele para que yo me entere de cómo unos perros salvan a uno changuitos de morir quemados.

Ahora que cuento esta historia me asusta, pero la vimos entre risas.

La felicidad es la falta de miedo. Y también está en el cerebro. Con razón extraño a la niña.

Voces en los días del coronavirus

Helio Huesca / Compositor

"Empezar" Letra, música e Interpretación: Helio Huesca



Voces en los días del coronavirus

Carlos Figueroa Ibarra, sociólogo

En estas vacaciones de mi trabajo universitario, en realidad he estado agobiado con el trabajo domiciliario. La pandemia ha hecho cotidianas las reuniones virtuales de trabajo, las conferencias y eventos por zoom, las clases y asesorías por esta y otras aplicaciones. La única entretención que he tenido ha sido leer dos novelas de Leonardo Padura, "Herejes y "La transparencia del tiempo". Estoy comenzando "La novela de mi vida". Hace un tiempo "El hombre que amaba los perros" me dejó boquiabierto. En estas últimas dos semanas confirmé mi admiración por este enorme novelista cubano, una suerte de Balzac injertado en Kundera, un escritor que en realidad termina siendo un gran sociólogo. Debe leer a Padura cualquiera que quiera saber las múltiples contradicciones y paradojas que ha generado en Cuba su condición de isla, el bloqueo, el periodo especial, el derrumbe soviético y el asedio imperialista.



No me gustan mucho las novelas policíacas, pero estas de Padura son distintas, son verdaderos exámenes sociológicos de la reaparición en mi amada isla de las clases y barreras sociales, de la pobreza y los nuevos ricos, de los barrios marginales y de las casas y aún zonas residenciales lujosas, de la corrupción y oportunismo en las distintas esferas políticas, de las creencias religiosas, los inmigrados y sus secuelas, la migración hacia afuera y hacia el norte así como la interna del oriente de Cuba, hacia La Habana. Y en medio de todo eso, se encuentra Mario Conde, un ex-policía convertido en un detective informal, desencantado y desordenado, fuerte fumador y bebedor empedernido de ron y café. Viviendo en las entrañas de la patria de Martí, Conde ve desde afuera mucho de lo que en su país acontece. Distante del discurso oficial, es lo suficientemente inteligente y ético como para ser un vulgar reaccionario. Cómo policía y después como investigador freelance, Mario Conde se mete en las cañerías y bajo mundo de la sociedad cubana y tiene incursiones ocasionales en su élite política y en su naciente élite económica. Y con ello nos ofrece un retrato estremecedor de la Cuba de ahora.

Les comparto mi reflexión y dos fotos de tres Paduras, un desayuno y una taza de café. Ese café y desayuno que con un cigarrillo suele disfrutar Mario Conde en las páginas de las novelas de la zaga policiaca. El cigarrillo se los debo porque a diferencia de él, yo detesto fumar.

Voces en los días del coronavirus

Verónica Mastretta / Vida y Milagros

En el pueblo por donde vivo de repente empecé a oír cohetes o campanas a horas muy raras. Creí que ya iban a regresar las fiestas o que las iglesias ya habían abierto. Dice Juan, quien trabaja en mi casa y lo sabe todo de estos rumbos, que es la forma de despedir a los que se mueren de Covid, ya que solo les están dando dos o tres horas para enterrarlos. Nada de velorio. Si les toca turno a las tres de la mañana, pues aunque sea a esa hora les echan sus cohetes -Se les está despidiendo de esa manera -me informa-, porque al panteón solo pueden ir dos familiares. Los que se mueren del Covid, pero sin registro, ésos sí hacen su velorio largo y como se acostumbra, con comida y todo lo de siempre.



De sus hermanos y parientes se han enfermado y recuperado tres. De la calle larga en donde viven sus hermanos se han muerto varios. ¿Cuántos? Difícil saber, porque ha dejado de ir a ese lado del pueblo, dividido en dos por la carretera desde hace décadas. No va del lado donde no se creyó en el virus, entre otras cosas porque corrió el rumor de que era un invento de los gobiernos para que no salieran de sus casas. Por aquí muchos tienen Facebook y ahí se va uno enterando de cómo piensa la gente. Dos de sus hermanos se celebraron sus cumpleaños en abril, también como se acostumbra, con mucha gente, y por aquí cerca anduvieron los sonideros haciendo de las suyas, aunque sí empezaron a llegar las patrullas a callarlos y a acabar con las fiestas. Desde mayo no hay festejos grandes. Más tardan en sacar las bocinas que en llegar a callarlos. Juan no ve a ninguno de sus hermanos desde marzo, por la razón de que no querían creer en el asunto, aunque ahora ya creen. Abandonó también la mayordomía de la iglesia desde entonces. Y cuidado que ha sido un buen mayordomo cuando le ha tocado serlo. La iglesia cerró y por eso no se habían tocado las campanas; no ha habido ni misas, ni rosarios, ni ningún santo celebrado, nada a qué llamar, hasta apenas, en que decidieron que con cohetes y campanas se podía decir adiós a los difuntos. Hoy le mandaron decir de la iglesia que abrirán parcialmente el 26 de julio. Él ya mandó decir que no cuenten con él, porque además de que su hija está embarazada y no quiere dejar de verla, también él ve por su mamá desde que se murió su hermano, el xocoyote, el hijo menor, que por costumbre son los responsables de cuidar a los papás y de vivir con ellos. Él ha asumido esa responsabilidad. El problema ahora es ir buscando clínica para el parto de su hija, porque ahorita no están atendiendo embarazadas, les dicen que mejor se busquen su partera y tengan a los niños en su casa. No atienden muchas cosas que antes sí se atendían en las clínicas de por aquí. Desde abril cambió por completo su rutina. Por eso no me sabe decir a detalle las cosas que siempre sabía, no solo por la mayordomía, sino porque es un comunicador y líder natural. Es compadre de medio pueblo y sus predicciones y dichos son más certeros que una casa encuestadora profesional. Como a todos, esto del virus lo agarró desprevenido, pero muy rápido se dio cuenta de lo que era lo más conveniente. Usa la mascarilla para salir desde hace semanas. En su familia sufren de diabetes, por eso no ha ido a bodas, ni fiestas, ni velorios. Ni irá. No hasta que vea que el virus tome su rumbo. Un verdadero sacrificio para alguien tan sociable y querido en su comunidad. No se guía por lo que dice el gobierno sino por lo que él deduce de todo lo que oye y mira. Sería un magnífico asesor del gobierno.

El Centro de Control y Prevención de Enfermedades del gobierno de los Estados Unidos emitió esta semana un comunicado diciendo que, si todos los estadounidenses se pusieran mascarilla en espacios públicos, el coronavirus estaría bajo control en ocho semanas. Trump se niega a decretar el uso obligatorio porque quiere que la gente tenga una cierta libertad. En México la política pública al respecto es igual. En ambos países los fríos números indican que el virus sigue al alza.



Son las doce de la noche, el sonido de tres cohetes seguidos despide al que se va.

Voces en los días del coronavirus

Polo Noyola, escritor, guionista, productor de radio

Se dice que cada vez se lee menos, discrepo; lo evidente es que, como nunca, existe la necesidad de leer y escribir para hacer funcionar las redes sociales y el internet. Cada institución, empresa o individuo tarde o temprano se enfrenta a la vital necesidad de expresar sus heterogéneos estados a través de plataformas de telecomunicaciones en donde todavía se necesita un ser humano.



En esta larga cuarentena es la primera vez que soy consciente de que la electricidad ha provocado en mí necesidades de una era de la que no sé ni su nombre, pero es nueva y nos obliga a comunicar, a transmitir, a escribir; decir, ver, escuchar, recortar las palabras y las imágenes, signos, ruidos y música que van formando una especie de huella individual o institucional que convertimos en mutuo entendimiento, lenguaje, hipervínculos, intelecto. No sé siquiera si estoy conforme, si eso me gusta.

La parte física de esta operación, dependiendo de la edad histórica, va desde pesados cables de fierro a la filigrana milimétrica de la fibra óptica, por donde viaja un estímulo eléctrico –la electricidad en sí–, transformada por nuestra civilización en signos que vamos interpretando con naturalidad y algo de socarronería; todo comenzó con una señal de puntos y rayas que un telegrafista transmitía al otro lado de un cable, era necesario otro telegrafista que lo interpretaba con una rústica clave. Transmitían sentados ante sus mesas de trabajo, operando la llave con la mano derecha, raya punto punto raya, raya raya, en realidad idénticos a los modernos internautas sentados con una mano sobre el mouse. En lugar de la clave telegráfica ahora enviamos signos, imágenes y sonidos a través de los mismos impulsos eléctricos que generamos con códigos, números y letras por medio de un teclado.

En estos meses de encierro comprendí que esa multimedia a la que accedo en internet se ha apoderado de casi toda mi atención la mayor parte del día; por primera vez en mi vida he permanecido conectado a la red de una u otra forma; al menos disponible: ora música, ora correo, ora chat, video, documental. Observo que la era digital me interpreta como individuo –me clasifica, me escribe, me desentraña, me expone–, me indica cosas que necesitaba ver o que alguien me hizo creer que me interesaba o veo por obligación profesional.

Así ha estado nuestra pequeña comunidad familiar de cuatro miembros comunicada a través del signo eléctrico, neo-morseano, binario, el bit, la telecomunicación, comunicando palabras, imágenes, grabaciones, videos, emoticones, likes, películas, series y cualquier cosa a la que podemos acceder desde nuestra democrática condición de usuarios del paquete estándar Telmex Infinitum.

Transmitimos también humores, reclamos, estímulos sensoriales, educación, cultura, risas, doble sentido, bromas de toda índole y más emoticones –ahora con la forma de mano, de carita sonriente, de animales, gente, pies; balones, figuritas humanas que corren, se sientan, caminan y asumen posiciones que nos envían mensajes; nos van marcando rutas, caminos que seguimos obedientemente (tal vez los deseamos) y no hace falta recordarlos porque, al poco, Google nos lo recuerda: “a ti te gusta esto”. Es verdad que me gusta, soy consciente de que fui bastante fácil de clasificar; así se me han ido definiendo también una multitud de nuevos gustos, de placeres, ahora que permanezco conectado todo el día esa comunicación resulta ser una parte esencial de mi vida, de mi trabajo, mis relaciones humanas; sin ella transcurrieron dos tercios de mi vida, un pasado para el que debemos remontarnos a una época que ya no existe ni existirá jamás. La de los seres pre-conectados, para bien y para mal.



Durante la cuarentena las habitantes de esta casa, en este sentido, estuvimos pegadas a nuestros aparatos todo el tiempo, cada quien con su respectivo cada cual, respondiendo mensajes, enviando señales, recibiendo correos, platicando por WhatsApp; sin horario específico de trabajo, disponible las 24 horas del día; en poco tiempo nos hemos convertido en humanos eléctricos, en seres enchufados, sin una pila bien cargada no llegamos ni a la esquina. Soy de la generación de los que hicieron un gran esfuerzo y aprendieron a los 45-50 años a moverse en Word –con eso me hubiera confirmado, sinceramente– y ya de ahí fuimos agregando otras aplicaciones a nuestras habilidades, tan útiles y sorprendentes para aquellos que hicimos la licenciatura con fichas bibliográficas de cartulina. Ahora edito sonido en Mixcraft 8 Pro Studio, un programa de edición; aprendimos. Una vez tuve que escribir cien cápsulas sobre nutrición; conseguir la información me costó días, terminé en una pequeña biblioteca de la colonia Roma. Imagino que hacer esas mismas cápsulas hoy sería pan comido. En los años ochenta éramos tan pobres, tecnológicamente hablando, que escribíamos un borrador interminable, hacíamos copias intercalando hojas de papel cabrón entre el papel bond, escribíamos en ruidosas máquinas de escribir y entregábamos tareas y guiones impecables.



Cada investigación implicaba tiempo, viajes, consultas en periódicos de la hemeroteca nacional sobre noticias de la instalaciones de líneas telegráficas, hacia 1850, cuando llegó la electricidad que entonces producían con dínamos y concentraban en enormes baterías; crearon entonces al tatarabuelo del internet, pero básicamente lo mismo –comunicación eléctrica–, bautizado como telégrafo; una vez trabajé en el archivo histórico de Telégrafos Nacionales en la ciudad de México, iba dos o tres veces a la semana hasta la casona que lo albergaba a tres cuadras del zócalo de Tlalpan; removía cajas humedecidas porque había goteras y sacaba –y secaba– expedientes sobre los detalles de las instalaciones de líneas en todo el país, de México a Toluca, a Querétaro, a Guanajuato; cuánto costaba cada línea, quién era el constructor, cuántos postes había que disponer, cuántos kilómetros de cable, cuántos peones; cuántos muertos de cólera en cuadrillas que se internaban en las selvas de Tabasco para la instalación de postes que soportarían cables para llevar la comunicación eléctrica. Por entonces el conocimiento, el proceso de la investigación, de la disponibilidad de datos trocaba nuestra comprensión y asumía otras vías. Lo cierto es que nuestra cuarentena sería mucho muy diferente sin la existencia de esta telecomunicación –novedad del último tercio de mi vida–, no necesariamente para bien, pero tampoco para mal. Gracias a nuestros chocantes y temperamentales aparatitos las habitantes de esta casa (son mayoría absoluta), hemos podido mantener separados nuestros intereses vitales (vemos películas juntos pero escuchamos diferente música y trabajamos cada quien lo suyo); en ocasiones veo a cuatro mamíferos deambulando todo el día por la casa comunicada; convivimos en paz y así hemos podido seguir con nuestras labores, asistiendo a reuniones virtuales, dando clases; trabajando casi de modo normal, sin horario; conectados con nuestros comensales cibernéticos y sosteniendo prolongadas juntas de trabajo y reuniones sociales a través de Zoom –la novedad– o de otras aplicaciones como hangouts –la postnovedad– que condescienden tales excesos, como el festejo de los setenta de mi hermano en plena cuarentena (CDMX) organizado por su primogénita (Austin) a la que asistimos todos los hermanos (Tlalmanalco, Chihuahua, Puebla) en un alarde de tecnología festiva. Me gustaría que lo hubieran visto mis papás. Solo la música faltó.

En e-consulta leo que del total de jóvenes que tomaron sus cursos en línea, el 13 % lo ha hecho a través de Facebook; el 8 % lo hizo por Drive, repositorios o YouTube; mientras que el 6 % lo hizo por mensajería instantánea; el grueso del total, el 73 %, usó las plataformas Balckboard, Gclassroom, Mteams y Edmodo (28/05/2020). Pues ni modo.

Nuestros hijos y amigos millennials y zetas (las postmilennials, también llamados posmilénicas​ o centúricas, porque ahí también son mayoría las mujeres); bueno, decía que estos jóvenes de hoy no sospechan que este tema de la electricidad comunicante que hemos añadido a nuestras vidas, esta perenne comunicación multimedia que ahora nos gobierna, comenzó aquí en Puebla hace muchísimos años, concretamente el 20 de mayo de 1854, cuando se transmitió el primer telegrama desde la ciudad de México a la estación de Nopalucan, Puebla; desde ese momento, hasta la actualidad, la comunicación eléctrica nunca ha dejado de evolucionar, ha ido mejorando en cada generación y transmitiendo con un uso más eficiente de la electricidad; por si fuera poco, los mexicanos siempre hemos estado cerca del mitote, que en cuestiones tecnológicas representan los Estados Unidos; cuarenta años después del telégrafo (1853) se logró el habla a través del teléfono (1878), después el cable subacuático (1902), que permitió la comunicación transcontinental Londres-NY; la radiotelegrafía (1914), sin el uso de cables, de Cabo Haro, Sonora a Santa Rosalía, B.C.; se consumó la radiotelefonía (1919) desde un avión hasta una estación de Balbuena; la radiodifusión (1921), con el doctor Gómez en la ciudad de México y el Ing. Constantino de Tárnava en Monterrey, que transmitieron los primeros programas de radio; el teletipo (1930), en pleno Maximato, que arrolló impetuosamente a la clave Morse, tras 82 años de existencia, que ahora resultaba obsoleta; Miguel Alemán, el primer civil en la presidencia de ese siglo, inaugura la televisión (1950) con un informe presidencial; la radiotelefonía (1955), que comunicó a las ambulancias y las patrullas; luego el satélite “Pájaro Madrugador” (1968), que permitió a los ingenieros mexicanos transmitir las Olimpiadas; en los años ochenta dos discretos y utilísimos sistemas denominados télex y fax (1980), muy importantes en la administración de gobiernos y empresas; en los años noventa usamos unos eficientes radios “Nextel” en el equipo de reporteros, hasta llegar al internet (2000) y la transmutación de la telefonía celular a esa pequeña computadora desde la que puedes hacer básicamente lo que te dé la gana. Ir o quedarte, estar y no estar.

La era smart. Nuestro control remoto era como una caja de zapato, con palanquitas; ahora mi control toma decisiones sobre mi futuro inmediato –shhh, descansa en la mesita de la sala–. Leonard Kleinrock, que contribuyó en la creación de la red ARPANET, dice que el internet será tan común como la propia electricidad, que estará en todos lados, en las calles, las paredes, los coches y en las personas. Lo que yo digo es que eso ya ocurrió. Al menos aquí, en mi entorno, en mi ciudad, con mi gente. En You Tube podemos ver las condiciones vergonzosas en las que viven tantos habitantes de nuestro planeta, el vacío humano que ha provocado la prolongada corrupción del sistema capitalista que nos tocó vivir, que ya ha gastado hace tiempo sus reservas racionales y humanistas ilustradas para convertirse en un adefesio asesino e insaciable, que defiende la propiedad sin ningún límite al maltrato y la explotación.

No hay manera de imaginar un mundo feliz, es demasiado larga la cauda de imbecilidad que ahora se demuestra con pesimista evidencia científica. Sabes a qué me refiero, océanos contaminados, ríos y lagunas muertos. Stephen Hawking, por ejemplo, alertaba de que el internet podría terminar en un sometimiento de la especie. ¿No lo ha hecho ya? El propio Kleinrock prevé un peligroso futuro en el que ciudades o regiones enteras podrían quedar sin conexión, “creando un caos indescriptible”.

El artista de medios y curador con intereses en poética digital, sistemas autogenerativos e interactivos, Simon Biggs, piensa que la evolución del internet podría encaminarnos a la extinción. Y que el mundo estaría mejor si nuestra especie no sobreviviera, como lo hemos podido comprobar en esta cuarentena con la tranquilidad de las ciudades, las calles apacibles, sin tráfico, sin smog, con el retorno de la fauna silvestre. ¡Bueno, hasta el río Atoyac ha tenido días con aguas transparentes! La única verdad de todo esto es prueba de que la naturaleza no nos necesita, por más que nos creamos los irremplazables del planeta. La enseñanza de esta cuarentena fue constatar que la naturaleza se sentiría mejor sin nuestra presencia, que no somos dignos habitantes de este noble entorno que depredamos sin piedad. Todos los seres humanos estamos involucrados. Tenemos la información para entender que cada vez que realizamos ciertas acciones, como consumir agua y tirar la botella –así de simple–, contribuimos a la destrucción del medio ambiente, a la contaminación de los ríos y los océanos; contamos también con la formación educativa para aceptar que no tenemos idea a dónde van a dar las llantas que sustituimos de nuestros vehículos. El plástico duro que sustituye al plástico blando ahora, en la era del ecologismo tupperware.

Como se ha comprobado en esta cuarentena, no se trata de dejar de contaminar, porque tendríamos que estar muertos para eso, sino de contaminar con cierto grado de conciencia; de bajar nuestra huella ecológica, de contribuir al esfuerzo mundial para combatir el calentamiento global que ya no es ningún futuro ni mucho menos. En casa descubrimos que necesitamos pocas cosas para estar bien. Aunque somos conscientes de que lo que tenemos –así sea el modesto Netflix–, es mucho frente a un mundo con tanta necesidad. No necesitas ir muy lejos para comprobarlo.

Mi “activismo” ciudadano deja mucho que desear porque no existe en realidad, pero tal vez así comienza, con una angustia como la que me causa el deterioro del medio ambiente, la contaminación; muchas de nuestras costumbres y otras cosas imprácticas de los gobiernos de las ciudades; por ejemplo, hay mucha basura. A los gobiernos municipales parece no molestarles que existan lugares sucios y abandonados de las ciudades sin que nadie, ni autoridades, ni vecinos, ni ongs resientan que existen esos vergonzosos basureros que forman parte, además, del proceso de calentamiento global. En mis caminatas semanales en las que subo por avenida Nacional hasta la plaza Crystal, hay por lo menos dos basureros banqueteros estables (el puente del río San Francisco un kilómetro antes de unirse al Atoyac, tierra de nadie) y otros tantos espontáneos que aparecen cada semana.

Más penoso pensar en el sistema agrícola y ganadero que hace posible el bestial consumo de carne a escala global; esos sistemas que producen cantidades bestiales de alimento para alimentar a multitudes surrealistas de ganados vacunos y porcinos que terminamos comiéndonos los carnívoros. Se consumen 75 hamburguesas cada segundo, 15 mil millones al año. De tacos mejor ni hablamos. El panel intergubernamental sobre cambio climático, IPCC, asegura que la agricultura, la ganadería y la silvicultura generan 23 % del total de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) cada año.

“¡Nos vemos en el bar de las alitas de pollo!” Una orden de alitas estándar de diez piezas equivale a cinco pollos que fueron descuartizados para mi deleite personal. Las alitas de pollo representan un mercado anual de 4,500 millones de dólares a la industria avícola. “¡Otra orden, por favor!” Me incomoda mi participación en el trato cruel y la triste vida de los animales sacrificados; los pobres pollos sin plumas y miles de adefesios biotecnológicos animales y vegetales para mantener mi dieta colonizada cada día de mi vida, desde que nací hasta que muera. También produzco desechos orgánicos a diario.

Nadie gana mientras el virus errante se difunde por nuestra patria en donde nada es demasiado importante para que lo discutamos con seriedad republicana, pero cualquier chisme puede adquirir una dimensión apocalíptica y desatar pasiones irracionales.

Mi conclusión es sombría, pero gracias por invitarme.

Revista Sin Permiso

Cuidar a una persona adulta dependiente implica aceptar que, como sabiamente señaló uno de mis hijos, ella no aprenderá una cosa nueva cada día, sino que más bien las irá perdiendo, como quien desgrana una fruta, una granada más precisamente, o irá tirando al agua los limones redondos de Federico. Y el agua no será de oro, sino de pena.



Alejandra Ciriza / Activista feminista y Profesora de Filosofía, Mendoza, Argentina.

A Ileana

Mi madre se fue en estos días, a los 90 años.

Inteligente, bella y educada, cultísima, tuvo, dentro de los márgenes establecidos para las mujeres de su tiempo, una buena vida.

Los últimos meses fueron difíciles. Varias caídas y una quebradura de cadera desmoronaron su cuerpo ya muy fragilizado. Entonces su vida empezó a consumir la mía, y las de otras personas. Con su vida no alcanzaba para la vida.

Cuidar a una persona adulta dependiente implica aceptar que, como sabiamente señaló uno de mis hijos, ella no aprenderá una cosa nueva cada día, sino que más bien las irá perdiendo, como quien desgrana una fruta, una granada más precisamente, o irá tirando al agua los limones redondos de Federico. Y el agua no será de oro, sino de pena.



He cuidado a lo largo de mi vida, desde que era muy joven. Pero esas experiencias procedentes de lo que alguna vez nombré, para asombro de lectoras de Beauvoir, como el mundo de las mujeres, fueron las del sorprendente aprendizaje de los sentidos abiertos al mundo, de los nuevos nombres y las sabidurias escondidas en los cuerpos pequeños de mis hijxs, que me enseñaron miles de gestos y complicidades nacidos de la leche y el cuerpo materno. Ellxs trajeron a mi vida la ternura más extrema y el aflorar de miedos desconocidos ante sus salidas intempestivas, o sus exploraciones audaces, que me enfrentaron a la fragilidad de sus vidas. Avatares de lo que Adrienne Rich nombró como la experiencia de la maternidad, con sus contradicciones de cólera y amor intensos.

Hay en el cuidar seres humanos y en la reproducción de la vida una densidad difícil de percibir para quienes viven en una sociedad dominada por la lógica mercantil del capitalismo. Como bien supo verlo Rosa Luxemburgo el capitalismo avanza sobre la base de la canibalización de otras formas de organización de las relaciones sociales a las que devora e incorpora subalternizándolas, utilizando a las personas como mano de obra gratuita merced a la racialización y la sexualización, utilizando sus producciones como materias primas de novedosas mercancías para expandir el mercado.

De allí la relación estrecha entre capitalismo y colonialismo, de allí la articulación profunda entre capitalismo y patriarcado. Merced la división social, racial y sexual del trabajo la maquinaria quebrantahuesos gobernada por la lógica de la ganancia se apropia de diversas formas del trabajo gratuito. Expulsa el cuerpo y la materialidad de la vida: la necesidad natural y social de alimento, descanso, afecto, la mortalidad del cuerpo que somos, el lazo con otros y otras, lo que nuestras compañeras feministas de Abya Yala nombran como la comunidad.



La escisión entre producción y reproducción invisibilizó el trabajo doméstico a la vez que lo feminizó generando una forma de control sobre las vidas de las mujeres que articuló hondamente capitalismo y patriarcado. Edulcorado bajo la gruesa cobertura del amor romántico, el trabajo doméstico pasó a ser un servicio … de cama, cocina, sexo y limpieza.

A medida que el capitalismo fue avanzando, en las últimas décadas, miles de mujeres migraron hacia el norte global para cubrir el puesto vacante que dejaban las blanqueadas que se incorporaban al mercado de trabajo. Ellas, las blancas, las europeas, las educadas, eran sustituidas por otras, migrantes y por eso desaventajadas en el trabajo inevitable de lidiar con esas necesidades corporales.

En su fase actual el capitalismo apuesta a la producción acelerada de mercancías inmediatamente desechables transformando al planeta en un inmenso contenedor de basura, acelera la apropiación del tiempo, desmaterializa las relaciones entre los sujetos merced las tecnologías de la comunicación y la información.

Sin embargo en ese mundo inmaterial que apuesta a la extinción de la corporalidad humana resiste, empeñada en nacimientos, enfermedades y muertes, en sangre y carne real, en olores y sabores. De eso trata la vida de los seres naturales y sociales que somos.

Los tiempos de COVID19 nos ubicaron en un registro para muchas personas desconocido

El virus operó de muchas maneras. Confinándonos y aislándonos, hiperindividualizándonos, si cabe, pero también como un revelador de las brutales desigualdades sociales, de lo escasamente comunes que son nuestras vidas.

Los medios repiten discursos de “sentido común”, el menos común de los sentidos, suponiendo que hay una “casa” donde refugiarse de la intemperie y permanecer a salvo del contagio, o a salvo del hambre, porque hay un salario, o a salvo de las enfermedades, porque hay un sistema de salud que responde, o a salvo de la distancia, porque hay conexión de internet y dispositivos electrónicos. La vida, para las clases medias acomodadas, y ni decir para lxs ricxs, se llenó de zoom, jitsi, whats app, mientras en las barriadas, para los sectores populares urbanos, se llenó de ollas y falta de agua, hacinamiento e intemperie, desocupación y, en el mejor de los casos, magros subsidios estatales.

La imperiosa y suicida lógica del capitalismo requiere de una virtualidad intensa para reforzar el mundo de la fantasmagoría. También instaló la urgencia de la invención de una nueva normalidad construida sobre la base del expolio de lxs trabajadorxs. Allí fuimos muchxs a aprender cosas insólitas como dar clases virtuales, como si fuesen “reales”, a procurar resolver virtualmente cosas irresolubles.

Inútil. Bajo la ficción de la virtualidad la máquina quebrantahuesos se apropia de miles de horas de trabajo gratuito bajo la ilusión de: estamos en casa, trabajamos en pantuflas.

Sería interesante una mirada precisa y determinada. ¿Quiénes pueden hacerlo? La mayor parte de las científicas mujeres han escrito menos que los varones y producido en condiciones peores que las habituales. Una larga lista de publicaciones da cuenta de esa desventaja. Los costos subjetivos del teletrabajo, en términos de estrés y presiones para quienes cuidamos seres humanxs pequeñxs y viejxs son feroces. Las formas de presentarlo en cambio edulcoran la pérdida de derechos bajo la ficción de las ventajas de la no-presencialidad, que sólo ha estirado las jornadas de trabajo hasta límites insostenibles.

Los beneficiarios del mundo de la mercancía sueñan con instalar un mundo en el que todo pueda ser reemplazado por convenientes e impalpables ficciones sin miseria, ni cuerpo, con un tiempo que ya no es siquiera el de los relojes, sino el tiempo estirable de la virtualidad… Todo muy soft, mientras la vida se adelgaza hasta límites incalculables en un sistema en el que todo se calcula.

La pandemia también hizo visible el trabajo doméstico y de cuidado. Comer, limpiar, cuidar, ingresaron como asunto de debate público y preocupaciones gubernamentales. De repente el trabajo doméstico y de cuidado fue nombrado como trabajo y miles de palabras sobre el asunto se reprodujeron en diarios, programas televisivos, radios, etc.

Todo debidamente urbanizado y convenientemente blanqueado, transformado en una aventura de escobillones en manos masculinas y experiencias culinarias en personas que no lo hacían en forma regular, e incluso no lo habían hecho jamás. Esta ola de discursos sobre lxs trabajadorxs esenciales no ha impedido la explotación extrema de las cuidadoras reales. En Argentina salió a la luz a través de historias horrorosas de personas transportadas en baúles de autos de alta gama.

Muchas palabras sobre el cuidado no protegen a las cuidadoras reales, y digo las porque son mujeres racializadas y pobres, que cobran los peores salarios del mercado y pierden sus trabajos sin que se active ninguna forma de protección social. Ser “trabajadoras esenciales” no las hace esenciales en el momento de los derechos. Las leyes existentes apestan. Eso, por supuesto, no se debate. Por qué no tienen jubilaciones, y cobran miseria no es un tema.

Y es que la pandemia llega bajo condiciones que no elegimos, como alguna vez señalara Marx a propósito de los avatares que, en 1848, llevaran al poder a Luis Bonaparte.

La elegía del cuidado y la saturación de discursos y debates sobre su significado no transformará la conciencia social sobre su importancia, ni abrirá un espacio para considerar la corporalidad y la mortalidad humana si no nos empeñamos en sostener una perspectiva feminista y anticapitalista.

Y esto es así porque la maquinaria infernal del capitalismo no puede parar, y mientras la vida humana es frágil, vulnerable, marcada por la carnalidad del cuerpo y sus necesidades, se consume (la mía y la de mi madre, que terminó en estos días) la inercia de la maquinaria demanda tiempo y trabajo, productividad y aceleración. No importa qué sea lo que te suceda. La maquinaria ciega continúa generando inercias.

Imposible pausar

No hay espacio para la muerte, para el cuerpo, para el duelo.

Una opresiva sensación de suspensión me persigue en estos días. Es que incluso quienes desacordamos y llevamos años de puesta en cuestión de la insensatez productivista no podemos hallar el freno de mano.

Esta imposibilidad de pausa es hondamente personal a la vez que profundamente política. Si no indagamos en ella, si no nos preguntamos por los límites de este sistema bajo el cual se desencadena la pandemia y se nos incita a imaginar lo nuevo, lo que advenga lo hará bajo el sello de la productividad desenfrenada que impone la lógica capitalista. Lo hará imaginando tiempos flexibles en beneficio de otrxs. Lo hará suponiendo que cada unx es un individuo aislado, y no un sujeto ligado a otrxs corporal, afectiva, socialmente.

La clave se halla, a mi entender, en un freno de mano que nos permita detenernos a pensar el sentido de la productividad, que nos habilite a poner en cuestión el brutal expolio de la naturaleza en/de la cual vivimos, que desnaturalice el caráter individual de las posibles soluciones, que desprivatice el cuidado y la reproducción de la vida, que nos instigue a dudar de los beneficios de la virtualidad, puesto que nos está privando de la materialidad gozosa y trágica de la vida y de la muerte.

Maria Mies lo dice de un modo sencillo: el mundo virtual ha alterado nuestra manera de percibir arrasando con las conexiones que nos ligan al mundo material, ofreciéndonos a cambio un mundo ilimitado en el cual todo es posible, en el cual se han diluido las fronteras físicas, incluso las que existen entre la vida y la muerte, y por lo tanto también la necesidad de los rituales, las despedidas, la morosidad del duelo.

Fuente: www.sinpermiso.info, 11 de julio 2020

Voces en los días del coronavirus

Enrique Pimentel / escritor

Hoy rompí el confinamiento para acudir a la entrega de la oficina que estaba a mi cargo. Hacía días que no caminaba por el antiguo barrio de San Sebastián que no ha cambiado mucho desde el inicio la cuarentena: pocos negocios abiertos, pero el mismo tráfico de antes de la pandemia. Y escasos lugares para estacionar el coche. La iglesia del antiguo asentamiento indígena está dedicada al mártir condenado a morir bajo un aluvión de flechas por el emperador Maximiano. Yo la recordaba por un novenario de misas de difuntos al que acompañé hace muchos años a mi abuela. La esposa y la hija de don Juan Durante, un empresario poblano, habían fallecido en un accidente automovilístico en la recién inaugurada autopista México-Puebla. Junto con ellas había perdido la vida el conductor, don Trino, un viejo y muy estimado chofer del sitio de taxis del Gallito, enfrente del cual vivíamos entonces. Habían ido a la capital a una cita médica en el coche familiar. La hija tenía algún padecimiento crónico que había exigido muchas consultas y alguna intervención quirúrgica. Era la época en la que los buenos médicos y los mejores hospitales había que ir a buscarlos al DF. Un tráiler sin frenos los aplastó en algún tramo del camino cuando regresaban a Puebla.



Volví a entrar a San Sebastián el año pasado cuando encontré una pensión de autos más cercana al trabajo, y a unos metros del templo. Ahí descubrí, cerca de la entrada, en una especie de capilla, una réplica del Señor de las Maravillas, muy venerada y visitada desde tempranas horas. Varios de los fieles pasaban, antes de comenzar con las labores cotidianas, a encender a sus pies los clásicos cirios amarillos que se venden alrededor del templo de Santa Mónica donde se encuentra la imagen original. Dos o tres veces a la semana yo solía hacer lo mismo (para lo cual tenía que ir a comprárselos a los ambulantes de la 5 de Mayo y 18 Poniente). La capilla es un compendio de las devociones más acendradas de la actualidad. Atrás y a los costados del Jefe de Jefes de la milagrería poblana, se pueden apreciar cuadros y esculturas de San Charbel, San Judas, la Guadalupana, la Virgen de Juquila, el luminoso Jesús de la Misericordia. Desde el muro contrario, los acompaña San Martín de Porras que fue un santo muy socorrido durante las décadas 60 y 70 del siglo pasado. Quizá él ya estaba ahí cuando yo acudía al novenario de las familiares de don Juan Durante. ¿Cuántos en esta ciudad conservarán memoria de aquel brutal accidente? ¿Cuántos se acordarán de don Trino y de su enorme taxi negro y amarillo? Si sorteo la pandemia y la nueva normalidad, espero regresar a prender un cirio a los difuntos de esas lejanas fechas, y a los que resulten de esta época cruenta que nos tiene, igual que al mártir romano, pero por motivos diferentes, bajo un aluvión de flechas.