Voces en los días del coronavirus

Voces en los días del coronavirus

Mundo Nuestro. Vivimos tiempos que marcarán la historia del mundo. COVID-19, le dicen los enterados. Coronavirus, para el vulgo. En esta mudanza estamos en el arranque de la primavera del 2020. De ahí recogemos estas voces.

Voces en los días del coronavirus

Susana Tiburcio, activista



¡Por andar en las nubes!

Cómo dice la canción, me caí de la nube en que andaba, y mi despertar fue una cola de cuarenta minutos en el Boulevard Atlixcáyotl. Primero pensé que era un accidente muy fuerte, porque no se veía el inicio de esa cola, y después me di cuenta que era un retén, pero no era un retén para ver si te faltaba verificación, para que soplaras para ver si habías tomado, para ver si llevabas armas, o si tu coche no era robado como acostumbran, no, ¡era un retén para llevarse en grúa a los coches cuya terminación era número par! Hasta ese momento caí en cuenta que era sábado, los sábados no circulan pares, ¡y la placa de mi coche terminaba en 8!

Eso sí puedo decir que muy educados tanto los policías como los de las grúas, después de esperar otros veinte minutos más a que me entregaran comprobantes para que recogiera mi coche en el corralón. un comprobante era de Tránsito y el otro de las grúas Guerrero, pero ¡oh sorpresa!, para poder recoger el coche en el corralón tenías que venir a seguridad pública a la dirección de vialidad estatal para la “liberación” del automóvil, porque eso sí dicen que no hay multa pero te quitan el coche y se lo llevan al corralón y ahí empieza el calvario.

En primer lugar, como era sábado ya era tarde no se podía hacer los trámites de liberación del automóvil, el domingo estaba cerrado, así que sería hasta el lunes cuando podría recuperar mi coche. Aparte de todo tienes que leer muy bien las especificaciones de atrás porque te quitan el coche con toda facilidad pero para que te lo devuelvan tienes que presentar la factura con copia , comprobante domiciliario, identificación oficial con copia y tarjetón con copia o sea la burocracia al cien. Es decir el comprobante e identificación oficial no eran suficientes.



Aparte de todo, me cuestiono si es verdaderamente necesaria esta medida para evitar contagios, ¿por qué el gobernador no se sube a una combi para que vea cómo van?

En las combis, aunque traigan un cubrebocas, puede haber contagio. Me ha tocado ver algunas en la que van como sardinas. Deberían multar a los choferes que suben de más sin dejar lugares de espacio, y deveras crear consciencia en los ciudadanos de no apiñonarse.

¿Por qué parar a una persona que va sola en su coche que no contagia a nadie? En ciudad de México se estableció el no circula para disminuir la contaminación, ¿pero en Puebla?



¿Para prevenir contagios?

El lunes en la 105 Poniente había ya temprano una enorme cola; cuando me di cuenta de que no tenía la factura del coche tuve que ir por ella a mi casa, y cuando regresé a las 10:30 la cola era más grande todavía.

Finalmente se me ocurrió algo que debí haber hecho desde el principio: saqué toda mi parte histriónica, me acerqué al de la entrada y le dije: ¿por qué a mí, que soy de la tercera edad, me están exponiendo?

Peló los ojos, volteó a ver a un compañero y me dejó pasar juntos con otros varios que levantaron la mano y también se dijeron de la tercera edad.

En el inventario que me dieron los de la grúa, venían tres teléfonos, dos de ellos de Nextel compañía que no funciona desde hace años, ninguno contestaba, así que después de preguntar a varios oficiales me enteré de que estaba a un lado del Periférico cerca del Cerezo.

Mi sobrino, con paciencia de Job, me había acompañado en estas vicisitudes, y me llevó. Qué alegría cuando desde el mismo periférico avisté a mi carrito estacionado entre un montón de coches; llegar al corralón no fue nada fácil, puesto que el acceso tenía que ser dos kilómetros adelante en un puente, cruzar hacia el otro lado como si fueras al Cereso y regresar, pasar debajo de otro puente para cruzar otra vez el periférico, seguir por un camino de terracería y, después de preguntar varias veces porque no había ningún letrero, por fin llegamos. Resulta que las grúas ya no eran las Guerrero que aparecían en el membrete del recibo, sino grúas Chanto. Pagué los $1081 pesos y pude pasar a recoger mi querido carrito. ¿De quien será el negocio?

Desde que salí de mi casa en la mañana hasta que regresé pasaron seis horas.

Dicen que es de humanos errar y de sabios reconocer, ¿será nuestro gobernador tan sabio para derogar una ley que no tiene sentido?

Me senté en la sala, me tomé una sangría y pensé en la pandemia, en la forma en que se ha manejado en todo el mundo, me acordé del Hong Kong flu, en el 69, fue una epidemia que llegó también de China a los Estados Unidos. En total fallecieron cien mil personas en ese país y un millón en todo el mundo. Al igual que el virus de Wuhan, era altamente infeccioso y afectó principalmente a los mayores de 65 años con condiciones preexistentes. La población de USA en 1969 era de 200 millones comparada con 328 millones hoy día. Haciendo el ajuste tendrían que fallecer 164,000 personas en esta pandemia para alcanzar al Hong Kong, ningún negocio cerró, los colegios siguieron abiertos, así como los cines y los restaurantes. El famoso concierto de Woodstock de agosto de 1969 se llevó a cabo. Los mercados financieros no colapsaron. El congreso no aprobó ayudas de emergencia y el banco de la reserva federal no tomó ninguna medida. Ningún gobernador obligó al distanciamiento social aun cuando cientos de miles de personas fueron hospitalizadas. Los medios de comunicación cubrieron la pandemia pero no la magnificaron ni fomentaron la histeria actual.

Pienso en nuestro gobierno, en la pobreza estrujante de tantos mexicanos, en aquellos que no están teniendo qué comer porque se quedaron sin trabajo… Pienso en la ignorancia, en la impotencia, pero me acuerdo de que ahora el mindfullness te recomienda estar en el aquí y en el ahora, yo estoy protegida, feliz con mi carrito, sorbiendo mi sangría y solo un poco más pobre tras los 1,081 pesitos que se metieron los de las grúas.

Voces en los días del coronavirus

Ángeles Mastretta, escritora

(Este texto fue publicado originalmente en la revista Nexos de mayo de 2020)



Estoy sentada frente a mi escritorio, mirando los árboles tras la ventana. Oigo a los pájaros, de fiesta. Recuerdo que los vi en la mañana, mojándose en los charcos de agua bajo las macetas. Uno se revolvía feliz. Primero las alas, luego las patas, y la cabeza. Al final, todo él. Daba envidia. Se sacudió antes de salir volando a cortejar a una pájara. Y organizó una boruca con la que acompañar nuestro desayuno. ¿Qué saben ellos lo que hacen con nuestro ánimo?
Hay lugares para toda la vida. Aunque ya no nos quede tanta vida. Mesa para nueve, ahora de dos que no hemos dejado de hablar durante días. Durante siglos.
Llevamos aquí varias semanas sin salir, cobijados por el hechizo que nos nombró viejos. A nosotros, que vivíamos como si los setenta fueran sólo el umbral, del umbral, de la vejez.
Oigo a los Beatles. De ahí lo de “hay lugares”. There are places. Del In my life de John Lennon y Paul McCartney. A decir de algunos, sólo de Lennon. Y a decir de otros, incluidos Paul y los créditos en los discos, de los dos. Lennon declaró un día que a él se le ocurrió esa canción cuando un periodista le preguntó por qué no escribía de su infancia. Y Paul ha contado varias veces cómo la fueron componiendo. Dicen quienes dicen que eso no lo sabremos nunca, aunque viva McCartney.
Confieso que esta omnisciencia acabo de conocerla. No voy a presumir con que los Beatles son a mí como Jane Austen. No me sé sus vidas y milagros. Por más que acompañé a una directora de cine, a llorar, con toda devoción, en la esquina en donde un loco mató a Lennon y a buena parte de las esperanzas de una generación. Vinimos a descubrir que existía el mal del porque sí.
En las noches bailo. Una hora subo y bajo los escalones, camino de un lado a otro, muevo los brazos, los pies, las piernas, la cintura, los dedos de las manos. Y canto, para probar que aún puedo lidiar con el aire de mis pulmones y la herrumbre de mi garganta. Apenas hace unos días me encontré con This is The Beatles en el Spotify. Prueba de que nos espían: saben mi edad. Aunque los Beatles son para todas las edades. Puesta en el orden de ese disco, su música es ideal para bailarla a estos años: porque es movida, pero da treguas. Como el concierto de Serrat y Sabina, que ya de tan bailado, le abrió un surco a mi tapete.
Uno de mis hermanos pregunta, por el chat, quién se quedó con el cuadro de un pastor que estaba en el vestíbulo de abajo en nuestra morada de la 15 sur 1310. Y yo recuerdo ese lugar al pie de la escalera, breve y recurrido como la vida de la casa. Por ahí dejábamos las mochilas al llegar del colegio. Un tiempo ahí estaba el mueble con el tocadiscos, que también era radio, y había un biombo de tela, que alguno iba tirando a cada tanto. Hasta ahí llegaba el último peldaño de la escalera. Sentada en él, escuché por primera vez a María Victoria cantando eres como una espinita, que se me ha clavado en el corazón. Lupe, con su cabeza de rizos apretados y sus ojos húmedos, la oía junto conmigo. O yo junto a ella, porque había sido ella la que llamó a la estación de radio para pedir: “¿me pude complacer con una melodía?” Les juro a los jóvenes que con tan bonito modo se trataba entonces a un locutor de radio. Claro, todo esto sucedía cuando mi mamá no estaba en la casa. Eso de pedirle canciones al radio no era lo suyo. Pero sí de Lupe y Margarita. Cada una la de cada cual. Margarita lloraba con diciembre me gustó pa’ que te vayas. “Amarga Navidad” era su canción aunque fuera marzo. Hay lugares.
La 15 sur era una calle sin árboles, sólo tocada por la gracia de sus habitantes. Todos nos conocíamos a todos. Y siempre había alguien a quien encontrarse. Había tal cosa como el vecindario. Y en la esquina de nuestra casa una miscelánea llamada “La estrella”, que atendía un huraño señor de nombre don Silviano, al que todos recordamos con cariño. Íbamos ahí como quien va a la despensa. “¿Me da tres chocolatitos de a cinco?”
Espacios memorables, como destellos.
Mi primer mar fue el de Acapulco. Lo veíamos desde una casa en la punta de un cerro. Allá siguen la casa y el cerro. Mi primer mar sólo está en dónde yo.
El primer mar de mis hijos fue el Caribe. Y desde entonces es mi mar primero.
Voy corriendo por un sembradío de jitomates. Ando entre los surcos. Levanto dos y me pongo uno en cada mejilla. Mi abuelo se para delante con una cámara. Y ahí se queda ese lugar. Lo tengo entre las fotos de mi estudio.
Vemos Venecia por primera vez. El antiguo aeropuerto daba a uno de los canales. Había un muelle y un horizonte estrecho. Nos cercaron todos los siglos de esa ciudad. “¡Qué prodigio!”, dije apretando la mano de mi hermana.
Estamos sentados alrededor de una mesa pequeña en un cuarto pequeño que da a una ventana mirando a una jaula con dos periquitos australianos. Ni se nos ocurre que sean desdichados. Los cinco niños y sus papás comen sopa de letras. Eso y la paz, son íntimos amigos.
El salón de clases en tercero de primaria tiene un balcón que mira a un parque desvencijado. A las cuatro de la tarde hay clase de costura y se escucha un aire tibio. Yo tengo que bordar un mantel de punto de cruz. La reunión es en silencio. “¿Alguien quiere contar un cuento?”, pregunta la seño Belén. “Yo”, digo yo.
Hay lugares: algunos han cambiado para siempre. El colegio estaba en lo que había sido una fábrica. Lo demolieron hace como veinte años. Yo no he vuelto a pasar por enfrente.
El dos de febrero empezaban las clases, tras más de mes y medio de vacaciones. Íbamos a la papelería en donde mi tío Abelardo iba surtiendo las listas. Sobre la tabla lisa, pulida por el tiempo y las manos de los clientes, él iba poniendo los lápices, los cuadernos, los libros, las pinturas de colores, los sacapuntas. Entonces el aroma del papel llegó hasta mi cara como un alboroto. La tienda estaba en el atrio de la iglesia de Santo Domingo. Un día hubo que quitarla. Pero nadie le arranca a mi memoria el santo olor de esa papelería.
En la esquina de Reforma que mira a la fuente de la Diana, el febrero de 1978 tuve una conversación de cinco frases que continúa hasta mis nietos. El temblor del 85 tiró el edificio que estaba entonces a nuestras espaldas. La esquina tiene ahora un ahuehuete de apenas veinte años. La fuente esta hoy mejor cuidada que entonces.
Hay lugares que cambian para bien, pero sólo por fuera, la esquina de entonces, sigue siendo la mía.
En 1988, la puerta de mi casa era blanca, como la de ahora, la fachada la misma. Salíamos rumbo al colegio que estaba a tres minutos caminando, con suerte, dos minutos antes de las ocho. Y corríamos. Un hijo en una mano y una hija en la otra. Llegábamos a tiempo. Y yo volvía a mi casa a recoger al perro para irnos a Chapultepec. La puerta de mi casa de entonces es la misma, pero los niños le cambiaban la cara. Hay lugares idénticos que ya no son iguales.
En la casa de mi madre sigue habiendo una escalera de caracol que da un barandal con macetas. A veces, al entrar, siento que la veré bajando. Hay lugares que recuerdo, como plegarias.
En el jardín comemos, los domingos, entre doce y diez contando a los niños. En estos días el sauce ha dejado que le salgan unas hojas tiernas y afiladas. Bajo sus ramas se hace una sombra tenue. Y todos los años, por estos días, pasamos ahí la tarde y hasta horas después de que oscurece. A cada rato nos dan las diez y seguimos hablando como pájaros. No ahora. Estas noches ahí sólo hay silencio, pero el árbol está esperando, impávido.
Hay lugares que voy a recordar toda la vida. Bien amados los que nombré y los que no.
Al jardín hemos de volver pronto, vivos como cualquier domingo. Porque sobre todo lo que hemos de recordar, nada tendrá significado sin ella, la más querida: la vida toda, con todos.



Voces en los días del coronavirus

Josefina Moyrón Contreras, poeta



INSTINTO



Camino en la oscuridad

para alcanzar los bordes de la transparencia.

Estiro los brazos

para no tropezar con las sombras.

No necesito los ojos:

me queda el olvido.

La confusión es mi lazarillo;

hay en mi memoria un rumor de ciegos.

MIENTRAS

Puede ser en la mañana,

cuando los pájaros

se aferran al día,

desde una rama de su canto.

O en la tarde,

mientras la memoria

cicatriza a nuestra sombra.

O en la noche,

cuando la oscuridad cierra sus puertas.

En cualquier instante

abandonamos a su sitio lo que vemos.

(Foto de portadilla: Colibrí Ermitaño Enano Foto de Miguel Ángel Sicilia Manzo. Banco de imágenes de la CONABIO.)

Voces en los días del coronavirus

Verónica González Laporte, escritora

En el origen, estaba el virus. Un RNA de nada, invisible, que se desbarata con iridiscentes burbujas de jabón. Chino para colmo, con todo lo que el concepto podría tener de despectivo, de mala copia. Que si vino del pangolín, del murciélago o de un laboratorio, que si es un invento del neoliberalismo o una silenciosa tercera guerra mundial sin necesidad de disparar un solo misil. ¿Una maquiavélica manipulación para que China se apodere ahora sí, de la economía del mundo entero? ¿Una manera de evitar las reelecciones de mandatarios habladores, o de soñar por un momento que fallecieron porque no se les ve por ningún lado? Teorías hay muchas, especialistas abundan, aunque por el momento ignoremos mucho más de lo que sabemos.



También podría uno hacer un manual completo de las emociones que el Covid19 suscita en el hombre moderno, el de la generación “I”, Yo, yo-soy-yo y mi Ipad, yo-soy-soy y mi IPhone, y mis redes sociales... Basta con abrir los Memes del día, como entramos a la App de The Weather Channel para saber si ya salió el sol, y ver a qué tipo de espécimen nos habremos de enfrentar, si el homo sapiens pijamus o el homo sapiens depresus. Unos lavan fresas y plátanos con cloro, otros se gargarizan con alcohol. Los más entusiastas se reinventan, aprenden nuevos idiomas, leen las novelas que se habían acumulado en un rincón, cocinan para sus hijos. Mientras, las cifras se disparan: se incrementan la violencia doméstica, los suicidios, las violaciones y los despidos. Se cuentan los muertos y las urnas, cuyo exagerado número a veces no corresponde al de los registros oficiales. Los sicoanalistas del mundo entero están trabajando horas extra, ni se diga el personal médico, verdaderos héroes de esta pandemia. ¿En qué momento el 2020 se transformó en una mala película de ficción? Se preguntan algunos. ¿Hasta cuándo? Nos preguntamos todos. Un humilde RNA nos tiene encerrados, frustrados. Y por fin algo conscientes de nuestra fragilidad, de nuestra oportunidad de considerarnos tan solo como una especie más. Vemos maravillados como vuelven los delfines a Venecia, los tiburones a las costas de Cancún, los jabalíes a París, los osos a Monterrey. Pero eso no nos quita ni lo encerrados, ni lo frustrados.

Foto de Verónca González Laporte.



Corea, el cantón que me tocó para mi propio confinamiento, ha sido desde hace semanas un ejemplo a seguir. El primer caso se dio el 8 de enero, apenas nos reponíamos de las celebraciones del Año Nuevo cuando el extraño virus con nombre de cerveza apareció en el horizonte. Dicen los coreanos que su país es un camarón entre dos ballenas: Japón y China. Camarón que se duerme… se lo lleva la corriente. Por lo tanto, nadie se tomó más en serio eso del remojo de las barbas de su vecino. De inmediato, se establecieron protocolos. Aun así, en pocas semanas, Corea tenía el número de infectados más alto del mundo después de China, alcanzó su pico de diez mil a principios de abril. La propagación de la enfermedad se dio gracias a los miembros de una secta, la Iglesia Shincheonji de Jesús, el Templo del Tabernáculo de la Iglesia Testimonio, en la ciudad de Daegu. Debido a una multitudinaria reunión organizada por los miembros de la secta, las cifras brincaron de trescientos casos a siete mil en unos días. El presidente Moon Jae-in y su gobierno impusieron las medidas a seguir para contener la pandemia. Además de las sanitarias ya conocidas por todos, echaron a andar el primer sistema en el mundo de drive through, para hacer pruebas a una persona con síntomas desde su automóvil, sin exponer al personal médico. Le apostaron a la legendaria disciplina de su pueblo, que acata estrictamente las directivas, y a la transparencia. Por medio de una App (otra) se sabe quién está en cuarentena, quién salió, a donde fue y a quién vio (un serio problema para el director de una compañía a quién le preguntaron qué hacía un martes con su secretaria en un hotel a las cuatro de la tarde). Una alarma suena en todos los celulares para anunciar quien se enfermó y en donde exactamente (para eso está la versión coreana del Google Map), e invitando a quienes hayan cruzado camino con esa persona a hacerse un test. Es gratuito para nacionales y extranjeros, lo mismo que cualquier cuidado relacionado con el Covid19, sea mínimo o intensivo. Esas medidas de estricto seguimiento impidieron el confinamiento total y la parálisis económica del país. Cerraron las escuelas y universidades, se cancelaron los partidos y los conciertos, las fiestas y las misas, se clausuraron las oficinas y fábricas donde se presentaron contagios, mas permanecieron abiertos los almacenes y los restaurantes. Se aconsejó a la población a mantenerse en casa lo más posible y con eso fue suficiente. No fue necesario usar fuerza policíaca o militar, imponer toque de queda, disparar al vacío o recurrir a miles de permisos impresos para apuntar la hora de salida para hacer el súper.



Foto de Verónca González Laporte.

Es curioso como la pandemia ha sacado a relucir los miedos de cada país, sus fortalezas y sus debilidades, sus artríticos procesos burocráticos o sus atavismos dictatoriales. Los coreanos obedecieron. No fue necesario imponer una sana distancia, aquí nadie se toca al saludarse, tal vez por conocimiento milenario: aprendieron hace siglos a lidiar con plagas y pestes, con el MERS y el SARS en años pasados. Es más, ayer en un parque, en un laberinto de coníferas, hallé dos letreros que decían “do not Kiss”, y por su maltrecho estado todo indica que eran del periodo precovid. Como esta sociedad confucianista carece de sentido del humor, o en los dos años que llevo de vivir aquí yo no he podido hallarlo, hay que tomar el letrero como lo que es: una rotunda prohibición (y no un “bésame aquí”). Eliminado pues el penoso asunto de los besuqueos y los abrazos, mascarillas y gel antibacterial pasaron a formar parte del atuendo cotidiano.

Foto de Verónca González Laporte.

Diez mil novecientos enfermos, nueve mil recuperados, doscientos cincuenta y seis muertos en un periodo de cuatro meses. Una cifra envidiada por el resto del planeta. ¿Qué remedios milagrosos se usaron en Corea para conseguirlo? Disciplina y transparencia, insisto. El pasado 6 de mayo, el presidente Moon Jae-in declaró el regreso a una nueva normalidad y el fin de lo que aquí llamaron “social distancing”. Como fieras enjauladas nos asomamos al abismo de lo que antes era nuestra libertad y no lo sabíamos: ir a tomar un café con los amigos, al cine o al fútbol. Estábamos listos para salir de nuevo, al menos eso creíamos. Los primeros días en que se relajaron las medidas, mi familia y yo fuimos a la playa. Los bebés caminaban en pañales con sus mascarillas puestas, la gente permanecía alejada, como si cada uno fuera un contaminador potencial. Sentimos miedo. Miedo de tocar las puertas, de no encontrar jabón en el baño para lavarnos las manos, de saludar, de pagar con billetes, de tocarnos la cara o frotarnos los ojos, de quitarnos la mascarilla. En nuestro encierro, el mundo se había encogido. Ahora sí era del tamaño de un pañuelo, y para colmo de males, alguien se había sonado en él. Sin confesárnoslo, los niños, mi esposo y yo fuimos acortando el paseo con diversos pretextos. No nos sentimos bien hasta que no volvimos todos a casa, nos pusimos de nuevo las pijamas y cada quien se abrazó a su pantalla: una a la clase de yoga en YouTube, otra a la zoom party con sus amigos, el tercero al juego Roblox del PC.

Foto de Verónca González Laporte.

Trémulos de emoción, los padres estábamos esperando la fecha del regreso a clases. Mis hijos no se paran en la escuela desde febrero. Muchos universitarios salieron de vacaciones en navidad para ya no volver a las aulas. Al cabo de varias semanas sin ningún caso nuevo de contaminación en todo el territorio, veíamos por fin la luz al final del túnel.

Foto de Verónca González Laporte.

Y era otro tren dispuesto a embestirnos… No solo el regreso a clases quedó comprometido, sino que además la famosa y terrible segunda ola que todos esperamos para el otoño parece querer adelantarse. Se yergue sobre nuestras cabezas un fantasma capaz de aplacarnos a todos y de encerrarnos de nuevo. Vuelven, como en los peores momentos de febrero y marzo, a sonar todas las alarmas al mismo tiempo en los celulares. Si usted estuvo en tal calle, favor de acudir a hacerse una prueba. Todo por un solo caso: un joven de veintinueve años de apariencia sana, que acudió a cinco bares en Itaewon, el barrio nocturno más prendido de Seúl. Por primera vez en meses, abrieron sus puertas todos los clubes de la ciudad. La desbandaba provocó más de un borrachazo y algunas riñas callejeras. Se estima que el joven, que cayó enfermo dos días después de su noche de fiesta, y su círculo más inmediato estuvieron en contacto con unas cinco mil quinientas personas. Hoy en la mañana ya se cuentan 86 nuevos infectados. El KCDC, Centro de control y prevención coreano para enfermedades, está procurando rastrear a quienes pudieron interactuar con el noctámbulo en cuestión. Pero aquí entra en juego otro factor: así como en los primeros días de la infección mintieron los miembros de la secta que originó el mayor número de contagios para no ser perseguidos socialmente, hoy varios miles buscan escapar del control sanitario impuesto por las autoridades. Porque algunos de los bares a los que asistió el joven son gay y la homosexualidad es un profundo tabú. Me lo dijo una vez un padre de familia convencido: “en este país no hay de eso”. Quienes se encontraban en el King Club, entre las 12 y las 3.30 a.m. y en el Club Queen entre las 3.30 y las 3.50 a.m., no solo tendrían que confesar que estuvieron en Itaewon, sino asumir su preferencia sexual ante sus familias y la sociedad.

Cuando el gobierno coreano tenía trazado un plan de estrategias para iniciar una nueva normalidad poscovid, ahora se debe de enfocar en controlar este nuevo brote. Según las estimaciones, un treinta por ciento de los casos son asintomáticos por lo que estos jóvenes podrían esparcir el virus sin siquiera darse cuenta. ¿Es acaso el encierro la única solución posible? ¿Y la economía? Si no hay trabajo, ni ingresos, ¿qué vendrá después?

Todos buscamos respuestas y el reto que nos espera no es menor. Cuidado con la luz al final del túnel.

Foto de Verónca González Laporte.

Besar sin miedo

Vida y milagros

¿Quién se iba a imaginar hace unas semanas que besar a quienes queremos sería asunto de pensarlo dos veces? Nada más espontaneo que abrazar y besar a aquellos a quienes nos unen lazos de afecto y amor. Qué fácil es besar a los hijos, los hermanos, a las largas amistades, y en especial, a los niños que estamos viendo crecer.



¿Cuánto falta de esta larga distancia impuesta por los protocolos del miedo? ¿Cuánto para que dejen de importarnos o de ser necesarios? Pensamos que la imposibilidad de tocar y besar a quienes están a unos cuantos metros de nosotros sería cuestión de unos días, quizás de un mes. La última vez que mis nietos pasaron con nosotros un largo fin de semana, el rumor del virus y la facilidad de su contagio apenas se asomaba en nuestras vidas. Se habló de la necesidad de guardar las distancias por un tiempo, y como desde hace mucho todo se ha vuelto rápido, pensamos que estas precauciones y aislamiento lo sería también. Una tarde de hace dos meses regresé de una larga caminata por el campo llevando a un niño en cada mano, sintiendo su sudor infantil como algo entrañable. Una semana después todo había cambiado, y hoy, dos meses después, no sabemos qué esperar, ni tenemos idea de cuán larga será la salida de este laberinto. Nos hemos cansado de no saber. Hay ratos en que todo este trance parece una exageración, otros parece que actuamos como unos irresponsables y los más, pareciera que estamos inmersos en un viaje de opio de un mundo al revés.

Lo hartante y lo cansado no son los protocolos, sino la incertidumbre de no saber cómo y cuándo terminarán, el ignorar no solo el cómo podemos, sino cómo queremos y debemos vivir en los meses por venir. El cuándo saber que podemos besar sin miedo. El mundo nunca ha sido un puñado de certezas, pero nos engañamos tanto tiempo en que podía serlo, que hoy no sabemos vivir con su incertidumbre.

Después de ocho semanas vinieron de visita mis nietos de seis años. Ya nos habíamos visto antes y usamos como límite de acercamiento un largo tronco de bambú. Me ven con sus ojos inocentes y se ocupan de no romper las distancias. Por primera vez los niños son quienes cuidan de los peligros del mundo a los mayores. Y resulta que el peligro pudiera venir de ellos. Los miro jugar con la conciencia de que lo que sea que los mayores vayamos a vivir ya es poco, mientras ellos tienen el mundo y los virus y sus rarezas por delante. Por la tarde los vi jugar en un jagüey que se llenó de agua de lluvia en estos días. Al final acabaron chapoteando entre el barro y el agua, mientras el aire tibio y el sol brillante de las cinco de la tarde nos regalaron la tregua de un día de apariencia normal. Se fue el sol y empezamos a recorrer la distancia que nos separaban de la casa. No podíamos darnos la mano como siempre, hasta que lo resolví dándole a cada uno un palito del que veníamos agarrados como una extensión de nuestras manos. Mientras los oía conversar y contestaba un sin fin de preguntas sobre las hormigas, los zorrillos, los cactus y sus vidas misteriosas, traté de imaginar el mundo en el que ellos vivirán, sus grandes desafíos. Recordé de pronto al poema de Jalil Gibran, Los hijos: Tus hijos- y los hijos de tus hijos- no son tus hijos. Puedes abrigar sus cuerpos, pero no sus almas, porque ellas viven en la casa del mañana que no puedes visitar ni siquiera en sueños.



Es cierto, pensé, pero entre su largo futuro y el corto que aún nos queda, existe un pequeño presente ¿Qué hacer con ese tiempo inmediato, con este pequeñísimo futuro que aún tenemos, para fortuna, juntos? Besar sin miedo. Eso será un gran triunfo.

(Ilustración de portadilla: David Guzmán, portal el colombiano)



ilustración david guzmán

Voces en los días del coronavirus

Sergio Mastretta, reportero

La imagen nos desnuda. Ahí estamos cualquiera de los 7,500 millones de habitantes de este desventurado planeta. Su desventura es la nuestra. El mal es sistémico, dicen los enterados. Por dentro y por fuera, el mal está hecho. Pero en la imagen se observa el encierro del cuerpo bajo ataque. La historia la cuentan los científicos, y la extraen de las autopsias, de la vida de los otros que la han perdido. Su tiempo finalmente desatado. 247,431 muertos a estas alturas de la noche del domingo 3 de mayo, para los cueteros, el día de la Santa Cruz.



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Tengo 43 años saliendo a la calle a buscar la noticia, como decimos en el medio periodístico. He aprendido a escribir escuchando las historias de los otros. Siempre en mi entorno inmediato. A veces más lejos. Mi historia personal ha sido la de salir a buscar la vida de los otros. Ahora estoy atado en casa. Enfrascado a ratos en conversaciones que se estrellan contra la pared. Para no ir más lejos, hoy domingo 3 de mayo, en una jornada de cuetes dispersos y lejanos en el de siempre concurrido tronadero por la Santa Cruz de los alarifes, cerradas como están la mayoría de las obras en construcción, discuto con mi hermano Carlos si es sabia o no la decisión de convertir en hospital COVID-19 el autódromo Hermanos Rodríguez, en la Magdalena Michuca de la Ciudad de México. Sus frases son contundentes, y no fáciles de contradecir.

“Ya no hay que hacerle caso a Gatell. Pase lo que pase el problema será mucho menor a lo pronosticado… Ya no pasó lo que dijeron… Es hora de aceptar la realidad… Y evitar un mayor colapso económico. Ya se le pasó la mano, Con tal de no llenar sus hospitales quiere quebrar a la nación.”



La voz atada: no sé qué es lo que esté ocurriendo en los hospitales poblanos. No sé si el sentido común de mi hermano es certero aquí. Las imágenes que me llegan son dispersas: un joven ingeniero que reparte mascarillas elaboradas en la Ibero Puebla me dice que no ve mucho movimiento en los hospitales regionales a los que ha ido a entregar los artefactos; aquí junto, en San José Mayorazgo, los vecinos se ejercitan en el circuito peatonal de Los Arcos sin mascarillas y como si de cualquier domingo se tratara; un buen amigo en Chietla me dice que los muertos conocidos por coronavirus en el rumbo azucarero son los que han llegado en cenizas desde sitios como Nueva York; mi vecina Lenis, sin embargo, me dice angustiada que médicos amigos suyos le refieren que ya no cabe nadie en los hospitales de la ciudad; el Hospital Ángeles en Puebla informa esta mañana que por favor ni se les ocurra ir por ahí enfermos de coronavirus porque ya no disponen de una sola cama.

Son voces particulares, atadas también a sus ámbitos mínimos. Yo las escucho. Sé que difícilmente me ofrecerán una versión cristalina de lo que ocurre afuera, más allá de este encierro.



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La voz, que escucho en una grabación que me llega por redes sociales, es de una entrevista que hace Loret de Mola a una nefróloga de un hospital en la ciudad de México, y dice: “Estoy helado”. Es el periodista tras escuchar lo denunciado por la doctora. De lo que dice ella extraigo algo que me confirma un interrogante de fondo: ¿son o no útiles los respiradores para salvar la vida de los enfermos por COVID-19?: “88 por ciento de los entubados en Nueva York ha muerto.” Nueve de cada diez, medito yo. El periodista deja pasar esa cifra y se explaya en su cuestionamiento al gobierno de López Obrador. “Mentiras flagrantes”, le escucho decir. Yo pienso que la suya también es una voz atada y bien dice, helada. Y más: una voz que ha dejado de escuchar a su entrevistada. Soy reportero y sé que la pregunta importante, frente al testimonio desgarrador, tiene que ver con los ventiladores. ¿Funcionan en ese hospital? La gente que llega grave está encontrando la salvación con el uso de ese instrumento? No lo sabremos por la nefróloga, pues el reportero se ha decidido por el rumbo de calificar al gobierno. Por el aire se perdió el tema que preocupa a todos los médicos: ¿cómo enfrentar al COVID-19? Una parte fundamental del problema está en la versatilidad del bicho que se ha llevado ya la vida de un cuarto de millón de seres humanos; la gente no está muriendo nada más de neumonía, también de los infartos, el estallido de los riñones, la explosión vascular en el cerebro, o severos problemas intestinales. Casi nueve de cada diez pacientes que en terapia intensiva son entubados, como se dice, para oxigenación, han muerto. ¿Eso está ocurriendo en el hospital de la nefróloga que entrevista Loret.

Mi voz atada, sin respuesta, aquí en el encierro.

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Acudo ahora a las cifras del propio gobierno en un informe del 27 de abril. Las encuentro en una nota de e-consulta:

“Un 69.9 por ciento de los pacientes intubados por Covid-19 en hospitales poblanos han perdido la vida, de acuerdo con estimados del gobierno federal. Las cifras alcanzadas por Puebla son mayores a la media nacional que ronda el 50.62 por ciento y supera a entidades con alta incidencia como la Ciudad de México, el Estado de México y Baja California Norte. Estas estadísticas se desprenden de la base de Datos Abiertos sobre Covid-19 que genera la Dirección General de Epidemiología (DGE) de la Secretaría de Salud federal y cuya última actualización fue este 27 de abril.

En la plataforma se detalla que en Puebla se documentaron 2 mil 55 casos relacionados con los síntomas de Covid-19 y sólo en 551 casos se tuvo un resultado positivo de laboratorio. De entre los pacientes con resultados confirmados, 33 requirieron ser intubados y de ese grupo, 23 fallecieron. En el listado de intubados fallecidos, 15 fueron pacientes adultos mayores entre los 60 y los 90 años. Mientras que en los otros ocho casos destacan dos personas jóvenes de 29 y 34 años, seguidos de otros seis casos de 47, 49, 51, 55 y 58 años.

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¿Qué pensar de esto? Nuestras cifras son mejores que las de Estados Unidos y China. Eso lo confirmo en un reportaje en nymag (“We Still Don’t Know How the Coronavirus Is Killing Us”, escrito por David Wallace-Wells confirmo los números aportados por la nefróloga entrevistada por Loret. Y más, los severos cuestionamientos que los médicos en el mundo están haciendo respecto de los métodos utilizados para enfrentar la enfermedad:

“La confusión más desconcertante –afirma el reporteo norteamericano Vallace-Wells-- ha surgido en torno a la relación de la enfermedad con la respiración, la función pulmonar y los niveles de oxigenación en la sangre, por lo general, para una enfermedad respiratoria, una relación bastante predecible. Pero durante semanas, los médicos de primera línea han estado expresando su confusión porque muchos pacientes con coronavirus estaban registrando niveles letalmente bajos de oxigenación de la sangre, mientras aún se veían, desde cualquier medida corriente, bastante bien. Es una de las razones por las que han comenzado a repensar el enfoque clínico inicial en los ventiladores, que generalmente se recomiendan cuando la oxigenación de los pacientes cae por debajo de un cierto nivel, pero que después de algunas semanas, mostraron beneficios poco claros para los pacientes con COVID-19, y que pudieron haberlo hecho mejor, y los médicos han comenzado a sugerir otras formas o diferentes mecanismos de soporte de oxígeno. Durante un tiempo, los ventiladores fueron vistos como la herramienta esencial para tratar el coronavirus que amenaza la vida, y su escasez (y la falta de voluntad del presidente para invocar la Ley de Producción de Defensa para fabricarlos rápidamente) se convirtió en un escándalo. Pero las mediciones muestran que el 88 por ciento de los pacientes de Nueva York en los que se utilizaron ventiladores, murieron. En China, la cifra fue del 86 por ciento.”

Por la mañana le di clic a un video que me envió un amigo fotógrafo. En él vemos a punto de muerte a un hombre enfermo, con la respiración a saltos, agarrado al aire del mundo por un artefacto que tiene insertado en la boca. Supongo que es un ventilador. Pero no sé más. El video no se presenta a sí mismo, puede ser cualquier hombre en cualquier hospital del mundo. Puede estar a punto de morir por Covid-19 o por neumonía, o por cualquier otro percance que obligue a sus médicos a alargarle la vida con ese brutal aparato de oxigenación, una espada plástica que le ha invadido la tráquea para decirle ¡respira!, ¡vive!

Y aquí estoy, con mi voz atada y con mil preguntas para las doctoras que ahora mismo se juegan la vida en el hospital regional de Cholula.

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En mis 45 años de reportero nunca he estado atado a un sitio. M doy un momento para mirar en flashazos todos esos años.

Estuve en las huelgas obreras en los ochenta, en especial aquellas de Volkswagen y sus asambleas que terminaban a balazos. Fui testigo del fraude electoral en la ciudad de Puebla en 1983, espectacular, ejemplo impecable de cómo se las gastaba el viejo PRI. Sufrí el sismo, y por igual la crisis económica que dejó lastrado al país en 1982, y de ahí surgieron los reportajes testimoniales que escribimos Emma Yanes y yo sobre las rutas de la sobrevivencia en México (Con el sudor de tu crisis, BUAP, 1989). El 21 de diciembre de 1989 vi morir de un balazo que le atravesó la cabeza al profesor Cuéllar Muñoz en una tarde vil del pleito entre los universitarios poblanos que se disputaban en control de la Benemérita, rumbo ya de la recuperación por el gobierno de Puebla del control de la universidad pública. Puedo traer de esos años de la prehistoria de la lucha ambiental en Puebla la depredación de los arroyos y los ríos en el entorno de san Martín Texmelucan. La atrocidad de PEMEX con la Petroquímica Independencia, o de Rassini o Polímeros o Dupont. Sí, la historia de la depredación ambiental tiene una cuenta larga. Puedo contar, así, muchos capítulos breves de la historia nuestra. Y en una frase: he narrado lo mejor que he podido los latrocinios a cargo de los gobernadores inmobiliarios Bartlett, Morales Flores, Marín, Moreno Valle, Gali –ahora mismo toca el capítulo Barbosa--, sobre lo que estos tlatoanis locales han decidido que debemos entender por desarrollo y progreso. Lo que ha estado en mi mano lo he contado.

Y por ahí puedo seguir, un reportero en la calle. Siempre en la calle.

Ahora estoy en casa. Atado por una circunstancia que, como bien dice mi hermano, nos dejará quebrados y peleándonos sobre si al final habrá tenido sentido este encierro.

Veo pasar la tarde del domingo. Los autos pasan lejos, no ocultan las vocecitas cristalinas de los pajaritos.

Vocces en los días del coronavirus

Eugenia Monroy, psicoterapeuta



De pronto me llegó la noticia que había que encerrarse cuarenta días porque un virus letal estaba recorriendo el mundo.

No escucho noticias, así que no entendí muy bien qué pasaba. Llamé a una amiga para preguntarle qué estaba sucediendo y me dijo: “El coronavirus nos está infectando, es muy peligroso para los de la tercera edad, mejor enciérrate y ya no salgas.”

Me fui corriendo al super a pertrecharme de lo necesario para sobrevivir los cuarenta días de encierro que me esperaban. Conforme iba caminando en los pasillos y llenando mi carrito con “lo básico” empecé a sentir que esto me era conocido. Arroz, frijoles, azúcar, sal, aceite, café y jabón… y me dije esto ya lo he vivido. Me venían las palabras: “ Adquiere lo necesario para garantizar la sobrevivencia pues no sabemos qué va a pasar y cuanto va a durar.”

Llegupe a mi casa, mientras guardaba la comida, prendí el radio y me puse a escuchar las noticias para informarme bien de lo que sucedía, igual como lo hacía antes. Un enemigo nos invade, muchos muertos, miedo, angustia, hospitales saturados. Había que esconderse y resguardarse porque el peligro acecha.

Me senté y me puse a llorar. Eran los recuerdos de los tiempos de guerra vividos en Nicaragua. Sentí vértigo, imágenes, memorias del pasado, me llegaban indiscriminadamente, hasta que les puse un alto y me dije: estamos en Puebla en el año 2020, esto es diferente. Mi respiración se tornó pausada y la cordura regresó a mí.



Los días transcurren y de nuevo una sensación extraña se ha apoderado de mí. Ya no es la guerra, es el trabajo. La planificación de clases, cursos, reuniones, se ha desmoronado sin que yo tuviera algo que ver, me cuesta creerlo. No fui yo, me lo repetía cada vez que me avisaban que algo se cancelaba.

Mi vida ha sido bastante azarosa, por lo cual, y muy a mi pesar, me he visto obligada a fallar en diferentes compromisos de trabajo o de estudio. Me he sentido mal, culpable, me he enojado conmigo misma por tener que hacerlo, pero sé que no ha habido de otra, he tenido que responder a las circunstancias. Por eso, ahora que este cataclismo sucede sin mi intercesión, me deja perpleja y con una sensación de tranquilidad y paz.

Los días siguen pasando, nada de lo que hacía se ha mantenido en pie. y poco a poco me he dado cuenta de que todo esto me ha abierto la puerta a la libertad. En este momento soy libre para decidir lo que realmente quiero hacer. Los planes, contratos, convenios, todos dejaron de existir, ahora puedo elegir que sí quiero hacer y qué no. Nada es obligatorio.



Antes, con el transcurrir de la vida, por las necesidades económicas, por costumbre, o a veces sin saber por qué, asumía compromisos que en el fondo ni siquiera me era satisfactorio cumplir, o que su importancia en mi vida ya había caducado.

Estoy libre de todo eso, ningún plan sobrevivió, ahora mi principal tarea es discernir y elegir lo que realmente quiero hacer y el rumbo que deseo tomar. Pueden ser caminos insospechados, no lo sé, vamos a ver….

¡Qué paradoja! Ahora que tengo la libertad de movilización restringida soy más libre que nunca.

Voces en los días del coronavirus

Alfredo Marín Gutiérrez, restaurador de arte



Esto del encierro. Pensar en la restauración del tiempo

Y parece que va a seguir un rato. Yo no creo que a nadie nos guste. Pero es momento de tomar las cosas con calma y trabajar en lo que podamos. No nos queda otra.

Y ¿por qué no?, ponernos a recordar... Al fin que para eso, sí tenemos tiempo.



Cuando no hay mucho qué hacer, se nos vienen tantas cosas a la memoria. Cosas buenas y malas. Tratemos de quedarnos solamente con las buenas.

Yo hoy quiero compartir algunas cosas buenas de las que me he estado acordando en estos días, he pensado mucho en mi profesión y algunas de las cosas que he hecho con ella.



Soy restaurador. Licenciado en restauración de bienes muebles.

Estuve en la escuela hace casi cuarenta años. Me recibí haciendo algo que me encanta y que, hasta el día de hoy, sigo disfrutando.

Descubrí la restauración por accidente, no sabía que existía y que era ¡una profesión! En ese momento no pensé que además fuera tan completa. Fueron cinco años llenos de estudios de tantas cosas nuevas que me gustaban y me apasionaban cada vez más: el derecho, la química, la física o la biología, estudiar la iconografía, la fotografía, aprender técnicas de cosas que no conocía, y además, estar estudiando arte a lo largo de toda la carrera. Fue para mí, un deleite.

Disfrute muchísimo esos años y esa escuela.

El lugar donde estudié mi carrera era un espacio muy especial. En lo que fue parte de un convento virreinal de la Ciudad de México, el de San Diego en Churubusco. Ahora, la escuela está en otro lado, en un edificio nuevo. Muy cerca, pero, claro que ya no es lo mismo......

Aveces llegábamos a tomar clases ¡en el jardín! ¡Era enorme! Sentados en el pasto viendo pasar tardes espectaculares...

Terminé la carrera y me recibí. He trabajado en esto desde que empecé a estudiar. Mis papás me dejaron poner un taller muy elemental en la cochera de la casa y ahí empecé a restaurar. Desde un plato de porcelana o talavera, hasta una pintura virreinal, o ya más avanzado en la escuela, cosas más complejas como un documento, una pieza de metal, una tabla, un textil, un vidrio o una escultura virreinal. ¡Todo muy viejo! De muchos, pero muchos años atrás. A mí siempre me han gustado mucho las antigüedades. Desde muy niño me han llamado mucho la atención.

Todos los materiales son apasionantes. Y todos, creo yo, igual de complejos y a los que se tienen que atender con sumo cuidado. Un solo error en esto es irreversible. Aunque hagamos trucos, es irreversible.

Por eso tenemos que ser muy cuidadosos en todos los procesos que realizamos. Evitar al máximo un accidente. Me ha gustado restaurar todo tipo de materiales desde el principio. Pero tuve que ir poco a poco para poder hacerlo. Conforme avanzaba la carrera, iba llevando los distintos talleres para poder hacerlo. Cerámica, pintura de caballete, material etnográfico, pintura mural, papel, textiles… Al terminar, quedé finalmente capacitado para poder intervenir cualquier material mueble.

Un trabajo fascinante que sigo haciendo y sigo disfrutando desde hace casi 40 años...

La idea de recibir una pieza deteriorada y poder evitar que se siga dañando es algo que me emociona. Poder intervenirla, estabilizarla, limpiarla; dejarla lo más presentable posible, es algo muy emocionante.

Además, por la restauración, he podido entrar en otros medios muy relacionados a mi profesión: en el gran mundo de los museos. ¡Toda una experiencia!

De ese tema, lo más importante que he hecho fue cuando pude apoyar a una gran amiga y excelente restauradora, que me invito a coordinar a un grupo grande (éramos más de cien), de restauradores en el Alcázar del Castillo de Chapultepec. Qué trabajo más divertido, enriquecedor, interesante y en un lugar ¡tan mágico! Además… ¡me pagaban!

Otro, igual de apasionante y tal vez aun más, creo que mucho más apasionante fue llevar la dirección de un museo. Algo que también, ya ha quedado en mí, como otro muy bonito recuerdo.

Un espacio que fuera convento de frailes carmelitas en San Ángel, que se edificó en el siglo XVII. El museo de Nuestra Señora de el Carmen, en la Ciudad de México. ¡Ese sí que fue un privilegio! Un trabajo verdaderamente apasionante en el que estuve por más de 14 años.

Lleno de retos todos los días, de mil cosas que había que solucionar y que se solucionaron. Y pude hacerlo porque nunca trabajé solo. Todo lo hacíamos en equipo. Éramos muchos, aunque siempre insuficientes para atender las mil cosas que necesitan esos maravillosos espacios.

Pero en 14 años logramos un gran trabajo. Lo hubiera hecho gratis, pero también resulta que ¡me pagaban!

Hace más de un año decidí dejarlo. Había que atender otras cosas, pero ¡claro que lo extraño!

Es por la restauración, que he podido trabajar en otras cosas como esas. El mundo de los museos es algo tan intenso y gratificante, lleno de cosas que considero muy bellas. La restauración para mí sigue siendo algo apasionante, divertido y lleno de sorpresas. Si alguien deja de divertirse con lo que hace, debe ser muy complicado seguir haciéndolo.

San Ángel, Ciudad de México. Abril de 2020. Parece que va a seguir un rato.