Voces en los días del coronavirus

Voces en los días del coronavirus

Mundo Nuestro. Vivimos tiempos que marcarán la historia del mundo. COVID-19, le dicen los enterados. Coronavirus, para el vulgo. En esta mudanza estamos en el arranque de la primavera del 2020. De ahí recogemos estas voces.

Voces en los días del coronavirus

Alonso Rojas Cruz, estudiante en Ibero Puebla



La uniformidad de los días es acompasada por un calor de marzo que asemeja julio. Pero este es el menor de los problemas en esta crisis tomada en un principio por pasajera. En medio de los calurosos vapores de mi cuarto me acuerdo de Macondo, y del curioso cuento del gallo capón, el chiste es soportar las aciagas horas de cuarentena. El juego es simple, sólo basta con la pregunta del narrador de si quieren que se les cuente el cuento del gallo capón, si responden sí, el narrador debe responder que no había pedido esa contestación, sino que si quieren que se les cuente el cuento del gallo capón; si la respuesta resulta en negativa, el narrador debe replicar con las mismas palabras, que no se les pidió decir no, sino que si quieren que se les cuente el cuento del gallo capón. Así, hasta el hartazgo, ni con levantarte e irte a otro lado acaba el juego, aún menos quedándose uno dormido. Es un círculo vicioso, como viciosa es la realidad, y aún más los medios de comunicación los cuales no dan tregua al confinado, como enjambre de malas noticias.

Desde la ventana de mi cuarto se expande el Periférico, no hay momento en donde el murmullo de los motores se deje de oír. Aún en domingo estos murmullos no se apagan. El confinamiento reduce la aparición a dos factores: la obligación de trabajar, de conseguir víveres, o alguna otra necesidad de peso (en realidad es un compendio de razones), el segundo factor es el desacato injustificado del confinamiento. Con respecto a la primera opción, puede decirse que el mundo sigue girando, la gente sigue en necesidad de servicios, de sustento; las empresas millonarias siguen aprovechando la mano de obra, desestiman el hecho de estar muchos de sus trabajadores en población de riesgo o de estar próximos a alguien de esta población. Se nos incita a la empatía: “quédense en sus casas, piensen en sus padres, tíos, abuelos”. Imposible acatar esta empatía cuando el mundo sigue girando, cuando la economía, esa presencia abstracta encontrada en todos lados, no descansa.

¿Somos monstruos por no reparar en las reglas que apelan a la empatía? No hay monstruos cuando es el giro del mundo el que nos hace salir. Tampoco quienes violan por gusto el encierro podemos denominarles de tal manera, es la necedad, la misma necedad que hizo a la gente vaciar de papel higiénico los escaparates de las tiendas. Lejos está, asimismo, de esta categoría, la abismal cantidad de tareas mandada a los alumnos por las instituciones educativas con tal de seguirle el paso a un syllabus al cual, por las circunstancias, resultará imposible dejar intacto, ¿será la misma necedad de la que hablaba líneas más arriba?

¿Qué es lo monstruoso? ¿Las necropolíticas europeas, las cuales responden a la insuficiencia de insumos para cuidar de millones de infectados, optando por dejar morir a los ancianos? Inhumano sería quitarle lo humano a todos estos hechos, los cuales responden al sentir de su época, a sus circunstancias. Pero no por entenderlas, se justifican.

La locura responde al miedo, y este también nos humaniza. Increíble lo que un virus nacido en China (que como todo lo chino, se expande como pólvora) nos hace señalar y cuestionarnos, nos da filosofía para rato, ¿no tomaban al ocio como padre de esta?



Pero esta locura, y con el fin de no pensar más en los males de nuestra actual condición, le pido al lector propagar no el virus, si no el cuento del gallo capón, ya sabe cómo empieza, el final no importa pues no existe, el juego es infinito, como infinito es el eje del mundo, lo que sea de cada quién, con tal de no seguir escuchando malas noticias.

Voces en los días del coronavirus

Angel Barreto/Estudiante de la maestria en población y desarrollo de Flacso, México

(Foto de portadilla tomada de hipertextual)



Desafié la indicación; primero social y después gubernamental de cautiverio, ya pueden empezar a juzgarme: confieso que viajé en metro. Me despegué del cuerpo las sabanas mojadas, limpié las lagañas de mis ojos, me liberé de la computadora. Salí, por curiosidad, amor al riesgo y necesidad. Viajar en metro se ha convertido en una arriesgada aventura, no tan peligrosa si la comparo con la contada por Lydiette Carrión en las Fosas de agua. Sin embargo, en este contexto apocalíptico, construido virtualmente, el riesgo de contagio es mucho más peligroso que recoger testimonios de las madres de cuerpos que ya se han olvidado de los que habla Carrión.

En un día normal aproximadamente cinco millones de personas circulan a diario en estos trenes naranjas con andar eterno. Hace días que la normalidad robusta e indefinible que marca el paso de lo cotidiano, no se ha hecho presente. La mayor parte de la sangre que circula por esta enorme red-arteria ha decidido por su bien resguardarse. A pesar de ello, hay personas que permanecen, que persisten, que aparentemente no han escuchado el sonido de la alarma nacional o son invisibles. Por ejemplo, al llegar a la estación del metro me encontré con la mujer de siempre: sus trenzas livianas, su piel morena, hablando una lengua antigua, con la cara frágil, con las manos estiradas y sucias, siempre y desde antes cuidando la sana distancia: 1.5 metros y sentada en el piso.

Inicia mi viaje con destino a ninguna parte, en mis audífonos sonarán algunas de las 11 canciones de la lista de reproducción del disco “Cábalas y cicatrices” de Javier Krahe, que por el título parece una advertencia, un viejo augurio de la revelación de un saber oculto con desconocidas consecuencias. Frente a mí un anciano, encorvado, de pelo cano, con un cubrebocas que antes fue blanco, que oculta su cara excepto su mirada orientada fijamente en un punto perdido, inexistente, solo visible como ecos del pasado, en donde fue y será por siempre. Una mujer parecida a él lo acompaña, permanece de pie, a su lado, recargada en la puerta que en la siguiente estación no se abrirá, lo mira despacio y de vez en cuando, mientras se raspa la uña del dedo índice izquierdo con la uña del dedo índice derecho; parece en trance, imagino a una mujer que reza con rosario. En mis audífonos ahora suena “Zozobras completas”. Sin darme cuenta, hemos pasado siete estaciones, catorce kilómetros, veintiún días, y la mirada perdida del viejo y el trance perpetuo de la mujer que cuida, permanecen. Cruzamos miradas, se interrumpe el rezo y la visita al pasado, sonreímos, ahora saben que lo entendí todo, bajan en la siguiente estación: zona de hospitales.

El metro huele, a diferencia de otros días, a aromatizante barato y trapo sucio, la gente sube y luego baja: con rostros de ilusiones perdidas y a pasos apresurados. Un cantante improvisado, de los que saben cantar porque tiene mala voz, esta vez esta se encuentra en silencio y viene acompañado de su guitarra y dos policías encabronados. El metro se detiene, se apaga la luz y el ventilador. En mis audífonos suena como intentando advertir mi destino “Camino de nada”.

Habían pasado catorce estaciones, veintiún kilómetros y veintiocho días. Entonces, recordé que el 11 de marzo del 2020 a las 23:37 horas, ni un segundo más ni un segundo menos, un tren después de un corte de energía eléctrica, como por obra del destino, de los pobres que acribilla a los que salen de trabajar tarde, tomó control de sí mismo y decidió avanzar a alta velocidad, pero en dirección contraria, se encontró con otro tren, el choque fue brutal y contundente, no sabemos cuántas vidas se perdieron, cuantas víctimas fueron condenadas, no sabemos cuántos crímenes fueron perdonados. En el momento en el que este recuerdo atravesó mi memoria, en mis audífonos había silencio, entonces escuché unas voces, “nomas nos falta que choquemos”, a lo que alguien respondió, “ay no, cállate, ya bastante tenemos con el virus ese”, como tratando de evitar lo inevitable: 848 casos confirmados y 16 defunciones.



La Ciudad de México es uno de esos lugares impresionantes, lleno de gente, de caos, de esperanza y solidaridad, de diferencias irreconciliables, de desigualdad evidente y que genera, como cuenta Juan Villoro, Vértigo horizontal. Los de abajo se desplazan en el metro subterráneo, algunos se reúnen en tiempos de crisis para celebrar el obligatorio descanso sin pago, se relajan antes de que vengan los tiempos peores, los tiempos de hambre, los tiempos en que las deudas y los desafíos establezcan la interrogante: ¿cuál es el objetivo de estar vivos?

La primera plana de un periodico que cuelga de las manos de un transeunte dice: “Mas de 700 mil contagiados…”. El metro por fin ha decidido regresarme al punto de inicio, al lugar en el que vivo. Regreso con los ojos cerrados, escuchando ahora “Asco de siglo” que dura lo que dura el trayecto restante para alcanzar las veintiún estaciones, los veintiocho kilómetros, los treinta y cinco días, regreso al barrio en el que no nací, pero del que ahora soy parte.

Con los ojos cerrados, hago un esfuerzo por recordar y reinventar aquella noche que terminé en urgencias por un dolor estomacal; el médico tratante llegó tarde. Indicó, aislamiento, soledad en dosis moderadas, soñar por veinticuatro horas cada día y reflexión total. Recuerdo que tomé la receta que el médico dejó en la mesa de exploración, me levanté con prisa, al salir del consultorio, una pila de cuerpos famélicos y algunos agonizantes me recibieron tirados en el suelo, apenas una sábana blanca los separaba del piso frío; y otra sabana doblada en dieciséis partes funcionaba, solo para algunos privilegiados, como almohada. Una enfermera con soluciones y medicamentos en las manos pasó a mi lado atravesando mi cuerpo, como si yo no existiera; pregunté sin esperar respuesta “¿Es por el virus?”, a lo que ella respondió, sin voltear ni doblegar el paso: “No, es de por sí así cada día”. Brinqué cuerpos y charcos, entre balbuceos, delirios y olor a cuerpo viejo, alcancé la puerta con letrero verde y letras blancas que decía: “Salida”; abajo, una hoja blanca pegada con cinta adhesiva alguien ha escrito “Mantener esta puerta cerrada”, y en el mismo letrero con letras más pequeñas “y no regreses hasta el final de tus días”. Curiosamente la salida era la entrada a una sala de espera de aquellos hombres y mujeres que no esperan nada, los mismos cuerpos famélicos de adentro, pero con otros rostros que esperan, solo esperan sin decir nada.



Foto tomada de El País.

Vivimos en una época convulsa, telúrica, en constante e imparable movimiento. Los acontecimientos de los últimos días ponen en evidencia la incapacidad humana de entenderlo todo, de predecir el futuro, de explicar la realidad misma. El lenguaje a través del cual aprendimos a describir el mundo, a expresar emociones, a construir conocimiento, parece que por el momento ha dejado de funcionar.

Al llegar al edificio en el que vivo, Krahe en mis audífonos cantaba “Vecindario”; fui consciente de que habían pasado más de cuarenta días, solo quedan los sobrevivientes, olvidé la razón por la que desafié las indicaciones de aislamiento, pero tengo la sensación de que algo tuvieron que ver mis vecinos que habitan los pisos de arriba. Hay quienes dicen que viven de lo que piensan, no los culpo, pero no les entiendo. Al principio los escuché pronosticar la extinción de la especie humana. Recuerdo que una noche me despertó el ruido de pasos desesperados, lloraban bajito, se decían incomprendidos, no escuchados. Algunas tardes se les veía en sus balcones entusiasmados, compartían recetas extranjeras, cocinaron platillos sofisticados y recomendaciones especializadas, con ingredientes que mi vecina de abajo les traía del supermercado. Otros días los escuché discutir, hablaban de médicos, ministros y presidentes, cuando eso sucedía, hojas de papel amarillas emborronadas caían desde sus ventanas, caían lento, algunas terminaron en el cesto de la basura y otras se las llevó el viento. Hubo pánico y sobresalto. Desde que llegué por suerte hay silencio, al parecer se encuentran haciendo lo de siempre: escribir desde su sillón lo que saben y que no entienden.

El metro sigue funcionando, recorriendo estaciones, sumando kilómetros y días; la vida de algunas y algunos después de todo seguirá avanzando. Hay quien pronostica el fin del mundo, otros la siguiente transformación. Krahe aún muerto seguirá tocando. Las sábanas se pegarán nuevamente a mi cuerpo, las lagañas opacaran mi vista, y la computadora me sujetará más fuerte que antes. Hace siglos que un virus anda suelto. Mis vecinos de arriba ofrecen amor y tiempo en sobres con signos de pesos. Los invisibles seguirán siendo invisibles, andarán como siempre viajando al ras del subsuelo.

Voces en los días del coronavirus

Comunicado emocional/La comunidad parista de ARPA-BUAP



A TÍTULO PERSONAL:

30 de Marzo de 2020. En mi casita, Puebla, Pue.



Un 25 de febrero me llegó un mensaje donde me pedían levantarme junto a mis compañerxs a resistir. Sería mentirles decir que no sé de dónde saqué las fuerzas para levantarme en la madrugada, sería mentirles que no sé por qué me acabé mi voz para gritar las consignas, sería mentirles que no sé por qué dediqué todo mi tiempo para ir a las instalaciones a levantar el puño. Sería mentirles que no sé de dónde nacen tantas lágrimas desde que me uní al paro estudiantil. Yo sé perfectamente por qué estoy de pie en esta lucha, y conmovido, también sé por qué me encuentro acompañado en ella.



También sería mentirles afirmar que mis compañerxs y yo supimos desde un comienzo cómo hacer funcionar un paro estudiantil y que contamos con una acreditación curricular que nos hace tomar siempre decisiones fríamente calculadas e infalibles. Lo que no sería mentirles, es que pudimos sacar poco a poco una comunidad que se echara la mano entre sí a raíz de la empatía. Quiero recordarle a todxs que no somos soldados, guerrilleros o terroristas, sino estudiantes de artes, que aunque con distintos matices, tonalidades olores y sabores, nos fundamentamos de la sensibilidad y el amor. A mí me consta que estos valores estaban presentes en cada acción que cada parista hizo, aún fuese hacer guardia en una puerta a las tres de la mañana, o repartir sándwiches de atún a los compañeros, o redactar un pliego petitorio, o barrer el edificio, difundir comunicados por redes sociales o encarar a los vicerrectores; estoy seguro que en cada tarea de la lucha, uno reafirmaba su posición con amor y recordaba que lo hacía por el bienestar de la comunidad, por velar por mi compañerx de al lado, por aquellxs que no estaban presentes en la lucha, y también por aquellxs que aún no tienen matrícula y están próximos a entrar. De mi parte, y puedo afirmar por muchos de mis compañerxs, la lucha siempre ha sido dirigida hacia el bienestar y la integridad de la comunidad estudiantil, y que no debemos perder rumbo de ello.

En el “campo de batalla” me rodeé de mis amigxs, me reencontré con unos y me hice de otros, diversos, de carácter y talento distinto. En el “campo de batalla” lloré de indignación, lloré de risa, lloré de conmoción, lloré de estrés, y lloré de miedo. Y en esos momentos de oscuridad en donde sentía que nada estaba a nuestro favor, que si las políticas institucionales nos la iban a voltear o que una fuga de desinformación advertía una explosión, en esos momentos mis compañerxs, viejos y recientes, con su característica sensibilidad y amor, me extendieron su mano para levantarme junto a ellos nuevamente, para recordarme que la unidad y la suma de nuestras almas en llamas son las que nos hacen funcionar y avanzar, que qué sería de nuestro movimiento y de nuestra familia sin unx de nosotrxs.

En estos días, donde todo se ha vuelto virtual, y por ende abismal. Varixs hemos tenido un sentir de desesperación, nos hemos abrumado, muchos hemos sentido que perdimos el rumbo y nos cuesta volver a hallarnos. Las “redes” sociales parecen más de enredo que de enlace, nos alejan de la comuna que llegamos a tener en algún momento y generamos debate con personas que ciertamente no son nuestrxs enemigxs. Hay que recordarnos que el paro es para la comunidad, para nuestro bienestar y busca la integración. Hay que extender nuestra mano para levantar a aquellxs que aún no lo están, para levantar a los que cayeron en la histeria y el estrés, en la desconfianza y el enojo. Hay que levantar, así como varios nos levantaron incontables veces.

Hay que extender la mano, y para esto quisiera que cada uno recuerde aquello por lo que iniciamos esta lucha: Por el amor, por lo que se nos ha enseñado en una escuela de artes, a luchar por lo justo, a hablar por los que no han podido aún. Por la empatía. Por lxs compañerxs que tuvieron que salirse. Por las compañeras que no fueron escuchadas. Por la indignación hacia la injustica. Por el hartazgo a la violencia. Por la enfermedad social en estos tiempos. Por la construcción de una escuela que merecemos y que otrxs merecerán. Sería mentirles que no fue por esto por lo que un 25 de febrero me levanté con ustedes a resistir, compañeros.

PD. Les anexo una infografía donde un furro Consigna nos dice con mucho amor que hay que evitar pelearnos en redes. Que volvamos a crear unión.

Voces en los días del coronavirus

Diana Hernández Juárez, periodista y académica



El alivio que tú y yo sentiremos en el instante que precede

a la muerte, cuando la suerte nos desate de la triste

costumbre de ser alguien y del peso del universo. JLB



Tres crisis terribles enfrentamos: Coronavirus, económica y delincuencia. Las tres nos persiguen y atemorizan a todas y a todos. Amenazan con dañarnos, quitarnos lo que tenemos y a las personas que amamos, incluso pueden matarnos.

Nos han obligado a aislarnos, a desconfiar, a tener miedo de salir, miedo a tener contacto con la gente. Las calles están vacías, las escuelas sin vida, fábricas y centros comerciales también se ven desiertos. Sólo los mercados, tortillerías y pequeñas tiendas parecen seguir trabajando normalmente.



He tenido pesadillas, despierto cansada y con dolor de cabeza. Trato de reponerme. Me mantengo ocupada todo el día. He limpiado y ordenado cosas y libros, como nunca lo había hecho. Leo y escribo mucho. Estoy avanzando en mi tesis doctoral. Eso sí que me anima.

Pero las noticias y la información desalentadora de México y el mundo golpean mis sentidos. Siento un dolor entre el estómago y el pecho, creo que se llama miedo, y me preocupo por mí y por todos. Por mi hijo que se quedó sin trabajo, que es doctor y que ahora puede fácilmente encontrar empleo, pero poniendo en riesgo su vida. Por mis demás familiares que al empezar esta crisis fueron despedidos arbitrariamente sin ninguna liquidación. Por mis hermanos y hermana que han tenido que cerrar sus negocios y viven en incertidumbre. Por mi madre y su condición vulnerable de salud. Por mis nietos y las alergias que sufren, tan peligrosas en este entorno, por mis estudiantes sin clases frente a un futuro tan incierto, y esto se multiplica con las personas que desde lejos me rodean, amigas, vecinos, conocidas. En todos los ojos veo angustia, tratan de sonreír, pero dibujan sólo una mueca.

La crisis económica nos ataca desde hace tiempo, pero al lado de la crisis sanitaria, se agudiza y multiplica. Muchísimas personas se han quedado sin trabajo, muchas más han sido enviadas a cuarentena, pero sin salario. La recesión económica ya empezó, pero vendrá peor. Algunas empresas han anunciado sus cierres definitivos y no darán ninguna opción a sus trabajadores.

Y el tercer elemento de esta tríada mortal: la delincuencia, que no ha dado tregua con la emergencia sanitaria, sino al contrario, amenaza con aumentar junto con la disminución de recursos de la clase trabajadora.

Hace unos meses sufrí un intento de asalto: a las 3 de la madrugada un grupo de doce hombres armados trató de entrar a mi casa, me despertó la balacera abajo de mi ventana. Aún ahora no entiendo ni porqué el ataque de un grupo tan numeroso, ni cómo fue que nos salvamos. Durante varios días o semanas no pude dormir bien, me despertaba sobresaltada en la madrugada, con la sensación de que alguien había entrado. Ahora esa incertidumbre ha regresado, escucho ruidos, despierto, reviso las cámaras de seguridad y trato de volver a dormir, pero sin descansar bien.
¿A cuántos nos matará el Coronavirus?
¿A cuántos nos acabará el desempleo, la falta de dinero y el hambre?
¿A Cuántos nos eliminará la delincuencia?
Tiempos difíciles y oscuros.
Empero, estamos obligadas a levantarnos cada día, a seguir intentando trabajar desde casa, a tratar de ayudar a los demás y a sonreír, aunque estemos llorando.

Voces en los días del coronavirus

Liliana Érika Domínguez Becerril, periodista y artesana



(Este texto forma parte del serial Mujeres en cuarentena fue publicado originalmente en el blog de Ruby Soriano Mediatikos

Son las 7:40 de la mañana y los ojos del alma dan los buenos días a estas cuatro paredes, mientras mi espalda, operada hace años, amenaza con hacer huelga, si no cambió de postura. Logro por fin despabilarme y bendecir la posibilidad de sentarme y colocar las almohadas para disfrutar las primeras horas del día 15 o 16 de la cuarentena para la población de mi querida Puebla, y el día 83 de mi cuarentena “N” o como quiera que se llame a la recuperación en casa, tras vivir los días de descanso en mi vigésima cirugía.

Abro la puerta de la habitación y comienzo a escuchar El noticiero y la información relacionada con el avance de la pandemia en México y Puebla, y entre esto, y los reportes habituales del ajetreo ciudadano, mi mente vuela a la cocina, queriendo preparar un delicioso sándwich de jamón con mucha mayonesa, mostaza y queso y un delicioso jugo de naranja, pero recuerdo que no aguanto parada más de 20 minutos (aún) y se me pasa.





Son las 7:40 de la mañana y los ojos del alma dan los buenos días a estas cuatro paredes, mientras mi espalda, operada hace años, amenaza con hacer huelga, si no cambió de postura. Logro por fin despabilarme y bendecir la posibilidad de sentarme y colocar las almohadas para disfrutar las primeras horas del día 15 o 16 de la cuarentena para la población de mi querida Puebla, y el día 83 de mi cuarentena “N” o como quiera que se llame a la recuperación en casa, tras vivir los días de descanso en mi vigésima cirugía.

Abro la puerta de la habitación y comienzo a escuchar El noticiero y la información relacionada con el avance de la pandemia en México y Puebla, y entre esto, y los reportes habituales del ajetreo ciudadano, mi mente vuela a la cocina, queriendo preparar un delicioso sándwich de jamón con mucha mayonesa, mostaza y queso y un delicioso jugo de naranja, pero recuerdo que no aguanto parada más de 20 minutos (aún) y se me pasa.

El ajetreo continúa, llegando la hora de la ducha, el arreglo personal y la rutina de ejercicio, que si la realizase en forma secuencial y ordenada, no duraría más de 3 horas, pero entre la curiosidad por las nuevas noticias del día, las publicaciones de amigos, contenidos de mi interés y colocar un poco de música, para darle cadencia a las movilizaciones de las rodillas y piernas en cama, este día llevamos ya casi 4 horas y media ejercitando un poco de aquí y un poco de allá, hoy a ritmo de tambores africanos para sacudir un poco el pesimismo social y sintonizarnos al ritmo de la recuperación. Al ritmo de un grupo humano que ha vivido una cuarentena infinita por su desigualdad social y que aun así, proyecta cadencia, alegría y energía en sus acordes. Y es lo que necesito hoy.

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Mientras esto sucede, pienso en mi regreso al trabajo, el deseo inmenso de pasear por las calles de Puebla, encontrar portones abiertos para capturar imágenes al interior de esas hermosas vecindades y casonas, tomar café con quien tenga tiempo terminando este estiaje humano, ir de compras con mis proveedores, diseñar por horas accesorios lindos, abrazar a todos los amigos, conocidos y quien se deje, cuando el dolor por esta intervención quirúrgica haya abandonado aceptablemente este hermoso y adorado cuerpo.

Algunos días, cuando hago más rápido de lo habitual mis ejercicios, o cuando me encuentro un poco hastiada (pues en estos días dedico mucho más tiempo al ejercicio que cuando realmente era una chica atlética, a través de los aerobics, danza folclórica o baile con los amigos hasta altas horas de la noche), y corto un poco la rutina, comenzando a diseñar algo hermoso, para la hora de volver a las andadas y recuperar mercado, dinamismo, vitalidad, fijo en la mente el reto de crear y buscar retos, nuevos cursos y talleres para llegar un día a un concurso de diseño, que nos permita trascender fronteras, promover la alegoría mexicana plasmada en joyas y generar muchos empleos.

Y de momento vuelvo a la habitación y recupero la esencia de mi cuerpo necesitado de acción y concentración entera, para volver a su esplendor.

LILI

Voces en los días del coronavirus

Dick Keis, fotógrafo, residente de Covallis, Oregon



Salí de Oaxaca un día antes del cierre de la frontera entre México y Estados Unidos. Fue una decisión apresurada; nunca había sido mi intención regresar a Estados Unidos debido al virus. Dos llamadas telefónicas de mis hijos adultos fueron las que me hicieron cambiar de opinión. “Papito, tienes que regresar a casa. Si te enfermas en México, no podrás regresar a casa y nosotros no podremos cuidarte”.

Pensé en ello durante todo un día. Estaba trabajando en un proyecto fotográfico sobre los oficios en Oaxaca en peligro de desaparecer y quería terminarlo. También estaba haciendo los preparativos para una exhibición de mi trabajo, y las cosas parecían ir excelente. Sin embargo, ahora tengo 72 años y parte de mi pulmón fue removido debido a un cáncer: soy parte del sector de riesgo que este virus acecha. Me imaginaba estando solo y enfermo en Oaxaca, lejos de mi familia y de mis seres queridos. Al día siguiente, compré mi boleto e hice volando mis maletas.

Del trabajo de Dick Keis en Oaxaca:



La imagen puede contener: una o varias personas

Happy Birthday abuelita!
Mi amiga Amalia y yo fuimos a San Martín Tilcajete a tomar algunas fotografías de una familia de artesanos allí. Cuando entramos, encontramos preparativos para el cumpleaños de la señora grande de la familia. Estaban haciendo un típico mole de Oaxaca y nos invitaron, bien seguro! La abuelita estaba muy feliz. Una docena o más rosas, su familia con ella, un mole que ayudó a preparar. Tal vez como un tronco de árbol derribado, podrías contar las arrugas en su cara para tener su edad. O mejor aún, los pétalos de rosas que ella está sosteniendo. Realmente no importa, porque estaba muy viva ese día. Y creo que se comió dos platos de mole!

El regreso a mi hogar en Corvallis, Oregón, fue desolador. Corvallis es un pueblo universitario con una población cercana a los sesenta mil habitantes, y veinticinco mil son estudiantes. El campus universitario está hecho un pueblo fantasma; las clases han sido canceladas y la mayoría de los estudiantes se han ido a casa. El Estado entero ha sido sometido a un cierre de emergencia; todos los restaurantes, bares y lugares públicos están cerrados. Los supermercados ofrecen servicio a domicilio para la población de mayor riesgo y los restaurantes ofrecen también un servicio a domicilio, pero sin contacto, dejando los productos en la acera más cercana en sus esfuerzos por no despedir a sus empleados e ir a la quiebra. Se nos pide únicamente salir de nuestros hogares para hacer el mandado, ir al doctor, o ejercitarnos al aire libre para mantenernos sanos.



Mi caminata diaria me lleva al campus a unos minutos de mi hogar. Han pasado bastantes años desde la última vez que había estado aquí durante esta temporada y había olvidado lo preciosa que se ponía. Los árboles de magnolia han florecido plenamente y su color envuelve todo a su alrededor. Las lluvias de invierno han pintado el resto de verde. La naturaleza no parece estar enterada de la pandemia que amenaza a la humanidad; continúa con el paso de las estaciones como siempre lo ha hecho. Soy privilegiado de ser uno de los pocos que aún pueden disfrutar y admirar tal esplendor. Es, en definitiva, una buena medicina en tiempos como estos. Me recuerda que soy una ínfima parte de este increíble universo, y no su centro.

Del trabajo de Dick Keis en Oaxaca:

La imagen puede contener: 1 persona

Tiempo de juego de Corona #6
Josefina Aguilar es una escultura de arcilla del pueblo de Ocotlán de Morelos. Ella se especializa en hacer "Mujeres de la Noche". Compré la pieza que tiene en sus manos. Normalmente no permito fumar en mi casa, pero hice una excepción aquí . Se ha quedado ciega y está trabajando cada vez menos. Que ella esté bien en este tiempo de Coronavirus. Su sustento depende de que la gente venga a su taller para comprar sus piezas. Su edad y salud la ponen en gran riesgo. Qe te vaya bien, Josefina.

Es esto, tal vez, lo que más me ha impresionado de la pandemia. A pesar del miedo y de la incertidumbre que trae, esta pandemia también me ha hecho contemplar la vida de manera distinta. Al verme forzado a detenerme, comienzo percatarme de toda la belleza que siempre me ha rodeado. Presto atención y la aprecio porque es posiblemente la última primavera que llegue a vivir. Como un hombre a mis 72 años, siendo parte del sector en riesgo, me veo obligado a confrontar mi mortalidad cara a cara. Todos debemos hacerlo. Empleo mi tiempo de encierro en valorar todo aquello y a todos aquellos que estimo importantes. Me doy cuenta de lo privilegiada que es y ha sido mi vida. Estoy en una acogedora casa con un agradable jardín con el cual puedo despejarme, tengo suficiente agua para lavarme las manos varias veces al día y tengo una buena reserva de comida que durará el resto de mi cuarentena. Tengo a amigos queridos que se comunican conmigo en estos tiempos difíciles. Ya tenía presentes todas estas cosas, pero ahora las veo diferentemente. Las veo en relación con las personas que no las tienen. Hay tanta gente en mi querida Oaxaca que quizá no sobrevivan, no por descuido o falta de salud, sino por las desigualdades que hay en este mundo. Publico fotografías de personas de mi proyecto fotográfico en mi página de Facebook y me pregunto si seguirán ahí cuando regrese. Mi proyecto ha dejado de ser solamente sobre los oficios en peligro de desaparecer para ser también sobre aquellos que morirán con ellos. Muchas de las personas envueltas en mi proyecto se han vuelto mis amigos. La mayoría están cerca de mi edad y no tienen una pensión que los mantenga en su vejez como yo la tengo. Ellos trabajan para sobrevivir. Pero este virus no diferencia entre los privilegiados y los menos afortunados. La muerte nos pone a todos a un mismo nivel. Toma a quien sea que le plazca.

Así que, mientras el virus crezca y se propague, trataré de mirar al mundo con una mirada más sabia y apreciativa. Atesoraré a mi familia, a mis amigos y a la buena vida con la que he sido bendecido. Ahora más que nunca. Y deseo que, debido a esta pandemia, pueda apreciar todas estas cosas que ya sé: diferentemente.

Voces en los días del coronavirus

Tonatiuh Sarabia, integrante de la organización popular 28 de Octubre



A todo se acostumbra uno menos a no comer.

Refrán popular.

Al momento de escribir estas líneas nos encontramos en la fase 2 de la contingencia sanitaria provocada por el COVID-19 y se ha declarado la emergencia sanitaria, en la que entre sus lineamientos establece el funcionamiento de los mercados populares como una de las actividades esenciales dentro de dicha medida de seguridad sanitaria. Así que arranco este texto por la invitación a apoyar y reforzar el comercio local, los mercados siguen abiertos y necesitan vender sus productos, para que la cadena económica desde campo, mercados, consumidores se pueda fortalecer en nuestro estado.



Entrevista a Doña Inés, vendedora de dulces.



Doña Ines, de 71 años, nos cuenta como vive de la venta de dulces y refrescos; las ventas han bajado para ella, y teme que les suspendan sus áreas de trabajo porque no tienen otro lado de donde comer. Se han tomado las medidas necesarias, nos aseguramos de que todo esté limpio para decirle al cliente que pase a comprar.

Un mismo coronavirus, distintas reacciones

Como es de esperarse, en gran parte de la población, por no decir que en toda, existe temor y una gran intranquilidad. Las razones son diversas: las autoridades no saben si podrán contener la curva de crecimiento y seguramente porque saben a la perfección que las camas en los hospitales no alcanzarán, de por sí ya están desbordados, y un ejemplo es el IMSS de la Margarita, donde los enfermos comunes, desde que se cerró el hospital de San Alejandro a consecuencia del terremoto de septiembre de 2017, tienen que atenderse en los pasillos, consecuencia del desmantelamiento de las instituciones de salud pública para favorecer a la privada.

El sector empresarial, que aunque ellos se ven grandes, son pequeños comparados con las transnacionales que los han desplazado y los ocupan como ariete cuando las políticas públicas no les convienen, por ejemplo el caso de Constelation Brands en Mexicali; temen al SAT y demás pagos que por ley están obligados a hacer, a devengar los salarios a sus trabajadores conforme a la Ley Federal del Trabajo, pero sobre todo a no sobrevivir a esta tremenda crisis económica, que según la mayoría de economistas, apenas comienza.

Los trabajadores, ellos con sus sueldos míseros, solo se resignan; el miedo a perder su empleo ha sido, es y será permanente, pues sin en él no tendrán el sustento en casa, y sólo les quedara cualquiera de tres caminos: el comercio popular, mal llamado informal; el desempleo o conseguir uno nuevo, muy probablemente en condiciones más deplorables, y la delincuencia en cualquiera de sus modalidades.

En nuestra ciudad poco a poco se van delineando más marcadamente las diferencias de los espacios de vivienda de las distintas clases sociales, pues encontramos que tanto en los fraccionamientos más exclusivos, los de los verdaderos ricos, como en las colonias y fraccionamientos de clase media, el miedo es por el contagio y el peligro de muerte que este le acompaña, y aunque tienen la posibilidad de guardar “adecuadamente” la cuarentena, la mayoría se ve en la necesidad de hacer home office, es decir, están sometidos a una “nueva” modalidad de trabajo/¿explotación laboral?, pues sus patrones se ahorran los gastos de internet, energía eléctrica, desgaste de los equipos de cómputo, etc. pues dichos servicios los obtienen de las casas de sus trabajadores, y ni qué decir r del tiempo vital que estos últimos pudieran pasar al lado de sus familias, pero no lo hacen por estar trabajando desde casa.

Sin embargo en las colonias populares, las condiciones de vida siempre han sido pobres, con poca esperanza y si mucha resistencia y lucha. Día a día la vida se asume con determinación y tesón para aferrarse a ella, ahí lo que el coronavirus genera es una tensa calma, pues si la gente para de trabajar se muere de hambre; colonias compuestas de obreros, comerciantes populares (informales), madres solteras, profesionistas mal pagados o en desempleo, que en su mayoría viven hacinados; en muchas casas viven no una, si no dos o tres familias, es común encontrar que en la casas de Barranca Honda, colonia bautizada como ciudad perdida, vivan los abuelos, con los padres y los hijos que ya tienen a la esposa y estos con sus hijos, casas que por cierto, se encuentran en obra negra, algunas todavía con techo de lámina, presas de la codicia capitalista, pues una empresa les ha despojado de sus pozos de agua y ahora no tienen con que lavarse las manos durante la contingencia sanitaria.

La 28 de Octubre y la contingencia

Entrevista a Doña Trini, 63 años vendedora de verduras, de las más aguerridas

Doña Trini es una vendedora de 69 años, dice ¡que sigan viniendo las clientas!; ella vende verdura en el mercado desde la década de los 80%, hoy resiente las bajas ventas y se pregunta ¿entonces nosotros de que vamos a vivir?, desmiente que la UPVA “28 de octubre” organice saqueos…son puras “pendejadas”; aclara que las ventas bajaron desde antes del coronavirus.

En medio de esas colonias populares se encuentran los mercados municipales y de apoyo. Nosotros nos centraremos en los de apoyo, que es en los que tiene presencia la Unión Popular de Vendedores y Ambulantes “28 de octubre”, y en específico en el mítico y ya histórico Mercado Miguel Hidalgo y Costilla, capital política de la UPVA “28 DE OCTUBRE”, y que según un estudio del ayuntamiento en 2015, justo en los tiempos en que Moreno Valle persiguió e intentó destruir a esta organización, arrojó el resultado de que este era el mercado popular más grande e importante de Puebla, solo superado por la Central de Abastos, claro el primero tiene ventas al menudeo y el segundo se supone que deberían ser al mayoreo, aunque las autoridades mediante corruptelas, han permitido que también vendan al menudeo generando una competencia desleal, pero de ello hablaremos en otra ocasión.

Es importante mencionar que al inicio de la pandemia en México, muchos fuimos escépticos, más por ignorantes que por otra cosa, Sin embargo, como siempre ocurre, la realidad nos aterrizó, y fue ahí cuando tuvimos que hacer uso del quehacer organizativo que desde hace 46 años es costumbre de los 28´s. En tan solo unos días, nos informamos sobre cómo prevenir y reducir el riesgo de contacto en los lugares públicos como los mercados, plazas y tianguis, mucha información proveniente de la OMS la comparamos con la delineada por la Secretaria de Salud Federal y al final nos decantamos por seguir a esta última autoridad sanitaria. Comprendimos la importancia que tiene conocer a la población que se aglutina en un mismo territorio, para conocer fortalezas, pero sobre todo debilidades y actuar en consecuencia.

Víctor Hugo, vendedor de fruta de temporada

Victor Hugo no es el gigante francés, pero si una gran persona que se hace cargo de mantener a sus padres y su esposa e hijo; es vendedor de frutas de temporada, sus ventas han bajado un 60% ó 70%, hace énfasis en la limpieza personal y de su área de trabajo como método para atraer a sus clientes. También hace un llamado para que la gente acuda a comprar sus víveres con ellos, y advierte sobre las noticias falsas y hace un llamado a no caer en ellas.

Como siempre, el acoso contra la 28 de Octubre

Fue hasta que el regidor Edson Cortés declaró que estaban “analizando” cerrar los mercados municipales que nos dimos cuenta de que esta lucha sería doble, en un primer lugar contra este virus mortal y en segundo lugar, contra la incompetencia de funcionarios públicos al atender y solucionar los problemas de la ciudad. Después de superar tan lamentables declaraciones por parte de un regidor, pues este solo centro en el cierre de mercados populares y no en el de los supermercados de capital transnacional y gran capital mexicano; nos enfrentamos a una campaña de descrédito basada en el rumor: un audio vía whats app decía que “habría saqueos” organizados por la 28 de Octubre, la cual consideramos tenía el objeto de acrecentar el pánico social, además de involucrarnos en temas de seguridad pública, en medio de una crisis intergubernamental en esa rama.

Pese a ello, los locatarios y vendedores ambulantes, se pudieron organizar para implementar las siguientes medidas: comprar alcohol gel base a 70% para regalar a sus clientes, realizar una campaña sobre el covid-19, sus implicaciones, riesgos y maneras de prevenirlo; lavaron, desinfectaron y fumigaron los mercados, se hicieron los lineamientos generales para los usuarios, vendedores y clientes, se colocaron mantas y cartulinas con la información y recomendaciones hasta ahora emitidas, en fin, se aplicaron todas las recomendaciones de la Secretaria de Salud. Esto fue de suma importancia, pues los mercados al ser parte del pueblo no están exentos de sus enfermedades y hay muchos comerciantes que se encuentran catalogados como población en riesgo, por ello era de suma imperante ganarle al tiempo y prevenir para reducir los riesgos de contagio y, así es como se continúa trabajando al día de hoy, en los mercados en donde la 28 de octubre tiene presencia.

El mercado en el día a día de la emergencia

Entrevista a vendedora ambulante de ropa interior

Doña Concepción es una vendedora ambulante de 64 años, ella vende todos los días ropa interior, el cual va empujando por todos los pasillos del enorme mercado Hidalgo, a ella la venta le bajo un 80% y esta en contra de que se use la pandemia del COVID-19 como pretexto para cerrar los mercados populares y así favorecer a las cadenas de supermercados.

Entrevista a Anastasia, vendedora de quesos, crema y abarrotes

En esta entrevista, Anastasia, quien tiene una creería en el Mercado Hidalgo de la Ciudad de Puebla, nos cuenta como la crisis económica y el covid-19 han bajado sus ventas y se ponen en riesgo los trabajos de ella y su familia, ademas de las personas del campo que les venden la lecha para la elaboración de los quesos que ellos venden.

Ahora pasemos, a conocer cómo se vive la emergencia sanitaria derivada del covid-19. Cuando camino en los pasillos, entre las frutas, verduras, ropa o flores, la pregunta recurrente es ¿se va a cerrar el mercado? A lo que los mismos compañeros se contestan ¡no, no nos vamos a dejar que lo cierren, lo defenderemos! Pudiera parecer una actitud necia, sorda e intransigente, sin embargo al defender el mercado, defienden su fuente de trabajo, fuente que les permite llevar el pan y sustento a sus familias y hogares, la mayoría no tiene seguridad social, la mayoría no tiene otra forma de vivir, no tiene cuentas bancarias ni ahorros, no pueden hacer home office, mucho meno pueden dejar de trabajar; sus manos duras, ásperas y llenas de callos, dan cuenta de que el dejar de trabajar tan solo un día es un lujo que no se pueden dar, pues como se ha hecho costumbre entre nosotros, hay un chiste que dice así: “Lamentablemente tenemos la mala costumbre pequeño burguesa de comer todos los días, tres veces al día”.

Consideramos que estos padecimientos, que hoy son acentuados por el COVID-19, son generados por el sistema capitalista, pues la pobreza y pobreza extrema a la que está sometida la población son consecuencia de la necesidad de los grandes capitales de generar cada vez más grandes y rápidas ganancias, mediante el aprovechamiento de la mano de obra barata, pero sobre todo por el permiso con el que cuentan para saquear recursos naturales y contaminar las aguas, suelos y aire de los países atrasados como el nuestro.

Para no seguir aburriendo al estimado lector y sacar provecho a la tecnología dejaremos unos videos y un audio de algunas entrevistas que tomamos en distintas fechas, para que conozcan de viva voz, como se vive un mercado popular en los tiempos del coronavirus COVID-19.

Entrevista a Ana María Reyes, vendedora de chicharrón y manteca

Entrevista a Juan Carlos, vendedor de verduras

Entrevista vendedora de tortillas, ella decidió no dar su nombre

Entrevista a Julián, vendedor de arreglos florales

Don Julian nos pone en conocimiento de que las ventas de arreglos florales que él y otros compañeros venden han bajado un 80%; el COVID-19 ha afectado bastante en sus ventas al grado de que varios locales están cerrados porque no salen los gastos. En los mercados los clientes van por víveres, los arreglos florales quedaron en segundo término pues los salones de fiestas cerraron y los templos religiosos no dejan que la gente entre, por lo cual no se arreglan con flores. Piden que esto pase, ojalá en unos 15 o 20 días, para ver como salen en adelante. El desempleo les va impactar bastante. Él cree que la gente sí esta respondiendo para víveres, sin embargo para las flores ni siquiera preguntan; en su caso las entregas a domicilio no están funcionando. Pide a la gente que vaya a hacer sus compras en el Mercado Hidalgo, pues tienen todo lo necesario para prevenir el contagio de covid-19, lo cual ha sido financiado por ellos mismos, sin recibir ayuda gubernamental.

Entrevista a vendedor de ropa

Estamos en el área de venta de ropa en el Mercado Hidalgo. El vendedor nos explica como es que ha bajado la venta hasta en un 80%, porque la gente acude sólo a comprar la canasta básica. invita a las personas a salir a comprar a los mercados y cuenta sobre la inviabilidad de guardar la cuarentena durante esta pandemia del COVID-19.

Entrevista a vendedora ambulante de ropa interior

Doña Concepción es una vendedora ambulante de 64 años, ella vende todos los días ropa interior, el cual va empujando por todos los pasillos del enorme mercado Hidalgo, a ella la venta le bajo un 80% y esta en contra de que se use la pandemia del COVID-19 como pretexto para cerrar los mercados populares y así favorecer a las cadenas de supermercados.

Voces en los días del coronavirus

José Luis Escalera, librero



Con todo y el recién descubierto alprazolam, despierto en la madrugada sin sueño. Ya sé que el insomnio va para largo y lo tomo con calma de experto. Me levanto, voy al baño, veo la hora: faltan tres para las cinco. Me acuerdo y decido entrarle. Uno a la semana es cosa sana, se sabe. Me preparo un poco: agua fría en la cara, manos limpias, postura del loto frente al closet. A las cinco en punto cierro los ojos, respiro hondo, rezo en silencio: Padre Nuestro, que estás en los cielos... entonces me viene. No es una epifanía, pero algo está pasando. Dejo al Papa rezando solo y me clavo en lo mío, que resulta ser Lo Nuestro. Padre NUESTRO. El sustantivo opacaba al pronombre. Hoy no. Algo deja de ser lo que era. Nuestro: ni tuyo ni mío. Yo o tú, falso dilema: nosotros. Lo de todos, lo público, lo nuestro. ¿Parque público, transporte público, biblioteca pública? ¿Servicio público, funcionario público, patrimonio público, dinero público? Camino hacia la cama tranquilo y sonriente; el sueño regresa de inmediato, profundo y sereno, en cuanto me acuesto.

¿Qué se trae el COVID-19?