Voces en los días del coronavirus

Voces en los días del coronavirus

Mundo Nuestro. Vivimos tiempos que marcarán la historia del mundo. COVID-19, le dicen los enterados. Coronavirus, para el vulgo. En esta mudanza estamos en el arranque de la primavera del 2020. De ahí recogemos estas voces.

Voces en los días del coronavirus

Carlos Figueroa Ibarra, sociólogo

Escribo estas líneas el domingo 28 de marzo, cuando llevamos un mes desde que en México se declaró oficialmente la peste. La peste, esa palabra arcaica para designar a la epidemia hoy convertida en pandemia. Soy de los privilegiados que pueden acatar la indicación gubernamental de quedarse en casa: no soy parte de la economía informal, no formo parte de los que viven al día, de los que si no van a trabajar afuera de su casa no comen. En estos días de guardar, de encierro obligado si uno entiende la dinámica de expansión del Covid-19, hay mucho tiempo para pensar, para recordar. He recordado a Giovanni Boccaccio y a su Decamerón surgido de la peste bubónica (1347-1353), la cual llevó a una villa a las afueras de Florencia a un grupo de siete mujeres y tres hombres, quienes en el espíritu de relajación de las normas se pusieron a relatar historias eróticas y trágicas. También he evocado Muerte en Venecia, la película de Luchino Visconti, que tiene como contexto una epidemia de cólera en Venecia. Me he puesto a leer nuevamente el Rey Lear de Shakespeare para ver en la dramaturgia lo que he constatado en la vida: en la política no hay gratitud, ni amistad. Tampoco enemistad. La política es el reino de los intereses, legítimos o espurios. Todo ello a pesar de que mi trabajo académico no ha cesado, no así el político porque he decidido no ir a las actividades que ha convocado el Comité Ejecutivo Nacional de Morena. Todavía hace unos días el CEN de Morena había citado a un Consejo Nacional para este domingo 28, una actividad que hubiese congregado a centenares de personas. El CEN ha seguido reuniéndose y yo por prescripción médica he optado por no ir a esas reuniones.



Sigo día a día, las ruedas de prensa del presidente López Obrador y las de la Secretaría de Salud en las que diariamente me entero del aumento de infectados y muertos que la epidemia está ocasionando en México. He visto una proyección matemática que calcula que el 20 de abril tendríamos casi a 200 mil infectados lo que podría implicar entre 2 y 4 mil decesos. La curva no informa los criterios para esas proyecciones y si éstas son calculadas en el supuesto de que no se restringe la movilidad de la gente. Confío en que las medidas restrictivas a la movilidad espacial y a la distancia social que fueron tomadas a tiempo sean acatadas y logren achatar la curva de infecciones para que ésta no colapse la capacidad hospitalaria y médica que tiene el país y que los decesos sean menos. Veo quiénes predominantemente son los que han muerto en el país por el Covid-19: adultos de más de 65 años, obesos, diabéticos, hipertensos, insuficientes renales, fumadores. Y advierto que estoy en tres de estos grupos de vulnerabilidad. La muerte, que ya es una posibilidad mayor a mi edad (el año pasado murieron cinco de mis coetáneos amigos), es ahora una posibilidad con mayores probabilidades.

Y en mi encierro para preservar la vida, he recordado mi existencia en 1979 y 1980 cuando formaba parte de una organización clandestina (el Partido Guatemalteco del Trabajo) y enfrentábamos en lucha desigual a una monstruosa dictadura terrorista y militar. Tenía yo 27 años y a todos los que luchábamos contra esa dictadura, la muerte nos resoplaba en la nuca. Buena parte de mis amigos y compañeros de mi generación no llegaron a cumplir 30 años y unos pocos más fueron asesinados o desaparecidos cuando apenas sobrepasaban esa edad. Y he recordado algunas medidas que tomábamos los resistentes: romper las rutinas de hora y rutas, acendrar la clandestinidad, encerrarse en casas de seguridad o en las de habitación, no salir después de la caída del sol. El repliegue acentuado cuando la maquinaria de la muerte se desplegaba en extensión y profundidad. En aquellos tiempos, el enemigo estaba constituido por las policías y el ejército cuyos elementos actuaban como sicarios disfrazados de civiles. En mi encierro de hoy he recordado los días de encierro de aquel tiempo. Mis atavismos clandestinos se han disparado (como los de mi amigo el comandante guerrillero César Montes, hoy rigurosamente replegado debido al virus y a los que todavía lo quieren matar). Pero hoy, el enemigo a diferencia de los sicarios de la dictadura, es totalmente invisible. No son los asesinos desalmados que te caían en una cita clandestina o una casa de seguridad delatada. Es un enemigo que tiene una dimensión de entre 60 y 140 nanómetros y que por ello solamente puede volar 1.5 metros. Por ello, lo que te puede salvar es la fortaleza de tu sistema inmunológico y como en aquellos años en que el zopilote de la muerte rondaba nuestras cabezas, el repliegue.

La peste ha reforzado mis convicciones. Me declaro católico cultural pero no creo en Dios. Veo con escepticismo respetuoso al presidente de Paraguay convertido en un predicador al hablar en un acto oficial acerca de la epidemia. Me causa urticaria ver a la Policía Nacional Civil de Guatemala montada en vehículos policiacos con Biblia y megáfono en mano invocando a Jesucristo por calles desiertas por la reclusión. No puedo sino ser incrédulo ante llamados a pintar en las casas, cruces rojas para ahuyentar la enfermedad. En cambio el papa Francisco ha terminado de ganar mi corazón con su caminata y misa solitaria en una plaza vaticana vacía y lluviosa. O con una entrevista por Skipe con un periodista español en que se nos aparece profundamente cercano y modesto. La peste ha confirmado mis convicciones anticapitalistas y comunistas. He leído con atención como el filósofo esloveno Slavoj Zizek pronostica que el virus le dará un “golpe mortal al capitalismo (a lo Kill Bill)” mientras que su colega coreano Byung Chul Han dice que “nada de esto sucederá”. El capitalismo salvaje ha desmantelado la salud pública y ha dejado inermes ante el virus aun a los países ricos. La codicia en la ganancia, retrasó las medidas pertinentes para que la curva de infecciones no se disparara como lo demuestra claramente Estados Unidos de América. Hoy la biopolítica capitalista ha pasado de preservar la vida para garantizar la acumulación, a combinarla con la necropolítica que administra la muerte de los que considera desechables. Muchos trabajadores han sido despedidos sin la mínima solidaridad debido a que los establecimientos comerciales o industriales han cerrado total o parcialmente. Y todavía nos falta la pospandemia, cuando la crisis económica se nos venga encima y el shock (Naomi Klein dixit) provoque la mansedumbre necesaria para acentuar la opresión y expoliación de los condenados de la tierra.

Un día más de encierro. Me siento privilegiado. Mientras muchas personas se ven obligadas a salir para trabajar, los diableros de los mercados y centrales de autobuses manifiestan con desesperación, vendedores ambulantes se quedan en la inopia, miles y miles de trabajadores se quedan sin salario, y otros miles de jóvenes salen a los cruceros a desempolvar autos y limpiar parabrisas, heme aquí dándome el lujo de escribir mi testimonio personal de la peste.

Voces en los días del coronavirus

David Sánchez Yanes, productor audiovisual



Hace tiempo que vivo solo, pero ahora la soledad huele y sabe diferente. Hace tiempo que gran parte de mi trabajo es en casa, pero ahora el estar en casa es exigencia y el trabajo por teleconferencia tiene un dejo de distancia y alejamiento. Hace tiempo que chateo con mis amigos, pero ahora chatear se convierte en una necesidad de cercanía y cobijo. Hace tiempo que intercambio puntos de vista por el whats, pero ahora lo tomo como tarea para tratar de entender lo que está pasando. Hace tiempo que detesto las fake news, pero ahora las considero más peligrosas que nunca. Hace tiempo que desde mi trinchera lucho contra la desinformación y el alarmismo, pero ahora se me hace indispensable. Hace tiempo que no estoy de acuerdo con muchos de mis amigos, pero ahora sus posturas me asustan y mis argumentaciones llevan enojo y frustración. Hace tiempo eran mis amigos, pero ahora lo siguen y lo seguirán siendo. Hace tiempo que me divierte el humor negro de los memes, pero ahora valoro más que nunca su valor de autocrítica. Hace tiempo que estoy convencido de que las estructuras político-económicas-sociales que sostienen nuestro sistema están colapsando, pero ahora lo siento más evidente que nunca. Hace tiempo que vivo en un mundo globalizado, pero ahora soy más consciente de él. Hace tiempo que no sacaba a pasear al perro, pero ahora más que necesidad es terapia. Hace tiempo que las labores domésticas estaban relegadas a un segundo término, pero ahora se vuelven sinónimo necesario de orden y rutina. Hace tiempo que considero la lucha civil como una poderosa herramienta, pero ahora estoy más dispuesto que nunca. Hace tiempo que disfruto de la música, las series y el cine, pero ahora se vuelven espacios necesarios de reflejo y reflexión. Hace tiempo que compro en el mercado y en la tienda de la esquina, pero ahora se trastoca en unión y solidaridad. Hace tiempo que todos los días leo prensa, columnistas y análisis de diferentes posturas, pero ahora vivo la inquietud que provoca la saturación. Hace tiempo que estoy pendiente de las noticias, pero hoy me doy cuenta de que se ha vuelto adicción. Hace tiempo necesitaba volver a hacer teatro, pero ahora tiene sentido de urgencia y me duelen la pausa y la demora. Hace tiempo que creo que como humanidad somos capaces, pero ahora me urge y requiero creer que no estoy equivocado. Hace tiempo que no tocaba los sueños olvidados, pero ahora tienen la voluntad del renacer y la esperanza.

Hace tiempo que no estaba tan solo conmigo mismo observándonos en una suerte de desplazamiento, pero ahora, paradójicamente, el caos y la confusión me abren ciertas puertas de entendimiento.



Hace tiempo que me pregunto quién soy y dónde estoy, pero ahora en estas horas eternas y generosas de confinamiento, creo, se me van despejando algunas dudas.

Hace tiempo son tres semanas.



Voces en los días del coronavirus

Xavier Sánchez Guzmán, empresario de la industria de la construcción



Cumpliendo la cuarentena de 15 días. Estoy feliz con mi familia porque no tenemos síntomas y porque hemos atesorado la convivencia dando chance de que cada uno exprese sus ideas y haga sus cosas.

Vaya descubrimiento el mío.

Agradable por sus propuestas y que haceres.

El que no pinta, repara o propone juegos de mesa o videos musicales y hasta bailes.

Todo en familia y como no hay “plan” fuera, pues la audiencia se chuta las exposiciones.



El día se hace corto.

Tanto que escuchar, que hasta parece terapia contratada.

A veces la convivencia raspa, pero como un buen viaje ... hasta lo vamos a extrañar cuando termine.



La chamba se atiende normal y a la expectativa de clientes y proveedores.

Qué planean?

Qué están pensando?

Me van a pagar?

Conozco mi límite y hasta ahí, ... me vale madre.

Esto es temporal y desde ya un año malo.

Lo lograré?

Llegaremos hasta donde se pueda.

Las miradas que eran de incertidumbre; ya son hoy de confianza.

Aquí estoy para ti, y lo que nos sobre lo vamos a dar.

Qué hueva los políticos.

Qué chingones los médicos.

Algo me dice que saldremos adelante fortalecidos en valores y ganas.

Vamos!

Voces en los días del coronoavirus

Malusa Gómez, comunicadora

Hoy cumplo quince días de estar en mi casa, saliendo solo a lo básico. Mi trabajo y mi tipo de vida me lo permiten y hoy sé que eso es un privilegio. He pasado por muchos estados de ánimo, como todos supongo, me gusta el lugar en el que vivo y eso sin duda ayuda, aunque aún no me ha dado por arreglar cajones ni sacar fotos del pasado, no me ha faltado quehacer.



Al principio, cuando el virus estaba lejos lo veía más bien como algo irreal, como algo que a nosotros “los normales” no nos pasa, lo veía como esas cosas que suelen pasar en el mundo y rara vez tocan a mi puerta. Taché de exagerados a más de uno que alarmados hablaban del tema. Y de repente llegó, no ha tocado a mi puerta, pero si a la de mis vecinos, lo siento junto, lo siento real y lo siento aquí, respirándome bien cerquita.

Suelo ser una mujer medianamente informada y muy conectada, utilizo las redes pasiva y activamente, y nunca hasta hoy había dimensionado su fuerza y su poder, para bien y para mal. Estoy absolutamente saturada, cansada de leer a tantos amigos que de repente son expertos en temas epidemiológicos, y me aterra esta Hiperconexión que hoy padecemos; no damos un respiro a nuestra cabeza, no somos capaces de frenar y analizar, reflexionar, revisar los datos o las fuentes, las firmas, le damos «me gusta» a lo que sea y compartimos lo que sea. Sin dimensionar el daño que esto nos está haciendo.

Poco a poco, voy siendo más selectiva en lo que leo, en los videos que si veo y los chats en los que participo. Me queda claro que estar informada de lo que pasa y saber qué me toca aportar es importante, pero si realmente quiero cooperar para que haya un antes y un después del COVID-19 tengo que ser la primera que me planté la vida desde otro lugar, un lugar más empático. Un lugar en el que claramente tenemos que pasar del yo al nosotros, un lugar en el que entiendo que, si hoy no salgo de mi casa, no es solo por no contagiarme yo, sino por ayudar para que no nos contagiemos nosotros.

Eso, un mundo más lleno de nosotros es lo que yo espero nos deje este encierro. Que aprendamos a vivir de otra manera, que entendamos que, así como lo hemos hecho hasta hoy no está dando resultado. Y una parte de mí está convencida de que así será, que no puede haber otra forma, pero luego entro a las redes y la encuentro repletas de críticas, compruebo que seguimos viendo lo malo y perdiendo de vista lo bueno. Compruebo que somos incapaces de reconocer que si las cosas son así o están así, no es solo culpa de otros, yo también soy responsable, y entonces me convenzo de que es importante participar e involucrarse en temas aunque no toquen directamente en nuestra puerta, que para que este mundo funcione tenemos que participar todos, que como dice mi mamá “un grano no hace un granero pero ayuda a su compañero”, que somos la suma de lo que todos hacemos o dejamos de hacer, hoy más que nunca entiendo que si yo me quedo en mi casa, aporto algo y que si todos pensamos así, sumamos muchos “yos” y logramos algo grande, hoy contra el COVID-19, mañana contra la desigualdad, la contaminación o el tema que más nos ocupe o nos inquiete. Hoy entiendo mejor que nunca el significado de vivir en sociedad, de ser comunidad, de hacer barrio, de trabajar en equipo.



Voces en los días del coronavirus

Mar Castro de Lugo, consultora política



Te llamo “bicho” porque mereces un nombre simple con el que pasar a la historia. Dejas una negra huella en un presente que pronto será pasado. Y tu recuerdo provocará una mueca de dolor por los tiempos duros que nos obligaste a vivir, que se transformará en una amplia sonrisa, por cómo lograste unirnos. Unión que ha provocado tu perdición.

Nos has convertido en los personajes involuntarios de la película de terror que nunca quisimos protagonizar. Con un villano claro: tú, bicho; y unos héroes a los que hoy aplaudimos y veneramos: los profesionales sanitarios, nuestros salvadores, y primera línea del frente de batalla que has desatado.



Nos enfrentas a diario al control del torbellino emocional en el que estamos inmersos, que volcamos en agradecimiento a todas aquellas personas que ponen sus vidas en peligro para que las nuestras estén a salvo: fuerzas y cuerpos de seguridad, transportistas, personal de limpieza, dependientes, reponedores, y un largo etcétera.

Has infundido en mí la tristeza, con el corazón encogido por el dolor que veo a mi alrededor, con personas queridas sufriendo y ofreciendo “pésames” a diario.



Pese a tus esfuerzos, no has conseguido desterrar la esperanza y la confianza en los míos, provocando una ola de solidaridad que de forma unánime se ha desplegado por todos los rincones de nuestra tierra.

Mantengo íntimas conversaciones contigo, bicho: “has elegido mal a tus víctimas, te lo vamos a poner difícil. Entraste en nuestras vidas sin invitación. Saldrás de nuestras vidas por obligación. Prepárate, tu fin está cerca”.

Tu primera derrota es nuestra primera victoria, bicho. Has puesto en valor al ser humano, y has logrado sacar lo mejor de nosotros mismos, recuperando unos valores aletargados, invencibles, que irrumpen con la fuerza de la necesidad.

Prepárate, bicho. ¡La victoria definitiva está próxima!

Voces en los días del coronavirtus

Gabriel Villalobos, ingeniero poblano de 65 años, residente en San Francisco, California



Vivo en California, estudie en el Instituto Oriente de Puebla.

Nuestra prueba de supervivencia comenzó el 9 de Marzo cuando finalmente tuvimos que resguardarnos y comenzar una nueva vida.

Yo me enteré del Virus a principios de Enero, y lo veía sin mucha atención, pero para mediados de Enero empezaba a escuchar del “lockdown” de Wuhan, una ciudad de 10 millones de habitantes.

Esto me llamo mucho la atención y empecé a escuchar más las noticias de la propagación del virus, de lo súper contagioso que es y que gente de la tercera edad se estaba muriendo. Durante mi cumpleaños mi esposa y yo nos fuimos de fin de semana al norte de San Francisco, a un bello lugar en la costa que se llama Point Reyes, ahí manejando escuche de los primeros casos en Lombardi, Italia, la rapidez con la que los casos se multiplicaron, y



luego España. En ese momento me di cuenta de la gravedad de la situación, sobre todo porque en San Francisco está el Chinatown (población china), más grande de USA y me di cuenta de las posibilidades de un gran contagio en el Área de la Bahía de San Francisco. El presidente Trump no le daba la seriedad necesaria, no tomo ni ha tomado las medidas necesarias para mitigar el Covid-19. así es que ahora, USA ya sobrepasa a China y es el país con más contagios en el mundo con 124,665, y el área donde vivo ya tiene 1765 casos, el Área de la Bahía.

Llevamos ya 3 semanas de encierro, nos distraemos viendo películas, armando rompecabezas, limpiando la casa, jugando juegos como Fórmula 1, jugando ajedrez. Uno de mis pasatiempos es fotografía, así es que reviso fotos que he tomado, tal vez encuentre algo nuevo en ellas. Vamos al supermercado una vez a la semana, no se encuentra todo lo que uno busca pero si la mayoría. Hay horas dedicadas a gente mayor de 60 años. Ha estado lloviendo en estos días por acá, eso ayuda mucho a que la gente no salga. Espero que esta pesadilla pase pronto. Yo pienso que no hay otra salida más que un “lockdown”, será la única forma de aplastar la curva, y ojalá en unos meses encuentren si no una vacuna un medicamento que evite tantas muertes y nos cure un poco de los síntomas. Yo les deseo mucha suerte a mis compatriotas y amigos de Puebla, ya he platicado y compartido mi experiencia con mis compañeros del Colegio por medio de WhatsApp, y sinceramente espero que el calor mitigue este Virus. Quédense en Casa bien resguardados y les deseo lo mejor.

(Foto de portadilla tomada de The Atlantic)



Voces en los días del coronavirus

María Gónzález de Cosío, diseñadora y académica



Se nos fueron tres meses sin hacer nada. Noventa días que hubieran permitido producir gel antibacterial, cubrebocas especializados, desarrollar y/o adquirir ventiladores, adecuar espacios y construir muchos más para albergar a tantos enfermos, y sobre todo, tener las pruebas necesarias para cubrir a la población. Varias veces comenté —qué bueno que el primer brote del virus no fue en México porque ya hubiera arrasado con el país--. No sentí que tan pronto estaríamos esperando esta ola incierta de peligro con las manos vacías. Y nos llega sin preparación, sin conocimiento claro de qué hacer y cómo hacer. Hoy en la mañana, todavía nuestro conserje originario de Quecholac, un hombre inteligente y trabajador decía que allá no llegaría la enfermedad; cuestionaba que si de verdad era cierto.

Disculpen mi pesimismo, pero se extiende más allá de la enfermedad; estoy consciente de que el virus llega a un país débil, pobre, sin esperanza, sin servicios y sin dirección. Estamos en manos de la sordera, del capricho, de la terquedad que ha despreciado el sufrimiento de los otros países e ignorado las advertencias. Me preocupa que este descontrol se extiende de diversas maneras; por un lado mucha gente que no atiende las instrucciones; otra más que no puede atender por su situación personal que no le permite retraerse en su casa. Y lo más alarmante, grupos de la población que promueven el abuso para hacer daño y apoderarse violentamente de lo que no les pertenece, tal como hemos visto en los saqueos recientes. Después, se extenderá a aquéllos que no tendrán qué comer y que mediante la fuerza y la ilegalidad obtengan lo necesario para subsistir.

No se puede ignorar que las dádivas ofrecidas a los que menos tienen implican un menosprecio, una desconfianza; son actos que los hacen sentir inútiles, los niega como personas capaces de imaginar, actuar y producir. La gente lo que quiere es trabajar, ganarse dignamente los alimentos. Ayer un vendedor ambulante en la ciudad de México seguía preparando su comida a pesar de que no había clientes. Decía, —yo no puedo dejar de trabajar. Entonces, ¿por qué exprimir a aquellos que generan fuentes de trabajo? ¿Por qué estrangular a las empresas para que tengan que despedir gente por las exigencias fiscales y de otros rubros? Debemos tratar de que la gente no deje de percibir sus ingresos, de que se siga sintiendo útil, de que pueda salir adelante a pesar de esta adversidad. No entiendo la ceguera de las autoridades.



Sin embargo, tengo una chispa de esperanza y ya lo hemos demostrado. Creo en nosotros como sociedad civil, a veces menguada, a veces distante de problemas inmediatos, a veces egoísta e irresponsable. A pesar de todo, en estas últimas semanas, muchas, miles de personas están conscientes de la necesidad de tomar el sartén por el mango, desde las marchas aglomeradas, pacíficas, fuertes y disciplinadas exigiendo justicia ante la delincuencia imparable, o manifestando el trato desigual e injusto hacia las mujeres, hasta decidirnos a cerrarle el paso a la pandemia. Debemos felicitarnos por esta acción de unión, solidaridad, responsabilidad, y me queda la pregunta ¿Qué más podemos hacer desde nuestro cautiverio?

Voces en tiempos del coronavirus

José Luis Pandal, comunicador, historiador



Hace muchos años, mientras tomábamos ron en su casa y hablábamos del Comandante, con la discreción que se acostumbraba entonces, un querido amigo cubano me regaló varios libros, de esos que editaba el ministerio de Cultura y distribuía entre la población.

Entre estos, había uno que se llamaba ‘La prisión fecunda’ y contaba como se había organizado una escuela de pensamiento y reflexión entre los condenados por el asalto al Cuartel Moncada que se encontraban presos. No encuentro el ejemplar en este momento ni recuerdo datos del autor o autores, cuando lo halle los haré saber.

Por otro lado, cuando era joven, se decía, ‘paren el mundo, que quiero bajarme’, a modo de rebelde protesta. Seguramente alguien produjo la frase, ¿sería Quino?, y tuvo éxito.

Traigo a la memoria estos recuerdos para pensar, a la luz de las circunstancias, qué hacer con esta condena al aislamiento que a mí me imponen, no lo hubiera esperado, los que me quieren, no los que me odian que espero sean pocos y no tan furibundos, en este mundo que de repente se detuvo.

A muchos, a la mayoría en nuestro país, el parón les cambiará poco la vida; seguirán muriendo de pobreza, de ignorancia, de violencia y de superstición o sobreviviendo con astucia, maña, trabajo durísimo y fe en un mañana menos cruel.



Pero a los privilegiados, que tenemos manera de aislarnos sin hambre ni carencias mayores, nos toca pensar. No puede ser, no debe ser, que esta circunstancia nos deje como nos encontró, con avaricia, envidia, individualismo y poca conciencia del otro, el llamado prójimo. Nos deje contaminando el mundo, acomodándonos en el sistema patriarcal y explotador, que exprime lo mismo naranjas que personas y arroja desechos industriales o sangre de víctimas donde se pueda.

Tenemos que definir qué mundo nuevo queremos, por donde seguimos caminando, cómo producimos lo necesario y repartimos lo indispensable. Qué hacemos para darnos nuevas normas de convivencia, gobiernos que nos sirvan, industrias y negocios que consideren las necesidades humanas y no sólo las utilidades. Un mundo que no tolere la desigualdad abismal, que se avergüence del hambre de otros, que entienda que la acumulación desmedida es vía para la extinción del género humano.

Creo que asistimos al final del sistema político que ha dominado los últimos años desde principios del siglo veinte. El capitalismo neoliberal depredador está en su fase terminal y el socialismo tradicional se está ahogando en palabrería y demagogia, ineficiente e ineficaz; no van más.



Pero no cambiará el mundo sólo porque apareció un virus que también mata a los privilegiados. Hay que pensar, teorizar, ensayar nuevas formas, otros senderos, mejores alternativas. Eso toca a filósofos, políticos, economistas y toda gama de científicos.

No será inmediata la transformación de la humanidad, pero la tecnología y la comunicación que cambian velozmente, ayudarán a acelerar la evolución-revolución de la sociedad.

Yo creo que el feminismo, con lo que significa de igualdad, democracia, respeto a los derechos humanos y exaltación de valores reales, por un lado, y el ecologismo, con la importancia que da al cuidado de la casa común, al medio ambiente donde todos, al fin, respiramos, son el camino hacia el mundo nuevo que urge encontrar.

Estos movimientos son incontenibles. Cambiarán las cosas, más pronto o más tarde, según la resistencia que encuentren, y construirán mejores estructuras que aliviarán al planeta. Eso creo y, desde luego, eso quiero.