Voces en los días del coronavirus

Voces en los días del coronavirus

Mundo Nuestro. Vivimos tiempos que marcarán la historia del mundo. COVID-19, le dicen los enterados. Coronavirus, para el vulgo. En esta mudanza estamos en el arranque de la primavera del 2020. De ahí recogemos estas voces.

Voces en los días del coronavirus

Juan Carlos Báez, escritor, estudiante de literatura

¿Ya eres más hombre? Reto: Sé Más (o menos) Hombre, parte 3



Día 15, Reto 15: Más allá del reto, necesitaba hacer esta actividad. Tendrá cuestión de meses que empecé a sentirme incómodo con la manera en que vestía. Poco después de notarlo supe que era por la forma en que combinaba algunas prendas. Así que, de un modo u otro, pensé que debía variarle a las combinaciones y ponerme algunas playeras con ciertos pantalones y viceversa.

Concluí que me veo bien de camisa porque, en el fondo, soy un señor y toda ropa de señor al parecer me hace ver de acuerdo a mi personalidad de señor.



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Día 16, Reto 16: Esto lo hice entre diciembre de 2019 y enero de 2020, si no me equivoco. Y sí, lo he hecho. Y he sufrido. Y cada que puedo me reitero que no lo estoy haciendo. Y me siento mal por ello. Y lo sigo haciendo. Y es complicado. Y lo es mucho pero lo hago. Y cada que puedo reviso lo que he avanzado. Y sigo haciéndolo. Y escribo. Y leo. Y grabo. Y mando. Y sigo haciéndolo. Y lo hago. Y lo hice. Y lo haré. Y no sé cuándo acabe ni menos cómo pero lo hago. Y hago. Y duele. Y creo que nunca dejará de doler. Y me voy acostumbrando. Y sigue doliendo. Y lo sigo haciendo. Y duele más. Y más. Y más. Y y y y y y

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Día 17, Reto 17: Hará cuestión de tres años que mi abuela falleció. La considero la única persona de la tercera a la que era verdaderamente unido. Por ahí, sí, tuve abuelos también, abuelos hombres, vaya. Pero creo que con ninguno me llevaba en sí. Al poco tiempo de fallecida mi abuela, murió, primero, su esposo, es decir, mi abuelo materno y, luego, el papá de mi papá, es decir, mi abuelo paterno. A partir de la muerte de mi abuela mi mamá, quien también ya es grande –este año cumple 62–, y yo creamos una rutina completamente distinta de la que ya he platicado en anteriores ocasiones.

No podría decir que yo ayudara mucho a mi abuela. En realidad era –y soy– muy inepto en la vida y me la pasaba –y paso– ensimismado mucho tiempo. Mi excusa siempre ha sido que tenía diecisiete, dieciséis, quince, catorce y réstenle a esos más años como para concientizarme de las cosas que había a mi alrededor y las necesidades que debía cubrir. Y, sin embargo, en ocasiones me parece que sigue siendo así. Pero la quería como quizás a pocas personas he querido en mi vida. Bromeábamos, peleábamos, debatíamos. En una palabra: nos acompañábamos en nuestras respectivas rutinas diarias pues a su casa llegaba de la escuela para comer y nos íbamos muy tarde. Me quedé con ganas de decirle lo mucho que la quería pero en los últimos días de vida me costó trabajo encontrar las palabras adecuadas para ello y mejor preferí escribirle un poema que ahora prefiero olvidar. –Cosa curiosa: en algún momento mi mamá me dijo que ella prefería que escribiera a que me volviera músico. Y, bueno, pues heme aquí en este trayecto de sufrimiento que es la literatura. –

Aún procuro ayudar a mi mamá. Hoy, 18 de junio, avisaron que el siguiente semestre de la universidad comenzará a mitades de agosto y será virtual hasta nuevo aviso. Qué bueno ya que así podré apoyarla en lo que pueda en las actividades del hogar. A ver qué pasa. Igual e incluyo dentro de mis actividades ir al super y, así, quitarle ese peso a mi papá, quien lo ha hecho en las últimas semanas.

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Día 18, Reto 18: El más difícil de todos por la sencilla razón de que nunca, jamás, en la vida he podido poner mi cabeza en blanco, callarla, decirle que se ciña a una actividad y no piense en ningún otra, en ninguna otra cosa que no sea eso preciso que estamos haciendo en el momento. Dificilísimo. A los siete años a un grupo de doctores y a mi mamá se les ocurrió buena idea inventarme una enfermedad casi incomprobable –pues incluso su inventor ha dicho en años recientes dudar de la existencia de ella– llamada Trastorno déficit de atención e hiperactividad, conocida por sus siglas como TDAH o por la abreviatura en inglés ADHD –Kendrick Lamar hizo una canción al respecto–. Hasta casi los catorce tomé un grandioso y mágico medicamento llamado Ritalin, que, según dicen, puede crear dependencia y, más tarde, cuando ya se levantó el tratamiento, pensamientos suicidas, depresión y ansiedad. No me falla la memoria al decir que a los trece, catorce años empecé a experimentar dichas ideas en mi cabecita ahora supuestamente curada pero que más pronto que tarde me diría: no, cómo crees, curado nunca, nunca estarás curado a menos que vuelvas a medicarte y estés así gran parte de tu vida. Hace unos años ideé un horario para que me rindiera el tiempo y mi cabecita no estuviese volando en la nada. Organicé mis proyectos de tal modo que pudiera leer y escribir –lo que más importa– y también pudiera sacar las tareas de la escuela y cumpliera con mis demás compromisos. En ocasiones algunos amigos creen que tengo un horario por mamón pero no es así: lo tengo porque de lo contrario me volvería loco haciendo todo y llegando a nada. No. No puedo callar mi cabeza. Aunque sí me han recomendado meditar. Quizás empiece a hacerlo. Suena bien. Suena a un reto para mi cabecita que piensa todo y llega a nada. A nada. A nada. A nada de nada.

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Día 19, Reto 19: No sé cocinar, amigos, así que les ahorro la lectura de este reto. En cambio les dejo una foto de unos Ruffles original. ¿Les gustan?

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Día 20, Reto 20: Hoy platiqué con mi mamá sobre la violencia que vive el país desde hace casi catorce años. Por ahí salió el tema de los desaparecidos y los muertos porque días antes se me ocurrió poner una entrevista que le hicieron a Rulfo en el setenta y a ella le llamó la atención. Me dijo algo como que Pedro Páramo era muy particular pues hablaba de muertos. Yo le dije que lo interesante de ella era que los muertos hablaban. Tal cual. El tema acabó en que yo le mencioné un pasaje de Bulgaria Mexicalli, de Gerardo Arana, en la que dicen que tres mexicanos y un chileno velan el cuerpo de Juan Rulfo y de repente éste se levanta y dice: “En México todos están muertos”. El verso me gusta muchísimo. La idea aún más. Y pensaba hacer para el reto de hoy un collage con algunas revistas y libros que ya no uso en las hojas recicladas sobre las cuales imprimo todo el tiempo otros textos. Pero el tiempo me venció. Fue, sin embargo, un tiempo invertido en algo bueno pues me reuní con mis amigos después de mucho tiempo de no hacerlo. Ellos del otro lado de sus cámaras y yo de la mía. Platicamos largo y tendido. Espero acabar el collage pronto y ponerlo en algún lugar de mi habitación a modo de recordatorio de qué tan buenos fueron Rulfo y Arana.

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Día 21, Reto 21: Bueno, pues. Hoy se concluye esto. Fue lindo mientras duró. Sirvió bastante. Como conclusión sacó que muchas de las actividades propuestas en el reto deberían hacerse de cuando en cuando, si no es que diario en algunos casos específicos –como la ayuda en la casa.

Se supone que el último reto consiste en hacer algo en lo que tengas talento. Y si bien no considero que tenga el talento del mundo, o, más aún, que esté cerca de saber que ese ‘talento’ me dejará algo, sí digo que me gusta escribir. Ya tiene tiempo que le dedico gran parte de mi esfuerzo y energía a esa actividad. Prueba de ello es que parte de este reto se haya publicado en este espacio. Les agradezco a Ana y a Sergio la oportunidad para hacerlo. Todo lo que quise decir en mis comentarios de Facebook y no pude quedó plasmados aquí.

Los quiero. Nos leemos luego.

Voces en los días del coronavirus

Verónica Mastretta / Ambientalista

(Este texto fue publicado originalmente en la revista Nexos, dentro de la serie "Covidiario")

(Ilustración de portadilla, Kathia Recio. revista nexos)



Mi intención era escribir acerca del errático mundo de los sueños, de sus reglas, que son las que parecieran regir y desordenar estos largo días del covid. De hecho, lo hice. Y como pasa en sueños, en que todo se desbarata cuando está a punto de suceder algo definitivo, di un clic equivocado y el texto quedó definitivamente borrado. Lo supe en el instante en que lo hice. Que el texto se había ido al carajo. Mejor. Ya iba sin alma. A la mitad del texto supe que Amy Camacho no había sobrevivido al derrame cerebral que sufrió la semana pasada. Este día no sería parecido a los últimos cien. No lo recordaré como esos días.

El 2020 nos repartió unas cartas desconocidas con las que aún no sabemos lidiar. Los humanos somos la única especie que mide el tiempo, aunque los físicos cuánticos dicen que no existe, que todo es presente. Como sea, nos hemos organizado para ponerle horas y nombre a las vueltas de la tierra sobre su eje o alrededor del sol, lo hemos medido con relojes de arena, calendarios de piedra o con precisión digital. Pero el covid ha arrasado hasta con la percepción que teníamos del tiempo, y de marzo para acá tenemos en la mente un amasijo de días y horas confundidos entre sí. La cuenta exacta del tiempo ha sufrido un serio revés y hoy me parece esquivo e inmanejable, como en los sueños.

Anochece en este 25 de junio de 2020. La muerte de una persona querida fija las fechas en nosotros. Pienso en Amy muy joven, casi niña, la mayor de ocho hermanos, aprendiendo a trabajar en equipo para lograr sacar adelante a Africam Safari hace tantos años, y en cómo se transformó en una eficaz , intensa y generosa líder de múltiples causas. En los últimos tiempos, larga fue su batalla por vivir, largo su encierro. Y no por el covid. Su salud se volvió frágil hace ya tiempo. Tanto batallar desde los trece o catorce años le pasaron factura. Ella quemaba su energía en cada idea que consideraba fundamental, pero en particular en todo lo que fuera su familia nuclear y laboral y todo lo que tuviera que ver con la protección y preservación del mundo natural. Si la energía se transforma, se volverá cometa. Así me la imagino. No la imagino quieta. Contar su historia es motivo de un relato aparte. Varias veces se lo dije, cuando con entusiasmo buscaba quien le escribiera un buen texto con la historia de su papá y los orígenes de Africam, —Para mí el personaje eres tú. La historia que hace falta contar es la tuya—. No se veía a sí misma como una heroína. Tampoco como víctima. Yo vi en ella tanta complejidad, tantos dilemas, pero como primera cualidad, una generosidad inmensa, un desbordamiento y compasión hacia los demás que rara vez se encuentra en las personas.

Si algo caracterizó a Amy fue su capacidad para entender que había que trabajar y actuar más allá de nuestros pequeños mundos personales. Cuando tuvo su vida resuelta, guardó en la memoria lo importante que es que alguien te ayude cuando estás en problemas. Traía a flor de piel la pregunta —¿En qué te ayudo ? ¿Qué necesitas? ¿Cómo lo resolvemos?—. La generosidad como una insignia. Fue y vino por la mixteca poblana después del temblor de 2017. Conseguía ayuda, sí, pero junto a las cosas, ella sumaba su presencia. Justo cuando empezó el covid, un aneurisma hizo crisis en su cabeza. Los hospitales eran un lugar de altísimo riesgo para ella. En marzo la mandaron a su casa, a esperar a que bajara la pandemia, cuando todos pensábamos que para abril o para mayo iríamos de salida. Ya va acabando junio. El covid nos obliga a esperar. Obliga a la paciencia. Hablé con ella en esos días. Ella que era tan cariñosa, sensible y espléndida, llevaba el aislamiento drástico con muchísima gracia y valor. En estos tiempos en que reinan las quejas, no se quejó ni una vez. Sólo me dijo que estaba asustada de que el riesgo del virus no diera tiempo para que la pudieran curar —Pero es poco lo que necesito, solo necesito paciencia. ¿Y tú, cómo vas? ¿Estás tranquila? ¿No necesitas nada?—.



Cuando se va una persona como Amy, todos perdemos algo. Cuando vemos vivir a alguien como ella, siempre aprendemos mucho.

Comienza otro día, a ver si lo podemos volver extraordinario.

Voces en los días del coronavirus

Sergio Mastretta / periodista

(Este texto se publicó originalmente el 24 de junio en el portal digital de la revista Nexos dentro de la serie "Covidiario")



La vida replegada. Afuera, en la calle, se sujeta a ritmos que no son los míos. Lo sabe el río Atoyac cercano a casa, que ruge tras la tormenta al caer la tarde del martes 23. También las pálidas milpas, jovencísimas, en lo que eran las ciénegas de Texmelucan y Tlaxcala en la ruta del río hacia la ciudad, se alegran tras la sequía que ha acompañado un temporal infame. Fines de junio y apenas llega el azote del cielo para diluir las aguas podridas del río muerto. Los frailecillos (Macrodactylus nigripes) se alegran también desde sus larvas pues ya se miran como adultos en el festín de las espigas en la polinización de julio y agosto. Altísimo riesgo para los que sembraron en abril. Y para la tierra a la que le caerán los insecticidas clorados y fosforados. Los campesinos maiceros, que no les hablen a ellos de plagas y pandemias.

Frailecillos (Macrodactylus nigripes), coleópteros felices rumbo al festín de las espigas…

Miércoles 24. La voz atada a la celda de la computadora en la era fértil del palabrerío.

Un amigo me dice que su papá tiene todos los síntomas del coronavirus. Esperan el resultado en unos minutos. Ahí la palabra es precisa: riesgo. Su padre ronda mi edad, 65 años que se asoman al abismo.



Amanecimos en Puebla con la lluvia y la cuenta de 40 personas fallecidas en las últimas horas y 309 nuevos casos positivos, 914 muertes desde que el gobernador Barbosa habló del molito que te salva de quedar tieso.

En el olvido también su desvarío de la enfermedad de ricos. Con 23 377 mexicanos muertos poco a poco escalamos peldaños en la lista de la Johns Hopkins. En el mundo 478 289, y ya la mirada es telescópica.

La vida a saltos. Hoy 3 de mayo escribo que la cuenta es de 247 431 muertes. Día de la Santa Cruz. Analizo la imagen que me desnuda. ¿Qué se necesita para pasar a la estadística? Ahí estamos cualquiera de los 7 500 millones de habitantes de este desventurado planeta. Su desventura es la nuestra. El mal es sistémico, dicen los enterados. Por dentro y por fuera, el mal está hecho. La historia la cuentan los científicos y la extraen de las autopsias, de la vida de los otros que la han perdido. Su tiempo finalmente desatado. 247 431 muertos a estas alturas de la noche del domingo 3 de mayo, para los cueteros, el Día de la Santa Cruz.



La voz atada. Mi oficio es contar historias y quedar como el cohetero. Tengo 43 años saliendo a la calle a buscar la noticia, como mal decimos en el medio periodístico, pues los hechos se fabrican para venderlos en el mercado. He aprendido a escribir escuchando las historias de los otros. Siempre en mi entorno inmediato. A veces más lejos. Mi historia personal ha sido la de salir a buscar la vida de los demás para intentar entenderla y contarla. Ahora estoy atado en casa. Enfrascado a ratos en conversaciones que se estrellan contra la pared.

En la realidad los hechos se mueven con la libertad de los frailecillos.

Ayer martes 23 de junio, a las 3 de la mañana, un operativo policiaco tomó por asalto varios barrios en Amozoc. Iban por quienes tienen identificados como líderes de una revuelta contra el alcalde del lugar, predicador de la Iglesia de la Luz del Mundo, quien llegó al cargo en otra de las lunáticas alianzas de Morena para ganar en el 2018. El tipo ha conseguido en un año de gobierno que una turba estalle contra el palacio municipal. Ocurrió el 23 de enero de este año. Exigían patrullas y seguridad, agua potable y cuentas claras. Quemaron dos patrullas y se apedrearon a gusto con los granaderos. Una carga de gas y toletes los enfureció, así que tomaron la autopista y exigeron la destitución del de la Luz del Mundo.

El fanático no pone la otra mejilla y se resguarda en su alianza con Miguel Barbosa. Identifica uno a uno a los que encabezanel movimiento Amozoc Seguro. Un activista, Eloy Méndez, el primero de ellos. Cinco meses después, ayer en la madrugada, en un operativo como no lo habían hecho contra ninguno de los grupos de huachicoleros de la región, la policía estatal cumplió con el cateo en búsqueda de los líderes, y lo hizo como lo han hecho siempre en Puebla los gobiernos: sin órdenes de aprehensión a la vista, tumbando puertas, arrojando a los detenidos en las bateas y bajo las botas de los granaderos. Catorce detenidos por el gobierno de Puebla, hoy con marca Barbosa-Morena, igual que con Moreno Valle-PAN o Manuel Bartlett-PRI. Una plaga antigua la de los gobernadores autoritarios en Puebla.

La voz atada del reportero imagina a los reos apretujados en la celda de ingreso en el Cereso de San Miguel. Los cuerpos ahí no tienen nombre y apellido, son larvas con las que se alimentan abogados, ministerios públicos y jueces que afilan el colmillo. Cuando los detenidos en Amozoc lleguen a ella dormirán los primeros días de pie, en un aprieto de sudores, odios y miseria, pues no hay otra forma de que 52 personas quepan en un espacio de 4 por 3 metros. En el rigor de ese infierno sufrirán la violencia de los escupitajos y madrazos del más fuerte ahora, el covid-19. La cuenta de muertos por coronavirus en la cárcel es de 15 hoy. Dice David Méndez Márquez, morenista convertido en secretario de Gobernación por Barbosa, que ya son 176 casos confirmados de coronavirus en las cárceles poblanas. El funcionario no tendrá cómo justificar que un gobierno de izquierda aplique los términos del antiguo delito de disolución social de los años cincuenta contra los detenidos esta madrugada en Amozoc. Ni las celdas mínimas en las que se enlatan a los presos.

La voz atada en el cerco de la injusticia. Alegría de los frailecillos.

Sergio Mastretta

Voces en los días del coronavirus

Juan Carlos Báez, escritor, estudiante de literatura

Día 0, Reto 0. Lo vi en Twitter casi por accidente. Como supongo que se ve todo en Twitter y, aún más, todo en esta vida tan acelerada que llevamos. Iba de salida. De repente saltó a mi vista. Pensé compartirlo antes de leerlo, pero como el buen ciudadano que soy le dediqué unos minutos de mi tiempo para ver en qué consistía. Cuando lo acabé lo posteé en mi Facebook y retwitté en mi perfil. Acto seguido, se lo envié a mis contactos más personales, a los que considero mis amigos hombres. Básicamente el reto proponía hacer cosas que bien pueden hacerse en la cotidianidad –y se hacen, quizá– pero que muchos hombres, por las actividades diarias o por nuestros soberanos huevos, eludimos. Veintiún días. Nada del otro mundo: cuidarte a ti como el hombre y, sobre todo, como el ser humano que eres, que siente y piensa y se emociona y vuelve a sentir, para cuidar, pues, a los demás, a los que te rodean y te quieren. Se podía hacer. Y lo haría. Sin embargo, pensé, me vendría bien acompañarme con alguien. Para sentir más confianza. Le escribí a mi amigo Lalo Andrade y ambos nos insinuamos que si alguno pensaba hacerlo le diría al otro para que también lo hiciera y que nos acompañáramos en el proceso. Servía que hacíamos comunidad, algo que en ocasiones carecemos como hombres: el apoyarnos con lo que sentimos y pensamos más allá de las pendejadas que se nos ocurren día a día.



Tardamos, no obstante, casi una semana para llevarlo a la práctica. Lalo debía sacar trabajos de la escuela y yo estaba corrigiendo algunos textos, situación que siempre mantiene mi mente ocupada y agotada. Nos pusimos de acuerdo el domingo 31 de mayo y decidimos que la fecha para empezar sería el 2 de junio.

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Día 1, Reto 1: La rampante tecnología me superó, a pesar de cumplir en unos días veintiuno. Imagínense. Ya no sé cómo subir a Facebook un mentado comentario con un álbum. Soy, palabras más, palabras menos, tonto. Quería comentar en una sola publicación lo que iría pasando diario en este reto. Pero no pude. Por ello decidí poner mis opiniones en la sección de comentarios del álbum. Es decir: existe la opción de comentar el álbum en su totalidad. Ahí estarían mis comentarios. En fin. El primero sería éste que ahora leen.

Curiosamente hoy, que decidimos Lalo​ y yo iniciar el reto de #SéMásHombre –el cual pueden leerse aquí, por si gustan entrarle: https://animal.mx/.../21diasdecuidado-reto-cuarentena.../ –, me encontré una carta mientras escombraba mi cuarto. Moví algunas cosas y dentro de una carpeta estaba una hojita que escribí hace casi diez años. Muchas de las cosas que puse no se han cumplido y, probablemente, no se cumplan dentro de poco. O nunca. Quién sabe. Al releerla pensé que mucho no ha cambiado, no sólo en el mundo sino conmigo mismo: en el fondo sigo siendo el mismo niño, sólo que aprendí a razonar de otro modo. Vivo con una cierta inocencia de que todo puede mejorar, de que todo mejorará con facilidad a pesar de que la vida me ha demostrado que no siempre se mejoran las cosas y menos con la facilidad y rapidez que yo me imagino.

A propósito de eso redacté algunas cosas que me gustaría haber cumplido para dentro de diez años. ¿Se cumplirán? Quizá no. Con esta vida tan alocada que vivimos es difícil. Pero sirve mucho hacerlo. Ya saben: sentarse y decir qué quieren hacer y pensar cómo hacerlo. En los últimos años lo he hecho y, verdaderamente, ayuda. Al menos a mí me ayuda para tener un orden de las cosas que me gustarían hacer a corto, mediano y/o largo plazo. Es una suerte de escaleta, de guía para trabajar. Y sirve más revisarlo constantemente: sentarse y leerlo para ver cómo va progresando.

Y como toda buena carta que se precie de serlo la escribí en una hoja reciclada, pues todo lo que se escribe en una hoja reciclada tiene la fortuna de compartir espacio con algo verdaderamente importante.

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Día 2, Reto 2: Desde que inició la cuarenta procuré organizarme con mi mamá para repartirnos las tareas de la casa. Así, ambos preparamos el desayuno todos los días; yo barro, trapeo y sacudo, entre domingo y lunes, la casa y lavo, los domingos, los baños; y ella lava la ropa entre lunes, miércoles y viernes y hace la comida diario, para que luego yo lave los trastes del desayuno y, también, de la comida a diario.

Todo parece miel sobre hojuelas pero hace unos años no lo era así. En más de una ocasión ella me reclamó no ayudarla en casa. Yo no cobraba conciencia de que podía ser más rápido y fácil todo si cooperaba en el hogar. Aún más: que al cooperar aprendería a atenderme, algo que muchos no saben hacer. Quizá porque no pasaba demasiado tiempo en casa o porque mis otras actividades –y más mis obsesiones– me lo impedían. Hubo ocasiones en las que me enojaba por que las cosas no estuvieran en su momento y lugar, sin darme cuenta de que si ayudaba a su realización podían hacerse en un menor tiempo y, así, que estuvieran cuando las necesitaba.

Como me ocupo de otras y el reto de este día implica hacer algo que te costara trabajo, me ofrecí a ayudar en la comida. La foto que anexo no revela una comida muy apetitosa pero la verdad me gustó mucho saber cómo cocinar sopa. Jiji. Luego de eso emprendí mi labor diaria de lavar los trastes y recordé, indefectiblemente, como lugar común y, sobre todo, como algo muy lejano, la idea que tenía Sor Juana Inés sobre la cocina, que era algo así como que si Sócrates (o Platón o Aristóteles o uno de ellos que a veces parecen lo mismo) hubiera cocinado habría hecho de su filosofía algo más rico. ¿En contenido? Creo que no: en sabor.

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Día 3, Reto 3: Ya que tenía tiempo queriéndolo leer, le propuse a Lalo, como parte del tercer reto, checar algunos cuentos de Ficciones de Borges. Aceptó, con la condición de que él leyera algunos que yo he leído y que yo hiciera lo propio al leer algunos que él ya leyó. A mí me tocó, entre otros, el “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, “Pierre Menard, autor del Quijote”, “El jardín de los senderos que se bifurcan” y el “Tema del traidor y del héroe”.

Luego de algunas horas haciéndolo recordé por qué odio tanto a Borges. Pero esos comentarios los dejo para cuando lo hable con Lalo. ¿Ya los leyeron? Si se quieren un poquito háganse el favor de nunca hacerlo o, mejor aún, de buscar los resúmenes en internet para sacar a relucir su pedantería en la próxima charla pseudointelectual que tengan.

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Día 4, Reto 4: Me reuní con Lalo para hacer el reto del día pero sobre todo para charlar de las cosas que hemos pensado en este tiempo de confinamiento. De pensamientos y sentimientos y emociones y disertaciones sobre la vida y el amor y la literatura que son, en ocasiones, lo mismo. Aunque decir platicar resulta ambiguo. Creo que, como muchas veces, hablé más yo. No me siento orgulloso pero a veces no puedo callarme por más que quiero. Lo juro.

Le conté algunas cosas que no le había dicho por pena, me quejé de quien debía quejarme (nada sorprendente) y le dije mis teorías conspirativas. Y también escuché lo que le pasaba, le pregunté qué sentía y supe qué pensaba y piensa de todo lo que sucede a su alrededor más inmediato y del más lejano.

Lo mejor de todo es que de lo menos de lo que hablamos fue de Borges. Alabado sea el señor.

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Día 5, Reto 5: Siempre he sido muy unido con mi mamá. De muy chico y hasta casi los diecisiete, gran parte de mi convivencia familiar se ciñó a ella y a mi abuela. Luego ésta falleció y tanto hija como nieto debieron reponerse y crear una nueva normalidad basada en la ausencia. Por eso, si no perfecta, al menos sí considero que la comunicación entre ella y yo es buena. Me escucha en mis problemas así como yo procuro hacerlo en los suyos. Y a partir de ello comprendemos por lo que atraviesa el otro. Con todo y que la ansiedad y neurosis nos rebasan en ocasiones y que, por ello, nos mandamos, momentáneamente, a la verga, al final del día sabemos que nos tenemos el uno al otro para lo que sea.

Mi convivencia social durante esta cuarentena se ha basado en estar con mi mamá y mi novia, Iyyasú. Hace un tiempo que hemos querido desarrollar una buena comunicación para evitar peleas, sí, pero sobre todo para apoyarnos. Admito que si hacemos un balance ella me apoya y comprende más de lo que yo a ella. Pero día tras días intento hacer un esfuerzo por salir de mi ensimismamiento y ayudarla.

Sin embargo, no creo que esta situación sea azarosa. Supongo que por convivir más con mujeres me siento en mayor confianza cuando estoy con una que con muchos hombres. No sé. Ahorita que lo escribo vienen a mi mente algunos momentos en los que por sólo haber una mujer en un grupito de hombres me sentía tranquilo. Y no creo ser el único. Hace poco leí un ensayo de Eduardo Cerdán en Punto de partida (aquí está si quieren leerlo: http://www.puntodepartida.unam.mx/index.php/1087-no-0203/1919-0203-nueve-ensayistas-1985-1995-man-up-amachinar-en-mexico-eduardo-cerdan) que habla sobre la misma idea: rodeado de hombres el mismo hombre se siente intranquilo. Como si éstos fueran, de la nada, a traicionarlo y poner en riesgo su integridad física y mental. Sí, yo me sentía tranquilo cuando había al menos una chica en el grupito, pero no creo que ellas se sintieran del mismo modo.

De no ser mis amigos de prepa, a los cuales quiero mucho, como no tienen idea, y uno que otro de mi etapa universitaria, mi convivencia con hombres resulta muy básica. Que qué rollo, que cómo andas, que qué chido, que qué bueno, oye, pues sale, chido, me voy, te la lavas, cuídate. Y ya. Por lo mismo la convivencia con mi papá no ha sido del todo buena. O no como yo esperaba que fuera. Me basaba mucho en la convivencia que mis primos tenían con sus papás, es decir mis tíos, y siempre idealicé dicha convivencia. Sin embargo, como toda idealización terminé por decepcionarme.

Con el pasar de los años creo que he sido yo quien ha puesto más barreras que él. En más de una ocasión me ha preguntado cómo me siento. Espera, que con eso, yo me confiese y le pida un consejo. Pero hay algo que me impide hacerlo. No siento la confianza que yo esperaría sentir. Y creo que de ello él tiene parte de responsabilidad. Hasta hoy día se presenta a sí mismo, frente a mí y mi mamá, como una especie de Superman que todo lo puede y todo lo debe hacer. Nadie más interviene. Sólo él. Nadie lo ayuda, nadie lo apoye y nadie, es decir yo, aprende a hacer cosas que quizá le sirvan en el futuro. Igualmente, hace unos días unas compañeras de universidad compartieron en Facebook las imágenes de un señor que decía tener un canal donde enseñaba a todos esos niños abandonados por sus papás, a hacer cosas que éstos supuestamente les deberían enseñar ya que su propio papá lo había dejado. Mi caso no es precisamente el mismo pero sí algo parecido: hay una incomunicación con mi papá muy grande que nos hace sentir, creo yo, olvidados el uno del otro.

Recuerdo muy pocas, contadas ocasiones en las que me ha dicho cómo se siente y qué piensa, más allá del típico: bien, dormí bien, bueno, pues cuídate, te quiero mucho, nos vemos luego. Los años pasan y la distancia pasa y crece.

Para el reto de este día me hubiera gustado tenerlo enfrente para preguntarle cómo se sentía, qué pensaba, qué le motivaba, por qué se hizo y aún se hace cargo de cosas que no le corresponden. Y habría esperado que me contestara sinceramente. Y entonces habría escuchado. Y escuchado y escuchado y nuevamente escuchado lo que decía. Y luego le habría preguntado, otra vez, el por qué, el cómo, el dónde, el cuándo y el cuánto. Y entonces habría vuelto a escuchar hasta que uno de los dos se hubiera cansado, para, pues, no sé, darnos un abrazo o decirnos que todo estaría bien, que todo iría bien tan pronto esto acabe o que bien todos nos adaptaremos a esto, sobreviviremos a esto y que las cosas progresivamente y de un modo u otro cambiarán. Que la distancia entre él y yo se acortará. Que me tendrá confianza para contarme qué le pasa tanto como yo le podré decir qué pienso y pedirnos, quizá, un consejo para resolver el asunto.

No creo que haya hecho este reto como tal. Espero, no obstante, hacerlo pronto. No sé qué tan pronto pero pronto. Pronto, pronto.

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Día 6, Reto 6: De no haber movido algunos libros, el cuarto nivel de mi librero habría colapsado. Seguro. El de abajo está a punto de romperse. Quité muchas cosas de él o bien dejé las que hacían menos peso. Entre los libros que moví hay cómics, revistas y libretas, así como copias y engargolados que he acumulado sin razón aparente y que jamás leeré, como muchas de las cosas que tengo. Los puse en un mueble que antes tenía una impresora y saqué ésta a otro mueble que está en el comedor, junto con material de papelería. Cambié de lugar mi bote de ropa sucia y pasé ahí este mueble.

Cada fin de semestre reacomodo todo mi librero con las nuevas adquisiciones que hice a lo largo de seis meses. Está dividido en género y luego en orden alfabético: primero teatro, luego poesía, más tarde ensayo y al final narrativa, con cuento y novela. Definitivamente tengo muchas novelas y eso no me gusta. No me gusta la novela. Las malditas editoriales nos han hecho creer que lo máximo es la novela y, la verdad, es un género medianón. Perdonen, novelistas de cepa. Me gusta más el cuento. Hasta Faulkner le rendía honores.

Quizá haber hecho esto parezca poco. Si por mi hubiera sido habría movido otros muebles y objetos de cualquier otra parte de la casa pero mi mamá me habría matado. El TPOC* es compartido en este hogar y cuando alguien mueve algo sin permiso del otro arde Troya.

Más allá de esto todo bien. Encontré unos stickers viejos y decidí pegarlos. Ahora mi escritorio luce con más estilo.

* Obsesión compulsiva. Pero hay una obsesión compulsiva que se refiere al deseo de tener todo limpio y una obsesión compulsiva (trastorno de la personalidad obsesivo compulsivo; (TPOC) que tiende más a que las personas busquen todo el tiempo orden y perfección

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Día 7, Reto 7: Este reto lo hice en dos tantos. Por diversas circunstancias no me organicé con Iyyasú para que lo lleváramos a cabo. Mi cabeza estuvo ocupada pensando en otras cosas, en otros pendientes atrasados que me quitan el sueño. En cambio, para salirme un poco por la tangente, le pregunté a mi mamá algunas cosas que no sabía de ella y que me interesaba mucho conocer.

Recientemente, mi amigo Emmanuel Jiménez y yo descubrimos que nuestras mamás fueron compañeras en la Normal del Estado. Tendrá cuestión de meses que mi mamá me enseñó la foto de perfil que su mamá tenía en WhatsApp. Le envié mensaje y le dije que si era él. Me contestó que sí, no sin mencionar que le había asustado saber que tenía una foto de su familia. Luego de eso nuestras respectivas madres se pusieron nuevamente en contacto, ahora bajo dicha premisa.

Emmanuel me preguntó qué opinión tenía mi mamá de la suya. Como no sabía decidí preguntarle y, de paso, conocer cómo era ella en sus tiempos de estudiante. Su respuesta contrastó mucho con la imagen que tengo de mí. En muchas ocasiones soy alguien sardónico, que se burla, fructuosa o infructuosamente, de sus compañeros, de los temas y, sobre todo, de sí mismo. Soy alguien que se distrae fácilmente y se sienta hasta atrás para pasar desapercibido. A diferencia de mí, mi mamá era más solemne y se sentaba en medio del salón. No molestaba a nadie como, según sé, nadie la molestaba a ella. Y era, estoy casi seguro, más querida de lo que yo podría llegar a ser. En lo que sí coincidimos es que ambos procuramos ayudar a nuestros amigos en la medida de nuestras posibilidades: les pasamos apuntes o respuestas en algún examen, por decir algo. A pesar de que seamos muy diferentes, mi mamá confía y eso me alegra.

Ella cursó cuatro años de Normal, que era el equivalente, en su época, de la prepa. Luego de eso empezó a trabajar. Paralelamente a esto, quiso estudiar Literatura en lo que ahora es mi grandiosa facultad. Sólo que, según me dijo, el colegio estaba en el edificio de la extinta Psicología.

No recuerdo exactamente cuándo me dio este fólder. Lo conservo porque me gusta ver qué materias había en ese entonces y cómo han cambiado con el pasar de los años. También lo tengo porque Garfield es genial en cualquier lugar.

Luego de eso me reuní con Iyyasú. Aclaramos los malentendidos y de paso nos dimos cuenta de que el tiempo como novios nos ha servido para conocernos mutuamente. Son pocas las cosas que nos hemos ocultado. Aunque, sí, según constaté, me ocultó por un tiempo algunos crímenes que ha cometido en vida. Nada grave ni del otro mundo. Y tampoco creo que sean crímenes pero decidimos asignarles dicho término.

Llegado este día me sentí tranquilo de saber que tengo a dos excelentes personas a mi lado y a quienes quiero como quizá nunca he querido en mi corta e infructífera vida.

Voces en los días del coronavirus

Roxana Alveláis, activista

(Fotografía de la portada: Stefan Carvajal. Tomada de Club de la Fotografía Puebla)



Siempre he sido una persona que todo lo cuestiono. Crecí en un núcleo familiar en el que las interrogantes eran el pan cotidiano.

Mi padre Ingeniero en electrónica, fisicomatemático, grado "Senior" en ingeniería instrumentista. Absolutamente Ateo.

Mi madre con estudios de máximo 3er año de primaria, dedicada a las labores del hogar y todo lo que esto implica. Católica.

Debido a lo mencionado, nunca he practicado ninguna religión, no sé rezar y tengo muchas dudas sobre la existencia de Dios.



También creo en el fenómeno OVNI, pero dudo que haya extraterrestres humanoides que estén vigilando a la tierra y quieran invadirnos, mucho menos que haya buenos y malos.

Creo en los fenómenos naturales, y también creo que existen tantos que la ciencia aún no puede explicarlos absolutamente.

Menciono todo lo anterior porque hace unas horas, en la noche del día de ayer, fui testigo de algo impresionante, de lo cual había escuchado que existe y yo tenía mis dudas.



Alrededor de las 10 pm mientras me encontraba en mi habitación, descansando y bordando sobre mi cama, escuché un sonido continuo y muy fuerte, y al mismo tiempo sentí una gran vibración también continua. Durante algunos minutos supuse que eran provocados por el ferrocarril que pasa cerca de mi domicilio, en Amozoc, Puebla, México.

Seguí con mi bordado, pero comencé a prestar más atención al sonido y la vibración puesto que no paraba y seguía con la misma intensidad. Pensé: esto no es el tren, ya es mucho tiempo y demasiado fuerte, escuché atentamente y el sonido era más parecido a una secuencia musical, breve y repetida sin parar. Después de aproximadamente 30 minutos sonó el timbre de la casa, era mi hermano con expresión de asombro y diciendo: "¿Ya escucharon ese sonido en el cielo desde hace un buen rato?, está de lo más loco."

Salió mi esposo al frente de nuestra vivienda, yo me apresuré para ir por mi celular para intentar grabar aquello. Los tres estábamos frente a mi casa, mirando, muy atentos escuchando, sintiendo sonidos y vibración que nos llegaba desde el cielo, que además estaba maravillosamente limpio y totalmente estrellado.

Salieron algunos vecinos igual de asombrados, mirando y escuchando al firmamento.

Intenté grabar, pero desafortunadamente mi celular no es tan moderno, así que el sonido se escucha muy bajo en volumen; además, invadidos todos por el asombro y curiosidad, hicimos comentarios que opacaron aún más el sonido. Ahora me doy de topes por no haber reaccionado de inmediato para grabarlo desde el inicio, creo que si lo hubiera hecho habría logrado obtener algo interesante y con buen sonido. Lástima.

Como lo digo al principio de este texto, soy una persona que todo lo cuestiono.

Y soy así porque mi falta de conocimientos académicos, científicos y religiosos me obligan a ser curiosa y tratar de explicarme muchísimas cosas. A mis casi 65 años, ignoro cómo utilizar adecuadamente mi celular y grabé por medio del microfonito que tiene el WhatsApp. Ahora no sé cómo compartirles dicha grabación y creo que tal vez pudieran ustedes obtener un mejor y más claro sonido. En fin, les comparto mi experiencia, esperando que cada uno saque sus propias conclusiones. Agrego algo que me parece importante mencionar: más tarde, ya de vuelta en mi habitación busqué por medio de Google algo de información para tratar de saber qué fue aquello. Encontré muchas versiones. Y sinceramente les comento que hasta este momento ninguna me convence. ¿Será que son las trompetas de los ángeles de Dios? ¿Serán ovnis tripulados por extraterrestres? Serán fenómenos naturales provocados por el choque de ondas frías y calientes o meteoritos cruzando la atmósfera, o aviones de propulsión a chorro, tal vez el volcán Popocatépetl. ¿La pandemia provocando grandes autosugestiones?

Lo único que puedo asegurar es que estoy absolutamente segura de que es real, e independientemente de la explicación que haya, para mí lo más importante es que la vida me dio la oportunidad de experimentar algo increíble, maravilloso e inolvidable.

Voces en los días del coronavirus

Luis Alberto Fernández García, académico



( Ilustración de portadilla: Patricio Betteo. Tomada de revista Nexos)

Durante estos meses de pandemia hemos tenido ocasión de observar cómo son las reacciones de los gobiernos, los partidos políticos, y los diferentes tipos de ciudadanos. Vemos cómo prevalecen los intereses individuales sobre los colectivos y la irresponsabilidad social campea por doquier. Pero también el civismo. Aquí y en todos lados.

El presidente López Obrador dice y hace muchas sandeces (gansadas, dicen en España) y algunas sensateces. No regalar recursos públicos a las grandes compañías -un FOBAPROA 2- es correcto. ¿Por qué transferir dineros de los impuestos de todos a empresas -muchas de ellas mal gestionadas desde antes- que, cuando ganan no dicen “quiero pagar más impuestos”, o, al menos, mejorar la condición de mis trabajadores?; vaya, ¿ni siquiera crean un fondo para los años de vacas flacas? Apoyar a los más pobres y a los más pequeños con recursos públicos es correcto. Aparentar que lo da él, el presidente, firmando cartas con su nombre, es abusivo. Los programas y el tipo de acciones a los que en los sexenios anteriores calificamos de clientelares, siguen siendo clientelares. (La realidad no cambia así, por el solo dicho de los actores.)

Tampoco ha presentado López Obrador un plan para proteger a pequeños empresarios y el empleo que proporcionan. Al no haber realizado una reforma fiscal que gravara a los grandes capitales y obstinarse en no adquirir deuda pública, con la economía detenida desde el año pasado, el gobierno federal es un gobierno pobre. No sé si austero (en eso creo que vamos mejor), pero sin recursos. Ya el año pasado utilizó los fondos para emergencias sin que hubiera emergencia. Tampoco los gobiernos de los estados, ni de los municipios, algunos de los cuales alardean de sus buenas finanzas, han lanzado programas dignos de recuerdo.



Pero tiene otros detallitos, el presidente: su carencia absoluta del laicismo que se espera del jefe del estado y del gobierno y al que está obligado. Hay actitudes más propias de los movimientos religiosos que de las democracias políticas, como las que no admiten la crítica pues la perciben como ataque al dogma o al santo patrono y dividen al mundo en solo dos bloques: los que están con nosotros y los que nos quieren aniquilar.

Y el protagonismo que propicia para el ejército. El ejército es lo máximo: es policía, construye, compra, administra, cura, salva y no es corrupto, ni tiene que ver con el crimen organizado, ni nada. Los militares construyen un aeropuerto en sustitución del que es el símbolo mismo de la corrupción de Peña Nieto y compañía, como si no hubieran participado en este y su corrupción ¿Qué pretende el presidente? Quizá sienta temor a que le dejen solo. Pero quien se puede quedar sola, indefensa, sin controles sobre el poder público es la población civil.

Lo bueno es que la falta de liderazgo del gobierno estimula la creatividad social. Aquí seguimos. Y vemos a la mayor parte de los ciudadanos -particularmente, el personal sanitario- cumpliendo con su deber, siendo creativos y preocupándose por los más desfavorecidos.



A propósito de la oposición de la clase media: Está muy bien, para cualquier ciudadano, protestar contra un gobernante que hace cosas que no le parecen. Aunque protestes en coche y cada miembro de la familia vaya cómodamente en un vehículo, para que se note más la inconformidad. La incógnita está en lo que se espera lograr con la queja. Los presidentes no pueden renunciar al encargo público; ojalá, por cierto, que también se lo digan al presidente. Piden licencia y se le puede negar la solicitud. Hacer las cosas de manera diferente a como una parte de la población desea, no es causa grave, mientras no sea ilegal. ¿Un plebiscito de revocación, junto con las elecciones de 2021? Es lo que más desean todos los futuros candidatos de Morena y el mismo presidente. Por ello su oposición pugnó por y consiguió que ese asunto pudiera empezar solo después del proceso electoral de 2021. Así que, hagan sus cálculos, protestantes. ¿Destitución? No se contempla. Y calculo que esa mayoría que votó por López Obrador en 2018 -quizá hoy sea menos numerosa, pero sigue siendo numerosa-, con ese tipo de marchas y manifestaciones, se reafirma en su preferencia.

(No deja de ser irónico que los que hoy se enojan porque el gobierno no apoya la economía en recesión, son los mismo que se enojaban por los programas sociales de ayuda a los pobres.)

Luis Alberto Fernández G.

Junio de 2020

P.S. Tampoco es extraño, en una democracia, que las oposiciones traten de formar un bloque opositor para derrotar en las elecciones al partido en el poder (otra cosa es que lo logren). Y si no es extraño, no veo la razón del escándalo.

Vale

Voces en los días del coronavirus

Lilia Martínez y Torres, historiadora

Hoy, 2 de junio, mi amado señor marido y yo llevamos 77 días en confinamiento, en el nadie entra - nadie sale. Estamos bien, muy cuidados por nuestras dos hijas, yernos y la nieta grande. 77 días de cuarentena a los 70 años parecerían pocos (pasado), pero no, a los 70 años, 77 días son muchos (presente); especialmente para mí, que siempre he sido una irredenta pata de perro.



Desde muy chica aprendí que el mundo era muy ancho y largo, y no pasaban más de 3 días sin que fuera al centro de la ciudad, que siempre ha sido mi disfrute y mi pasión. Cuando vivíamos en la colonia Humboldt impartía clases en la Ibero (en ese entonces todavía ubicada en la colonia Vicente Budib), y también en el Colegio Humboldt; mi mercado era La Acocota, todo al norte y oriente de la ciudad, así que todos los días me daba mi tiempo para ir al centro, aunque fuera solo a caminar por los portales.

SOBRE LILIA MARTÍNEZ Y TORRES: Comer para entender de dónde venimos



La cuarentena, hasta antes del COVID-19, era una palabra que me remitía a la que se guardaba después del parto, o por el sarampión, e indudablemente ahora tendrá otras connotaciones. Los 3 primeros días de confinamiento fueron angustiantes, no me sentía a gusto en ningún lugar de la casa. Me asomaba por las ventanas que dan a la calle, me asombraba ver tanta gente y automóviles circulando y me sentía peor.

Al cuarto día me entró una gran tranquilidad y entonces empecé a organizar cómo sería mi día a día. Normalmente, de lunes a viernes, me levanto a las 7:00 am y me acuesto a las 11:00 pm, con una siesta de 20 minutos después de comer, así que en el horario no habría diferencia. En el nadie entra - nadie sale ahora me hago cargo del aseo de la casa y de la comida. Mi señor marido lava los trastes y la ropa. El martes y el domingo nuestras hijas y nieta nos traen el abasto del mercado y el super, esos días entre los dos desinfectamos, lavamos, secamos y guardamos todos los víveres.

Para mí, leer es de todos los días, y es algo en lo que me sigo ocupando en este encierro, así que no ha habido diferencia. Hemos visto películas y series como nunca, y ponernos de acuerdo sobre qué ver es sencillo, tenemos gustos muy afines. Creo que las redes sociales las he manejado bien, me es muy importante estar en contacto con la gente, así que todos los días comparto en ellas diferentes temas. También me han invitado a charlar en varias plataformas sobre los temas que trabajo, lo cual me ha hecho más ágil en el manejo de la tecnología.



Reflexionando sobre lo positivo de esta cuarentena puedo decir que con mi señor marido ha sido una oportunidad diferente de disfrutarnos más y de recibir de mis hijas, yernos, nietos y bisnietos, cariños y provisiones. De mis hermanos y amigos, sentir su solidario y amoroso acompañamiento vía telefónica y virtual. También disfrutar cocinando ¾siempre me ha gustado cocinar y ahora lo hago con lujo de detalles¾. He organizado de una manera más accesible la Colección Cocina Cinco Fuegos, que tan importante es para mí y que siempre requiere mucho trabajo y tiempo. Y, para todo, he aplicado lo que mi mamá tanto me decía: lo que tengas que hacer, hazlo rapidito, de buen modo y con buena cara.

Mis principales experiencias en este confinamiento han sido aprender a recibir (siempre he dado, procurado, atendido, cuidado) y a tener paciencia (una semana a la vez) … aunque me dijeron que era un mes, después otro y ya vamos en el tercero. Extraño mucho comer con la familia y o los amigos, también, esa largas tertulias que se dan después de saborear una deliciosa comida, pero más que todo, abrazarlos.

Sé que habrá un antes y un después por el COVID-19, y que ese después traerá otras reglas y nuevas maneras, ¿cuáles? no sabemos. Mientras, mi amado señor marido y yo nos seguimos cuidando, y ustedes cuídense también. Los quiero (ver en persona y abrazar).

Voces en los días de Coronavirus

Luis Alberto Fernández G.

Hace tan solo unos meses, realmente creía que los que hoy son jóvenes vivirían más de cien años y que incluso habría que elegir de qué morir. La mayoría de nosotros se acercaría también a ese límite de edad. Hoy vemos, sin embargo, que un pequeño agente infeccioso, que no llega ni a célula, modificó seriamente la trayectoria de nuestro mundo.

Ese diminuto conjunto de genes, envuelto en grasa y con una corona de espinas con las que se clava en las células humanas, me hizo pensar qué pasará cuando me infecte yo, vergonzante miembro del grupo de la tercera edad (se llega a él sin apenas percatarse) y con alguna comorbilidad de riesgo: ¿seré del 80% asintomático, o iré a dar a terapia intensiva? En este caso, ¿habrá lugar?



Hay que reconocer que dicho pequeño agente tiene una enorme avidez por la reproducción y la realiza en forma sumamente eficiente. Y también, hay que observar que todos los científicos del mundo dedicados a las disciplinas relacionadas no han logrado descubrir cómo aniquilarlo eficazmente, ni cómo combatir la enfermedad que causa en los humanos y ni siquiera si llegó a nosotros proveniente de otro animal –y ¿de cuál?-- o de una malévola o bien descuidada mente en un laboratorio chino. Este parcial fracaso, ¿tendrá que ver con la pequeña proporción de recursos que dedicamos a la ciencia, comparada con lo que se gasta en espectáculos, empezando por los deportes-espectáculo? De todos modos, la ciencia nos está brindando las mejores respuestas y es razonable esperar que lo seguirá haciendo y esto, quizá, nos dé ocasión de cambiar de héroes, de orientar el aprecio social y los recursos de otra manera.

La reclusión, además de la higiene --la única medida que se ha propuesto contra peores consecuencias de la pandemia--, sin embargo, nos ha brindado ocasión de caer en la cuenta de qué tan ricos somos; esto es, ¿ricos en qué? En afectos, por ejemplo. ¿Tenemos con quién recluirnos más de dos meses y vivir bien? Añoramos los abrazos ¿de cuántas personas? ¿Y tenemos a quién abrazar en la reclusión? Y, además, ¿vivimos con espacio suficiente para disfrutar la naturaleza sin acercarnos a contagiar o ser contagiados? ¿Sabemos qué hacer con el tiempo? ¿Podemos trabajar a la distancia? ¿Tenemos forma de solidarizarnos con los que han dejado de percibir un magro ingreso diario? ¿Tenemos qué leer, qué música escuchar o tocar o cantar, o qué escribir? Es tiempo, entonces, de hacer recuento de los privilegios y responder, de alguna manera, en solidaridad con los que tienen menos que eso. Muchos tienen mucho menos. Porque los que podemos contestar afirmativamente a estas preguntas somos enormemente privilegiados. Y debemos tenerlo presente.


Luis Alberto Fernández G.

junio de 2020



(Imagen de la portadilla tomada del portal del National Institute of Allergy and Infectious Diceases)