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15 Julio 2024, Puebla, México.

Memoria de mi abuela María/ Crónica de José Luis Pandal

Literatura |#555 | 2020-12-22 00:00:00

Memoria de mi abuela María/ Crónica de José Luis Pandal

José Luis Pandal

Crónica e historia

 

Memoria de mi abuela María

 

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Tlapa, Guerrero, en una vista de la tercera década del siglo XX.

Mi abuela materna, María Tapia Orduño -en el Registro Civil se lee Orduñez, pero ella afirmaba que su segundo apellido era Orduño- nació en Tlapa, Guerrero -Ciudad Comonfort, dice en el acta del Registro Civil-  el 31 de mayo de 1902.

Huérfanos a corta edad, ella y las hermanas y hermanos nacidos del segundo matrimonio de su padre -viudo y vuelto a casar- se criaron al amparo de su medio hermana mayor, Domitila, que en la historia familiar fue siempre conocida como ‘la abuela Tila’.

La abuela Tila, que no se casó ni tuvo descendencia, era una mujer peculiar, con poderes telequinéticos y de adivinación, dicen quienes la conocieron, además de conocimiento de hierbas y plantas medicinales, gran memoria -o imaginación- y capacidad narrativa; contadora de leyendas y cuentos fabulosos, personalmente sólo presencié como movió, sin tocarlo, el plato con agua donde les leía el futuro a mis hermanas.

Mi abuela aprendió las propiedades terapéuticas de hierbas y plantas, y las guardaba anotadas en un cuaderno manuscrito que alguien de la familia debe tener -te de hojas de higo para la tos, aplicar cara interna de la cáscara de plátano morado para secar verrugas, entre lo que recuerdo- y creció en un mundo fantástico, de fe, puritanismo y superstición, que marcó su vida.

Aprendió también a cocinar y tuvo sazón y gracia.  La cocina mexicana de su autoría era deliciosa -sus tamales de frijol y su mole de guajolote son inolvidables- y aprendió de mi abuelo los platos españoles que le gustaban; recuerdo sus alubias con tocino y una sopa de verduras con ‘pantruques’, hechos de pan y freídos en manteca de cerdo, que no he vuelto a encontrar. Los que probaron los frijoles refritos de su mesa, presentados en un bollo perfecto de consistencia ideal, no los olvidaron nunca. Tenía anotadas sus recetas también -un puño de sal, unas hojas de laurel, un ramito de perejil- en otro cuaderno que no se quien se quedó.

La familia Vega Tapia en la tienda El Esfuerzo, en Tlapa, Guerrero, en los años treinta.

Era una mujer morena, guapa, de gran prestancia, con mucho carácter, con don de mando, ejercido a plenitud en su casa y su entorno, valiente y decidida; de María, la hija de José Manuel y Senovia -así se lee en el acta ya citada- pasó a Doña María, respetada y respetable señora, en Tlapa y más tarde en Puebla.

Un día, el comandante de la partida militar acantonada en Tlapa, detuvo a su esposo con algún pretexto y se lo llevó al cuartel; se supo después que algún pariente había urdido un plan para sacarle dinero y convenció a ese oficial de ayudarlo en la extorsión.

Mi abuela se acomodó bajo las enaguas su revolver, calibre 38, en el correaje especial que tenía para tal fin -la región siempre fue violenta y había que estar prevenida- y se fue al cuartel a sacar a su marido, acompañada de los amigos que encontró en el camino, una pequeña multitud cuando llegaron.

-No pasa nada, Doña María, traje al señor sólo para una investigación -le dijo el Capitán.

-Qué bueno, Capitán, así no tendré que ir por el presidente municipal, el cura, el juez y quien sea necesario para llevármelo -contestó.

-En un rato se irá para su casa.

-Pues en un rato me iré yo, porque no me voy sin él.

No resistió el soldado esa presión y dejo salir a mi abuelo de inmediato. Mi abuela nunca se dejó avasallar por nadie.

Cuando su marido se iba a comprar chivos por varios meses, Doña María se hacía cargo del negocio familiar y lo manejaba con el mismo rigor que a su hogar.

 

Casona en Tlapa, Guerrero, a mediados de los años 70. Probablemente albergó la tienda El Esfuerzo en los años 30 y 40 del siglo pasado.

Las ordenes en aquella familia las daba mi abuelo, pero las decisiones las tomaba su esposa, por ejemplo, la de vender todo en Tlapa e irse a vivir a Puebla, donde sus hijas e hijos tendrían oportunidad de estudiar; ella no tuvo una instrucción formal y escolar más allá de lo esencial -leer, escribir, hacer cuentas- pero poseía una inteligencia natural y aprecio por el estudio.

Decidió comprar una casa grande -pocos metros de frente, muchos de fondo, dos pisos- en el barrio de San Francisco, de los mejores en aquellos años, donde reunió a sus hijas e hijos, que estaban ‘internos’, se decía, en los colegios que le parecían mejores; ahí vivió hasta el fin de sus días.

Su casa fue acogedora y alegre, llena de flores, con macetas que colgaban de las paredes y reposaban en cada posible lugar, y con pájaros enjaulados en enormes pajareras o pequeñas jaulitas de alambre, que cantaban todo el día, canarios de diversos colores, gorriones, zenzontles, jilgueros, que cuidaba, limpiaba y alimentaba con esmero; tenía ‘buena mano’ para lograr que se reprodujeran en cautiverio. Los pájaros presos convocaban a los libres, que venían a aprovechar lo que caía de los comederos y formaban un estruendo de trinos y reclamos.

La familia Vega Tapia, en el atrio de la iglesia de Santiago en la ciudad de Puebla, luego de la boda de Orfelina Vega Tapia y Juan Pandal Martínez, los padres del autor de esta crónica. De derecha a izquierda: Manuel Vega Tapia, Constantina Vega Tapia, José Vega Lopez, Orfelina Vega Tapia, Juan Pandal Martinez, María Tapia Orduño, José Vega Tapia, María Antonia Vega Tapia, Jesús Vega Tapia y Dolores Tapia Orduño.

 

Mi abuela era la matriarca de la familia. A su casa llegaban hijas e hijos, nietas y nietos, en cualquier momento y sin previo aviso, porque ahí siempre hubo espacio para todos y un lugar para cada uno; tuvo especial amor por su nieto mayor, de salud siempre frágil y por la nieta que lleva su nombre, pero era cariñosa con todas y todos.

Fue paño de lágrimas para muchos, consejera espiritual y material, leal y atenta con quien la buscaba y generosa con todos. Yo la quise mucho, sobre todo en sus últimos años y su muerte, el 29 de febrero -debe haberle parecido algo significativo- de 1984 me dolió mucho.

En general, era una mujer feliz y alegre, hasta aquel 13 de mayo de 1966 en que murió mi abuelo y se llevó gran parte de su felicidad y su alegría.

Pero de mi abuela viuda escribiré en otra ocasión.

 

María Tapia Orduño con sus nietos Juan Francisco José Luis Pandal Vega. 1957 en la ciudad de Puebla.