Invasión en Las Carmelitas: el paracaidismo en el 2017 en la ciudad de Puebla Destacado

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20 de Noviembre, así se llamará la colonia si su paracaidismo tiene éxito.

Una más en esta historia irrefrenable del desorden urbano y la precariedad humana. Una más a la cuenta larga de lo que llamamos gobierno en una ciudad que se ha comido sin pudor alguno la reserva de tierra campesina en los últimos cuarenta años para dar lugar a este territorio del caos que llamamos ingenuamente Angelópolis.

Puedo entender esta historia desde las dos bebés de uno y dos años que juguetean en una carretilla bajo la sombra que su abuela y su madre, una muchacha de no más de veinte años, han dispuesta afuera del cuartito de dos por uno y medio metros armado con maderas y cobijas. Hoy no pasarán la noche en el cuarto de renta en la colonia Valle del Paraíso, a la orilla del río Atoyac 1.7 kilómetros avenida abajo. Aquí pasaran la noche, y puedo imaginar el sonrojo quebradizo de sus mejillas en la madrugada y las preguntas que guardarán para el futuro. Mientras, la abuela me dice que busque yo a un joven de camisa roja, él es el representante, el que anda apuntando a la gente.

O desde el joven con camisola roja y libreta en mano que me dice que no sabe quién es el representante de los nuevos colonos, que no están aquí, que andan con los abogados del bufete que ya está atendiendo a los defraudados.



O desde la mujer a la que el viento que le vuela el sombrero de paja le descubre un cabello pintado a rayos dorados con esmero, y quien me dice que cómo creo que con la inseguridad que existe va a tener aquí en la mano el recibo del enganche de mil pesos que le dio el ingeniero representante de la empresa que le vendió su lotecito.

O desde el muchacho que subraya con tono profesional que esto de ninguna manera es una invasión, que aquí lo que ya se tipifica es un fraude cometido contra compradores de buena fe.

O desde el señor que recuerda por mi apellido a la estación de radio La Radiante 105, lo que le genera la confianza para contarme que está ahí a ver si aparece el muchacho de la libreta para apuntarlo en la cola de más de cien que están a la espera de que les asignen un lotecito. Y que él no es nuevo en esto, ya lo han echado los granaderos de otras invasiones y en otro tiempo, el más reciente en el predio que ahora ocupa hoy la Bodega Aurrerá en la 11 Sur.

O desde ese vendedor de nombre “ingeniero Fernando Moreno López, representante de la empresa AMCO, SA” que se ha embolsado unos buenos pesos a cambio de un recibo a un centenar de familias y un “a mí nunca me volverán a ver…”



Lunes 20 de noviembre de 2017. Ese día espera a los paracaidistas un tal ingeniero Fernando Moreno López, quien a nombre de una empresa llamada AMCO SA en el último mes ha desplegado lonas y carteles en esquinas y postes en las calles polvorientas del sur de la ciudad. La gente ha respondido: ahí están desde la mañana temprano los que ya le han pagado 500, 1000, 1,500 y hasta 5,000 pesos de enganche por un lote de 7 por 15 metros en el descampado de cuatro hectáreas al borde de lo que será la avenida de Las Carmelitas que construye el gobierno de la ciudad en la región de Castillotla.

50 mil pesos es lo que tendrán que pagar en los próximos años por sus 105 metros cuadrados si logran quedarse en este predio de cuatro hectáreas al que llegan desde ese lunes decenas de personas en búsqueda de que les asignen un lotecito. Pero por lo pronto, no menos de cien mil pesos ya se ha metido en la bolsa este ingeniero, fiel representante del mecanismo tradicional de acceso a la tierra que tienen los pobres en Puebla: la venta de lotes sin ningún tipo de soporte legal de la propiedad que se vende, y sin servicio alguno.

Pero el metro se ofrece a 476 pesos a quien quiera dar su enganche. Y las rentas que pagan en las colonias cercanas al río rondan los 800, los mil, los mil 500 pesos. Así que mejor darlos de enganche a unos vivales. Ya después averiguaremos.

Es el sur de la ciudad de siempre, la tierra abierta desde 1980 para las invasiones y la conquista de un espacio de tierra para vivir. Así se han hecho decenas y decenas de colonias al sur del Periférico en un territorio de 3500 hectáreas cercado al poniente y al sur por la ribera del río Atoyac y el lago de Valsequillo. Esta, la 20 de Noviembre, como le llaman los nuevos colonos, es simplemente una más en la cuenta.

Por la foto satelital la vista en detalle del predio del asentamiento 20 de Noviembre.

Al predio en Las Carmelitas se llega por la prolongación de la 11 Sur hasta la entrada a la colonia San Isidro Castillotla. Una calle de ida y vuelta de 20 metros de ancho en la que en sus primeros 600 metros no se cuenta un árbol. Un kilómetro más allá aparece la que será la primera avenida con trazo norte-sur construida en la región en los últimos treinta años. La 11 Sur y la 3 Sur ya existían antes de 1990. Suena increíble, pero así ha sido: en toda esta cuadrícula de calles y avenidas angostas y desarboladas, una sola avenida no ha sido trazada por los ingenieros de los gobiernos de la ciudad. Sólo la muy anunciada Las Carmelitas, que por ahora es una calle pavimentada a la mitad y que corre entre fraccionamientos de interés social y caseríos de autoconstrucción sobre el antiguo trazo de las torres de alta tensión que partían desde las plantas de generación de energía eléctrica La Carmela y La Carmelita construidas en 1910-11 hasta la fábrica Atoyac Textil en Mayorazgo. Obra, por cierto, edificada bajo la directriz del ingeniero italiano Carlo Mastretta Magnani, mi abuelo, la razón de su llegada a Puebla en 1906 y la explicación de la existencia de mi familia en Puebla. Fuera de la 11 Sur –el antiguo camino al pueblo de Azumiatla—y de la calle 3 Sur que remata en el lago de Valsequillo en la colonia Balcones del Sur, Las Carmelitas es el único trazo sur-norte en esta enorme región de las colonias proletarias del sur de la ciudad de Puebla. Si se mira el mapa, la explicación de esta obra tardía se encuentra en la necesidad imperiosa de conseguirle una salida alternativa al vecindario vecino al otro lado del río, Cascatta de Lomas de Angelópolis, cada vez más atascado en la avenida Atlixcáyotl.

Un hombre mayor aparece en una callejuela. Se llama Manuel J., y a sus 89 años deambula a la espera de su sombra, pues anda rápido. Me enteraré por él que la invasión está aquí a la vueltecita. Él ya los ha ido a ver, qué hay que hacer si no. Y mire, me dice, este jaleo es por las elecciones que vienen, eso aprovechan los que mandan esto, a ver quién se atreve a echarles a los granaderos. Y algo sabe de esto, afirma luego de subir a mi vehículo pues se ha ofrecido de guía: “Mire, yo fui militante de la 28 de Octubre hace muchos años…”

El predio, efectivamente, está a la vuelta de su casa.

El caserío de los paracaidistas. Al fondo, la colonia La Galaxia.

25 de noviembre del 2017. Observo el nacimiento de una nueva colonia en la ciudad de Puebla. A mediodía del sábado la actividad está a todo tren en ese descampado en el que con la sabiduría ancestral del paracaidismo se levantan casitas de cartón, de sarapes, de plásticos montados en postes y maderas plantados en la tierra. Cada quien su cuadro. Y de aquí pa’lla tú, y de aquí pa’lla yo, y cada mecate sumado va cercando la calle. Cuento cerca de 30 lotes hacia el fondo del predio. Y una, dos y tres calles en medio y a todo lo largo. A ojo de buen cubero unos 250 lotes, no menos, de a 50 mil pesos cada uno, 12.5 millones de pesos.

Eso vale la tierra para los pobres en Puebla.

“Esto no es una invasión –me dice José Luis Sánchez, un joven que se presenta como colono y que afirma que no es dirigente ni representante de los colonos--, aquí nos vendió un ingeniero a nombre de una empresa. Lo que ya hay es un fraude, pues cada uno de los que aquí estamos le pagó quinientos, mil y hasta cinco mil pesos. El tipo vino el lunes 20 y aquí les dio posesión a los primeros que le pagaron…”

Y señala a la hilera de casas a todo lo largo de la línea al norte del predio.

Y sí, ya vinieron los del Ayuntamiento. Vieron y se fueron.

Un ingeniero de nombre Fernando Moreno López ha ofrecido a través de lonas y carteles lotes en la avenida de Las Carmelitas. Y no lo ha hecho a su nombre, sino al de una empresa denominada AMCO, SA de CV. Ha pedido enganches, los ha recibido. Y para mediodía del lunes 20 de noviembre, ha desaparecido.

Desde el lunes, y a todas horas, han ido llegando las familias. Alguien con una libreta les asigna un lote, y de inmediato a plantar palitos y plásticos y cobijas. Y si aparece un reportero con una libreta como yo, le caerán esperanzados aquellos que aún no tienen lote.

“Oiga, ¿usted es el que anda apuntando a la gente?”

Tres veces me preguntarán en mi visita que si yo apunto, que si les puedo asignar un lote.

El mecanismo está a la vista: se dice que no es invasión porque se trata de una venta de un particular a personas necesitadas de un espacio para vivir. Pero es un fraude, el vendedor desaparece el mismo día de la invasión. Los compradores buscan a unos licenciados que ya tienen los recibos que prueban que le pagaron a ese vendedor el enganche. Lo que sigue es cuestión de que algún remoto día un juez decida al respecto. Por lo pronto, al día 25 de noviembre, ya se cuentan unas 200 casitas de palo y plástico plantadas sobre los lotecitos.

Y ya con la vista del satélite busco un parque público en todo este territorio al sur del periférico y al poniente de la 11 Sur, con el cerco del río y la vecindad de Lomas de Angelópolis hacia los volcanes. No hay uno solo. Son 816 hectáreas de colonias y fraccionamientos construidos a lo largo de los últimos treinta años. Y no hay uno solo parque público.

816 hectáreas al poniente de la 11 Sur. Y no hay un solo parque público.

De salida, observo al fondo los edificios de Sonata, río Atoyac de por medio.

Es la ciudad de Puebla. Un capítulo más en la triste historia d su precariedad urbana.

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Sobre el autor

Sergio Mastretta

Periodista con 39 años de experiencia en prensa escrita y radio, director de Mundo Nuestro...