Para entender lo que Puebla ha perdido con la destrucción de Atoyac Textil: la historia de la Planta Carmela Destacado

Compartir

La planta Carmela en el río Atoyac
Mundo Nuestro. Este texto escrito por Jesús Rivero Quijano, industrial poblano cuya familia fue la propietaria de la fábrica San José El Mayorazgo, como la conocían en el siglo XIX, entre 1864 y 1946. Es el relato del proceso de construcción del sistema hidroeléctrico que le dio vida a la fábrica a lo largo de buena parte del siglo XX. Tomado del libro "Memoria y acantilado", lo presentamos nuevamente en Mundo Nuestro para valorar en su profundidad el significado de la destrucción de una fábrica en operación desde el año de 1842, en cuyos terrenos se edificará un conjunto residencial más en esta etapa de la voracidad inmobiliaria que caracteriza a la ciudad de Puebla.

Atoyac 1906-1909

El Ingeniero Carlos Mastretta Magnani llegó a Puebla en 1906, luego de la exitosa construcción de la planta para la Compañía Hidroeléctrica Queretana, contratado por los señores Rivero Quijano, propietarios del complejo textil de Atoyac, para la construcción de un sistema hidráulico para la generación de energía eléctrica con la fuerza de las aguas del río Atoyac. Esta historia quedó registrada por Jesús Rivero Quijano en el libro La revolución industrial y la Industria Textil en México, publicado por la Editorial Porrúa en 1990, del cual presentamos un extracto relativo a la construcción de la llamada “Planta Carmela”. Carlos Mastretta Magnani se establecería así en Puebla, para convertirse finalmente en el apoderado de las empresas de la familia Quijano hasta su retiro en 1945.



Planta Carmelita

Ese mismo año se empezó a construir la presa y la planta que se llamó Carmelita a cinco kilómetros río abajo de la presa (5,600 Mts.) de El Mayorazgo, para aprovechar los 10,000 litros por segundo en una caída de 10.5 metros para producir 430 (Kilo­Volt-Amperes) K.V.A. en cada una de las 2 turbinas que se pidieron al efecto, o sea 860 K.V.A. igual a 1,100 Caballos.

Pero, ¿traería el Río Atoyac regularmente los 20,000 litros por segundo de la concesión?

En un estudio que hizo cuando ya la energía de las plantas no se destinaba exclusivamente para la fábrica El Mayorazgo sino que se extendía a las otras fábricas de la empresa como se explicará después, se dice, a propósito de la irregularidad del caudal del Río Atoyac lo siguiente:

"La falta de reglamentación del río, la protección política a los agraristas quienes, río arriba, cortaban o interceptaban las aguas del río para riegos o enla­mes, la despoblación de los bosques de las faldas de los volcanes y de la sierra donde nacen el río Atoyac y sus afluencias, y, por último, la actividad del volcán Popocatépetl y de la exagerada irregularidad en el fluir de las aguas del río, lo cual hacía con frecuencia saltar nuestros interruptores automáticos en las plantas y fábricas e interrumpían, con grave daño de la producción, nuestros trabajos".



Es evidente que hablaba el industrial dolido por los trastornos y mermas en su producción.

Planta Carmela

Pero volvamos a la planta Carmela que fue la unidad mayor y de la que se esperaba el equilibrio permanente entre la generación de la energía y el consumo en las unidades industriales que continua­ban creciendo.

Se había extendido la red de transmisión llevando el fluido eléctrico; sobre postes de hierro hasta la garita de Puebla en donde, con transformadores y aparta-rayos y mutas, se cambió en línea subterrá­nea con cables altamente protegidos que cruzaron por debajo de las banquetas la ciudad de Puebla de sur a norte, hasta llegar a las fábricas de La Esperan­za (de estampados y acabados) y San Juan de Amandi así como también hasta la planta Balbucar para sincronizar con aquella planta Diesel que actua­ba de reguladora en toda la red eléctrica de la em­presa. Se extendía también al edificio de las oficinas centrales y residencia, calle Independencia 10. Tra­bajo fue este arduo y costoso pero también el único medio de no detener la expansión industrial iniciada y librar a ésta de las irregularidades e intermitencias a que nos condenaban entonces los medios crudos e ineficientes, cuando no primitivos con que contá­bamos para progresar. Algo parecido le pasó a Henry Ford en sus humildes comienzos.

En la planta Carmela se aprovecharon 10,000 litros por segundo con una caída de 18.6 metros que entraban a través de una reja a la boca del túnel de 3 kilómetros de largo en varios tramos, con un claro de 4 metros de ancho por 3 de alto y un tanque final de distribución de 211 metros de largo por 7 de ancho. Con ello se movían 2 turbinas Voigt, tipo Francis, pero fabricadas en Alemania para 5000 litros por segundo cada una; con un rendimiento de 914 H.P. efectivos, 450 revoluciones por minuto, acopla­das a sendos generadores para convertir la fuerza hidráulica en eléctrica, de 845 KVA, 675 KV 60 ciclos con capacidad de 1,000 caballos cada una.



Vista general de la planta hidroeléctrica “La Carmelita”, donde se aprecia la casa

de máquinas adosada a la obra de toma, 1908. AHA, FDAS, Caja 4211, Exp. 56704, f. 126 (Fotografía tomada del texto de Luis Antonio Ibáñez González “Arquitectura del sector eléctrico en el valle de Puebla: las plantas hidroeléctricas Carmelita y Carmela (1906-1912)”


Cómo se hacían las plantas hidráulicas

¡Cuántos problemas para sojuzgar aquel río bronco y mutable para arrancarle los 3,000 caballos de fuerza que traía en su torrente, ¡Cuán escasos los medios para conseguirlo si los comparamos con los que hoy tenemos!.

Para construir la Presa se eligió una gran roca que, labrada cenvenientemente hasta fijar un punto en que corrieran las aristas, constituyó el punto de referencia para toda la obra. En tiempo de secas, pues la obra comenzó el 24 de Noviembre de 1906 para terminar el 10 de Marzo de 1909, se iniciaron las excavaciones en el lecho del Río que previamente había sido virado con un túnel de desviación. ¡Quien hubiera contado con estas palas mecánicas gigan­tescas! En su lugar, cientos de indios de los próxi­mos pueblos de Tlaxcalancingo, Santa Clara, San Baltasar y otros, distribuidos convenientemente, lle­vaban a cabo la obra. Cien de ellos en fila india circulante, tomando cada dos de ellos la parihuela, se la hacían llenar por lo que trabajaban con las palas en el lecho del río y marchaban a descargar de otro lado de la represa. Así hasta que llegaron las prime­ras avenidas que se llevaron la represa, pudimos cimentar con piedras los fundamentos de esa presa que 60 años después se yergue orgullosa detenien­do al río.

Dos humildes locomóviles que quemaban leña de los alrededores movían las bombas centrífugas que reducían las filtraciones para que la gente pu­diera trabajar convenientemente.

Por fin se logró, en la siguiente temporada de secas, cerrar el río con la cortina de la presa, y cuya parábola, así como toda ella, fue una obra de arte del Ingeniero Italiano Don Carlos Mastretta quién fue director de toda la obra.

Don Carlos, a cuyas órdenes trabajé yo, fue un interesante personaje en el desarrollo de la industria textil en México. La historia de su venida es románti­ca.

Ingeniero militar del ejército italiano llevaba a su cargo una sección de comunicaciones (telégrafos) en la batalla de Adua en que el Rey Menelik de Abisinia derrotó al general Italiano Barattieri en 1897. Quedó su sección corta del cuerpo del ejército y con órdenes de marchar hacia la costa a pedir auxilio a la flota italiana. Diezmada su tropa y por todo alimen­to, el que pudieron obtener sacrificando sus mulos lograron ser rescatados los supervivientes entre los que se hallaba D. Carlos. Al llegar a Italia fue recibido, entre otros por un tío suyo que era director de un periódico italiano. A él le refirió sus andanzas que el tío publicó por lo que exigieron las autoridades mili­tares responsabilidades a Don Carlos por haber revelado a la prensa detalles espantosos del fracaso militar.

Su tío hubo de tomar sobre sí la responsabilidad que le correspondía; pero Don Carlos para no verse envuelto en la campaña política que se desató, vino recomendado a Nueva York en donde le dieron un empleo en la construcción del Ferrocarril Nacional de México con asiento en Querétaro. Allí trabajó en la construcción del puente de Tequisquiapan y des­pués se encargó de la construcción de la planta Hidroeléctrica de Querétaro. De allí, ante el éxito de esa obra por su eficiencia y bajo costo, fue recomen­dado por Schondube y Neugebeuer a Don Manuel Rivero Collada para construir la presa y plantas Car­melita y Carmela con su túnel; terminados los cuales, entró como gerente en las unidades textiles de Ato­yac Textil, S.A. propietaria de las plantas.

El problema más difícil consistía en cerrar el túnel de desviación para que volviendo el río a su cauce se llenase la presa y el agua entrara por las bocato­mas a las turbinas. Una enorme plataforma se impro­visó con vigas de madera y rieles de hierro encima de la boca de entrada del citado túnel; sacos de arena y de cemento atados entre sí se colocaron encima. Se cortaron los amarres de la plataforma y ésta cayó en el canal, las cuadrillas y todos nosotros empezamos a arrojar ramas y piedras y más sacos de arena y cemento. En dos horas subió 3 metros el agua en la presa con una cola en el río que iba creciendo a medida que subía el agua, hasta derra­mar por la corona a la vez que formaba una laguna en la cuenca de unos 7 kilómetros. La presa se bendijo el día De San José 19 de Marzo de 1909 con una gran fiesta a la que concurrieron más de dos­cientos peones de los pueblos próximos, así como los rancheros vecinos y las autoridades y se sacrifi­caron más de cien borregos para la barbacoa que se irrigó por las gargantas con el sabroso neutle de la región, pulques curados y cervezas para los más catrines.

Ocioso es ponderar las dificultades para el trans­porte, en carros especiales con 12 mulas, de aque­llos tubos de dos metros de claro que conectarían las turbinas de la planta Carmela con el tanque de reposo que les abastecería de agua. Y aquellas pesadas y enormes piezas de maquinaria, turbinas, generadores, transformadores (que insistió la casa fabricante que deberíamos llevarlos y ya llenos de aceite) en fin, todo lo que supone esas plantas hi­droeléctricas desarmadas, que cuando las vemos trabajando parece que se levantaron solas.

Todo esto referido a las plantas de la Casa se repitió en todas aquellas cien fábricas que se mon­taron dispersas por la República; unas más cerca del mar y otras como la fábrica de Xía en la sierra de Oaxaca, que tuvo que transportar su maquinaria a lomo de mula; lamentamos no tener a la mano datos semejantes de otras fábricas textiles que pueden ostentar historias similares.

Ya hemos encarecido los problemas que nos producían aquellas violentas y torrenciales avenidas del Río Atoyac que arrastraban las tierras, piedras y árboles, animales y a las veces, gentes de las faldas de los volcanes y de las zonas limítrofes del Río y sus afluentes como el Zahuapan y otros. Impedir que las ramas y otros objetos tapasen las rejas con peligro de que se vecinaran y, ya sin estorbo, entraran en las turbinas, era la tarea de 2 rejeros que, particular­mente en tiempo de agua, les ofrecía bastante traba­jo. En un invierno, el trabajo era menos duro porque el agua era menos sucia. En la fiesta de San Baltasar pidieron permiso los dos rejeros y se fueron a la feria con sus respectivas mujeres, En la noche, y cuando el alcohol había hecho efecto pernicioso en las men­tes de estos pobres hombres, descubrieron llevar a cabo un trágico pacto: se trocarían las mujeres entre sí y el afortunado que recibiera la más joven indem­nizaría al otro con la suma de dos pesos. A la madru­gada llegaron las mujeres a contar esta historia epilogada por la riña entre ambos porque el benefi­ciario se negó a pagar la suma de los dos pesos por lo cual recibió feroz puñalada que no le impidió corresponderla el herido de suerte que la guardia rural encontró uno de los cadáveres a la entrada de una milpa y del otro a la salida. Con esta clase de gente teníamos que habérnoslas.

Pero en 1914, uno de nuestros albañiles se re­montó a la sierra y se unió al Zapatismo que asolaba aquellas regiones. Se llamaba Juan Ubera y nos dejó a su compadre, Atenógenes Sánchez a quien Don Carlos había adiestrado como capataz y el Ingeniero Froilich que nos había prestado la casa Siemens lo instruyó y capacitó para el mantenimiento de la ma­quinaria de la Planta.

La casa Siemens tenía dada una garantía de dos años en la operación de su maquinaria con la condi­ción de que ellos nos proporcionarían durante ese tiempo un ingeniero electricista que vigilara el man­tenimiento.

Vista de las ruinas de la planta La Carmela. Foto tomada del texto de Luis Antonio Ibáñez González “Arquitectura del sector eléctrico en el valle de Puebla: las plantas hidroeléctricas Carmelita y Carmela (1906-1912)” .

Compartir

Sobre el autor

Mundo Nuestro