1973, ¿la historia es nuestra? Tres martes que cambiaron mi vida

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Tres martes de 1973 que marcaron mi vida a los dieciocho años. Y un primer sendero en mi historia personal.

Martes 1 de mayo, balacera en el centro de la ciudad con saldo de cuatro estudiantes muertos por la policía local. Cuando por primera vez en tu vida entiendes que la ciudad también tiene modos extremos en manos de un poder fanático.



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Martes 28 de agosto, terremoto en Ciudad Serdán y Orizaba. Cuando por primera vez en tu vida entiendes que para la pobreza la naturaleza tiene modos extremos y que puede borrar en un minuto un pueblo entero.


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Martes 11 de septiembre, golpe de estado en Chile. Cuando por primera vez en tu vida entiendes que un imperio tiene modos extremos y que puede borrar en un minuto el sueño de un país entero.


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17 de septiembre 1973. Cuando por primera vez en la vida entiendes que tomar una decisión extrema a los dieciocho años marcará para siempre tu destino.



1

La balacera la escuchamos después del mediodía. Primero de Mayo de 1973. No hay clases, y sí desfile obrero oficial que el gobierno ha decidido que marche por la 25 Oriente-Poniente. Pero este no será un día festivo cualquiera.

A la distancia se escuchan claramente los balazos. Trepo a la azotea de la casa de la 15 Sur en el barrio de Santiago, a unas cuantas cuadras del Paseo Bravo. Escucho y no tengo idea de lo que ocurre. Y no tengo la costumbre de prender el radio. Y tengo la seguridad de que en el radio no se informa nada. Y estoy ahí, adivinando entre tinacos y tendederos, por entre las copas de fresnos y jacarandas, con la mira en las torres de catedral, y me encabrona no saber nada, con un vocabulario breve que no da más que para decir “hay un movimiento estudiantil”, “van a correr a los FUAS de la universidad” , “son los mochos de comunismo no, cristianismo sí”, “son los estudiantes que dicen que hay que darle en madre a la burguesía”.

Todo pasa fuera de mí: mi ciudad está con otros, viviendo plenamente su pequeña guerra civil, totalmente desocupada de mí. Los obreros desfilan y echan porras al gobierno y le agradecen la vida al señor presidente. El gobernador, que no le ha dicho a nadie que ha armado con rifles de alto poder a sus judiciales, cumple con su papel de principal en la tribuna, y en la fila los líderes charros. Los estudiantes recorren muy temprano las avanzadas obreras para repartir propaganda contra el charrismo sindical, esa categoría analítica que todavía forma parte del lenguaje común entre los obreros, en la conciencia de su sometimiento. La policía detiene a unos de los muchachos. La voz corre rápido por la 2 Sur hasta el Carolino. De inmediato se llama a mitin en la Plaza de la Democracia, ahí frente a la iglesia de la Compañía, y la llaman así desde tiempos de Madero, pero todavía los coches circulan por la 4, y solo hay un pedacito de plaza, suficiente para organizarse, y desde ahí están apostados, y hay estudiantes, y hay pueblo y abundan los sombreros, y no es que haya mucho más sol, es que México todavía se guarda en la sombra de paja campesina, y ahí están todos, en el centro del centro, en el Carolino y la Compañía, y por eso ya no hay manera de que desfile alguien y le eche porras a quien le digan sus líderes. Ni te acerques gobierno, porque habrá chingadazos. Y la patrulla incendiada sobre la Maximino, y los Garitas Panteón cruzados en la esquina de la 2 y el zócalo, y los judiciales francotiradores que encuentran sus atalayas con los M1 cargados y el semblante dispuesto, y el gobernador que ve pasar los puños altivos de los electricistas y las matracas sumisas de los ferrocarrileros, y un asistente que le dice que ya hay un buen jaleo en el centro.

El recuento de la balacera al día siguiente es de cuatro estudiantes muertos y un número no determinado de heridos. El gobernador Bautista O’farril declara que “si nos reciben a tiros, contestaremos a tiros”. No durará mucho, luego de su declaración y la que le sigue: “En la actualidad la policía local está debidamente armada y tiene la habilidad necesaria para imponer el orden… La policía tiene órdenes para matar de un tiro al que atente contra la paz pública.” Pero por unos días todavía será el gobernador y el baluarte principal contra la universidad tomada por los comunistas.



Un enorme funeral-manifestación recorre las calles el día 3, camina de día hasta el Panteón Francés y regresa de noche al centro de la ciudad. Y yo estoy ahí, en la azotea, asomado a una ciudad que es mía pero que se mueve ajena, como las copas de los fresnos y jacarandas que el viento mece, despreocupados en absoluto por mi destino.

2

Tenía 18 años y nunca había sentido terror. Ni había conocido el dolor profundo por unos muertos que no son los tuyos. Y que en un instante pueden sumar quinientos. Y que veré tendidos horas más tardes, en aquella calle de Chalchicomula envuelta en escombros y llanto. Es el martes 28 de agosto de 1973.

A las cuatro de la mañana llegó. Se presentó en un vaivén que me despertó. “Está temblando”, pensé, y quise bajar de la cama, pero el movimiento cambió y todo, cama, yo, buró, ropero, empezó a rebotar contra el suelo en un conjunto de taconazos sin freno. No hay camino más franco para abrazar al pánico. Tieso, agarrotado, ni el pensamiento se mueve en esa locura. Ni siquiera pensé “voy a morir”.

Siempre había temblado en Puebla. En la casa de la 15 Sur en la que vivió mi familia desde el año en que nací, 1955, una lámpara en el pasillo anunciaba la gravedad del sismo. Nunca le dijimos “sismo”. Sólo decíamos “está temblando”, y hasta esa madrugada la única conciencia que teníamos de las consecuencias materiales de un temblor se expresaba en el ángel caído en la ciudad de México en 1957. El “está temblando” nunca había pasado de ahí. Que la tierra se moviera no producía catástrofes, ni amontonaderos frente a un edificio derruído, ni féretros tendidos a lo largo de una calle entre los escombros de San Andrés Chalchicomula.

Terror en la madrugada. Horror a la media tarde. Tardamos una hora en avanzar hasta el centro del pueblo, como si nadie quisiera llegar, ni las decenas y decenas de camiones con ayuda que ya llega desde todos los rumbos pero por una sola carretera, y que lo hace tan solo para corroborar la razón de tanta víctima a las que el adobe y la pobreza le cayó en la cabeza. Con mis ojos puestos en ese tendedero de muertos contemplo un instante como si viera una película. Hemos venido cinco amigos con ánimo de ayudar en lo que se pueda. No hacemos nada. Ya los cuerpos ocupan la calle a la espera de los ataúdes que vienen por carretera. La mayoría de los techos y paredones que los han matado eran de edificios de una sola planta. Adobe y piedras en un aldeas y pueblos que siempre han estado aquí y cuyos nombre resuenan: Quecholac, Tenango, Santa Úrsula, Felipe Ángeles, Chiconquiac, Tlachichuca, Cuauhtemoc, Soapan, Río Valiente, Soltepec, Mazapiltepec, Tlacotepec, Tecamachalco, Ocotengo, Santa Inés de Borbolla, Tlanalapa, Nopalucan, Guadalupe Victoria, Tepexi, Guadalupe Victoria.

Más de 541 muertos ahí, dirá El Sol de Puebla.

Contemplo. Tengo 18 años. La vida pasa y quita fuera de mí. No hacemos nada, digo, ¿y qué país es este que se derrumba tan fuera de sí.

3

“Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo.” Su voz llegó después del mediodía, y por la radio que no escucho. Lo he hecho esta mañana porque el run run llegó atropellando todo: golpe de estado en Chile, y está pasando ahorita, en esta mañana del 11 de septiembre de 1973.

La voz de Allende no es nueva para mí. La recuerdo de su discurso de Guadalajara, en su viaje no muy lejano en el tiempo a México. La comunicación no llega tan rápido, por eso gana el radio. El presidente chileno de la vía democrática al socialismo es lo más cercano que encuentro en la posibilidad de un mundo distinto y bueno. Y tenemos semanas siguiendo en el periódico Excélsior el acoso a su gobierno, y antes de los militares y sus tanques la huelga de los transportistas. Están ahorcados si la gente no tiene alimentos. “Pinches gringos”. Maldigo desde hace días. En los acontecimientos chilenos descubro la militancia política que nunca tendré en México. Canto Te recuerdo Amanda, la calle mojada con todo el fervor religioso que no me dan los rezos aprendidos. Y De pie, marchad, el pueblo va a luchar, de norte a sur, banderas de unidad será mi canto por los siguientes años. Revolución, la vida tiene sentido. Tengo que salir al mundo fuera de mí.

Qué poco sé de mí y del mundo. Para la noche la televisión ya tiene toda la historia del asalto a la Moneda. Y ya circulan las fotos que vemos todos con Allende con un casco montado y la ametralladora empuñada y la mirada en busca de los aviones del tino perfecto. En otra, un cuerpo cubierto con un zarape es presentado como el cadáver de Salvador Allende.

Al final de un día de muerte dos discursos encontrados. Por la mañana, a punto del bombardeo y toma de la Moneda, el comunicado radial de Allende, y de él, dos frases se me quedan para siempre:

“La historia es nuestra y la hacen los pueblos.”

“Mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.”

Por la noche, la voz de Pinochet:

“Los sagrados intereses de la patria nos han llevado a realizar la triste tarea que hoy hemos acometido… Inspiración patriótica para sacar al país del caos al que lo estaba llevando el gobierno marxista de Salvador Allende… Tres años de soportar el cáncer marxista que nos llevó a un descalabro moral y social que no se podía tolerar… Por ello la decisión de extirpar el marxismo hasta las últimas consecuencias.”

Dos humanidades, entonces, dos patrias, dos naturalezas. Ganó la de la muerte.

+ + + + +

El 17 de septiembre de 1973, y con una propia y primera versión del mundo, dejo mi casa de Puebla. Creo muchas cosas en este momento. Y tengo la vida por delante para confirmar que la historia es nuestra.

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Sobre el autor

Sergio Mastretta

Periodista con 39 años de experiencia en prensa escrita y radio, director de Mundo Nuestro...