El Zotol: de qué hablamos cuando se incendia la montaña en Tetela/DOCUMENTAL Tetela del Oro y la esperanza

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Mundo Nuestro. Las escenas de la montaña Zotol en llamas son desgarradoras. El fuego se lleva el sotobosque y quema pinares y arremete contra los ranchos colgados en las quebradas de los cerros. Los videos corren por las redes sociales y son muchasa las voces que piden auxilio. Y son muchos los voluntarios que han ido a enfrentar las llamas. Y ya se organizan las familias para ayudar a las personas que han dejado sus casas por el infierno que se les vino encima.

Intentar una mirada larga de estas montañas nuestras, las cañadas de la Sierra Norte en su corazón que es Tetela.

Acudimos así a este documental de la joven realizadora Mariana Mastretta Larracilla realizó en el contexto de la lucha civil contra la instalación de la minera de Carlos Slim en La Cañada. Por sus ojos vemos el valor de esos montes. Sus imágenes nos ayudan a plantar las preguntas necesarias ante estas catástrofes: la realidad del cambio climático; la ausencia de políticas públicas que protejan y regeneren los bosques; los proyectos industriales que amenazan los ríos y montes; las fábricas de agua y la verdadera vocación de las montatñas serranas; la existencia vital de los pueblos originarios. La historia y la cultura confundida en esas montañas sobrevivientes.



Tetela del Oro y la esperanza



Salvarnos para la naturaleza.

Mariana Mastretta

La cañada de Xaltatempa, ahí estábamos, en la poza de la segunda cascada. Fuimos a investigar qué había más abajo del río, más adentro de la cañada. Las indicaciones del señor fueron “aquí se va por la vereda, y llega a San Pedro, no hay pierde”. Como ya conozco ese tipo de indicaciones le pregunté si estaba seguro que no había más veredas o cruces que nos fueran a confundir y contestó que no, que no había pierde. Dejamos a la mitad del grupo del viaje disfrutando en la cascada.

Y entonces el grupo “México desconocido” partió en su aventura por la cañada. Integrado por Marco Polo, que se sentía el más libre; Mateo, que brincaba entre todas las piedras; Sofía, con la convicción de demostrar que llegaría a San Pedro; Mari, de actitud y atuendo explorador boy-scout; Casandra, con su vestido y botas mojados; y yo, que estaba segura de la dirección y las indicaciones.

Así llegamos al río.

Íbamos lo que creíamos era el sendero, cuando, a los veinte metros, se acabó. Nadie quiso regresar a preguntar si era río abajo o arriba, todos opinamos ir abajo, y fuimos encontrando veredas que más bien nos imaginábamos. Veíamos el otro lado del río, nos parecía más caminable, y cambiábamos de lado. Marco Polo nos ayudaba a cruzar cuando había piedras difíciles. El paisaje era muy bonito. La convivencia también, creo que todos lo disfrutamos. Aunque anduviéramos un poco perdidos.

Después de cambiar de lado varias veces, nos encontramos en medio de una piedra tan grande que era más bien como una isla en medio del río sin camino hacia delante, porque se acababa.

En ese momento volví a mirar lo que ya habíamos estado mirando pero que por el andar no nos deteníamos a contemplar. La gran cañada en la que estábamos. El color de los árboles Papalote (liquidámbar), la frescura del agua, y el silencio. Lo frágiles que nos volvíamos adentro de esas barrancas llenas de piedras y árboles. Cómo nos albergaba la naturaleza con tanta belleza. Y el sentir que estábamos a su merced, de la niebla, de un derrumbe, de su geografía… y que si llegaba a pasar algo así, no pasaría nada. Porque la naturaleza sí puede seguir sin nosotros, que no la necesitamos más que para obtener recursos. Pero la necesitamos también para recordar que no somos poderosos, ni grandes, ni imprescindibles. Sino que todos venimos de la misma semilla y vamos todos también a regresar a ser parte de ella.

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Sobre el autor

Mariana Mastretta Larracilla

Documentalista, fotógrafa, este año termina su licenciatura en Comunicación en la Ibero Puebla. Su trabajo de titulación, "Atoyac, agua que sueña".