El Zotolo, sueño de libertad

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Mirar la montaña a los 13 años de edad. Desde el barrio Juárez, soñando al Zotolo. (Semana Santa del 2013)

Soy una adolecente, me confundo. Lloro aproximadamente una vez a la semana, de repente quiero gritar y luego brinco de risa, como que me gusta alguien, pero ¡no! Mi grosería favorita es chingada, y para esos casos repito la frase: no eres tú, son mis hormonas. Sólo una prima mía me puede embarrar las típicas pendejadas que suelen hacer las adolecentes, a otras personas las mando a la… bueno, ya se imaginarán. Hablo con las plantas, las que crecen junto a mi cuerpo y mente, y quisiera sacar a personajes ficticios de los libros, aunque de igual manera adoro a mucha gente de esta realidad. Sé que quiero ser, más no cómo llegar. Me caigo bien, por eso suelo hablar sola, pero de repente tengo épicas batallas contra mi mente, pero no se preocupen somos cuatas, imagino todo el tiempo.

Aunque no tengo muchas cosas claras, entre neblina y solecito, en la sierra, con la pansa llena por el rico desayuno de una casa llena de pinturas y cariño, entendí por qué siempre me he sentido distinta en los bosques.



Suelen decir que el bosque es amenazante, mucho más fuerte que nosotros, pero en mi adolecente opinión, están equivocados. A pesar de que tengan razón sobre sus peligros, yo, al caminar entre raíces, alzar la mirada alegre, ver un verde que se extiende y cerrar los ojos, fui parte del bosque, del cerro, del mundo. A diferencia de recorrer grandes construcciones de mármol, en las que unos pocos imponen su poder, haciéndome sentir pequeña, impotente, una más, en aquel verde me sentí pertenecer a un todo, me sentí libre. No fui simplemente parte de la palabra ecosistema, la que aparece en los libros de texto, fui parte de un ser vivo, en el que pequeños detalles, alegrías, sueños y anhelos, todos por igual, forman la libertad.


Por eso el Zotolo, el cerro más grande, es un sueño. No siempre lo ves, la neblina y la timidez, lo suelen ocultar, pero siempre está ahí. Él es libertad, la humildad en la grandeza de vivir la vida. Tal como el sueño que cumplí en esas cascadas. Cascadas pequeñas pero inolvidables, ocultas en verdes cañadas, cada gota suya tenía un luz única. Agua fría, pero acogedora, suelos con algas danzantes y rodeadas de sonrisas. En su interior, tras la cortina de agua, la vida adquiere un aire misterioso. Como el aire que se filtra encima de las orejas si no llevas gorrito, formando un delicioso frío. Reír al cumplir uno de tus sueños, con diminutas gotas resbalando por tu cara, ya sean de agua o de lágrimas, y hace que diga: aunque no siempre los caminos estén claros, y la lluvia y la neblina te impidan ver el horizonte, ten sueños, pero asegúrate de no perderlos de vista, pues solo así vuelve a salir el sol.



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Sobre el autor

Ana Mastretta

Estudiante en Preparatoria Zapata de la BUAP.