Por San Juan Ixtenco y su arcoíris de maíz México tiene remedio

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Querer a la tierra. Y por ese sendero encontrar el remedio para México. Esa reflexión traigo de mi viaje a San Juan Ixtenco, en la falda nororiental de la Malinche Tlaxcalteca.

“Todos los maíces de Ixtenco son iguales, como los hombres, sólo que Dios los vistió de distinta piel, por eso son de colores.”



Así inicia Juan Vargas su semblanza del maíz. Él es uno de los encargados de la Feria del Maíz en esta población otomí, en las faldas del volcán la Malinche.

“Pero cada tipo de maíz tiene distinta consistencia –sigue--, como si fueran de diferentes oficios. El morado es mejor para el atole, el cacahuazintle para el pozole, el azul y el blanco para la tortilla, el rojo para las memelas y tortitas de habas.”

Y por él entiendo la pasión que la gente de Ixtenco tiene por el más agraciado de los bienes que explican nuestra cultura. Como la señora Justina al describir la elaboración del atole morado, característico de esta región, que es el que se ofrece el día de la feria del pueblo el 24 de junio en honor a San Juan:

“Se deja el maíz oreando una noche completa –me dice--, al día siguiente se prepara el atole: se le agregan ayocotes y ceniza de la mazorca o sal como le decimos aquí, que es lo que le da tan buen sabor, por su apariencia muchos piensan que está pasado, pero no es así. Antes las personas que compraban sólo pedía el maíz blanco, pero eso ya está cambiando.”

Tal vez México también, quiero pensarlo.

Recuerdo entonces lo que se narra en el Popol Vuh, el libro de la creación para los mayas mesoamericanos: de maíz hicieron los dioses a los primeros hombres y mujeres de estas tierras, porque cuando fueron de barro, no podían sostenerse; de madera quedaron demasiado tiesos; de maíz en cambio pudieron mirar a lo lejos y proveerse de alimento.[1] Para la creación del ser humano los dioses prehispánicos fueron informados por los animales de la existencia del maíz. Se dice en el texto:

Éstos son los nombres de los animales que trajeron el alimento: gato de monte, coyote, chocoyo y cuervo. Cuatro fueron los animales que dieron la noticia de la mazorcas amarillas y blancas a ellos, de allá de Pan Pashil vino y enseñaron el camino de Pashil. Así fue como hallaron el alimento y fue lo que emplearon para el cuerpo de la gente construida, de la gente formada. La sangre fue líquida, la sangre de la gente, maíz empleó el Creado, Varón Creado. Se pusieron contentos porque hallaron muy buena montaña llena de buen alimento, rica en maíz amarillo y blanco; rica en patashte, cacao, había abundancia de zapote, anona, jocote, nance, matazano, miel. Estaba llena de alimentos la tierra que se llamaba Pan Pashil, Pan Cállala, donde había alimento, producía todo alimento, pequeño y gran alimento, pequeño cultivo, gran cultivo, cuyo camino los enseñaron los animales. Se molieron pues las mazorcas amarillas y blancas, nueve pasadas hizo Smukané. Se empleó alimento con agua chíval para el esqueleto y músculos de la gente cuando lo dispusieron el Creado, Varón Creado, Tepeu, Oculta Serpiente, como les decían. Luego tomaron en cuenta la construcción y la formación de nuestra primera madre y padre, era de maíz amarillo y blanco el cuerpo, de alimento eran las piernas y brazos de la gente, de nuestros primeros padres. Eran cuatro gentes construidas, de sólo alimento eran sus cuerpos. Éstos son los nombres de las primeras gentes que se construyeron y se formaron, el primer hombre fue Blom Ki Tze, el segundo fue Blom Akab, el tercero Maj U Kutaj y el cuarto fue Ik Blom, éstos son los nombres de nuestros primeros padres y madres. [2]

Se menciona en el Popol Vuh más adelante:

En seguida nacieron sus compañeras, es decir, se originaron sus mujeres. Sólo “Dos miradas” lo ideó, fue como un sueño cuando las tomaron. En verdad eran bellas mujeres las que amanecieron. Éstos son los nombres de sus mujeres: Kajá Paluná, Chomijá, Casa de Gorrión y Kikishajá.[3]

Dicen los médicos que somos lo que comemos: según las estadísticas un mexicano promedio consume 123 kilos de maíz al año, mientras a nivel mundial una persona sólo consume 16.5 kilos anuales.[4] De maíz somos entonces. La planta sagrada que lo mismo se da a nivel del mar que a altitudes mayores a los 3 mil metros. La que ha resistido heladas, sequías, ventarrones, la conquista, la guerra de Independencia, la Revolución Mexicana, la revolución verde, el mundo globalizando. El maíz criollo de Ixtenco es resultado del trabajo de alrededor de 300 generaciones, dirá Cornelio.


A su vez, Cristóbal Sánchez Sánchez, maestro en Botánica, documentó en su tesis para obtener el grado correspondiente, que comparando la producción total de la milpa es decir grano, zacate y arvenses útiles, entre el maíz nativo o criollo y el híbrido, el primero tiene un rendimiento superior del 60%.[5] Determinó también, luego de un minucioso trabajo de campo, que la región de Ixtenco cuenta con siete razas de maíz diferentes, de las que se derivan por lo menos 21 variables o tipos.[6] ( Sanchez_Sanchez_CD_MC_Botanica_2015.pdf)

Hay en esta tierra tlaxcalteca un mundo de mazorcas de colores, un arcoíris de pigmentos naturales más allá de lo imaginable en cualquier genética de poblaciones, y se extiende ante nuestros ojos en un abanico de tintes y cuidados ancestrales. Quién puede imaginar una mazorca blanca con una hoja morada, por ejemplo; o el grano azul con un punto rosa; o el maíz sangre de cristo, blanco con líneas rojas, justamente como delicadas venas; o el grano negro, casi una piedra preciosa, una obsidiana, convertido ahora en vistosos aretes; o los azules con todos sus matices, como el mar mismo o las faldas de esta montaña. Un cuadro impresionista de manufactura colectiva cobra vida aquí, sobre todo el 24 de junio cuando de maíz de colores se elaboran los arcos de la iglesia, grandes murales y tapetes en homenaje a su santo patrón. En este pueblo entonces año con año se siembran los colores que darán vida al arte efímero, que permanece en la devoción. Un mural de maíz elaborado aquí con la imagen de la Virgen de Guadalupe de nueve por cuatro metros fue a recibir a la Villa al Papa Francisco en su visita a México. Qué diría de esta técnica colonial el pintor Georges Seurat, padre del puntillismo quien en 1886 determinó usar puntos de colores puros en vez de la pincelada sobre la tela, mismos que crean a la distancia en la retina las combinaciones deseadas, precisamente como nuestros granos de maíz.

Cornelio con su yunta. Foto tomada de la revista tlaxcalteca Momento.

“Todos somos granos de una misma mazorca”, comenta en una entrevista Cornelio Hernández, uno de los responsables de la feria desde el 2007, que se inició con el objetivo de proteger al maíz criollo del transgénico. En ese año la Sociedad Científica Latinoamericana de Agroecología reconoció y declaró a los habitantes del pueblo de Ixtenco, en Tlaxcala, custodios de los maíces criollos de colores, en el aporte del patrimonio Agrícola Mundial. Y se decidió iniciar la defensa del maíz nativo de manera legal y jurídica además de en Ixtenco, en los municipios de Mariano Arista, Tepetitla y Españita, también en Tlaxcala.

A su vez, no hay maíz en esta tierra sin La Malinche, la deidad convertida en montaña que los protege y fertiliza los campos. Desde la época prehispánica La Malinche está representada geométricamente en las blusas de las mujeres, con sus cerros, caminos, flora y fauna bordados con la técnica del pepenado, y en la falda misma, tal como aparece en los códices, según el estudio de Chantal Huckert.[7] Una milpa de colores como de piedras preciosas y una montaña azul es el legado de este pueblo.

La Señora Rogelia Carpintero. Foto de Emma Yanes.

“Para sembrar --comenta la señora Rogelia Carpintero de 79 años--, se debe querer a la tierra como si fuera una esposa, como si fuera una madre. Se puede trabajar con tractor o con azadón y pala, lo importante es la querencia.” Ella y su marido tienen 5 hectáreas, donde siembran con azadón y pala los distintos tipos de maíz. Deshierban a mano. Junto al maíz siembran calabaza, frijol y aba. Y cuando hay mal tiempo voltean la tierra y echan cebada. “Nosotros no quemamos, dice, año con año volteamos la maleza y eso le da más fuerza a la tierra. Todo se recicla y se voltea. Con maquinaria sembramos y fertilizamos. Lo demás es tradicional. No le echamos químicos porque las verduras pierden su sabor y su textura. El abono con pasto podrido es excelente. Generalmente no tenemos el chapulín, pero si viene, fumigamos con ajo y flor de cempasúchil, también se puede con azufre y cal.” Lo dice de un jalón en la Mesa de saberes, en el zócalo de la localidad para rebatir a un ingeniero a favor de no voltear la tierra. Luego me platica: “Estudié en la Normal de Palmira, Morelos, la hizo Lázaro Cárdenas para hijos de campesinos, como yo. Mi papá y mi mamá eran de aquí del campo. Fuimos cinco hermanos, tres hombres y dos mujeres. Mi papá fue hombre de razón y nos puso a estudiar también a las mujeres, por eso nos mandó al internado. Estudiábamos para el magisterio, pero dos horas al día eran enseñanzas para trabajar mejor el campo. Ahí conocí el primer tractor, era un Massey Ferguson. Mi padrino de generación fue Lázaro Cárdenas. Con el tiempo, ya nos regresamos a Ixtenco.”

La escuela de Palmira fundada en 1944, pero fue antes una finca del general Cárdenas que él donó al Estado en ese año, y lleva el nombre de su primera hija, Palmira, la cual murió a los pocos días de nacida. Un proyecto revolucionario el de la Normal Rural para mujeres que convirtió en maestras a jóvenes campesinas. Y algunas como Rogelia volvieron a su tierra como maestras, agricultoras y artesanas. Todo son.

Querer a la tierra. Y ahí están también los aretes de maíz de colores. Y las hojas de la planta que igual reproducen una Virgen de Guadalupe, una novia, una yunta o un campo de flores. Ni qué decir de la gastronomía: el pinole, las tortillas de colores, las tostadas, dulce de palomitas, miel, gelatinas de elote y helado de maíz. Además del mole local y sopa de aba verde. Una venta de productos en común, con un banco que intercambia dinero por boletos de papel, como en una kermes. Y de ahí a guardar los centavos para el 24 de junio, la fiesta del santo patrón, en que los mayordomos ofrecen de comer a todo el pueblo sin costo alguno.

Ixtenco, un mundo de color, texturas y sabor al pie de la montaña. México tiene remedio.

Querer a la tierra.

Foto tomada de la revista tlaxcalteca Momento

[1] Ver Pop Wuj, Versión de Adrián I. Chávez y acuarelas de Diego Rivera. Ed., INAH/CONACULTA, México., 2008. , pp. 66-78.

[2] Ídem., pp.194-95.

[3] Ídem., p. 201.

[4] Según datos otorgados por Cornelio Hernández en entrevista para la revista Momento, 8 de junio del 2016.

[5] Cristóbal Daniel Sánchez, Sánchez, Tesis Evaluación de los sistemas productivos de maíz en San Juan Ixtenco, Colegio de Posgraduados, Texcoco, Estado de México, 2015.

[6] Ídem.

[7] Chantal Huckeret, El traje otomí de San Juan Ixtenco, Tlaxcala, en la lógica mesoamericana de las Montañas, Revista de Estudios de Cultura Otopame, Vol., 6.N. 1, 2008.

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Sobre el autor

Emma Yanes Rizo

Historiadora, escritora y ceramista, tiene un Doctorado en Historia del Arte por la UNAM y es investigadora en la Dirección de Estudios Históricos del INAH.