Una voz que nunca te deja: reconstruir mi vida desde la anorexia Destacado

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Mundo Nuestro. Una entrevista conmovedora, inusitadamente informativa. Un mazazo a la comodidad de nuestras vidas. Es, y de la mejor manera posible, un tratado práctico sobre la anorexia, su visualización como una enfermedad desgarradora, implacable en la destrucción de una persona; y, como aprenderemos, invisible, pues convivimos con ella en el día a día de las familias, de las escuelas, de los centros de trabajo, pero no sabemos verla.

En esta entrevista-testimonio a una joven mujer con anorexia realizada por el escritor poblano Gabriel Wolfson la palabra es estricta. Nada sobra. Y es el elemento mismo con el que ella reconstruye su vida. Impresiona la capacidad narrativa de la relatora: su precisión, su frialdad para mirarse a sí misma, como si sus emociones corrieran con la misma restricción de esa voz-mandato que ha regido su vida desde los 16 años. El entrevistador es solidario, y al final entenderemos su propia transformación ante la gravedad de la historia que ha escuchado. Pero desde el principio Wolfson es un puente sólido entre el lector y la narradora, y la conversación, casi un monólogo, no permitirá que nos hagamos a un lado. Seremos testigos de la construcción de una esperanza, de la valentía de una mujer y de su apego a la vida.

De Gabriel Wolfson Mundo Nuestro ha publicado entre otros textos:

De Be y Pies: La carnicería

Escribir por quienes no han podido hacerlo. Sobre be y pies, una conversación con Gabriel Wolfson



Ilustra esta entrevista la obra de la escultora norteamericana Eva Hesse (1936-1970) “Accession II” (1968-1969).

Una voz que nunca te deja: reconstruir mi vida desde la anorexia



¿Te da nervios?

No sé si nervios. Nunca había contado la historia como realmente fue. Es una historia muy larga. Algunas personas saben qué me ha pasado, mi hermana, algunas amigas como M, a quien ayudé. Mi mamá no quiere oír del tema, lo evade. Y a mi hermana le da miedo. A M no podía contarle todo para no darle ideas. Así pasa, te enteras de que tal persona está haciendo tal cosa y dices: yo debería hacer lo mismo. Aunque te lo estén contando como una experiencia terrible. M me preguntaba qué comía yo al día o cuánto llegué a pesar. No te voy a responder, le dije, porque te vas a comparar.

Ayer, cuando acordamos reunirnos, yo dije: “nos vemos para comer y mientras tanto empezamos a platicar y comienzo a grabar”. No pensé en lo extraño de hablar de un trastorno alimenticio mientras comemos, y tampoco en que nunca habíamos comido juntos.

Ya no me incomoda tanto, pero sigo con el hábito que te enseñan en terapias: cuando vas a comer, vas a comer. Tienes que estar consciente de que estás comiendo y respetar eso. No me gusta comer de prisa ni haciendo otra cosa. No vas a ver la tele ni hacer tarea, nada. Te sientas a comer. Debes estar completamente clara y cómoda con la idea de que vas a sentarte a comer. Eso cuesta mucho de asimilar.

¿Tienes idea de por dónde empezar? Dices que fue hace muy poco que a L tu novio, le contaste toda la historia.

Fue muy raro, porque él no estaba en Puebla, no lo planee. Tenía mucho rato que no me involucraba tanto con alguien y ahora sé que es muy importante que alguien cercano a mí lo sepa. No fue en persona, fue por whats. Llevábamos una semana juntos; él no me había visto comer y siempre me preguntaba si no tenía hambre; comíamos helado o tomábamos café, nada más. Yo acababa de volver de Houston y había tenido una mini recaída. En fin, le conté todo. Empezamos a hablar de una tontería, perforaciones y demás. Me preguntó si mis papás no se ponen intensos con eso y llegamos al punto donde le dije: “pues no, porque a mi papá le cambió la vida el día de su cumpleaños cuando le dijeron que probablemente yo no sobreviviera”. Se quedó frío. Le dije: tengo un trastorno alimenticio. Tengo, no tenía, porque esto nunca se quita. Fue el primero que me dijo “cuéntame, quiero saber cómo empezó”.

¿El primero? ¿Ha habido otras personas a quienes les cuentas y dicen “Ah, bueno”?

Sí. Cuando juntas el valor para decir “tengo un trastorno alimenticio” estás diciendo “necesito que alguien me escuche”. Pero la reacción general es de miedo, de evadir el asunto. Incluso en personas muy cercanas. Lo entiendo. Da miedo involucrarte en algo así.

¿Piensas que esta historia la tienes ya clara como historia, es decir, sabes dónde empieza y termina, cómo se desarrolla, cuáles son sus líneas narrativas principales?

Sí. No sé por qué, si en general no la he contado, tampoco a los psicólogos, nunca me gustaron los psicólogos. Creo que sé muy bien dónde están las recaídas, cada recaída marca un punto importante y sólo hay que unir los puntos. Aunque hay una etapa, la más dura, de la que no recuerdo mucho. No servía mi cuerpo. Son lagunas, semanas perdidas, un semestre perdido. Fue en tercero de prepa. Tenía 17 años. Toda la escuela se enteró, al llegar a la universidad algunas personas se enteraron. Y te etiquetan. Cuando me fui a Inglaterra de intercambio, ya en la universidad, al fin logré convertir el “soy anoréxica” en “tengo anorexia”. Es muy distinto. Me hice la promesa al irme de no contarle a nadie, pero ya no por miedo, sino para no dejar que eso me definiera. Tengo anorexia: esto no se va a curar nunca. Lo controlas, aprendes a vivir, a conocerte, a saber cuando algo no anda bien. Pero nunca se va. Todos los días te despiertas y te preguntas: ¿qué voy a desayunar?, ¿qué debo desayunar? Todos los días, en algún momento, hay una duda. Se te antoje un chocolate o unos chilaquiles, la duda: ¿debería? Así que tengo anorexia. Clínicamente sería un trastorno tipo 3. El 1 es anorexia, el 2 es bulimia, el 3 es una combinación. Un trastorno alimenticio es la restricción consciente de algo, a lo que se suma depresión, ansiedad y autoflagelación. A veces es depresión con síntomas de anorexia, a veces al revés. En mi caso, anorexia y bulimia con síntomas de todo lo demás.

¿Por qué lo tienes tan claro?

Porque así comenzó. Primero restringir, y luego, como ya no es suficiente restringir, vomitas, y eso lleva a la depresión y ansiedad, te sientes ansiosa cuando te sientes llena. Es como un relojito: los nutrientes se empiezan a absorber a la media hora de estar en tu estómago, así que tienes media hora para sacarlos de ahí y no engordar. Hay muchas cosas en esta enfermedad que funcionan así, hipertecnificadas, como cuando entras al mundo del conteo de calorías. Irónicamente, te vuelves súper estudiosa, experta en nutrimentos, carbohidratos, anatomía, debes identificar a cuánto marcha tu corazón para saber si te vas a morir, o conocer del azúcar, si necesitas una halls para no desmayarte. Por la danza, conozco mi cuerpo muy bien. Cuando se me está bajando el azúcar las manos se me ponen moradas. Eso, ahora, quiere decir “algo no anda bien”; antes era “bien, vamos muy bien”. También te vuelves experta en el gimnasio, qué rutinas funcionan mejor, a cuánto tiene que estar mi ritmo cardiaco para seguir quemando grasa. Lees en internet, en páginas confiables sobre rutinas de ejercicios, por ejemplo, y en otras páginas. Internet es peligroso.

Vamos al inicio. ¿Cómo tienes tanta claridad en que hay un inicio?

Yo situaría el inicio en la secundaria, 11 años. Pero es muy importante comprender que desde los 5 he estado consciente de que hay que bajar de peso. Es una frase que te repiten hasta que la empiezas a repetir tú. Mi mamá lo hacía, también en el ballet. Mi mamá siempre estuvo a dieta y cuidando que mi hermana no engordara. Yo creo que mi mamá tuvo anorexia también, eso deduzco, pero nunca se trató. Llegó a estar muy mal, tirada en la cama, anémica. Pero jamás hemos hablado, mi mamá se niega a creer que una de sus hijas está enferma de algo para toda la vida. Para ella fue una fase, “empezó a hacer ejercicio y se le salió un poquito de las manos”, pero aún no comprende la gravedad. Y no la va a comprender nunca. Todavía me dice: “cada día estás más flaca y más bonita”, o “ayuda a tu hermana a bajar de peso”. Para ella es imposible que no te guste escuchar que estás flaquita.

Hace años, cuando me contaste de esto por primera vez, pensé que el trastorno podría darse por determinaciones familiares o culturales, un ambiente propicio. ¿En el ballet ocurre mucho?

En el ballet te enseñan a cuidarte, es decir, a estar a dieta toda tu vida. Pero no creo que se dé más que en otros ámbitos, sólo es más evidente. Pienso que se da en todos lados, aunque en los hombres casi no, ni de manera tan extrema. Es un asunto de mujeres. Mi mamá me inscribió en el ballet a los 5 años. Me gustó, pero pronto te empiezan a medir, empiezan los comentarios que pueden hacerte sentir incómoda, cosas tan simples como “ay, es que aquella niña está súper bonita y tan flaquita”, o al revés: “esa niña tiene los huesos muy anchos, está muy pesada”, y comentarios ya directos: “deberías comer menos”, “deja los chocolates”, “bájale”.

Aquí habría que mencionar, como elemento muy concreto de tu historia, que tu familia tiene un restaurante.

Mi familia creció en ese restaurante, la comida es el único momento donde la familia está reunida, mi papá y mi hermana son súper comelones. No es gratuito que yo me empezara a hacer notar en la comida. De niña era melindrosa. Adoraba los sándwiches de cajeta con pan blanco. Asqueroso, no los he podido volver a comer, yo creo que me daría un ataque de ansiedad. También el fetuccini Alfredo. Los sábados íbamos a comer los tíos, primos, los abuelos, la abuela, a distintos restaurantes, se nos educó en restaurantes. Nadie cocina, nos llevan a restaurantes desde los 3 años. Yo empecé a cocinar porque era la única forma de controlar mi comida: no voy a comerme lo que me dio mi mamá, me voy a hacer yo mi lunch, necesito saber cuántas calorías tiene exactamente. No podía comer nada que no viniera en un empaque, porque sólo en los empaques se dice cuántas calorías tiene cada cosa.

Regresemos a la infancia. Descubres que a la hora de la comida es cuando puedes decir “no quiero”.

Es el momento en que puedo decidir. Como a mis 11 años mis papás están en una mala época, casi se separan, se peleaban todos los días. Yo me daba cuenta de que no podía controlar nada de eso. No puedo controlar la vida de mis papás, no puedo controlar que mi hermana mayor se escape con su novio a Tijuana, no puedo controlar que mi hermana de en medio se encierre en sus propios asuntos. Lo único que puedo controlar es lo que como. Esto lo veo ahora. En ese entonces, creo que intentaba llamar la atención de mi mamá. Con mi papá siempre me he llevado bien, con mi mamá no. Sentí que, para que me aceptara, tenía que hacer lo que ella quería. Para mi mamá era muy importante estar delgada y bonita. Pensé que quizá haciendo lo necesario para agradar a mi mamá arreglaría la vida de todos.

¿Cuántos años te llevan tus hermanas?

La grande, J, me lleva 13, es mi media hermana, y la que sigue, F, me lleva 6. Mi mamá perdió un bebé antes de mí y ya no se quería embarazar pero se embarazó al año de perderlo. Yo no supe que la grande es mi media hermana hasta hace poco, en mi primer semestre de la universidad. Lo sospechaba. Un día volví a la casa, entré a su cuarto y le pregunté a mi mamá: ¿por qué nunca me dijiste que J es mi media hermana? Mi mamá me vio, se tapó con las cobijas y se volteó. Al día siguiente mi papá me llevó a tomar un café y me contó. Mi mamá tenía 17 años cuando nació J, mi papá la conoció cuando la bebé tenía año y medio y se casaron. Todo apunta, según yo, a que la habían violado, la violó un tío. Pero no se habla más de eso, nunca. Cuando yo tenía como 11 años, J comenzó a decir que quería buscar a su padre, y yo no entendía.

Y a esa edad sitúas el inicio de los trastornos alimenticios…

Sí, en la secundaria. Me empiezo a dar cuenta de que ser bonita es importante. Ya sabía que era importante ser inteligente, mi mamá me mataba si no sacaba dieces. Pero las niñas, en esa edad, empiezan a cuidarse, sus mamás las llevan a ponerse las uñas, a una de mis amigas la operaron de las orejas porque se le veían mucho. Un día decido ir al gimnasio. Dejo el ballet, el cuerpo empieza a cambiar muchísimo, pienso que estoy gorda, voy al gimnasio y empiezo a no comerme algo del lunch todos los días. Así comienza todo. Me ponían una manzana y algo más sustancioso, yo empecé a no comer más que la manzana y luego a no acabarme la manzana. Lo otro, el sándwich, digamos, lo regalaba a los niños, que a esa edad se comen hasta la lonchera. Me pesé y vi que bajaba de peso. Y empecé a tener un novio. Y gané ciertos privilegios en la escuela, como ir a la olimpiada del conocimiento o estar en la escolta. Mi mamá me presumía mucho, por bonita y por inteligente. A mis hermanas les costó la escuela, F es una contadora increíble, pero le costó. Y a mí, en la secundaria, no me costaba, podía hacer lo que quisiera y aun así sacaba dieces.

Tus papás tienen problemas en ese momento…

Sí, están muy mal. Se pelean a diario, mi mamá llora, mi papá casi no está en casa, mi hermana dice que va a buscar a su papá y yo no entiendo nada. Me doy cuenta de que lo único que puedo controlar es ser la más bonita y la más lista. Tengo esa necesidad de control de las cosas. En buena medida, eso es el origen, el núcleo de todo. Aun ahora, cuando algo se me va de las manos, cuando la situación se descontrola mucho o no la entiendo, mi primera reacción es con la comida.

En la escuela ya no te comes el lunch, pero vuelves a tu casa para comer, ¿no?

Empecé a decir que había comido mucho en la escuela, empecé a quedarme más tiempo en la escuela, a decir cosas como “no me gusta” o “ya comí”. Mis papás me daban dinero para cualquier cosa, así que era verosímil que hubiera comprado algo para comer. Y luego empecé a no cenar. Tenía que inventar esas cosas porque yo no estaba a dieta, ése era el lugar de mi hermana: a ojos de mi mamá, yo era la hija perfecta y la hija perfecta no hace dieta. El chiste es que no se supiera cómo es que seguía siendo perfecta, igual que con las buenas calificaciones. Una idea muy rara, de que es más bonito cuando no hay esfuerzo. Mi mamá decía: “mientras yo estudiaba con tu hermana, tú estabas dando vueltas por ahí y de la nada me respondías lo que le preguntaba a tu hermana”, para ella era más lindo si no tenías que esforzarte.

¿En ese comienzo ya era una situación descontrolada?

Como todas, yo empecé con la idea de “en cuanto quiera le paro”, “nada más llego a tal peso y paro”. Como platicamos tú y yo alguna vez, esto suena a una adicción, un trastorno alimenticio es una adicción. Comienzas a pensar en medidas muy específicas: cintura, peso, cadera, y luego te pasas a medidas de brazo, muslo, tobillo, y una de las más importantes, la muñeca, que determina qué complexión tienes.

¿Sabes cuánto mide tu muñeca ahora?

Sí. La midieron hace poco al comprarme una pulsera. 12 centímetros. Llegó a medir 9. Empecé a guardar registro de eso en una libretita. Esa libreta estaba llena de fechas y medidas, puros números, una bitácora, la guardaba en mi cuarto. Si salía, la llevaba, junto con una cinta métrica. Hoy no puedo tener una cinta métrica, me causa muchísimos problemas. La libreta la quemé.

Y tu primera cinta métrica, ¿estaba en tu casa, la compraste?

Estaba en la casa porque mi mamá cosía. Un día me la robé y empecé a medirme. Pero el asunto tuvo entonces una especie de pausa un par de años: dejé de comer ciertas cosas, pero comía. Incluso me daba premios, como comer pizza los viernes. En realidad llegué así hasta los 16. Restringía mucho. Limitaba mucho mi alimentación, hacía mucho ejercicio, me medía.

Hasta que todo se salió de control…

A mi novio le empezó a gustar alguien más. Llevábamos tres años, íbamos en la prepa. Empezó a decirme que le gustaban más personas y que podía tener sexo con otras personas sin que eso significara que no me quisiera. Yo estaba muy clavada. Creo que le gustaba hacerme sufrir, controlarme. Y yo empecé a sentir que necesitaba ser más delgada, y peor: sentir que no era yo suficiente. Él había sido mi primera pareja sexual, y viceversa, y eso es importante porque fue la primera persona que me hizo sentir cómoda con mi cuerpo y la primera, también, que lo destruyó completamente. Un día me dijo: “quiero que lo entiendas: por más que te quiera y quiera estar toda mi vida contigo, deseo a otra persona y eso no tiene nada de malo”, y me dijo quién era esa otra persona. Tomábamos clase juntos, los tres. Ahí todo se descompuso porque me empecé a comparar: no con una idea abstracta sino con alguien que estaba ahí enfrente.

¿Por qué si eso te lastimaba no terminaste con él?

Porque él me rogaba que comiera. Él sabía de mis problemas desde la secundaria, todavía no lo llamaba yo trastorno ni le conté nada, pero él se dio cuenta, de algo al menos, y me pedía siempre que comiera un poquito más. Eso me aliviaba mucho, que se preocupara por mí. Ahora puedo decir que no estaba enamoradísima, sino que él sabía o intuía esto y se preocupaba. Me cuidaba, digamos. Pero siguió diciéndome aquello de que quería otras parejas sexuales, y de pronto algo en mi mente hizo clic, hubo un cambio repentino, decidí que el asunto requería medidas extremas y decidí dejar de comer. De un día para otro. Necesito bajar de peso ya, me dije, voy a dejar de comer.

¿Recuerdas el momento?

No sé qué fecha era. Estábamos en la escuela, él estaba viendo a la otra chava, es un año mayor que yo e iba también en mi academia de ballet, era súper delgadita. Ahí comenzó el trastorno, ya no recuerdo el nombre, que consiste en que ya no te ves realmente como eres, te ves deformada, gorda. Y decidí dejar de comer: gradualmente, para no morirme.

¿Así lo pensaste, con esa racionalidad?

Sí. En ese momento aún tenía miedo de morirme. Entonces lo planifiqué, primero los dulces, luego carbohidratos, en fin. Pero el asunto avanzó muy rápido, yo diría unos cinco meses, entre 2009 y 2010, en torno a mis 17 años. Empecé a tener más problemas con mi novio, un día me dijo que ya no le gustaba porque, según él, estaba intentando parecerme a las otras chavas. También había problemas con mis papás, siempre estaba de mal humor porque tenía hambre y no lo aceptaba. Me negaba a desayunar con ellos, ellos se enojaban y yo decía: “me vale madres, tengo que ir a correr”. Corría 8 kilómetros diarios al principio, anotaba todo lo que comía, a mediodía comía sólo ensalada, ya no regresaba a mi casa, me quedaba en el Tec, en la prepa, mi novio y mis amigos iban a comer y yo no iba, me quedaba en el jardín del Tec a hacer ejercicio y a leer.

¿Qué comías en un día de esa época?

Al principio desayunaba un café sin leche ni azúcar y un poquito de fruta. A mediodía, híjole, quizá un sándwich de pan integral y queso panela, sin nada más, o una ensalada sin aderezo, sólo limón y sal. En la noche, si ya no podía más, tomaba un puño de Corn Flakes o una manzana, y un té. Nada de refresco ni jugo, pura agua. Y mucho chicle, tenía una adicción fuerte al chicle sin azúcar. Para entonces pesaba 56 kilos, luego 52, cuando empezó la peor etapa.

¿Cuánto mides y cuánto pesas ahora?

1.65, debo pesar unos 58 kilos.

¿Qué es la peor etapa, cómo arranca?

Me estanqué, ya no podía bajar más de peso. Fumaba muchísimo. Busqué en internet algo tan simple, “¿cómo bajo de peso?” y surgieron las páginas de anoréxicas. Empecé a hacer más ejercicio, cada momento libre lo ocupaba en eso. A mi novio dejó de importarle mi asunto, ya no me insistía en comer, no me hablaba, estaba siempre enojado conmigo. Así que tenía mucho tiempo libre. Terminé haciendo ejercicio incluso al bañarme, me paraba a las tres de la mañana a hacer abdominales, no podía dormir porque sólo pensaba que debía estar haciendo ejercicio.

En ese momento, cuando te despertabas de madrugada, ¿no hubo un día que te preguntaras qué estabas haciendo?

En mi mente había una voz. La voz decía: “ahí vamos, cada vez estamos más cerca”. Es una voz que nunca te deja. No eres tú, quieres creer que no eres tú, solamente está ahí. “No comas esto”, te dice, “estarías más bonita si fueras de tal talla”, “para gustarle debes ser más delgada”. Tiene un registro muy nítido, habla en segunda persona y nunca te anima, todo el tiempo es “Tú destruyes todo”, “Nadie es indispensable”, “Destruyes lo que tocas”, “Eres una inútil”, “Ni siquiera deberías tomar agua”. Nunca está conforme. Alguna vez habla en plural: “Creí que ya habíamos aprendido a estar solas”, “Sabes que no necesitas a nadie porque nos tenemos una a la otra”.

¿Esa voz se llega a personificar, llegas a imaginarla?

No, sólo está ahí. Ahora la vería como un esqueleto. Es una voz femenina y decía algo clave: “aun cuando todos se alejen, yo voy a seguir aquí, cada que algo te salga mal yo voy a estar aquí”. Una vez me pelee muy feo con mi novio y empecé a tomar. Regresé a mi casa, no había nadie, siempre hay muchas botellas en mi casa, de mi papá y del restaurante. Comencé a tomar tequila, que tiene menos calorías que el vodka. Yo no tomaba. Mi novio me dijo que era una cobarde y yo empecé a tomar. Nunca lo hablamos claramente, cuando yo empezaba a contarle él me decía que no quería saber nada de esto, que no quería ser parte. Ese día me dijo cobarde, yo regresé a mi casa, no había nadie porque había nacido mi sobrina hacía poco. Y yo necesitaba sentir físicamente el dolor que sentía dentro. Saqué el tequila y también, con un cuchillo, me anoté en el brazo izquierdo “cobarde”, para que mi novio lo viera al día siguiente. Es tan fuerte el dolor que siento, pensé, que necesito hacerme sangrar, necesito sentirlo en algún lado para olvidar lo tengo dentro. Y la voz decía: “es que te lo mereces”.

Pensé que la voz era una aliada…

Claro, pero también empieza a decirte cosas como “te lo mereces porque eres asquerosa y si no fueses asquerosa no te lo merecerías, la única forma de no ser asquerosa es bajando de peso”.

Ése fue entonces el momento, como dices, en que todo se salió de control…

Sí. No se trataba de emborracharme, sólo sentir que me quemaba. Mi novio no estaba conmigo nunca, o nadie, y yo me dedicaba al ejercicio y a clases de jazz, lo único que disfrutaba. Eso fue un viernes. El sábado fui a desayunar con mis papás. Comí sólo fruta y decidí correr al baño a vomitar por primera vez. A partir de ahí no pude dejar de vomitar, todos los días vomitaba. Primero sólo vomitaba la comida a las tres de la tarde. Y vi que bajaba de peso otra vez. Esto es increíble, pensé, puedo no comer, y si tengo que comer, puedo vomitar. Y no me sentía cansada.

Para mí, desde niño, vomitar es una cosa horrenda, que evito si puedo. Aun si me aseguraban que vomitando me sentiría mejor, por haber comido o bebido mucho, prefería y prefiero evitarlo. Es una acción física que no controlas, te rebasa. ¿Para ti?

De niña era igual, no se siente bonito. Pero cuando te enfermas, ya no lo puedes controlar, es un impulso. Lo induces, porque ni de chiste estás tan llena para vomitar, lo induces y aprendes. Lo controlas. Además, también es doloroso: “te lo mereces”. Durante unos tres meses, yo creo, vomité todos los días. En mi casa, en cualquier lado. Primero la comida, luego también el desayuno, aunque sólo fuera un café. Llegué a vomitar cinco veces al día. Ya era puro jugo gástrico, pero yo necesitaba vomitar aunque no hubiera nada.

¿Nadie se percataba de eso?

Nadie. Mi vida giraba en torno a eso. Estaba sola mucho tiempo, nadie se daba cuenta de nada. En esa época, en prepa, tenía que decidir qué iba a estudiar, y decidí estudiar en Puebla, nunca pensé quedarme en Toluca con mi familia, necesitaba estar sola porque así sería todo más fácil. Primero pensé estudiar Economía y al final me decidí por Literatura. Me encantaba leer. Era el único momento donde la voz no me hablaba. Leyendo y bailando. Necesito que se calle más tiempo, pensé.

¿Hubo momentos donde la voz te reconfortara?

Sí, pero cada vez más fue el puro horror. Empecé a no saber qué hice ayer, la memoria comienza a fallar, tu cuerpo depura lo no necesario, si algo no es relevante no lo guarda. También empecé a probar con pastillas. Me daban ataques de ansiedad, los ataques me provocaban llagas en el brazo, atrás del codo, luego en la boca, se me abrían los labios por irritación. Fui al doctor, eso lo supieron mis padres, y diagnosticó alergia al estrés. Era un dermatólogo. Me mandó una cremita, luego cortisona untada, luego unos calmantes, Atarax. Debía tomar media pastilla en la noche, pero me volví adicta a ese letargo, a estar ida. Me dormía y a las tres de la mañana la voz me decía: “tienes que hacer tus abdominales”. Tomaba, fumaba, tomaba pastillas y otras cosas, realmente no sé qué eran esas otras pastillas.

¿De dónde las sacabas?

De la escuela. Conocí a H, empecé a salir con H, mi novio perdió importancia. H se metía muchas cosas. Tachas, mota, muchas pastillas. Todos los días. Ella tenía lo mismo que yo. Nos sentíamos súper parecidas, nos habíamos descubierto algo muy importante en común. A veces nos alertábamos, “ya no te tomes tantas cosas”, a veces nos apoyábamos, “tú puedes”. Estuve meses empastillada y vomitando, y nadie se dio cuenta.

Cuéntame de H, ¿es muy guapa?

Sí, es muy guapa, tiene muchos problemas, es de mi edad, íbamos en el mismo año aunque no el mismo salón. Si recuerdo bien, nos empezamos a llevar porque ambas éramos protectoras de animales y porque con mi novio todo estaba muy mal, me llegó a decir que si quería morirme me muriera. Lo que hacen los estudiantes de prepa es comer. Y resultó que H y yo no queríamos ni platicábamos jamás de comida. Hasta que un día hablamos más o menos abiertamente.

¿Ahí tú nombraste por primera vez aquello que te pasaba, dijiste que tenías anorexia?

Ya era muy consciente antes de H. Había escuchado el término muchísimas veces en el ballet, comentarios como “esa chava es anoréxica”, etcétera. Y en internet. También la bulimia. Entonces le digo a h eso y me dice: “yo también”, ya clínicamente diagnosticado. Comenzó una complicidad horrenda.

Cuando ella te dijo que estaba diagnosticada, ¿no pensaste que tendrías que ir al médico?

Siempre, hasta la fecha, he creído que no necesito que alguien me diga qué tengo para saberlo. Incluso ahora llego al consultorio y le digo al médico que tengo laringitis, él me revisa y dice que sí tengo. Yo ya sabía lo que tenía. Ahora creo que hay dos tipos de diagnóstico de anorexia, o dos tipos de personas, o de reacciones. En un caso, no sabes realmente lo que tienes, sólo quieres bajar de peso, o puede que sea depresión con síntomas de anorexia. Si a estas personas alguien les dice “lo que tú tienes se llama anorexia y te puedes morir por eso”, se quedan en shock. Y tras el miedo, a veces reaccionan bien, se dan cuenta de que no se quieren morir. Pero también está el otro caso, donde llegas al doctor, te dice que tienes anorexia y que puedes morirte, y tu cerebro en verdad piensa: “pero me voy a morir delgada, ya sé que puedo morir de esto, está bien, me vale, me voy a morir por algo en lo que creo”. Son los casos más difíciles: a alguien que se quiere morir, ¿cómo le haces creer que se tiene que curar? En esos casos no siempre un médico marca ninguna diferencia. Hay un instinto autodestructivo muy fuerte, no te da miedo que te digan que te vas a morir por la anorexia. Cuando H me dijo que estaba diagnosticada, yo ya era una experta en fisiología y anatomía, sabía perfectamente qué le podía pasar a tal o cual órgano, sabía de la anemia, en fin, y no me importaba. Es como el precio a pagar: si es lo que se necesita, me lo aviento.

¿La recompensa es estar delgada?

La recompensa es que puedas contar todos tus huesos.

¿Ya no es para gustar, para ser bonita?

Tus valores cambian. Ni se te antoja acostarte con miles porque a tus ojos eres repugnante, estás gorda. Esto ya no para, ése es el problema. En esta enfermedad nunca llegas a un punto donde digas “okey, éste es el peso que quería”. Si se me ven tres costillas, ¿por qué no se me van a ver cuatro? La única recompensa es no sentirte asquerosa, pero nunca dejarás de sentirte asquerosa. En las redes sociales hay una competencia enfermiza por ver quién está peor: si todavía no me ha dado anemia es que no estoy lo suficientemente delgada, piensas, o te entusiasmas si aún no te ha dado osteoporosis. Mi meta ya no es bajar tres kilos más, te dices, sino que me duela todo.

Antes de seguir con eso, ¿terminamos con la historia de H?

Nos llevábamos muy bien, nos ayudábamos para no preocupar a sus padres, que sabían de su enfermedad, nos incitábamos a no comer nada. Ella siempre tenía pastillas, recetadas y no, que conseguía en fiestas. En las tardes no teníamos nada que hacer y nos drogábamos muchísimo para dejar de pensar, para apagar la voz. Eso era en el tec, ahí tiradas en el pasto, o en parques del centro de Toluca. Pero con ella no competía. Y no competía, aunque suene absurdo, porque la quería, y no quería que se pusiera peor. En mis últimos cumpleaños la he visto, hace unos meses aún me mandó un mensaje diciéndome “hola hermosa, cómo estás, te amo”. Nos distanciamos cuando nos graduamos de prepa y yo me vine a Puebla. Ella quedó físicamente mal. Hay un punto, donde bajas tanto de peso, que ya no recuperas tus facciones. La quise muchísimo. Llegamos a creer que éramos las únicas que nos entendíamos. Era la definición perfecta del amor, no importa si eres hombre o mujer, te amo porque me entiendes y por eso quiero estar contigo. Pero hubo un momento, después de la etapa más oscura, en que supe que no podía preocuparme más que por mí.

Volvamos entonces a la etapa oscura.

De acuerdo con lo que pesaba cuando finalmente fui al doctor, no tenían idea de por qué seguía viva. Empezó a fallar mi cabeza. Hay tres meses en los que no sé qué hice. Mi cerebro ya no daba para pensar, dejé de hacer todo. Estaba débil y anestesiada, ya ni tomaba porque el alcohol engorda. Estábamos en la escuela hasta las 8 de la noche, se suponía que en clases o en actividades extras. Los fines de semana corría, hacía muchísimo ejercicio, comía ensalada y vomitaba, hacía tarea entre comillas, nada. Al llegar a mi casa me encerraba en mi cuarto, no hablaba.

Necesito entender esto. Supongo que estabas muy flaca, tremendamente flaca y en un estado de ánimo terrible. ¿Cómo es que nadie lo notaba?

No lo sé, en verdad no sé cómo no se dieron cuenta. Creo que pensaban que era la edad de la rebeldía, de la apatía total. No salía de noche. Estaba en el programa internacional del tec, mi mamá suponía que tenía mucha tarea, mucha presión. Se justificaba mi encierro. Además siempre estaba cubierta, para que no se me notara el cuerpo y en especial por el frío, tienes mucho frío siempre, te congelas. Ese semestre reprobé casi todo, pero mi mamá, confiada, había dejado de revisar mis calificaciones hacía tiempo. Mi papá me llevaba a la escuela temprano y yo me perdía, las maestras me buscaban, entraba a clases ida. Cuando no estaba drogada me aterraba no poder pensar con claridad. No recordaba, en serio, qué había hecho cinco minutos antes. Me sentía triste y asquerosa. Lloraba. Era un triunfo pararme de la cama. Incluso hacer ejercicio se había convertido en un deber, haces ejercicio y puedes volver a la cama. Comencé a cortarme todos los días.

¿Cómo empezó eso?

Con estiletes, haciendo dibujitos en la piel hasta ver dónde te duele. En los brazos y muslos. En casa. Se hizo un pasatiempo. También con un pedazo de espejo que se zafó de su marco. Empiezas a ver qué pasa. Los estiletes cortan más rápido. Cada que me daba un ataque de ansiedad sentía la necesidad de hacerme daño. Si no tenía vidrio ni estilete, con la uña. Te muerdes la uña para que quede filosa y rascas hasta que quema la piel y la corta. Al cortarme, recuperaba el control.

Tú ibas a un gimnasio. ¿Ahí nadie te veía, nadie se daba cuenta de tus cortadas?

Jamás llevaba manga corta; las duchas eran cubículos privados y nunca salía desnuda. También dejé de ir al doctor, al ginecólogo.

¿Cuándo te hiciste tu primer tatuaje?

A los 18 años, cuando me declararon curada. Es una flor que florece en invierno. Me he hecho tres más. Ni los tatuajes ni los piercings los asocio con aquel dolor, son otra cosa. Pero aún ahora, si me da un ataque de ansiedad, mi primer impulso es rascarme, cortarme. A la fecha tengo pesadillas todos los días, en el sueño estoy consciente de que no puedo despertar y entonces me entierro las uñas para despertar. l, mi novio, me dijo apenas que por qué no dormía con guantes. Si tengo pesadillas y me muevo mucho, él se despierta y me despierta.

¿Puedes describir tu estado físico en el peor momento?

Se me salían todos los huesos. Me dolía muchísimo la columna. Se te marca cada vértebra, se me salió el sacro, no podía sentarme. Se asomaba el hueso, casi atravesaba la carne. Se veía la espina del omoplato. Piernas, manos, muñecas, los huesos de los pies se marcan, la cara, los pómulos, la mandíbula. Muchas ojeras, se te cae el cabello, se torna opaco. Te salen vellitos en la cara y en las manos, tu cuerpo los produce como defensa porque te estás congelando. Por el vómito, los dientes se te ponen amarillos y empiezan a descalcificarse, rechinan mucho. La lengua se te pone blanca. Tienes un sabor horrendo en la boca por el jugo gástrico. Te duele moverte. Ahora sé que me deshice la flora intestinal, todo estaba lleno de jugo gástrico, mi intestino era incapaz de absorber nutrientes. Estaba descalcificada y desnutrida. Empezó a fallarme un riñón, mi corazón estaba muy débil, tenía la tráquea destrozada, la piel como de cartón, se podían ver las venitas, no coagulaba bien, tardaba días en cicatrizar. La regla desapareció seis meses, el cuerpo está concentrado en la supervivencia, no en mantener un ciclo hormonal estable. Todo explotó entre quinto y sexto de prepa. A mi papá le dijeron en su cumpleaños, el 11 de noviembre. El peso más bajo de mi historia fue de 37 kilos.

¿Hacemos una pausa? Me gustaría saber algo de las páginas de internet. Incluso, saber cómo le hacían las anoréxicas antes de internet…

Conozco a una anoréxica mayor que yo, A, de antes de internet. Eran, dice A, historias individuales que se mantenían aisladas, secretas. Ella no conoció a otra anoréxica hasta llegar a la rehabilitación, hasta entonces no descubrió que no era la única con el problema.

Yo creo que ciertas páginas de internet son una maravilla porque crean comunidades: de cinéfilos, de futboleros, de tipógrafos, etcétera. Pero algunas también potencian la locura…

Ahora se intentan censurar las páginas de anorexia, pero aparecen muchas todos los días. En las redes sociales se censuran ciertas etiquetas. Por ejemplo, si pones pro ana o pro mia a veces sale algún aviso de que si necesitas ayuda puedes marcar a tal teléfono. Antes ni eso. En mi época sobre todo eran los blogs, algunos escondidos, llegabas a ellos a través de las etiquetas, de ciertos términos que sólo la comunidad conocía. ¿Cómo funcionan? Alguien cuenta su historia, que bajó de peso con tal método, o bien pide ayuda a las demás para que la mantengan fuerte (stay strong), y se forma una cadena de princesas que necesitan hacer lo mismo, que se juzgan asquerosas, a quienes dejó su novio, cosas así, una cadena de intercambio de tips, de dietas, cómo mentirles a tus papás, cómo no desmayarte. Hay competencias, carreras para bajar de peso, la dueña del blog registra a las inscritas y les manda a sus mails ayuda emocional todos los días, publican las fotos y pesos, se comparan las imágenes. Y tú ves, pero no ves. Ves fotos de chavas en los huesos, sin metáfora, pero tú piensas que aún les falta un poco. También hay encuentros, “vamos a reunirnos en tal lugar”, anuncian, casi todos en el df. Hay tips absurdos, como el de las supuestas calorías negativas, ciertos alimentos, como el brócoli, en los que gastas más calorías ingiriéndolos. O bien: come frente al espejo, porque te vas a dar asco y se te van a quitar las ganas de comer; o cómete una halls si te vas a desmayar, es el nivel de azúcar que tu cuerpo necesita para mantenerte en pie. Y en fin, hay blogs muertos: la chava se murió y te enteras por otros blogs, por algún post que dice: “se murió de esto, pero hay que hacerla sentirse orgullosa y hay que seguir bajando de peso”, el blog deja plasmado cómo se quedó la vida de alguien. Si alguien no las conoce, le sugiero que entre a alguna de esas páginas, es aterradoramente fácil.

¿Tú aportaste algún tip, o tu historia?

No. Sólo husmeaba. Creo que siempre estuve consciente de que no quería hacerle daño a nadie. Yo sabía que me estaba haciendo daño, que me podía morir, y no me importaba porque era mi vida, pero no podía cargar con la muerte de alguien más por haber seguido un tip mío. Nunca se sabe en qué punto está la persona al otro lado de la pantalla. Si yo hubiera seguido más tips cuando ya estaba en 37 kilos seguramente me habría muerto. No quise ser culpable de hacerle daño a alguien más.

Recuerdo haber entrado a algunos de esos blogs después de que me contaras por primera vez. Eran de color rosa, una imagen como de Disney, totalmente infantil. ¿Todos son así?

Algunos, son de las princesas de cristal. Pero los hay también bastante oscuros, todo negro y letras blancas. Y otros con comentarios muy duros, “ya no quiero vivir porque todo me sale mal y no puedo bajar de peso y el mundo estaría mejor sin mí”. O bien, “me voy a suicidar hoy, denme valor para hacerlo”, y las respuestas: “si eso es lo que ana quiere para ti, suicídate”. Te contestan en tiempo real, siempre va a haber alguien que te conteste en ese momento.

¿Cuándo dejaste de visitar esas páginas?

Me parece que cuando encontré a H: ya no eran necesarias, tenía con quién hablar de eso. Luego volví a meterme ya en la universidad, el semestre en que me regresé a Toluca, antes de contarte a ti. Ahora no las visito nunca, me alterarían mucho, detonan muchísimo.

¿Qué otras cosas funcionan así?

Ver alguien haciéndose daño, cortándose. Ver huesos, un cuerpo en huesos.

¿Cuándo se te ocurrió pedir ayuda?

El 10 de noviembre. Llegué a la escuela aún más triste de lo usual, por primera vez sentí que mi corazón ya no podía más, no podía caminar, no podía respirar, sentía una angustia enorme, todo el día estuve pensando en ir al doctor a que me checara la presión o lo que fuera, que más bien ocultaba un “debería contarle a alguien”. Por primera vez me dio miedo caerme muerta ahí, subiendo las escaleras de la prepa. Fui, toqué la puerta, no estaba el doctor, me abrió la psicóloga, me preguntó si me sentía mal. Le dije que sí, creyó que estaba embarazada. Tengo anorexia, le dije. Hizo un gesto de que no me veía lo suficientemente delgada como para tener anorexia. Me preguntó por qué creía eso. Yo iba cubierta de ropa. La vi y le dije: me voy a morir. Creyó que estaba tratando de llamar la atención. Le dije que mi cuerpo ya no aguantaba, que no llegaría al lunes, y por fin se asustó y me dijo: “ven, déjame pesarte”. Me pidió quitarme la ropa, yo empiezo a quitarme las cinco capas que llevaba todos los días y entonces veo su cara, está en shock. Subo a la báscula desnuda, veo el 37 perfecto ahí, que yo ya sabía porque me pesaba tres veces diarias. Jamás se me olvidará la cara de la psicóloga en ese momento. Salió corriendo por el doctor, yo me quedé en el consultorio semidesnuda, con una báscula que marca 37 kilos y pensando qué carajos acabo de hacer. Sabía que se había ido al carajo todo mi esfuerzo.

¿Pensaste en salir corriendo?

Sí, pero me paralicé. Llegó el doctor, también espantado. Se voltea y habla como si yo no estuviera ahí: “es que es imposible que siga viva”. Se acerca a la báscula, me baja, me vuelve a subir y marca 36.9. ¿Quién es tu director de carrera?, me pregunta, y yo pienso: fuck, acabo de joder absolutamente todo.

Perdón por interrumpir, pero en una circunstancia así, cuando llega una niña, una adolescente buscando a alguien por primera vez, como tú con la psicóloga, ¿qué hay que hacer?

¿Qué hay que hacer? Creo que hay que abrazarla, creo que quien llega así es porque le costó muchísimo, pero muchísimo, decir que tiene un problema y necesita ayuda. Lo peor que puedes hacer es entrar en shock, porque por algo te lo dijeron a ti. Hay que intentar mantener la calma, decirle que todo va a estar bien, que te platique, que hable. Darle algo caliente creo que ayudaría mucho, un té. Y de ahí lo más técnico, ir al hospital.

Bien, ¿qué pasó después?

Llegó Argelia, mi directora. Me ve, me abraza y me pongo a llorar como pocas veces en mi vida he llorado. Pregunta qué tengo y le dicen que peso menos de 37 kilos, no sabemos cómo sigue viva, necesitamos inyectarle glucosa, hacerle análisis ya. Yo no quiero que se me acerquen. Le dan a Argelia una lista de estudios que tengo que hacerme. Y Argelia me dice: “¿qué quieres hacer? ¿Tus papás saben? Tienen que saber. ¿Se los decimos mañana? Vas a estar bien, vamos a hacer todo para que estés bien”. Me dice que vayamos por un café, yo no quiero nada, me toman el pulso, está bajísimo. Me pregunta si quiero irme a mi casa, le digo que sí. Me dice que les va a hablar a mis papás y que mañana vuelva a la escuela con ellos. Yo pienso entonces que ya es inevitable. Cuando llegué a la casa ya le habían marcado a mi papá, aunque no les dijeron todo, sólo que había un problema y que al día siguiente tenían que ir a la escuela.

¿Crees que eso estuvo bien? ¿No habría sido mejor llevarte al hospital?

No sé. Pienso que, objetivamente, lo mejor es que llamen a tus padres. Aunque también es una noticia tan fuerte… Cuando llegué me saludaron normal, con cierta cara de compasión, pero no me querían preguntar. Sólo dijeron que al día siguiente me acompañarían a la prepa. Me dormí y al día siguiente fui con ellos.

¿Te sentías mínimamente mejor por haberlo dicho?

No sé cómo me sentía. No sabía si había cometido la mayor estupidez o si las cosas se iban a enderezar. Fuimos, un sábado, cumpleaños de mi papá. 49 años. Argelia los sentó en su oficina, me dejó afuera, no sé qué les dijo, mi papá salió llorando, mi mamá no dijo nada. Mi papá me abrazó y lo único que dijo fue “Vamos a salir de esto”. Y de ahí sólo recuerdo que fuimos directo al hospital, miles de estudios, electrocardiogramas, placas. Me sacaban botellas de sangre.

¿No sabes qué les dijo Argelia? ¿Nunca les has preguntado?

No. No lo creí necesario. Supongo que les dijo que era anoréxica, que pesaba 37 kilos. Pero Argelia nunca se enteró de que yo me hacía daño, me cortaba, así que mis papás tampoco lo supieron. Salieron con la idea de que tenía algo llamado anorexia y que me estaba muriendo. Recuerdo escenas muy borrosas, exámenes, agujas, sangre, largas esperas, mi mamá como enojada, mi papá preocupado. Ese fin de semana lo tengo borrado. El lunes, con los resultados de los análisis, fuimos con mi doctor.

¿Ese lunes no hicieron nada distinto tus padres, no te dijeron que desayunaras bien?

Nada, nada, todo siguió normal. Yo pensaba: ¿sí lo conté o no, entendieron bien o no? Siento que el único que supo fue mi papá, mi mamá nunca lo entendió al cien por ciento, o no quiso. Recuerdo que en el doctor mis papás estaban sentados al frente y yo atrás, siendo que yo era la implicada, y les estaba diciendo a ellos, como si yo no existiera: tiene anemia, tiene principios de osteoporosis, unos de sus riñones está fallando, su intestino delgado y grueso están destrozados, necesitamos canalizarla, va a tener que hacer esto y aquello todos los días, necesitamos darle pastillas, no podemos meterle comida, deben buscar una opinión más especializada. Les dio montones de folletos de psicólogos, psiquiatras y el de la asociación en la que luego me interné. Después se creó una relación muy buena entre ese doctor y yo. Pero recuerdo eso mucho, que actuaba como si yo no estuviera. No sé por qué se comportó así, quizá si me lo hubiera dicho a mí me habría asustado, tal vez habría decidido no hacer nada. Es como cuando te dicen que tienes cáncer, es lo mismo, le hablan a a los familiares pero no a ti, “la van a tener que cuidar mucho”. Siguieron tres semanas en que intenté comer la dieta blanda, intenté todo lo que el doctor había dicho, tomar suplementos, dar un sorbito más al café. Mi papá en las noches me preguntaba: “¿cómo estás, cómo te sientes? ¿Cómo va eso?” Nunca se ha dicho la palabra anorexia. Tres semanas de un letargo impresionante, mi mamá enojada porque iba a reprobar y no me graduaría a tiempo. Hasta que me intenté suicidar.

¿Crees que no querían saber mucho de lo que pasaba? No en el sentido de que no les importara, sino porque les daba miedo…

Sí, claro. Me apapachaban más, mi hermana estaba más cerca, veíamos películas y esas cosas. Pero si estábamos comiendo y yo me paraba porque ya no quería más, no sabían qué hacer, no sabían cómo actuar. Creo que lo mejor que podría haber ocurrido en esos días era hablar, hablar sin sofocar, sin cuestionar. Preguntarme cómo estaba, cómo me sentía, hasta preguntar qué quería comer. Igual y sería chayotes, pero bueno: chayotes. Y que todos comieran chayotes, no que una comiera lechuga y los demás mole con pollo. Estar juntos en esto sin presionar. No sé bien. Hablar. Tal vez preguntar cómo empezó.

¿Has llegado a sentir algún reclamo hacia ellos?

Al principio de la universidad, un día, no me acuerdo por qué, me dijeron que no platicaba con ellos y entonces respondí que no merecían mi confianza. Mi hermana preguntó por qué. Les dije: cuando los necesité no estuvieron. No les quiero platicar, dije, porque no confío en ustedes. No entendían. Me quedé con eso, no merecen que les hable de ciertas cosas porque cuando yo quería hablar no estuvieron ahí. Por eso nunca les he contado toda la historia, una parte de mí siente que no merecen esa historia. Ahora ya estamos bien, se merecen las historias que vienen, pero no esa, no se la han ganado. Siento que la evadieron tanto que ahora es una mentada de madre que me pregunten sobre ella. Sí me ayudaron, claro, pero pienso que yo me hice responsable de mí. Me llevaron y trajeron, desde luego se encargaron de hospital, análisis, medicinas, pero no me escucharon.

¿Qué pasó después de esas tres semanas?

La voz me decía que no tomara los suplementos alimenticios, “vas a engordar, punto, no te los tomes”. Me afectaba mucho ir mal en la escuela. Hacía las cosas porque ya había más gente implicada, enterada. Pero estaba haciendo todo lo que me habían encomendado y seguía sintiéndome sola. No recuerdo bien. Todo empezó con un ataque de ansiedad muy duro, en mi casa, un viernes. No había nadie en mi casa. Estás echando todo a perder, me decía la voz, todo lo que lograste en los últimos meses lo estás echando a perder. No podía respirar ni pensar, empecé a rascarme y cortarme, lo único que podía pensar era “ya que se acabe, ya no puedo con esto, no puedo con tanto, no puedo seguir con esta farsa de que quiero ponerme bien porque no quiero ponerme bien y no quiero seguir sintiéndome así de sola”. Me metí todos los calmantes y todas las pastillas de un botecito que compartía con H. Al día siguiente desperté enchufada en un hospital. Al abrir los ojos pensé: “Puta madre, ¿por qué no funcionó? ¿Qué carajos hice mal?” Me habían lavado el estómago.

¿Sabes quién te encontró?

Yo creo que mi papá. Nunca me han dicho. Eso sí lo pregunté y siempre se alteran, lo importante es que estás aquí, dicen. Recuerdo que me dolía todo, como si me hubieran puesto una golpiza, y tenía miles de agujas enterradas en el cuerpo. Estaban mis papás y F, a j nunca la han llamado. Vi a mi papá tan mal que decidí internarme. Pensé: va a ser mi último intento, si la libro, le echo las ganas del mundo, pero si me interno y salgo y sigo sintiéndome así, me aseguro de no volver a fallar. No pensé en ir con ningún psicólogo, creía y creo que no me podrían ayudar mucho. Sé que no se pueden involucrar emocionalmente con los pacientes, entonces no me sirve contarle a uno algo tan importante si no le va a interesar, si todo va a sumarse a una compilación de datos, “ah, pues sí, me llegó otra niña con anorexia”. El día que desperté en el hospital decidí internarme. Mis papás dijeron que sí. Ese mismo día fuimos para allá.

¿Qué lugar es ese?

Es increíble que se me haya olvidado el nombre, está en el DF, es una fundación especializada en estos asuntos, la mejor. Le habían dado el folleto a mi papá. Me imagino que funciona como las clínicas de desintoxicación. Sólo que aquí no hay un tiempo determinado, estás ahí el tiempo que pagues. Te recomiendan algún plazo. A mí me dijeron de dos a tres meses. Yo dije que les daba un mes. Una vez dentro no te permiten ninguna visita, no hay teléfono, no hay televisión, la casa no tiene ventanas. Tampoco revistas ni libros con dibujitos, eso es muy importante. Internet pero ni de milagro. Es clave borrar el mundo visual. Compartes cuarto con otra chava. Vas al baño siempre acompañada por una de las mujeres que trabajan ahí, te ve, te tiene que ver. Para bañarte tienes el tiempo contado, tres, cinco minutos. Ahí no te ven pero sabes que hay alguien afuera. Siempre hay alguien, aunque sea para lavarte los dientes. Te ven mientras duermes. Una ha aprendido a vomitar sin hacer casi ruido, por pura memoria muscular, le dices a tu esófago y tráquea que regresen la comida y lo hacen sin arquear. Por eso ahí te racionan el agua, para no llenarte y no vomitar, es más fácil vomitar cuando tienes agua. Tienes derecho a una servilleta en la comida pero siempre debe estar sobre la mesa. Tus manos también sobre la mesa. Te revisan los bolsillos de la ropa todos los días después de pararte de la mesa. Nada de cigarros. Te dan antidepresivos. Te revisan la boca a conciencia luego de que te dan la pastilla.

¿Por las buenas?

Tú aceptas de cierta forma, lo aceptaste al entrar. Algunas personas lloran, no saben qué hacer, pero alguien buena onda te dice que es por tu bien y esas cosas. Te observan comer, y ahí sí, aunque llores, te acabas todo, y te dan de comer bien. No van con lechuga. Mi primera comida fue una taza de sopa de fideo, un pedazo de pollo casi molido y una cucharada de puré de papa. Y un solo vaso de agua al final, no puedes tomar agua mientras comes. Hay chavas a quienes les dan más comida porque ya pueden ingerir más. Y no puedes tardar más de una hora por comida.

Llevabas meses, si no es que años, sin comer eso…

Sí. Me fue muy mal al principio. La semana pasada por fin pude comer sopa de fideo otra vez. Aquello fue duro. Intenté hacerme la fuerte, comer como si no hubiera pasado nada, como si fuera una simple comida. Lo hice, me comí la sopa, el pollo y el puré. Y el resto del día, todo el tiempo, pensando que falta otra comida, que debería vomitar, que no debería vomitar, debería ir al baño, no debería ir al baño. Acabas de comer y a tu cuarto, a hacer lo que quieras. Pero no hay mucho que hacer. Ejercicio desde luego que no. Duermes, lees, platicas. Como no hay ventanas, no entra la luz, es muy oscuro.

Platicas con las enfermeras…

Desde un principio te dicen que no puedes platicar con ellas. Están viéndote. A veces leen, pero en general tienen perfectamente clara su función. Con el resto de internas hablas a veces, a veces no. No se puede hablar del trastorno, no puedes preguntar “oye, ¿tú cómo empezaste?” Pero sabes que estás con gente como tú. Sabes que sienten lo mismo que tú al ver un puré de papa. Podría pensarse que es una experiencia terriblemente aburrida, pero el cuerpo está en un cansancio extremo. Duermes. El propósito del lugar es que duermas y engordes. No hay ventanas, espejos, carteles, cuadros ni plásticos reflejantes. Tampoco listones, cuerdas, cadenas, ni siquiera collares, nada con lo que pudieras medirte, sacar un patrón. Y tampoco lápices o plumas, nada puntiagudo, ni música, nada de ipods, porque hay canciones pro ana y pro mia. Usas pants a los que les recortaron la talla, y pijamas. Hay familias que pagan el paquete completo, con terapia familiar e individual cada semana. Yo no quise. Me voy a internar y no quiero hablar con nadie, pensé, no voy a hablar con un psicólogo que venga a decirme no sé qué.

En las clínicas de desintoxicación, además de terapeutas, puede haber también charlas o trabajo con exadictos. ¿No crees que algo similar sería conveniente?

Es distinto. Si una chava como yo te dice: “y entonces me estaba muriendo y sentí que no llegaba al fin de semana”, nuestra cabeza piensa: “no estoy tan mal entonces porque no me siento así todavía”. Hay un elemento de competencia que, creo, no existe con los adictos. Por mucho que inocentemente yo dijera “y me costó un huevo tomarme un vaso de jugo”, si alguna chava todavía toma jugo, lo va a dejar de tomar. Lo difícil de esta enfermedad, me parece, no es lo físico, sino dejar de sentirte culpable de comer. Y eso no sé cómo se resuelve. Si ahora me preguntas cuál es el mejor método, no lo sé, he probado muchos, algunos funcionaron, algunos no. Apenas ahora, seis años después de que me interné y diez años después de que tengo el trastorno, es que puedo comer normal todos los días. Y no dejo de experimentar culpa todos los días.

¿Cómo te sentiste al salir de la clínica?

Gorda. Mejor. No sabía si eso era bueno o no. Ya quería salir. Extrañaba mucho el sol. Entiendo que las salidas al jardín se ganan después de algunos meses, porque estar en jardines significa recolectar ramitas, palitos: cosas que midan o que piquen. Pero lo duro es dejar esa casa. Dentro, como digo, estás con gente igual a ti. Mientras yo estuve, éramos ocho chavas. Y el personal eran como diez por turno. Pero todo se queda dentro, no podías intercambiar información con las demás, no sabes sus datos. Era un mundo de oscuridad y silencio. Entonces sales y ves gente más delgada que tú, completamente sana, tragándose un brownie. Desde luego te ayuda haber estado ahí, pero eso que te venden de que “sales y eres otra, estás curada”, no es cierto. Si ya estás como yo estaba, si ya no aguanta tu cuerpo, pues va, es una muy buena opción. Te ayuda a sobrevivir, pero no te cura. Te dicen: “vamos a ayudarte a que te quieras, vas a ser feliz, vas a estar perfecta”, y eso hace que padres como los míos se la crean y piensen que todo se resolvió, que hicieron lo correcto al meterte ahí y ahora es tu deber estar bien. Hablamos no de un trastorno físico, sino de una enfermedad mental con síntomas físicos.

¿Entonces qué hacer?

No quiero generalizar, hablo de mi experiencia. Aunque suene a cliché, aunque suene cursi, yo diría que la única forma de curar esto es con amor, hablando. Hay que hablar. Pero no con psicólogos. Insisto, es mi experiencia. Es mucho mejor hablar con un amigo, incluso con un extraño que posiblemente se convertirá en tu amigo. Con un psicólogo te vuelves un dato. Creen saber cómo empezó todo. “Dinámica familiar difícil, ¿no?”, “¿Padre ausente?” Les dices que no y dicen que seguro sí. Tienen la receta del problema. Y tal vez exista, pero cada persona es diferente, cada quien aguanta hasta distinto límite.

Cuéntame del día que dejaste la clínica.

Salí al mediodía. Me dieron mi ropa. Mi familia fue por mí, me abrazaron, fuimos a la casa. Desde luego les dio mucho gusto, ya estás mejor, te ves mejor. “Te ves mejor” era una frase complicada. La dijeron con la mejor intención, claro, pero es difícil que para ti no signifique “fallaste”. En la clínica te dicen que te cuides y te desean buena suerte. A la familia, por lo que sé, les piden tener paciencia. No dan muchas indicaciones. Ya te han hecho saber que tú eres quien debe detenerse antes de ir al baño a vomitar. Te lo transmiten a través de hacerte sentir observada permanentemente, sales pensando que alguien te está viendo, interiorizas la observación. Yo me interné cuando ya sabía que me estaba haciendo daño, que me iba a morir, así que no tenían que decírmelo. A otras chavas sí. Creo que al entrar a rehabilitación decidí intentarlo en serio, me estuve repitiendo que encontraría el problema y trataría de superarlo y no nada más enterrarlo para volver a él al sentirme vulnerable. Después de un mes ahí, al salir valoras estar afuera, que te dé el sol. Luego comencé a valorar qué es tener amigos, gente que se preocupe de verdad por ti, y pensar qué significas tú para la gente. Pensé en mi mamá, mi papá, mi hermana. Se preocuparon, reaccionaron. Le daba vueltas al sufrimiento que les estaba causando. No saben qué hacer cuando les dices que no te importa morirte, no saben cómo hacerte entender. Es una desesperación muy grande. A mí me tocó cuando intenté ayudar a M. Le decía que en verdad no valía la pena y ella decía “¿y qué?” Es mucha impotencia. Y cada persona es diferente, no hay un diagrama que indique por dónde entrarle, qué mueve a cada quien. A veces no la mueve ni la familia.

Pero entonces sí funciona lo que hacen en la clínica, ¿no? Quizá no es la manera más bonita o agradable, pero…

Sí y no. Al salir tienes días buenos y malos. En los buenos ni te acuerdas, piensas que tenían razón, has interiorizado la culpa de vomitar o no comer. Pero no te enseñan en absoluto a manejarte con los días malos. Cuando te pasa algo, aunque sea una cosita que te altere, la tendencia es regresar a los viejos hábitos. Te enseñan a lidiar con esto mientras sean días buenos y estés acompañada, tu familia esté contigo y se preocupe, pero no a lidiar con tus propios demonios. En mi caso, cuando me da un ataque de ansiedad lo primero que hago, aun ahora, es vomitar, se quedó como una reacción de mi cuerpo cuando entra en conflicto, mi cuerpo empieza a no comer y a vomitar. Es como su mecanismo de defensa, por más irónico que suene. Cuando hace un año nos dieron la noticia del cáncer de mi mamá, inconscientemente dejé de comer, mi cuerpo dejó de pensar en comer. La rehabilitación ayuda, pero no lo cura. No sales lista para el mundo. Porque además te aíslan, un mes o más. Y al salir, vuelves al mundo de anuncios, tele, revistas, comparaciones permanentes, frases hechas de “te ves mejor, te ves más sana, ya subiste un poquito, qué bueno”. No te preparan para eso. Creo que el entorno familiar tiene que actuar gradualmente, preguntar sin presionar, ir poco a poco, y hablar con claridad. Pero mi familia regresó a su dinámica normal, volvieron a los restaurantes de siempre. Quizá pasó por su cabeza que era mejor no mencionarlo para no remitirme todo el tiempo al tema. En cambio, al graduarme de la prepa y venirme a Puebla a la universidad, mis papás enloquecieron, me llamaban día, tarde y noche preguntando si ya había comido, cuánto había comido, en fin.

¿Tu familia alguna vez te preguntó cómo fue la estancia en la clínica, cómo era, cómo viviste ahí?

No, no se habló de eso. Creo que mi papá pensó: ella puede. Desde entonces no se habla de muchas cosas porque yo puedo, porque soy fuerte. La primera persona que me preguntó sobre la clínica así, frontalmente, fue l, mi novio actual. ¿Por qué quieres saber eso? Porque quiero saber de ti, me dijo. Me costó trabajo entender que a la gente le interesa, porque mi familia no mostró interés en saber. Me sentí cómoda contándole a l. Si no, se vuelve un secreto, algo íntimo, y quizá no debería serlo. Cuando te diagnostican lo piensas: estoy loca, soy la única loca así en el mundo. Hay que hablar, platicar de esto, que no se vuelva un tabú. Por ejemplo, apenas salí de la clínica, vino la cena de Navidad familiar, pero la familia, tíos, primos, etcétera, no estaban enterados, hasta la fecha no saben. Así que de pronto estaba yo frente a una mesa llena de ollas gigantes, pavos, bacalao, postres, y una abuela insistiendo: come más, estás muy flaquita. Ahora bien, tampoco sé si habría preferido que mis padres les dijeran a todos para que fueran más cautos conmigo, para que la abuela dejara de moler. No lo sé. Fue mi problema y yo quiero decidir quién se entera y quién no, y tampoco me gusta mucho la idea de la vulnerabilidad, que te traten de manera especial. El mundo no es así. Te vas a topar con miles de ocasiones parecidas, desayunos, cenas, fiestas, y tienes que saber reaccionar. Vas a ver en la tele el comercial de pastillas para bajar dos kilos en dos horas, no lo van a quitar por ti.

¿Y tu novio, tu novio de entonces? Supo todo esto, me imagino, tu internamiento, tu intento de suicidio…

No, no lo sé. Supongo que se lo dijeron, pero nunca lo mencionó. Volvimos a vernos, era un tema prohibido. Yo pensaba: si le interesa, preguntará. No quería ser quien dijera las cosas, son cosas fuertes y estaba procesándolas. No habíamos terminado formalmente, sólo nos habíamos distanciado. No rompimos hasta que, ya en la universidad, me fui de intercambio a Inglaterra. Quería que me preguntara, pero no lo hizo. Se comportaba como si no hubiera pasado nada.

Al final salvaste el año escolar, ¿cierto?

Hice lo que tuve que hacer para salvar el semestre y el año, fue mi momento más ñoño de la vida. Cuando regresé a clases no sabía de qué estaban hablando, iba a reprobar todo. Pero ahora podía concentrarme, estudiaba muchísimo, me quedaba a asesorías. Quería irme de Toluca y la única forma era si elegía una universidad en otra ciudad. Me iba a ir a Guanajuato a estudiar Letras, ya estaba admitida y tenía casa. Pero vine a Puebla y me gustó aquí, y aún estaba a tiempo de inscribirme. También empecé a ir al nutriólogo y lo dejé, me causaba muchos conflictos. Mi papá sugirió que fuera con la nutrióloga del tec. No me sirvió. La única nutrióloga que me ha funcionado no te da pastillas. Todos me daban suplementos, ella me daba opciones de comida. Hasta la fecha me es muy difícil seguir dietas de nutriólogos, me hacen restringir, concentrarme demasiado en porciones. Hasta hace un año estuve con esas dietas. Ya no. En estos meses recientes en que he comido como una persona normal, he visto que no pasa nada si comes sin pensar qué comes, no subes ni bajas, no te das cuenta, no te mueres. A alguien con anorexia, para empezar, los nutriólogos no deberían pesarlo. Aquella nutrióloga me pesaba pero no me decía cuánto peso, lo registraba ella en su expediente y ya. En general los nutriólogos sólo hacen eso, te miden y te pesan. Creo que una persona con algún trastorno alimenticio no debería ir a ningún nutriólogo. Tú tienes que entenderte. Aunque suene trillado, tienes que escuchar lo que tu cuerpo necesita. El nutriólogo te va a decir que comas tres claras de huevo, pero si no se te antojan te puedes comer lo que sí se te antoja, tu cuerpo te lo está pidiendo. Además, una persona con este trastorno nunca va a querer desayunar cinco pambazos, no hay ese riesgo. Tienes que dejar de pensar que la comida es tu mundo, olvidarte del peso, las medidas, la imagen.

Pero tú piensas mucho en tu imagen, ¿no?

¿Por qué lo dices?

Te pintas el pelo, te pones un tatuaje, otro, un piercing, otro, te sacas muchas fotos, muchas selfies, te depilas las cejas…

¡Me sentí muy observada! Me costó mucho hacer las paces con las fotos. Creo que pasé tanto tiempo peleándome con mi imagen que luego pensé en hacer algo para estar en paz con ella. Pintarme el pelo de azul era estar en paz y no comenzar a pensar en otras cosas. Cuando empiezas a mejorar, algo muy difícil es comprar ropa. Sufres mucho comprándote unos jeans, las distintas tallas, ver que las tallas son diferentes en cada marca, que tu vieja talla ya no te queda. Tienes que repetirte mil veces que es lo mejor, que estás viva.

Me parece que, con este trastorno, habría una especie de punto de quiebre, un momento clave donde la conciencia sobre ti y tu cuerpo pasa a tener mayor poder que la voz, esa voz que te ha estado convenciendo de aquel otro mundo…

Cuando me vine a la universidad estaba claro que no podía vivir sola. Pero empecé a ser muy responsable de mi enfermedad. A la psicóloga de la universidad le informé de inmediato. Cuando me enfermaba e iba a la clínica lo primero era decirles que no me podían decir cuánto peso por tener este trastorno. Creo que sí, que hay un clic. No fue ahí, pero el momento me sirve para ilustrarlo: una vez estaba con mi papá en una tienda donde había un mapamundi del tamaño de la pared, y en ese instante caí en cuenta de que hay un chingo de mundo y pensé: me quiero comer el mundo. No voy a dejar que esto me detenga, si soy capaz de superarlo soy capaz de todo. Ahí decidí estudiar Literatura, me olvidé de Economía y Derecho, que las había pensado más en función de mis papás, Literatura era una decisión controlada por mí. Pero luego el clic se invierte. Es decir, hay instantes donde pierdes el control, la voz se activa por cualquier motivo y no deja de gritarte en la cabeza. En cualquier momento te jala, yo siento cómo cambia todo dentro, como si algo se activara. Al día siguiente dejas de comer, no tienes hambre y no te preocupa. Las recaídas son peligrosas. Creo que ahí me sirvieron mucho dos cosas: irme de intercambio a Inglaterra, cuando por fin corté con el novio aquel, y hablar con la psicóloga de la universidad.

Entonces no son tan malos los psicólogos…

Es que ella fue la única que no me dijo: ve a un nutriólogo. Me dijo: come lo que quieras. Recién llegada a la universidad estaba teniendo muchos conflictos con cocinar. Me traía comida de mi casa pero a veces no la quería y tenía que cocinar. La psicóloga se olvidó un poco del trastorno y empezó a preguntarme por mi familia, por qué quise irme tan desesperadamente de Toluca. Hablando con ella, un día caí en la cuenta de que mi hermana mayor era, es mi media hermana. Entonces me hizo escribir una carta para mi mamá. No se la di, pero escribí muchas cosas, quería decirle que no tenía por qué sentirse culpable de haber tenido una hija antes de casarse. Sabía las cosas que quería decirle pero nunca las había aterrizado, nunca las había nombrado. Empecé a entender por qué en su momento no pudo separarse de mi papá, aunque tuvieran muchos problemas y ella tuviera muchas buenas razones para hacerlo. Se sentía muy culpable. Escribí la carta y la psicóloga me dijo que intentara hablar con mi mamá. Fue cuando les pregunté por qué nunca me dijeron que J es mi media hermana. Me explicaron y yo entendí todo, excepto por qué nunca quisieron explicárnoslo.

¿Dirías que explorar este asunto familiar te ayudó en tu proceso con el trastorno?

Sí y no. Al principio de la universidad me estaba costando mucho adaptarme, me era difícil acoplarme a vivir con otras personas. Debía ir cada semana a Toluca, mi papá tenía que verme. No salía, no estaba haciendo lo que hacen las chavas de 18 años. Mi proceso interno iba bien, con el trastorno y con la familia, pero la realidad diaria era otra cosa. Estaba siempre pegada a las computadoras esperando a que mi novio se conectara…

¿Todavía? ¿Te fuiste de Toluca aún pensando que estabas enamorada de ese novio y que lo extrañarías mucho?

Sí. El último semestre en Toluca volvimos a estar bien, entre comillas. Él esperaba que yo me quedara en Toluca, me lo pidió, yo habría querido que se viniera conmigo. Yo tenía una idea muy rara de las relaciones, por decirlo de alguna manera. Pensaba que tenían que ser difíciles. Voy a contarte algo. Tuve un aborto. No fue producto de una relación consensual. De la etapa oscura, de los meses más duros de los que no recuerdo casi nada, sí recuerdo muy bien, en cambio, un día que mi novio quería tener sexo y yo no, yo estaba mal, y no le importó, le valió. Y no sé por qué mi cuerpo decidió funcionar ahí, si en teoría yo no funcionaba reproductivamente, no menstruaba. Me hice tres pruebas de embarazo y salieron positivas. No le dije nada, ni a él ni a nadie, nunca. Pensé: voy a tenerlo y voy a desaparecer de su vida, me iré de aquí. Pero mi cuerpo no aguantó. No pasó ni un mes y lo perdí. Me di cuenta de que mi cuerpo se estaba matando, no era capaz de mantener una vida dentro y no iba a ser capaz de mantenerme viva. Fue entonces que pedí ayuda, que fui al doctor de la prepa. En fin, estaba pendeja, ahora lo veo muy claramente. Creía que si yo quería estar con él, con mi novio, las cosas no iban a ser fáciles, que tendríamos que echarle muchas ganas. Tenía esa idea de que las relaciones cuestan trabajo, suponen sacrificios. Quizá por la relación que más conocía, la de mis padres. Y bajo ese esquema, todo este episodio, el abuso de mi novio, era una más de las cosas que había que sobrellevar. Tiempo después, cuando por fin terminamos, él me pedía que siguiéramos y me prometía estabilidad económica. ¡Imbécil! ¡Me das más miedo tú que no tener estabilidad económica, ésa me la puedo dar yo! Fueron muchos años con él, manipuló a mis amigos de la prepa para que me odiaran. Después de conocerlo tan bien, no me sorprende para nada. Ahora lo veo claro, pero me costó estar lejos de él y darme cuenta.

¿Me cuentas más de ese primer semestre en la universidad, de las recaídas?

Fue difícil convivir con gente. Me tocó una chava que tenía el problema de comer compulsivamente, sin ella saberlo. Llegaba al dormitorio con una bolsa de veinte panes y se comía diez de jalón. Cocinaba en cantidades industriales y siempre dejaba montones de comida. También iba al nutriólogo porque quería bajar de peso, y hablaba de eso. Me empezó a poner ansiosa. Además, en los dormitorios, en cualquier momento puede entrar alguien a revisar el cuarto o hacer la limpieza. Me sentía muy incómoda, observada. Me mudé entonces a un departamento, con una amiga, pero empezamos a tener problemas y me fui a vivir sola. Y comencé a hacer otra vez cinco horas de ejercicio diarias, hacer dietas, ir a la nutrióloga. Todo empezó a girar nuevamente en torno a la comida. Los fines de semana, en Toluca, estaba muy sola, mis papás estaban muy ocupados en ese momento. Volví a vomitar, no como antes, pero un poco. Había días en que no quería comer nada y otros en que me entraba antojo de dulce, compraba una caja de galletas y luego vomitaba. Pensé que si seguía viviendo sola las cosas se iban a poner muy mal, y decidí regresarme un semestre a Toluca. Ese semestre estuve más o menos tranquila, me la pasaba bailando, conocí a una muy buena amiga, estaba con mi gran amigo V. Comencé a cocinar porque mi hermana se iba a trabajar y necesitaba que alguien lo hiciera.

¿Dirías que en esos momentos estabas mucho más consciente de que se trataba de una recaída, es decir, dirías que ya no te volviste a perder totalmente? Te lo pregunto porque, al poco tiempo, tras volver de Toluca, me contaste a mí…

No me perdí, no. Contigo llegué de una manera no muy consciente. En esos días le daba muchas vueltas al asunto de contarlo, contárselo a alguien para que no se volviera de nuevo un secreto, si ocurría eso todo podía irse al carajo. Recuerdo que comenzamos a platicar de la escuela, yo me quería cambiar de universidad y de eso te fui a preguntar, estábamos en las banquitas enfrente de tu oficina. No lo tenía planeado, en verdad yo fui a platicar sobre la carrera y la escuela. Fue un impulso. De pronto pensé: éste es el momento, sácalo antes de que te arrepientas. A mí lo que más conflictos me da si lo cuento es que piensen que estoy loca, que no le den importancia por ser un trastorno mental, que me tengan lástima por loca. O bien, claro, que la voz te dice: no le digas a nadie porque no vas a poder seguir haciendo lo que quieres seguir haciendo. Un pequeño complot en tu cabeza.

A mí me costó un poquito entender que lo que estabas haciendo era pedir ayuda…

Estaba muy mal en esos días, pero es que no lo dije así, “necesito ayuda, me estoy muriendo”. Mi cabeza estaba en modo salva tu vida: mándale señales, que él lo capte. Yo no podía llegar y decir frontalmente todo eso, tenía que contar varias cosas distintas, me pasa esto y aquello, hago esto, me preocupan estos asuntos, y péscalo, es lo único que voy a soltar.

¿Me puedes decir, con sinceridad, si estuvo bien o no la manera como reaccioné?

Estuvo bien. Fue muy peculiar. Creo que lo primero que hubiera dicho cualquiera habría sido “ve al doctor, te llevo al doctor”. Tú me dijiste: ya no vas a ocupar tu tiempo en ir al gimnasio, vas a ver películas. Bueno, antes me preguntaste muchas cosas…

Yo no entendía, no sabía nada de esto, necesitaba entender un poco…

Y estuvo muy bien. Siento que si me hubieras dicho “perfecto, ¿sabes qué?, vete a tu casa y mañana me sigues platicando”, ya nunca te habría contado nada. Tú me empezaste a preguntar montones de cosas y yo te respondí absolutamente todo. Tu forma de reaccionar no fue de “esta niña está loca”, sino de total interés. Recuerdo que me preguntabas: “¿no te da hambre, no quieres ir por una torta?” “No, Gabriel, no quiero”.

Salió mi personalidad comegalletas horrible, el tragón que soy…

¿No has comido hoy?, me preguntabas asombrado. No, Gabriel, no he comido. ¡Pues vamos a comer! Qué risa. Fue algo muy raro, no me lo esperaba para nada. Tú empezaste a hacer bromas sobre ir por una cemita de carnitas. En los días siguientes me repetías: “come queso”, no sé por qué. Y me diste las películas, ¿recuerdas? Tenía que ver todos los días dos películas de las que me diste y escribirte a la mañana siguiente un mail contándote qué me habían parecido, para evitar que ocupara mi tiempo en hacer ejercicio. También me hiciste ir a tu oficina todos los días a ayudarte con un índice de la revista Plural, estaba ahí horas con eso, me fascinó la revista. Eran tareas que me pusiste, las películas y el índice. Y yo me metí al certificado en danza. Tenía que encontrar cosas que me impulsaran a estar activa, porque el problema viene cuando ya no quieres levantarte de tu cama. Ésa fue mi última recaída fuerte.

¿Podríamos decir que aquí concluye el relato? ¿Qué sigue?

Sigue la vida de alguien después del trastorno, cómo se readapta al mundo, cómo deja de vivir en ese mundo paralelo regido por la comida.

¿Puedes hablarme de ese mundo paralelo? Recuerdo que alguna vez, cuando platicábamos y lo mencionaste, a mí me dejó frío. Luego me recordó cuando Monsiváis, hablando de Novo, se refería al gueto homosexual como un mundo paralelo: quien entiende ve cosas completamente distintas que quien no, aun si están frente al mismo escenario. Tú me dijiste que en la universidad estábamos rodeados de chavas con anorexia, algo que yo jamás habría imaginado...

Es como una manía. Una lo nota más que otras personas porque una tiene el trastorno. Son cosas súper sutiles que nadie percibe a menos que haya pasado por lo mismo. Pequeñas señales. Pueden ser comentarios como “debería dejar de comer y ponerme a dieta”, o bien que nunca digan “estoy gorda” o “estás muy flaca”. Comentarios de gente que no come pero que hace todo lo posible por mostrar que sí come. Puede ser también el chicle, estar siempre con el chicle como algo que te mantiene con el mínimo de calorías, o la ropa muy holgada, ropa que no muestre el cuerpo, que jamás muestre el ombligo, o ropa deportiva. También, claro, se ve en personas que no salen, que no toman, que nunca van a comer con los demás. O el cabello, una empieza a ser muy consciente de que el cabello está en mal estado, siempre estás viéndote las puntas. Y la palidez de la piel. Son señales que provocan empatía. Pero pocas veces he intervenido. A veces no lo veo necesario, la chava tiene las cosas bajo control. En la universidad he visto y tratado a muchas así, que quizá incluso no sepan lo que tienen o les da miedo nombrarlo pero viven en ese ambiente. Sólo intervine una vez, en Toluca, cuando vi a una chava muy mal, M. Estaba con mi novio, conocíamos a esta chica, él más. Me enojó mucho que nadie hubiera hecho nada. Por qué si tú sabes lo que tiene, le pregunté, no has reaccionado. Dijo que no era su problema y que no quería problemas. Entonces yo fui con ella y le dije que podía ayudarla, podía contar conmigo, no me iba a espantar. Yo he pasado por esto, le dije, no te asustes, tengo anorexia y bulimia, me intenté matar una vez, nada de lo que me digas me va a asustar. Empecé a hablar con ella a diario. Creo que si M se hubiera muerto, habría sido culpa de los que estábamos todos los días a su lado, su familia y todos nosotros, de nuestra indiferencia.

¿Aquella voz, la voz, ya se fue?

No. La escuché por primera vez a los 14 años y no se ha ido. Creo que primero la tomé como un apoyo, una compañía. Después se tornó muy violenta. Ahorita de lo que más se pesca es de L, mi novio, como si identificara las cosas que van contra ella. Dice cosas contra él o, sobre todo, me dice que lo voy a arruinar, que lo quiero mucho pero lo voy a arruinar y va a ser mi culpa. Es como si se apoderara de mi cuerpo, mi cara cambia muchísimo cuando está presente. Pero son sólo momentos. En las peores épocas me hablaba todo el tiempo, todos los días, ella estaba a cargo cada minuto. Cada vez menos, pero todavía me cuesta luchar contra ella. Está ahí dentro, te juro que no soy yo, nunca les diría cosas así a ciertas personas. L dice que saque lo que me dice, que se lo diga a él. Es muy difícil. En las pesadillas que tengo cada noche, ella está todo el tiempo, se encarga de no dejarme despertar. Una de las pesadillas más leves es que L está tirado en un hospital, en depresión clínica, y la voz me dice: “¿Ves? Te dije que esto iba a pasar”. En mis sueños somos yo y la voz, es el único momento donde aún logra tener poder total sobre mi cuerpo.

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Sobre el autor

Gabriel Wolfson

Gabriel Wolfson (Puebla, 1976) es profesor del Departamento de Letras de la UDLAP. Publicó Ballenas (2004) y Los restos del banquete (2009). Participa en La Cleta Cartonera, de Cholula, y en la colección editorial cabezaprusia, de Profética Casa de la Lectura. Próximamente aparecerá también en El Guardagujas su libro de relatos Profesores.