La vida viene viene/Cinco años de Mundo Nuestro Destacado

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Mundo Nuestro. La vida viene viene. Y se va, y está aquí, en este instante de la escritura. El tiempo es inasible. Y pasa, inadvertido.

Sólo las palabras quedan.

Esta revista digital cumple en este diciembre que corre cinco años con su propuesta de periodismo narrativo. Contar historias. Intentar comprenderlas. Y contribuir en la construcción de alternativas que alienten una mejor vida colectiva. Volverla al menos más llevadera. Esta crónica de los andares de un hombre que sobrevive en la calles del centro de la ciudad de Puebla fue la primera en la vida de Mundo Nuestro. Aquí la reproducimos para decir con él a lo que siga, viene viene...



Las cosas pasan rápido con él, atento como está al movimiento de los automóviles, aun cuando todos los lugares están ocupados y todavía la sombra del templo y las casonas mantienen fría media avenida. Pero ya pasan de las once, y al sol ya te cueces.

Cuántos rostros guarda un hombre al que miras desde la ventanilla. Cuánta vida puede contarse. Escuchar a saltos, para después llevar de corrido una historia.

--Ayúdeme con esto --me dice y señala al mismo tiempo un cartón de jugo y su mano izquierda cubierta por una venda que guarda el polvo de varios días.

Es la primera vez que lo veo. Está ahí, a media calle, con el sol batido sobre su gorra, con el cuerpo esbelto, curtido, bien perfilado por la camiseta futbolera sin mangas y el pantalón estrecho. Cuida su plaza, como la llama. Es un viene viene atento que se acerca a la ventanilla y te mira fijamente a los ojos. Ni joven ni viejo, me digo, entretenido por un bigote largo y ralo, que lo vuelve viejo. Son sus ojos claros los que alumbran su piel oscura y convierten su mirada y todo su porte en el de un hombre joven que no ha cruzado la frontera de los treinta. Pero debe tener más de cuarenta para que quepan los seis que vivió en el ejército y los veiticinco que se aventó como chofer de pipas petroleras por las carreteras nacionales, hasta que en febrero pasado lo asaltó un comando zeta y terminó su carrera trailera arrojado en un descampado de la Sierra Madre Oriental. Un largo pleito laboral en los juzgados de Conciliación en el DF lo ha traído a sobrevivir en el centro de la ciudad de Puebla.

Es la primera vez que lo veo, pero como hoy, a saltos, narrará su vida recargado en la ventanilla.



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Todo pasa rápido, y siempre le ha ocurrido algo. Un día, un pleito en la calle 5 de Mayo que termina con un machetazo en su mano izquierda. Otro, se lo llevó el operativo. Ayer terminó en una patrulla tras un pleito a navajazos en el portal del Pasaje del Ayuntamiento. Hoy, la muerte de su pequeña hija en alguna ciudad de Coahuila, que cuenta así, a botepronto, entre los claxonazos de los autos impacientes en la esquina que no quieren saber de nada, que ven a este hombre como se mira a un poste, a un periodiquero, a un policía, como parte del mobiliario urbano, como a un contrafuerte de la iglesia de la Compañía, como a un simple y llano viene viene.

--Apenas me avisaron, y no voy a poder ir, no hay feria…

--¿Tenias una hija?

--Tenía ocho mesesitos.

Caray, le digo, y no entiendo nada. Hace ya días que me lo encuentro, y así, a gajos de ventanilla me va relatando su historia, hilvanada a retazos de banqueta, su infancia en los cañaverales de El Mante, sus años de balazos en el ejército, la soledad en la carretera, los congales en los suburbios de las ciudades, su vida de gerente de un cabaré de traileros, su matrimonio y la muerte de su esposa y unas mellizas en el parto, el asalto en la sierra, el juicio laboral, el pleito con un gandul, su canto quebrado por el alcohol nocturno.

Cuánta vida se puede contar por una ventanilla.

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El primer día tiene un motivo para hablar conmigo: no puede abrir un tetrapak de jugo pues su mano izquierda la oculta una venda ganada por la mugre. “Traigo dos clavos, tuve un encuentro, tiene que ver como quedó el otro”, dice para que imagine yo una escaramuza reciente aquí cerca, en la 5 de Mayo. Suelta en ráfaga el relato mientras yo desgarro el cartón del jugo.

“Voy con mi novia en paz ahí en Santo Domingo y ese bato le agarra las nalgas, pero no sabe con quién se metió, yo salí de cabo en el ejército, sé meter las manos, pum, pum y ya estaba en el suelo, pero alguien le pasó un machete y aquí me rajó, metí la mano pero el golpeó con miedo, si no me la vuela”.

Se le acerca un muchacho encapuchado. No deja que se arrime a mi ventanilla. Algo murmuran, pero el encuentro es breve. Ya regresa: No entiende este bato, ya le dije que él entra hasta las tres, pero no entiende, me quiere sacar de aquí, pero a mí me dejó la plaza un amigo, ya estoy aquí desde hace varias semanas, pero no entiende, como tiene aquí a su esposa, bueno, su pareja, es la afanadora de la iglesia, por eso quiere la mañana, pero él ya sabe que empieza hasta las tres.

Y usté puede llamarme Sebastián.

Nueva distracción: reconoce a un cliente, un director de algo en la universidad, y lo sigue hasta la esquina. El otro viene viene aprovecha para recorrer la calle y calibrar el tráfico que viene del boulevard del río. No tarda Sebastián, que recupera el control de inmediato, sin decirle nada a su rival, simplemente recuperando la conversación conmigo, que ya entiendo que en su trabajo la palabra acompaña el día, no se trata nada más de cuidar autos y guardar lugares.

“¿No se tarda, verda? --me dice--. Está tranquilo, ¿sabe cuánto me hice el sábado desde las cinco de la mañana hasta las tres de la tarde? No sé, trescientos… No, cómo cree, ni cuándo, cincuenta, si no sale ni pa comer. Y ese que me quiere sacar de aquí, pero lo viera, nada más pasan los estatales y sale corriendo, y es que le piden a uno mil quinientos, pero yo no les niego, les digo, yo estoy trabajando, yo estoy cuidando carros, desde febrero que me asaltaron, por allá me botaron esos malandros, con todo y unidad me trajeron y yo le digo a la empresa y qué voy a saber pa dónde jalaron, ellos ahí me aventaron, nada más, no me madrearon, no más me tablearon y me dejaron ai dentroelmonte, y aquí estoy desde febrero, sí, ya son ocho meses después de 21 años de andar de trailero, y sin nada, cuál indemnización, nada, me dejaron en la calle los de la empresa igual que esos malandros … Péreme de nuevo.”

Pasa el oficial de vigilancia de la casona universitaria, hay que darle reconocimiento, saludo de mano, tope de nudillos, hay que ser serio. Hay que darse a respetar, me dice, y su relato avienta las comillas, toma la ventanilla, se olvida de mí. Claro, por eso a esto chavo le pregunto por su esposa, para que vea que lo respeto aunque yo sé que nada más es su pareja, pero para que me respete, como decía mi papá que en paz descanse, trata a la gente como quieres que te traten, eso decía él, campesino en Xicoténcatl, allá por El Mante, en Tamaulipas, ejidatario cañero con quince hectáreas, y yo soy su único hijo, no tuve hermanos, aunque no me dejó ni un metro, todo eso se lo quedaron sus otros hijos, ya sabe, problemas en la familia, las tierras las tiene una nieta de mi papá, hija de una hermana que no conocí, por eso yo me fui al ejército, seis años y hasta cabo fui, con catorce enfrentamientos, uno de ellos con otro cabo, uno que se pasó de baño, mucha humillación, llegó a escupir en mi comida, delante de todos, por eso le jalé cuatro balazos y no le volé la cabeza porque me paró un compañero, sólo le desbaraté la pierna con la ráfaga, pero ya esta mocho, lo tuve que marcar, no se dio cuenta de que yo todavía no desarmaba el arma y me quiebra un palo de escoba en la espalda y ya fue mucho, le digo, las armas son para respetarlas, en eso se parecen a las mujeres, si no las respetan te acaban, como les pasa a todos esos que terminan descabezados, ya nada respetan, van y matan esos sicarios allá en Tamaulipas, esos del Golfo, batos de la calle, no han tenido nada, los agarran y al rato ya traen un arma, y qué, luego van y matan, para que al tercer día amanezcan decapitados…

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Sobre el autor

Sergio Mastretta

Periodista con 39 años de experiencia en prensa escrita y radio, director de Mundo Nuestro...