Qué tierra es la nuestra, hendida por la violencia Destacado

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Dos escenas y una conversación en un domingo al final de enero para intentar comprender a una sociedad que hace tiempo ha perdido la brújula. Una tierra hermosa, transparente así al sol del mediodía desde el cerco geológico de los volcanes, pero hendida por el ominoso rayo de la violencia que azota a México y se lleva la vida de personas convertidas en la letra insensible de la nota roja.

Las dos escenas son de carretera, la dimensión primordial del huachicol. La conversación es el en campo, en el fin del ciclo anual del maíz, tal vez la asidera más certera que todavía apalanca a nuestro país.

El arrebato final es el de la mirada casi yerta de un reportero que no mira ahora con optimismo el futuro.



Al amanecer del domingo, con los volcanes copados de la nieve que ha traído el último frente frío, municipales de San Martín Texmelucan resguardan tras la cinta amarilla una camioneta Equinox plata sin placas. Se trata, dicen, de un presunto enfrentamiento entre huachicoleros. Ya se ha llevado el forense el cadáver de un hombre y los paramédicos ya trasladaron al hospital a una mujer que yacía a su lado, todavía con vida, al hospital más cercano. El paraje puede verse desde la autopista lo conoce por aquí la gente como como “camino a las válvulas”. Ella lleva por nombre Berenice. Él se lleva a la tumba su nombre Manuel Alejandro Romero. La nota en e-consulta remata con el consabido reporte Policiaco: “Sobre la vialidad, a la altura de San Cristóbal Tepatlaxco fueron hallados varios casquillos percutidos, los cuales presuntamente fueron disparados desde el vehículo de los agresores tras una emboscada, en lo que ya se investiga como un posible enfrentamiento ligado al robo de combustible.” Berenice y Manuel Alejandro, ¿qué derrotero de sus vidas los llevó a terminar a la vera de esta autopista combustible?

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En el periférico, a las tres de la tarde, observo un convoy policíaco que ha hecho alto a la altura de Cuautlancingo. Ha quedado unos metros atrás el C-5. Dos patrullas y una serie de grúas reverberan luces nerviosas. Cuento cuatro camionetas tipo van de carga cerradas. Y dos abiertas en las que lucen los tanques plásticos enrejados, la materia prima principal de los huachicoleros. Hoy mismo el gobierno da los resultados del programa Puebla Segura: “En lo que llevamos del 2018 se han realizado 70 operativos, con un saldo de 357 mil 442 litros de combustible ilegal decomisado, 143 vehículos asegurados, 12 personas remitidas a las autoridades y 69 tomas selladas. Con estos resultados, la cifra decomisada de carburante ilegal desde enero de 2017 al día de hoy, alcanza ya los 5 millones 227 mil 82 litros.”

Madrugada y media tarde. La vida sigue imperturbable su tránsito por la autopista.

Por la mañana miramos trabajar la máquina que empaca el rastrojo del maíz para la pastura que comerán los animales a lo largo del año. El padre sigue con la vista el andar pausado de un muchacho de 18 años concentrado en el trajín de cañas secas y alambres que brotan rectangulares para dar cuenta del fin del ciclo semestral de la siembra y la cosecha.

“Ya se apuntó por el internet en el examen de la universidad –me dice--, ójala se nos haga…”

Sí, que se le haga, piensa. Que vaya y estudie para ingeniero industrial. Qué le aunque que ya no venga a la chinga del campo. O que venga de otra manera. Con otros ojos, con otras manos formadas. Que no siga el paso de los otros muchachos, los que pasan trepados en las motonetas, los que ya no saludan, los que ya miran con desprecio a los chamacos como su hijo que no se han decidido a dejar la escuela y quieren algún día ser ingenieros.

“Está mal México –continúa--. ¿O por qué le pasó esto al pueblo? Era tranquilo, ni quién temiera andar dos tres de la mañana. Ya no. Ahora nomás se oyen las balaceras. Pero eso sí, el día que vino la Marina ni quién se apareciera, muertas estaban las calles. Puros fantasmas.”

La Marina llegó un día de noviembre. Ya tenían sus casas señaladas. Una por la salida a tal lado. Otra por la terracería que jala pa’lla. Ta bueno. Estuvieron todo el día en esa casas. A los que les encontraron combustible se los llevaron. Fueron cuatro. Padre e hijo de una familia. Y un viejo, ese ya qué le vale, pero andaba metido a su edad. No han vuelto.

“Pero ái siguen sus hijos –sigue--. Ya su padre está guardado y ellos siguen, nomás se hace noche y empiezan con un jaleo. Llegan los trailers, se van llenos de diésel. ¿Para qué vino la Marina entonces si estos no escarmientan?”

Tampoco escarmienta el maicero. Ya se irán los fríos. Ya mañana estará listo el barbecho. Ya se escoge la semilla. Ya se mezclarán los granos buenos del blanco y el morado. Ya vendrán las aguas. A lo mejor para entonces su muchacho ya encontró su lugar en la universidad pública.

De ojalás están hechos los países...

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Al final del día imagino al poniente la cerrazón de nubes en los volcanes. Casi puedo ver los fulgores eléctricos que golpean las piedras negras en el Ventorrillo. Allá quedan, en la remota era geológica en la que discurren sus humores, esas islas del cielo que miran con desgano tanta penuria en el valle hendido por asfaltos y petróleos.

Aquí la ciudad fría espera impaciente para hervir los sinsentidos de la semana. La prensa no se aguanta para abrir los reflectores a una política banal de la que viven, que tanto cuesta y nada resuelve. En esto que llamamos estado de Puebla la trabazón de obcecaciones partidarias alimenta la tormenta por venir. No abunda la mirada larga, el pensamientos critico que alumbre la política, que intente al menos plantear a dónde llevará esta violencia que nos rebasa. Las revoluciones se quiebran, sobre todo si lo son como revueltas de criminalidad desatada. La sufrió México hace cien años, y de ella armamos todo este mito del Estado Mexicano Moderno que no ha parado de producir priismo, esa primera identidad en la entraña de cada uno de sus hijos. Ahora vivimos una violencia atada a ningún sueño de cambio social. Ahí está el pueblito campesino derrotado por la violencia entre sus gentes. Ve venir el monstruo de los cárteles, ya los nombra así, cuando hace apenas un par de años veía con ojos admirados cómo algunos de sus hombres salían de noche hacia los ductos cercanos, sin imaginar que tras ellos vendrían los soldados y los sicarios y los niños halcones y las motos y los bidones y las mangueras y los trailers y los sonidos opacos de los disparos del huachicol a la mitad de la noche.

Esperando, sin más, la violencia que le vendrá de la ciudad, sin otra alternativa que la de los militares. Sin construcción universitaria de trabajo para los pueblos y los barrios azotados por la embriaguez de la salida huachicolera. Sin un sueño colectivo, sin futuro.

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Sobre el autor

Sergio Mastretta

Periodista con 39 años de experiencia en prensa escrita y radio, director de Mundo Nuestro...