Refugiarse en los libros Destacado

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Vida y milagros

¿No se ha aburrido usted de las campañas? Yo ya. Quién sabe que tanto retorcieron la ley que hoy son más invasivas que nunca, insoportables. El país tomado hasta el último rincón: bardas, postes, radio, tele, cientos de espantosos espectaculares, los periódicos, las redes, todo. ¿Tanto para qué? En un videíto que corre por las redes, una especie de Cantinflas norteño a caballo dice: "Mira mi raza, gane quien gane va a seguir siendo la misma chingadera. Estos cuates bien a gusto. Si hasta amigos son. Aunque el PRI dizque le tira a Morena, Morena al PAN y al PRD y el PRD ya no sabe a quién tirarle, vienen siendo lo mismo mi raza, y la gente ahí viendo como pendejos la tele,- mira este güey, creo que este güey si va a mejorar a México, sí, cómo no. No mi raza....al final ellos se sientan a cenar y se arreglan”.

Ay mi raza, creo que este Cantinflas tiene mucho de razón. Y mientras hay que aguantarse las campañas.



Pausa. Hay que poner pausa y buscar un refugio.

El refugio ideal son los libros. Los nobles libros que nos esperan siempre mientras se defienden silenciosos y leales de la invasión del ruido cibernético. Los libros que nos enriquecen en lo cotidiano y nos protegen de la locura de estas particulares elecciones. El viernes me encontré a un amigo escritor, Alberto Ruiz Sánchez, y me regaló su último libro, Los sueños de la serpiente. Como un antídoto a la toxicidad de las campañas cayó también en mis manos un libro de hace veinte años escrito a cuatro manos por Rafael Pérez Gay y Luis Miguel Aguilar, Cargos de conciencia y Nadie puede escribir un libro. Hasta ahorita que escribo, volví a acordarme de las innombrables (así llamaré en estos días a las campañas y a las elecciones). No he sacado la cabeza de mis tres novedades, del refugio de las lecturas que te van marcando y salvando cuando la vida agobia por una u otra cosa.



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Qué maravilla son los libros. No haría énfasis en particular sobre títulos y autores. Es la lectura en sí la que nos marca, la lectura constante, no de un libro, sino de los distintos libros y las épocas de tu vida en que te llegan.



El primero libro que recuerdo es un libro chiquitito con él nos enseñaban a leer. Al terminarlo ya leía. Un domingo, paseando en coche con mis papás y hermanos leí por primera vez un anuncio luminoso: "Cer-ve-za Co-ro-na". Ese día los aburrí deletreando todo lo que vi al pasar: Lu-cha li-bre, Ci-ne Re-for-ma, pa-na-de-ría, Vo-te por Sa-nen. Cuando aprendes a leer eres otro, y más al comprender lo que lees. El desarrollar esa habilidad es lo importante. Ya tienes un salvavidas.

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Después de aprender a leer me volví una viciosa de la lectura y ella ha sido mi aliada en todas las épocas de mi vida. Crucé la infancia con El Tesoro de la Juventud y todos los cuentos de escritores rusos y daneses bellamente ilustrados que nos regalaron mis papás en una navidad. Me fascinaron todas las historias y los cuentos clásicos, pero también los cuentos de a peso que compraba el domingo. Me marcó el amor eterno de Superman y Luisa Lane. Será porque nunca se casaron. Me marcó que Superman la engañara con la sirena Lory y Superniña. El amor de Superman daba para mucho. No se veía mal que pasara por tantos brazos. Me marcó el vislumbrar que puede no haber un solo amor en tu vida, o tú puedes no ser el único amor en la vida de otro. Me marcó el hecho de que existiera El Club de Tobi en las historietas de La pequeña Lulú y que les impidieran la entrada a las mujeres. Me quedó claro que había que acabar con ese club. Luego descubrí los periódicos que leía mi papá, las tiras cómicas del Excélsior o la columna de sociales de Mimí García Barna en El Sol de Puebla. Ella pasaba de un hecho feliz, una boda o un bautizo, a ponerte a temblar con la frase de "Crespones de luto sobre la familia fulana de tal", para luego soltarte el nombre del muerto motivo de los crespones. ¡Muy emocionante! Me devoraba también la página roja de dicho periódico. La página roja antes venía en la parte escondida de los periódicos y no en primera plana. Se trataba de que no la vieran los niños. En esa página en la que a veces venían envueltos los pellejos que compraba para mi gato cabía todo un mundo desconocido y violento, oculto detrás de la calma de una ciudad aparentemente apacible.

En la adolescencia me atraparon los escritores españoles del siglo XIX que estaban en el librero de mi casa. Pepita Jiménez y Fortunata y Jacinta, dos novelas costumbristas muy largas que, literal, te metían por completo en otro mundo, otra época y en el mundo de los amores imposibles e idiotas.

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Durante la prepa leí la " Rebelión del Atlas" de Ayn Ran, ese que trae el párrafo que me han enviado veinte veces por chat, el que dice que cuando en un país prosperan los que no producen nada, y es dominado por los inútiles y los flojos, ese país está perdido. Después de leerlo te da por fijarte y desconfiar de los que prosperan con rapidez. Leí todos los cuentos cortos que cayeron en mis manos, en particular de escritores rusos y mexicanos. Qué maravilla son los cuentos. Cabe en un cuento el código de un mundo, una emoción compleja o una conducta errática. Después descubrí a Balzac. Mi vida de lectora la divido en antes y después de él.

Estaba olvidando un libro que me salvó de muchos ratos aburridos en la primaria, un libro obligado en el colegio que era una versión que yo llamaría "Lo mejor de la Biblia", titulado Historia Sagrada. Un compendio de lo más divertido e interesante de relatos de amores, traiciones y buenos, malos y pésimos ejemplos, como el de Caín , que mata a su hermano Abel porque le dan celos de la preferencia injusta de Dios hacia él ,o la historia de Dalila que traiciona a Sansón seduciéndolo. Y Judith, que seduce también a Holofernes, enemigo de los judíos, para luego cortarle la cabeza. No entendía entonces lo qué era precisamente "seducir", pero la historia estaba ilustrada de manera que dejaba mucho a la imaginación: Dalila desgreñada, pelo a la cintura, traje de gitana, recostando cariñosamente su cabeza en el pecho de Sansón para sacarle el secreto de que su fuerza estaba en su larga cabellera. Lo "embriagaba", rara palabra, para luego cortarle el pelo y entregarlo a los filisteos para que le sacaran los ojos. Todo era de un maniqueísmo y una misoginia pavorosa. Dios exigía de sus hijos unas pruebas de amor más difíciles de superar que las de un cártel. Ni en la página roja leí tales barbaridades.

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En la Universidad leí El hombre rebelde de Albert Camus, mismo que me borró del panorama la fe ciega que tuve hasta entonces. Camus decía que había que portarse bien con o sin dios por mínima solidaridad con nuestros pares. Aprendí que las religiones las inventa el hombre y nacen del miedo, miedo, supongo yo, a la muerte. Si no hubiera muerte creo que no habría religiones. Liberarme de eso se lo debo a Camus.

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Recuerdo la emoción de la lectura del manuscrito-borrador de Arráncame la vida que escribió mi hermana Ángeles y que me diera a leer, como jugando, para ver qué opinaba yo. Devoré el borrador en un día y una noche. La forma en que tejió todas las historias oídas en las sobremesas de casa de los abuelos alrededor de una mujer entrañable, Catalina, y la forma en que había sabido inventar los huecos de lo que no nos habían querido hablar nuestros mayores, me dejaron conmovida y atónita. Todas nuestras influencias de lectura y de vida estaban ahí: el mundo cerrado y doble de la poblanidad, la tiranía política, la lambisconería ante el poderoso, el abuso de poder, la posibilidad de transgredirlo, de cambiarlo, de rebelarse, y sobre todo la búsqueda incansable de absoluto, de amor y libertad. Pensé que mi madre iba a necesitar las sales cuando viera el libro impreso. Me equivoqué y no fue así. Mi madre entendió que mi hermana había escrito algo realmente excepcional, tan excepcional como lo era mi madre misma. -Mira a tu hermana lo que ha escrito- me dijo- ya ves que siempre ha sido un poco fantasiosa.- Nada como la fantasía,- diría Ángeles y digo yo.

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Aferrarse a los libros es un buen salvavidas para la aventura de vivir. Te van marcando algunas líneas, algunas frases estupendamente bien construidas, una idea que te revoluciona el cerebro o una historia entrañable que a veces ya no sabes ni de quién fue.

No solo los libros pueden iluminarnos, también las ideas constantes en artículos, ensayos y blogs de escritores que nos acompañan generosamente con su trabajo disciplinado y duro de escribir cada día, esos que piensan en voz alta ante nosotros y que por medio de sus letras nos ayudan a entender y a sobrellevar el mundo de mejor manera, incluso a reírnos de él.

Me refugio no solo en los libros que no he leído, sino también en los que invitan a releerlos, que es lo más cercano a regresar a una vieja y querida casa ya solo alcanzable en sueños. Eso me pasó cuando releí Cien años de soledad o los Buddenbrook.

Gran refugio y abrazo es la lectura mientras pasa el temporal, y después, también.

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Sobre el autor

Verónica Mastretta