Bajo el cielo de Chihuahua Destacado

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Vida y milagros.

Un grupo de amigas nos fuimos de vacaciones al norte a recorrer en tren la ruta Chihuahua- Los Mochis que cruza toda la Barranca del Cobre. A las 6.30 a.m. salimos de la estación de la ciudad de Chihuahua con destino a Creel, Bahochivo, Urique, Cerocahui y otras pequeñas comunidades en un recorrido que duraría cinco días. Nuestros ojos asombrados miraban todo; en el carro- bar del tren desayunamos y más tarde nos bebimos los mejores cocteles margarita del mundo mientras nos adentrábamos a las montañas y los profundos abismos de la sierra Tarahumara, la Barranca del Cobre, un sistema de cañones dos veces más grande y profundo que el Gran Cañón del Colorado. Los siete cañones que la forman miden 60 mil kilómetros cuadrados y están cubiertos de ríos, lagos, presas, cascadas, despeñaderos y puentes que desafían la gravedad cruzando precipicios de 1900 metros de profundidad, bosques tupidos de encinos y pinos y cielos impolutos, mientras a ratos el silbido del tren va rompiendo el silencio.



Todo aparece lentamente detrás de la ventana de un tren que va sin prisa. ¡El tren! ¿Por qué perdimos el tren? Un saldo negro de la revolución mexicana fue la pérdida del tren como medio de transporte nacional. Toda esa red vial construida en el porfiriato se perdió en la guerra iniciada en 1910 y como país fuimos incapaces de reconstruirla y recuperarla. Romper es fácil, construir, muy difícil. Precisamente en el tren llamado Chepe, el Chihuahua Pacífico, iba leyendo la extraordinaria novela "Pobre Patria Mía" que escribió Pedro Ángel Palou sobre Porfirio Díaz. En esa novela aparece un dato que me obligó a cerrar el libro y los ojos para imaginar lo perdido: Porfirio Díaz recibió el país con 600 kilómetros de red ferroviaria. El día que dimitió en 1911, el país tenía más de 26 mil kilómetros de vías. Por eso, ir a Chihuahua y hacer el recorrido de los seiscientos kilómetros que comunican a la ciudad de Chihuahua con Los Mochis hasta el Mar de Cortés cruzando toda la Barranca del Cobre y el mundo de los Tarahumara es una experiencia excepcional. Ese tramo de tren lo amplió y reconstruyó López Mateos en 1961, recuperando y usando muchos de los viejos puentes del porfiriato. Cruza 86 túneles cortos y largos y 37 puentes sobre ríos y acantilados. López Mateos fue uno de los pocos presidentes que intentó voltear la mirada de nuevo hacia el tren. Qué bueno que se recuperó este recorrido, porque en medio de este paisaje el tren y Chihuahua son uno para el otro.



Impone el bravío norte, con gente excepcionalmente amable, trabajadora, luchona, digna. Los medios de comunicación se han encargado de hacernos creer que al entrar al estado de Chihuahua las balas pasaran volando sobre nuestras cabezas. Chihuahua es inmenso y es muchísimo más que la guerra que se libra en parte de su territorio contra el narcotráfico y la delincuencia organizada, fruto envenenado de una absurda prohibición que no ha mermado un ápice la demanda y el consumo en nuestro vecino país del norte. Guerra cruel y estúpida, donde todos pierden como en toda guerra.

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El lento recorrido del tren que sale de Chihuahua al amanecer y llega hasta los Mochis a las nueve de la noche es uno de los recorridos más hermosos de México. Paco Nadal, el periodista español del diario "El País" especializado en recorrer y describir el mundo así lo atestigua en sus crónicas de viaje. Una cadena de pequeños hoteles apoya el recorrido del tren. Hoteles impecables, serenos, albeando, cómodos, austeros, ubicados en diferentes pueblos de las Barrancas del Cobre. Todo está marcado por la cultura y el sino del pueblo indígena de los rarámuris, los tarahumaras, con una población de cien mil personas diseminadas en las enormes e inexpugnables barrancas en las que se refugiaron cuando los conquistadores españoles los sacaron de sus tierras más fértiles y planas; huir fue la manera de evitar el trabajo casi esclavo en sus minas o en sus haciendas.

Mundo Nuestro: Un país pobre, de leña y tierra. La foto de Bob Schalkwijk es de 1974, y retrata un México que fue, pero que se mantiene por el hecho simple de que la injusticia sigue ahí, plasmada en el programa Piso Firme, uno de los más importantes en el palabrerío gubernamental del mal llamado combate contra la pobreza. Niña y su madre preparan la comida. Familia/VIVIENDA. Bob Schalkwijk, 1974.

Tuvimos muy buenos guías, sensibles al entorno y buenos conocedores de la forma de ser del pueblo tarahumara. Nos explican de qué manera tan honda ellos viven en el hoy y no sobreviven sin libertad física; no soportan la opresión, ni el estar amontonados, menos aún hubieran sobrevivido lejos de sus familias o sujetos a la esclavitud. Por eso prefirieron huir a un ambiente tan inhóspito. Las aves que nacen en libertad y son enjauladas rara vez sobreviven, ellos tampoco. Sus poblados de veinte o treinta casas siempre tienen una enorme distancia entre una y otra. Necesitan su espacio, su cielo, su libertad. Nosotros, los "extranjeros", nos sorprendemos de que los niños tengan que caminar una hora para llegar a una escuela. Los niños del DF, de Monterrey o Puebla, lo hacen pero encerrados en camiones o coches, sin poderse mover, entre ruido y hacinamiento. No idealizo nada, solo trato de imaginar cómo nos ven ellos a nosotros. El pueblo tarahumara ha sobrevivido en condiciones extremas de frío y calor y lo han logrado gracias a su valor y su mentalidad para enfrentar la vida. Su flagelo han sido las hambrunas cíclicas, y aunque llegan los programas sociales y ya hay pequeñas clínicas de salud, su desconfianza hacia lo diverso y diferente a ellos hace muy complejo resolver lo fundamental. Tienen costumbres y valores que nos son difíciles de entender, opuestos a la forma de vivir en las ciudades. Están integrados absolutamente a la naturaleza, no hay obesidad, sus cuerpos son ágiles y hermosos, sus niños, vestidos de colores llamativos, aparecen en grupos, jugando, corriendo riesgos, en libertad, pero siempre regidos por las implacables leyes de la naturaleza, donde el débil no sobrevive. Están en contacto con la tierra, se ensucian, se mojan, no son esclavos de las modas y el consumismo y respiran el aire más limpio de México, pero su vida es todo menos fácil. Creo que muy pocos habitantes de las ciudades podríamos sobrevivir ahí. Ellos tampoco en nuestras agresivas ciudades de cemento, ruido, peloteras y asfalto.

Mundo Nuestro: La vida es el juego rijibara retratado por Bob Schalkwijk en 1974. Y es un misterio revelado en esa carrera montada en el viento de la Sierra Tarahumara. En tres movimientos el tiempo de estos muchachos rarámuris: el destino, la concentración, el arrojo. Niños rarámuri juegan rijibara en Carichí, Chihuahua. JUEGO. Bob Schalkwijk, 1974.

Un dato que me sorprendió fue que los jesuitas, la orden religiosa que llegó hasta la Tarahumara hace más de doscientos años, no pudieron imponer en la idiosincrasia tarahumara el concepto de infierno y cielo. En la mentalidad de los tarahumaras uno no se porta bien por el premio o el castigo de "después". Viven de acuerdo a lo que creen porque eso es lo que toca y no hay lugar para el cielo ni el infierno. No puede haber concepto más bello. Viven como un árbol o un águila, integrados a la naturaleza, todos iguales. No hay premio ni castigo por ser roca, árbol, ave o persona, solo se es. En la fachada de una pequeña iglesia de una misión jesuita no hay santos: solo una luna inmensa de piedra blanca del lado derecho, y del izquierdo, un gran sol de piedra roja. Arriba, simulando una estrella, una figura de la planta sagrada, el peyote. Adentro de la iglesia no hay bancas. No hacen falta. Los tarahumaras viven de pie.

Misión Jesuita en el poblado de Sisoguichi en foto de los años 50. Tomada del portal Jesuitas Tarahumara.

En el punto más alto y profundo de la sierra, desde el balcón de un pequeño hotel construido en 1970 sobre una enorme roca que se asoma al abismo, el paisaje es un mar infinito de montañas que desaparecen al meterse el sol, sumidas en la obscuridad y el silencio. Sin teléfono ni televisiones, contemplando el borde de una barranca de dos mil metros de profundidad y un cielo en el que no cabe una estrella más, oyendo los sonidos del canto de las chicharras y los grillos, bajo el cielo de Chihuahua, sin dios y sin diablo, uno vuelve a ser feliz.

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Sobre el autor

Verónica Mastretta