Motivos para estar vivos el día de muertos Destacado

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Vida y milagros

Este adiós no maquilla un hasta luego,



este nunca no esconde un ojalá.

Estas cenizas no juegan con fuego,

este ciego no mira para atrás.

Ahórrate el acuse de recibo,

estas vísperas son las de después…



Joaquín Sabina.

Hoy es el último día de Octubre y comienza el largo festejo y remembranza de los muertos. Hace dos días que corre el aire frío y una luz dorada ilumina el ambiente. El campo sigue inesperadamente verde y cuajado como nunca de flores amarillas. El viento ha dejado a los volcanes envueltos en un aire transparente. Son días propicios para morir. Morir en un día hermoso. Morir en día de muertos. El campo hiere con tanta belleza. Una larga fila de hormigas rojas pasa cargando flores de colores y hojas despedazadas. Se preparan para el invierno. Apenas supe que llevan y guardan todas esas plantas porque en la humedad debajo de la tierra producen hongos, de los cuales se alimentan durante el invierno. ¿Cómo y de qué forma morirán las hormigas? ¿De viejas? ¿Las matarán las jóvenes hormigas cuando se vuelven inútiles? ¿Existirá la eutanasia en los hormigueros? ¿Qué hacen las otras hormigas con las hormigas muertas? Para ellas no hay doctrinas de ninguna iglesia que las haga bolas con respecto a sus restos. Dicen que todas las hormigas del mundo pesan lo mismo que todos los humanos. Yo no lo sé de cierto, me lo han dicho --dice nuestro poeta.

Mientras camino por el campo, una querida amiga combate a la muerte entrando y saliendo de los hospitales, indefensa ante el tratamiento de última generación que le recetan los doctores porque tiene un seguro de vida que lo puede pagar y ella está segura de querer seguir viviendo. Yo nunca he tenido un seguro de vida, no me interesa. Me quiero morir sana. Y si no, en caso de que sea cuestión de morirse para no dar molestias a los demás o sufrir en vano, buscaré la receta de la "Banda de las asesinas de las gotas" ¿Las recuerdan? Esas mujeres que mataron a los luchadores enanitos en un motel poniéndoles gotas oftálmicas en sus cubas libres. No pretendían matarlos, solo robarlos, pero quizás les falló la dosis debido a la corta estatura de sus clientes. En los periódicos se cuidaron de dar la dosis mortal para no dar ideas al respetable y no tan respetable lector que pretenda morirse la víspera.

Pero qué tema éste de la verdadera puerta falsa para un día tan emblemático, bello y respetado. La tradición de muertos es preciosa, y no te impacta realmente hasta que se te ha muerto alguien tan querido que te deja el corazón en los huesos. Las cenizas de mis padres están en el jardín que tan bien cuidó mi mamá, debajo de un árbol y rodeados de helechos y pensamientos. A ese lugar lo llenaron ayer de flores de cempasúchil y nubes las hijas de mi hermano. Son grandes seguidoras de la tradición de muertos. Por chat me llegó la foto de las dos sonriendo junto al rincón del jardín que para mí es sagrado, aunque no cuente con bendiciones oficiales. Hace siete años, mis hermanos y yo tomamos la decisión de que preferíamos tenerlos más cerca, ahí, en ese espacio junto a los columpios, donde hoy juegan los niños. Así lo hicimos porque ya todos éramos agnósticos. Nos pareció más cercano que ir a un panteón o a un nicho de ésos que se han puesto de moda en las iglesias y que son un espléndido negocio para alguien y señales de estatus para otros. ¿Hasta en la muerte tiene que haber clases?

Y ahora desde el Vaticano han salido con nuevas reglas para el destino de los restos o cenizas de los difuntos católicos. No entiendo el porqué de estas últimas disposiciones de la institución que suplió a la Santa Inquisición y que hoy se llama Congregación para la Doctrina de la Fe o Dicasterio Romano, cuyo fin es promover y tutelar la fe y la moral en todo el mundo católico, incluido el mundo de los difuntos. Han de meterse hasta con el polvo de los muertos. No contentos con tutelar en vida a sus feligreses, ahora también han de meterse con el polvo que eres y te has de convertir. Si Dios todo lo puede, qué más les da que unas cenizas estén en un jardín, o en el mar, o colocadas en la mesa de una sala acompañando a alguien cuando esté muy sola su soledad, si al final, dicen los geólogos, en cien millones de años, cuando la tierra ya esté tan fría como todos los muertos que en el mundo han sido, solo quedará de nuestro paso por la tierra, incluidas todas las magnas construcciones y las criptas de todos los tiempos, una capa geológica no mayor a 20 centímetros. No entiendo esa necesidad de controlar todo, si hasta el hijo de un Dios tuvo tumba prestada y la devolvió a los tres días para irse a volar por el universo. Las nuevas reglas para que los cuerpos de los fieles difuntos tengan derecho a ceremonia oficial, que por supuesto incluyen paquete de excepciones para acomodarlas a conveniencia, prohíben cosas que antes permitieron, ordenando que las cenizas o cuerpos de los muertos deben quedar en lugar consagrado, iglesias católicas o panteones, como si no todo el mundo fuera sagrado en su grandiosa belleza. Las nuevas normas también indican que no vale distribuir las cenizas en dos lugares distintos, ni muchos menos dejarlas en lugares como una montaña, un lago, un bosque, un río o el mar. Si soy agnóstica no debieran importarme tales designios, pero como dicen los que encuestan que el 85% de los mexicanos son católicos, me importa que enreden con más cosas a ese enorme y fiel universo de personas entre los cuales hay muchos que quiero. Los que ya dispusieron de cenizas o cuerpos de otra manera distinta a esta última disposición, se llenarán de congoja y crujir de dientes. Querrán ir a tratar de juntar las cenizas que quizás echaron en el mar caribe y que hoy forman parte de la arena de Cancún. Qué pesadez. Qué necedad. Mi abuelo materno perteneció a una gran familia liberal, católica y espiritista, o sea, esquizofrénica. Adelantados a su tiempo, todos fueron incinerados excepto mi abuelo, que se casó con mujer católica conservadora, que lo enterró en panteón consagrado aunque él era agnóstico. El que vive, manda. Una de sus hermanas, en cada velorio se llevaba una cucharadita de cenizas del difunto en turno, que al final fueron revueltas con las suyas. Si viviera ahora, tal dicha le sería negada y tendría que devolver lo que con tanta ilusión se llevó.

Divagar, eso es lo mío. Regreso al tema de que en ciertas circunstancias, a veces morir parece atractivo. Antes de que el deterioro nos alcance, antes de que no deseemos dar los besos que más calan, los que aún no hemos dado; antes de que ya no hablemos de sexo cuando salimos a comer con las amigas, antes de que empecemos a pensar que los jóvenes de hoy andan mal, antes de que se te muera el más querido de tus seres queridos . Antes de que estés, como decía la difunta madre de Gamés, hasta la coronilla.

Quizás a muchos en algún momento se nos ha hecho fácil pensar “sale, nos vamos, se acabó, que ya no le encuentro chiste al mundo”, y sin embargo, escucho a Sabina cantando más de cien palabras más de cien motivos, para no cortarse de un tajo las venas... y pienso en mis motivos: las manos largas de mi hija guisando con una perfección que aprendió de su abuela, mi otra hija saliendo a media noche a ver ofrendas a un panteón de acuerdo a su particular y versátil horario de vivir, los hijos de mi hijo y sus pupilas claras llenas de asombro ante el mundo, la burra que vive en mi casa salvada de la muerte prematura en un rastro , que se cree perro y que te sigue como tal. La perrita que me despierta en las mañanas lamiéndome la mano que sale de la colcha; el último libro que estoy leyendo, el próximo que leeré, todas las sonatas de piano que me faltan por escuchar, una conversación interminable y cómplice con mi hermana, la caja de herramienta de juguete que carga a perpetuidad mi nieto Pedro y el uniforme de fut bol que a sus dos años no se quita ni para dormir Mateo; no darles aún el disgusto de morirme a las personas que me quieren, ni el gusto de hacerlo a quienes les caigo fatal. Vivir para contar que nuestro país mejoró en todos sentidos aunque muchos lo duden. Ver la luna más grande del año hace dos semanas, el contar los huevos que hoy pusieron las gallinas, el éxodo de obscuras golondrinas que llegan a mi ventana puntualmente, cada año. El saber que alguien te prestará cuando menos lo esperas una pluma mágica de tinta invisible con la que escribirás palabras innombrables que nadie verá nunca. La dicha de tener hijos razonablemente felices, el rincón incondicional de una mesa en la que se sientan mis amigas, las inesperadas lluvias de noviembre, la sola idea de que no ganen siempre los mismos, los acuerdos silenciosos a los que de repente llego con quienes vivo. El saber que tenemos la canción de Sabina que nombra motivos raros e inocentes: tenemos zapatos, orgullo, presente, amores que matan, la lengua, los dientes, los pies en el barrio y el grito en el cielo. Y siempre, el recurso de la risa, la risa interminable, el don de la risa que nos hace saber y sentir que aún estamos vivos.

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Sobre el autor

Verónica Mastretta