En 1912 Jack London publicó un libro de ciencia ficción que se desarrollaba en el remotísimo año 2013 del siglo XXI. La peste escarlata es el título del libro y de la enfermedad que aceleraba el ritmo cardiaco, subía la temperatura del enfermo, para al final llenarlo de manchas rojas antes de morir. Todo en cuestión de minutos. De esa epidemia solo se salvaban gracias a la suerte de un buen sistema inmunológico algunos pequeños grupos de hombres, mujeres y niños, que se agrupan y organizan en pequeños clanes. El mundo que London imaginó, muy parecido a la realidad del 2013, colapsaba totalmente. Europa, América, África, todo volvía a quedar totalmente aislado como hace miles de años. Las ciudades y su tecnología se derrumban como consecuencia del abandono, el pillaje y la violencia desatadas en los breves días en que la peste roja acaba con casi toda la humanidad.

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La voz narrativa es la de un viejo profesor universitario de San Francisco, John Howard Smith, que en el momento de desatarse la epidemia era ya un reconocido profesor de 30 años. Él pasa a formar parte de los niveles más bajos de las nuevas organizaciones sociales, los clanes. Predominan los fuertes, los choferes y los mecánicos, los seres más aptos para sobrevivir. La voz narrativa de John es la del último sobreviviente de la peste escarlata, un anciano de 90 años que les cuenta a sus nietos en el año 2073 cómo era el mundo antes de que la peste acabara con la civilización, de la que sólo quedan vestigios y ruinas cubiertas de maleza.

Gran parte de las actuales generaciones humanas estamos condenadas a oír demasiado de todo y a entender casi nada.

¿Cuáles serían nuestras habilidades para sobrevivir si una epidemia arrasara con la gran mayoría de la humanidad? ¿Cuántos sabríamos prender fuego, encontrar alimentos, cazar o desollar un animal? Podríamos dibujar en la arena signos que poco a poco serían olvidados e inútiles. Muy probablemente seríamos, aún con todo lo que hemos leído y visto en el inmenso abanico mediático, los más desvalidos e inútiles del grupo. Estoy segura de que nuestro manejo del tiempo cambiaría brutalmente y que no tendríamos espacio para dedicarle a casi nada que no fuera sobrevivir. No podríamos explicar lo minúscula e insignificante que es la tierra comparada con el resto del universo ni tendría ninguna utilidad hacerlo. Los que tuvieran necesidad de ritos y ceremonias para intentar comunicarse con un espíritu superior, si es que creyeran en eso, se darían cuenta de que los intermediarios entre lo que se llama Dios, Alá, Yahvé o Espíritu Superior, son absolutamente innecesarios y que toda persona trae en sí la capacidad para tratar de descifrar la inmortalidad del cangrejo o de imaginar un posible más allá a la medida de su talento creativo. Volveríamos a mirar las estrellas con detenimiento y aprenderíamos a ubicar a Venus junto a la Luna, pues ya no habría ningún distractor que nos alejara de mirar con atención el cielo; sin televisión, teléfonos, noticias, periódicos. Lo único que tendría relevancia sería nuestro diario vivir. En las noches obscuras tendríamos miedo de los animales salvajes y estaríamos más que dispuesto a rendirle tributo y obediencia a quien nos protegiera aunque solo fuera por interés. El idioma se deterioraría y solo se conversaría de cosas inmediatas, cotidianas y de información de primera mano. El mundo sería inmenso y nuestra información pequeña y concisa como una guijarro. No imaginaríamos ni especularíamos sobre el futuro porque lo único cierto sería que habría que salir para intentar sobrevivir el día siguiente.



Pienso todo esto de regreso a mi casa, después de haber escuchado en una comida todo tipo de teorías y dichos acerca del destino de nuestro país, especulaciones múltiples acerca de los datos de los crímenes en aumento en el mes de octubre y de quién es quién en las redes del huachicol, descalificaciones totales hacia cualquier forma de autoridad, nuevas curas contra el cáncer, pronósticos del ganador de las elecciones del 2018 o la historia de una escalera eléctrica que se tragó a una mujer la semana pasada. Noticias y datos que se consumirán y extinguirán para dar paso a nuevas historias sin haber resuelto ni entendido las anteriores. Flotamos sobre un inmenso mar de información con el mismo diseño de cerebro de hace miles de años. Con ese cerebro saturado de información se aborda la desaceleración de la economía, se esgrimen rebuscadas especulaciones acerca del poderío de las mafias financieras mundiales y de la nueva nobleza que son los que salen en películas o en la tele, o son cantantes o deportistas. Un rato más tarde la conversación desmenuza la última modalidad de asalto en los semáforos o en las casas habitación y se dan datos inciertos acerca de los grupos huachicoleros. Poderoso clan que de llegar una peste escarlata dominaría el escenario sin lugar a dudas. Después de una pausa, la conversación regresó a nuevas teorías de las mil y un formas en que aún se pueden robar las elecciones, sin explicar bien quién se las va a robar a quien si ya todos los partidos saben cómo hacerlo.

Como volví a leer de nuevo La peste escarlata, pues a mí me dio por preguntar quién sabía hacer fuego sin cerillos. Nadie. Quien cazar un conejo con solo un cuchillo. Nadie. Quién buscar agua para tomar. Nadie. Quién qué plantas y raíces son comestibles en el valle que habitamos. Nadie. Todos iríamos a dar al último escalafón del clan. Terrible mal de nuestra época. Puestos a sobrevivir solos, en el campo y a expensas de nuestros múltiples pero inútiles conocimientos, no duramos ni un día; somos unos parásitos inexplicables y contradictorios porque como especie hemos sido capaces de crear arte, anestesia, vacunas, poesía y música divina, pero también basura, consumismo, prejuicios, religiones mortíferas, bombas, granadas, crueldad innecesaria, estupidez en abundancia y una falta enorme de respeto por la vida del resto de las especies que comparten con nosotros un planeta que de repente se volvió demasiado pequeño.

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Como culmen de la conversación de antier, una comensal descubrió a un infeliz ciempiés a la entrada del baño. Inmediatamente se decretó la muerte del intruso. Yo me acerque a verlo y lo vi mover sus múltiples patitas tratando de huir de los gigantes que habían decretado su muerte por el hecho de ser un bicho amenazador y fuera de lugar en una casa. ¡Qué buen diseño de la naturaleza! Sus cien patas lo ayudaron a esconderse detrás de un mueble, mientras uno de los hombres decía "denle un pisotón". Contra un ciempiés en una sala todos resultaron grandes conocedores de cómo darle muerte súbita. Yo logré conseguir en la cocina una cajita de cartón y lo esperé del otro lado del mueble. Entró a la cajita y lo saque por la ventana que daba al jardín. ¿Por qué y a título de qué habría que darle un pisotón? Cafres.

No nos comprendo. Estamos sobre valorados como especie. Somos microbios poderosos, soberbios e ignorantes caminando sobre la delgada piel de la tierra a la que le estamos dejando múltiples cicatrices. Y sin embargo, alguno de nuestra especie esculpió La Piedad, escribió sonatas y conciertos, dibujó un bisonte perfecto en las cuevas de Altamira o escribió la Comedia Humana. ¿Dónde y cuándo perdimos el rumbo? Es hora de retirarse a una caverna de ermitaño o de regresar rutinariamente a La Caverna de la que hablaba Saramago, que no es otra cosa que un Centro Comercial lleno de ociosidades y satisfactores que nos ocupen mientras nos sorprende la muerte.

En el marco de madera de una ventana donde tengo macetas, he visto que hay un nido. Está al alcance de mi mano. Ningún gorrión podrá escribir en un periódico: "Irresponsable o estúpida pareja de gorriones construye nido dejando a sus críos al alcance del temible depradador humano". Ellos no documentan su existencia, ni juzgan. Tan solo sobreviven. Son sabios.

Esta mañana regué las plantas de la manera más cuidadosa posible y ahí vi a las crías. Dos pares de ojos negros brillan y me miran desde sus minúsculos cuerpos apenas cubiertos de pelusa; con los picos abiertos, esperan a que sus padres les traigan un insecto, quizás un ciempiés que ayer se salvó de un pisotón.

¿Nos mereceremos una peste escarlata? El autor dejó bien claro que la peste solo atacaba a los humanos.

Lunes, 27 Noviembre 2017 00:00

Violencia en México: la estrategia fracasó

En diciembre de 2012, el presidente Peña Nieto y el secretario de gobernación Osorio Chong afirmaron, de manera textual, que la estrategia implementada por el gobierno del presidente Calderón, para combatir la violencia había estado equivocada y que ellos pondrían en operación una que sí daría resultado. Después de cinco años es evidente que ésta fracasó.

De diciembre de 2012 a octubre de 2017, han pasado 59 meses, el número de los homicidios dolosos supera en 13,000 a los que tuvieron lugar en el mismo período del gobierno anterior, estos datos se obtienen de la información que proporcionan las Fiscalías de los Estados. En el gobierno de Calderón se abrieron 80,573 carpetas de investigación y en el actual ya van 93,669 que son 16.3% más.



El mes de octubre que acaba de pasar ha sido el más violento de los últimos 20 años. El número de los homicidios dolosos asciende a 2,371, 76 por día, según el Sistema Nacional de Seguridad Pública. La cifra más alta desde que se tiene registro era de julio del presente año cuando se reportaron 2,238 asesinatos.

En los primeros diez meses de 2017 el número de los homicidios dolosos es 23.6% más elevado que en el mismo período del año anterior. Todo indica que al cierre de este año éstos lleguen a los 25,000 que sería mayor a los 22,855 de 2011, en el gobierno de Calderón, que es el más alto desde que se lleva registro.

Los estados con más homicidios dolosos en estos meses son: Guerrero (1,942), Baja California (1,733), Estado de México (1,648), Veracruz (1,382), Chihuahua (1,288), Sinaloa (1,156) y Jalisco (1,093). En estas entidades se concentra casi el 50.0% de los casos. En términos de homicidios dolosos por cada 100,000 habitantes el resultado es: Colima (79.3), Baja California Sur (55.2), Guerrero (54.2), Baja California (50.5), Sinaloa (39.1) y Chihuahua (34.06). La medida nacional ronda en los 22 homicidios dolosos por 100,000 habitantes.



Estos números dan cuenta de manera contundente que la estrategia fracasó. El actual gobierno federal, hay alguna excepción a nivel estatal, solo ha continuado lo que hacía el gobierno anterior. El cambio fue sólo de discurso. Francisco Rivas, presidente del Observatorio Ciudadano, plantea que las autoridades no rinde cuentas y que “no haya ninguna renuncia sobre la mesa cuando no hay resultados” y añade, estoy de acuerdo con él, que el actual gobierno “no hace un cambio de viraje, porque no sabe que hacer”.

La directora del Instituto para la Seguridad y la Democracia, Gabriela Capó, afirma que los datos hablan del fracaso de la estrategia y que “estamos alcanzando dimensiones históricas y preocupantes. Estamos viviendo una gran inacción de la autoridad. No hay una respuesta inmediata, que debe haberla por la gravedad de las cifras”. El actual gobierno no fue capaz de poner en práctica una estrategia que redujera los homicidios dolosos, pero sí logró que estos aumentaran. Su promesa de inicio de gobierno ha terminado en un radical fracaso.

20 de Noviembre, así se llamará la colonia si su paracaidismo tiene éxito.

Una más en esta historia irrefrenable del desorden urbano y la precariedad humana. Una más a la cuenta larga de lo que llamamos gobierno en una ciudad que se ha comido sin pudor alguno la reserva de tierra campesina en los últimos cuarenta años para dar lugar a este territorio del caos que llamamos ingenuamente Angelópolis.

Puedo entender esta historia desde las dos bebés de uno y dos años que juguetean en una carretilla bajo la sombra que su abuela y su madre, una muchacha de no más de veinte años, han dispuesta afuera del cuartito de dos por uno y medio metros armado con maderas y cobijas. Hoy no pasarán la noche en el cuarto de renta en la colonia Valle del Paraíso, a la orilla del río Atoyac 1.7 kilómetros avenida abajo. Aquí pasaran la noche, y puedo imaginar el sonrojo quebradizo de sus mejillas en la madrugada y las preguntas que guardarán para el futuro. Mientras, la abuela me dice que busque yo a un joven de camisa roja, él es el representante, el que anda apuntando a la gente.

O desde el joven con camisola roja y libreta en mano que me dice que no sabe quién es el representante de los nuevos colonos, que no están aquí, que andan con los abogados del bufete que ya está atendiendo a los defraudados.



O desde la mujer a la que el viento que le vuela el sombrero de paja le descubre un cabello pintado a rayos dorados con esmero, y quien me dice que cómo creo que con la inseguridad que existe va a tener aquí en la mano el recibo del enganche de mil pesos que le dio el ingeniero representante de la empresa que le vendió su lotecito.

O desde el muchacho que subraya con tono profesional que esto de ninguna manera es una invasión, que aquí lo que ya se tipifica es un fraude cometido contra compradores de buena fe.

O desde el señor que recuerda por mi apellido a la estación de radio La Radiante 105, lo que le genera la confianza para contarme que está ahí a ver si aparece el muchacho de la libreta para apuntarlo en la cola de más de cien que están a la espera de que les asignen un lotecito. Y que él no es nuevo en esto, ya lo han echado los granaderos de otras invasiones y en otro tiempo, el más reciente en el predio que ahora ocupa hoy la Bodega Aurrerá en la 11 Sur.

O desde ese vendedor de nombre “ingeniero Fernando Moreno López, representante de la empresa AMCO, SA” que se ha embolsado unos buenos pesos a cambio de un recibo a un centenar de familias y un “a mí nunca me volverán a ver…”



Lunes 20 de noviembre de 2017. Ese día espera a los paracaidistas un tal ingeniero Fernando Moreno López, quien a nombre de una empresa llamada AMCO SA en el último mes ha desplegado lonas y carteles en esquinas y postes en las calles polvorientas del sur de la ciudad. La gente ha respondido: ahí están desde la mañana temprano los que ya le han pagado 500, 1000, 1,500 y hasta 5,000 pesos de enganche por un lote de 7 por 15 metros en el descampado de cuatro hectáreas al borde de lo que será la avenida de Las Carmelitas que construye el gobierno de la ciudad en la región de Castillotla.

50 mil pesos es lo que tendrán que pagar en los próximos años por sus 105 metros cuadrados si logran quedarse en este predio de cuatro hectáreas al que llegan desde ese lunes decenas de personas en búsqueda de que les asignen un lotecito. Pero por lo pronto, no menos de cien mil pesos ya se ha metido en la bolsa este ingeniero, fiel representante del mecanismo tradicional de acceso a la tierra que tienen los pobres en Puebla: la venta de lotes sin ningún tipo de soporte legal de la propiedad que se vende, y sin servicio alguno.

Pero el metro se ofrece a 476 pesos a quien quiera dar su enganche. Y las rentas que pagan en las colonias cercanas al río rondan los 800, los mil, los mil 500 pesos. Así que mejor darlos de enganche a unos vivales. Ya después averiguaremos.

Es el sur de la ciudad de siempre, la tierra abierta desde 1980 para las invasiones y la conquista de un espacio de tierra para vivir. Así se han hecho decenas y decenas de colonias al sur del Periférico en un territorio de 3500 hectáreas cercado al poniente y al sur por la ribera del río Atoyac y el lago de Valsequillo. Esta, la 20 de Noviembre, como le llaman los nuevos colonos, es simplemente una más en la cuenta.

Por la foto satelital la vista en detalle del predio del asentamiento 20 de Noviembre.

Al predio en Las Carmelitas se llega por la prolongación de la 11 Sur hasta la entrada a la colonia San Isidro Castillotla. Una calle de ida y vuelta de 20 metros de ancho en la que en sus primeros 600 metros no se cuenta un árbol. Un kilómetro más allá aparece la que será la primera avenida con trazo norte-sur construida en la región en los últimos treinta años. La 11 Sur y la 3 Sur ya existían antes de 1990. Suena increíble, pero así ha sido: en toda esta cuadrícula de calles y avenidas angostas y desarboladas, una sola avenida no ha sido trazada por los ingenieros de los gobiernos de la ciudad. Sólo la muy anunciada Las Carmelitas, que por ahora es una calle pavimentada a la mitad y que corre entre fraccionamientos de interés social y caseríos de autoconstrucción sobre el antiguo trazo de las torres de alta tensión que partían desde las plantas de generación de energía eléctrica La Carmela y La Carmelita construidas en 1910-11 hasta la fábrica Atoyac Textil en Mayorazgo. Obra, por cierto, edificada bajo la directriz del ingeniero italiano Carlo Mastretta Magnani, mi abuelo, la razón de su llegada a Puebla en 1906 y la explicación de la existencia de mi familia en Puebla. Fuera de la 11 Sur –el antiguo camino al pueblo de Azumiatla—y de la calle 3 Sur que remata en el lago de Valsequillo en la colonia Balcones del Sur, Las Carmelitas es el único trazo sur-norte en esta enorme región de las colonias proletarias del sur de la ciudad de Puebla. Si se mira el mapa, la explicación de esta obra tardía se encuentra en la necesidad imperiosa de conseguirle una salida alternativa al vecindario vecino al otro lado del río, Cascatta de Lomas de Angelópolis, cada vez más atascado en la avenida Atlixcáyotl.

Un hombre mayor aparece en una callejuela. Se llama Manuel J., y a sus 89 años deambula a la espera de su sombra, pues anda rápido. Me enteraré por él que la invasión está aquí a la vueltecita. Él ya los ha ido a ver, qué hay que hacer si no. Y mire, me dice, este jaleo es por las elecciones que vienen, eso aprovechan los que mandan esto, a ver quién se atreve a echarles a los granaderos. Y algo sabe de esto, afirma luego de subir a mi vehículo pues se ha ofrecido de guía: “Mire, yo fui militante de la 28 de Octubre hace muchos años…”

El predio, efectivamente, está a la vuelta de su casa.

El caserío de los paracaidistas. Al fondo, la colonia La Galaxia.

25 de noviembre del 2017. Observo el nacimiento de una nueva colonia en la ciudad de Puebla. A mediodía del sábado la actividad está a todo tren en ese descampado en el que con la sabiduría ancestral del paracaidismo se levantan casitas de cartón, de sarapes, de plásticos montados en postes y maderas plantados en la tierra. Cada quien su cuadro. Y de aquí pa’lla tú, y de aquí pa’lla yo, y cada mecate sumado va cercando la calle. Cuento cerca de 30 lotes hacia el fondo del predio. Y una, dos y tres calles en medio y a todo lo largo. A ojo de buen cubero unos 250 lotes, no menos, de a 50 mil pesos cada uno, 12.5 millones de pesos.

Eso vale la tierra para los pobres en Puebla.

“Esto no es una invasión –me dice José Luis Sánchez, un joven que se presenta como colono y que afirma que no es dirigente ni representante de los colonos--, aquí nos vendió un ingeniero a nombre de una empresa. Lo que ya hay es un fraude, pues cada uno de los que aquí estamos le pagó quinientos, mil y hasta cinco mil pesos. El tipo vino el lunes 20 y aquí les dio posesión a los primeros que le pagaron…”

Y señala a la hilera de casas a todo lo largo de la línea al norte del predio.

Y sí, ya vinieron los del Ayuntamiento. Vieron y se fueron.

Un ingeniero de nombre Fernando Moreno López ha ofrecido a través de lonas y carteles lotes en la avenida de Las Carmelitas. Y no lo ha hecho a su nombre, sino al de una empresa denominada AMCO, SA de CV. Ha pedido enganches, los ha recibido. Y para mediodía del lunes 20 de noviembre, ha desaparecido.

Desde el lunes, y a todas horas, han ido llegando las familias. Alguien con una libreta les asigna un lote, y de inmediato a plantar palitos y plásticos y cobijas. Y si aparece un reportero con una libreta como yo, le caerán esperanzados aquellos que aún no tienen lote.

“Oiga, ¿usted es el que anda apuntando a la gente?”

Tres veces me preguntarán en mi visita que si yo apunto, que si les puedo asignar un lote.

El mecanismo está a la vista: se dice que no es invasión porque se trata de una venta de un particular a personas necesitadas de un espacio para vivir. Pero es un fraude, el vendedor desaparece el mismo día de la invasión. Los compradores buscan a unos licenciados que ya tienen los recibos que prueban que le pagaron a ese vendedor el enganche. Lo que sigue es cuestión de que algún remoto día un juez decida al respecto. Por lo pronto, al día 25 de noviembre, ya se cuentan unas 200 casitas de palo y plástico plantadas sobre los lotecitos.

Y ya con la vista del satélite busco un parque público en todo este territorio al sur del periférico y al poniente de la 11 Sur, con el cerco del río y la vecindad de Lomas de Angelópolis hacia los volcanes. No hay uno solo. Son 816 hectáreas de colonias y fraccionamientos construidos a lo largo de los últimos treinta años. Y no hay uno solo parque público.

816 hectáreas al poniente de la 11 Sur. Y no hay un solo parque público.

De salida, observo al fondo los edificios de Sonata, río Atoyac de por medio.

Es la ciudad de Puebla. Un capítulo más en la triste historia d su precariedad urbana.

Mundo Nuestro. Mirar a un país desde sus raíces históricas. O mirarlo en una noche de éxtasis por el paso al mundial de Rusia 2018. Todo esto en una crónica de viaje de una historiadora en búsqueda de los azulejos sevillanos del siglo XVII en los conventos carmelitas en México y el Perú. Todo encuentra sentido en la noche antigua de los incas. La montaña, el misteriio, el futbol.

4 de noviembre



La plaza mayor de Lima está cubierta de flores rojas y blancas, son los colores de la bandera del Perú y también los del uniforme de la selección de futbol que en estos días tendrá que pelear su paso al mundial contra Nueva Zelanda o quedarse en casa, como les ha ocurrido desde hace 36 años. En cada mirada hay un sueño inconcluso, un deseo transmitido de padres a hijos. El cielo está nublado y las palomas que merodean el lugar le dan a la tarde un tono nostálgico, hasta que un grupo de jóvenes luciendo la camiseta número 9 y al grito de “Viva Paolo Guerrero,” “Paolo te amamos”, toma la explanada.

Paolo es el capitán del equipo, además de su delantero goleador, el amigo que sacó a Farfán, la otra estrella, del camino del vicio para reincorporarlo al equipo y darle un lugar en la selección rumbo al mundial. Pero Paolo, se dijo hace apenas unos días, no pasó la prueba por dopaje y la gente se ha lanzado a las calles en su apoyo. Fue por un medicamento contra la gripa, se dice en la prensa, en los taxis, en los restaurantes, en las escuelas, se dice que eso no es posible. Su madre llora en una entrevista televisiva y quienes la ven desde la fonda levantan las servilletas y las giran en muestra de apoyo. La pantalla chica documenta entrevista tras entrevista el apoyo a su capitán, incluso pasaron a un batallón del ejército brincando rifles en mano y gritando Ánimo Paolo, muy sorprendente para nosotros. Pero lo cierto es que el héroe no jugará contra Nueva Zelanda y salvo que nuevas pruebas descarten el dopaje tampoco irá al mundial en caso de que su equipo gane.

10 de Noviembre



Después de varios días de trabajo en Lima recorriendo el convento Franciscano, el de Santo Domingo, la Catedral y el palacio Episcopal de Cusco para mi estudio sobre los azulejos sevillanos, nos trasladamos al poblado de Aguascalientes, para subir mañana a Machu Picchu, la legendaria ciudad inca. Pero el turismo también está contagiado de la euforia futbolera, hoy por la noche será el primer partido en Nueva Zelanda, si Perú gana será una noche de júbilo, si no habrá que esperar el otro partido, ahora en Lima. Lucen la camiseta con el número 9 los meseros, los guías, los niños, el turista alemán, el norteamericano, la africana y la francesa, palidece la venta de las artesanías tradicionales contra los globos rojos y blancos, las cintillas, los llaveros, los carteles, las camisetas. “Fuerza Machu Picchu”, “Perú al mundial”, se lee en una lona enorme, junto a una pantalla hechiza más grande que la pequeña iglesia del pueblo. Todos estamos ahí esperando que den las diez de la noche, como si ese fuera el motivo de nuestra estancia y no la subida a la montaña.

Pero a pesar de algunos tiros en el travesaño en el primer tiempo el gol no llega. El empate cae en el respetable como un balde de agua fría. Poco a poco, en silencio, se vacía la plaza.

11 de noviembre

Somos de las pocas personas en subir temprano a la maravillosa ciudad Inca, tan cerca del cielo con su trazo perfecto, tan incomprensible en su abandono ante la probable invasión de los españoles. Recorremos también la montaña en un pequeño camino al borde del precipicio hasta llegar al Puente Inca, a media hora caminando de Machu Picchu, ante un paisaje irreal. Regresamos a Cusco en un tren zigzagueante que cruza los Andes y te deja sin habla.

12 de noviembre.

Vamos a conocer el área de experimentación agrícola de los Incas, una montaña en desniveles en cada uno de los cuales hay un microclima, una tierra particular y una siembra específica. De todo, papas un gran parte de las más de sesenta variedades, y maíz, yuca, camote, ají. Y ahí de nuevo, con las montañas como fondo, dos muchachas extienden la bandera de Perú, se toman la foto, lucen la camiseta del capitán.

Después conocemos las salinas, ese enigmático lugar de sabores y de luces al pie de los Andes.

El 14 de noviembre regresamos a Lima. Y al futbol.

14 de noviembre.

Noticias de última hora: el camión de Nueva Zelanda se atora al intentar ingresar al estadio ante la rechifla de los locales. La vidente que pronósticó la salida de Chile del mundial, originalmente había dado el triunfo a Nueva Zelanda, pero la alineación de los astros cambia y Perú ganará en penales, dice. El delantero estrella de Nueva Zelanda confiesa tener tatarabuelo peruano y hoy intentará buscar la casa de sus orígenes, a pesar de que su lealtad familiar es vista con desánimo por sus compañeros de equipo.

A las tres de la mañana suenan los cohetes frente al hotel Marriott donde se hospeda el equipo invitado, para no dejarlos dormir. Los responsables huyen dejando como evidencia un gorro rojiblanco. El presidente municipal de Lima pide disculpas. Surgen amenazas de no dejar entrar al estadio ni banderas con palos, ni instrumentos musicales, y todo peruano, como en un aeropuerto será revisado previo al ingreso. La polémica deriva en manifestación multitudinaria frente al palacio al grito de viva Guerrero, muera el mal gobierno. El municipio cede y llama a la cordura ciudadana. La reventa por su parte subd el boleto de 100 soles a 200 a las 12 del día, a las tres de la tarde ya está en 1000 soles. Las gorras tradicionales han pasado de 5 soles a las ocho de la mañana a 25 soles a las tres de la tarde.

En el almuerzo, a las dos de la tarde, vemos a un hombre solitario en una esquina, me acerco y observo que trae puesta la camiseta de Nueva Zelanda. “Que valiente”, le comento. “No me quieren atender”, me dice. “Vienes con el equipo?”, pregunto. “No – responde--, estoy casado con una peruana y mis hijos nacieron aquí. Quién lo hubiera imaginado, nunca pensé que sucedería esto, menudo lío, me puse la camiseta y ni comida en casa, la agarraron contra mí, lo que nunca había pasado. No creo que ganemos los de Nueva Zelanda, pronóstico dos ceros favor Perú, pero la patria es la patria, por eso me puse la camiseta y me vine al bar.” Un amigo suyo con la camiseta del Perú lo llama a su mesa, al fin le consiguió una cerveza.

15 de Noviembre.

Desde medio día empezó a llenarse el parque de los gatos, el Kennedy para los turistas, en espera de la transmisión del partido a las nueve de la noche, en la pantalla gigante. Y ahí nos instalamos desde las ocho de la noche. Ya no hay lugar en la explanada, la ocupan jóvenes y mujeres de edad, niños, adultos; los cantos de “Perú venceremos a todo rival e iremos al mundial”, están a todo lo que da. Una niña envuelta en la bandera espera el silbatazo de arranque. Dos novios se besan. No sabemos dónde colocarnos porque somos pequeñas y el entusiasmo peruano nos tapa. Al fin logramos colocarnos sobre un montículo colectivo, gracias a un joven que nos abrió espacio. La sombra de un árbol nos tapa pero algo logramos ver, pequeñas figuritas a los lejos. El joven que nos abrió el espacio forma parte de un grupo de seis gays y dos lesbianas jubilosas, ellas sirven lo que parece aguardiente o tequila y la botella se acaba antes de que empiece el encuentro. Una pareja está subida en el único árbol útil para trepar en él. Y empieza el partido. Pero no vemos del todo, acaso manchones rojiblancos que se alejan y se acercan. Así estamos todos. Entonces los del árbol se convierten en locutores espontáneos y nos van narrando al partido, que a su vez nosotros narramos a los de más abajo. Una mujer en silla de ruedas a mi lado es la que pone más atención, pero mejor se va acompañada por su nieto. Y nosotras también, mejor verlo en algún bar.

Ahí en la popular calle de las pizzas, todo está saturado. Hasta el gorro. Nos aposentamos afuera de alguno, como tantos otros, de cualquier manera estamos más cerca de la pantalla. El policía que impide el acceso lleva la camiseta puesta, está nervioso, comenta cada movimiento, aplaude, sufre, no se fija mucho en nosotros. “Manuel, una oscura”, pide alguien desde atrás y Manuel, un guapo mesero, moreno y alto, hace pasar la cerveza. Luego van otra y otra para los que están en el parque, van las cervezas y el dinero regresa en una cadena sin fin, como en los camiones de antes. Hasta que cae el gol de Farfán, que le dedica a Guerrero, al amigo de la infancia, al que lo hizo volver a entrar en razón después de un año de tropiezos, al capitán acusado de falso dopaje; ahí está el gol y la camiseta de Guerrero recorre el estadio, la gente llora de emoción en el parque y en la calle. En la euforia alguien me abraza y me levanta: ¡gol ¡, me dice, ¡gol ¡, y me deja de nuevo en el piso. Pero todavía no se gana el partido, hay nerviosismo.

Casi anota Nueva Zelanda, que susto. Acaba el primer tiempo. Pareció eterno el receso. Mejor vamos al hotel si queremos ver el segundo tiempo. Ahora sí logramos ver a los jugadores con el detalle que amerita el partido. Ingresa Wood de Nueva Zelanda y pone a Perú contra las cuerdas en uno y otro ataque. Pero los anfitriones se recomponen poco a poco con los pases de Renato Tapia, Miguel Trauco, Edisón Flores y el propio Farfán que recuperan el ritmo del partido. Así a los sesenta y cinco minutos de la contienda Christian Cueva sacó un tiro de esquina directo al área. El balón se deslizó entre la defensa rival y pasó entre las piernas de su capitán Wiston Reid hasta llegar a los pies de Christan Ramos, el defensa veterano ahora de delantero, que logra conectar el segundo gol. Un grito de júbilo recorre el edificio, la plaza, el país entero. Se ganó el partido, increíble.

Perú el último pasajero, el pasajero número 32 al mundial. Lima se vuelca a las calles, “estamos en el mundial”, dicen, “viva Gareca”, el hoy entrenador de la selección peruana que sin embargo como jugador argentino había eliminado a Perú para el mundial de 1986 (el equipo que ganará el campeonato con Maradona. al que sin embargo él no sería convocado por diferencias con el entrenador); Gareca el más odiado entonces por los peruanos, luego se convertiría en su entrenador y hoy les da el triunfo. “Viva Gareca”, es un murmullo que recorre las calles. El sonido de los clacsons, al que son tan aficionados los limeños, nos acompaña hasta el amanecer.

Las crónicas matutinas más que narrar el partido, hablan de un día de gloria, dirá el comentarista Angelo Torres: “Escribo desde la luna porque en la tierra no cabe la felicidad. Igual puedo verte abrazándote con tu papá, cargando a tu hija que no entiende la sonrisa tatuada o mirando al cielo recordando esa promesa inconclusa. Besando al televisor con la camiseta impregnada, orgullo de tus colores. Estamos borrachos de gloria, intoxicados de gratitud. Somos el último pasajero, el más especial. El que esperaba el resto para sellar esta fiesta selecta donde van los treinta y tres mejores. Ahora se puede dejar volar la imaginación, ya no hay escalas.”

16 de noviembre

Día feriado para algunos, como prometió el gobierno si ganaba Perú, para gran parte del transporte público por ejemplo, pero para otros no. Y es que el municipio decretó día feriado sin medir las consecuencias. Dos horas de cola en para tomar el metropolitano, les descontarán el día si no llegan a tiempo dicen. Y los sindicatos opinan, proponen paro laboral si hay represalias. Mejor que caiga el gobierno, comentan furiosos los que están en la cola, son corruptos y no respetan al pueblo. Y que vivan Farfán, Guerrero y Ramos, el defensa que metió el segundo gol.

Ya en el aeropuerto de regreso a México, coincidimos con los jugadores de Nueva Zelanda. Son enormes, los peruanos los siguen, los rodean cual hobits. El portero, con su rostro hermoso y triste, permite una y otra vez la foto, intenta sonreír con un aire nostálgico ante la joven que lo toma del brazo y aprieta el celular. Casi no puede avanzar rumbo a la sala de espera, lo logra al fin y se queda brevemente dormido en la butaca con su espléndido cuerpo relajado al fin.

El Congreso de Estados Unidos está elaborando una reforma fiscal que afectará no sólo a sus compatriotas sino a todo el mundo y en particular a México. Hace apenas una semana, la Cámara de Representantes votó mayoritariamente a favor una serie de cambios legislativos que recorta los impuestos y el gasto del gobierno, mismos que el semanario The Nation calificó, en un artículo firmado por Robert Borosage, como “ridículos, insultantes y criminales”. La líder demócrata de esa instancia legislativa, Nancy Pelosi, aseguró que se trataba de un “chanchullo”. Las razones son las siguientes:

  • Estados Unidos tiene actualmente una desigualdad enorme, sólo comparable a la que existió en los años previos a la crisis de 1929. La mitad de los recortes tributarios está destinada al 1%, los más ricos del país, que ya concentran el 38.6 % del ingreso total del país frente al 33.7% que detentaban hace unas décadas.
  • Las ganancias de las corporaciones están en los niveles más altos de los últimos años y sus contribuciones están declinando como parte del ingreso federal total. Aun así, los republicanos intentan recortarles impuestos por alrededor de 1.5 billones de dólares (trillones en la terminología usada en EU): el gravamen a las empresas bajaría del 35 al 20%, beneficiando sobre todo a los grandes negocios.
  • La propuesta votada aumentará las contribuciones que pagan las familias trabajadoras y de clase media.
  • Grandes consorcios como Citibank, Wells Fargo, Apple y Pfizer y muchos otros han evadido el pago de sus obligaciones durante muchos años por una cantidad aproximada de 2.6 billones de dólares mediante los llamados paraísos fiscales. Con la reforma aprobada se les premiará por esta conducta y se dará una rebaja adicional a las multinacionales que obtienen lucros fuera de Estados Unidos.
  • El costo de las colegiaturas universitarias ha provocado una crisis nacional pues el monto de la deuda de los estudiantes excede ya el de los tarjetahabientes, pero los republicanos decidieron aumentar en 71 mil millones de dólares el costo de las cuotas durante la próxima década. Doce millones de estudiantes deudores tendrán que pagar más.
  • Los veteranos de guerras discapacitados y los desempleados de largo plazo se verán también afectados pues se eliminarán los créditos fiscales que se otorgan a las empresas para contratarlos.
  • Se propone eliminar los impuestos estatales, sobre todo aquellos que se aplican a las fortunas mayores de 5.4 millones de dólares.
  • Se mantiene las exenciones impositivas a los magnates de bienes inmobiliarios como Donald Trump, pero se eliminan los créditos fiscales para quienes inviertan en comunidades pobres urbanas y rurales.
  • Se planea recortar 25 mil millones de dólares al programa Medicare (que provee atención médica a todas las personas mayores de 65 años, o más jóvenes consideradas discapacitadas debido a graves problemas de salud, como cáncer o insuficiencia renal).
  • El gasto del gobierno sufrirá seguramente otros ajustes, principalmente en aquellos renglones destinados al bienestar social.

Todo esto representa un daño terrible a la economía norteamericana, asegura Robert Reich, un especialista muy reconocido. La creación de empleos señala, depende de la demanda interna de bienes y servicios, pero ésta disminuirá si se aprueba la reforma pues las familias de muy altos ingresos gastan muy poco de lo que reciben por los recortes de impuestos y en cambio invierten su dinero en valores financieros o propiedades inmobiliarias. Mientras tanto, la clase media y los más pobres han visto reducir su poder de compra en las últimas décadas ya que sus salarios se han estancado, lo que se agravará con esta transferencia de riqueza hacia las personas más acaudaladas.

Aprobada por los representantes, el proyecto tendrá ahora un segundo episodio en el Senado. Lo malo es que los republicanos comparten en ambas cámaras el mismo objetivo: bajar los impuestos a los super ricos y a las corporaciones empresariales. Las intenciones del partido mayoritario pueden fracasar sólo si se dividen. Esta última posibilidad es difícil pero no imposible pues en la votación ocurrida en días pasados, un grupo de 13 republicanos se pasó al bando de los demócratas y rechazaron el proyecto. En el Senado, su mayoría es más apretada (52-48) y bastarían más de dos votos republicanos perdidos para que la propuesta fuera rechazada. Hay además varias diferencias, algunas de fondo, entre ambas legislaturas, a pesar de estar dominadas por los republicanos. De hecho, los senadores aprobarán una iniciativa distinta y luego un comité bicameral tratará de buscar arreglar las diferencias y lo que de ahí surja se votará posteriormente para su aceptación (o rechazo) definitivo.



Aunque las propuestas de los republicanos se basan en la creencia neoliberal de que la inversión y con ello el crecimiento y los empleos se van a disparar si se rebajan los impuestos, sus razones son fundamentalmente políticas. Quieren satisfacer las peticiones de sus donantes, los grandes magnates, para seguir recibiendo su patrocinio en las próximas campañas electorales. En segundo lugar, el partido mayoritario busca una victoria política que los fortalezca a ellos y al presidente Trump, después de tantas fallas, descrédito y desorden del gobierno que inició sus funciones en enero de este año. Y finalmente, desean aparentar que trabajan en favor del pueblo estadounidense pensando que el panorama económico, que en efecto ha mejorado en el último año, se dispare en el corto plazo, por lo menos hasta las elecciones noviembre de 2018.

Si se impone la reforma, habrá graves consecuencias para los estadounidenses y para el resto del mundo debido al muy probable aumento de las tasas de interés ya que se incrementará explosivamente la deuda pública de Estados Unidos para cubrir la rebaja de sus ingresos tributarios y su inevitable consecuencia, el déficit presupuestario. Ello tendrá efectos negativos en primer lugar para los deudores de aquel país que tienen una hipoteca o piensan adquirirla, y para los que usan sus tarjetas de crédito para cubrir los faltantes de sus quincenas. Pero, además, en muchas partes del mundo, los bancos centrales se verán tentados a aumentar también el costo del dinero para evitar que los flujos de inversión se fuguen hacia la potencia norteamericana, y así evitar problemas monetarios e inestabilidad financiera.

En el caso de México, además, la rebaja de impuestos en EU presionará para que aquí también haya una quita a los gravámenes sobre las ganancias de las empresas, con el pretexto de que los capitales se irán si no se les otorga un trato similar al de allá. Ello llevaría también a nuevos ajustes del gasto público y a un menor crecimiento. Si a todo esto agregamos la incertidumbre y los posibles daños inmediatos que puede producir la ruptura del TLCAN, la posible victoria de la enmienda de los republicanos aumentaría la fuga de capitales y las presiones de los grandes empresarios para ahondar las reformas “estructurales” regresivas que los han beneficiado. México pude entrar así en una espiral tóxica: altas tasas de interés-menores ingresos públicos-fuga de capitales y devaluaciones.

Trump y su partido están demostrando a quién realmente sirven y cuáles son sus verdaderos intereses. Su pretendido nacionalismo, sus compromisos anunciados para beneficiar a los trabajadores, y todas sus promesas de campaña para “engrandecer” a EU se revelan ahora como pura demagogia. El problema es que los efectos de estas medidas tan abierta y abrumadoramente favorables al poderoso 1% y a sus grandes consorcios serán pagados no sólo por la mayoría de los estadounidenses sino también por millones de habitantes de este planeta y, en particular, por sus vecinos al sur de la frontera.

Nada está escrito aún, pero ello depende por ahora de un pequeño grupo de políticos ambiciosos e irresponsables. Esperemos que el pueblo norteamericano los haga retroceder.



Twitter: #saulescoba

Martes, 21 Noviembre 2017 00:00

200 años de bicicletas/Revista Nexos

Mundo Nuestro. Hay invenciones que dignifican la vida de la humanidad. Esta, vital y divertida, apenas tiene 200 años, y fue producto de la erupción de un volcán furioso en Indonesia. Como la mariposa que rompe el vuelo y provoca un huracán en el otro lado del mundo.

Esta crónica se refiere a ese desvarío que se contiene en el equilibrio sobre dos ruedas fantásticas. Es de Héctor Abad Faciolince , escritor colombiano (sus obras más recientes son El olvido que seremos y El amanecer de un marido), y la publica este noviembre la revista Nexos.



Es curioso que la rueda haya sido inventada hace más de cuatro mil 500 años y que en cambio la bicicleta esté cumpliendo apenas dos siglos. Se celebran tantos aniversarios tontos y en cambio casi nadie ha celebrado los 200 años de esta máquina mágica, la más económica en términos de gasto energético, velocidad espacio recorrido, y el medio de transporte más ecológico y saludable para un planeta enfermo de fiebre. Pero al mismo tiempo es normal que a nadie se le hubiera ocurrido inventar por tanto tiempo la bicicleta, ya que pocas cosas resultan más contraintuitivas que el milagro del equilibrio sobre dos ruedas.

Apenas 200 años de este vehículo prodigioso. Un supuesto dibujo de Leonardo da Vinci del prototipo de una bicicleta, es un falso demostrado (un charlatán añadió radios, cuadro y manubrio a dos círculos dibujados por Da Vinci en uno de sus cuadernos). Pero ¿por qué diablos a nadie, ni siquiera al genio Leonardo, se le había ocurrido poner dos ruedas en línea, unirlas de algún modo, montarse encima y empujarse con las piernas? Como muchos otros hallazgos del ingenio humano este invento fue fruto de la necesidad. Todo se debió al mal tiempo. Paradójicamente, la bicicleta se inventó para contrarrestar los efectos de un cambio climático repentino, pero opuesto al que hoy estamos sufriendo. Durante varios meses de 1815 ocurrió la erupción más grande de que se tenga noticia. El volcán Tambora, en Indonesia, arrojó tal cantidad de materia que pasó de tener cuatro mil 300 metros de altitud, antes de la explosión, a dos mil 850, después de derramar piedras, lava, fuego, y de arrojar en la atmósfera millones de toneladas de polvo y ceniza.

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Mundo Nuestro. En días pasados se presentó en el edificio de la Aduana Vieja el libro Solón Argüello, Antología poética, elaborado para el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la BUAP por la novelista e investigadora Beatriz Gutiérrez Müller. Recuperamos de ese evento el texto escrito por la poeta poblana Valeria Guzmán (Ciudad de Puebla, 1990), quien nos ayuda a comprender la profundidad de uno de los personajes trágicos de la revolución mexicana, el poeta de origen nicaragüense Solón Argüello asesinado en 1913 por soldados del régimen huertista.

La antología elaborada por Beatriz Gutiérrz Müller es un compendio de poemas que pertenecieron a los tres libros publicados por Argüello en México: El grito de las islas (1905), El libro de los símbolos e islas frágiles (1909) y Cosas crueles, además de una veintena de piezas inéditas que fueron rescatadas de periódicos y revistas por la investigadora del ICSyH.

El poema Y prosiguió su signo con el que Valeria presenta su valoración de la poesía de Solón Argüello es de una fuerza estremecedora.



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Y prosiguió su signo

Pasó lleno de polvo

su traje asaz roído,



con sus viejas sandalias que conocen

cien valles, cien desiertos, mil caminos.

Pasó, con su melena

que desgreñaba el austro,

con su triste mirada pensativa,

que escruta, siempre fija en el arcano.

Pasó, como una sombra,

callado, obscuro, solo,

con sus laxos camellos de tristeza

doloridos. Pasó lleno de polvo...

Miró hacia atrás en busca

del ya lejano predio

y aun oyó reproches que venían

traídos por la parva de los vientos.

Y se bebió sus lágrimas

y prosiguió, en su signo,

con sus viejas sandalias que conocen

cien valles, cien desiertos, mil caminos.

Anoche soñé que me disparaban en la pierna. Sabía que no debía moverme aunque no sentía ningún dolor, ni siquiera angustia. A otra mujer le disparaban en el vientre frente a mí, y eso me preocupaba más; sabía, por sus gestos, que a ella sí le dolía.

En la carrera de Letras te enseñan a desligarte de la empatía pues ése es el grado más básico de la lectura, identificarse con un personaje, con una situación. No sé si por eso casi dejé de leer narrativa. Para la poesía no hay otra alternativa más que el involucramiento. La poeta santianesa Olvido García Valdés escribió una biografía de Santa Teresa en la que explica su corazón. El corazón del poeta místico es como una cúspide, como el punto de una montaña que se alcanza después de muchos trances, hasta llegar al de la unión real. Para mí, el poeta debería buscar siempre su propio corazón.

Cuando Miguel me dio el libro de Solón Argüello no sabía quién era él, sólo sabía que yo estaba triste. Sentí que él también había estado triste. Todo el tiempo habla de la​ ​isla​. Leo que Justo Sierra le facilitó a Argüello dar clases en Ensenada. Yo fui por primera vez el año pasado. Me sorprendió ese O​cénao Pacífico que se puede ver desde las rocas, y la lejanía que desde ahí se siente con el mar​. No vivir en el mar, no ser del mar, causa un distanciamiento del cual no se tiene consciencia sino hasta que se convive mucho con alguien que sí viene de una ciudad marítima o, me hace pensar Solón, hasta que se llega a vivir a una ciudad con playa.

Además las playas de Baja California no son tan alegres, tienen algo de nostalgia. Quizá porque el sol no te invade como en las céntricas. Las islas del poeta son metafóricas, pero esa insistencia en el símbolo quizá no es tan común en alguien que no está en diálogo constante con el agua.

Dice Jules Michelet en su libro sobre el mar:

“¡Qué triste es ver, al caer de la tarde, el sol, alegría del mundo y padre de todo lo criado, ir desapareciendo, eclipsarse entre las ondas! Es el cotidiano duelo del Universo, particularmente del Oeste. En vano es que todos los días presenciemos el mismo espectáculo; siempre ejerce en nosotros igual influjo, idéntico efecto melancólico.”

En efecto, no hay manera de estar al lado de la playa a la hora del arrebol (que en el norte aparece casi diario) sin sentir que perdemos algo. Me imagino que esta sensación se intensifica cuando se tiene la rutina de vivir junto a ese fenómeno diario.

Creo que la tristeza de Argüello lo llevó a buscar cosas. La primera cosa es el amor romántico, la que está más al alcance. El amor es una posibilidad de llenar el vacío propio de estar vivos. Bataille asegura que el hombre nace y muere en soledad (tengamos en cuenta, sin embargo, que era un filósofo occidental). Pero la relación amorosa se acaba, el poeta se queda solito en su isla. Es tristísimo ver cómo el otro se aleja, y quedarse con el propio corazón que late y late y late. Parece que no hay una escapatoria de eso. Sí la hay. Es lenta, es igual o más complicada. Se puede llenar el vacío que deja un amor romántico con la búsqueda de profundidad del ser. El ser está solo pero, al mismo tiempo, está acompañado del todo y él mismo es el todo. Una trascendencia que ​buscan las grandes doctrinas místicas.

Dice Nietzsche que cuando el ser llega a este verdadero encuentro del corazón, el artista se despersonifica. Escribir de esto es complicado, el lenguaje se vuelve simbólico. Para Solón Argüello, se vuelve fantástico. Hay bosques que acechan y criaturas maravillosas que aparecen, corporeizando lo trascendental​. También están entre estos paisajes los santos y los dioses. En la poesía de Marosa di Giorgio sucede igual: en medio de una realidad fantástica, aparecen entidades sagradas.


Podría parecer contradictorio que un poeta místico, como definitvamente considero a Solón Argüello, haya dejado de escribir para luchar por una causa política. Pero creo que es una entrega con disciplina que distingue a las personas que se entregan a una idea, sea religios a o no. Hay algo que podríamos llamar “romántico” ahí, o sólo propio de un ser lleno de pasión trascendental.

(La fotografía que ilustra la pordatilla de este texto pertenece al Sistema Nacional de Fototecas del Instituto Nacional de Antropología e Historia de México, Cortesía de la editora Beatriz Gutiérrez Mueller.)

Mundo Nuestro. Martín Bermúdez, campeón mundial de marcha en 1979, viajó a Moscú con el equipo olímpico mexicano comandado por el entrenador polaco Jerzy Hausleber, apenas unos meses antes de las olimpiadas de 1980 en la capital de la moribunda Rusia Soviética.

Son los años de mayor gloria para el deporte de nuestro país, con figuras hoy míticas en los nombres de Daniel Bautista, Raúl González, Ernesto Canto, y más allá, del carismático Sargento Pedraza, aquel de los gestos de coraje al no poder arrebatarle el oro a un soviético en las olimpiadas de 1968 en la ciudad de México. Los mexicanos, entonces, imponían el ritmo y la ley en la competencia mundial, dice Martín al describir la fotografía que da cuenta de la lucha cuerpo a cuerpo entre Daniel Bautista, un competidor gringo y él mismo.

En este viaje Martín Bermúdez es el novato del equipo, pero ya lleva enfundada la intuición del escritor, y los ojos abiertos y sensibles a ese mundo radicalmente distinto que tiene la oportunidad de conocer. Son los años finales del imperio soviético fundado con la revolución bolchevique de 1917.



Tavarish, Sovieski Zayúz, sigvognie savaristavagnie, Zamolot, Mockba

Algo así oímos en ruso dentro del avión, en el aeropuerto de Varsovia, cuando nos anunciaba la azafata que el vuelo de la línea aérea de la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas, salía con destino a Moscú. Después lo dijo en un inglés siberiano rústico y de mala gana. Dio unas cuantas recomendaciones señalando las puertas de emergencia y terminó diciendo: da, da, spaziva; luego caminó unos pasos y fue a sentarse con sus otras compañeras en la zona de tripulación. Ahí quedaron, frente a los pasajeros. Nosotros estábamos en las filas donde dice “Niet pali” y nuestro entrenador polaco, de 20 y 50 kilómetros de marcha olímpica, Jerzy Hausleber, como siempre, ocupaba los últimos asientos del avión. Esta vez no era la excepción, así que se fue al área de fumar, donde no estaban los letreros de “Niet pali”. En seguida llegó el aroma a tabaco de su pipa, mezclándose con los olores a sebo y ajo del avión entero.

A los pocos minutos, el avión soviético despegó haciendo estruendosos ruidos. Unas rejillas y compuertas se abrieron y de ellas salieron rebotando unas cebollas, jitomates y pepinillos que rodaron por los pasillos hasta los últimos asientos, mientras íbamos tomando más y más altura. A los pocos minutos cruzamos las nubes y después, volábamos sobre ellas.

Mis nueve compañeros me decían “Novato”. No supe en qué momento se fueron quedando dormidos, ni se despertaron cuando las azafatas pasaron dando unas cajas de plástico. Dentro había carnes frías con trozos de cebollas, jitomatitos y galletas. La mayoría de los pasajeros las regresó, estaban rancias. Minutos después las sobrecargos pasaron arrastrando unas bolsas negras de plástico y recogieron las cajitas. Volvieron a sus asientos y sentadas en hilera frente a los pasajeros abrieron algunas cajitas y empezaron a comer en trocitos las galletas rancias, masticaban lentamente, viendo al techo del fuselaje sin parpadear, como viendo al cielo a través de la nada.



Aquello quedó en silencio, giré el cuerpo hacia atrás para ver dónde estaba el entrenador polaco. Allá, cerca de la ventanilla observaba el vacío…a su Polonia, a pesar de que ya no se veían más que las espaldas de las nubes.

Recordé una semana antes, cuando nos llevó a la ciudad vieja de Varsovia. “A Polonia la han cagado hasta los perros, todos le pasaron por encima” y dijo unas groserías en alemán y ruso. Al entrar a la ciudad vieja vimos muchas bardas caídas, otras con perforaciones de balas, las casas con boquetes en las paredes “Éstas son las ruinas de la guerra. Eso ha quedado así para que no se nos olvide” (a mí me pareció que aquel lugar aún olía a pólvora y gasolina). “Ustedes, como mexicanos, no han sufrido más que en las telenovelas”, nos dijo. Tal vez por eso al día siguiente, cuando terminamos los entrenamientos, le ordenó al chofer que se adentrara al bosque sobre una brecha de tierra.

Acomodados en los asientos traseros de la furgoneta, un poco apretados, solo veíamos las hileras de pinos al pasar. El profesor iba al lado del chofer hablando en polaco, mientras nosotros, tal vez por el entrenamiento fuerte o por el arrullo del motor, nos quedamos dormidos.

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“Bájense que ya llegamos”. La voz nos despertó. Bajamos, caminamos y entramos. Vimos unas barracas y galerones en hileras, una cerca de alambres con púas que se interconectaban. En el fondo, el bosque rodeando.

Entramos a la primera galera: las suelas de los zapatitos quemados. Los huesos y esqueletos incompletos, carbonizados, formados en cerros; los hornos como abriendo la boca con hollín. Tal vez íbamos a la mitad del recorrido cuando sentí que se me bajó la presión y empecé a vomitar. El profesor Jerzy nos retiró del lugar. El regreso a la ciudad fue distinto. Todos teníamos la vista fija en los árboles del bosque, no hubo palabras, se podían escuchar las hojas y las puntas de agujas de pino que arrastraba la furgoneta. Sentíamos que nos faltaba el aire a pesar de estar en el bosque. Me perseguían las imágenes que dejamos atrás, junto con el letrero, en trazos grandes, que decían: Auschwitz.

Esa noche, el entrenador Jerzy cenó rápido y regresó al dormitorio. Saltó por la ventana trasera, cruzó entre el bosque para esperar a que pasaran por él. Lo llevaron a una cabaña, donde se reuniría con un grupo de obreros, encabezados por Lech Walesa. Todos ellos, dispuestos a defender a Polonia contra el poder Soviético.

Mientras pensaba en lo sucedido por esos días, el avión entró en zona de turbulencia, después se quedó quieto, como si estuviera suspendido en el aire. Quise dejar de pensar por un momento en esas imágenes. Esas imágenes feas de los días pasados, pero volvían a aparecer: La ciudad vieja de Varsovia y el campo de Auschwitz. Además, ahora había un aroma en mi nariz, un aromilla extraño y pegajoso, era muy similar al de otros países del bloque comunista, como Checoslovaquia, Hungría, Bulgaria y Alemania del Este, donde habíamos estado compitiendo.

La pregunta que me hacía es ¿Por qué estos países huelen casi a lo mismo? Estas tierras tienen su propio aroma y color. “¡Qué chistoso!”, pensé, ¿Cómo puede oler un país? Alemania del Este, huele como a sótano abandonado y flores olvidadas en un panteón. Y es que el problema no es que el Muro de Berlín sea tan alto, sino las torretas con militares y sus armas largas, listos para disparar a quien se acerque. Yo no sé, pero para mí éstos países huelen como a miedo y olvido, pero ¿acaso eso tiene aroma? ¡Qué cosas pienso, Dios mío! Pero claro que hay colores marchitos, desde el cielo se da uno cuenta cuál país es comunista y el que no lo es, yo me di cuenta cuando cruzamos por avión las Alemanias: hay multicolores en la Alemania Federal, colores y más colores. En cambio, la Alemania del Este tiene un solo color: cemento militar. Se ve triste. En eso iba pensando cuando escuché la voz del capitán hablando en ruso y luego en inglés. Unos minutos después, el avión empezó a descender.

Al llegar al aeropuerto de Moscú el avión aterrizó sin problemas. Cuando dio la vuelta y se paró cerca de los hangares, un grupo de militares nos rodeó y nos condujeron a un camión largo, unos se colocaron en las puertas, otros entre los pasajeros. En la parte exterior del aeropuerto colgaba La Hoz y el Martillo en color rojo. Al entrar a la sala de migración, otros militares nos formaron en varias filas y ordenaron declarar y escribir en libretas cada moneda, joyas, ropa de vestir, libros o revistas que trajéramos. Después, a cada uno nos fueron pasando a una cabina de inspección, había en el techo un espejo y otro en la pared de atrás; el militar podía verte por todos lados, se te quedaba mirando fijamente, sin parpadear; volvía a ver el pasaporte y te volvía a fijar la vista.

Al profesor Jerzy lo interrogaron aparte por más de cuatro horas, le preguntaron por qué traía tantos dólares, marcos alemanes, francos, coronas noruegas, suecas y pesos mexicanos. Les mostró el documento oficial donde el gobierno soviético nos invitaba a participar en los Campeonatos Nacionales de 20 y 50 kilómetros de marcha. Les explicó que él era el entrenador en jefe del equipo mexicano y que ahí estaban los campeones del mundo y el campeón olímpico de Montreal ‘76, lo que al oficial militar le molestó mucho y más que se lo dijera un polaco y en polaco.

“Ahora está en territorio ruso, los polacos aquí hablan ruso, no lo olvide. Usted lo aprendió muy bien” le reclamó el militar, alzando la voz como para que se oyera, no solo en toda la sala, sino en todo el aeropuerto (en el momento no entendíamos nada, pero al día siguiente el profesor nos detalló el suceso). Ordenaron que metiéramos en bolsas tipo militar cosas como revistas, perfumes y jeans nuevos. Nos recogieron hasta una Virgen de Guadalupe que llevábamos, “cuando salgan del territorio, se las regresamos” dijeron.

Pero el profesor Jerzy traía tres imágenes en miniatura: la Virgen de Chestojova, San Charbel y la Virgencita de Guadalupe que no detectó el militar. Por último, le ordenaron que debía cambiar los dólares por rublos ahí mismo, pues si lo hacía en la calle, en el mercado negro, iría a la cárcel. Él obedeció de inmediato.

Al salir del aeropuerto, se acercó un hombre quien dijo llamarse Dorovski, “yo soy el traductor, Profesor, voy a trabajar éstos quince días con ustedes”.

Hablaba un español rasposo. “Allá está el autocar” señaló al frente, tomó una maleta y la sopesó como descubriendo qué contenía. Otro hombre fornido como un oso, pero de pie, aguardaba bajo una farola rústica, usaba una chamarra color caqui y un gorro típico ruso; un bigote mal recortado, como de foca. Al exhalar le salía vaho, eran los primeros días de abril, él también hablaba español, pero con acento cubano. En cuanto subimos las maletas, se colocó al volante y aceleró al centro de Moscú. Entró a una avenida asfaltada, después por varias calles angostas y empedradas, a los lados unas unidades habitacionales amarillentas y pálidas. La noche cayó sin que lo advirtiéramos. Tras varias vueltas llegamos al centro, rodeamos la Plaza Roja y cruzamos un puente sobre el Río Volga y desembocamos al hotel más grande del mundo: el Hotel Rocía, con más de cinco mil habitaciones, según el traductor Dorovski.

Para entrar nos formaron de nuevo en una sola fila, con pasaporte en mano, pasamos de uno en uno; cuando terminó el registro, nos dijeron como debíamos comportarnos dentro del hotel: no hacer ruido, no gritar, no correr; cuando salgan, deben llevar su pasaporte en mano. Las comidas las haremos en grupo y en éstos y éstos horarios. Al principio nos dio risa. Al día siguiente, a la hora del desayuno, bajamos por un elevador, caminamos por unos pasillos estrechos, bajamos por unas escaleras de hierro reforzado y de madera desgastada, llegamos a un sótano y dimos vuelta a la derecha como rodeando el edificio, para tomar otro pasillo largo y entramos al comedor. Dos mujeres y tres hombres, meseros, esperaban. La mesa era rectangular y de fierro, nos sirvieron té negro en vasos delgados de cristal, pensé que podían explotar de lo caliente del agua. En seguida en platos grandes pusieron trozos de mantequilla, carnes frías, pan negro, mermelada, unos jitomates, cebollas y una especie de remolacha. Cada movimiento de platos y cucharas, parecía retumbar en todo el salón. Entre ellos solo señalaban las cosas y alguien ejecutaba la acción (yo sentía que nos observaban entre las gruesas paredes de concreto frío).

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Todos los días nos quedábamos con hambre. Habían dicho algunos turistas que en los almacenes frente a la Plaza Roja podíamos conseguir de todo. Así que salimos para allá, burlando al traductor Dorovski. Descendimos por unas escaleras traseras, abrimos una puerta, al parecer, de una bodega de carga. Al salir, nos conectó a las escaleras que desembocan al Río Volga, cruzamos el puente y subimos a la Plaza Roja. Vi que había una fila enorme de gente formada que daba vuelta hasta atrás del Kremlin. Nosotros seguimos derecho hasta los almacenes. Recorrimos cuatro pisos y en todos había lo mismo: artesanías y más artesanías, cucharas de todos tamaños. Uno de los compañeros, que hablaba inglés, le preguntó a un turista que dónde podíamos comprar comida “en las tiendas para turistas: las Beriozkas, ahí puede ser. Sólo te aceptan dólares”, dijo.

Al entrar a la tienda nos pidieron los pasaportes. Había ropa francesa, rusa, holandesa, alemana; relojes suizos, diamantes de Holanda y artesanías rusas. Pero para comer, solo había caviar, refrescos, galletas y chocolates. Solamente compramos chocolates, refrescos y galletas. Salimos de ahí, cada uno cargaba su bolsa, destapamos unos refrescos y empezamos a beber. Al pasar por la Plaza Roja, volví a ver la fila de gente formada y me pregunté para qué sería. El que hablaba inglés le preguntó a una persona y dijo que era para ver la Tumba de Lenin. “Él está momificado allá en aquél lugar”. “¿Quieren que nos formemos para verlo?”, preguntó nuestro compañero. Para mí, el solo hecho de imaginar un animal disecado, me daba miedo, ahora ver a una persona, me puso los pelos de punta, así que les dije que yo no quería formarme.

--¿Saben que nos están siguiendo?

No nos percatamos que unos jóvenes nos aguardaban. Caminamos aprisa pero cada vez nos iban recortando la distancia. Cruzamos el puente y al pasar cerca del Kino (un cine que proyectaba solo películas del bloque comunistas en blanco y negro), nos dieron alcance. Nos rodearon. Señalaban arriba y abajo mientras hablaban unas palabras en ruso e inglés. No sabíamos lo que querían hasta que uno de nuestros compañeros, que entendía algo, nos dijo: “dicen que en cuánto les vendemos los pantalones y las chamarras”.

--Los pantalones? --casi lo dijimos en coro.

--Sí, los pantalones y chamarras…

Los jóvenes sacaron de una bolsa unos ositos Misha, era el símbolo de los Juegos de Moscú 80. Decían unas palabras y volteaban para todos lados. También ofrecieron pagar con las monedas conmemorativas de esos Juegos. Acordamos encontrarnos en el Estadio Lenin al día siguiente, ya que los entrenamientos estaban programados por la mañana y sería más fácil llevar la ropa deportiva y los pantalones que ellos querían. Nos preguntaron si podíamos regalarles las latas de aluminio de refrescos, las querían guardar como colección. Les regalamos unos refrescos llenos, las empezaron a beber rápido y ya vacías las ocultaron.

El más joven preguntó: ¿Han probado las naranjas?

--Sí, sí las hemos comido.

--¿Pero las naranjas de América? Las de Florida.

--En México hay mucha naranja.

--¿Pero han comido las de Florida?

--Creo que sí.

- ¿A qué saben?

Todos nos volteamos a ver. El mayor de ellos dijo unas palabras. En seguida se dieron la vuelta y caminaron aprisa por la orilla del Rio Volga.

Al llegar al hotel, pusimos las cosas en la cama. La camarera entró para hacer el aseo, volteaba y volteaba para observar las galletas y chocolates que habíamos traído. Un poco después entró el profesor Jerzy para decirnos que nos tocaba sesión de entrenamiento. La recamarera se sintió con más confianza al ver al profesor, pues sabía que él era polaco y por lo tanto hablaba muy bien el ruso. Como todo un caballero, el profesor vio a la señora de nombre Lena y le regaló unas galletas y chocolates. Ella los guardó de inmediato y dijo “no me las voy a comer, se las voy a llevar a mis hijos, ellos nunca han probado algo como esto”. Todos nos quedamos impávidos con la traducción del Profesor, la señora Lena le pidió al profesor si le podíamos conseguir para su hija un paquete de toallas femeninas y maquillaje en la tienda para turistas. Que ella podía pagarnos con un osito Misha y monedas conmemorativas de los Juegos.

Al día siguiente desayunamos lo mismo. Solo esperamos un poco y salimos al Estadio Lenin, siempre acompañados de Dorovski. En la entrada principal del Estadio colgaban los símbolos de la Hoz y el Martillo; adentro, gente lavando las escaleras y pintando. En el centro del campo empastado, un oso enorme: el Misha inflado. Cuando terminamos el entrenamiento, entraron los jóvenes, se acercaron para intercambiar la ropa. Les dimos los pantalones de mezclilla, chamarras y ropa deportiva. Ellos estaban felices. No nos percatamos que el traductor Dorovski apareció de la nada, les habló fuerte e hizo una señal y en seguida llegaron tres autos negros y un camión tipo militar. Subieron a los jóvenes y todo quedó en silencio. Salimos rápido del Estadio Lenin.

Tomamos la avenida del otro lado del Río Volga para regresar al hotel. De nueva cuenta reinaba el silencio. Dorovski hacía como que no pasaba nada. Al pasar cerca de la Plaza Roja, volví a ver la fila ante la Tumba de Lenin. Al llegar al cuarto del hotel, el profesor nos dijo que Dorovski era militar y que pertenecía a la KGB, “no vuelvan hablar tonterías frente a él”, hasta ese momento me di cuenta que hacia más de una semana que ya no reíamos, mis compañeros y yo ya no éramos los mismos de antes.

Nos avisaron que la salida a la provincia para asistir al Campeonato Nacional Soviético la haríamos por la noche y en tren. Al llegar a la estación no se escuchaban los silbidos de los trenes como se oyen en otras ciudades, solo se escuchaban los rechinidos de los rieles en seco. Los militares rondaban los andenes. Entramos a un vagón. Dorovski habló con otros militares que estaban dentro. Nos sentaron juntos en asientos de fierro, las ventanas no se podían abrir, era como si estuvieran de adorno solamente. Tal vez eran cerca de las diez de la noche cuando el tren salió. Nunca supimos si entramos al bosque, pues la visibilidad de la ventana no era clara, la luz dentro era tenue. Solo se escuchaban las botas que golpeaban el piso cuando los militares hacían el rondín. “Aquí no hay sueño, se fue a otro vagón”, dijo un compañero.

El tren hizo la entrada al pueblo. Era sábado, pero parecía como un día inexistente. Al día siguiente sería la competencia.

Nos despertamos a las cuatro y media de la mañana para desayunar; había lo mismo de siempre, pero solo comimos pan y mermelada con té negro, pues la competencia arrancaría a las siete de la mañana.

En la zona de salida nos esperaban más de dos mil marchistas soviéticos. El comité organizador, en vez de poner vallas metálicas en el circuito de dos kilómetros, mandó colocar una línea de militares. Estaban intercalados uno y uno: uno veía al centro y el otro veía hacia fuera. Es decir, un arma apuntaba al competidor y otra al espectador. Además, habían colocado unas tribunas kilométricas de fierro y tablones de madera para sentar a decenas de soldados. En el centro había una carpa, donde estaban los oficiales. Ahí pendía, en letras rojas, un estandarte con la Hoz y el Martillo.

El disparo de salida de la prueba de 20 kilómetros no lo hizo el juez de salida, sino un militar, y disparó un cañón de verdad. ¡El arranque fue explosivo! Los marchistas soviéticos salieron entonando un himno al unísono. El plan era derrotar, a como diera lugar, al mexicano campeón del mundo y campeón olímpico. Él tenía 5 años sin perder una competencia. Durante 15 kilómetros hicieron una especie de relevos para “tronarlo”, pero lo único que lograron fue que aumentara tanto la velocidad que rompió la marca del mundo. El resultado sería un golpe duro al sistema soviético del deporte. Los primeros lugares los ocupó el equipo mexicano, tanto en los 20 como en los 50 kilómetros. La derrota había sido una ofensa a los mandos militares. Algunos competidores locales, del esfuerzo, terminaron en hospitales. Los que eran militares, fueron arrestados. El enojo fue tanto que esa misma noche nos regresaron a Moscú, de nuevo, en tren. Y así fue.

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Llegamos a la pequeña estación del pueblo, el tren parecía ser el mismo que nos había llevado. Dorovski estaba serio y ahora se hacía acompañar con dos elementos más. Volvimos a sentarnos juntos. Nos fuimos hundiendo en la noche, las horas iban pasando. Empezamos a sentir sed, el agua se había acabado. Dorovski les habló a sus asistentes y enseguida aparecieron con las bolsas de plástico con carnes frías, jitomates y cebollas, pero el bote de aluminio donde traían el agua estaba vacío. Tratamos de dormir, pero la deshidratación y el esfuerzo de la competencia, nos trajo como insomnio. Nos dieron calambres, teníamos que pararnos para estirar las piernas. Ya en la madrugada traté de dormir y cerré los ojos. Así permanecí por no sé cuánto tiempo. Sentí el cuerpo hirviendo en fiebre...y me vi a un lado del Rio Volga. El tren iba en sentido contrario al del agua, a gran velocidad. Yo me dije, “sería capaz de beber de esa agua, aunque sea un poquito”, pero el agua del río estaba turbia. Sentí algo sobre mi cabeza, me espanté y abrí los ojos. Vi la mano de uno de mis compañeros que me decía “ya despierta, despierta”. Me contaron lo mucho que se divirtieron al verme con pesadillas.

“Tengo mucha sed y hambre”, les dije, y uno de ellos respondió “ah, qué Novato este. Así queda uno después de terminar los 50 kilómetros, medio loco. Ya te acostumbrarás, ya lo verás”. Todos rieron, “no te preocupes” dijo otro compañero, “hoy nos vamos a Holanda, ahí si te vas a atragantar” y volvieron a reír todos.

El profesor nos calló, Dorovski estaba parado en el estribo del tren. Era un lunes y tal vez serían como las siete de mañana.

Al fin nos iremos, pensé. Así fue. Nos esperaba la furgoneta que nos llevaría al aeropuerto, pero haríamos una escala en el hotel Rocia para recoger el equipaje. Cuando íbamos sobre el bulevar de cuatro carriles a un lado del Río Volga quise ver la fila de gente que siempre estaba formada, no había nada. Le pregunté a Dorovski y nos dijo que los lunes, los miércoles y jueves, el Mausoleo estaba cerrado.

En el aeropuerto nos regresaron lo que nos habían quitado. Salimos rumbo a México, vía Amsterdam.

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Trece años después regresé a Moscú. Tres meses antes habían derribado el Muro de Berlín. Fui acompañando a un grupo de jóvenes marchistas.

Nos hospedaron en las orillas de Moscú, en un hotel remodelado. Ahora nos habían puesto un traductor más joven que hablaba un español con acento madrileño. A la hora de la cena sugirió ir a un lugar especial.

--¿Tenéis dólares? --preguntó.

--Sí.

--Anda, pues vamos de cena.

Caminamos unas cuadras y entramos a un edificio con poca luz. Pasamos unas puertas secretas, pues debía dar unas contraseñas, y por fin se abrió una puerta, adentro había un gran alboroto. En cuanto nos sentamos apareció una rusa, sobre la mesa puso un menú lleno de fotos a colores: langosta, hueva de esturión, cervezas alemanas y holandesas. Ella giraba su cuerpo de un lado a otro, con sus labios bien pintados, uñas largas y rojas, cejas depiladas, pestañas rizadas. El traductor nos presentó diciendo que éramos mexicanos muy deportistas. Ella dijo:

--¿Dolarus?

--Da --asentó con la cabeza el traductor.

--¿American Dolarus?

--Da. Americanski dolarus.

--Very good --dijo.

Ella se acercó a mí, tomó mi mano suavemente, me puse de pie, se quedó fijamente viendo mi rostro, fue bajando la vista hacia mi mentón y pectorales. El traductor le sonrió y ella también, al tiempo que terminó su recorrido visual. Levantó su brazo izquierdo y lo doblo dejando el codo apoyado por su cintura, mientras la muñeca doblada apuntaba hacia abajo. Después se llevó la mano a su boca y con el dedo índice tocó sus labios, sopló un beso y dijo: I am Moshinska Nazareva.

El Traductor pasó de la sonrisa a las carcajadas, pegaba en la mesa con sus manos como un niño, con su acento español, dijo: “Sí parece mujer este chico. Es bastante majo ¿A poco en México no tenéis de estos Tíos?”

Moshinska Nazareva, dio la vuelta y se perdió entre los comensales y el humo de cigarro.

Fue un viernes al mediodía cuando salimos rumbo al aeropuerto. Al pasar sobre la avenida del Río Volga, volví a ver aquella fila de antes, solo que ahora no estaban formados uno tras otro, había más de diez hileras de personas. Más y más se formaban desde el Río Volga. El gentío subía y pasaba cerca del adoquinado de la Plaza Roja y daba vuelta por los almacenes que están frente al Kremlin.

Yo pregunté: ¿Ahora hay más gente formada para ver la Tumba de Lenin?

--No, no es para eso. Es para comer... hoy Inauguran el primer restaurante...

En ese instante estábamos cruzando a un lado de la Iglesia de San Basilio que nos impedía seguir con detalle la fila de gente. La furgoneta seguía a velocidad media. Cruzamos debajo de un puente y más adelante entramos a un túnel. Al salir, frente a nosotros quedó a la vista el “espectacular” con el anuncio del restaurante: arriba, en la estructura metálica se leía el nombre, con la primera letra “M” más alta que las otras. Abajo, dentro del ovalo del cartel, el logo con la imagen, con su cara, con su sonrisa, ahí él, completo, como viendo la cúpula del Kremlin: El payaso Ronald, cerca del Río Volga.

FIN

Martín Bermúdez

A mis compañeros:

A un lado del Río Volga, en los Juegos de Moscú ‘80, fue descalificado el campeón olímpico Daniel Bautista, cuando ganaba la medalla de oro. Estaba por entrar al Estadio Lenin y al pasar bajo el túnel desapareció de las imágenes de la televisión oficial. Al día siguiente salió de Moscú. En el aeropuerto de México fue un desconocido entre los desconocidos. De ahí mismo se fue al lugar del que salió 10 años antes: Monterrey. Nunca más volvería a competir.

También el subcampeón del mundo, Domingo Colín, fue descalificado en el kilómetro 12, cuando luchaba hombro a hombro por la medalla de plata.

En entrenador de origen polaco vivió cerca de 50 años en México. Con su método evolucionó la técnica de la marcha olímpica. En el año 2000 acompañó a Lech Walesa a una misa en la Basílica de Guadalupe. Recibió y convivió con el Papa Juan Pablo II, durante sus visitas a México. Jerzy Hausleber murió lleno de promesas incumplidas del Gobierno de la República.

Sábado, 18 Noviembre 2017 00:00

La tolerancia hacia la intolerancia en la BUAP

Viernes 17 de noviembre de 2017. Algunos profesores y estudiantes del Posgrado de Sociología del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego”, asistimos a la presentación del libro “El engaño populista” de la propagandista guatemalteca ultraderechista Gloria Álvarez. El evento había sido convocado por la Vicerrectoría de Extensión y Difusión de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Después nos enteramos que en realidad dicha Vicerrectoría había rentado el Salón Paraninfo de nuestra casa de estudios a una empresa privada que fue la que ha organizado la visita de la referida señora Álvarez. No obstante ello, dicha dependencia universitaria anunció el evento en su página de Facebook aun cuando horas después hizo desaparecer dicho anuncio.

Como era previsible para mí, la presentación de la señora no fue sino su repetición usual de los lugares comunes neoliberales y anticomunistas ajenos a cualquier rigor académico. A esto hay que agregar que terminó su disertación con ataques a Andrés Manuel López Obrador y a Morena. Con un estilo mordaz que exacerbaba los ánimos de sus fans, en su discurso López Obrador fue convertido en un exponente más de lo que ella llamó “el odio a la libertad”, “la obsesión por el igualitarismo” y la “idolatría del estado”. En suma en alguien semejante a Hugo Chávez y todo los demás personajes que en su imaginación son exponentes del autoritario populismo.

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Gloria Álvarez Cross según Wikipedia: "Nació el 9 de marzo de 1985 en Ciudad de Guatemala, realizó estudios de relaciones internacionales y ciencia política en la Universidad Francisco Marroquín de la capital guatemalteca, posteriormente cursó una maestría en Desarrollo Internacional en la Universidad Sapienza de Roma.2​ Autodefine su doctrina como libertaria y ha criticado a políticos latinoamericanos pertenecientes al Socialismo del siglo XXI, calificándolos como populistas, enemigos de la libertad y dictadores."

Conviene poner en antecedentes a los lectores y lectoras que no conocen a Gloria Álvarez sobre quién es. Se trata de una joven politóloga guatemalteca que ha adquirido relevancia mediática no solamente porque es una activa propagandista neoliberal y anticomunista sino porque ha cometido lapsus que han contribuido a su fama. Alguna vez difundió un twitter en el que decía lo siguiente: “Cuando los españoles llegaron aquí, los mayas tenían siglos de haberse extinto (sic)”. Haciendo a un lado el mal uso del español que evidencia el mensaje, es obvio que el mismo exhibía una gran ignorancia con respecto a la historia de los pueblos mayas: éstos nunca se extinguieron sino simplemente se ramificaron. Hoy sus descendientes han deplorado las formas anteriores de denominarlos y reivindican que se les llame “pueblos mayas” con lo cual reivindican su presencia actual. Lo contrario a todos aquellos que postulan, como Gloria Álvarez, que se extinguieron. Producto de un lapsus inconsciente, Álvarez llamó a la extinción simbólica de lo maya cuando lo proclamó extinto desde hace siglos. Realizó en el plano verbal lo que el neoliberalismo hace en los hechos con sus políticas etnocidas. Podemos percatarnos entonces, que detrás de la bella comunicadora no hay más que la reacción neoliberal. No era primera vez que la referida politóloga hacía el ridículo con su ignorancia. En 2015 respondiendo a una solicitud de un seguidor de su twitter sobre una recomendación de lectura, le expresó que debería leer “La patria del criollo” de Francisco Pérez de Antón (un respetable escritor de derecha). Con todo respeto se puede decir que un cientista social guatemalteco que no sepa que dicho libro fue escrito por mi maestro y amigo Severo Martínez Peláez, evidencia graves fallas en su formación académica. Por cierto Severo terminó sus días en Puebla y en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego” de la BUAP.

Álvarez se volvió una figura mediática desde que se difundió en 2014 un video en el que pronunciaba un discurso contra el “populismo” en el Parlamento Iberoamericano de la Juventud en Zaragoza, España. Desde entonces ha realizado giras por Hispanoamérica denunciándolo. Detrás del bello rostro de una mujer atractiva, en realidad no se encuentra mucha sustancia. Álvarez en su discurso se limita a difundir el uso neoliberal de la categoría de populismo, equiparando dicha forma estatal y social a gasto irresponsable del erario público, promesas imposibles que aprovechan la miseria de la gente y con ello lograr imponer dictaduras. El populismo según ella atenta contra la vida, la libertad y la propiedad privada. En la presentación de su libro en el Salón Paraninfo dijo desenfadadamente que el populismo no era una ideología ni una forma de gobierno sino “un mecanismo de manipulación psicológica”.

De la misma manera en que en la época de la guerra fría, el “comunismo” se volvió la bestia negra con la que se estigmatizó a la protesta social y a la lucha por la democracia, hoy el uso neoliberal de la categoría populismo realiza la misma vieja operación: construye un enemigo y en nombre de la libertad y la democracia llama a destruirlo. De la misma manera en que antaño el anticomunismo vio comunistas en los que lo eran, pero también en demócrata cristianos, socialdemócratas, nacionalistas y procedió a eliminarlos, hoy Álvarez advierte que el “populismo” ha infiltrado a todas las ideologías. Y llama a su “eliminación tecnológica”. Hay en este discurso un atavismo anticomunista que solamente sustituye la denominación “comunismo” por “populismo” y se convierte más que en ciencia social en mera ideología reaccionaria. En la presentación de su libro realizó la consabida operación neoliberal de volver a la categoría de populismo en una suerte de cajón de sastre en el que se encuentran tanto Lula, Néstor Kirchner, Pablo Iglesias, Rafael Correa, Hugo Chávez, Evo Morales como Fidel Castro y Donald J. Trump… Y es que para ella, el populismo no fue sino la máscara que se inventó el comunismo (Fidel Castro) después del derrumbe soviético.

En sustancia el discurso supuestamente académico de Gloria Álvarez no es sino una mezcla de fanatismo de mercado (al gobierno hay que reducirlo a seguridad y justicia) y recomendaciones dulzarronas de superación personal (la solución está en cada uno de nosotros). Su contenido reaccionario se evidencia en dos síntomas inconfundibles: 1. Convierte lo que es social en natural (pobreza, desigualdad y maldad humana son para ella condiciones naturales del ser humano). 2. Postula que la derecha y la izquierda no existen. Sobre esto último siempre recuerdo lo que le escuché alguna vez a Ludolfo Paramio, el ideólogo socialdemócrata español: “cada vez que escucho que alguien dice que no existen ni la derecha ni la izquierda, pienso que ese alguien es de derecha”.



Así las cosas, siguiendo los usos y costumbres académicos, un grupo de estudiantes del doctorado de sociología, el Dr. Giuseppe Lo Brutto y yo dispusimos asistir a la presentación del referido libro de Gloria Álvarez. Y acostumbrados como estamos a lo que se estila en la BUAP, después de la conferencia el Dr. Lo Brutto y yo hicimos uso de la palabra para rebatir las superficialidades de la expositora. La mayor parte del público eran estudiantes de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP) que no habían podido escuchar a la señora Álvarez porque un retraso en su movilización desde la ciudad de México le había impedido llegar a la conferencia que tenía planeada en dicha universidad a las 13 horas. También pudimos identificar personas vinculadas a grupos ultraderechistas así como a ciudadanos y ciudadanas venezolanas. En suma, un grupo de personas fanatizadas a los cuales les resultó irritante el que expusiéramos ideas distintas a las de la expositora. Cuando hicimos uso de la palabra fuimos vejados e insultados a gritos por ese público que se transformó en una turba que nos acusaba violentamente de chavistas mientras hicimos uso de la palabra. Gritaban consignas contra lo que llamaban la dictadura de Chávez y Maduro y de manera rabiosa nos pidieron que nos calláramos. Al expresarles que respetaran el recinto y nuestra casa de estudios respondieron a gritos que para ellos ese lugar no significaba nada y que era igual a un bar. El incidente fue registrado en un video difundido por la propia Gloria Álvarez, aunque dos horas después le habían suprimido la parte en la que Giuseppe y yo fuimos agredidos. Al final tuvimos que retirarnos del auditorio escoltados por personal de la Dirección de Apoyo y Seguridad Universitaria (DASU) porque temimos por nuestra integridad física. En suma, vivimos hoy una repetición de un fanatismo que nos recordó las virulentas acciones de los golpeadores del Frente Universitario Anticomunista (FUA) en las décadas de los sesenta y los setenta del siglo pasado.

La BUAP hace bien en ser un espacio que cobije a todas las ideologías. Pero resulta sumamente discutible que rente sus espacios emblemáticos a disertantes de muy bajo nivel académico y a grupos intolerantes que además nos insultan en nuestra propia casa. Resulta ultrajante que rente espacios como el Salón Paraninfo que son simbólicos representativos de nuestra casa de estudios. Pero todavía resulta más ultrajante que los rente en nombre de una supuesta tolerancia, a grupos de fanáticos que pregonan de manera violenta la intolerancia.

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