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17 Enero 2022, Puebla, México.

Graciela Calderón Díaz-Barriga, una historia de vida de la botánica mexicana

Naturaleza y sociedad /Universidades | Crónica | 12.ENE.2022

Graciela Calderón Díaz-Barriga, una historia de vida de la botánica mexicana

Colaborador invitado

 

Mundo Nuestro. Este texto narra la historia de vida de la científica mexicana Graciela Calderón Diáz-Barriga, fallecida apenas el día 2 de enero pasado. Fue publicado originalmente en el portal digital Biodiversidad Mexicana, producida por la Comisión Nacional para el Conocimiento y Conservación de la Biodiversidad en México (CONABIO), en el que se presenta a manera de relatos autobiográficos una serie sobre los personajes que han formado la vitalísima historia de la biología y la botánica en nuestro país. 

 

Texto construído con la Contribución de Rosa María Murillo, Sergio Zamudio, Griselda Benitez y Alicia Mastretta

 

Biodiversidad y Sistemática: Doctorado Honoris Causa en la UAM a la maestra Graciela  Calderón

Graciela Calderón Díaz-Barriga (1931-2002)

 

Nací en Salvatierra, Guanajuato, el 14 de julio de 1931. Mis padres fueron Don Rafael Calderón Zamudio y Doña Carmen Díaz-Barriga Aguilar, fui la menor de cinco hijos. Mis padres siempre fueron muy estrictos, mi papá era enérgico, algo exigente, ya después cuando crecí se “volvió muy facilito”. Esto seguramente orientó mi vida académicamente. Cursé mi educación primaria en mi ciudad natal. Viví ahí hasta que cumplí los 9 años, cuando junto con mi familia nos fuimos a vivir a la Ciudad de México en 1940 en busca de mejores oportunidades de educación para los hijos. 

Después de cursar la Vocacional en el área de Estudios Médico-Biológicos, entre 1947 y 1948, ingresé en 1949 a la carrera de Biología en la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas (ENCB) del Instituto Politécnico Nacional. En la Escuela de Ciencias Biológicas, Biología era muy popular en aquellos años, no me acuerdo de que circunstancia me hizo tomar la decisión de ser Bióloga. Pero mi gusto por los animales seguramente influyó y dio paso a la botánica. Era tan buena estudiante que, aunque faltaban dos años para titularme, ya impartía clases en la ENCB. Fue ahí donde también conocí a mi esposo el también botánico Jerzy Rzedowski, fue en el segundo año de la carrera cuando coincidimos en el mismo turno, estudiábamos juntos Zoología.

En 1954 él se tituló, y recibió una invitación para trabajar en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP). Nos casamos en julio de ese mismo año y nos mudamos a San Luis Potosí. ¡Qué mejor luna de miel que explorar los alrededores desérticos de la ciudad! Me enamoré tanto de esta vegetación, que decidí que mi tesis profesional sería “La vegetación del valle de San Luis Potosí”, dirigida por el Dr. Federico Bonet, quien también había asesorado a mi esposo. 

Mejor conocida como “maestra Chela” entre mis alumnos y colegas, fui una de las personas más importantes para la botánica en México. Recorrí buena parte del país, pero mis estudios se enfocaron en la flora y vegetación de San Luis Potosí, del Valle de México y del Bajío y sus alrededores. Mi libro “Flora fanerogámica del Valle de México” y la serie de fascículos de la Flora del Bajío y sus alrededores son dos de las obras más importantes sobre la botánica del centro de México que existen ahora para la docencia y la investigación. Como tributo a mi tierra natal estudié las malezas de Salvatierra, Guanajuato y como resultado escribí un libro.

 

Nuestra llegada a la UASLP cambió la historia de la botánica en el estado. Juntos fundamos la primera dependencia científica de la universidad: el Instituto de Investigación de Zonas Desérticas (IIZD). Sin embargo, el financiamiento de nuestro trabajo era precario, pues sólo Jerzy recibía salario, aunque ambos realizábamos investigación. Además, su salario era tan pequeño que la UNAM tuvo que ofrecerle un complemento. No teníamos presupuesto para nada más. Las exploraciones botánicas las realizamos en transporte público o en el automóvil que mi familia nos regaló, y a veces la Secretaría de Agricultura y Ganadería nos prestaba un vehículo. Tres años después, en 1957 la UNAM nos prestó, y finalmente donó, un jeep que había sido utilizado en la construcción de Ciudad Universitaria... 

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