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25 Mayo 2022, Puebla, México.

Engrillados por un dedo de muerto en Atlixco

Cultura /Sociedad | Crónica | 19.ABR.2022

Engrillados por un dedo de muerto en Atlixco

Samantha Páez Guzmán

Una corona de espinas remata sus cabezas. Cargados de cadenas, descalzos, sin más que un calzón oscuro por vestimenta, con espinas de monte clavadas en piernas y brazos, se cubren el rostro con un paño negro. Chupan limones para aliviar la sed del medio día.

Son los Engrillados del Viernes Santo en Atlixco, Puebla. Esta es la historia del primero de ellos, victima de su propio hechizo.

 

Foto de Samantha Páez Guzmán.

 

 

 

El Becerro

José Muñoz Ariza fue el hombre que inició hace más de cien años con esta tradición, en el ex convento de San Francisco. En ese entonces, cuando Atlixco era una comunidad pequeña de calles empedradas, boticas, tendejones y pulquerías por doquier, los Engrillados sólo daban vueltas en el atrio del convento. Ahora la procesión recorre las calles principales del centro de la ciudad de Atlixco, en Puebla.

José Muñoz Ariza se distinguía de todos los hombres de Huaquechula: era blanco, rubio y de ojos verdes. Tenía una complexión robusta y el rostro cacarizo. Le decían “El Becerro”. Los nietos de José dicen que su abuelo salió así porque su bisabuela era una indígena que fue violada por un francés durante la invasión de 1862.

De oficio panadero, y muy hábil, su especialidad eran las hojaldras. Los vecinos cuentan que además le gustaba jugar cartas, era muy tomador y pachanguero, fumaba únicamente cigarros Delicados. Muchos de sus colegas panaderos lo recuerdan como buena persona. Pero José también era muy aficionado a las mujeres. Se había encaprichado con una muchacha, aunque tenía suerte en el amor, en esta ocasión no fue suficiente. Por eso recurrió a un hechizo para que la joven le hiciera caso. Los nietos aseguran que no funcionó, los vecinos y conocidos dicen que sí dio resultado.

José se casó con Lucrecia Cruz, unos dicen que el hechizo fue para que ella le correspondiera. Tuvieron cuatro hijas: Beatriz, Asunción, Magdalena y Teresa. Y un hijo, Nicolás, que también era mujeriego y tomador: lo mataron en una cantina cuando tenía unos 22 años. Todos ellos eran conocidos como “la familia Becerra” por el apodo de José.

No era muy creyente, pero José prometió que por 50 años consecutivos se colocaría cadenas cruzadas en el pecho y una corona de espinas en la cabeza, llenaría su cuerpo con espinas del monte o huisoche y daría vueltas descalzo en el atrio del exconvento de San Francisco, para recibir el perdón por el hechizo.

 

El hechizo

 

Los nietos de José Muñoz y los vecinos dicen que se robó el dedo de un muerto para hacer el hechizo de amor. Pero, Jaime Garcés Quit, amigo y sucesor de la tradición de los Engrillados, cuenta que fue para robarle un anillo.

José habría usado los huesos y tierra de panteón para el hechizo. Tenía que ser un muerto reciente, uno que no tuviera muchos días. Debía robar el dedo anular de la mano izquierda -lugar donde se colocan los anillos de boda-, realizar unas oraciones de magia negra y salir del panteón sin voltear.

Ahora se sabe que esta acción de José tiene antecedentes coloniales. Hace unos tres años, uno investigador encontró en uno de los mil 773 volúmenes del Fondo Inquisición en la ciudad de México, un amuleto de amor: un colibrí y un trozo de madera envueltos en un papel. Otra de las prácticas mencionadas era ir al cementerio a recolectar huesos de muerto, los que le atraerían fortuna en el juego y con las mujeres.

Con el dedo del muerto, José -que entonces tendría 19 años- se hizo un amuleto colocándole unas cintas de color rojo. Dice la leyenda que justo atrás del exconvento de San Francisco estaba la calle de las brujas, pero la bruja que el enamorado consultó omitió advertirle que no lo perdiera.

Sin saber esto, José se deshizo del dedo. Los nietos afirman que como la muchacha nunca se casó con él, echó el dedo del muerto al horno de pan que tenía en su casa. Los vecinos afirman que sí funcionó, pero que perdió el dedo en una borrachera o que sus amigos, para hacerle una broma, lo echaron al horno.

 

El muerto

 

Ya sea por el hechizo o por un robo, las historias coinciden en algo: cuando José Muñoz perdió el dedo del muerto, vino el martirio.

Una versión dice que la noche siguiente de perder el dedo, el muerto se le apareció como una sombra, pidiéndole que se lo devolviera. Al principio suplicaba y no lo dejaba dormir por la noche –aunque a veces también llegaba durante el día-, pero después reclamó a golpes en la puerta y lo perseguía por las calles.

En el vecindario era común ver a José Muñoz correr en las calles gritando. A veces lo veían dar vueltas en el aire y caer de manera estrepitosa, como si algo o alguien lo arrojara. Otras tantas una pared imaginaria, transparente o fantasmal frenaba su huida.

Uno de los nietos era un niño cuando lo escuchó gritar como un loco en la parte de atrás de la casa. José gritaba: “Me está pegando el muerto, me está pegando el muerto”. Su abuelo estaba solo y para que no se asustara le dijeron que estaba borracho, pero José no tomaba desde hacía mucho.

En su desesperación, José Muñoz, El Becerro, fue a ver al párroco del lugar para que lo ayudara. El sacerdote le dio una estampa y un cordón de San Francisco para que se defendiera. Así fue que por las noches se veía a José peleándose con alguien invisible para los demás, muchas veces terminaba tendido en el patio trasero de su casa.

Hay otra versión que dice que José se enfrentaba con el muerto en la bodega de la panadería donde trabajaba: el “Sagrado Corazón de Jesús”, ubicada sobre la calle 9 sur. Algunos dicen que el pleito con el muerto fue por dinero, incluso, hubo quienes fueron a buscarlo a lugar donde vivía.

 

La casa

 

La casa donde vivió José Muñoz tiene el número 2 y está sobre la calzada 16 de Septiembre, que sube hacia el cerro de San Miguel, allí donde se hace el ritual del Huey Atlixcáyotl. Durante años estuvo pintada de verde, la hierba crecía en su interior y no tenía techo o muros interiores. La familia de José decidió venderla después de que él muriera.

 

Foto de Samantha Páez Guzmán.

 

La gente dice que la casa tiene una maldición, que trae la desgracia. Cuentan que fue comprada hace mucho tiempo por una pareja. Mientras el esposo se fue a Nueva York, Estados Unidos, para juntar dinero y terminar de pagarla, la esposa se quedó en Atlixco y estando el marido lejos, le fue infiel varias veces. Cuando el esposo se enteró, ya no quiso regresar: la casa cayó en el abandono.

Para 2018 llegó una nueva familia a habitarla, no sabían nada de la historia de José, del muerto o de la maldición. Renovaron la casa, construyeron paredes de bloque y materiales modernos, levantaron los techos. En los 15 días que llevaban viviendo allí no habían pasado algo extraordinario.

Si bien la casa está a las faldas del cerro de San Miguel, se dice que más arriba está la calle de las brujas, donde mujeres y hombres practicaban la hechicería, para después aventarse al vacío desde la cima del cerro y bajar en forma de bolas de fuego.

 

La penitencia

 

José Muñoz empezó a engrillarse a los 30 años de edad. Era el inicio del siglo XX. Su nieto cuenta que José se tranquilizaba después de engrillarse: el muerto lo dejaba en paz, pero conforme pasaban los meses el tormento volvía y pocos días antes del siguiente Viernes Santo volvía a gritar y a pelear.

El Becerro se engrilló por 54 años, cuatro más de lo que había prometido. Después, como su cuerpo no podía cargar las cadenas gruesas que normalmente se ponía y tampoco caminaba por la ceguera, José se colocaba las espinas en la piel, las cadenas en el cuerpo y se sentaban afuera de su casa.

Aunque no dejó de engrillarse casi hasta el día de su muerte, varias personas dicen haber visto a José ya muy grande de edad con cicatrices y moretones en la cara: el muerto seguía atormentándolo.

No se sabe por qué José no le permitió sus nietos engrillarse, sólo a unos parientes lejanos. El heredero de la tradición fue Jaime Garcés Quit, a quien José conoció de muy joven: a sus 18 primaveras. El mismo año que se conocieron, Jaime se engrilló por primera vez y pudieron hacerlo juntos por diez años.

José, el primer engrillado, murió a los 90 años después de tres meses de agonía. La familia la prendió un cirio Pascual para que pudiera irse en calma: cuando el cirio se apagó, él dejó de respirar.

Para Jaime los motivos de José para engrillarse fueron distintos, aunque al inicio sí fue por remordimiento, después esa tradición lo acercó a dios.

 

 

Don Jaime

 

Jaime Garcés vivía en una vecindad cerca de las escaleras pequeñas que dan a la calle 9 Sur, muy cerca de la casa de José Muñoz.

Fue él quien le dio un significado más religioso a la tradición de los engrillados: la corona de espinas como la que llevó Jesucristo durante su pasión, las cadenas de metal en el pecho como la cruz de madera y el sufrimiento como parte del perdón de los pecados.

También promovió que fuera una manda o trueque religioso, donde se le pide un favor al santo o virgen de devoción a cambio de hacer una acción de fe. “Dios da, pero espera que tú te lo ganes", decía Jaime.

En 2017 fue el último año que Jaime organizó a los Engrillados, en ese entonces tenía 72 años y poco menos de medio siglo de organizar el ritual. Nombró ese año a su hija Alicia como presidenta del grupo de Engrillados de San Francisco.

Jaime falleció el 13 de abril de 2018, dos semanas después de que el Viernes Santo los Engrillados recorrieran las calles de Atlixco.

 

Nuevas generaciones

 

Foto de Samantha Páez Guzmán.

 

En la actualidad hay varios grupos de Engrillados en Atlixco y Huaquechula, no sólo los del convento de San Francisco. La mayoría de participantes son hombres jóvenes y con múltiples tatuajes en el cuerpo: cruces, vírgenes, santas muertes, calaveras y estrellas; en la colonia Altavista, en la iglesia Cristo Rey, también participan mujeres.

Ivón ha participado en al menos cinco ocasiones. La primera vez lo hizo porque su abuelita estaba muy enferma, entonces le prometió a Dios que si la ayudaba se engrillaría. Después, porque no podía embarazarse: el milagro se le cumplió al dar a luz a un niño.

La joven dice que es una forma de agradecer las bondades que se le han concedido y en su familia es una costumbre: su hermana fue la primera engrillada de Atlixco. Así que su madre no sólo la ha apoyado, sino que la acompaña cuando participa en las procesiones.

Este 2022, después de una suspensión de dos años por la pandemia por Covid-19, hubo menos participantes, quizás algunos no pudieron viajar desde Estados Unidos u otros estados del país. En San Francisco fue un evento cerrado al público: solo los acompañantes de los engrillados pudieron entrar. En otros lugares, como Altavista, sí hubo precesión, pero los engrillados tuvieron que usar cubrebocas.

 

Nota de la autora:

Este texto se basa en entrevistas con Jaime Garcés Quit del 3 de abril de 2015 y del 14 de abril de 2017; con Víctor Manuel González Muñoz y Jorge González Muñoz, nietos de José Muñoz, del 14 abril de 2017; con Jaime Guevara, del 30 de marzo de 2018; con Guillermo Molina Reyes y René Genis Domínguez, vecinos de José Muñoz, del 30 de marzo de 2018 y con Isidro Camarillo, amigo y vecino de José Muñoz, del 13 de abril de 2020.

También retoma datos del libro “Antología de Cuentos y Leyendas 2”, escrito por Guillermo Molina Reyes, de la página de Facebook El Engrillado de Atlixco y con información de Yessica Ayala.