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17 Abril 2024, Puebla, México.

Cómo reseñar el nuevo disco de los Rolling Stones. Dossier de la revista Sin Permiso

Cultura | Reseña | 7.OCT.2023

Cómo reseñar el nuevo disco de los Rolling Stones. Dossier de la revista Sin Permiso

Revista Sin Permiso. Fabrice Pliskin es periodista del semanario Le Nouvel Observateur, hoy L’Obs, letrista de canciones y autor de varias novelas.Arnaud Gonzague es periodista formado en el Institut Catholique de Paris, es redactor en jefe adjunto del L´Obs para la diversificación.

 

Cómo reseñar el nuevo disco de los Rolling Stones (sin enfadarse con Mick)

Fabrice Pliskin

 

Mick Jagger, Keith Richards y Ronnie Wood han presentado Angry, el “single” de su nuevo álbum, Hackney Diamonds, que saldrá a la venta el 20 de octubre. Y el crítico ya intuye que tendrá que hacer todo lo posible para no hundirse en la desesperación.

Se titula Angry y es el primer sencillo de Hackney Diamonds, el nuevo álbum de los Rolling Stones. A Bigger Bang, su último álbum de canciones originales, se remonta a Tony Blair. De eso hace ya dieciocho años. Y la indigencia cósmica de A Bigger Bang resulta aún más sorprendente si se tiene en cuenta que ese mismo año su coetáneo Paul McCartney publicó Chaos and Creation in the Backyard, un álbum estupendo y rico en hallazgos.

Nuestro reto: ¿cómo reseñar el nuevo disco de los Rolling Stones sin enfadarse con Mick?

¿Qué pensar de Angry, compuesta en Jamaica? Evidentemente, decir que Keith Richards se enfundó los calzones de Angus Young para despachar un “riff” de estadio a mazazos que tiene un falso aire a AC/DC sería un mal comienzo. Y señalar el lapsus egotista de Jagger durante la rueda de prensa del grupo en Londres ("Angry es el primer single de MI nuevo álbum...") supondría sin duda agravar su caso.

Primera precaución: no examinaremos si el último gran álbum del grupo data de la muerte de Fernandel (Sticky Fingers en 1971) o de la del Papa Pablo VI (Some Girls en 1978). Vale, digamos 1978, es decir, hace unos cuarenta años, o sea, el periodo que separa el Bolero de Ravel (1928) de Let It Bleed (1969).

Así que, desde 1978, desde que los Rolling Stones se han convertido en meros fantasmas de lo que fueron, reseñar un nuevo álbum de los Rolling Stones se ha convertido en un género en sí mismo. Es un arte de la evasión, un ejercicio de tacto y delicadeza, con sus propios rituales y tics, códigos y tropos, tropismos y automatismos.

Hubo un tiempo en que el crítico Philippe Manœuvre declaró, en tono de imprecador heroico: "Es medianoche, Doctor Jagger". Fue a propósito del disco Tatoo You, en 1981. Pero eso fue en otro siglo. Si era medianoche en 1981, ¿qué hora será en 2023? Ha pasado el tiempo de maldecir. Sería inútil arremeter contra Mick Jagger y Keith Richards, esos dos héroes de novela, que tienen respectivamente 80 y 79 años.

De ahora en adelante, el crítico/a sabe cómo recibir un nuevo álbum de los Rolling Stones. Es un(a) profesional. Con paciencia, moderación, disponibilidad, adaptabilidad, empatía, capacidad de escucha y diplomacia, hará todo lo que esté en su mano para ser positivo. Escuchando Hackney Diamonds, demostrará autocontrol en cualquier situación y sea cual sea el sentimiento de repulsión estética que experimente. Protocolario hasta la médula, se guardará para sí sus estados de ánimo. Evitará, por tanto, tachar a los Rolling Stones de inanidad sonora.

Su método: ya no castrar, sino "acompañar", como le gusta decir al Presidente de la República. Escribirá, teorema, que el nuevo disco, sin alcanzar los esplendores de antaño, sigue siendo mejor que el anterior.

Para borrar las pistas, para no mencionar los esqueletos del armario, recurrirá con bonhomía a consideraciones de carácter psicoafectivo, del estilo de "se nota que vuelven a disfrutar tocando juntos".

Con una exaltación de biólogo, alabará la longevidad de este grupo que "desafía al tiempo", como el celacanto, ese pez que existió hace 350 millones de años, antes de los dinosaurios.

Y, como con estos Rolling Celacantos no queda nada que celebrar ni que comer, celebrará, no su música (¿misión imposible?), sino la noble fidelidad que han demostrado a la música que aman desde que eran adolescentes. Decir “fidelidad” es la mejor manera que ha encontrado el crítico para evitar nombrar el desastre, numerar la matanza y gritar "¡caca!" en la noche obscura de su alma.

Auténtico...

Saludaremos, por tanto, con educada deferencia, que Jagger y Richards sean fieles a sus “raíces blues”. Porque las “raíces blues”, más allá de lo que toques, te legitiman como hombre. Sí, diremos "delta" para no decir "lambda". Como si la fidelidad a uno mismo fuera una cualidad estética en sí misma. Como si el lema de los Rolling Stones, amantes de los paraísos fiscales, fuera el de Luxemburgo: "Queremos seguir siendo lo que somos". Fieles. Como si Miss You, felonía disco y concesión a la moda dominante del momento, no fuera una gran canción. Como si Bob Dylan se hubiera suicidado abjurando de la guitarra acústica por la guitarra eléctrica.

No, ya no diremos que los Rolling Stones son irresistibles, extravagantes, funky, drogadictos, imbebibles, ridículos, misóginos, dionisíacos, satánicos o isabelinos. Diremos que son fieles, es decir, auténticos (“authentique”, la palabra más inauténtica y comercial de la lengua francesa). Hola "fidelidad". Adiós palinodias, adiós melodías. Adiós singles asesinos y otros You Can't Always Get What You Want: ahora, la deontología o la caridad humana nos dicta que digamos que los Rolling Stones perseveran gloriosamente en su ser. Y como ya no son "Rolling", es decir, conmovedores, mutantes, creativos, debemos alegrarnos de que sean "Stones", glorificar su petrificación y esforzarnos por construir nuestro entusiasmo sobre esta roca.

Este es el nuevo dogma de los críticos cuando glosan a los Rolling Stones: elogio de la esencia, de la constancia por la constancia, de la continuidad por la continuidad, de la tradición por la tradición. Idolatría del pseudo-back to basics. Vuelta a las fuentes, a los fundamentos. ¿Los Rolling Stones? Sí, he venido a su templo a adorar el eterno rock'n'roll. A falta de algo mejor, saludemos esta feliz revolución conservadora. Señalemos que el ideal de Jagger y Richards es envejecer como los viejos bluesmen que admiran, sin precisar que un viejo bluesman puede ser tan soso como la lluvia o tan aburrido como los Rolling Stones desde 1971 (¿o 1978?).

En 2021, Paul McCartney, que toca el bajo en un tema de Hackney Diamonds, resumió la situación con una frase tan injusta como sardónico: "¿Los Rolling Stones? Son una banda de versiones de blues". Es cierto que en 2016, la banda publicó Blue and Lonesome, un lúgubre álbum de versiones de blues, una purga patrimonial indigna de los poetas de Aftermath o Beggars Banquet.

Rock de bisutería

Por supuesto, no hay que prejuzgar la calidad de Hackney Diamonds sin haberlo escuchado. Y, en cumplimiento de su deber de civismo, el crítico se abstendrá de evocar, o sólo lo hará a modo de fingimiento, la enfermedad que corroe a los Rolling Stones desde la muerte de Fernandel o la del Papa Pablo VI: llamémosla síndrome del rock de bisutería.

El rock de imitación es rock automático, rock de relleno, donde una falsa energía chillona, un dinamismo vacío ocupan el lugar de la inspiración y la melodía. En A Bigger Bang no había más que eso.

Escuchemos It Won't Take Long o Rough Justice, que abren gloriosamente el álbum, como en su día Gimme Shelter abría gloriosamente Let It Bleed.

¿Un poco de arqueología?

Me parece que el falso rock apareció por primera vez en 1972, en Exile on Main St. con All Down the Line.

Le siguieron:

- Hand of Fate

- When the Whip Comes Down

- She's So Cold, que no debe confundirse con She Was Hot, otra canción de rock de bisutería.

Sin pretender ser exhaustivos, mencionemos también:

- Where the Boys Go

- Neighbours

- Wanna Hold You

- One Hit (to the Body)

- Fight (un modelo del género)

- Hold Back

- Had It With You

- Dirty Work        

- You Got Me Rocking

- Hold On to Your Hat (otro modelo del género), etc.

En los primeros tiempos, no había más de una o dos canciones de rock de bisutería en cada disco, y estaban escondidas en las profundidades del álbum. Luego el género proliferó y contaminó el resto. De ahí el enfermizo A Bigger Bang. A propósito de este disco, cuya mediocridad le había llevado sin duda a la desesperación, un crítico del New Musical Express se atrevía con esta máxima consoladora: "Un mundo con los Stones es mejor que un mundo sin ellos".

Lo mismo se puede decir del colinabo.

 

L´Obs, 6 de septiembre de 2023

 

El vídeo de los Stones: ¡pero sí es todo lo contrario al rock!

Arnaud Gonzague

 

No, el vídeo de Angry, el primer sencillo de Hackney Diamonds, el nuevo álbum de la banda británica que saldrá a la venta en octubre, no es ni bonito ni guay: es sólo un gran anuncio autocomplaciente.

Hay que escuchar y leer los comentarios sobre el vídeo de Angry, el primer sencillo del nuevo álbum de los Rolling Stones, Hackney Diamonds, que saldrá a la venta el 20 de octubre. Hay algo realmente embarazoso en él: todo el mundo parece pensar que es bonito y guay, porque "encarna realmente el rock" en una época que se ha olvidado de él. Piénsese que presenta a una guapa rubia (la actriz Sydney Sweeney) retorciéndose lánguidamente, con la lengua serpentina y gestos de harén, en un reluciente Mercedes rojo descapotable por una avenida californiana. Así es el rock. Chicas guapas, cuero, coches satánicos a toda velocidad por una highway.

En principio, ¿por qué no? Parafraseando (más o menos) a Alice Cooper, "la música rock no va de enviar mensajes políticos, va de hablarme de tu chica". Okay, Alice.

Pero hay un elemento anti-rock en el vídeo Angry, que constituye por otro lado el corazón mismo del clip: las vallas publicitarias en movimiento. Resumiendo para los que no lo hayan visto: a ambos lados de la avenida por la que circula el Mercedes antiguo, hay grandes vallas publicitarias en las que aparecen los Stones reproduciendo en “play-back” la canción. Y luego, ¡horror! El director (el francés François Rousselet) ha tenido la desastrosa idea de cubrir estas vallas publicitarias con una carretada de imágenes de archivo: los Stones en su época de conciertos en Hyde Park (tras la muerte de Brian Jones), en su época de Brown Sugar, en su época de Miss You, en su época de Start Me Up... Es bien sencillo, no es un clip, es una retrospectiva del INA [Institut National de l´Audiovisuel francés].

Suponemos que los guionistas de esta cosa pensaron: "A todo el mundo le gustará ver a Mick, Keith y los demás en sus representaciones del pasado". Y lo hacen con cucharón: y yo meto referencias a las portadas legendarias (Beggars Banquet, Some Girls, Exile On Main St....), y cada cuatro segundos meto la icónica lengua dibujada por John Pasche... Hay tantos guiños autoindulgentes que al final estás al borde de la epilepsia.

Nadie en la plantilla de los Stones parece recordar que el rock encarna la novedad, la modernidad, en definitiva, todo lo contrario del patrimonio. El rock es eso: un huracán que grita con la más terrible mala fe que los antiguos eran una nulidad y que hay que hacer tabla rasa de todo ese revoltijo.

Cuando esta gente llegó de improviso a mediados del siglo XX, no proclamaba más que Roll Over Beethoven (Chuck Berry, 1956), es decir, “Revuélvete en la tumba, Ludwig”. O Hope I Die Before I Get Old (The Who, 1965): "Espero diñarla antes de envejecer”. O Phony Beatlemania Has Bitten The Dust (The Clash, 1979): "Los fans de los Beatles apestan a cementerio"...

Sí, sí, lo sabemos: los Stones han llegado a las 80 primaveras y en 2023 ya no los escuchamos como en la época yé-yé. Se han convertido en las 'magdalenas', los 'peluches' de una época despreocupada, etcétera.

Pues bien, no estamos de acuerdo. Los verdaderos modernos no tienen derecho a ser autorreferenciales, al menos no en primer grado. Cuando Paul McCartney, en el vídeo de su canción Coming Up (1980), se disfraza de Beatle con el pelo cortado a tazón, tiene gracia. Cuando el fallecido David Bowie utilizó la foto de su mítico Heroes (1977) en la portada de su disco The Next Day (2013), ya era menos interesante. Pero este clip de los Stones no es más que un enjaulamiento en su propia mitología, que no es más que una lógica tranquilizadora y esperada, en definitiva, una lógica publicitaria.

¿Veremos mañana a Alain Delon volver a enfundarse sucesivamente su camiseta de A pleno sol (1960), su bigote de El gatopardo (1963) y su impermeable de El samurai (1967) a lo largo de 1 hora y 30 minutos? Sería triste. Ese es el efecto producido por Angry. No es cólera: es patético.

 

L´Obs, 7 de septiembre de 2023