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2 Marzo 2024, Puebla, México.

Patricio Pereyra y Jonathan Nolasco, dos víctimas de nuestra impericia / Sergio Mastretta

Sociedad | Opinión | 4.DIC.2023

Patricio Pereyra y Jonathan Nolasco, dos víctimas de nuestra impericia / Sergio Mastretta

Una escena para pensar la violencia cotidiana en Puebla. Y en la oportunidad perdida, una vez más, de comportarnos como una sociedad madura.

Lunes 27 de noviembre. Ya es de noche en una caseta de ingreso a los clústeres de Lomas de Angelópolis. Patricio Pereyra, de 17 años de edad, arremete a puñetazos contra otro muchacho, Jonathan Nolasco, de 19 años de edad, el empleado de seguridad a cargo de la caseta, quien retrocede hasta que ya solo vemos los golpes que lo aporrean una y otra vez.

“A mí no me vuelves a pegar”, escuchamos decir a Pereyra cuando ya lo contiene un hombre con casco testigo de la golpiza. Nunca veremos, sin embargo, que el empleado lo haya hecho.

“Hay cámaras”, dice Jonathan Nolasco, y lo repite como consigna defensiva una y otra vez.

En el lodazal que siguió en internet encuentro una perla:

“El dinero no hace a una persona más ni a una persona menos –dice en una entrevista Jonathan Nolasco--, yo creo que todos tenemos los mismos derechos.”

La sabiduría de su frase no encuentra eco en el comportamiento colectivo con el que como sociedad enfrentamos este caso. El hecho corrió como fuego en pastizal de marzo en medios de comunicación y redes sociales. Y ahora mismo, una semana después, es caso cerrado y olvidado. Y como ocurre siempre, el hecho nos pone ante el espejo de nuestras propias contradicciones y para Fuenteovejuna el caso es simple: hay un agresor, es un junior del Anáhuac, línchenlo.

No lo quiero dejar pasar como tantos otros eventos de la violencia que nos abruman: a la violencia de un muchacho le siguió un comportamiento en medios y redes sociales igualmente violento que impidió encontrar una salida racional y no el mero linchamiento sin más del agresor. Las instituciones tamaron la salida fácil: la universidad lo expulsa para acallar la indignación social; la fiscalía escurre el bulto y trata su violencia como la de un menor de edad; el papá es el avestruz que esconde la cabeza en el ahujero por el que saca a su  hijo del país. Ni el menor intento por enfrentar el hecho por las instituciones desde la posibilidad de una justicia solidaria y compasiva.  El arrepentimiento y la capacidad de asumir la responsabilidad personal no serán variables para encontrar alternativas de solución en la dimensión justa de lo sucedido.

¿Esta violencia colectiva y la impericia para enfrentar de manera racional un conflicto son ya parte de una dimensión asumida como inevitable y que achacamos a nuestra condición humana?

Recibí el fin de semana la crítica que realizan dos personas miembros de la comunidad estudiantil del Colegio Anáhuac del que fue expulsado sin mayor juicio días después de la agresión el joven Pereyra.

Una compañera de su clase describe lo acontecido en las redes sociales en los  días siguientes del suceso, cuando el video que lo revela se ha hecho viral y decenas de mensajes crucifican al agresor de la caseta de Lomas y claman venganza contra quien identifican como “el junior de la Anahuac”.

 “Patricio N, el nombre de un chico de 17 años del que todos hemos escuchado hablar durante el transcurso de la semana. Si bien sabemos que sus actos no fueron correctos en lo absoluto y que deben tener consecuencias, no encuentro la necesidad de difamar de tal forma tanta información de él y su familia, provocando que reciban una cantidad de amenazas abismal, tales como ‘Te vamos a estar esperando’, ‘Ya mejor suicídate’ o ‘ojalá te den tu merecido’, entre muchas otras.”

Una idea del extremo al que llegó esta violencia la encuentro en este cartel que aparece en un muro del propio Patricio Pereyra en Facebook:

A lo largo de la semana la radio y la prensa corren al parejo de las redes sociales y subrayan la condición social del agresor y su víctima, los antecedentes violenteos del padre y la madre del joven Pereyra y su pertenencia a una escuela de la élite poblana. Obliga este comportamiento colectivo a un análisis como el que me propone una madre de familia del propio colegio Anahuac, ella misma comunicadora:

“Si bien, no pretendo con esto cambiar la opinión de la sociedad, si lo hago con el objeto de invitar a mis colegas periodistas que seamos más objetivos y éticos en las noticias que compartimos, demos voz a quien realmente está sufriendo injusticias, en vez de casos como este, en el que el agresor está perfectamente identificado y ya se sigue el debido proceso y lo sucedido es una situación que no tiene mayores consecuencias para el agredido. No está en peligro su vida ni su integridad, y, por el contrario, Patricio, su familia y los estudiantes de la Anáhuac podrían ser objeto de algún ataque por parte de algún “hater”.”

Jonathan Nolasco, el joven guardia en la caseta del clúster de Lomas de Angelópolis fue víctima de una agresión de una persona que no repara en límite alguno. Cuánto de esta sociedad de impunes queda representada por él. Pero no vale el linchamiento sino la reflexión colectiva: ¿Por qué un muchacho de 17 años es capaz de perder así la cabeza? ¿Por qué no piensa en que los actos tienen consecuencias? ¿Qué lo conduce a tal violencia? ¿Por qué la misma respuesta irracional de centenares de personas que claman por un castigo físico a este agresor? ¿Por qué esta violencia de las palabras en la boca de todos?

La madre de familia ofrece esta reflexión sobre la situación del agresor:

“Este chico, reaccionó de muy mala manera ante un impulso que lo llevo a actuar de esta forma, y es más responsabilidad de sus padres que de él mismo, y es ahora la sociedad que le niega la oportunidad de ser alguien de provecho. Si bien el chico hasta hace poco no era el mejor estudiante, en este ciclo escolar estaba mejorando sus notas, tal vez empezaba a madurar y quería intentarlo. Me queda claro que la escuela lo expulsa por la presión social, todo México conoce su cara, su nombre, ¿quién le dará la oportunidad para que continúe con su formación académica?”

Y expone su compañera de clase:

“En lo personal considero que deberíamos enfocarnos en darles voz y hacer trending topic a temas como el de las miles de violaciones que ocurren a diario, secuestros, desapariciones o asesinatos y no a casos como el de Patricio, que si bien está mal no tiene por qué pagar tan caro por un error que todos podemos llegar a cometer. Si analizamos objetivamente lo sucedido, podemos llegar a la conclusión que lo que paso, no es algo novedoso, ya que día a día se pueden observar peleas y discusiones, y honestamente no entiendo por qué este caso es diferente a todos los demás. ¿Acaso es por el diferente nivel económico y clase social de los involucrados? ¿Por qué cuando esto sucede entre dos personas de la misma clase social no es trending topic? ¿Porque solo por ser alumnos de la Anáhuac son tachados de agresores? Así como fue una injusticia lo que tuvo que pasar el guardia de seguridad, también es una injusticia lo que está teniendo que pasar Patricio por un error que cometió, y que podría haber tenido otras soluciones fácilmente, sin la necesidad de difundir ni atacar de la forma en la que lo hicieron.”

Desde esta perspectiva, entonces, el agresor también acaba siendo víctima. Y siguiendo el pensamiento de Jonathan, su agresor también tiene derechos.

Violencia económica, política, social… Los expertos acaban por llamarla violencia estructural. En ese revuelo de variables analíticas, la palabra modernidad se disuelve en la barbarie. Y al parejo de todas las leyes y religiones, el progreso moral como síntesis civilizatoria se estrella contra la constatación de su fracaso. El hecho verdaderamente histórico, en el que una agresión a golpes es una gota simple en la tormenta que nos azota, es la probada capacidad que los mexicanos tenemos para matarnos unos a otros.

Jonathan Nolasco y Patricio Pereyra en el cruce de un clúster, en la frontera de la desigualdad social. El primero seguirá en su puesto de guardia de seguridad, con su salario mínimo y el futuro asegurado de precariedad; el segundo ha sido condenado, expulsado de la escuela y exilado por su padre en Estados Unidos. Lo que ocurra con ellos mañana no le importa a nadie. Ya, ahora mismo, los dos han dejado de ser noticia.