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15 Julio 2024, Puebla, México.

Mi aventura democrática en Tlatlauquitepec/ Ana Mastretta

Política | Crónica | 2.JUN.2024

Mi aventura democrática en Tlatlauquitepec/ Ana Mastretta

Entre si la democracia existe o no, entre si votar sirve de algo o no, en un acto de entusiasmo cívico, me levanto a las 5:00 de la mañana para votar en una casilla especial en Tlatlauquitepec, pueblo mágico de la Sierra Norte Poblana.  Estos meses he radicado en Zautla como colaboradora voluntaria del CESDER, Asociación civil enfocada en la educación rural y el trabajo comunitario. En mayo se me juntaron varios viajes a Puebla, y para no tener que trasladarme para votar en la ciudad de Puebla en mi casilla asignada, decido explorar más la sierra.

Para llegar a Tlatlauquitepec desde Zautla tomó dos combis, una a San Miguel Tenextatiloyan y otra a Tlatauqui pasando por Zaragoza. Desde san Miguel atisbo cómo uno de los cerros de comunidades cercanas se está incendiando, un humo blanco y abrazador circunda varias hectáreas. Es uno de los tantos incendios que ha habido en el país, en el estado y en esta sierra atravesada por una desoladora sequía. En la zona de Zautla las lluvias se esperan desde hace más de un mes, y apenas ha chispeado. Recuerdo con inmenso dolor el incendio al que se enfrentó el CESDER durante febrero en el cerro Cristo Rey.

La combi sigue su camino a Tlatlauquitepec y mientras nos acercamos cada vez se ven milpas más altas, quizás por riego o quizás por lluvias, son milpas rebosantes de vida pero que también se están secando. Las milpas en la zona de zautla son escazas y no pasan de unos cuantos centímetros cuando en estos meses de verano ya deberían tener la altura de mínimo un metro, como los niños que juegan en la plaza del pueblo y nos alegran la vida.

La combi sigue su camino y me sorprendo platicando con el chofer y animándolo a que vote. Yo, la más desencantada de mi voto; yo, que en toda esta temporada electoral casi no he pensado en el tema; yo, quien he odiado las elecciones, porque la música estruendosa de morena y el partido verde se escuchan en todo momento, desde el pueblo a la cabaña en pleno cerro, insistentes, como el granizo que aporrea los techos y que tanto temen los agricultores. Pero, como quien hace su tarea a última hora, esta semana no he pensado en otra cosa. Al fin y al cabo el voto es un derecho, un derecho que no siempre ha existido, un derecho por el que mucha gente dio su vida en México. Un derecho que mi abuela no tuvo al nacer, ni ninguna otra mujer de su generación. Mi abuela no podía votar cuando tenía mi edad, ni estar en la sierra por supuesto. Ella no tuvo el derecho al voto hasta sus 28 años en 1952, cuando se legaliza en México el sufragio femenino.

Aquí estoy hoy, a mis 25 años, con la libertad de moverme en combi por la sierra. Hago a un lado mi desencanto, mi frustración y mi miedo.  Tengo miedo, toda la semana he estado nerviosa, en 2018 voté por primera vez a mis 19 años y mi casilla en Puebla fue balaceada. Ese día fui a votar temprano y no me tocó la balacera vespertina, pero cuando me enteré pensé que era algo normal, no me di cuenta de la dimensión de la violencia electoral hasta días después. Aquí estoy hoy, desmañanada y con ánimos de conocer un lugar nuevo.

Llegamos a Tlatlauqui, el chofer de la combi me dice que quizás se anime a votar, cuando acabe sus cuatro corridas a San Miguel.

Me bajo y paseo un poquito por el pueblo mágico, por no decir que soy muy desubicada y me perdí. Ubico una casilla normal del pueblo, donde veo a un señor en silla de ruedas ir a votar, aunque lo tienen que cargar por las escaleras para que pueda acceder a la casilla. Después de caminar por hermosas calles llego al zócalo del pueblo, rebosante de árboles, palmas y una hermosa luz amarilla matinal. Una iglesia de la compañía de Jesús enmarca la fuente del Zócalo.

 

En una esquina encuentro la casilla especial, ¡con una gigantesca fila!

Me formo y me toca esperar acompañada del canto de las aves que viven en los árboles de la plaza. En la fila me pongo a platicar con la gente, conozco a paisanos de Puebla capital, a chilangos, gente de Huejotzingo, a un chavo del estado de México y a unos tabasqueños, por supuesto, simpatiquísimos. Andan de viaje en Tlatlauqui por la boda de un familiar y llegaron temprano a la casilla porque ya les ha pasado que en la Ciudad de México las casillas especiales se quedan sin boletas a las 9:00 de la mañana. Cívicos y desmañanados dicen que hay que votar porque si no votas no te puedes quejar. Juntos pasamos hora y media de fila, entretenidos con pláticas sobre los pueblos mágicos, cómo votar correctamente para que no anulen tu voto y las deseadas promociones y descuentos si enseñas tu dedo cívico.

 

Al llegar a la casilla doy mi INE y me dan boletas para presidencia, gobernador, senadores y diputados federales. Pongo mis tradicionales taches, deseo de todo corazón no arrepentirme, y deposito mis boletas en las urnas… sin saber si habrá valido la pena este esfuerzo. Me despido de los tabasqueños, observo la fila cada vez más grande y a los espectaculares cerros de Tlalauqui, en especial al icónico Cerro Cabeza Grande.

Camino por las calles del pueblo contenta por haber votado, aliviada de haber alcanzado una de las codiciadas mil boletas de casilla especial. Me siento a descansar en en Zócalo. Allí conozco a un señor de Zaragoza, quien también disfruta de su tarde dominical. Él me cuenta que está solo paseando en Tlatlauqui porque ya no le tiene que rendir cuentas a nadie. Tras su divorcio, su esposa e hijos le quitaron el habla y sus propiedades. Está pensando volver al gabacho, donde estuvo trece años trabajando en Michigan, hasta que lo deportaron. Le tocó estar ocho días en una cárcel de migrantes, hasta que encadenados a él y a demás paisanos los liberaron en Nuevo Laredo. Le platico que vine a votar y lo animo a ejercer su derecho, porque si se va para allá ya no va a poder hacerlo.

Después de un rato sigo caminando por el pueblo, desanimada. Me topo con una sucursal de la Zarza y me animo a preguntar si aquí también hay promoción de rebanada de pastel gratis. Enseño mi dedo cívico y me otorgan una rebanada de pastel de café con chocolate, en eso llegan siete oriundos del pueblo por su rebanada de pastel, cada uno con su café gratis del Oxxo. Felices de la vida disfrutan de su café y de su postre democrático.

Sigue mi paseo por el pueblo, me maravillan sus tejas antiguas, el convento franciscano y la vista de los imponentes cerros. Deseo poder volver pronto para conocer el puente colgante, las cuevas y cascadas. Antes de irme, le echo un último vistazo a la casilla, la fila está peor que en la mañana y llevan parados una hora: colapsó la laptop del INE. Estoy lista para volver a casa, a mi hogar serrano en el CESDER, donde me han recibido con los brazos abiertos, como llevan haciendo en 40 años con demás voluntarios, asesores y estudiantes. Le pago al chófer de la combi y resulta que es el mismo de la mañana, no ha parado ni un minuto; me pregunta si logré votar, le enseño mi exitoso pulgar cívico. En el regreso me voy muriendo de calor y observo a lo lejos el incendio en comunidades de la sierra, quisiera conocer mejor el territorio y poder nombrarlas.

A quien sea que gane la presidencia, sólo le pido políticas medioambientales radicales. En todo el país ha habido miles de incendios forestales y nos aproximamos al abismo del desastre. Yo sólo soy una artista, una maestra y una amante del mar de montaña con manantiales escondidos, la Sierra de Puebla. Yo solo sé que conocer este territorio vital y vulnerable me ha dado la más profunda alegría y plenitud, pero también devastadoras tristezas. Hoy me sostiene la esperanza de de ver a tanta gente entusiasmada por votar.