10 de Mayo/Tijuana 1968: La rebelión de las mujeres panistas

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Mundo Nuestro. 10 de Mayo de 1968 en Tijuana: el PRI convoca al concurso La Madre más Feliz. Y lo que se le viene encima es una rebelión encabezada por las mujeres panistas, que llevarán hasta la ciudad de México el descontento popular contra el fraude electoral. La clase media de la ciudad fronteriza le disputa con fiereza el poder al régimen autoritario. En junio de ese año llegan en autobús al Distrito Federal, y encuentran la efervescencia estudiantil. No las recibe Díaz Ordaz. Impenetrable y frío. Pero sí intercambian volantes con los mismísimos chamacos del Consejo General de Huelga.

Lilia Venegas, académica de la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia, en la ciudad de México, narra esta historia de las mujeres de Tijuana que enfrentaron al poder del PRI, 21 años antes de que finalmente el PAN le arrebatara el gobierno de Baja California en 1989.

Luego ha ocurrido lo que ha ocurrido.

Los procesos sociales se entienden mejor si se miran en el largo plazo. 1968 marcó a una generación. Y lo identificamos como un año parte aguas en la historia moderna de la nación. Y lo remitimos a la rebelión estudiantil. Pero eran muchos, y muy profundos los cambios que se producían en México. Y desde muchos ámbitos sociales y regionales se fincaron los cimientos del proceso de desmantelamiento del Estado autoritario que tuvo México a lo largo de setenta años del siglo XX.



Y en esas estamos todavía.

Con motivo del 10 de mayo, día de la madre y con base en entrevistas con mujeres panistas, narraremos aquí brevemente cómo actuaron las mujeres de Tijuana ante el mito del día de la madre, en la coyuntura electoral de junio de 1968, cuando el PAN se disputaba contra el PRI la alcaldía, con Luis Enrique Enciso Clark como candidato y con Jorge Rojana Ruelas como suplente.

1968: el año de los cambios.



1968 es un año paradigmático en razón de la concurrencia de numerosos movimientos estudiantiles que entonces tuvieron lugar por todo el mundo. Lo es también por las movilizaciones a favor de los derechos civiles en los Estados Unidos y el avance social implicado en el reconocimiento de la igualdad entre negros y blancos. Un saldo positivo que, sin embargo, suele opacar expedientes como el asesinato de Martin Luther King y el de Bob Kennedy. También se olvida con frecuencia, o tal vez simplemente no se sabe, hasta qué punto la sociedad ha cambiado desde entonces en aspectos que atañen a la moral social, las costumbres de la vida pública, el discurso frente y sobre las mujeres, y la intolerancia hacia a la oposición política, de derecha e izquierda, bajo las secuelas del macartismo y la guerra fría.

Mucho menos atención se ha otorgado, a su vez, a las movilizaciones por la defensa del voto y los conflictos postelectorales que, ya entonces, tenían lugar en diversas regiones del país. Tal es el caso de la protesta que organizaron, sobre todo las mujeres, en Tijuana frente a los resultados fraudulentos de la contienda electoral de junio de 1968.



Adolfo Christlieb Ibarrola, dirigente nacional del PAN en los años sesenta.



Las campañas.

El banderazo de inicio de la campaña electoral del PRI en Tijuana tuvo lugar el 14 de marzo, cuando los candidatos electos en una convención anterior rindieron protesta ante dos diputados federales que viajaron desde la capital, uno de ellos en representación de Alfonso Martínez Domínguez (presidente del Comité Nacional del PRI). Las notas y crónicas periodísticas destacan las críticas y las denuncias por la conformación de una planilla con candidatos de mala fama y “enviada desde el centro”; Salvador Rosas Magallón, por ejemplo, atizaba la indignación de sus adversarios políticos, encabezando así su colaboración periódica: “El dedazo es humillante para los miembros del PRI”.[1]

La inconformidad al interior del PRI por los mecanismos de asignación de candidatos trascendió y, como ocurre hasta la fecha, fue aprovechada por la oposición: los panistas tijuanenses invitaron a figurar como candidato a la presidencia municipal a Luis Enrique Enciso Clark, quien había sido militante del partido oficial por 29 años.[2] Aceptó contender contra el candidato del PRI, Dr. Santana Cobián. Entre los integrantes de la planilla del PAN figuraban también nombres de panistas bien conocidos por los tijuanenses, algunos, destacados activistas de la elección de 1959, como Ceferino Sánchez Hidalgo y Salvador Rosas Magallón.

La prensa local registró, desde el inicio, el desánimo que privó en la campaña del PRI. De uno de sus primeros actos decía: “...dicho sea en honor de la verdad, el mitin del PRI del pasado miércoles fue deslucido, frío y carente de emotividad...con rechifla para el presidente municipal”. Las señales de que podría tratarse de una elección realmente reñida motivaron a los priistas a emprender acciones como las visitas domiciliarias de los candidatos a vecinos de diversas colonias de Tijuana, durante las que se invitaba a participar en mítines programados. O los realizados en las “más populosas colonias proletarias” donde, de acuerdo con las crónicas, “los candidatos dialogaban con el pueblo”. Los panistas ironizaban al respecto, señalando que no hacían sus mítines en el centro de la ciudad por temor al ridículo de ser desairados. A pesar del intenso trabajo político realizado, parecía evidente que muchos de los votos no serían para el partido entonces en el poder. En la plaza de toros de Tijuana, por ejemplo, el público dedicó una rechifla a uno de sus candidatos quien, jocosamente, la agradeció. En contraste, un candidato del PAN también presente, recibió numerosas porras de adhesión[3].



[1] Noticias Diario de la Mañana, Tijuana, BC, viernes 1 de marzo de 1968.

[2] Una caricatura a propósito de esto representaba al PAN como una guapa dama y al PRI como un caballero seducido. Diario Noticias de la Mañana, Cartones por Reyes Apango, martes 26 de marzo de 1968.

[3] Noticias Diario de la Mañana, Tijuana BC, miércoles 10 de abril, 1968.



Moviliazación panista en Tijuana, años setenta.

La campaña del PAN, por su parte, arrancó el mismo día que la de su contrincante, celebrando una convención novedosa: se anunció en desplegado de plana completa que serían electos los candidatos de manera abierta y democrática en la vía pública, frente al local del PAN. Fueron triunfadores Luis Enrique Enciso Clark, Rosas Magallón, “conocidos hombres de empresa” y Susana Limón, dama de sociedad y esposa de un empresario. Una vez conformada la planilla, la campaña fue, al parecer, exitosa. Uno de los primeros mítines congregó a cerca de tres mil personas. La prensa le dio a la nota ocho columnas al tope y lo calificó de imponente, como a varios de los mítines que se celebraron a lo largo de los dos meses y medio que duraría la campaña.[1]Del siguiente mitin registró cuatro mil.[2]De un mitin posterior daba cuenta de cinco mil asistentes[3]. Fue entonces cuando para los priistas cobró importancia el voto femenino.


[1] Entrevista a Cecilia Barone, Tijuana, octubre de 1993.

[2] Las diputadas referidas son: Rosa María Ortiz de Castañeda y Guadalupe Calderón, (Gente, 16 de agosto, 1968).

[3] Entrevista con el Arquitecto Héctor Castellanos, Tijuana, 2001.

El 10 de mayo día la madre



Anuncios en la prensa de la época de los cincuenta.

En la disputa por los votos, las mujeres aparecieron como un grupo especialmente destacado y para obtenerlo recurrieron a una particular estrategia para la celebración del Día de las Madres, a menos de un mes de la jornada electoral. El Comité del PRI en Tijuana lanzó una convocatoria para establecer el primer concurso de La Madre más Feliz. De acuerdo con la Convocatoria[1], el jurado estaría integrado por el Presidente del Comité Municipal (...) y cuatro personas más. El primer premio, “...una Recámara (...) y la realización de su MAYOR DESEO viable de concederse en la limitación del tiempo que comprende las horas del día DIEZ DE MAYO DE 1968” se otorgaría a “...aquella (madre) cuyo deseo a juicio del Jurado establezca, al verse satisfecho, la mayor felicidad que una madre pueda tener, siendo este deseo el más vehemente y demás (sic) difícil realización, dada las condiciones morales, sociales y económicas de la concursante, en su papel de madre”. Los otros “NUEVE SEGUNDOS PREMIOS” consistirían en “objetos útiles para el hogar”. Todas las ganadoras, se explica, “se sujetarán al desarrollo del acto de LA MADRE MÁS FELIZ, en el lugar y tiempo que se les designe”. El noveno punto de las Bases añadía que “Las DIEZ MADRES FELICES ganadoras del Concurso, serán simbólicamente las representantes de TODAS las madres de Tijuana, para las que el Partido Revolucionario Institucional dedica este homenaje de gratitud...”. La entrega de premios tendría lugar en el Toreo de Tijuana, obviamente el diez de mayo, en el marco de un acto musical que se transmitiría por radio y televisión. [2] Este fue anunciado repetidamente en la prensa: “Grandiosa Lluvia de Estrellas En Honor de las Madrecitas Tijuanenses!!!”.

Al pie de las once “Bases” de la Convocatoria, bajo el título de Complementarias, se añaden un párrafo que, considero, vale la pena transcribir textualmente:

“Cada una de las Madres Mexicanas, residente en Tijuana, tiene el derecho de solicitar, lo que en el curso de su vida no ha podido conseguir o lo que en el momento presente representa su mayor y desinteresado anhelo: la libertad de un hijo preso, la curación de un hijo enfermo, la educación de uno de los hijos garantizada, la presencia de un hijo ausente que por dificultades económicas no pueda estar a su lado en este día, la máquina de coser, la estufa de gas, la muleta para el hijo lisiado, los anteojos para facilitar la lectura del viaje soñado a la Capital de México. El deseo no está limitado a ninguna restricción, de entre ellos será seleccionado el que más llene el emotivo sentimiento de la Madre y que al concederse satisfaga plenamente la condición de haber hecho a la triunfadora la MADRE MÁS FELIZ el DIEZ DE MAYO DE 1968 en Tijuana.

Una ama de casa feliz…

Pero las madres y sus hijos no querían estufas, su mayor anhelo era democracia. Y ese no podía otorgárselos en PRI.

El fraude y la caravana de mujeres.

Carátula del diario oficial en el que se decreta la anulación de la elección en tijuana.

El día de la elección, el 2 de junio, los panistas solicitaron de manera reiterada la intervención del gobernador, Raúl Sánchez Díaz, para impedir alteraciones en el proceso electoral, pero el mandatario estaba fuera de la ciudad. Las elecciones fueron pacíficas y ordenadas (según declaraciones oficiales) y en el conteo, el PAN llevaba ventaja sobre el PRI. El 8 de junio, los directivos del Comité Municipal determinaron, sin la presencia del PAN, suspender el cómputo de los votos y enviar la documentación al Congreso estatal. Días más tarde, la legislatura declaró nula la elección municipal de Tijuana con el argumento de que se habían comprobado irregularidades cometidas durante los comicios. De acuerdo con copias de las actas en manos de los panistas, los resultados favorecían a su planilla con 30 269 votos, contra 24 272 de los candidatos del PRI.

La respuesta de las autoridades electorales ante la protesta de los simpatizantes del PAN no fue la declaración de nulidad de los comicios y la repetición de las elecciones, como se esperaba.

En una asamblea en la que se discutían las posibles acciones a seguir, Cecilia Barone de Castellanos, esposa del presidente municipal del PAN en el momento, sugirió que se formara una caravana de mujeres que viajaría hasta la ciudad de México para entrevistarse con el presidente Díaz Ordaz. La propuesta pareció descabellada a buena parte de los asistentes, pero cedieron ante la presión y el entusiasmo que ellas manifestaron. El reportaje del viaje publicado en la revista Gente destacaba este episodio con el subtítulo: “Los panistas de Baja california son capaces de derrotar al PRI; pero no a sus propias esposas”.

Mujeres por la Democracia, nombre del grupo de mujeres que realizaron este recorrido, envió un memorándum a la ciudad de México, solicitando la audiencia del Presidente de la República. La caravana partió rumbo a la capital del país el 13 de julio. Dice un testimonio:

“Nuestro viaje lo realizamos en un camión rentado, bajo la coordinación de Cecilia Barone de Castellanos (...). Para todas las que viajamos resultó una gran experiencia, porque tuvimos oportunidad de poner a prueba nuestra decisión y valor. A pesar de todos los contratiempos, gozábamos y nos divertíamos, sobre todo cuando nos percatábamos de que para algunas personas no era nada agradable tropezarse con 45 mujeres de espíritu combativo, luchando por superar todos los obstáculos y dispuestas a lograr nuestro objetivo. (...) En el camino nos deteníamos frecuentemente para distribuir propaganda, organizar mítines o manifestaciones; éramos la admiración de cuantos nos veían pasar. El camión estaba totalmente tapizado de propaganda del PAN. Con frecuencia nos detenía la policía, permaneciendo siempre vigiladas, pero no lograron amedrentarnos. Nuestro ánimo y nuestra alegría nunca decayeron.” (Sánchez, 1996, 274)

A la distancia, una caravana por la defensa del voto puede parecer algo más bien cotidiano, pero en aquellos años el asunto no parece haber sido frecuente y mucho menos si ésta era formada exclusivamente por mujeres, con excepción del conductor y el reportero que decidió acompañarlas. En el trayecto de casi 3 mil kilómetros repartieron 500 mil “manifiestos” y realizaron varios mítines relámpago. El norte de Sonora las recibió bien, pero en Hermosillo la policía estatal impidió el paso del autobús, por lo que decidieron llegar a la plaza principal de la ciudad a pie, acción que tuvieron que repetir en Guaymas: con el equipo de sonido portátil al hombro y repartiendo volantes para aprovechar la caminata.

La caravana de mujeres en la ciudad de México y los estudiantes

Verano de 1968 en la ciudad de México.

Cuando llegaron a la ciudad de México, las panistas convocaron a una conferencia de prensa: ese mismo día (17 de julio) recibieron una llamada citándolas para la entrevista con el presidente. Pese a la advertencia de Christlieb Ibarrola de que podía tratarse de una jugada política para alejarlas de la prensa, ellas asistieron a Palacio Nacional. En efecto, no había tal cita y Díaz Ordaz no las recibió. La esposa del presidente nacional del PAN, Hilda Morales, solicitó una entrevista con el presidente con la intención de que las mujeres de Tijuana pudieran cumplir con el principal sentido de su viaje; las panistas, por su parte, dirigieron un telegrama más pidiendo, de nueva cuenta, la entrevista. La respuesta llegó a la esposa de Christlieb Ibarrola y firmada por Joaquín Cisneros, secretario particular del presidente: pedía que se informara de las peticiones concretas, subrayando que debía tratarse de aspectos de la incumbencia directa del cargo del ejecutivo. Las mujeres de la caravana se indignaron profundamente, ya que al menos en tres ocasiones habían hecho explícito su objetivo: “...que el Presidente interponga su influencia personal y política para que se convoque a nuevas elecciones en Baja California” (Arce, 1968, 10). Así, ellas interpretaron esta respuesta como una negativa. Su estancia en la capital de la República, en todo caso, no fue considerada por ellas como infructuosa: dieron a conocer la realidad electoral del estado más lejano del centro e intercambiaron volantes con los jóvenes del Consejo General de Huelga que, en esos días, iniciaban su movilización: “...nos fueron a ver los muchachos porque realmente nosotros íbamos a defender algo legítimo (...) nosotros lo único que pedíamos era el respeto a la voluntad del pueblo...” [1]

Como provocación algunas diputadas del PRI declararon que las panistas: “realizaron un placentero weekend en la ciudad de México, visitando centros nocturnos y espectáculos de lujo”[2]

El retorno de la caravana a Tijuana

A su regreso y durante un mes los y las panistas organizaron “marchas mudas” en señal de protesta, “a veces con velas o con antorchas, sólo se escuchaba el golpe de los tacones...”[3]; decidieron suspenderlas cuando el número de asistentes empezó a decaer. No obstante, los guionistas de este episodio decidieron que el final tendría que ser otro: Cecilia Barone propuso a su esposo que un contingente del PAN participara en un desfile, no en el del 16 de septiembre por su carácter militar, pero sí en el del 20 de noviembre, tradicionalmente deportivo. Decoraron un carro alegórico con la imagen de Francisco I Madero “representando a la democracia”, acompañado por unas treinta jovencitas arregladísimas (“buscamos a las más atractivas”, cuenta Castellanos) que debían desfilar, de acuerdo con el permiso del presidente municipal, al final del contingente. Con todo, y a pesar de la apariencia inofensiva y casi festiva de la representación, ésta no pudo llevarse a cabo en santa paz. El carro con Francisco I. Madero y las niñas fue bloqueado por el ejército. Castellanos y Rosas Magallón fueron llevados a la cárcel, trás una riña con un militar. Estuvo a punto de ocurrir una desgracia mayor, cuando Castellanos, liberado media hora más tarde, encabezó a un grupo de panistas dispuestos a avanzar, a pesar de la orden del ejército de no hacerlo, para llegar hasta donde se encontraba el carro alegórico detenido. En tanto, las jovencitas y sus acompañantes recibieron agresiones de parte de soldados, a lo que respondieron con un ingenioso mecanismo de defensa: entonaban el Himno Nacional, lo que hacía detenerse a los soldados y tomar posición de respeto; pero paraban de cantar y se reiniciaba la gresca.

La movilización social reseñada parece encontrarse a medio camino entre los movimientos sociales tradicionales, por su marcado carácter instrumental (con objetivos orientados a la obtención de cierta meta) y los “nuevos movimientos sociales”, donde parece clara la intención de producir un efecto visible en las instituciones sociales, actuando como un desafío simbólico, que incluye al 10 de mayo, y señalando una zona social problemática: el proceso de selección y elección de sus representantes políticos. Las mujeres que protestaban contra el fraude electoral, dejando a sus maridos e hijos para irrumpir en el corazón del poder político, se rebelan contra el código cultural dominante de aquellos años, al tiempo que des localizan el foco tradicional de control político y de la represión. El recorrido por el país contaba, sin duda, con el efecto dramático de su acción colectiva en una sociedad que vivía en 1968, pero aun no transgredía los valores y pautas de antes de ese mismo año. La caravana femenina, por lo demás, contribuyó, sin duda, a producir cierta innovación cultural, introduciendo nuevas formas de comportamiento que la sociedad fue asimilando e incorporando a las prácticas de la vida en la casa, el barrio y el partido.

Lilia Venegas, Investigadora del DEH, del INAH y miembro del Seminario de Historia Contemporánea.

[1] Noticias Diario de la Mañana, Tijuana, BC, lunes 25 de marzo de 1968.

[2] Noticias Diario de la Mañana, Tijuana, BC, lunes 8 de abril de 1968.

[3] Noticias Diario de la Mañana, Tijuana BC, lunes 22 de abril de 1968. De acuerdo con el arquitecto Castellanos, llegaron a reunir hasta 25 mil personas.

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Sobre el autor

Lilia Venegas

Lilia Venegas es nvestigadora titular de la Dirección de Estudios Históricos del INAH, licenciada en Economía por la UNAM, Maestría en Antropología Social en la ENAH, estudios de doctoranda de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.  Especialista en la historia de género en el siglo XX. Entre sus libros destacan: Lilia Venegas y Dalia Barrera, Testimonios de participación popular femenina en la defensa del voto, Ciudad Juárez, Chihuahua, 1982-1986, INAH, 1992. Y Lilia Venegas y Anna Fernández, La Flor más bella del ejido, Plaza y Valdés/INAH, 2002.