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14 Junio 2021, Puebla, México.

Jan Hendrix, bitácora de la fragilidad

Cultura | Ensayo | 9.MAR.2021

Jan Hendrix, bitácora de la fragilidad

Pedro Ángel Palou

¿Qué miramos entonces? En este Kiosco podemos de pronto, incluso, dejar de mirar. Dejar de ser.

Mundo Nuestro. Este texto de Pedro Ángel Palou  se publica con su autorización en la coyuntura del proyecto de remodelación del zócalo de SEDATU y el Ayuntamiento de Puebla, que pretende quitarlo de ahí. Es un texto escrito con motivo de la inauguración de la escultura en el año 2009 y formó parte del libro ‘Kiosko’, publicado por el Museo Amparo.

 

Kiosko. 2009Zócalo, Puebla de los Ángeles, Puebla, México.
Cilindro en aluminio recortado y horneado con pintura cerámica blanca.
6.00 x 4.80 x 4.80 m.

Jan Hendrix, una biografía

 

Pedro Ángel Palou

 

Para Ángeles, que nos sigue protegiendo

 

Kiosco o kionsque, o pavillon -el lugar del señor, su tienda en medio del jardín-, semejante a las alas de la mariposa: de allí nuestro pabellón (de caza, pero también de descanso). Gazebo -el lugar desde el que miro-; belvedere -el lugar de la bella vista-, todos son términos arquitectónicos que se refieren a edificios similares, puestos en parques, jardines y plazas. Los hay octagonales, redondos, poliédricos elevados -casi siempre-, donde la música se toca o se escucha la voz (en el zoco y en el zócalo, como en Puebla). En todos, prácticamente, hay techo, el cielo desaparece, la vista es una gran ventana por donde entra el espacio, lo visto, lo contemplado, lo encuadrado.

Jan Hendrix reinventó el kiosco -lugar de los periódicos, de las noticias, metafóricamente- en su homenaje a la filántropa poblana Ángeles Espinosa Yglesias. Reinventó su forma y su uso. El Kiosco de Hendrix es en realidad un cilindro compuesto de dos cuerpos que se hunden sin tocarse o es un follaje blanco, un trozo de invierno en medio de la verde espesura de los enormes laureles de la India. El gazebo de Hendrix es un lugar por el que los cuerpos -los otros- se vuelven naturaleza, es una mirada, un gaze, oblicuo: lo que vemos es el cielo, pues no tiene techo. El cielo es azul, pero es redondo, como el Sol. El cielo es un astro, el cielo es la metonimia del espacio que Hendrix ha cortado. Ese círculo al que accedemos sólo si miramos hacia arriba tiene algo de místico, es un corte, es un trauma -Traum en alemán es herida-, sangra de tan azul lágrimas de lluvia. Es cielo y es clepsidra, deja correr el tiempo.

El pabellón de Hendrix caza la realidad, la contiene porque la vuelve fragmentaria, nos la deja mirar en medio de la espesura. Las paredes de este curioso Kiosco no son transparentes, filtran en medio de la selva. Desde hace tiempo, Hendrix ha hecho de la maleza, de las hojas, del follaje parte de su materia plástica. Cansado del juego de la representación -su imposible ultrarrealismo- y también muy distanciado del arte meramente conceptual, que muchas veces es un membrete sin concepto y sin contenido incluso, Hendrix se ha ramificado, frondoso, en medio de un follaje visual que es -ya lo dije- metonimia -no metáfora-, corte, pliegue, fragmento, ruina.

Hay algo de kafkiano en este kiosco, no sólo las kas repetidas. Hay algo de laberinto, de juicio. Soy, allí/aquí dentro un Artista del Trapecio. Puedo caer, desaparecer del todo. Pulverizarme, fragmentarme infinitamente, como cada uno de los huecos del metal que lo forma.

El hueco no está vacío. He allí la gran lección de Jan Hendrix. El hueco no es una tumba, no es una nada. El hueco es otro significante, expuesto, abierto. El hueco es una puerta.

Es un lenguaje hecho de significantes -encadenados-, que se comunican con otros significantes. Hendrix sabe que no hay significado, de allí su genio. El arte del deseo -y de la ausencia- tiene algo de etéreo, de frágil.

En ocasiones cortina de metal que no aprisiona, sino que libera: a veces síntesis de la vastedad, el arte de Hendrix juega también con el tema de la finitud -se burla de la idea de in/finitud, se carcajea de la noción de totalidad-, casi siempre velo que devela al ocultar, Hendrix coquetea con la transparencia, nos hace preguntarnos una y otra vez no sólo que es lo que vemos, sino desde dónde -detrás de dónde- es que miramos.

Baobab de la memoria. Este Kiosco logra el sueño de Lernet-Holenia: estamos ya, vivimos ya, sólo entre las copas de los árboles, no queremos bajar a tierra. Las ramas son brazos, pero también son lianas. Los árboles de Hendrix no están plantados, caminan, se mueven, nada los detiene. No se trata de un espejo de agua, se trata de un espejo de hojas. Crepita. Hace crack, crack, con nuestras pisadas. Suena. Re/sueña.

En la red de cristal que la estrangula/el agua toma forma escribe Gorostiza en su Muerte sin fin para referirse a un vaso. Jan sabe con el poeta que la forma es el formante y quizá por eso se cuida de no aprisionar con sus muros. Nada dentro de su Kiosco se asienta, amolda y edifica, todo parece estar cambiando siempre: sea por la luz, sea por el contacto de lo humano, sea por el mismo paso del tiempo. Es como si asistiéramos, dentro o fuera del espacio a un nacimiento permanente, re/nacimiento, en el sentido de volver a ser sólo estando. Jan ha roto esculturalmente con toda metafísica.

Hay una larga tradición de intervenciones en los jardines públicos y privados que, curiosamente, es la que verdaderamente recordamos. De Bomarzo y las locuras del conde Orsini a las estatuas parlantes de Heidelberg que tanto impresionaron a Francis Yates en sus trabajos sobre el Renacimiento. De los laberintos ingleses al capricho de Gaudí. En ese cúmulo de obras que buscan modificar el paisaje se inscribe ahora el Kiosco de Jan Hendrix en el Zócalo de Puebla.

El paisaje natural, parecen decirnos todos ellos, nada tiene de natural: es una construcción humana. Pero el Kiosco de Hendrix es más aventurado aún, más lacaniano, si se me permite la expresión aquí: nos dice que todo paisaje es una construcción de la mirada. Toda mirada humana participa, interviene, performa en la naturaleza. Es la gran enseñanza de esta pieza blanca aparentemente arrojada por un vendaval en medio de la plaza pública: una enramada que nos libera en tanto nos hace conscientes de la materia de la que estamos hechos, el lenguaje.

Me voy a detener un poco en esto que comento, porque me parece central. Para lograr su reflexión sobre el paisaje, Hendrix se apropia de la naturaleza, la fragmenta y la suspende. Lo que provoca, entonces, es que el ojo que la contempla suspenda, también, sus convicciones sobre lo mirado y sobre sí mismo. Esto es fundamental: es el sujeto de la mirada lo que finalmente cuestiona esta obra que se pregunta quién mira -no sólo qué es lo que mira-, eliminando cierta creencia con el hecho de que es quien mira quien construye. Pero, ¿quién está dentro de ese quien, que afirma mirar? Nadie, el yo es otro, decía Rimbaud, y el verbo no podía estar mejor puesto, en tercera persona: es. Nunca dice Rimbaud: yo soy otro, porque lo que cuestiona es el mismo estatuto de ser. La conciencia y lo inconsciente son aquí -en este Kiosco- cuestionados radicalmente. Somos lenguaje, cadena de significantes sin otro significado que la reja natural que nos envuelve y que, curiosamente, nosotros mismos hemos performado, actuado o, mejor: ennactuado.

 

 

Y aquí hay otro hecho que cabe destacar: la temporalidad de una obra como la que nos ocupa. Se trata, verdaderamente, de un hecho artístico circular: nunca empieza y nunca termina, es una especie de cinta de Moebius o de infinito matemático. El tiempo así suspendido nos hace descreer de esa otra ilusión que vivimos entre el pasado y el futuro. Nada más claro después del Kiosco: vivimos en un presente perpetuo que se ennactúa una y otra vez, que empieza de nuevo, novedoso y distinto, aunque incorpore las experiencias previas, mis otras visitas a la obra, mis otras acciones preformativas allí dentro/fuera, en medio.

Desde el siglo XVIII, la idea de representar la naturaleza cobró una fuerza inusitada gracias a la botánica, a la taxonomía de Linneo y a la propia idea enciclopédica: el mundo podía contenerse dentro de un libro (aunque, como sabía Borges, el libro tendrá que ser infinito). Acto de cartografía perpetua, el ilustrador naturalista debía ser fiel a lo mirado. Proliferaron así también los libros sobre el método, sobre la correcta forma de interpretar lo visto y representarlo en la página. Un fragmento de las instrucciones de Gómez Ortega a los artistas de la Real Expedición Botánica dice así: “En sus trabajos deben limitarse a copiar la naturaleza con exactitud, especialmente las plantas sin procurar adornar o aumentar algo con su imaginación” y, más aún, siguen las instrucciones de Gómez Ortega:

 

[Los artistas] deben únicamente dibujar lo que ha sido precisamente determinado por los botánicos, y trabajar siempre bajo su supervisión, siguiendo obedientemente sus instrucciones, y tener especial cuidado en dibujar aquellas partes que el botánico pueda considerar importantes para el conocimiento y el reconocimiento de las plantas; y a veces, si es necesario, representar separadamente y en mayor tamaño estas partes.

 

Se trataba de utilizar la razón privilegiada, para iluminar, explicar, aclarar la realidad. Nada más ajeno ahora en el Kiosco de Hendrix que ese uso de la naturaleza. Aquí, al contrario, estamos dentro de la enramada: reconstituidos por lo que creemos mirar -aunque eso termine mirándonos significado, y que nos constituye al reconfigurarnos.

Y aquí vale la pena, también, cuestionarnos ya no sólo sobre la representación, sino sobre el arte como intervención, como performance, como acción. Performativo es para el filósofo del lenguaje J. L. Austin el acto de habla que hace hacer, que provoca acción. Las artes plásticas han abusado del término y muchas veces lo emplean para objetos visuales que no hacen nada ni hacen hacer nada. Intervenir un objeto, un fragmento de la realidad significado no busca hacerle decir otra cosa. ¿Qué es lo que dicen las cosas sino otras cosas? Hendrix lo sabe y utiliza el Kiosco para hacernos hacer, interviene y performa de verdad en la realidad. Sólo estando allí dentro o fuera -ensimismado o colectivizado por los otros que lo miran o que se miran mirándolo-, vemos la suprema utilidad del arte de Hendrix, que clarifica ensombreciéndonos con sus enramadas.

¿Qué miramos entonces?, ¿quién mira? En este Kiosco podemos de pronto, incluso, dejar de mirar. Dejar de ser. Dejar de ser quienes. Desvanecidos el yo y sus ilusiones, nos integramos a la naturaleza. En ese sentido el filosófico-, el arte de Hendrix es también compasivo. Es más que una estética una ética: la de la fragilidad, no sólo de lo que nos rodea.

La nuestra.

En turco köflk también puede ser folly (del inglés capricho). Extravagante objeto desprendido del espacio, inusual, que rompe la realidad, la rasga. Trazo, tracto, trauma. Fábrica del ingenio, máquina de los tiempos, kiosco. Dolmen de metal, que no de piedra, éste de Jan Hendrix que nos envuelve y nos desnuda, nos otorga otro cuerpo dentro/fuera de nuestro cuerpo.

Algo tiene, también, de melancólico -miedo y dolor sin una causa- este Kiosco. Allí, muchas veces, me he sentido plenamente solo. Verdaderamente solo. Y he vuelto a apreciar otra música que no necesita instrumento, el silencio.

Templete de los sentidos, leve. Ése es el adjetivo que mejor le va, a mi juicio: el Kiosco de Jan es un monumento a la levedad. A la vida. Larguesse, largueza, generosidad son los adjetivos que mejor le van a Ángeles Espinosa, causa del monumento. Frágil es la vida, sólo lo fugitivo permanece -vuelvo al poeta-. Pero ésas son las palabras que el Kiosque de Puebla nos sugiere. Los montes son de arena o son de nieve. Están allí desde el principio.

Escritura infinita del espacio, su alfabeto son las hojas, su sintaxis las ramas. Hendrix sabe que toda semántica es ilusoria.

Laberinto de metal hecho de hojas secas. Frágil Minotauro sin otro hilo de Ariadna que la mirada que ya no sabe si mira -o es mirada-. Miríada, multiplicación infinita. Rizomática, esquiza de lo real. Lo real que no existe. Hemos sido arrojados al lenguaje -a lo simbólico-. Bienvenidos al desierto de lo real, a la matrix -matriz- a Gea, la fecunda. Madre nutricia y madre terrible. Abraza y abrasa.

Nada detiene lo que deviene, ni la fronda -la enramada, la selva-. Caos, rizoma este muro abierto al tiempo. A la fragilidad y a la levedad. Como en esas casas abandonadas, cubiertas de hierba, enrejadas por astutas enredaderas, la naturaleza termina engulléndolas. Desaparecen las ventanas, la luz no traspasa, no enceguece, se filtra, se vuelve claroscuro, sombra de la sombra, nada. La naturaleza todo lo fagocita, diríamos, todo lo digiere, todo lo transforma. Trazo es tracto. Escatología de un final que no tiene fin, que es cíclico, como los sueños. Nada está aquí encuadrado, al contrario. Esto ya no es un cuadro. Todo está por ser mirado. Este Kiosco es en realidad infinito.