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27 Junio 2022, Puebla, México.

Viaje al río Zempoala, Semana Santa de 2003 / Alicia Mastretta y Sergio Mastretta

Naturaleza y sociedad | Crónica | 18.ABR.2022

Viaje al río Zempoala, Semana Santa de 2003 / Alicia Mastretta y Sergio Mastretta

Mundo Nuestro

Viaje al Zempoala, Semana Santa del 2003

 

De memoria, ideas y luces del viaje con Alicia a la Sierra Norte de Puebla en la Semana Santa del 2003, entre miércoles y domingo de un abril caluroso y sin lluvia que nos permitirá guardar paisajes largos de la montaña entrañable.

Cuatro grandes ríos tiene la Sierra de Puebla: el Necaxa, el Ajajalpan, el Zempoala y el Apulco. Cada uno carga decenas de afluentes, algunos mayores, como los ríos Ateno y Zihuateutla, la mayoría breves, con nombres musicales en náhuatl, totonaco, otomí. Todos se juntan en la frontera de Puebla con Veracruz, todos van a dar al mar por Tecolutla.

De cuando en cuando --tres veces a lo largo del siglo XX: 1944, 1955 y 1999--, la naturaleza se desborda en tormentas que azotan las montañas y las desgarran como si toda la furia se concentrara en castigar pasiones geológicas insondables. Ahí están las enormes piedras en el lecho de los ríos para probar que un enorme coraje las ha arrancado de la entraña de los montes.

El río Zempoala inicia en dos trancos arriba de los tres mil metros: al poniente, una deriva de arroyos que formarán la cañada de Aquixtla; al sur, en la frontera con Ixtacamaxtitlán, la cañada a la que se asoma Tetela. Ahí están los cerros del oro y la codicia industrial que los acecha. Desde esos puntos meridionales se deja caer sin freno hasta los 180 metros en la frontera veracruzana, en una ruta a plomo de 65 kilómetros lineales.

Es el río de los liquidámbar y los encinos. Es el río de las bromelias y los acantilados. Es el río de los pueblos serranos. Es el río de los bosques de niebla de las montañas de Puebla.

 

1.- Carretera Chignahuapan-Tetela.

 

Se les mira parejos, aserraderos y caseríos, pero no han crecido juntos. En el vaivén del mercado maderero y su vertiginosa carrera en los noventa ahora ya forman un enredo malencarado de costras en la planicie yerma de Chignahuapan. Penetrados por la tala, los cerros que perseguimos han sabido de permisos y legalidades sin freno en los años noventa para el abasto del boom de los rústicos muebleros. El camino asciende hacia Tetela en una cuesta de la montaña que hacia el norte quedará frente a Zacatlán, con un barrancón de por medio que llevará el escurridero de aguas a la cuenca del Necaxa. Ahora cruzamos el bosque que distingue a los de Chignahuapan igual por taladores que por cultivadores de pinos en un monte contradictorio por sus parajes densos o baldíos. Ignoro todo de esta trama maderera: quiénes son los propietarios; qué tan extensos son los ejidos; qué organizaciones existen; cuántos aserraderos operan; qué tanto controlan los políticos regionales, etc. Preguntas para el arranque de un viaje que guarda preocupaciones de fondo, y que ahora expongo.

      El río Zempoala. Este sistema hidrológico, el río que conglutina junto con el Ajajalpan las aguas centrales de la Sierra –completada en sus vertientes del Necaxa y el Apulco para caer en la costa veracruzana en el Tecolutla--, carga también con una enorme dispersión de pueblos indios antiguos, todos ellos de agricultores minifundistas en lucha por la tierra contra el bosque y las extensiones ganaderas y de cultivos perdidas por el despojo de los caiques en el siglo XX.

   La cuestión forestal. La perspectiva histórica, social, económica de la región serrana, la de más alta densidad maderable en el estado. ¿Qué ha ocurrido en el último siglo para que eventos naturales como el de las lluvias de octubre de 1999 afecten de manera tan brutal este ensamble de montañas y pueblos?

   El arranque de la cuenca se mira al bajar la cuesta hacia Aquixtla, un pueblo con un territorio municipal dispuesto entre Chignahuapan y Tetela, pero que se desprende desde el sur, por el rumbo de Ixtacamaxtitlán y Tlaxcala, desde donde arrancan las primeras hebras de las aguas en riachuelos imperceptibles. La cumbre que dejamos atrás es lo suficientemente alta como para percibir el arranque del río en esa suma de arroyos y quebraderos que corren hacia el nororiente, con la vista de los cerros más altos de la Sierra,  el  Sotol y el Cozolt, que crecen  descomunales entre la bruma para escurrir sus aguas en la cañada profunda, fuera del territorio de Aquixtla. La carretera domina todo el valle intermontañas, con las dos sierras que lo albergan; los cerros alcanzan los 2,900 metros sobre el nivel del mar, más de setecientos sobre la línea más baja, la del río Cuautolonico, que ya en la frontera con Tetela forma despeñaderos profundos que anuncian los que el río Zempoala ha logrado formar en Cuautempan.

   Aquixtla, con su referencia nominal a la abundancia de agua, es de los pueblos serranos que guardan la huella de la guerra imperial; el paso de los franceses tal vez se encuentre en el colorido distinto de las casas o en el cabello rojizo de algunos niños. El jardín de su plaza empinada tiene un tono de otro hemisferio, nunca lo recuerdo sombrío. Tal vez sea el paisaje conjunto del valle hacia Tetela, el que suma todos los pueblitos, recortadas por la luz poniente las fachadas blancas de las casas, con las torres de las iglesias entrometidas en las colinas, el que figura esa cualidad distinta de la que arranca la cañada del Zempoala.

   En la cuesta norte de la cañada de Aquixtla se encuentra ineludible la realidad de la devastación de la Sierra. La carretera serpentea del río que poco a poco se perfila en el valle, y es en esa línea de cerros que la ausencia del bosque sobreviene en la conciencia como la falta misma de la niebla. Antes de llegar al pueblo hay un borbotón reciente de pinos, y es esa mancha pequeña en la cuesta enorme de la montaña la que echa en cara lo que la tala histórica se ha llevado. Y no hay rastro, no hay registro alguno de lo que pasó: cómo ocurrió que los árboles desaparecieron. ¿Cómo eran estos montes hace cien años?

 

2.- Tetela y sus ríos.

 

La Cañada, espesa de monte, hacia el sur, ahora simplemente cae en un arroyo que no anuncia el cañón profundo río abajo. Al pueblo lo han dispuesto sus fundadores en una loma que deja correr desde el sur un arroyo sereno en el que escurrieron los lavaderos de oro de las minas que le dieron fama a Tetela –todavía quedan las ruinas con sus silos de acero para la fundición, en una de las escenas más espectaculares de la arqueología industrial serrana, lamentablemente perdida para los turistas por la falta de difusión sobre su existencia. También, si se quiere encontrar uno de los movimientos de piedra más espectaculares provocados por el aluvión de 1999 en los ríos de la Sierra, este rincón que la gente conoce como La Cañada contiene un bosque de liquidámbar sembrado de miles de redondos pedregones lunares arrojados desde la montaña  para la eternidad del arranque del río Zempoala.

 Al norte de Tetela, más allá del barrio de Juárez al pie de la carretera que lleva a Ometepetl, han construido un conjunto de casas para los damnificados por las lluvias de octubre de 1999. No se ocupan más de tres de un total de ciento cincuenta. ¿Por qué ha ocurrido esto? El gobierno prefiere no hablar al respecto, pero el interrogante se mantiene y apunta a los errores cometidos en un proceso de reconstrucción medido en millones de pesos para casas, escuelas y carreteras; millones de tabiques y  metros cúbicos de tierra removida. Aquí en Juárez, en el arranque de las veredas que remontan el inmenso Zotol, también se desbordó el río y arremetió contra la propiedad del pintor Rafael Bonilla, arrebató la huerta y la fuente de una de las casas más hermosas de la Sierra, con sus esculturas en piedra y sus sobre relieves de figuras autóctonas. Profesor nacido en Cuautempan, se hizo pintor tras una larga carrera magisterial en la ciudad de México; con el tiempo plantó su taller y abarrotó de cuadros todas las piezas dela casa; y modificó también la perspectiva de sus paisanos hacia la pintura, los hizo entender la locura por la acuarela en la persecución del paisaje tras la niebla entrometida. Don Rafa el pintor, cazador de zorros en las faldas del Zotol, enamorado de la Sierra, no ha tenido en los años últimos la salud indispensable para la reconstrucción paciente de su jardín y su huerta.

Tetela es un enjambre de cerros en el corazón de la Sierra. Tiene el Zotolo inmenso que cierne el viento para mecer la niebla que guarda decenas de valles pequeños en los que los campesinos no dejan de sembrar maíz y frijol junto con ajos y frutales de todas las especies. Cerros y quebradas tan difíciles como sus nombres: Coyoco, Texcalo, Quimisuchio, Tepitz, Zoyayo, Polocojco. Finalmente, el Zotolo reina en la Sierra entre pares que no le envidian porque no le deben traza ni caseríos antiguos, iguales y remotos como Zontecomapan, a una hora en carro más dos de caminata, con sus recuerdos de zuavos derrotados por los machetes en el filo de la niebla.

   La humareda expone el incendio más reciente en las faldas del Zotol. La vemos al oriente de la carretera que enfila por la barranca hacia San Pedro Huytentan, el primer poblado del municipio de Cuautempan. Hace unos días ha intervenido el ejército para sofocarlo, pero el humo ha quedado a la espera del próximo,  que no tardará en brotar, esta vez al otro lado de la barranca del Zempoala, todavía más inaccesible a la respuesta humana para controlarlo. Encandilados por la luz del mediodía abierto sobre el Zotol, los manchones de bosque todavía ganan esa mole tendida hacia la cañada, pero casi se pierden, como si el verde obscuro no contara para un sol que año con año gana más días en su batalla brutal contra la nube.

 

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Del lado de la montaña, simplemente el cerro estaba desgajado como una naranja. La carretera (que supe no era terracería, como pensaba sino estaba cubierta de mucho lodo y hoyos) continuaba normalmente y de pronto en una pequeña curva, se terminaba como si estuviera cortada con tijeras, al mirar al cerro este estaba deslavado totalmente como si de la punta hasta una distancia que no se alcanzaba a ver una cascada de diez o quince metros de ancho hubiera arrasado con todo incluyendo la carretera. Entonces me dí cuenta de lo que había ocasionado el deslave: en toda esa cara del cerro no se veía un árbol y no por que la catástrofe hubiera arrasado con ellos, simplemente todo eran sembradíos y sobre todo pastos para el ganado. Alicia Mastretta Yanes, Viaje a la zona de desastre. Noviembre de 1999

 

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   Los pueblos en el camino a Cuautempan, como San Pedro Huytentan, se emplazan en un llano fértil y cultivado a pesar de la sequía. Hay que mirarlo suave, tendido como si nos engañara y se dijera un pueblo más del altiplano. En adelante no veremos más estos planos, y recorreremos los pueblos de Cuautempan,  Totomoxtla, Tlamanca, Tepetzintla, Ahuacatlán, Tepango, Zapotitlán, Ixtepec, Zongozotla, Huitzilan, etc. En un instante el camino quiebra y todo será un revolvedero de curvas que se pronuncian contra el cañón profundo del río. Todo el territorio por venir es el de la contienda agrícola contra la pendiente implacable de la montaña que, en su beligerancia contra la insensatez humana, terminará por abatirse sobre sí misma.

   El río Zempoala, entonces, se arma poco a poco en su ruta al norte con dos grandes cruces que lo abisman. Cerca de  Tetela, la cañada que viene de Aquixtla, ya de suyo profunda, choca con la carrera de los ríos que circundan la ciudad; el camino pavimentado deriva por un llano breve hasta San Pedro Hueytentan y poco a poco se va repegando al cerro para, a la altura de la cañada que guarda a Cuautempan, asomarse a un cañón de prismas negros, precipitados en fondos sin veredas, que rebotan el vuelo de los pájaros y sus cantos que le disputan al río su rumor y sus silencios. En un punto casi se tocan las aristas de las dos riberas, no más de cien metros separan los dos paredones; de cuando en cuando pasan los ingenieros de CFE y añoran cerrar esa garganta para la generación de electricidad, discurren sobre estudios elaborados en años recientes y que ningún profano ha leído y siguen su camino para olvidar pronto otro sueño de progreso perdido entre el disparate y la carencia de recursos y planes insensatos que caracterizan a las políticas de desarrollo del Estado mexicano.

En esa duda, yo me quedo tan sólo con la broma campesina de los dos vecinos que se miran, abismo de por medio, discuten por algún borrego perdido, pelean por pleitos olvidados y se invitan a convites venideros; los dos conocen las veredas que los unen cortadas por el río. Y también el tiempo que los sobrevive.

 

El cañon del Zempoala a la altura de las cascadas de Aconco, en Tetela. Foto de Alicia Mastretta.

 

El río no se detiene en esa boca de granito. Enfila profundo hacia otro empalme de barrancas en donde arrancará formalmente el Zempoala. Un afluente viene del poniente, y si se le sigue río arriba unos kilómetros anunciará en una de las cimas de la montaña las luces de San Miguel Tenango, colgado en una soledad hermosa que abruma si se le mira desde Zacatlán. La montaña que arrastra ese desfiladero viene bien definida y se convertirá sin más en la cuesta poniente del río y casi carga entero al municipio de Tepetzintla. Vista desde Cuautempan, es una falda enorme que perfila sus terracerías con la voluntad forzada de los hombres que han abierto con sus pies veredas que no han perdido la memoria, que trepan despeñaderos insondables para llevar a pueblos cercados por la fuerza cristalina de sus nombres. Tlamanca es uno que encontraremos como milagro de la agricultura serrana, con sus cuatrocientas hectáreas para el maíz, el café y el chile recostadas para la envidia de los pueblos vecinos.

El contraste del pueblo de Cuautempan es brutal contra la imagen que guardo de 1984. Una avenida de camellón y luminarias es el acceso principal. El encementado del camino es la obra municipal del momento; una calle larga hacia el centro tiene ya banquetas y guarniciones; sobresale el semáforo que recibe a los automovilistas al llegar a la plaza, con el amarillo preventivo que parpadea incansable día y noche; otro más en la contra esquina confirma el ánimo modernista de las autoridades locales.

Desde Cuautempan se mira la cañada emplazada y perfecta para correr sin freno al mar. Si se asimila esa carga de tierra esbelta en su inclinación admirada al río, es posible imaginar la contundencia mortal con la que arremetieron el Necaxa, el Zempoala y el Apulco hacia Tecolutla en la tormenta de octubre del 99. La palma de la mano de un viejo no alcanza a bordar surcos tan breves y rotundos, depresiones tan elaboradas y antiguas, grietas tan racionales y convulsas. Qué naturaleza tan discreta y seria ha explotado, revolucionado, la Sierra.

 

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Me sorprende todo lo que sabe mi padre. Es casi como un libro que se lee solo, un diccionario lleno de información  combinado con un diario de anécdotas e historias. 

--¿Ves ese río, hija?-- me dice-- ,Así como lo ves ese es el Zempoala. ¿Ves esos  pueblos separados por un barranco? Se mentan la madre de lado a lado “Hey tu, que tu burro no se pase pa’ este lado”. 

Por este lado la Sierra está árida. La tierra seca ya no tiene árboles que retengan el agua ni las nubes. Hectáreas antes fértiles ahora se dejan erosionar por el aire y el sol. Sólo uno que otro árbol permanece como un faro en la colina. Es un paisaje triste, desolador. Pero ahí, ¿ya viste papá? hay un pequeño bosque cercado. Una pequeña propiedad demostrando que la reforestación es posible. Seguimos avanzando. Ya casi llegamos. Nuestro primer destino es Cuautempan, una cabecera municipal. Alicia Mastretta Yanes, Viaje al Zempoala, abril de 2003

 

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Bajamos a pie a Totomoxtla por una terracería renovada después de la tormenta del 99, cuando la montaña se rindió y se dejó caer en un río de lodo que tapó el pueblo. Todo quedó grabado en video, en uno de los mejores testimonios que de entonces se produjeron. Día y noche, por dos días, la masa de tierra corrió lenta, como lava negra abrazadora, y cubrió la calle principal y con ella las casas, la escuela, el centro de salud, el edificio de la junta auxiliar, la tienda principal. Nada de eso vemos ahora: el pueblo luce impecable, con buena parte de su caserío ganado por el block y la loza, con la gente metida de lleno en la siembra del chile serrano, esperanzada en que la cosecha en el verano dejará por lo menos 300 toneladas del más común y afamado chile mexicano, base de las mejores salsas molidas en el molcajete.

Pero vamos con prisa, queremos llegar caminando a Tepetzintla a medio día. Bajamos en fuga al río por el camino recto, casi sin curvas, desplomado sobre la barranca hasta el antiguo puente colonial, por entre chilares, cafetales y maizales pues en esta cañada se aguarda pronto por el agua. Encontramos el puente nuevo y desde él observamos la ruina del antiguo: se lo llevó otra tormenta, la de 1955.

No lograré llegar a pie a Tepetzintla. Alicia mi hija decide que la vereda que arranca inmediatamente de la orilla del río será el mejor camino para vencer el paredón de trescientos metros de piedra que oculta la meseta de Tlamanca. Y yo la sigo. Pero no me dan mis cuarenta y ocho años. Al final, casi ahogado por el esfuerzo, aguardo a la vera de la terracería el paso del primer vehículo que aparezca. La niebla no me dejará ver Tlamanca ni, mucho más arriba, en el puerto, el caserío de San Simón. Desde ahí se abre otra barranca, con Tepetzintla y Tonalixco mirándose desde las dos pendientes de un nuevo río afluente del Zempoala.  Ahí respiro y afirmo que el corazón debe respetar a la montaña.

 

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Camino a Tepetzintla, 7 de octubre de 1999 / VIDEO

 

 

Tepetzintla es un municipio que todavía en 1979 no había visto rodar por sus veredas ni siquiera una carreta. Mulas de carga y hombres caminaban seis horas para llegar a Zacatlán. Ni luz, ni escuela, ni drenajes, sólo chozas alrededor de un quisco-pozo, una presidencia, un templo franciscano y un curato en el que los tatas veían de cuando en cuando un código del siglo XVI. Dos mil comunidades estaban así ese año en la Sierra Norte de Puebla. El esfuerzo del Estado y los pobladores revirtió esta situación con escuelas, luz eléctrica, terracerías y centros de salud. Sin embargo, para 1995 el 90% de los municipios comprobaba índices de marginación alta o muy alta.

Recobro algo que escribí en 1971, a los 16 años de edad, tras mi primer viaje a estas cañadas. La memoria de un hombre muerto a mansalva en una vereda que desde Tepetzintla lleva al pueblo totonaco de Tepanco.

El silencio del viejito. Lo encontramos ahí, tirado. La tierra mojada de la vereda toca la sangre que hace rato fluyó entre piedra y piedra. Los huaraches no la muerden ya. Inerte el cuerpo, hace una sola tierra y cielo. La lluvia se torna en ríos en su rostro. Sus ojos negros siguen mirando, abiertos, y no reflejan el machete ni la cara deformada del asesino, miran silenciosos, oscuros, como la montaña, como la barranca. Nadie vio. Sólo la niebla lo sintió caer. Un árbol más murió. Perpetua cárcel, la sierra, con la lluvia, llora otra muerte.

Las recias manos, ahora yertas, soltaron el bastón. El filo destructor no tuvo oponente ni barrera. El pelo cano lamió la cuchilla; el jorongo negro fue traspasado; la camisa de manta blanca, indefensa, fue rasgada. La piel curtida dio paso a la vida.

Era tiempo de echarse un aguardiente. Cuando la mano temblorosa viaja desde la madera y la boca quema. Hablaban los viejitos, platicaban, acariciaban la muerte. El humo del cigarro bronco recorría su cara bronceada de surcos, se estrellaba en el sombrero.

Ahora la madrugada y el trote de las mulas acompañan al viejito. Y con el olor de pasto mojado llora la sierra.

 

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Iglesia de la Virgen de la Asunción, en Ixtepec, Puebla. Año 2003. Archivo Mundo Nuestro.

 

Virgen en procesión. Ixtepec, año 2003. Archivo Mundo Nuestro.

 

Procesión. Ixtepec, añó 2003. Archivo Mundo Nuestro.

 

Ixtepec, asomado desde su loma a la barranca del Zempoala, se mira desde todas las carreteras que le comunican con el mundo. La piedra blanca, deslavada, de sus construcciones viejas, pelea en su tristeza con los bloques grises que poco a poco ganan en las paredes de las casas; las tejas pardas se confunden de lejos con los manchones de monte que a duras penas se observan como reliquias en el vecindario del pueblo.

En una cumbre, Ixtepec entra y sale de la bruma, con la torre de la Iglesia de la Virgen de la Asunción como mástil indemne a la fuerza de las tormentas en un mar solitario. Y se vigila: uno puede siempre averiguar si alguien viene. De donde se aproximen, Ixtepec siempre encontrará los ojos que le buscan. Si se viene de Zacapoaxtla, en el Peñón de Jonotla se perfila su rastro por encima de San Miguel Atlequizayán, un pueblo colgado al abismo en las rajas de sus callecitas blancas: si vienes del norte, por el camino de Caxhuacan --una línea de pavimento mal acabado que no duró la friega de una temporada de aguas--, te cuida para distraer el paso otro pueblo, San Juan Ocelonacaxtla, trepado para desbarrancarse también en un descuido de la niebla. Y si la ruta que se sigue es la de Zapotitlán, entonces Ixtepec aparece de sopetón, una vez que el viajero se ha acostumbrado a los trotes del camino prendido por el filo del cañón contra el río.

 

 

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Ilusión en riesgo. Algunas imágenes brutales de mi memoria serrana:

El abismo abierto al Zempoala desde el mirador del peñón en Jonotla, con la ermita enorme cultivada en la piedra desnuda. No faltan los peregrinos ni las limosnas. El concreto y el mármol del templo validan la fe guadalupana. Pero el resplandor en el precipicio ante la tormenta que se aproxima alumbra el verde intenso del follaje virgen. El verdadero milagro está en la sobrevivencia de la selva; es inexplicable, pero a esta cañada inmensa –y la imagino correr desde el llano breve de Tetela, como cortadura radical en el cañón de Cuautempan y en horizonte abierto en la barranca hacia Tuzamapan--, no ha llegado el maíz. Si desde el mirador miramos al oriente, entonces reluce la cañada maicera, ahí sí encuentro el rostro natural de la sierra moderna, la del bosque perdido y la cada vez más ausente lluvia. Y contra ella, el conmovedor texto  sobre el maíz, la razón más antigua de la existencia humana en la sierra.

 

   Tú que eres un grano pequeño,

   Mis manos húmedas

   te hunden en la tierra profunda.

   En todas partes creces,

   en todas partes germinas.

   Nadie te ve trabajar

   Bajo la tierra profunda,

   Nadie te ve germinar

   Bajo el sol y la lluvia.

   Estás enraizando,

   estás creciendo,

   estás vivo.

   pareces nunca dormir,

   pareces nunca morir.

 

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Del maíz a los rostros de los hombres y mujeres totonacas. Y sus niños. Rostros de un mundo campesino que no sabe de ritmos urbanos. Es paciente, a veces taciturno, si desconfía, mal encarado, y muchas veces luminoso, como el río.

 

Ixtepec, año 2003. Archivo de Mundo Nuestro.

 

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Para llegar a Zongozotla tomamos una micro desde Zapotitlán. La carretera serpentea por la ribera sur del Zempoala y trepa poco a poco hasta la y griega de la que parte el camino a Huitzilan. Tomamos ese camino. Y yo recuerdo lo que escribí después de asistir a la celebración la fiesta patronal del pueblo.

Durante muchos años Huitzilan ha guardado para mí el semblante impenetrable que tienen los mitos. Inabordable también, por su encierro y sus historias de violencia. Se parece tanto al de las mujeres que en este viaje encuentro en el solar la casa de Juan Gregorio Bonilla, presidente municipal en turno y mayordomo principal en la celebración de la patrona del pueblo, Santa María de la Asunción. Ellas me observan serenas mientras rellenan de mole las hojas de los 21 mil tamales que se cuecen por tandas en un enorme perol metálico elaborado desde hace tiempo precisamente para estas fiestas del 15 de agosto; responden con monosílabos los saludos de los extraños mientras extraen de las ollas de barro esa sustancia espesa casi negra que unifica en la sabiduría de su confección a las mujeres mexicanas. A las diez de la mañana han pasado por esta faena todas las muchachas, sus mamás y sus abuelas; desde los barrios han venido a cumplir con la encomienda y esperarán que afuera terminen los danzantes de la mayordomía para comer ellas también. Sentadas platican en náhuatl sus mudanzas y me miran inexistente como sólo ellas saben hacer con los extraños.

Están ahí, formidables en su misterio: son todas o muy jóvenes o muy viejas, como si el enigma de sus vidas se resolviera en una frontera brutal en la que el rostro en flor se desvanece en arrugas añejas y piel encallecida. Imagino que así han estado siempre, sentadas y fundamentales para que las cosas ocurran, como ahora con los tamales, en otro rato los hijos, todo el tiempo el trabajo en el monte para la leña, en el comal para las tortillas, en algún momento con el marido para más hijos. También en el llanto, con el dolor desahogado en la penumbra del funeral en la iglesia. Ellas son las madres, las hijas, las hermanas de más de 150 muertos mal documentados ocurridos en la guerra civil que ha vivido este pueblo desde 1977, año en el que los indios se insurreccionaron contra los caciques para tomar un predio de catorce hectáreas en una de las cuestas que lo encierran. Caciques priistas, UCI, Antorcha Campesina y la violencia social y política. Para estas mujeres jóvenes viejas, el tiempo es breve: se entierra con los muertos y es el vapor en los tamales que se cuecen.

 

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Zongozotla está en una meseta desde la que se asoma al río. Abajo, tendida a su orilla, está Zapotitlán. “Junto a la cumbre del Cózotl”, me dicen que significa en náhuatl, pero este pueblo es totonaca, y es el único de esa que está emplazado al sur del río. El dominio azteca lo sometió a finales del siglo XV, pero nunca perdió su lengua y sus modos.

 Y para Alicia y para mí guarda la memoria de ser el pueblo más ruidoso de la tierra.

 

 

 

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