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19 Agosto 2022, Puebla, México.

La vaca metafísica / Julio Glockner

Cultura /Mundo /Sociedad | Crónica | 28.JUL.2022

La vaca metafísica / Julio Glockner

Julio Glockner

"No te preocupes, que me he ocupado por el bienestar de tu especie desde hace milenios..."

                            

Un mito de origen referido en los textos védicos de los Upanishads menciona que en el principio este universo no era sino el Yo en la forma de un hombre. Ese Yo miró a su alrededor y no vio nada excepto a sí mismo. Por eso su primera exclamación fue “Soy Yo”, afirmación que repetimos cuando alguien pregunta por nosotros. En seguida, ese Yo primigenio sintió temor, pero hizo este razonamiento: Si no hay nada excepto yo mismo ¿qué es lo que hay que temer? Y el miedo desapareció, porque el temor sólo se refiere a otro.

El Yo primigenio advirtió después que carecía de placer por estar solo. Entonces deseó a un segundo y se dividió a sí mismo en dos partes y fue un hombre y una mujer. Así surgió la humanidad. Pero la parte femenina hizo esta reflexión: “¿Cómo puede él unirse conmigo, que he sido producida de él? Entonces me ocultaré”… y se convirtió en vaca. La parte masculina se convirtió en toro y de ahí surgió el ganado. Ella entonces se convirtió en yegua, burra, cabra, oveja, y Él en caballo, burro, macho cabrío y carnero. Fue así que surgieron todos los animales existentes, hasta los más pequeños, como las hormigas. [1]

El ocultamiento de Ella en las diferentes especies y el alcance unificador que Él le da para crear en cada salto una pareja de animales, es un juego amoroso guiado por un deseo sexual que no carece de orden y jerarquía. No es casual que la vaca y el toro hayan sido creados inmediatamente después de los humanos. En ellos están simbolizadas las dos actividades fundamentales de las antiguas civilizaciones, la ganadería y la agricultura: la vaca como proveedora de leche y todos sus derivados, y el toro como la fuerza motriz que permite cultivar la tierra con el arado.

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Friso decorativo del templo de Ninhursag en Tell el-Obeid, Irak (2,500 A.C). Es friso  estáconservado en el Museo de Bagdad.

 

En los templos más antiguos de la historia humana, construidos hace aproximadamente seis mil años al sur de Mesopotamia, se han encontrado evidencias de la diosa-vaca y el dios-toro como símbolos de la fertilidad. El templo de Obeid, en Irak, estaba dedicado a la diosa-vaca Ninhursag y sus murallas construidas en forma ovalada han sugerido la idea de que se trata de un símbolo de los genitales femeninos. Los mosaicos descubiertos en Obeid, aun con restos de colores, muestran a un grupo de sacerdotes dedicados a la sagrada tarea de ordeñar vacas así como filtrar y almacenar la leche.

En la India –dice Joseph Campbell- los templos dedicados a la diosa-madre tienen un santuario interior con la forma del órgano femenino simbolizando la fuerza generadora de la naturaleza por analogía con la capacidad de dar vida y amamantar de la mujer. En sus recintos ovales no sólo se encontraban los aposentos de los sacerdotes, sino también establos para el ganado. En la actualidad, al visitante de estos templos se le sigue ofreciendo arroz con leche o algún otro producto lácteo.

Al entrar la leche y sus derivados en el circuito ritual, en calidad de ofrendas, se establece una conexión mística entre la vaca común y la vaca mítica, deificada y convertida ya en emblema de fertilidad, mantenimiento alimenticio y bienestar. Esta conexión se puede expresar en una simple ecuación: vaca lechera más vaca metafísica igual a vaca sagrada.

Pero la vaca no agota sus cualidades como proveedora de alimentos. En un libro sobre costumbres religiosas, publicado en Ámsterdam en 1729, su autor, Picart, relata cómo los brahmanes alimentaban con trigo una vaca sagrada para luego buscar en su estiércol los granos consagrados por la digestión. Los extraían, los ponían a secar y los daban después a los enfermos, no sólo como medicina, sino como una sustancia sagrada que tenía efectos benéficos en la persona que los consumía. En la India y en el Tíbet el valor purificador del estiércol y de la orina de vaca es sumamente significativo. Casi un siglo después del libro de Picart, en 1810, se publicó en Londres un libro sobre el panteón hindú, en el que el autor explica que la orina de vaca figura entre las más importantes y convenientes sustancias purificadoras. Dice Joseph Campbell: “Las imágenes sagradas son rociadas con ella. Ningún individuo, por más indiferente que sea en el aspecto religioso y escrupuloso en su limpieza, pasaría por un lugar donde una vaca está orinando sin recoger en su mano el sagrado fluido y beber algunas gotas”.    

En el sacrificio llamado Poojah los brahmanes preparan la habitación purificándola con estiércol sagrado de vaca y las paredes y el suelo eran rociados con la orina del mismo animal. El ritual consiste en derramar leche de vaca sobre el lingam, que es un objeto sagrado que representa la fusión de las energías masculina y femenina. El lingam tiene una forma fálica y está rodeado por el ioni, que lo circunda como los labios vaginales en el acto sexual. La leche (o el agua del Ganges, la orina de vaca o cualquier otro líquido consagrado) vertida sobre el lingam, escurre por su cuerpo y circula por un pequeño canal que forma parte del ioni, hasta derramarse por un pequeño conducto que remata el cuerpo del ioni para que el líquido pueda ser recogido en un recipiente.  El líquido así santificado es cuidadosamente conservado y algunas gotas de él pueden ser suministradas a los agonizantes. La unión del lingam y el ioni nos remite, evidentemente, al mito de origen mencionado en los Upanishads.

Foto: Andrea Glockner

Foto de Andrea Glockner

 

Hoy en la India circulan plácidamente vacas, toros, cebúes y búfalos por las estrechas calles, las grandes avenidas o las autopistas. Lo hacen con una despreocupación y una serenidad envidiables, en medio de la consideración y el aprecio de los habitantes de las aldeas y las grandes ciudades. Es una maravilla toparse con estos animales en cualquier callejuela. A veces sus cuernos ocupan prácticamente todo el espacio para transitar, entonces uno se detiene, para esperar su reacción, con un remoto temor de que algo peligroso pueda suceder. Ellos nos miran también detenidamente, quizá algo sorprendidos por nuestro titubeo y luego toman la iniciativa para pasar tranquilamente a nuestro lado, contoneando armoniosamente esos enormes cuerpos, como diciendo: no te preocupes, que me he ocupado por el bienestar de tu especie desde hace milenios.

 

 

[1] Brhadaranyaka Upanishads: 1.4.1-5