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29 Enero 2023, Puebla, México.

Ocho días en Puebla, 1849  Lunes / Guillermo Prieto

Cultura /Ciudad /Del Archivo de Mundo Nuestro | Crónica | 14.ENE.2023

Ocho días en Puebla, 1849 Lunes / Guillermo Prieto

Mundo Nuestro.  Guillermo Prieto (México, D.F., 1818-1897), poeta, historiador y político liberal, autor entre otras muchísimas obras, del libro Memorias de mis tiempos (1853), es sin duda uno de los más altos exponentes de la inteligencia mexicana en los aciagos años que siguieron a la independencia. Lo recordamos bien por aquella famosa frase (“los valientes no asesinan”) que salvó del fusilamiento a Benito Juárez en Guadalajara, en el arranque de la Guerra de Reforma.

En una de esas breves etapas de paz, apenas acabada la invasión yanqui del 47-48, el escritor Guillermo Prieto visitó la ciudad de Puebla para una estancia de una semana. Era el año de 1849. Publicada por etapas entre julio y noviembre en El Siglo XIX, esta crónica nos ofrece una mirada invaluable que nos permite conocer una ciudad orgullosa de sí, catolicísima, apenas consciente de que el mundo de la colonia había quedado atrás y para siempre. Prieto camina la ciudad, recorre todos sus templos, investiga en cuanto archivo tiene a la mano, y sobre todo, platica y parrandea con amigos de toda índole, pero especialmente poetas, literatos, abogados y doctores, la  inteligencia liberal de la ciudad, que no deja de ver en “el mexicano” --por venir de la ciudad de México--, el elemento con el que se confronta y valora lo que se es y lo que se quiere ser. “Ocho días en Puebla” es la crónica de una ciudad al borde de unas guerras civiles cruentas.

(Del Libro Ocho días en Puebla. Impresiones profundas de viaje arquitectónico, sentimental, científico y estrambótico de Fidel Guillermo Prieto. Editor Vargas Rea.México, D.F.1944)

Impresiones profundas de viaje arquitectónico, sentimental, científico y estrambótico de Fidel Guillermo Prieto

Lunes

Mi primera diligencia, luego que abrí los ojos, fue indagar por algún libro o cosas semejante que contuviese noticias de Puebla; pero sea por mis escasas relaciones allí, o lo que fuere, el caso es que personas bastante instruídas me aseguraron que no existía ninguna obra que diera noticia estadística; y que las que había estaban esparcidas en varios opúsculos que con suma dificultad se encontrarían. (1)

Yo había visto la relación de Humboldt que aprovechó el señor Payno en su viaje a Veracruz, y por lo mismo omito la descripción de Cholula que él transcribe; sabía también que en diversas obras escribieron sobre Puebla Gil González Dávila, Gerardo Mercartor.Fr. Baltazar de Medina, del P. Betancourt, Torquemada y otros; pero me parece aún inconcebible que no se haya fijado detenidamente la atención de la estadística, llave indispensable de la administración pública; sin cuyo auxilio todos los cálculos deben ser imperfectos; todos los pasos inseguros; todas las combinaciones infirmes y arbitrarias. (2)

El señor D. José Manzo, persona de quien tendré el placer de ocuparme más detenidamente en otro lugar, publicó en 1833 la siguiente noticia, que los inteligentes tienen por la más verídica y circunstanciada.

“Puebla der los ángeles es de clima templado y seco; está circundada de cerros casi por todos los rumbos; se fundó el 28 de septiembre de 1531. Su altura sobre el nivel del mar, 2,574 varas; latitud boreal 19 grados 2’ 45”; longitud oriental, 1 grado, 2’ 45”; población, 60,000 habitantes. Sus calles tiradas cordel de N:E. a S.E., proporcionan sobra en todas las estaciones del año, y a toda hora, excepto a mediodía, en el verano; son anchas las más de ellas,bien empedradas, y con banquetas amplias, de enlosado. Está distribuída en 205 manzanas, 26 plazas y plazuelas, siendo la mayor un perfecto cuadrilongo, rodeado de portales por tres lados.

“Tiene 2,966 casas todas en lo general de buena arquitectura, solidez y capacidad. Tres palacios: el del H. Congreso, ocupado en parte por los tribunales superiores de justicia, la contaduría general y los archivos públicos; el del gobierno y el episcopal; un parián, un coliseo y una alameda, aunque corta, frondosa y de buena vista. Dos hospitales: uno general para uno y otro sexo, y otro para dementes, a cargo de los Padres Ronquinos, bien servidos. Un hospital de pobres y otro para huérfanos. Cuatro cárceles, dos para hombres y dos para mujeres; una de ellas con el nombre de Recogidas. Cinco cuarteles: tres para infantería y dos para caballería. Una catedral suntuosa, cinco parroquias, setenta y un templos y capillas; dos de aquellos sobre los cerros de Loreto y Guadalupe, y una capilla en el Aranzazú, al Norte de la ciudad, y con buenas calzadas para subir a ellos. Veinte conventos: nueve de religiosos y once de religiosas; un oratorio de San Felipe Neri, con casa anexa para ejercicios espirituales; una mansión con el título de San Juan Nepomuceno, para eclesiásticos pobres. Cuatro colegios para hombres; el más antiguo, de San Luis, bajo la dirección delos RR. Dominicos; el Nacional, o de San Carlos, en otro tiempo de los Padres Jesuitas; el Seminario conciliar, comprensivo de los de San Pedro, San Juan y San Pantaléon, que posee la mayor biblioteca de la república, y el Excmo. de San Pablo. Otros cinco de niñas, San José de Gracias, Las Vírgenes, Jesús María, los Gozos y Guadalupe.

Surten de aguas potables la ciudad 44 fuentes públicas, cuyos manantiales se hallan a un cuarto de legua al Norte de la misma; y la riegan por circucnferencia, los ríos llamados de Alzezeca, San Francisco y Atoyac; atravesando los dos primeros la población de N.S. En los suburbios hay varios ojos de agua de hidrógeno sulfurado; dos de ellos, los de Santiago y San Pablo, excelentes baños termales para enfermedades cutáneas.

En las inmediaciones se encuentra la piedra caliza, el mármol pardo, rojo, y el célebre blanco, conocido con el nombre de Tecali; muy propios todos para fabricar.

Con este trocito de instruccionecilla, y con la misma insustancialidad que el francés en Cartagena, que con chiste inimitable describe Bretón, salime sin rumbo a vagar por toda la ciudad.

Lo primero que llamó mi atención en el centro, fue el aseo y el empedrado de las calles. Este lo forman losas, no cuadradas exactamente, y colocadas en declive por ambas partes, desde las banquetas del centro de la calle; este artificio proporciona un lecho común a las aguas, cuyo derrame, favorecido por la posición de la ciudad, la tiene absolutamente libre de inundaciones. Antes de llegar a las boca-calles, se levanta notablemente por ambos extremos del piso, hasta llegar al frente de las esquinas: allí hay unas “pasaderas” o puentecillos, que facilitan el tránsito, aún en medio de los más terribles aguaceros; por consiguiente esas expediciones acuáticas que nosotros vemos día a día; esa cabalgata ridícula sobre la raza indígena; esos juegos hidráulicos de los chicos; ese desarrollo del sistema hidropático al natural, son espectáculos felizmente desconocidos de los poblanos.

La vista de la plaza es en extremo agradable y risueña; la catedral domina magnífica sobre la hermosa portería que tiene a su costado, y es lástima grande que la fachada no mire a la plaza, sino a una de las calles.

Las portadas, compuestas de tres cuerpos, se alzan con atrevimiento, y las cornisas de las puertas elevadas, terminan en medios puntos airosos.

La fachada principal está adornada con tres colosales estatuas de piedtra. En esta portada hay un óvalo con contiene la fecha de 1.664, en que se concluyó, y el costo de 18,472 ps., a expensas del señor Obispo Escobar y Llamas.

Las torres son iguales y cuadradas; su ancho, menor que el de las torres de México, las hace parecer más elevadas. La torre del Sur, que llaman nueva, se estrenó en 1768; la del norte, costó 100,000 pesos, según una inscripción que conserva: sólo esta torre tiene campanas.

El color de la cantería de que está formada la catedral, y que según noticia, se sacó del cerro de Belen, es en extremo oscuro; y el buen juicio de haberla dejado sin pintura alguna, hace que su aspecto sea austero y grandioso.

Al contemplarla, se recuerda involuntariamente la catedral de México, y no dejan de suscitarse entre los naturales y transeúntes comparaciones que yo tengo el propósito de evitar.

En la plaza hierve el gentío; y esto, y el embaquetado, los asientos de piedra, las iniciativas de monumentos que se hallan en su centro, los coches, y servir de plaza de mercado, hacen que parezca más estrecha de lo que es en sí. (3).

Esa circunstancia de tenerel mercado en aquel sitio, vuelve el centro de la población por demás animado y zandunguero; pero ofrece por otra parte, incomodidad e inconvenientes tales, que varios gobernadores han pensado se pase a otro lugar; entre ellos el señor Andrade, que se fijó en la traslación del mercado, ubicándolo en las calles de la Portería de la Santísima, costado de Santo Domingo, y frente de Santa Catalina; lugar que ofrecían extensión y comodidad para su objeto.

Yo no podía fijarme en nada detenidamente: vagaba sin compañía, recorriéndolo todo, confundiéndome con los transeúntes, penetrando en las casas de comercio; preguntando al primero que pasaba lo que me parecía, y queriendo estampar como fruto de mis observaciones más profundas, el efecto de mis atropelladas y fugaces impresiones.

El centro de Puebla es de elegante arquitectura, de bien perfeccionada balconería volada, lo que sirve a veces para que los viandantes reciban los aguaceros por partida doble; de trecho e trecho se interrumpe la vista uniforme del exterior de las casas, por frontispicios enladrillados, con incrustaciones de azulejos, formando caprichosas labores para los rodapiés de hoja de lata de algunos balcones, y por jaulas de cristales, que sobresalen y distinguen a grande distancia.

La imaginación prevenida de un mexicano, cree encontrar semejanza con las calles de la Monterrilla, Cadena, Cercas de nuestros conventos, y aún con otros edificios particulares.

Qué contento paseaba aquellas calles escudriñando ya los cajones de ropa, mercería y tiendas de modas, iguales en su aspecto a las de México; ya las pirámides de fideo de las tiendas mestizas; ya las elegantes pulquerías con sus tinas pintadas de cien colores, y sus mil vasos de cristal; ya los cuartos en que se vende jarcia en unión de sombreros y manos de metate; y ya las tocinerías sin las armazones elegantes de México, vistosos con sus figuras de panes de jabón y sus rehiletes de papel dorado y escarlata; ya el aguador que pasaba con dos cántaros de figura especial, terminando en los ruedos perfectísimos de mimbre.

Así aturdiddo, así divagado, satisfecho y más y más del extremado aseo de la calles. Y de encontrar con constancia al bajo pueblo mejor vestido, más ocupado que el nuestro; fatigado recorría, ya el barrio de Belen, ya el del Carmen, con su pintorezca arboleda; ya el del Alto, con sus casitas, con sus jardines llenos de flores; ya el de la Luz, con su río en uno de sus costados, en que se pulen y acicalan las chinas, pobres sí, pero salerosísimas, y ainda más, endinas, de la ínfima clase.

Así como el francés en Cartagena, esperaba ver a todo verbo español, vestido de torero, pespunteando un bolero en la bandurria, así, yo me esperaba ver en cada mujer una china salerosa, con camisa desgotada, breve cintura, zagalejo reluciente; pero mi sorpresa fue grande, cuando veía en ese punto, más o menos, lo mismo que en México.

Es tal la especie de esa parte resalaá de la invicta Puebla, de los más sesudos y gravedosos viajeros, suelen buscar circunloquios, para averiguar la existencia de esa graciosísima especie femenil.

Rendido de mi paseo, en que todas las impresiones se me confundían, retiréme a mi cuarto, donde me esperaban varios amigos.

No sé si sería por mis erróneas prevenciones sobre Puebla, no sé si influyó en mi juicio el estado de mi espíritu; pero sí sé que después de mi rapidísima correría, me sentía contento de Puebla; sentía por ella cierta afección ingenua y sincera.

De ahí, es que al dar cuenta a mis amigos de mis primeras impresiones, unos como que dudaban; otros, con cierta ironía repetían mis elogios, y no dejaba de haber alguno que reacio, suscitaba esas eternas comparaciones, que son la introducción de los diálogos, entre un poblano y un mexicano.

--Ya… (este ya, se pronuncia generalmente, como todas las palabras que contienen y o ll, con un acento característico) ya se lo íbamos a creer a usted; pero lo que no podrá usted negar es que nuestro cielo es más hermoso.

--No; ni que aquí no se aniegan las calles; puede usted salir después de un aguacero, con un zapato de raso blanco.

--No, ni el mayor aseo de la gente.

--¿Ya vio usted la capilla de Jesús?

--¿Y el ciprés?

--¿Y la alameda?

--Este, aunque es un pueblo, comparado con México, pero hay sus cositas…

--Chicos, nada he visto; lo veré con ustedes.

--Díganme, para pasar el rato con provecho, ¿en qué estado se halla la sociedad literaria de aquí? (4)

--Mal, amigo mío, mal; usted sabe que Puebla ha sido cuna de esclarecidos ingenios, y hoy mismo existen hombres que vieron en ella la luz, que so otros tantos títulos de gloria nacional. Pero las divisiones políticas han relajado aquí extraordinariamente los vínculos literarios, y el espíritu de aislamiento frustra los increíbles adelantos, que con la asociación se podrían conseguir.

Por otra parte, favorecidos antes en este suelo los estudios eclesiásticos casi con exclusiva preferencia, adquirían cierta nota de frívolos, los que cultivaban la amena literatura; y se vieron con cierto desdén, a los que se dedicaron a otros ramos del saber humano.

Hoy ha cambiado un poco el aspecto literario de Puebla; pero los sabios rancios se aíslan con sus preocupaciones, y se encierran en sus vastas librerías; en las relaciones de los jóvenes influyen las creencias políticas, y por eso ve usted que no a prosperado como debía, la Sociedad Literaria.

Después me cercioré de esta verdad, y es por cierto sensible que esa juventud inteligente y privilegiada que tiene Puebla, no se un, ya para organizar los trabajos estadísticos, ya para ilustrar la historia de su país, ya para discutir sus producciones poéticas.

Y luego, vayan ustedes a ver: todos ellos son guapos chicos, de alegres rostros, y almas francas, tan bueno para un barrido como para un fregado; tan listos como guardias nacionales, como sesudos en una discusión y útiles en una polka o cuadrillas.

No falta uno que otro literato, de esos uraños, mitad beato mitad hurón, que creer que con encerrarse y mostrarse circunspectos, con ser descorteses, dar tal o cual gruñido, y andar envueltos depiées a cabeza, son unos Salomones; pero esta es una rama despreciable de los “muchachos decentes”, frase que en Puebla tiene una especial acepción.

Tuve el gusto de leer, por vía de descanso, algunos ensayos poéticos del señor Montellano, algunas melodías de laúd de Zamacona, una comedia de D. Fernando Orozco notable por su fluida versificación y por su diálogo animado, algunas poesías del señor Colina, las correctas odas de Don Manuel Orozco, y una composición del señor Salazar, que en mi juicio hace esperar por su aplicación que será un vate de renombre.

Muchos otros jóvenes cultivan con buen éxito la literatura, como los señores Béistegui, Zetina, Pardo, y otros bastante conocidos del público.

Pero lo que positivamente merece una mención especial, y a lo que tengo el placer de consagrar un testimonio de mi admiración y de mi alabanza, es al trabajo del señor Don Manuel Orozco sobre la historia de México, después del desembarco de Cortés hasta el 27 de Septiembre de 1821.

Yo conjuro en el nombre de la patria al señor Orozco, para que termine su obra: ella será un laurel inmarcesible para su frente, y un tesoro para la literatura nacional. (5)

Tal vez el tierno efecto que profeso a este amigo de mi infancia, me preocupa; pero yo me sentía mayor, como dice Heredia, cuando recorría algunas de sus páginas, discutía con el autor su plan, y veía los materiales que prepara con constante asiduidad.

Cité a mis amigos para ver la catedral reunidos, y he aquí el resultado de mis preguntas, de mis lecturas, de mis propias observaciones.

La catedral, en su parte interior, está dividida en cinco partes, tres abiertas y dos cerradas, en que con la imprudencia que en México, se han formado capillas para los santos, quitando así la vista magnífica que sin esto debería tener: las bóvedas son altas, y bien sustentadas por capiteles que, lo mismo que el resto de la arquitectura, son de orden dórico.

El pavimento es de mármol rojo y negro; algunos dicen que la catedral es sombría: yo no lo niego; pero me parece que esto aumenta la impresión religiosa y solemne que se recibe a su visita.

El coro, con el mismo mal gusto que en México, forma un paréntesis inoportuno en medio de la catedral; y colocado en cualquier otra parte, dejaría percibir el tabernáculo en toda su grandeza.

Este tabernáculo, joya preciosa de la catedral, lo describe así el señor Manzano, y su relación la creó más circunstanciada que las que se han publicado en el Liceo, en el Museo, y en algunos escritos que he tenido a la vista.

“Su planta (la del tabernáculo) es circular; su figura la de un torreón abierto por sus cuatro frentes, todos de variados colores; su altura desde el pavimento 25 varas; tiene dos cuerpos; el primero es dórico, de 16 columnas estiradas, de 7 varas de alto, agrupadas 4 en cada ángulo sobre pedestales, resaltada en el basamento y en los intercolumnios de estos grupos, estatuas colosales de santos Doctores. Las columnas reciben una bellísima cornisa, montada esta por cada fachada, de un frontis semicircular, con ángeles en unos resaltos a los lados de una ráfaga, y en el centro la cifra del monte de María, entre nubes y serafines. El segundo viene a ser el dombo de la cúpula, compuesto de pilastrillas y jambas, que comprenden unas ventanas en los centros de las fachadas y en los ángulos con su cornisa correspondientes y frontis triangulares, rematando los timpános de estos unos grupos de niños, que sostienen jeroglíficos de la Virgen. La cúpula es de punto agudo, coronada de un zócalo que sirve de piana a la estatua de S. Pedro con que remata.

“El interior de la pieza no es menos bello en consonancia con el exterior, comprendiendo en el centro otro tabernáculo menor, que sirve de sagrario, y al mismo tiempo de piana a una estatua magnífica de la Concepción, montado todo sobre una gradería circular.

“El primer cuerpo dicho en la parte arquitectónica, lo mismo que el tabernáculo central es todo de mármoles exquisitos, excepto la cornisa, que con todo el segundo es de estucos, imitando los colores de aquellos. Las estatuas grandes y pequeñas son blancas, de estuco espatulado, menos la de la Concepción, que es de bronce dorado a fuego.

“Al pie de cada fachada hay un altar, también de mármoles variados. La mesa es de tres varas de largo y de una sola lápida, recibida por ménsulas y jambas en los extremos. La delantera está decorada con adornos de dicho metal. En cada altar hay un sagrario formado en un macizo cuadrilongo, con columnas de alabrastro en los ángulos de frente y cornisa, siendo de bronce la base y los capiteles de aquellas. Corona la fachada una escoyia que sostiene un crucifijo de vara y media de alto, del propio metal. Adornan las puertas, bajorrelieves de plata dorada.

“En los intermedios angulares de los altares hay cuatro puertas, que corresponden al panteón de los obispos, situado bajo el tabernáculo central. Sus marcos y frontis, semicirculares, son muy curiosos, teniendo esto en el centro serafines con festones. Las hojas que los cierran son de maderas finas, y sin ornatos de bronce. La bóveda es casi plana, de los mismos colores, como también el pavimento, en cuyo medio está el osario, cubierto con una lápida redonda”.

No pude ver el panteón, en donde aseguran que se conservan visibles los restos del señor Pérez, obispo penúltimo de Puebla, y tan caro a la Iglesia y a la civilización. (6)

Las pinturas que adornan la catedral, de Ibarra, de Zendejas, de Ordónez, merecían una inspección especial, así como la historia de varias imágenes. Pero de esto se han encargado con el debido detenimiento, varios escritores, y nada es más triste que tener que charlar en materias graves, por el vano deseo de parecer sesudo observador.

Tampoco vi la sacristía, ni la sala de cabildo, de que hacen mención el P. Fr. Juan Villa-Sánchez y el propio señor Manzo.

Pero no puedo concluir sin consagrar en este lugar los nombres de los artistas que trabajaron en el tabernáculo, que fueron: Don Manuel Tolsa, autor del diseño y director de la ejecución; D. Simón Salomón, que doró la estatua de la virgen; D. Pedro Patiño, en lo relativo a la escultura; Pedro Pablo Lezama, en los mármoles y mampostería; D. José Ramírez, en los estucos; D. Manuel Caamaño, en el bronce de plata; D. Joaquín Izunza en el cincelado.

Comenzó a construirse el 1o. de Septiembre de 1779, siendo obispo el benéfico señor Biempica, y se concluyó y estrenó el 8 de Diciembre de1819, por la influencia del señor Pérez, bajo la dirección de Don José Manzo.

Después de haber visto la catedral que dejó en mi ánimo las impresiones más agradables, retiréme a escribir la mayor parte de estas apuntaciones, que ya son demasiado extensas para un solo capítulo.