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14 Abril 2024, Puebla, México.

¿Cuánto puede resistir Ucrania? Dossier de la revista Sin Permiso

Mundo | Opinión | 24.ENE.2024

¿Cuánto puede resistir Ucrania? Dossier de la revista Sin Permiso

Revista Sin Permiso

Ucrania se enfrenta a un panorama cada vez más desfavorable

Anatol Lieven

Anatol Lieven es periodista y analista británico de asuntos internacionales, es profesor visitante del King´s College, de Londres, miembro del Quincy Institute for Responsible Statecraft y autor de "Ukraine and Russia: A Fraternal Rivalry". Formado en la Universidad de Cambridge, en los años 80 cubrió para el diario londinense Financial Times la actualidad de Afganistán y Pakistán, y para The Times los sucesos de Rumanía y Checoslovaquia en 1989, además de informar sobre la guerra en Chechenia entre 1994 y 1996. Ha trabajado también para el International Institute of Strategic Studies y la BBC.

El equilibrio militar y económico de la guerra se ha inclinado fuertemente en contra de Ucrania, y es muy difícil ver cómo puede invertirse hoy esta tendencia. Todavía hay tiempo para que Ucrania obtenga una victoria cualificada contra Rusia; pero sólo si los Estados Unidos se comprometen firmemente con una paz de compromiso.

La población de Rusia es al menos cuatro veces la de Ucrania, y su PIB es catorce veces mayor. Los intentos occidentales de paralizar a Rusia mediante sanciones económicas han fracasado. La economía rusa creció alrededor de un 3 % en 2023, como resultado del aumento de las exportaciones de energía a países no occidentales y de un esfuerzo masivo y exitoso por invertir en la producción industrial militar. Ucrania está haciendo intentos desesperados por impulsar su propia producción militar, pero a partir de una base industrial muy inferior unida a una aguda escasez de mano de obra cualificada.

Por tanto, la administración Biden tiene razón al advertir que, sin una ayuda militar continuada y masiva de los Estados Unidos a Ucrania, Rusia vencerá rápidamente. Sin embargo, queda igualmente claro que la ayuda norteamericana -y menos aún en los niveles mantenidos hasta la fecha- no puede garantizarse ni siquiera a medio plazo. Debido en parte al nuevo compromiso norteamericano con Israel creado por la guerra de Gaza y la amenaza de que se extienda, Estados Unidos tampoco está reponiendo adecuadamente las menguantes reservas ucranianas de misiles de defensa antiaérea, de importancia crucial tanto en el campo de batalla como en la protección de las infraestructuras y la industria ucranianas. Tanto los Estados Unidos como Europa están incumpliendo sus objetivos de aumentar la producción de proyectiles de artillería, que Rusia dispara a un ritmo entre tres y cinco veces superior al ucraniano.

Y aunque Occidente pudiera aumentar enormemente su producción militar (algo muy dudoso dada la presión sobre los presupuestos occidentales, los problemas de la cadena de suministro y la escasez de mano de obra cualificada), no podemos proporcionarle a Ucrania más soldados. La escasez de mano de obra ucraniana es cada vez más aguda, y está dando lugar a medidas de reclutamiento cada vez más draconianas y a agrias disputas dentro del gobierno ucraniano sobre cómo hacer efectivo el reclutamiento, que se tambalea ante la creciente resistencia de la población.

Tras el fracaso de la contraofensiva ucraniana del año pasado, tanto la administración Biden como el gobierno y el ejército ucranianos han pasado a una estrategia defensiva, que incluye intentar fortificar la larga frontera norte de Ucrania con Rusia y Bielorrusia. Esta región ha permanecido tranquila desde que Moscú retiró sus tropas en la primavera de 2022, tras el fracaso de su invasión inicial desde el norte. Sin embargo, la creciente ventaja numérica de Rusia significa que, en algún momento en el futuro, su ejército podría volver a atacar a lo largo de este frente.

Aunque sea inteligente, y aunque tuviera éxito a corto plazo, una estrategia de permanecer indefinidamente a la defensiva tiene dos desventajas colosales para Ucrania. Desde el punto de vista político, conlleva la obvia implicación de que Rusia seguirá manteniendo las zonas que ahora controla. Así las cosas, es obvio que cada vez habrá más ucranianos y occidentales que empiecen a reclamar una paz de compromiso. El peligro es que, si dejamos pasar demasiado tiempo, la balanza se incline tan decisivamente en contra de Ucrania que a Rusia le queden pocos incentivos para llegar a un compromiso.

Desde el punto de vista militar, una estrategia defensiva permanente compromete a Ucrania a una guerra de desgaste indefinida en la que Rusia tiene enormes ventajas a largo plazo. Es muy cierto que, al igual que en la I Guerra Mundial, los recientes avances en tecnología militar favorecen fuertemente mantenerse a la defensiva. Así se demostró en la derrota de la ofensiva rusa de 2022 y en la ofensiva ucraniana de 2023, y en el muy lento progreso que Rusia ha hecho en su esfuerzo por capturar pequeñas ciudades como Avdiivka en el Donbás. Sin embargo, también debemos recordar que en la I Guerra Mundial, la gran superioridad numérica, de munición y de poderío económico sí que condujo finalmente a la victoria de los Aliados.

Ante esta realidad, el gobierno ucraniano y los defensores occidentales de la victoria completa de Ucrania recurren a una serie de historias optimistas, que podrían describirse, de forma poco amable, diciendo que van de lo dudoso a lo mágico. Una de ellas consiste en recurrir a la estimación más elevada posible de bajas rusas en sus recientes ofensivas, y sobre esta base argumentar que, a través de repetidas ofensivas fallidas, el ejército ruso se agotará hasta un punto en el que Moscú busque la paz en términos occidentales. Sin embargo, a menos que el ejército ucraniano pudiera atacar con éxito a su vez, esto seguiría dejando los territorios ahora ocupados por Rusia en manos rusas.

Tampoco está nada claro en qué se basan los análisis occidentales para llevar a cabo estas "estimaciones". En algunos casos, proceden directamente de los militares ucranianos. Según veteranos militares ucranianos con los que hablé el año pasado, la creencia de que en el Donbás Rusia está lanzando ataques masivos con “oleadas humanas” al estilo de la II Guerra Mundial parece ser en gran medida errónea. Más bien, el ejército ruso ha tratado de obligar a los ucranianos a luchar en zonas relativamente pequeñas y claramente definidas donde pueden machacarlos sin cesar por la artillería rusa.

El objetivo actual no parece consistir en apoderarse rápidamente de grandes extensiones de territorio, sino en aprovechar la ventaja de la artillería rusa para matar a un gran número de soldados ucranianos, intentando al mismo tiempo que las bajas rusas sean las menos posibles. Si esta imagen es correcta, aunque el enfoque ruso lleve tiempo, a largo plazo la escasez de tropas de Ucrania significa que, sencillamente, no le quedarán suficientes para cubrir todo su frente.

La otra esperanza del gobierno ucraniano y de los occidentales partidarios de la guerra reside en los misiles de largo alcance. Si se logra convencer a Occidente de que proporcione muchos más, reza el argumento, derribando en primer lugar el puente de Kerch y expulsando a la armada rusa, Ucrania puede aislar Crimea y obligar a Rusia a pedir la paz. Esta esperanza es vana. El único gran éxito de la invasión rusa de 2022 fue conquistar el terreno entre Rusia y Crimea. Era este "puente terrestre" el que la ofensiva ucraniana del año pasado pretendía romper, pero no llegó a conseguirlo.

El otro plan ucraniano -como demuestran los últimos ataques ucranianos contra la ciudad rusa de Belgorod - parece consistir en ataques con misiles contra objetivos situados en Rusia en un esfuerzo por presionar al Kremlin. Como estrategia militar, también es inútil. El gran tamaño de Rusia significa que, en términos de daños a la capacidad económica de Rusia, hasta los ataques ucranianos más amplios serían meros pinchazos. En términos de víctimas civiles, enfurecerán a los rusos de a pie sin matar lo bastante como para provocar un movimiento masivo a favor de la paz.

Sin embargo, puede que la intención ucraniana sea precisamente enojar a los rusos. Un ataque con un misil suministrado por Occidente que causara gran número de víctimas civiles o destruyese un objetivo de un perfil elevado podría provocar una presión masiva sobre el Kremlin para que tomara represalias contra Occidente, ya fuera atacando objetivos occidentales en Ucrania, o bien suministrando sus propios misiles y tecnología de satélites a los enemigos de los Estados Unidos en Oriente Próximo. Esto, a su vez, podría provocar una implicación mucho más directa de Occidente en el conflicto, que es algo que Kiev desea, pero que la administración Biden y los gobiernos europeos han estado ansiosos por evitar, y que los Estados Unidos no puede permitirse desesperadamente, dados los peligros a los que se enfrenta en otras partes del mundo.

Si este panorama es correcto, tanto Washington como Kiev tienen un fuerte incentivo para iniciar las conversaciones de paz mientras conserven todavía una influencia significativa; porque si esperamos, es probable que las condiciones que obtengamos en el futuro sean mucho peores para Ucrania y mucho más humillantes para Occidente. Desde el punto de vista de los objetivos de Putin en el momento en que invadió Ucrania, y de los últimos trescientos años de dominación rusa de Ucrania, una guerra que terminara hoy con el 80% de Ucrania independiente y libre para solicitar la adhesión a la Unión Europea debería considerarse una victoria muy importante para Ucrania. No sería una victoria completa, pero es que la victoria completa ya no es posible.

Responsible Statecraft, 4 de enero de 2024


La superioridad rusa sitúa a los EE.UU. y Ucrania en una encrucijada

George Beebe, Anatol Lieven

George Beebe es director de asuntos estratégicos en el Quincy Institute, trabajó para el gobierno norteamericano durante más de dos décadas como analista de inteligencia, diplomático, asesor político y especialista en Rusia. Es autor de “The Russia Trap: How Our Shadow War with Russia Could Spiral into Nuclear Catastrophe” (2019), donde advierte de los peligros de enfrentamiento militar entre los EE.UU. y Rusia.

Los avances rusos en la guerra de Ucrania están empujando a Estados Unidos hacia una dolorosa elección.

Si queremos una Ucrania próspera que siga una senda viable hacia la gobernanza liberal y el ingreso en la Unión Europea, tendremos que admitir que no puede ser aliada de la OTAN ni de los Estados Unidos, y que esta Ucrania neutral debe tener límites verificables en cuanto a los tipos y cantidades de armas que puede poseer. Si nos negamos a aceptar esas condiciones, es muy probable que Rusia convierta a Ucrania en una ruina disfuncional incapaz de reconstruirse, aliarse con Occidente o constituir una amenaza militar para Rusia.

Los avances rusos aún no son evidentes en el mapa, donde las líneas de batalla no se han movido de forma apreciable en el último año. La contraofensiva ucraniana no logró romper las defensas rusas, y Rusia no ha empujado a las fuerzas ucranianas de forma significativa hacia el oeste. Un observador que compare las posiciones territoriales de enero de 2023 con las de enero de 2024 podría llegar a la razonable conclusión de que la guerra se ha estancado.

Pero esta imagen es engañosa. Es casi seguro que el Kremlin no está buscando tal avance, al menos de momento. Antes bien, está reduciendo metódicamente la capacidad de Ucrania no sólo para hacer la guerra, sino también para reconstituir un ejército de posguerra, matando e hiriendo a un enorme número de soldados ucranianos y agotando los arsenales ucranianos y occidentales de armas y municiones. Ucrania se está quedando sin proyectiles de artillería, y los Estados Unidos y Europa no pueden fabricar más con rapidez suficiente como para satisfacer las necesidades de Ucrania. Las andanadas rusas de ataques aéreos y de misiles de largo alcance están desbordando cada vez más la capacidad de las defensas antiaéreas ucranianas, y Occidente, sencillamente, carece de capacidad para seguir suministrando misiles Patriot u otros sistemas avanzados de defensa antiaérea.

Es muy cierto, como ha advertido la administración Biden, que el fin de la ayuda estadounidense a Kiev provocaría rápidamente el derrumbe de Ucrania. Por tanto, debe continuar la ayuda suficiente para contribuir a que a Ucrania se mantenga con éxito a la defensiva. Pero lo que los responsables políticos estadounidenses tienen que entender y reconocer honestamente es que, a falta de un acuerdo de paz, la ayuda masiva tendrá que continuar no sólo a lo largo del año entrante, sino indefinidamente. Hay muy pocas posibilidades realistas de que Occidente pueda resistir más que Rusia y obligarle a aceptar la paz según las condiciones ucranianas. Las controversias registradas en el Congreso norteamericana sobre la ayuda a Ucrania reflejan estas realidades y es poco probable que disminuyan.

En tales circunstancias, resulta poco inteligente que la administración Biden prometa apoyo norteamericano a Ucrania “todo el tiempo que haga falta” para derrotar a Rusia, y es hasta deshonesto. En Washington existe la creencia generalizada de que el fracaso de la contraofensiva ucraniana significa que Occidente no tiene más remedio que respaldar la lucha de Ucrania contra Rusia durante muchos años. Buscar un compromiso con Moscú se considera no sólo indeseable, sino también inútil. A falta de alternativas, debemos mantener el rumbo actual, con la esperanza de que el tiempo mejore la posición de Ucrania.

Pero el tiempo no está del lado de Ucrania, ni militar ni económicamente, por lo que la posición de Ucrania en cualquier negociación futura puede ser mucho peor que la actual. La población de Rusia es al menos cuatro veces mayor que la de Ucrania y su PIB catorce veces mayor. El ejército ruso está mucho mejor dirigido y es más hábil tácticamente que al principio de la guerra, y las sanciones occidentales no muestran signos de poder paralizar la economía rusa, cada vez más orientada hacia la guerra.

Y diga lo que diga Bruselas, mientras continúe la guerra es excepcionalmente improbable que Ucrania pueda desarrollarse económicamente e iniciar el dificilísimo proceso de adhesión a la Unión Europea.

Y lo que es más importante, los Estados Unidos no han puesto a prueba la suposición de que el Presidente ruso Vladimir Putin no tiene interés en hablar. De hecho, es muy probable que Putin crea que Rusia tiene ahora la sartén por el mango en la guerra y puede permitirse esperar. No obstante, Putin ha insistido repetidamente en que Russia está dispuesta a hablar está dispuesta a hablar, y también en que Washington -y no Kiev- toma las decisiones clave en la guerra y, por tanto, es a Washington a quien corresponde entablar conversaciones.

Puede que se trate de postureo, pero también es posible que Putin reconozca que, en ausencia de un acuerdo, Rusia se encamina hacia los peligros de un enfrentamiento permanentemente volátil con Occidente, una economía distorsionada por las exigencias de la producción militar y un grado restrictivo de dependencia de China. Es probable que la preocupación de los rusos por estos problemas aumente a medida que disminuya su temor a perder la guerra en Ucrania.

Se afirma además que Putin cree que una futura presidencia de Donald Trump sería la mejor esperanza del Kremlin para llegar a un acuerdo en términos rusos. Sin embargo, el primer mandato de Trump produjo cierta retórica amistosa, pero mucha acción hostil hacia Moscú, incluida la retirada de los acuerdos de armas nucleares y el aumento de los flujos de armas y el adiestramiento norteamericanos del ejército ucraniano.

Además, dada la animadversión hacia Trump evidente en el Congreso y en el establishment de la política exterior y de seguridad de los Estados Unidos, Putin tiene pocos motivos para confiar en que Trump pueda realmente llegar a algún acuerdo. En 2020, los rusos estaban completamente desilusionados con Trump. Tal como declaró Fiodor Lukianov, destacado pensador ruso de política exterior, a Radio Liberty acerca de las elecciones de 2020 [entre Biden y Trump]: "¿Por qué tendrían los rusos que preocuparse? No creo que nadie espere ningún cambio, independientemente de quién gane".

Teniendo en cuenta que Rusia lleva hoy ventaja en el campo de batalla y tiene la sensación de que el tiempo está de su lado, para conseguir que Putin ponga fin a la guerra y a su ambición de subyugar a Ucrania o apoderarse de más territorio, Washington tendrá que ofrecer algunos incentivos serios. Y entre ellos tendrá que figurar la demostración de que los Estados Unidos están dispuestos a responder a las preocupaciones rusas sobre la amenaza que los Estados Unidos y la OTAN suponen para la seguridad de Rusia (preocupaciones que toda la clase dirigente rusa siente de veras).

Esto vendrá a significar un acuerdo sobre un tratado de neutralidad ucraniano, con garantías de seguridad para Ucrania, que permita a este país seguir el ejemplo de la neutralidad de Finlandia y Austria durante la Guerra Fría y desarrollarse como una democracia de libre mercado. Las sanciones occidentales contra Rusia tendrían por lo menos que suavizarse, si no suspenderse, pero con el compromiso vinculante de que se reanudarían automáticamente si Rusia lanzara una nueva agresión.

En cuanto a la cuestión de los territorios actualmente ocupados por Rusia, el único camino posible es aplazar esta cuestión para futuras conversaciones bajo los auspicios de las Naciones Unidas, al tiempo que se establecen las máximas medidas de seguridad posibles para evitar una reanudación de la guerra.

Un acuerdo en este sentido sería extremadamente doloroso, tanto para Ucrania como para la administración Biden. Sin embargo, deberíamos considerar la preservación de la independencia del 80% de Ucrania como una victoria real, aunque no fuera completa. Desde luego, es mucho mejor que aquello que parece ser su alternativa: una guerra de desgaste con terribles pérdidas para Ucrania, que tarde o temprano conduciría a una derrota ucraniana mucho mayor.

Responsible Statecraft, 11 de enero de 2024