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18 Mayo 2024, Puebla, México.

Eclipse 1984: el sol se apiadó de nosotros / Emma Yanes y Ana García

Cultura /Naturaleza y sociedad /Sociedad | Crónica | 7.ABR.2024

Eclipse 1984: el sol se apiadó de nosotros / Emma Yanes y Ana García

Eclipse anular

 

I

A las 9:34 de la mañana del 30 de mayo, por dos minutos, en pleno día, reinó la oscuridad, la penumbra, en San Luis Potosí. El eclipse anular de Sol se pudo observar sin necesidad de protección a la vista, a través del filtro natural de una espesa capa de nubes. Ante la oscuridad, el mecanismo automático del alumbrado público reaccionó como un animal: mientras las aves se escondían al sentir llegar la noche, las lámparas de la ciudad se encendieron. Los pocos vehículos que transitaban por el centro prendieron sus faros. Las calles estaban desiertas. En la Avenida Carranza, la principal, no hubo movimiento. El comercio cerró. Los potosinos permanecieron en sus casas.

Con una semana de anterioridad, en la televisión, la radio y los periódicos, se previno a la población del principal peligro del eclipse; la ceguera total. A un tiempo: el comercio local invitó al consumo: “Gran eclipse de precios en La Moderna, eclípsese con nosotros en el ahorro”; “Desde su cafetería El Tokio, en el centro de San Luis, vea la aureola de sus héroes, la aureola de los santos, la aureola del Sol, vea el eclipse, desde su cafetería El Tokio”.

Los visitantes, ciento cincuenta mil, a pesar de los avisos del mal tiempo, se quedaron. La ciudad modificó su ritmo natural. Los hoteles, las casas de huéspedes, albergues y campamentos, estuvieron saturados. La derrama económica dejada por los turistas en tres días ascendió los 420 millones de pesos.

Con el objeto de prevenir a los visitantes y a la población de los males a causa del eclipse, el gobierno del estado mandó fabricar lentes especiales, avalados por la UNAM y la Universidad de San Luis.  Su compra fue obligatoria en las escuelas. El 30 de mayo, día del eclipse, la primera plana de El Sol de San Luis Potosí, asombró a muchos: “Peligro: no use los lentes autorizados, vea el eclipse por T.V.”. El gobernador del estado. Carlos Jongitud, había ordenado el retiro de los avalados por los científicos, dado que, según las autoridades gubernamentales, el mercado de lentes opacos no sujetos a control y registro se encontraba invadido y sin control.  Los potosinos permanecieron en sus casas. Pocos acudieron al parque Tanga Manga a observar el fenómeno.

 

II

 

El parque Tanga Manga se construyó en las faldas de un cerro, en las afueras de San Luis Potosí.  Es un lujo. Tiene teatro, cafetería y grandes áreas verdes. Ahí se instalaron diversos campamentos. A los científicos, provenientes algunos del extranjero, se les facilitó un lugar especial, sin acceso a la mayoría de los visitantes. Ahí colocaron telescopios, televisiones, cámaras fotográficas especiales y sus diversos estuches de nervios.

Los demás visitantes acamparon al aire libre. Algunos durmieron apachurrados en sus coches. Otros como Raúl Martínez y Clara González, estudiantes de preparatoria en el D.F; pasaron la noche en rudimentarias casas de campaña. Raúl, soñoliento y nervioso, comentó “Toda la noche estuvimos asustados. Hizo mucho frío y viento. Pensábamos que la casa iba a volar. Había mala vibra.  El agua empezó a meterse por debajo de la casa. Pensábamos que nunca iba a amanecer. No dormimos”.

El 30 de mayo amaneció nublado. Desde temprana hora, empezaron a llegar visitantes y más visitantes, en su mayoría jóvenes, al parque Tanga Manga. Algunos, despistados, llegaron vestidos con shorts y camiseta, creyendo que haría buen día. Otros, la mayoría, acudieron al parque con sus chamarras y rompevientos. Fueron varios los camiones de escuela de donde bajaron, entusiasmados, grupos de secundaria provenientes de Chihuahua, Monterrey, Estado de México. Algunos otros, colocados en diversos puntos del parque, vendían camisetas con motivo del eclipse. Pocos tenían como protegerse los ojos.

El sol no salía, pero la gente estaba allí.

La penumbra y el frio se extendieron por el parque. Algunos chavos corrieron para quitarse el frío. Otros, con las manos guardadas en las bolsas de los pantalones o la chamarra, no dejaron de brincar. La mayoría de los visitantes, como si fuera una promesa, no miraron hacia el cielo. Era común ver a los grupos de los jóvenes amontonados en la puerta de las casas de campaña, tratando de mirar el eclipse en las televisiones de pilas; o parando la oreja junto a algún coche para escuchar el eclipse por la radio. Los de San Luis sin hacer caso del frio y las recomendaciones, miraron hacia arriba, les presumieron a las muchachas de Chihuahua de su buena vista y las invitaron al baile que habría por la noche en el Tenampa, con motivo del eclipse. La noche llegó demasiado pronto. Eran las 9:34 de la mañana. Sólo la bandita de jóvenes de San Luis se atrevió a retar con la mirada a las travesuras del Sol.

 

III

 

Oscureció. Los pájaros que volaban por el parque desaparecieron.

Los visitantes se miraron entre sí, sin saber que hacer. Buscaban en los ojos del otro el eclipse. Ansiaban capturar al eclipse, con sus propias manos, con sus propios ojos. Pero los lentes avalados por los científicos se retiraron de circulación.

Un hombre de 30 años se tiró al suelo con la cabeza metida en una caja de cartón, era un experimento. Uno de los San Luis, encendió las luces rojas que traía colocadas en la gorra al estilo punk. Cerca de él, un muchacho moreno, de pelo largo, adornado con aretes y collares, cerró los ojos y empezó a tocar un teponaztle fuerte, cada vez más fuerte.

Su compañera, una muchacha rubia, lo acompañaba con la flauta. El tiroteo de las cámaras rio, les quitó la inspiración.  Algún reportero, estremecido por el eclipse, tiró su libreta al pasto. Alguien gritó: “¡Viva el eclipse, Viva el eclipse! El grito se extendió en el campamento. Todos empezaron a abrazarse con todos, se dijeron ¡Felicidades!, como si fuera año nuevo. Raúl y Clara salieron de su casa de campaña, dejaron de ver el eclipse por T.V. Pero no había amanecido.  Ya era de noche.

De los abrazos y las porras espontáneas, los muchachos de San Luis Monterrey, Chihuahua, Tamaulipas, pasaron a formar un círculo grande, muy grande: giraron unidos de las manos de izquierda, como un juego de niños. Una mujer, eufórica, gritó: “¡Por la paz, por la paz en el mundo!”, “Por la paz, por la paz en el mundo!” Y las manos unidas se lanzaron hacia arriba, buscando al Sol que se ocultaba tras la Luna y a la Luna que escondían las nubes. Eran las 9:36 de la mañana. El campamento se iluminó de nuevo poco a poco.

Sólo se jactaron de haber visto el eclipse, los muchachos de San Luis, que sin protección alguna, desafiaron al Sol, protegidos por el filtro natural de la espesa capa de nubes.

Empezó a sentirse menos frío. Ya había pasado todo. Pero las manos seguían unidas en el círculo. De pronto, un muchacho del D.F; comenzó a reírse, se quitó la chamarra y gritó: “¡Qué viva el Defe, que viva el América!”. Las risas rompieron, el silencio. Empezaron los chiflidos y las bromas. Cada cual gritó para su santo: ¡Arriba Chihuahua! ¡Viva San Luis!, ¡Sólo Monterrey es grande!, ¡Sólo Monterrey es grande!, ¡Arriba las chivas! Entre broma y broma algunos se hicieron de palabras. El teponaztle y la flauta dejaron de escucharse. EL muchacho moreno y su compañera se pusieron a vender aretes.

A las diez de la mañana ya había amanecido. Todos habían pasado la noche con todos. Raúl y Clara, los estudiantes del D.F; no podían creerlo: ya había amanecido. Desmontaron su casa de campaña. Por fin había amanecido.

 

IV

 

El joven de la caja de cartón, aquél que se tiró al pasto para mirar mejor el eclipse, rodeado por chavos de San Luis y el D.F, explico su experimento: “Soy de aquí de San Luis, del barrio de San Miguelito. Yo soy un adivino. Soñé el eclipse antes de que lo anunciaran los científicos. Y soñé este aparato para verlo, con seguridad, para ayudar que los niños no se quedaran ciegos. Poco a poco armé la caja, compré material de radiografía, y le hice un orificio a la caja por donde se vería el eclipse, sin ningún peligro. A la mera hora, por la euforia, por la emoción, olvidé un foquito y ya no pudo funcionar. El eclipse fue hermoso. Fue divino”.  La bandita de San Luis se burla de su aparato: “Cuál, le dicen, eso no sirvió para nada, puro cartón con masquin.  ¿Te salió barato el masquin, verdá?”.

El adivino sigue hablando: “El Sol no quiso salir para no causar desastres, como los miles de ciegos que hubo cuando el eclipse de Oaxaca. Mi signo es Leo y amo al Sol. El Sol se compadeció de nosotros. Fue como un aviso”.

 

Cuatro muchachos de Monterrey, entre veinte y veinticinco años, muy a lo suyo, recorrieron el parque vendiendo camisetas con el logo del eclipse: “Empezamos vendiéndolas a mil pesos, dice uno de ellos, pero vimos que había mucha competencia y las rebajamos a 750 pesos”. El promotor del proyecto lo interrumpe: “Estoy desempleado, trabajaba como ingeniero en una fábrica ganando 70 mil pesos, yo quería 90 mil. Como no me los dieron renuncié. La idea la saqué de una camiseta gringa, que tenían grabado el pleito de una pandilla contra la policía. La camiseta, en la fábrica, tenía mucho éxito. Y con la oportunidad del eclipse inicié lo de las camisetas. Las ventas fueron muy buenas. Cada uno va a ganar 25 mil pesos, en sólo tres días. Yo le tiro en la vida a ser millonario”. Mientras platica, sus tres socios siguen deteniendo los coches, ofreciendo las camisetas a mil pesos hasta llegar al precio.

Un grupo de estudiantes de la escuela técnica 31 (S.L.P.), los mismos que estaban en la rueda, se pusieron a cotorrear a los de Monterrey.  Les decían que sí el gobierno del estado no les había cobrado impuestos que por lo menos a ellos les disparaban los sopes. De paso opinaron sobre el eclipse: “Al Tanga vinieron más chilangos que potosinos. Los de aquí se asustaron porque el gobernador mandó retirar los lentes. A nosotros no nos importó. Venimos al cotorreo, a convivir. Los lentes los tuvimos que comprar a fuerzas, luego anunciaron que no servían, que los regresáramos. Muchos fueron a la Plaza de Armas a devolverlos pero no les dieron su dinero”. El que habla es un muchacho de baja estatura, moreno, el mismo que durante el eclipse encendió los focos rojos de su gorra. Viste pantalón de mezclilla y una camiseta; deja ver sus hombros y el tatuaje de la calavera en uno de ellos. “Yo soy punk, dice, pero no pandillero. Las luces de mi gorra las enciendo sólo cuando ganamos algún enfrentamiento contra otra banda. Y ahora como no nos dejaban venir y venimos, también las encendí. Los jóvenes de San Luis lo que más queremos es que desaparezca el Convoy: la policía civil. No puedes echar novia después de las ocho de la noche porque te apañan. Parece estado de sitio. “Si, agrega el muchacho que está a su lado, está grueso. Un día nosotros quisimos entrar a una tocada en una casa particular y como no nos dieron chance nos peleamos con el vigilante, pero leve y nos fuimos. Brincando una cerca empezamos a oír los primeros disparos: ¡Pas, pas, pas! Uno de los gemelos, un amigo mío, que grita: ¡Brinca, brinca!.  Brinqué y me tiré al suelo. Escuché tres tiros, vi como la tierra se levantaba. Corrimos los dos gemelos y yo y se oyó otro plomazo, después como cuatro. Cayó uno de los gemelos. El otro lo quería levantar, lo quería revivir. Yo no me detuve. Al otro hermano lo detuvieron y lo golpearon los judiciales, los del Convoy. En octubre iban a cumplir 21 años. Ahora ya no lo van a poder festejar los dos”.  Nadie más quiso hablar. Miran al muchacho como queriendo explicarle que eso no lo debió haber contado. El narrador había sido Gabriel, el chamaco de quince años que había gritado en la rueda, durante el eclipse: ¡Hasta el año dos mil! ¡Por la paz, hasta el año, dos mil!

 

V

 

Tras el eclipse, los visitantes abandonaron el parque. En el campamento, quedaron los lentes avalados y retirados de la circulación por el gobierno del estado. También quedó perdida la libreta del reportero: incapaz de trasportar la sensación del eclipse al lenguaje escrito.

Al día siguiente. El Sol de San Luis Potosí, publicó en sus páginas interiores que Francisco Eduardo Kury “Show”, hermano del director de Relaciones Públicas del Gobierno del Estado, había sido detenido a principios de la semana como el responsable de la distribución global de los lentes no aptos para ver el eclipse.

En la avenida Carranza, los niños voceadores, en el ajetreo de las 9:30, por entre los coches, gritan los pormenores del eclipse, en una mañana de Sol irreverente.

Revista Encuentro de la juventud, julio 6, 1984.