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12 Junio 2024, Puebla, México.

Doscientos años y Beethoven hasta siempre / Ángeles Mastretta

Cultura | Crónica | 9.JUN.2024

Doscientos años y Beethoven hasta siempre / Ángeles Mastretta

Del absurdo cotidiano en revista Nexos

No sé cuántas cosas sucederán hoy en el mundo, pero no creo que una tan crucial como la que sucedió hace doscientos años en Viena. El 7 de mayo de 1824 en Kärntnertortheater, se estrenó la majestuosa y siempre estremecedora Sinfonía n.º 9 en Re Menor, Op. 125 Coral de Ludwig Van Beethoven. Para entonces, se sabe, el genio había perdido el oído casi por completo. Sin embargo, ese día, estuvo en el podio, según algunos dirigiendo él, sin ayuda de nadie. Esa versión me gusta creer a mí.

 

Ilustración: Daniela Martín del Campo

 

Que él siguiendo su extraordinaria partitura dirigió la obra de cuatro movimientos que por primera vez, como un desafío, fue creada para durar más de una hora, cuando la tradición y la norma decían que no sólo lo correcto, sino lo debido, era que una sinfonía durara media hora o unos minutos más.

Rodeado de celebridades, ninguna tan duradera y grande como la suya, terminó la dirección. Un aplauso enorme y larguísimo vino después. Él no pudo oírlo. Cuenta la leyenda que fue la contralto Caroline Unger quien le indicó con la mirada que volteara a ver lo que estaba sucediendo. Yo tengo para mí, y sé que no estoy sola, que él lo sabía, porque estaba muy consciente de la fuerza y la condición indeleble de su obra. Y sabía que todos ahí habían oído hasta la última nota que él le ordenó a la orquesta. No volteó de inmediato a ver al público. Me parece lógico. Quiso permitirse la espera. Quizás previó lo que nos sucede a tantos. Cuando termina el cuarto movimiento todavía está en el aire una emoción tan grande que se necesita esperar a manifestarla porque se tiene de tal modo en todo el cuerpo que es difícil moverse. Incluso mover las manos para aplaudir. El primer impulso es levantarse, ardiendo, de alegría, sin duda, y de pasión agradecida por lo que se acaba de oír.  

Leo que ese día el público le aclamó de pie largo rato. Hubo pañuelos en el aire, sombreros y manos levantadas para que él pudiera ver la ovación. 

Y sí, tiene lo esperado, porque quien ha oído, o escuchará hoy, por primera vez, al coro que canta el Himno a la alegría, conoce una emoción que se queda para siempre como una impronta excepcional.

Yo no olvido la noche rarísima, dentro de la Iglesia de Santo Domingo en Puebla. Era 1974. Se cumplían 150 años de la primera vez que alguien la oyó. La última vez que Beethoven estuvo frente a una orquesta, dirigiendo lo que sólo su mente y su imaginación habían oído.

Punto y aparte: Hay también la versión más lógica y menos romántica. La de que Beethoven ya no era capaz de dirigir él solo y tuvo que ayudarlo el director de capilla Michael Umlauf a quien en verdad seguían los músicos. Coincidirán ustedes en que eso parece menos emocionante.

Punto y seguido: Sugiero que nos quedemos con la primera.

Álbum para hoy: Siempre me había parecido la mejor versión la obvia, la grabada y publicada por la Deutsche Grammophon, dirigida por Herbert Von Karajan con la Filarmónica de Berlín.

Aunque apenas ayer escuché la dirigida en 2006 por Daniel Barenboim, menos enfática, igual de bella.

Punto y seguido: Quizás encuentren ustedes su propia predilección. Lo que sí me atrevo a sugerir es que  no la oigan en trozos. Es cosa de sentarse, con calma y tiempo, a esperar el sueño de paz y alegría con el que el público, en cualquier teatro se levanta a mover pañuelos y aplaudir desde hace doscientos años y hasta que el mundo sea mundo.

Punto final: Ya sé que no están los tiempos, pero deseo que hoy ustedes tengan un feliz encuentro con la esperanza.