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1 Diciembre 2022, Puebla, México.

Mi vida como maestro: buscar la semilla, el aire, la luz, la flor, la savia…

Sociedad |#c874a5 | 2019-05-15 00:00:00

Mi vida como maestro: buscar la semilla, el aire, la luz, la flor, la savia…

Günter Petrak

Antes de ser profe...


1973. Yo tenía 15 años y vivía con mi madre y mis hermanos menores en un departamento de la calle 20 oriente 3017. Mi padre vivía también en el 3017, pero de la 18 oriente, con su mamá… Sí, había crisis en el matrimonio de mis padres… y en el país, aunque faltaban casi diez años para que el presidente López Portillo defendiera el “peso como perro” y hundiera al país en la catástrofe económica. 


Frente a nuestra casa, un ingeniero de apellido Tinajero fundó la fábrica de algodón de curación “Zuum”, ahí encontré mi primer trabajo, como obrero, en el turno vespertino. Por las mañanas asistía al Colegio y por las noches mi mamá y mi hermana me “espiaban” desde el ventanal del departamento que daba a la calle, a la factoría y a sus ventanas cubiertas por una malla de acero. Estuve apenas unas semanas en ese trabajo. Después jugué brevemente en las fuerzas inferiores del Club de Futbol Puebla y, por último, tuve que abandonar la escuela para emplearme otra vez en la industria, ahora en una empresa estadounidense que construía una planta siderúrgica. Aunque no asistía a clases, mi buen promedio y las circunstancias por las cuales me ausenté del colegio favorecieron que se me permitiera presentarme a los exámenes finales y no dejar trunca mi educación básica. En el trabajo, que consistía en llevar el registro minucioso de las actividades que hacían casi dos mil obreros de la construcción, día a día, supe que había tenido una buena escuela: la disciplina alemana del Humboldt y mis buenos maestros me sirvieron para diseñar un formato de captura de datos que causó el asombro de mi gringo jefe. Me promovió a auxiliar administrativo y pocas semanas después pasé a ser auxiliar de proceso en Hojalata y Lámina S.A. (HYLSA). A los 19 años de edad estaba encargado de comunicación de un área de servicios de la empresa. De esa época es la foto que les comparto.

 

La imagen puede contener: 1 persona, sentado, tabla e interior

Todo un ejecutivo a los 19 años.

 

 

Poco me duró el gusto pues en vísperas de la debacle económica del país, las empresas comenzaron a recortar personal. A mí me ofrecieron un puesto en Monterrey, donde viajé un invierno, pero como no hubo química con los regios, acepté la liquidación. Después vino la historia de cómo comencé a dar clases, que les conté el año pasado.


Pronto se cumplirán 40 años de mi incursión en la docencia. No sé que hubiera sido de mí si hubiera permanecido como empleado industrial, pero no me arrepiento. El destino me llevó a ser maestro y en esas sigo, a veces cansado, a veces haciendo corajes, sin embargo, han sido muchas más las satisfacciones que los desencantos. Y entre ellas están las amistades que se han forjado con el correr del tiempo, con mis colegas y mis alumnos. Abrazo fuerte, desde el fondo del alma, a todos ellos.

 

La imagen puede contener: 11 personas, incluido Günter Petrak, personas sonriendo, personas de pie, calzado y exterior

Los vi en el aula, día a día, entre el polvo de los gises. Me enojé, me reí, olvidé de pronto que yo era el maestro… mi deber era educarlos, mi placer sentirme joven; armado de paciencia perdí la paciencia muchas veces, pero les tuve confianza, no perdí la esperanza… No sé qué fue de ellos, de la mayoría, los de hace mucho tiempo son un vago eco de la memoria. Hoy no puedo pasar lista, los años y los nombres se me escapan; sin embargo, ahí están, él y ella, resplandecientes, luminosos, buscando la semilla, el aire, la luz, la flor, la savia… En vísperas del día del maestro rindo un homenaje a mis alumnos, los presentes, los pretéritos… aprendí más de ellos que lo que pude enseñarles.

 
 
Maestro yo


1979. Cuando entré al salón de clases, en el segundo piso del Instituto Iberia hace cuarenta años, me causó curiosidad ver que las bancas estaban atornilladas al piso. “Es para que no las avienten por la ventana”, me dijo el maestro que amablemente antes de presentarme ante 
alumnos. Más de cuarenta chicos, algunos apenas un par de años menores que yo, clase de Filosofía, 1:30 de la tarde. 

A lo largo de los años he sido obrero, vendedor, auxiliar y jefe administrativo, supervisor de ventas, coordinador de Licenciatura, psicoterapeuta, colaborador de revistas, artesano… Pero el oficio más prolongado, el más entrañable, el que he ejercido durante más de la mitad de mi vida es el de maestro. Mi carrera comenzó de manera casi inesperada, o tal vez no. Estaba desempleado y me daba mucho miedo tocar puertas para pedir trabajo, tenía una timidez casi patológica, me aterraba incluso hablar por teléfono con personas desconocidas, había fracasado por eso como vendedor, de modo que decidí buscar empleo por medio de cartas. Mandé cinco al mismo número de escuelas, ¿maestro yo? ¡Tendría que hablar en público!, ¿cómo se me ocurrió semejante idea? La verdad es que lo he olvidado, quizá fue porque la vida me había arrancado de la escuela de una forma cruel (comencé a trabajar a los 16 y dejé de convivir con mis compañeros de colegio, que eran casi mis hermanos) y había un vacío en mi vida que necesitaba llenar. El asunto es que de las cinco misivas, recibí respuesta a dos, una, muy amable, pero de rechazo, del Instituto Oriente, y una con una invitación a entrevistarme con el director del Instituto Angelopolitano. No les hago el cuento largo, me contrataron porque “su carta está impecablemente escrita y necesitamos un profesor de Español”. Cuando, pasados unos días, le pedí a mis alumnas de secundaria que escribieran su opinión de la clase, una de ellas borroneó “sabe mucho pero un día va a hacer un hoyo en el piso de tantas vueltas que da”…
El asunto es que ahí estaba yo, un año después, a la 1:45 de la tarde en clase de Filosofía. Y por más que intentaba, no lograba hacer que los alumnos se callaran y me pusieran atención. Les gritaba desde el tapanco donde estaba el escritorio, y entonces la vi, una tabla floja que alcé con más facilidad de la esperada y… la azoté sobre el escritorio… Silencio… “Así como me ven, soy su maestro y merezco respeto”… un paso hacia el borde del tapanco, dos hacia un lado agitando el índice, tres hacia atrás… y caí en el hoyo que había dejado la tabla. Risas, carcajadas y la negociación final: si me dejaban dar mi cátedra, los últimos quince minutos de cada clase les contaría chistes… Me los fui ganando poco a poco y me enamoré de la docencia.


Feliz día del maestro a mis colegas