SUSCRIBETE

14 Abril 2024, Puebla, México.

José Vega López, el velo de la nostalgia /Crónica de José Luis Pandal

Literatura |#555 | 2020-12-12 00:00:00

José Vega López, el velo de la nostalgia /Crónica de José Luis Pandal

José Luis Pandal

Mundo Nuestro. José Luis Pandal (Ciudad de Puebla, 1955). Comunicador, politólogo, escritor. Una de las mentes críticas más importantes en Puebla. Este texto forma parte de sus Crónicas de los abuelos, una serie que construye para dar cuenta de la memoria como mecanismo fundamental de la historia y la literatura.

 

José Vega López, asturiano avecindado en Tlapa, Guerrero y, para dar cuenta de esta historia, en la ciudad de Puebla.

 Crónicas de los abuelos

José Vega López, mi abuelo, dejó sus montañas asturianas siendo apenas un crío, para embarcarse en un puerto lleno de lágrimas y bendiciones, con la única compañía de su fe en la Virgen de la Cueva.

Viajó en tercera clase de un barco donde abundaban las ratas marineras, acompañado del mareo constante y el recuerdo de su madre y de su aldea.

Sabía leer y escribir, con la letra preciosa que le enseñó su hermana mayor y hacer cuentas, con la precisión que le enseñó la necesidad de hacer rendir las pesetas, siempre escasas.

Llegó a un puerto ardiente de un país que no comprendía y de ahí se fue a la montaña guerrerense donde estaba su destino.

Trabajó desde el primer día y durmió debajo del mostrador de la tienda que con el tiempo hizo suya; El Esfuerzo se llamaba, con precisa denominación.

Trabajó, conoció el amor, se casó con María que lo amó toda la vida hasta su muerte, viajó incansable de la montaña a la costa y de la costa al altiplano, arreó miles de chivos, por meses, hasta llegar a la sangrienta matanza que consumaba el negocio, inventó -con ayuda de la creatividad e imaginación de un comerciante en chiles y guajes del mercado- el llamado 'mole de caderas', para aprovechar hasta 'los huesitos', como decía, de los nobles animales que lo hicieron rico.

 

Don José Vega López y su esposa María Tapa con sus hijos, en el mostrador de la tienda "El Esfuerzo" en Tlapa, Guerrero. Quinta de derecha a izquierda, Orfelina Vega Tapia, la madre del autor de esta crónica. (Fotografía del archivo de José Luis Pandal).

 

 

En sus montañas mexicanas prosperó, nacieron sus hijas e hijos a los que amaba sin medida, pasó de chaval a Don José y pensó en volver a la tierra de la que salió más de treinta años antes.

Pero llegó aquella carta -la conservo- que le heló el corazón:

  

Ruenes, Marzo 9 de1936

Mi querido Pepe: Tu buena madre... falleció ayer a las dos de la tarde. Como le habías anunciado tu viaje para el verano... estaba ilusionada por abrazarte...

 

Nunca volvió a España. Con el tiempo vendió todo lo que poseía en Tlapa, se estableció en Puebla -donde ya estaban sus hijas e hijos estudiando- y puso una dulcería -La Mascota, se llamaba- en la 8 Poniente, la calle del comercio.

Enfermo de tiempo atrás, en sus años finales se dedicó a leer, de todo, desde las novelas españolas de Pérez Galdós y Rafael Pérez y Pérez -que era prolífico autor de textos con la misma anécdota y diferente vestido- hasta los autores mexicanos que hablaban de la revolución que le tocó vivir y Altamirano y su 'Navidad en las montañas', que le gustaba mucho.

En la mesa del comedor de su casa conocimos España, en libros con grandes fotos de hermosos lugares -Madrid, Sevilla, Toledo, Covadonga-, que, estoy seguro, pudo ver con mis ojos muchos años después, pues recorrí su patria, casi toda, con su presencia en mi corazón.

Los domingos comía a su lado y compartía conmigo lo que, sin saberlo él, era ya difícil comprar, sólo para su gusto, porque su generosidad y confianza agotaron la fortuna; 'dejen comer a mi Pepelí todo el jamón, el queso y el pan con aceite de oliva que quiera', decía, entre castizos 'coños' y mexicanos 'chingaos'.

En la tarde dominguera veía con él la televisión en un mueble de buena madera que contenía un radio de 4 bandas -en onda corta escuchaba Radio Nacional de España- un tocadiscos de 78 a 33 revoluciones -discos de pasta, de Los Churumbeles, Los Bocheros y de Jorge Negrete, entre los que recuerdo- y un televisor -en blanco y negro- cuyos bulbos traidores nos causaron algunos disgustos.

Los toros -narrados por Pepe Alameda, "oro, seda, sangre y sol" y con la voz comercial de Paco Malgesto, "hondo y profundo", que al final de la corrida arrastraban la voz, después 'El cuento de Cachirulo', "adiooós amigos" y por último “Coros y danzas de España” --¿así se llamaría?--, que patrocinaba Aeronaves de México y usaba el tema de una zarzuela que decía -en el anuncio-: "¿Dónde vas con mantón de Manila?, dónde vas con vestido chiné?, pues me voy a Madrid de inmediato y me voy con mayor rapidez".

Yo veía un brillo especial en los ojos de mi abuelo cuando oía/veía jotas, chotis o pasodobles; ahora que el abuelo -abo- soy yo, comprendo que ese brillo es velo lacrimoso de nostalgia, de quien recuerda juventud ida y tiempos de fortaleza e ilusión.

Entre mis bienes más preciados -no soy muy afecto a los objetos, me estorban y me sobran- conservo el reloj de mesa que marcaba sus horas, su último sombrero y el bastón, desgastado por el uso, que lo sostuvo en sus últimos años y con cuyo mango me atrapaba cuando, muy pequeño aun, me quería escapar de su lado; ya más grande, era feliz con él y disfrutaba su compañía, su charla, sus historias y la atención que ponía en mis asuntos.

La muerte de mi abuelito Pepe, hace más de cincuenta y cuatro años, fue la primera pena de mi vida, un dolor inmenso que lloré a solas por mucho tiempo. Uno quisiera evitar esas penas a quienes ama, pero todos nos vamos en algún momento y alguien sufrirá por ello; bien mirado, ese dolor significa que algo hicimos bien y algo dejamos en quienes nos aman.

No se por qué, ahora que se acercan la nochebuena y la noche vieja, como se celebraba en mi casa materna, a la española, estoy recordando a mi abuelo; mi feliz niñez, en realidad.

Tal vez porque este 'annus horribilis', 2020, muchos tendrán lugares vacíos en su mesa y nostalgia por otras navidades, con reuniones familiares multitudinarias, alegres y llenas de esperanza.

Yo me acordaré de los turrones, los polvorones, las almendras confitadas y las castañas asadas de la mesa de mi abuelo; lo tendré presente, junto a mi abuela materna, mi mamá, mi papá y mi hermano Juan.

Y también recordaré a amigos ya idos y a otros, no enterrados, pero sí encerrados, a los que no sé si volveré a ver.

Comparto este texto, que en realidad escribo a mis nietos y nieta, a mi hija, mi hijo y mi nuera, por si por ahí ayuda a alguien a acordarse de mejores tiempos.

Y lo escribo para que sepa mi familia que venimos de una estirpe de gente buena, trabajadora y generosa.