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2 Marzo 2021, Puebla, México.

Testimonio personal de la peste, tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos / Carlos Figueroa Ibarra, sociólogo

COVID 19 en 2021 | Crónica | 19.FEB.2021

Testimonio personal de la peste, tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos / Carlos Figueroa Ibarra, sociólogo

Carlos Figueroa

“Tratemos de entrar  en la muerte con los ojos abiertos”.

Voces en los días del coronavirus

En marzo de 2020, mi querido amigo Sergio Mastretta me pidió un artículo  sobre mis vivencias personales de la peste. Fueron publicadas en un dossier que Sergio llamó “Voces en los días del coronavirus”.  Apenas llevábamos unas semanas de encierro y un mes después de que se había declarado oficialmente el inicio de la pandemia en México. En aquellos días se dispararon mis atavismos creados en los días de la clandestinidad en la lucha contra la dictadura militar guatemalteca. En esta ocasión, el enemigo cuyas intenciones asesinas tenemos que sortear,  no son las bandas de sicarios organizados por la inteligencia militar y el Ministerio de Gobernación que asesinaban o desaparecían inmisericordemente a todos aquellos que luchábamos contra ese régimen terrorista. El enemigo era y es el infame SARS CoV-2, muchísimo   más peligroso  porque es invisible y ubicuo.

Aquel día en que escribí mi artículo para Mundo Nuestro (28 de marzo de 2020), lamentaba yo la posibilidad de que el 20 de abril de ese año  hubiera 200 mil infectados y entre 2 y 4 mil muertos. Hoy, 31 de enero de 2021, las cifras oficiales estiman 2 millones de infectados y más 177 mil defunciones. A fines de marzo de 2020, lamentaba yo la muerte de 5 de mis amigos y conocidos coetáneos en 2019. Hoy he lamentado la muerte de 8 más en 2020, cinco  de ellos abatidos por el coronavirus. Y estos días de enero de 2021, la parca se ha llevado a dos más de mis camaradas de lucha y amigos queridos.

Voces en los días del coronavirus 2020 / Testimonio personal de la peste/Carlos Figueroa Ibarra, sociólogo

Testimonio personal de la peste/Carlos Figueroa Ibarra, sociólogo

 

Sea porque estos meses han sido de muerte continua por la peste o porque he llegado a la edad en que uno está haciendo fila para el cementerio -por lo tanto los amigos o amigas empiezan el viaje sin retorno-, buena parte de mis pensamientos han estado asediados por la conciencia plena de mi propia mortalidad. No me siento derrotado ante mi propio fin y con astucia, la que aprendí en la clandestinidad, la he estado evadiendo porque tengo ganas de vivir muchos años más. Pero es inevitable que  -ante las noticias del deceso de amigos o amigas cuyos rostros sonrientes y vitales  evoco cuando me notifican de su partida-, a menudo me asalte el vértigo que ocasiona el dejar de ser. Días y semanas se me asemejan a una mazorca de maíz que lenta e ineluctablemente se desgrana dejando  el olote  o raquis desnudo que simboliza la muerte. Agobiado por el ritmo de trabajo ansío el viernes que barrunta el fin de semana y cuando llega, me abate darme cuenta que sin percatarme se me ha ido otra semana de vida.

En ese contexto, entre los diversos libros que he leído estos meses, me ha impactado particularmente el escrito al alimón por el filósofo neoliberal Jean Francois Revel y su hijo el monje budista Mathieu Ricard. El libro lleva por título El monje y el filósofo (Urano, 2016)  y es un conmovedor debate entre padre e hijo acerca de las concepciones del mundo que están detrás de la filosofía occidental y la oriental. Con justeza, Revel valora la sabiduría para la vida del budismo y le parece inconsistente su metafísica expresada en una “corriente de conciencia” que como río caudaloso corre más allá de la muerte y  reaparece en las sucesivas reencarnaciones que supuestamente vivimos los seres humanos. El miedo a la muerte o su no resignación ante ella,  ha hecho que filósofos o religiosos argumenten la inmortalidad del alma y en un plano más sofisticado la independencia del espíritu con respecto al mundo material. Con todo el respeto que me merecen mis amigos y familiares creyentes o idealistas, el planteamiento se me hace un absurdo. No he podido sino coincidir en esto con Revel (muerto en 2006) pese a que me parezcan desechables todos sus planteamientos reaccionarios. Para alguien que no cree en otra vida más que la que vivimos, conviene recordar lo que alguna vez me contó mi maestro Severo Martínez Peláez  que decía Tito Lucrecio Caro: “Si antes de nacer no fuiste, no te preocupes de no ser después de morir”. O la famosa y sabia frase de Epicuro: “Mientras somos la muerte no está presente, y cuando la muerte se presenta ya no existimos”.

He recordado cómo vivíamos el asedio asesino los resistentes a la dictadura militar. La mayoría no llegábamos a los 30 años y pese a tener la muerte cerca acaso no la tomábamos en serio. O al menos eso parecía. El zopilote que aleteaba encima de nosotros  parecía no quitarnos la alegría de vivir y aun de pensar en el futuro. Amábamos y hasta engendrábamos hijos. Acaso eso haya cambiado un poco cuando los asesinatos y desapariciones incrementaron, pero éramos tan jóvenes que pese a los sicarios la muerte era un hecho remoto. Hoy, vivo el virus mortal con la misma lógica de aquellos años. Escucho atento las noticias diarias, veo los cuadros estadísticos, ritmos y curvas de muertos e infectados. Y obro en consecuencia aprovechando lo privilegiado que soy. Salgo poco o no salgo, depende de cómo calcule la situación. Pero la diferencia es que cuando estoy más cerca de los setenta que de los sesenta, la muerte ya no es un acontecimiento remoto. Como todos los de mi edad, busco eludir la muerte que provoca la peste, conciente de que ya he vivido más años de los que me restan vivir. Trato de ser consecuente con mi concepción filosófica y busco afrontar serenamente el dejar de ser descartando cualquier esperanza metafísica. Y  recuerdo la frase final de  Margarita Youcenar  en sus Memorias de Adriano:

“Tratemos de entrar  en la muerte con los ojos abiertos”.