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14 Junio 2021, Puebla, México.

Con las botas puestas… Sobrevivir a dos experiencias cercanas a la  muerte / Guillermo Ruiz Argüelles

Sociedad | Crónica | 7.JUN.2021

Con las botas puestas… Sobrevivir a dos experiencias cercanas a la  muerte / Guillermo Ruiz Argüelles

Guillermo Ruiz Argüelles

Tuve COVID-19 a mis 69 años, pero no me arrepiento del contagio mientras atendía a mis pacientes

 

El 7 de noviembre de 2017 tuve un accidente en casa, y la fractura de la primera y la segunda vértebra cervical me obligó a someterme a una cirugía de columna. En el postoperatorio, las dificultades con la extubación prolongaron mi estancia en la unidad de cuidados intensivos durante doce días. Viví una experiencia cercana a la muerte, y para mi satisfacción y agradecimiento eterno, logré una recuperación completa.

Las experiencias vividas en ese momento me llevaron a tomar la decisión de escribir sobre este episodio: Una experiencia cercana a la muerte (1). El 24 de julio pasado, tan solo unos días después de escribir el artículo Rajarse bajo presión (2) en el que cuestiono de alguna manera el comportamiento de ciertos profesionales de la salud quienes se negaron a atender a  pacientes durante la pandemia del síndrome respiratorio agudo grave por coronavirus 2 (SARS-CoV2), me diagnostiqué yo mismo con COVID-19. El análisis identificó que el daño a mis pulmones era del 70 por ciento. El tratamiento con medicamentos, el plasma de personas convaleciente y suplementos de oxígeno condujeron, nuevamente, a mi recuperación y la desaparición del virus en los frotis nasales y faríngeos. Lo más probable es que me haya contagiado una persona a quien traté de sus problemas de salud, a pesar de las precauciones que siempre seguí al atender a los pacientes.

Así que después de sobrevivir a estas dos experiencias cercanas a la muerte, he sentido un deseo casi incontrolado de escribir sobre varias características de estos dos episodios: mis dos experiencias cercanas a la muerte (ECM): ECM1 y ECM2, y expresar algunos puntos de vista personales sobre estas dos momentos trascendentales en mi vida.

Ambas ECM fueron apoyadas total e incondicionalmente por mi esposa, hijos, nueras, nietas, hermanas, toda mi familia y mis amigos y colegas. Mientras que la ECM1 ocurrió en un hospital, la ECM2 sucedió en casa, y realmente creo que esto marcó una gran diferencia. Mi permanencia en la Unidad de Terapia Intensiva. Estando intubado requirió sedación pues, además, estaba experimentando y refiriendo dolor. Estuve muchos días bajo la influencia de opioides y otros sedantes que me provocaron alucinaciones y reacciones casi psicóticas y sufrí grandes dificultades para la extubación y la retirada de la ventilación mecánica. Doce días después de la impecable cirugía neurológica, y luego de cuatro intentos fallidos, me retiraron el tubo endotraqueal; mi mecánica respiratoria parecía estar anulada por los opioides; mi recuperación, después de varios días de ventilación mecánica, era lenta y difícil, así que pedí que me dieran el alta del hospital para completar mi recuperación en casa. Estoy convencido de que salir del hospital fue la mejor decisión en ese momento, a pesar de la opinión de los médicos tratantes y de toda mi familia. Afortunadamente, mi recuperación fue completa y sin secuelas neurológicas posteriores ya que los fragmentos de las dos vértebras rotas no se desplazaron.

Mientras estuve en la UTI todas las decisiones relacionadas con mi problema médico las tomaron mi esposa  y mis hijos. Después, tras la retirada de la ventilación mecánica, las asumí yo mismo. Durante mi recuperación de esta experiencia apliqué con frecuencia un instrumento necesario y que utilizo en todas mis decisiones médicas: el “retroscopio”, un instrumento que me permitió reconocer que probablemente fueron los sedantes los responsables de mi ineficiencia ventilatoria.

La ECM2 fue totalmente diferente. Todo ocurrió en casa y con la asistencia médica de verdaderos expertos en COVID-19 y de mi familia. El peor componente de este episodio fue la incertidumbre sobre la incapacidad de predecir el curso de la enfermedad. Una de mis principales preocupaciones era la posibilidad de requerir, nuevamente, ventilación mecánica; después de la ECM1, había decidido no volver a depender de la ventilación mecánica, pero el COVID-19 no estaba en mi mente. El daño pulmonar fue extenso y las posibilidades de necesitar ventilación mecánica persistieron como si los zopilotes volaran sobre mi cabeza. La combinación de dexametasona, la infección viral, la hipoxemia (la disminución de oxígeno en la sangre) y mi conocimiento de la enfermedad crearon la tormenta perfecta que generó ataques de pánico que nunca antes había experimentado; a pesar de estar conscientente de ellos, no podía controlarlos. Menos de 24 horas después de recibir plasma convaleciente de uno de mis residentes comencé a mejorar y hoy estoy completamente recuperado.

Como mis hijos habían sido previamente infectados con SARS-CoV2 y ya habían eliminado la infección, me visitaban en casa. Sin embargo, mi esposa fue la excepción, pues a pesar de los excepcionales cuidados que me dedicó nunca contrajo la infección.

Estas dos ECM, con sus felices e imprevistos finales, me dejaron varias lecciones: para la recuperación los miembros de la familia son sustancialmente mejores que las enfermeras; el hogar es sustancialmente mejor que cualquier hospital, y mantenerse alejado de los opioides y otros agentes sedantes es fundamental.

Contagiarse de  COVID-19 a mis 69 años fue peligroso; sin embargo, no me arrepiento de haberme infectado mientras atendía a mis pacientes.  Como diría George Armstrong CUSTER, a través de los labios de Errol FLYNN: “Preferiría morir con las botas puestas”.

 

Referencias:

  1. Ruiz-Argüelles GJ. A near-death experience. Rev Hematol Méx. 2018;19:54-5.
  2. Ruiz-Argüelles GJ. Crack under pressure. Rev Hematol Méx. 2020;21:127-8. Errol FLYNN’s lips (Fig. 1).