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15 Julio 2024, Puebla, México.

Balón y poder. Etampas de mi vida llanera (2)

Deportes /Sociedad | Crónica | 6.DIC.2022

Balón y poder. Etampas de mi vida llanera (2)

 

Victoria y realidad

 

Nuestro equipo se llama Lazio y jugamos con una camiseta azul como la del equipo romano al que sé que le va mi papá. Somos el 5A. Yo soy el capitán y mis compañeros no se han opuesto a que nos llamemos con ese nombre extraño que a ninguno le importa. Espero verlos a cada uno en un rato en la premiación en el colegio, son mis compañeros de equipo: Raúl Gil, a quien sobre todo le gustaba el beisbol y sería después gran basquetbolista en la UDLA y fotógrafo extraordinario; Periquito Nuño, tan menudo como yo, dedicará su vida al comercio maderero; Xaviercito Fernández se irá a estudiar a Monterrey y se convertirá en banquero; Sergio Hidalgo, mi amigo más antiguo, será arquitecto y morirá muy joven; el Cuate Menéndez será un empresario multifacético, le gustará la política pero tendrá que administrar por siempre en Huamantla la granja de cerdos; Francisco Rojas, mi vecino de la 15 sur, será ingeniero y vivirá en Cuernavaca; Pablo Salgado, el de la fábrica de jergas Salgado, también morirá muy joven; Oscar Couoh, estudiará ingeniería en alimentos y en el futuro pondrá el primer restaurante japonés en la ciudad; Eladio Martínez, el próximo año cambiará de escuela y nunca más volveré a verlo; Ernesto Veraza organizará una controvertida fiesta de generación cuando salgamos de la prepa y se irá a vivir a México; Gerardo Cepeda será ingeniero, y como su papá, dedicará la vida a la iluminación eléctrica; y José Luis Calva, nuestro portero, se convertirá en piloto aviador y a su retiro se dejará una gran barba de profeta. Somos el 5A y somos los campeones de la Primaria del Oriente. En el campo de la Democracia le ganamos 1 a 0 en la final a los del 6C. Yo metí ese único gol.

Y esta noche en la escuela nos darán una medalla con todos los papás presentes.

Hoy es martes y ya ha oscurecido, por lo que seguro es alguna noche de noviembre de 1966, casi el fin de cursos. La cita es a las 7.30 y no llegaremos mamá y yo a la premiación. En un rato más, eso será un hecho, no iremos a la premiación: mamá no termina a tiempo la clase de baile para niñas en la academia que tiene en casa.

Lo siento mucho, mijito, me dice.

Ahora mismo no sé si estoy triste. La realidad va primero. Recordaré siempre su voz en el salón de danza: ¡plié, relevé... primera, segunda...! Y ahora mismo me veo quebrar hacia el área grande y disparar con la zurda un tiro abajo pegado al poste inalcanzable para el arquero. Campeones. 

 

Conciencia

 

El portero del Guadalajara y la Selección Nacional, Ignacio Calderón.

 

Tiene que ser 1966, pues yo tengo diez años y Nacho Calderón es ya el mejor portero de México y falta poco para que Boby Charlton le clave un gol con un rayo de 25 metros en el Mundial de Inglaterra en el mes de julio. Estos días todos los niños porteros se ponen su nombre en los recreos. La cancha del Centro Escolar Niños Héroes de Chapultepec cumple con todos los requisitos: rodeada por una pista olímpica de 400 metros, tiene exactos cien de portería a portería. Empastada, por ella pecamos de envidia quienes correteamos por los potreros de los campos de La Salle o en el campo de la democracia en nuestro colegio de la 21 Sur. Y en ella estamos una tarde de sábado –no puede haber mejor momento para un partido de fut—los de la selección del Oriente contra los dueños de casa.

En el segundo tiempo vamos adelante 3 a 0. Ejecuto un tiro de castigo. Logro librar la barrera. El portero del CENCH no tiene guantes, nadie usa guantes, y sí tiene aceite en las manos. Gol. 4 a 0.

“Pinche Coladerón”, le grita uno de sus compañeros.

Los vencedores reímos. Pero yo sé que mi tiro no fue bueno.

Le puedes ganar a los otros 4 a 0. Eso no te hace mejor.

 

 

 

Esa es la selección del Oriente que derrota a la escuadra del CENCH en su estadio. Para cuando contemplemos esta fotografía en diciembre de 2022 ya no estarán algunos de estos futbolistas. Estamos en los campos de La Salle y a nadie parece importarle el tutti frutti de las camisetas. A la izquierda, el jesuita Maximino Verduzco; a la derecha, el Profesor Villalba. En esa línea de parados, desde la izquierda, Ernesto Veraza y Alejandro Arroyo (morirá en el año 2013 de una cáncer fulminante); le siguen Víctor Amaral Sequeira y Sergio Hidalgo (el que saluda feliz; se lo llevará un cáncer en el 2003); luego Pablo Salgado (morirá también en los primeros años del siglo XXI)), Eduardo Castillo y Poncho Carbajal (su muerte repentina a principios de 2022 nos sorprenderá a todos). Abajo, Eladio, Raúl Gil, el Güero Gómez Calderón (de los que ser irá más pronto, en el año de 1994, también víctima de cáncer), el Flaco José Luis Carbajal, Sergio Mastretta, Gerardo Rivera y Jaime Carbó.

 

Knock Out

 

También en el fut se tira la toalla. Y un partido puede oficialmente durar 35 minutos. El 6 de octubre de 1968 se inaugura el Estadio Cuauhtémoc con un México-Checoslovaquia de partido estelar y del que no tengo memoria aunque estaré ahí y vayan a quedar 1 a 1. Antes, el preliminar entre los Cremas del América, con su plantilla millonaria a cargo del Tigre Azcárraga, el dueño del futbol en México y causante de todas las desgracias futuras de la selección nacional, y los Camoteros del Puebla, todavía en la penuria de la Segunda División y hasta la semana pasada usuario del vetusto Zaragoza donde enfrenta a trabucos como el Texcoco y sus camisetas con números prendidos con alfileres. Es el juego inaugural del Cuauhtémoc y que atestiguo a las 11 de la mañana en un lleno a reventar desde la tribuna cercana al córner sur-poniente. El juego sucede en cámara rápida, los goles caen como granizo en julio: en el minuto 35 del primer tiempo el saldo que por primera vez registra el marcador electrónico es de 7 a 1 en contra del Puebla.

Cuando cae el tanto siete Don Pedro aparece en la banda del lado de la tribuna de sombra, elegante como siempre en su saco azul. Pedro Ángel Palou es mi maestro de Historia en el Instituto Militarizado Oriente, y es un patriarca del colegio jesuita. Tiene un vozarrón de impacto cósmico y es amante del futbol. No necesita hablas ahora. Su mirada retrata la pesadumbre camotera, hace rato que se olvidó el rencor en la tribuna, un gol más y el respetable estallará en carcajadas. Y no hay club que aguante tal tribulación en su historia. Comprendo entonces la intuición de fondo en el directivo Don Pedro. No sé cuál sea su cargo esta mañana de estreno, pero seguro manda, pues el árbitro no duda en reconocer su autoridad. Sus ojos se encuentran al tiempo que los largos brazos de Don Pedro son la tijera que corta el aire para decir esta masacre aquí termina. 

Don Pedro tira la toalla. La ocarina del silbante pita el KO de la inauguración.

 

El equipo Puebla, FC a mediados de los años sesenta en el Estadio Zaragoza.

 

(CONTINUARÁ)