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15 Julio 2024, Puebla, México.

Crónica del terror: Gobernador, el crimen organizado no es un Guasón / Sergio Mastretta

Sociedad /Gobierno /Justicia | Crónica | 8.DIC.2022

Crónica del terror: Gobernador, el crimen organizado no es un Guasón / Sergio Mastretta

 

El lunes 5 de diciembre Miguel Barbosa se refirió a las mantas que aparecieron en cuatro o cinco puentes de la ciudad con firma del Cartel Jalisco Nueva Generación: “Es un bromista –dijo el gobernador--, es un guasón poblano, al que le voy a poner el Huazontle”.

Y siguió: “Que saque 20… Todas nuestras fuerzas del orden están pendientes de cualquier hecho, y siempre estamos nosotros repeliendo cualquier intento delincuencial de actuar y sabremos responder. Este es un bromista, no hay ninguna importancia de otra naturaleza, ¿qué quiere?, ¿meternos terror, miedo? No, que saque otras cinco mantas si quiere mañana, no pasa nada, eso sí, estamos prevenidos, no crean que lo tomamos a broma, todo es en serio”

Llevo tres días intentando comprender sus palabras. ¿Es una broma el crimen organizado?

En julio del 2017 escribí esta crónica de la masacre ocurrida en el pueblo de Huehuatlán el Grande.

La recupero ahora para recordarle al gobernador que la violencia y la muerte de personas inocentes no son obra de un bromista.

 

 

Una noche de terror en Huehuetlán El Grande

 

Lunes 3 de julio de 2017. Mediodía de sol y pena en una casa a la entrada de Huehuetlán el Grande.

Los dos han perdido a su hijo en la matanza del domingo. Los dos han perdido la pierna izquierda por la diabetes, una enfermedad que como plaga bíblica arrasa también los cuerpos recios de los campesinos en México. Claudio De Santiago no pasa de los 50 años y llega al velorio apoyado en las muletas pues un clavo enterrado en el pie derivó en la amputación. Elías Torres tiene unos 65 años, algunos ya de lisiado, y recibe las condolencias sentado en una silla, bajo un manteado en el solar trasero de la casa de su hijo Merced Torres Ramos, un comerciante de materiales de construcción de 36 años de edad que yace en un féretro rodeado de flores, cirios y veladoras en la sala de su propia casa.

Claudio abraza a Elías, su amigo, y se sienta en una silla a su lado. Ha venido a darle el pésame. Hoy es el día de la velación de los cuerpos de la más reciente masacre mexicana.

El velorio de sus hijos muertos por sicarios de una de las tantas bandas que asolan los caminos rurales de México. La de Los Cuijes, en Huehuetlán el Grande.

Cuije, tropical y esquiva, afilada y fina, rayadita, la más tropical de las lagartijas mexicanas.

Los Cuijes, más de treinta tipos trepados en cinco vehículos, se apuntan en la historia natural de las matanzas en las serranías mixtecas.

“A mí todavía no me entregan a Hugo”, dice Claudio.

Ni a su hermano Pablo De Santiago Ponce. Ni a su primo Luis Ponce. Las autoridades tampoco han entregado los cuerpos de Abraham e Ignacio Flores Díaz. A los cinco los encontraron calcinados en un paraje de Santo Tomás Chautla y esperan la prueba del ADN de sus familiares.

“En la madrugada fui a buscar a un cura a Teopantlán –le cuenta Elías sobre su viaje a ese pueblo a una hora de camino en terracería--, para la misa de mi hijo, pero no quiso venir, dice ‘no voy, en Huehuetlán matan, y además el obispo no nos da el permiso’.

Una mujer regordeta los interrumpe, abraza a Elías, le dice, compadre, estamos con ustedes.

“Mi mujer quiere que nos váyamos del pueblo –dice Claudio,  ya para todos los que escuchamos--, pero yo le digo no, no me voy a ir, ¿a dónde pues? Si ai mismo les dije a los matones que me encañonaron, ¿yo ya pa qué les sirvo, que no me ven cómo estoy?”

Claudio es bajito y su voz es tenue. Pero puedo verlo en el corte de jícamas, se arrastra por el suelo y aventaja sin su pierna como ninguno de los jornaleros de a 130 pesos en alguna de las parcelas de riego de los ejidatarios del pueblo. Porque eso confirman todos de él: que es un jornalero pobre, y con él sus hijos.

“¿A dónde pues vamos a ir…?”, vuelve a decir.

Claudio y Elías observan el trajín en el patio. Un grupo de mujeres pela chiles y cebollas y arremete contra las cacerolas para el mole y el arroz que se servirá a lo largo de las próximas veinticuatro horas que duren las velas y el sepelio de sus hijos. Siempre es así en Huehuetlán, la gente se arrima con la familia del difunto, le lleva maíz, arroz, frijoles, azúcar, todo lo necesario para el convite. Y los hombres esperan, fuman, conversan en cuclillas bajo la sombra de los mangos y los mameyes.

De cuando en cuando el llanto nítido de la viuda de Merced llega al patio, paraliza los pensamientos, vuelve a darle al duelo el único sentido del día.

Más al rato, también, llegarán las rezanderas.

 

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La muerte en los pueblos es mucho más cercana. El asesinato en los pueblos es mucho más guerra civil que esta soterrada guerra nacional de todos los días en las noticias. En el pueblo todos han visto nacer y crecer al asesino y al muerto. No hay crimen anónimo.

En esto pienso cuando en la carretera queda atrás el lago de Valsequillo y su presa inmunda –huelo ahí, en la cortina, justamente a muerto--, y bajamos desde los dos mil metros a los 1,300 metros tropicales por un denso bosque de encinos hacia la cañada del río de ahuehuetes que le da vida por decenas de apantles a las 500 hectáreas de riego que desde 1928 la revolución le quitó al hacendado para volverlas ejido en el valle juntito al sur del pueblo, tierra buena para el pápalo y la jícama que nos comemos en cemitas y con chile piquín en la ciudad de Puebla. Cuántas pequeñas guerras civiles he visto en los últimos cuarenta años. Aquellas de los años ochenta: Huitzilan de Serdán con Antorcha Campesina y la Unidad Campesina Independiente en la sierra norte, ¿ciento cincuenta muertos? San Juan Calmecac en la mixteca, con su banda de Los Platones ligados a los judiciales del estado de Morelos contratados como guardias blancas por los caciques de la CNC, ¿ciento cincuenta muertos? ¿Y la de Zacapala y su hambruna en 1982, con los matones de ambos bandos respaldados unos por el Estado Mayor Presidencial y otros por la judicial del estado? ¿Y la de Cuayuca de Andrade, ahí cerquita, que involucra de nuevo a Antorcha Campesina? ¿Y la de Déborah Carrizal, que se llevó la vida de varios hijos y nietos de los peones acasillados del gobernador porfiriano Mucio P. Martínez?

Son las guerras civiles invisibles, de cuando nadie en México hablaba de crimen organizado. Esta última, la de Huehuetlán el Grande, de apenas  siete mil habitantes regados en seis localidades, ha tocado fondos extremos, como los que con azoro hemos visto expandirse por Sinaloa, Chihuahua, Coahuila, Tamaulipas, Veracruz, Guerrero  y Michoacán. Nadie hablaba de sicarios entonces. Ni de colgados en los puentes. Ni de descabezados y desmembrados. Ni de cuerpos calcinados y mensajes furtivos para reventar “la plaza”.

Ya hablamos de ello en Puebla.

 

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A las 2 de la tarde ha llegado el cura Alfredo Herrera a la casa de la familia Ramírez. En el patio cubierto del sol por una lona de veinte por veinte metros hay un tendido de sillas abarrotado de vecinos. Al fondo, el mismo trajín de mujeres que revuelven ollas y cuecen tortillas y platican bajito. Pegado a la casa, montada sobre el declive del cerro, la familia ha dispuesto contra el solar y entre racimos de rosas y gladiolas un altar con los féretros de Evaristo Ramírez Pedraza y Ramiro su hijo, asesinados por los sicarios justo enfrente de la casa de Claudio de Santiago. Uno de los cadáveres fue arrastrado calle abajo, algo incomprensible para cualquiera que mire la huella de la sangre en el cemento retratada por los fotógrafos de prensa.

Son escenas que estallan desvalidas de lógica como los fogonazos que el domingo en la noche rebotan contra el silencio de la montaña.

El cura inicia las exequias. Dice que no tiene permiso del obispo para oficiar la misa. Aun así, reparte entre los fieles las lecturas de Isaías y San Juan, y de su doctrina extrae la idea de los incomprensibles designios de dios –dios, ¿habrá palabra más necia?-- y la firme aceptación de su voluntad para sacrificar a Jesús para cumplirlos.

Ese fogonazo también rebota contra la limpidez del sol. Designios. Voluntad. Palabra de dios. Y vacío.

Entiendo entonces qué tan profundo es el encono del arzobispo de Puebla contra este pueblo insumiso que apenas en diciembre expulsó al fraile dominico que quiso arrebatarle la organización de la fiesta del Santo Niño de la Candelaria y mejor se trajo a un cura de Chiapas de nombre David González Márquez, a quien el gobierno de Puebla metió en la cárcel el 1 de junio pasado bajo la acusación de  fraude y usurpación de funciones. Supongo que entre políticos y jerarcas hay concordia.

En las exequias corre el rumor de que el cura acusado de pirata por la curia poblana ha llamado desde el penal de Tehuacán en donde se encuentra guardado.

Y les ha dicho: “No busquen venganza.”

El cura Herrera toma camino del velorio del difunto Merced. En la casa de los Ramírez se sirve una comilona de mole y agua de limón en platos y vasos de unicel.

 

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En Huehuetlán es un día de duelo. He asistido no como reportero a esta velación. He decidido no hacer preguntas de periodista. Recojo de memoria en la vela las conversaciones que relatan también a chispazos lo ocurrido en esa noche de barbarie.

Hago un resumen. Y lo primero, dice la gente: esto no empezó el domingo.  Un comando, se escribe en la prensa. Los Cuijes, dicen en el velorio. Como muchos jóvenes de la región, hace unos años se fueron a Estados Unidos. De allá regresaron hace un tiempo deportados. Mantienen en el terror a la población desde hace por lo menos tres años. Al menos uno de ellos, Pedro Martínez Gómez, conocido como “El Cuije” ha trabajado de escolta del presidente José Santamaría Zavala, nativo del barrio de San Antonio Coatepec, quien morirá asesinado en agosto del 2016 en un crimen achacado al propio Cuije. Deben por lo menos cuatro muertos. Ya son una banda. Para la masacre del domingo se mueven en un convoy de al menos cuatro vehículos y son cerca de treinta matones. Ya no son nada más los nativos de San Antonio Coatepec, la banda ha traído gente de fuera. Entran y salen de Coatepec, pero ya no hacen base ahí, se dice que están en la ciudad de Puebla. La familia inmediata se ha ido de Coatepec. Sin embargo, tenían dos días en el pueblo y a la vista de la gente de Huehuetlán. De hecho, el domingo por la mañana se han presentado en la casa de Merced Torres Ramos para exigirle el pago del derecho de piso. La gente habla de un primer asesinato un 15 de septiembre del 2012 o 2013, en un pleito entre sobrinos; un muchacho quiere poner la paz, y a él lo quiebran.  Y dos más el primer día de enero de este año, en una fiesta en la junta auxiliar de San Martín, los Cuijes matan a dos personas, padre e hijo.

No es un asunto nuevo. En marzo del 2015 un nutrido grupo de pobladores, mujeres, niños y jóvenes, se manifiesta por las calles de Huehuetlán con carteles para demandar paz y seguridad al entonces alcalde José Santamaría Zavala. Apenas el 3 de marzo de ese 2015 ha sido acribillado en las calles del centro de la comunidad Jesús Martínez Osorio, de 30 años de edad. La crónica del diario e-consulta apunta a quien hoy encabeza la banda de Los Cuijes, como el matón:   “El Cuije”, quien es escolta del presidente municipal, estaba cenando en la plaza y vio pasar a Jesús a bordo de una camioneta con placas de California, lo alcanzó y le disparó a dos calles de la Comandancia de la Policía, pero los oficiales lo dejaron ir.”

Esa misma nota da cuenta del reclamo al entonces gobernador Moreno Valle:

“Así que la manifestación que hicimos –explican los manifestantes-, es porque queremos ser libres de salir de nuestras casas a la hora que nos plazca sin miedo, sin preocupaciones. Que los niños puedan jugar en las calles y por eso queremos pedir al gobernador Rafael Moreno Valle que nos mande policías capacitados. Porque ahora sí que el pueblo anda caliente y quién sabe qué pueda suceder”.

Lo que ha sucedido. La barbarie.

 

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El domingo 2 de julio por la noche los matones entran por el poniente de Huehuetlán, por el camino que comunica con San Antonio Coatepec, uno de los cuatro barrios de la cabecera municipal, y de donde es nativo el cabecilla de la banda de los Cuijes. Son las últimas horas de la noche del domingo 2 de julio. Las 11.30, dice la mayoría de las voces. Y son cuatro o cinco vehículos. Y tal vez hasta treinta sicarios.

Hugo De Santiago tiene hambre y ha salido de casa en busca de unas chalupas. Él es el primero que levantan los sicarios. En el relato no se aclara si lo buscaban a él directamente o si simplemente fue su mala fortuna.

A esta hora la gente en sus casas empieza a escuchar detonaciones múltiples. Se llama por celular entre sí. Se avisan unos a otros. En algún momento empiezan a llamar a emergencia las campanas de un templo. De inmediato llaman a los celulares de los policías municipales. Son seis. Esa es la fuerza pública para todo el municipio. Seis. Ninguno responde.

Un grupo de los Cuijes entra a la casa de la familia De Santiago. Al parecer buscan al Chino, a quien también apelan la Pulga. Los de Santiago son menuditos, como Claudio. Les dicen así, las Pulgas. El Chino alcanza a escapar por el patio trasero. Los Cuijes se llevan a Pablo De Santiago, hijo de Claudio, y a Luis Ponce, su primo. Los levantan. Encañonan a Claudio, quien les alcanza a decir que ya él para qué, que es un inválido. Claudio no sabrá hasta más tarde que en una de las bateas de las camionetas de los sicarios se llevan también a su hijo Hugo. Los tres aparecerán calcinados junto con los hermanos Flores Díaz en un paraje de Santo Tomás Chautla, ya en el municipio de Puebla, cerca de la carretera a la presa de Valsequillo, a unos 500 metros delante de la desviación a San Baltasar Tetela. El rumor que corre en el velorio es que los quemaron vivos. De todo eso se sabrá hasta el lunes 3 de julio por la mañana.

A Claudio y a la familia De Santiago los sicarios los dejan encerrados en la vivienda. Ahí quedan también las dos hijas de Hugo, una niña de cuatro años y un bebé de ocho meses a la que esperaba bautizar en diciembre. Cerca de la casa de Claudio los sicarios encuentran a N. Ramírez. Intentan levantarlo, lo golpean, pero el joven logra huir y toma camino de su casa por los recovecos que cruzan las calles y entre los solares llevan al otro lado del pueblo.

Evaristo Ramírez y su hijo Ramiro también han escuchado los balazos y están alarmados pues el segundo hijo de Evaristo está en la calle. Los Ramírez viven del otro lado del pueblo, cerca de la salida a Puebla por la carretera de El Aguacate, muy cerca ya de la casa de materiales donde también vive Merced Torres Ramos. Se deciden por salir a buscarlo y bajan  hacia donde se oye la balacera. Padre y hermano se cruzan con el otro muchacho Ramírez, sin encontrarlo.

Los Ramírez encuentran a los sicarios. Ellos serán los primeros muertos. Pero los acontecimientos no son simples. Ramiro se enfrenta a golpes con uno de los matones. En el velorio alguien comenta que Evaristo quiso dialogar con los sicarios. No hubo modo. A los dos los cosen a balazos.

Pero los Cuijes supieron a quiénes mataron. La familia Ramírez es importante en el pueblo. Son muchísimos. Y eso se comprueba en el sillerío repleto y en las mesas en las que se sirve el mole en la velación. No hay menos de doscientas personas. Por eso uno de los Cuijes alcanza a exclamar “a los Ramírez no” cuando el sicario fuereño dispara. Demasiado tarde. ¿A mí qué con que sean Ramírez?, dicen que dijo el matón.

En este recuento no aparece el momento del levantón de los señores Flores Díaz. No hay información que me lleve a contar en qué momento los subieron a las bateas. Sus cuerpos quedarán irreconocibles y todavía este martes en la tarde esperan el ADN de sus parientes.

A la media noche los matones han cruzado el pueblo. Llegan a la casa de Merced Torres Ramos, una construcción reciente, grande, de dos pisos a la que se llega por una escalinata de piedra desde la carretera; a la izquierda de la casa está el comercio de materiales, con un trascabo, varios vehículos, como si se tratara de un taller mecánico, y montoneras de arena y piedra. Es propiamente una empresa comercial, y tiene  la pinta de un negocio próspero. Un testimonio afirma que por la mañana de ese domingo los Cuijes fueron a cobrar la extorsión exigida al propietario del negocio.

En la casa vive Merced con su esposa y tres hijas. A balazos los atacantes abren la puerta. Se cuentan al menos cuatro plomazos. Matan a Merced. Golpean a la hija pequeña. Obligan a la hija mayor a entregar el dinero que se guarda en casa.

Luego, sin más, toman rumbo a Puebla.

Las campanas a rebato de emergencia siguen sonando cuando los matones se han ido. Ha salido la gente con machetes y armas de fuego. Pero ya no hay nada que hacer. En la calle están los cuerpos de los señores Evaristo y Ramiro Ramírez. Y la huella de la sangre en el pavimento. El cadáver de Merced está en su casa. Los celulares siguen intentando respuesta de la policía. Los municipales están desaparecidos. De los estatales el absoluto silencio, como el que ya cuelga por toda la Sierra del Tentzo. Entre el pueblo y el crucero en Los Ángeles Tetela hay al menos media hora de camino, tiempo suficiente para armar un operativo de seguridad pública para interceptar el escape de los matones. Pero de los celulares de la policía sólo se registra el vacío.

También las campanas, más allá de la medianoche, han cesado su revuelo.

 

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Según los decires, el cabecilla de la banda, nativo de San Antonio Coatepec, era todavía el año pasado un escolta del presidente municipal José Santamaría Zavala, asesinado en agosto del año pasado. A Santamaría lo cazaron en la carretera que cruza el Tentzo hacia el pueblo, en un paraje donde entra el celular, en una curva, ideal para el aviso y el tiroteo.

En Huehuetlán había hasta el domingo pasado seis policías municipales, incluyendo al comandante. Quedan cinco. El comandante, señalado por la gente de trabajar para los Cuijes --la banda que mantiene el terror en la región--, murió asesinado el lunes a las 7 de la mañana por un poblador furioso por la masacre de la noche anterior.

 

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Asisto a la ceremonia de exequias de Merced Torres Ramos, ya de regreso de la comilona organizada en el velorio de Evaristo y Ramiro Ramírez. Aquí el cura Alfredo herrera prepara las lecturas de Isaías y San Juan, y en el traspatio sigue el trajín del mole. Tampoco habrá misa.

Elías, el padre de Merced, expresa su pesar. Es la tradición en Huehuetlán que se celebre una misa de cuerpo presente en la casa del difunto. Pero hoy el cura Herrera les confirma que no puede hacerlo, que no tiene permiso del arzobispo.

Alfredo Herrera llama a recitar el yo pecador. Las mujeres cantan los responsos.

 

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De regreso en Puebla me recibe una nueva tormenta. El cielo, diría un atribulado campesino, se cae sobre nuestras cabezas.

Como ha caído sobre Huehuetlán. Trato de condensar lo que he visto en ese trópico nuestro tan cercano.

Es una revoltura de procesos que de repente estallan en una masacre: la gavilla local que se alía a delincuentes foráneos posiblemente por el huachicol o las rutas de narco que cruzan la mixteca; el pandillerismo de pueblo con jóvenes migrantes retornados o sin empleo, tal vez ligados a drogas; el comportamiento de las policías municipales, convertidas en cuerpos de seguridad al mejor postor, empezando por el alcalde de turno, al que simplemente pueden traicionar por un mejor o más peligroso patrón; la coyuntura del conflicto religioso, que envalentona al pueblo de Coatepec contra el de Huehuetlán por el respaldo que obtienen del obispo (allá mandó Sánchez al nuevo párroco en lugar del corrido y del acusado de pirata); y los sicarios desatados, tipos para los que ya no hay tranca que saltar, para los que es igual un balazo, que un hachazo o un gasolinazo. Tipos para los que en el asesinato está el mensaje.

Al final, el horror. El único, criminal y organizado mensaje.

 

 

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