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3 Marzo 2024, Puebla, México.

Tronos y cruces: la Iglesia y América / Luis Gerardo Ortiz Corona

Universidades /Cultura | Ensayo | 9.ENE.2023

Tronos y cruces: la Iglesia y América / Luis Gerardo Ortiz Corona

Mundo Nuestro. Con este texto sobre la historia de la iglesia católica en América Latina presentamos al nuevo colaborador de nuestra revista, el  Doctor Luis Gerardo Ortiz Corona, especialista en historia y derecho. 

(La ilustración de portadilla es del Archivo General de la Nación. La crónica de Michoacán: evangelización indígena. Anónimo. 1792. Sin lugar. AGN, Mapas, Planos e Ilustraciones, N° 0206. Procede de: Historia, vol. 9, exp.17)

 

 

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“Si en este país hubiera democracia, el presidente usaría sotana”. Lay Ley de Herodes (Luis Estrada, 1999)

 

Ceelebramos el pasado diciembre, una vez más, el gran episodio guadalupano, y nos preguntamos: ¿Cuál ha sido la relación entre la Iglesia y el Estado Mexicano en nuestra historia? Poco más de 500 años nos separan del primer contacto entre los indígenas y los primeros evangelizadores. Según se relata en el diario de a bordo de Cristóbal Colón, ningún sacerdote le acompañó en su primera aventura; fue poco después, en 1493, que fray Bernal Boyl, a través de la bula piis fidelium, se convirtió en el primer representante de la fe en las otrora Indias Occidentales.

Imaginemos la sorpresa de las comunidades taínas y arahuacas al contemplar a las primeras personas “de fe” que arribaron a las Antillas, llenas de solemnidad, con ropas oscuras y provistas de una infinidad de cruces. Los indígenas ignoraban que detrás de los curas imperaba un patronato regio que bendecía las campañas bélicas de la monarquía, siempre y cuando se garantizara la expansión del catolicismo y la expulsión de los herejes. Éxodos de judíos y musulmanes en los años previos, y posteriores, a la caída de Granada, dan testimonio de lo anterior.

El patronato permitió a los Reyes reclamar a su favor una gran parte de América a través de las bulas alejandrinas. Esa misma alianza, facilitó la evangelización de los indígenas, y trajo oleadas de agrupaciones religiosas al territorio.

La fe se adhirió a las Leyes de Indias observando a la sociedad como un cúmulo de atributos espirituales y civiles que debían ser atendidos en conjunto; así llegó a América el Tribunal del Santo Oficio. Las universidades, por ejemplo, fueron administradas por órdenes religiosas. En el arte, se privilegió lo sacro plasmado en la arquitectura (barroca, churrigueresca, gótica), la pintura o la escultura.

El protestantismo surgido en el siglo XVI minó la autoridad del catolicismo, permitiendo que otras potencias europeas llegaran a América a fundar colonias, burlándose de la excomunión que el Vaticano profirió contra todos aquellos que ignoraran las concesiones soberanas hechas a favor de los reinos católicos de la península ibérica.

Después de la muerte, sin herederos, del último de los Habsburgo en España -a quien siempre se le achacó provenir de un linaje endogámico y enfermo-, llegaron los Borbones. Esta familia, descendiente del finado Luis XIV de Francia, asumió un trono manchado de sangre tras una guerra de sucesión nunca vista. Con “el cambio” llegó el despotismo ilustrado que, por primera vez, cuestionó los derechos de la iglesia frente a la monarquía y la sometió a las decisiones del Rey; a esto se le conoció como regalismo y se mostró con la expulsión de los Jesuitas en el año de 1767.

 

Expulsión de los jesuitas del territorioo español.

 

La Iglesia no había sido derrotada, pero estaba herida. Los Borbones reformaron la administración, la territorialidad y la forma de las jurisdicciones políticas y sociales. Sin cuestionar, los frailes dejaron las parroquias y se devolvieron al claustro. Se detuvo la evangelización activa de pueblos originarios. Se reestructuraron las finanzas de los templos y el clero regular se sometió a la autoridad del monarca.

 

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“Las religiones, como las luciérnagas, necesitan de oscuridad para brillar” Parerga y Paralipómena (Schopenhauer, 1851).

 

La religión católica, fruto del ingenio del emperador Constantino, fue la aparente depositaria de las palabras y milagros de Yeshua bar Yosef (Jesús, hijo de José). Gracias a ello, los monarcas medievales legitimaron su autoridad a través de su fe, cerrando filas ante las amenazas que el medio y lejano oriente representaban.

La expulsión de los moros de la península ibérica, luego de que Isabel y Fernando hicieran una última cruzada contra el rey Boabdil de Granada, significó la supremacía de la fe católica sobre cualquier otra en suelo europeo, logrando con ello que el Papa Alejandro VI -quien, por cierto, era oriundo de Valencia- se convirtiera en el principal garante de las campañas de los reyes españoles en el viejo continente y en sus descubrimientos posteriores.

La iglesia viajó a América y brotó en todas las ciudades fundadas por los Habsburgo y los Borbones. El gran aparato del patronato regio, de origen visigodo, se vio reemplazado por el regalismo francés. Como consecuencia, la autoridad de la iglesia se vio “traicionada” por uno de sus más íntimos aliados. El resultado, un rompimiento entre el poder público y el poder eclesiástico.

Los que saben, opinan que la religión católica ha sobrevivido tantos siglos aprovechando su doble naturaleza: por un lado, una institución sumamente jerarquizada y administrada; por otro, una ideología que promete redención. Quizá por esa razón, la Independencia en México surgió en una parroquia y se cundió a todo el Bajío. Debilitada políticamente la organización, el espíritu, intacto, inflamó a los más desprotegidos y aprovechó el valor de lo intangible para oponerse a las reformas tiránicas.

Juárez y la promulgación de las leyes de reforma.

El siglo XVIII se abrió como una flor carmesí, donde las posturas liberales (jacobinas o masónicas) arremetieron con furia en contra de los modelos realistas. Para algunas naciones, eso significó el nacimiento de monarquías parlamentarias; para otras, la repulsión total hacia la nobleza y sus antiguas alianzas. La sangre corrió en levantamientos armados interminables, donde la suposición de igualdad como premisa elemental sólo resaltó más las dolorosas diferencias sociales y económicas en la población. La Iglesia intentó operar nuevamente un “patronato regio” con los primeros gobiernos del México independiente, pero la suerte ya estaba echada: poco a poco, la religión católica se convertiría, intermitentemente, en aliada y enemiga de los caudillos que lucharon con, y en contra, de: Iturbide, Santa Anna, Juárez, Maximiliano, Lerdo de Tejada, Porfirio Díaz, etc. A veces, los templos eran cuarteles, bodegas de reliquias para empeñar, auditorios para discursos políticos, barricadas; en otros momentos, sedes de coronaciones, bodas, bautizos, funerales y misas patrocinadas. Legalmente, por ejemplo, la Constitución de 1824 suponía, en sus primeros borradores, una nación exclusivamente católica e hispano parlante; la de 1857, un país donde el poder público e ideológico del catolicismo fuese reducido a su mínima expresión. Sea una u otra versión del México soberano, en ninguna de las dos legislaciones se entendía la gran diversidad espiritual, cultural, económica y social del país; al final, se percibía un divorcio entre la Iglesia y el Estado, donde los únicos damnificados fueron los habitantes. Como muestra de ello, las Leyes de Reforma propiciaron el latifundismo que, años más tarde, desencadenó a la Revolución Mexicana (y todo por creer que privar a las iglesias de tierras, inmuebles y talleres, beneficiaría al pueblo).

Hasta aquí esta entrega. En la próxima, cerraré contando cómo se relacionó el poder público y la religión católica en el siglo XX.