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18 Mayo 2024, Puebla, México.

La historia de una mujer en el sitio de Puebla en 1863 / Sergio Mastretta

Cultura /Ciudad | Reseña | 21.MAR.2023

La historia de una mujer en el sitio de Puebla en 1863 / Sergio Mastretta

Sobre la novela Destinada al infortunio, de Óscar Hernández López

 Destinada al infortunio, de Óscar Hernández López. IMAP, Puebla, 2023

Imagen de portadilla: Jarrón con escena de mujeres bailando (detalle). Anónimo, 1840-1860. Loza estannífera (talavera). Museo Amparo, Sala de Arte Virreinal y Siglo XIX.

 

Esta es una reflexión sobre el encanto de la novela histórica, la que igual alumbra tus ilusiones que somete y rompe los mitos propios.

 

Atrevimiento

 

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 Escena de la toma de San Xavier en 1863.

 

Contar la historia de la más heroica de nuestras derrotas. Hacerlo desde la perspectiva de una mujer del bando conservador.

Es la vida de una ciudad en un momento preciso de su historia, el más heroico, el más precario, el más confuso, siniestro y cruel: el sitio al que la sometió el ejército invasor francés en los meses secos de 1863.

En ella sus valles y sus ríos, sus calles cuadriculadas, sus casonas solemnes, sus patios sombríos, sus salones de candiles de cristal y de ceras derretidas, los salones como mirillas del poder de clérigos y comerciantes, de militares y prostitutas.

Sus voces múltiples y contradictorias, sonoras y sacras, tipludas y sarcásticas, voces de un mosaico abigarrado que igual confirman una idea en su perspectiva histórica que las rompen en sus marcos y arraigos con las que hemos construido sinceras y equivocadas explicaciones.

 

Atrevimientos

 

Jarrón con escena de mujeres bailando. Anónimo, 1840-1860. Loza estannífera (talavera). Museo Amparo, Sala de Arte Virreinal y Siglo XIX.

Es la historia de una mujer, Lucrecia, carnal y lúcida a sus cuarenta años, con la belleza de una voz propia, que describe el mundo que se precipita al vacío y que se llevará su vida. Sobre el relato de los acontecimientos históricos, la voz de Lucrecia en sus días de reclusión, conforme con el destino que le espera, que se va leyendo en trazos a lo largo de la novela. Es el recurso del diario como artificio literario que le imprime una realidad que por sí misma no alcanza fácilmente la narrativa del historiador. El relato de Lucrecia nos propone una lectura de la historia real que fue y ya no es: la de la sobrevivencia y la lucha de mujeres anónimas en un mundo en guerra.

Y con ella una familia, no cualquiera, propuesta con apellido fincado en el abolengo de una sociedad conservadora en extremo. Es este también un atrevimiento mayor: los personajes centrales de la novela son todos miembros del partido que apuesta y va a la guerra por la restauración del viejo régimen eclesiástico colonial como fundamento del México independiente.

Es entonces, una novela que retrata una sociedad en la que los hombres y sus antiguos poderes resisten la transformación histórica de una nueva nación que nace quebrada desde su origen:

El cura Miranda y la guerra de religión.

El comerciante Julián y la estructura económica colonial.

El hacendado y militar conservador,  Antonio Haro y Tamariz, que lucha por el antiguo régimen de “religión y fueros”

El mariscal del ejército invasor, cabeza de playa del colonialismo europeo fundador de la catástrofe bélica del siglo XX.

Pero es también la historia del sinfín de actores anónimos que pelearon y murieron por un propósito que ahora nos parece simple: una patria independiente y libre, comprometida con el poder civil. Ya no más un Estado sujeto por la Iglesia. Ya no más una patria de Dios.

 

Historia y novela

 

 Crónicas de Guerra 1. El combate de Santa Inés en el Sitio de Puebla de 1863

 Sitio de Puebla. Paisaje después de la batalla.

 

Destinada al infortunio cumple con los mínimos de la novela histórica: relata hechos reales que sucedieron en un momento determinado de la historia de Puebla, la ciudad que en esa coyuntura de la disputa por la nación se encontró en medio del camino y de la revuelta. Paso obligado en la ruta que liga al poder central de la nación –la ciudad de México-- con el mundo, es también un emplazamiento principal del antiguo poder colonial sobreviviente, el del fuero que el Arzobispo Pelagio Labastida caracteriza como un poder preexistente y que no proviene del poder civil.

La ciudad de Puebla, desde el arranque mismo de la novela, se planta como lo que fue por tres décadas fundamentales para el surgimiento de la nación mexicana: campo de batalla en el que se dirime su destino. La narración del amanecer del día de su capitulación confirma lo que sus habitantes vivieron: la matanza sin freno que arrastra la guerra. Y creo que aquí está el valor fundamental del esfuerzo narrativo de Óscar Hernández: plasmar con los personajes en los que podemos reconocernos la violencia contenida en el proceso de formación de la nación mexicana y que obliga a cuestionar por su sentido. En el fondo es la pregunta por ese país por el que se mataron con tanto brío. Una violencia que podemos contrastar con la violencia que hoy nos agobia y que todos los días se lleva la vida de personas anónimas que la pierden ya sin tener a la vista la idea de una nación y un futuro. Si México se ha construido a sí mismo desde sus guerras civiles, ¿qué país puede surgir de esta matazón en la que nos encontramos en estas dos primeras décadas del siglo XXI?

 

Historia y ficción

 

Combate en el corazón de la penitenciería.

 

Imaginación y realidad. Novela e historia se distinguen una de otra en sus principios y sus fines. La historia y ficción –dice Enrique Florescano en un texto con ese título publicado en la revista Nexos del mes de enero de 2009 —se entrecruzan y fecundan mutuamente. En esa encrucijada leo la novela Destinada al infortunio, del novel escritor poblano Óscar Hernández López, editada recientemente por el IMAC en la ciudad de Puebla. La relación entre el relato histórico y la ficción la explica Florescano con la perspectiva de Paul Ricoeur:

“Para él, lo que define a la historia y le otorga su autonomía epistemológica es el entrelazamiento de las tres operaciones sustantivas del discurso del historiador: la prueba documental, la explicación-comprensión y la representación historiadora. La unión de la prueba documental con la explicación comprensiva y con la escritura es la fuerza que acredita la pretensión de verdad del discurso histórico. En última instancia, la tarea de representar en el presente una cosa ausente marcada con el sello de lo anterior es la tarea específica de la historia.”

Desde ese entendido de la labor del historiador enfrento la novela de Óscar Hernández López, pues es la suya una ficción que encuentra en la documentación histórica su principal sustento. La novela histórica está obligada a cumplir el requisito fundamental de la construcción del relato histórico: la documentación de fondo, la interpretación de los acontecimientos como sustento de la narración literaria. El esfuerzo primario de este género narrativo es el de acercarnos a los acontecimientos tal como ocurrieron.

La novela no duda en introducirnos en un momento histórico de la ciudad, es un relato fundado en hechos que ocurrieron y están documentados en la historiografía y la literatura de la época. Nos arroja sin prejuicios en una realidad en la que no es irrelevante saber qué y cómo ocurrió el ese sitio en el que pelearon y murieron miles de poblanas y poblanos en los aciagos primeros meses de 1863. El suyo es un atrevimiento de base: contar hechos y voces de un momento histórico al que no asomamos desde lo vivido y sufrido por personajes de su imaginación. Pero su perspectiva parte de un proceso intelectual conjuntado en la documentación histórica de la que se nutre y que asimila el novelista.

En esa discusión se enmarca la novela histórica como género de la literatura. Florescano analiza la postura del escritor francés Roland Barthes en torno a la historia como una ficción verbal, un lenguaje, una forma más de la retórica, casi como una construcción novelesca en el que los hechos se difuminan y deja de ser relevante si ocurrieron o no. Pero el relato histórico está fundado en la investigación, el análisis y la interpretación, y justo ahí se hermana con la literatura. Por el contrario de lo que sería contemplar la historia como una ficción verbal, la novela histórica se planta ante el relato propiamente histórico, lo cuestiona en su interpretación explicativa y se hermana con él al querer fundarse en hechos incontrovertibles. Así, el historiador y el novelista se encuentran y sus historias se cruzan en la línea difusa que distingue entre la realidad y la ficción.

Si la historia, entonces, es una invención que se descubre –tal como lo plantea Florescano--, ¿cuál es el campo que se abre para la novela que se funda en hechos históricos para descubrirse en su ficción?

Destinada al infortunio se construye sobre una primera estructura, la de los acontecimientos ocurridos en la vida de una ciudad que en treinta años tiene que soportar la destrucción provocada por cinco asaltos en veinte años de guerra civil en una nación que dirime así la disputa por un proyecto nacional: de la religión como sustento del Estado a la ley civil como fundamento del poder.

1848 y la expoliación del territorio tras la guerra de invasión norteamericana. La brutalidad del poder del Estado Nacional capitalista que destaza sin miramientos a una sociedad todavía semifeudal, precaria e inerme.

1856 y el sitio que le impone Comonfort a las fuerzas de Haro y Tamariz en el preludio de la guerra contra las Leyes de Reforma (1858-1861) y la desamortización de los bienes del clero y de los pueblos indígenas en la que se confrontan dos proyectos de Estado. Religión y fueros o liberalismo y poder civil.

1862, con nuestro 5 de Mayo como expresión de las guerras coloniales promovidas desde Europa en el marco de la sobrevivencia del antiguo régimen.

1863, como expresión de la existencia concreta de un proyecto de Estado Nacional que deja de tener a Dios como base del poder político y origen de su legitimidad.

1867 y la confirmación de la derrota del antiguo régimen y la victoria del Estado-nación que llamamos México y la recomposición capitalista de la tenencia de la tierra.

En dos décadas, entonces, en la azarosa vida de una ciudad, se contienen las versiones históricas heredadas por el relato estructurado de su historia: liberales y conservadores, masones y curas, Iglesia y Estado, reforma e imperio, intervención y república. En la memoria que la interpretación histórica y el discurso político han montado sobre nosotros los personajes de piedra a los que llamamos próceres o traidores. Haro y Tamariz, el arzobispo Pelagio, el presbítero Miranda no alcanzarán estatua. Zaragoza, Comonfort, González Ortega se convertirán en bustos de hoja de lata. Porfirio Díaz se quedará para siempre en el lindero solitario del héroe y el villano.

Es la historia que nos heredaron. Contarla con la pretensión de la verdad es la tarea de los historiadores. Si seguimos a Florescano, la historia se funda en la pretensión de verdad, pero la ficción fabrica una realidad a partir de la imaginación literaria.

 

Novela histórica

 

Plano de la ciudad de Puebla en la década de los sesenta del siglo XIX,

 

“El multiforme y huidizo escenario de la realidad –dice Florescano—es el campo común de observación de pintores, escritores e historiadores, igual que el de los economistas, sociólogos, politólogos o antropólogos, todos con sus propios instrumentos para aprehenderlo y representarlo.”

¿Cuál es la tarea del novelista? El atrevimiento de Óscar Hernández López para la historia literaria de Puebla es la de llevar en paralelo el registro de hechos consignados por la historia –como por ejemplo el recuento del asalto por las fuerzas de Forey al bastión de San Javier desde el llano que él contempla en la loma del cerro de San Juan—con el artificio literario por el que la narración transcurre por las páginas del diario de reclusión escrito por la protagonista principal de la historia, Lucrecia. El autor nos ofrece, desde el relato de los hechos ocurridos en la defensa de la ciudad contra el ejército invasor, bien documentados por la historiografía poblana, una perspectiva de la realidad humana de quienes los vivieron. Este es el reto a los historiadores contemporáneos que brota de la novela de Óscar Hernández López. Responder al desafío que les impone el relato literario en su propósito de conocimiento de una realidad histórica.

¿Logra Óscar superar el más importante reto de novelista historiador, aquel que le impone lograr esta “impresión de realidad”?

En gran parte de la trama, por supuesto que sí, y así contemplo el conjunto de relatos del escenario bélico y las batallas y escaramuzas que ocurren a lo largo del relato. Toca, sin embargo, aristas muy agudas, y la dificilísima de reconstruir el lenguaje cotidiano de personas que vivieron hace 150 años.

¿Cómo asegurar que así hablaría una mujer que a sus 40 años, con una educación católica estricta, refiere su condición de amante del mariscal en jefe del ejército invasor?

¿Cómo describir con detalles precisos los mecanismos que encontraron unos y otros, asaltantes y defensores, para urdir una trama de espionaje con una red intrincada de informantes que discurren por salones, prostíbulos, mercados y saltan los muros y trincheras de una ciudad bajo el sitio más descarnado?

“Las flores de la ficción –dice Henry James, citado por el propio Florescano—tienen aroma de realidad y otras no”.

 

Lucrecia

 

 

Al final de la lectura uno le demanda al autor no habernos dado mucho más a Lucrecia. Entendemos que está sometida por el propio término que ella se ha impuesto. Pero ahí la ficción se debe imponer sobre la historia. Hemos creído en ella como una persona a la que la realidad ha transformado radicalmente. El vendaval de la guerra civil arrasó hasta los cimientos con su vida entera: familia, religión, sexo, todos sus valores trastocados. Son los demonios que la acosan en la soledad del calabozo al que la han arrojado. Y es el artificio literario que le da a la novela su carácter más propio, la voz en primera persona por el que se disloca el hilo del narrador neutral amarrado al tiempo que imponen los acontecimientos históricos. Es el yo mismo con el que cada quien mira su historia. Y para el caso de la novela histórica, la cuenta para otros.