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12 Junio 2024, Puebla, México.

Vértigo es la palabra para entender el sinsentido / Sergio Mastretta

Sociedad | Crónica | 18.MAY.2023

Vértigo es la palabra para entender el sinsentido / Sergio Mastretta

Ser al mismo tiempo combatiente y campo de batalla

 

En el vértigo de la soledad del insomnio. Por eso decimos que la vida es sueño

 

A qué se parece la muerte

 

A perder el conocimiento en un instante y despertar por el golpazo contra el piso. Domingo 14 de mayo a las 2.16 de la tarde. Estoy solo en casa. He pasado la mañana a contragolpe por una diarrea que apareció en la madrugada y como consecuencia de unas garnachas que me comí el viernes en un atentado contra la dieta rigurosa por los divertículos que enfrenté hace tres semanas. Es el trabajo, me dije, estoy en este pueblo con un grupo de campesinos despojados de sus tierras en el proceso de implantación de la automotriz AUDI, diez años después algunos, cinco años hace, otros, pero la palabra engaño la tienen todos en la flor del enojo. Estoy con ellos para cumplir con el proyecto de narrar lo ocurrido en estos diez años en un territorio al que le cayó el Estado autoritario para cambiarle la vida con la consigna despojo de la tierra como interpretación final y única de la ley en Puebla. Y me he comido unas garnachas que me gustan y que estallan el domingo en la madrugada.

2.14  de la tarde del domingo entonces. Por la mañana me he hidratado todo lo posible, y en las últimas cuatro horas desapareció la emergencia suelta. Duermo desde las doce del día. Despierto con un retortijón a la izquierda en el bajo vientre. “Los divertículos”, me espanto. Y con él las náuseas. Tranquilo, espera que pasen, respira. Eso hago. Me siento en la cama al fin. Respiro más. Ya estoy mejor. Decido pararme. Ir a orinar. Bien, lo haré con cuidado.

Es lo último que recuerdo. Vértigo es la palabra para entender el sinsentido.

Me despierta el trancazo, el sonido seco del hueso contra el suelo. Estoy tirado al pie de la cama, pero no dejaré rastro de sangre. Ese lo encuentran mis hijas en el baño, ahí ha quedado el chorro que brota en una rejada vertical de cuatro centímetros en la sien derecha, cerca de la ceja. Mi cirujano General Maza muy pronto mandará comunicados a todo cuartel médico que se le ocurra. Yo, por lo pronto, sigo en el suelo, y sostengo mi mundo entero.

 

Primera aproximación

 

A qué se parece la muerte. Nos asomamos a ella en la experiencia de los otros. Nací en 1955. El aprendizaje empezará pronto.

Al paso de las mujeres de luto en su camino desde el templo de Santiago hacia la casa de Doña Elvira Gómez, en la 15 Sur. Es mi recuerdo más remoto. Tengo cuatro años en 1959 y ya sé que existen los entierros.

A la primera vista de un ataúd que guarda ya para siempre a la madre de mi amigo Pepe Pérez del Razo. Él y yo tenemos diez años en 1965. Alguien ha decidido que es la hora de que contemplemos el cuerpo sin vida de una persona. Uno por uno desfilamos sus amigos. La vemos. Lo abrazamos. Es el primero de nosotros en quedar huérfano.

A la tristeza de la tía Alicia cuando me permiten despedirme de ella una tarde de diciembre de 1968. Ella tiene 40 años y un cáncer implacable. Yo tengo 13 años y soy su ahijado.

A la mirada de papá en la noche del 8 de mayo de 1971. La embolia lo arroja poco a poco al abismo. Su brazo derecho es un aspa absurda al viento que lo persigna movida por rezo del jesuita que le impone los santos óleos. Papá se va de la vida con la certeza de que existe Dios. Tengo 16 años y para mí empieza la cuesta interminable del sinsentido.

Al llanto irrefrenable de una mujer que corre hacia el cuerpo atropellado de su marido en Plátano y Cacao en 1972. El espejo retrovisor derecho del tráiler de Pemex golpea la cabeza del campesino, y sigue su camino, como desgaja un coco un golpe del viento. La explicación que escuchamos los curiosos no tiene nada que ver con el hombre tirado en la cuneta. La búsqueda de las causas siempre será una entretención del mundo de los vivos.

A la voz de Jesús, mi compañero jesuita un amanecer de julio de 1974. Estamos en Melaque, de vacaciones en esa costa entonces todavía virgen de Jalisco. Somos novicios en el primer año de vida en la Compañía de Jesús. “Sergio, no me puedo mover…”, me dice. Y ya no podrá hacerlo más, porque lo que sea el vértigo interno que le quita la vida lo fulmina en unas cuantas horas.

A la mollera de una mujer a la que un rayo le ha cocido los sesos en una tarde de tormenta tal vez en julio de 1976. Toda la aldea de la Huisachera y los alrededores del pueblo de La Paz, en Jalisco, hemos acudido a tocarle el cráneo tatemado y esponjoso como premonición de nuestro propio destino.

Tengo 21 años y me detengo: no hay tiempo pasado ni futuro, si no estás, lo que queda es el vacío. Perder la noción del tiempo. ¿De eso se trata la muerte?

Es la condición humana, me recuerda André Malraux, y se lleva toda la vida para entenderlo.

 

Segunda aproximación

 

¿A qué se parece la muerte? Tendré tiempo para averiguarlo por mí mismo.

 

1964

Tengo nueve años y una bicicleta que dejé a la entrada el Club Alfa 1. Casi son las 6 de la tarde después de clases, pero en julio la cuenta de las horas es larga, y no importa que esté nublado y el agua esté fría. El mundo lo mido desde los tres metros de altura del trampolín grande y me creo Joaquín Capilla con sus oros y platas en tres olimpiadas cuando extiendo los brazos y reboto en la madera y vuelo para tocar con mis manos la punta de los dedos de mis pies pequeñitos. Me zambullo. Dos brazadas y salgo a la superficie. Abro la boca, inhalo, pero algo ha ocurrido, mis pulmones impiden la entrada del aire. Lo que sigue es el infierno bronco de la pulmonía. 

 

1972

Debe ser mayo y temporada de riego en Tecamachalco pues la línea del agua en la ribera marca cuatro o cinco metros debajo de la marca más alta en la playa reseca. En el lago de Valsequillo no se habla de podredumbre y el motor de 45 caballos de la lancha de casco blanco y cubierta negra de mis primos los Sánchez se adentra hacia los embarcaderos de las casas del Oasis. Xavier tiene 16 años y esquía feliz en el slalom. Yo tengo 17 y soy el piloto por primera y única vez en mi vida. Cuando el cable metálico con el que se amarra la embarcación decide saltar por la borda yo imagino que es posible alcanzarlo para que no alcance la propela sin perder el volante ni mucho menos aminorar la velocidad. Xavier grita y se angustia y acaba por soltar el madero y la cuerda que lo jala y se hunde poco a poco en el agua sin dejar de mirar que su primo del alma sale volando cuando la lancha se estrella contra el barandal del puente que une al embarcadero de la familia Calderón a la orilla. Mi vuelo es corto, mi cabeza topa contra el fierro despintado del barandal y quedo tendido sobra la cubierta delantera de la lancha. No pierdo el sentido. No tengo un rasguño. No tardo en asimilar que soy un cabeza dura.

 

1980

Apenas cumplí 25 años. Ya vivo con Emma. Alicia nacerá dentro de cinco años. Por el sueño insensato de revolución soy obrero de los Ferrocarriles Mexicanos. Pertenezco a una célula que por clandestina extrema sabe que forma parte de una red de la que todo lo ignora. No importa. Además, el marxismo no nos da derecho a decirle a nadie lo que tiene que hacer, y mucho menos cómo deben los obreros mexicanos convertirse en el proletariado que transformará el mundo. Ni siquiera nos permitimos la propaganda. Somos un puñado de orates, pienso cuando veo venir la locomotora de patio en el extremo sur del enorme tendido de vías en los que se forman los trenes que saldrán al camino. Soy ayudante de electricista y debe conseguir entre las máquinas muertas que tanto abundan los tapones de los motores de tracción que mi Maestro me exige para poder echar a andar la General Electric que aguarda en la Casa Redonda. Ya pasa de medio día y caminando me llevaré veinte minutos. Aprovecharé el aventón. Lo he hecho otras veces: la máquina marcha lenta, así que si me le emparejo al tiempo que tomo el barandal de la escalinata brincaré justo a tiempo para trepar en ella. Mal cálculo, no tomo el barandal, me golpea el brazo, me rueda de lado y caigo. El maquinista no se entera de que las ruedas pasan a centímetros de mi cabeza.

 

1985

19 de septiembre a las 7.20 de la mañana. Onceavo piso en un edificio de catorce apostado en la bella Avenida Paseo de la Reforma. Ahí vivimos Emma embarazada y yo ex ferrocarrilero, ya periodista de lleno, en el departamento en renta que mamá nos ha dejado tras su regreso a Puebla. Hemos sido muy felices en estos dos años. Nuestra recámara golpea contra el edificio vecino, el de las oficinas de Aeroméxico. Las dos estructuras tienen vida propia, ahora lo sabemos. Los cristales se quiebran en concierto con el timbre quejumbroso con el que resisten las crucetas de hierro con las que reforzaron el edificio tras el terremoto de 1957, las que salvarán nuestras vidas.

 

1990

Verano, media noche en la carretera Ajuchitlán-Ciudad Altamirano, en el corazón de la tierra caliente de Guerrero y Michoacán. Vengo de una tarde de cervezas con campesinos de uno de los once municipios que el PRD ganó en la tierra de Figueroa. El llano oscuro se recupera del día, deja de ser el horno infernal que todo lo consume. Ahora el tiempo sólo existe en los faros del automóvil: una línea estrecha cortada por arroyos que derivan al Balsas solitario, a la derecha del camino. Imaginario, el río pobre del territorio nacional, suspendido en sus afluentes como el esqueleto tieso de un pescado, es la arteria campesina. Cualquier monólogo se estrella contra una linterna a media noche en la carretera desierta de Ajuchitlán, la que baja de la sierra de Lucio, de la sierra del narco y la guerra. Es una luz que exige el alto. Es una luciérnaga que manda en el reflejo de cuatro fusiles Cuerno de Chivo que exhiben figuras fantasmales. Alto en la carretera: cuatro fusiles apuntan al auto de un periodista que sigue la huella de la insurgencia campesina. Un periodista que por fin es consciente de que está en el país en el que la vida no vale nada.

Tengo 35 años y me detengo. La narración de la posibilidad de mi muerte es un vago intento de pensar el instante en el que se detiene el flujo entre el pasado y el futuro.

 

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Perder la noción del tiempo. ¿De eso se trata la muerte?