Por su puesto que no estaría de acuerdo en que el presidente del Senado encare, confronte e insulte a cualquier adversario político ni en lo público ni en lo privado, y tampoco con las voces que le exigían que contestara las agresiones del hijo de Felipe Calderón.
Durante el vuelo, Fernández Noroña utilizó su cuenta en X para referirse despectivamente al expresidente Calderón, llamándolo «Tomandante Borolas» y sugiriendo que su presencia en el vuelo se debía a una boda en Campeche donde «no puede perder la oportunidad de ponerse persa gratis»
Sin embargo, al descender del avión, la dinámica cambió. Luis Felipe Calderón confrontó a Fernández Noroña en el aeropuerto, cuestionándolo por sus comentarios en línea y señalando que «en el Twitter sí, ¿verdad?». Este enfrentamiento directo contrastó con la facilidad con la que se emiten insultos en las plataformas digitales, donde la distancia física suele fomentar una comunicación más agresiva.
¿Qué motiva a las personas a insultarse con tanta facilidad en línea? ¿Por qué esa agresividad sería menos probable si los mismos usuarios se encontraran cara a cara?
Uno de los conceptos clave para entender esta conducta es la desinhibición digital. Cuando está de por medio una pantalla, es decir cuando las personas interactúan en línea, tienden a comportarse de manera más extrema, impulsiva o agresiva debido a factores como el anonimato que despierta una sensación de impunidad.
La invisibilidad física, al no ver las reacciones de la otra persona —enojo, gestos de dolor, incomodidad, miedo— reduce la empatía. Es más fácil lanzar un insulto a una foto de perfil que a una persona real. La pantalla actúa como escudo emocional, al darse una distancia emocional de esa magnitud, el usuario siente que su agresividad no tiene consecuencias reales ni inmediatas.
Por su naturaleza asincrónica, en la mayoría de las redes sociales, las y los usuarios pueden escribir un insulto, enviarlo y alejarse. No hay el mismo compromiso emocional ni necesidad de sostener el conflicto cara a cara.
La política no es solo una discusión racional de ideas, moviliza identidades, valores y emociones profundas. En redes sociales, los debates políticos suelen abordarse desde trincheras simbólicas: derecha contra izquierda, progresismo contra conservadurismo, “nosotros” contra “ellos”. Insultar se vuelve una forma de reafirmar la identidad grupal demostrar lealtad ideológica, reducir al adversario a una caricatura. El insulto se convierte en una forma de performance, en la que el usuario busca no tanto convencer al otro, sino ser validado por su propia audiencia o burbuja digital.
En eso Gerardo Fernández Noroña es un especialista, son memorables y numerosos sus enfrentamientos con el expresidente Felipe Calderón, la mayoría de ellos emitidos desde la tribuna de la Cámara de Diputados y desde las Redes Sociales.
A Noroña no se le puede acusar de cobardía, ni de «aventar la piedra y esconder la mano», no cuando demostró su valentía y arrojo al señalar, confrontar y denunciar públicamente y en su presencia, al entonces Secretario de Seguridad Pública Genaro García Luna en 2009.
El propio senador, ha sido víctima de innumerables insultos, memes y alusiones personales. Desde el apodo «Changoleon» por parte de la también senadora Lily Téllez, hasta el episodio de septiembre de 2024, cuando fue agredido física y verbalmente en una sala VIP del AICM por el abogado Carlos Vázquez, quien posteriormente le ofreció una disculpa pública por sus acciones
Hoy me parece que es un tema de envestidura y sobre todo de comprender y analizar que los insultos en línea generan una falsa sensación de poder. Decirle «ignorante», «basura» o «fascista» a alguien en línea no requiere el mismo coraje (ni responsabilidad) que hacerlo en una plaza pública o en una conversación cara a cara.
La facilidad para insultar en redes sociales en contextos políticos – particularmente X, la red más violenta- se explica por una combinación de desinhibición digital, anonimato, tribalismo ideológico y ausencia de consecuencias inmediatas. La interacción remota permite que las personas expresen su agresividad sin los frenos naturales que impone la interacción presencial. En el fondo, el insulto en redes es tanto una forma de escape como una puesta en escena: se lanza no solo para herir al otro, sino para confirmar quién se es frente a los propios.
Pensar en cómo rehumanizar el debate político pasa, quizá, por reconstruir las condiciones de presencia, escucha y empatía que se pierden en los 280 caracteres.
Quien esté libre de pecado, que tire el primer tuitazo.
Hasta la próxim