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18 Septiembre 2021, Puebla, México.

Cuánto tiempo sin verte / Carlos Mastretta Arista (1912-1973), medio siglo

Cultura /Sociedad | Crónica | 9.MAY.2021

Cuánto tiempo sin verte / Carlos Mastretta Arista (1912-1973), medio siglo

Verónica Mastretta

Vida y milagros

                                                  

Hace ya 50 años, durante una tarde de sábado, miré por última vez a mi padre silbar y caminar por la casa pausadamente, ensimismado en sus pensamientos. Un día más, sin imaginar que sería el último.  En las tardes ociosas me gustaba  la sala en penumbra de mi casa, donde estaba el tocadiscos con su música cómplice. A esa pequeña sala casi no entraba nadie a esa hora. Yo estaba en la edad en que nuestros padres y sus vidas nos importan un comino y son casi invisibles para nosotros, la edad en que también nos gustaría ser invisibles para sus ojos vigilantes. Ese 8 de mayo, desde ahí vi entrar a mi padre al comedor, como cada sábado, a darle cuerda a un reloj de pared que mi madre había heredado de su abuelo. El reloj tenía números romanos y un gran péndulo dorado encerrado en una caja de cristal .Mi padre no me vio, pero yo lo vi a él concentrado en  abrir el vidrio redondo que protegía la carátula del reloj y darle cuerda con todo cuidado. Me dio ternura  verlo, pero no le dije que ahí estaba, agazapada  en el sillón,  rumiando mis amoríos adolescentes sin que nadie me molestara. Sentí una seguridad extraña que emanaba de su figura y su rutina de  darle cuerda al reloj. Se alejó silbando, como lo hacía cuando estaba contento y tranquilo; ese día todos sus hijos estábamos en la casa, y lo alegraba en particular la presencia de mi hermana y la mía, que hacía unos meses nos habíamos ido a estudiar a México.  Le daba miedo que anduviéramos por ahí, tragadas por la capitalota,  como chivos sin mecate, trajinando en camiones y aventones a la universidad, en especial Ángeles, que  sufría de epilepsia y había decidido valientemente aventar su enfermedad a la  basura, salir del capelo protector de mis padres e irse a la UNAM a estudiar periodismo.

 

"Hoy puedo dormir tranquilo, están todos aquí", dijo esa  noche antes de meterse a su cama con un libro. Una hora después, a las once, mi madre salió alarmada del cuarto y llamó a  un amigo que era doctor. Mi padre había sufrido un derrame cerebral. Nuestro mundo cambió para siempre. A nuestro círculo familiar, tan cercano, cálido y frágilmente seguro, había llegado a tocar la muerte. Dos días después mi padre murió. Solo mi madre estaba con él en esa madrugada del once de mayo. Ingenuos como éramos entonces, creímos que se salvaría. Cuando llegamos al hospital su cuerpo tibio parecía dormido. Le dimos las gracias sin saber si los muertos escuchan, sin saber a dónde van, ni si nos oyen o nos pueden ver acongojados. Hay quien dice que sí.

 

Ese mismo día por la tarde lo enterramos. Mi hermano Carlos les tenía terror a los velorios que acaban en jolgorio y corrillos de personas contando chistes. Todo en el entierro de mi padre fue sencillo, como su vida misma. Nos dimos cuenta esa tarde de cuántas personas lo querían. Llegaron convocados por la esquela del periódico en el que mi padre escribía todos los días, sin cobrar un centavo, porque para él  escribir su columna  "Mundo Nuestro" era un gusto y una forma de participar en la vida de su comunidad. Como en un sueño o una pesadilla todo pasó a la vez, lento y rápido. La fuerza de mi madre ante la adversidad hizo que la casa siguiera funcionando esa semana, como si la rutina pudiera engañarnos, como si la comida  servida en punto de las dos pudiera hacerlo entrar de regreso de su trabajo, silbando como siempre. Una mañana de esa semana adversa, entré al cuarto de mis padres mientras mi madre dormía aún. Vi el espacio de mi padre vacío en la cama, y la mano de ella depositada sobre ese hueco, como si así pudiera tocarlo o convocarlo. Ella fue inquebrantable en esos días. Yo solo vi ese gesto, ese brazo  tratando de llenar el espacio en que ya no estaba su marido. El sábado siguiente, por la tarde me volví a refugiar en la penumbra de la sala. El tocadiscos estaba apagado. Mis  divagaciones ya eran otras,  las de una mujer y no las de una niña estúpida. Pensaba en los labios delgados de mi padre, en su forma sensual de fumar después de la comida, en su olor a lavanda, en su forma de tratar con su vieja cafetera italiana cada mañana, en sus conversaciones interesantes y divertidas, en su voz, sobre todo en su voz  suave que nunca nos hirió. En la sala en silencio solo me acompañaba el ir y venir del péndulo del reloj acompasadamente, como el latido de  un corazón. Seis vibrantes campanadas me anunciaron la hora, y luego, el constante latir del péndulo dorado siguieron acompañando mis atormentados pensamientos. No sé cuánto tiempo pasó, quizás media hora, y entonces el péndulo se detuvo. Me vino a la cabeza con una nostalgia abrumadora la figura de mi padre de apenas una semana atrás, entrando en el comedor  a darle cuerda al reloj, como cada semana. Como un golpe recordé que no seguí mi impulso de levantarme a darle un beso a pesar de la ternura que sentí al mirarlo. Fue en ese momento, con el último latido del péndulo dorado, que entendí de verdad que mi padre había muerto y que no volvería a verlo nunca.