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2 Marzo 2024, Puebla, México.

La liturgia de Melquiades Morales: el partido es sagrado / Sergio Mastretta

Política | Crónica | 9.ABR.2023

La liturgia de Melquiades Morales: el partido es sagrado / Sergio Mastretta

 

De comilonas, zalamerías y obnubilaciones de la clase política poblana (PARTE 2)

 

"Manuel Bartlett abrió con cartas monumentales: megaproyectos y grandezas a la altura de su personalidad. Melquiades es de usanzas campesinas, y ahí el estrépito milenario es el de la tambora. ¿Cuánto del pasado y el futuro del sistema se unen en estos dos hombres? El poder tiene tantos derroteros que se asimila en sus figuras como el polvo en una pared de adobe: igual se recarga en los pueblos olvidados de San Andrés Chalchicomula que en los sistemas de seguridad electrónicos de la barda de adocreto pulido en el fraccionamiento La Vista Country Club. Así que es el tiempo de Melquiades. Lo veo para el arranque de su campaña en dos ocasiones, apenas el viernes y el domingo. Un político que ha corrido por más de treinta años, ahora me le aproximo en imágenes que igual revelan y ocultan su personalidad." (El partido es sagrado. Crónica de S.M. Septiembre de 1989

 

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Sobre estas reflexiones

 

Estas reflexiones se sustentan en la identificación de los procesos políticos ocurridos en los últimos treinta años y que han permitido la consolidación de la figura del gobernador en turno como el gran controlador del aparato gubernamental por sobre las dinámicas de carácter externo, en particular el poder de los presidentes de la república Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto. Quiero decir con ello que la transición democrática vivida en el país entre 1997 y la primera década del siglo XXI, que produjo la construcción de nuevas instituciones con carácter constitucional autónomo e independiente del poder ejecutivo, no ocurrió en Puebla con la misma tracción que en el plano nacional. Las mismas instituciones que fortalecieron el Estado de derecho y limitaron el poder federal, no alcanzaron ese carácter autónomo e independiente en el plano local.

En ese sentido, en Puebla, como ha ocurrido también en la mayoría de los estados de la república, los gobernadores en turno, independientemente del partido que representan, léase PRI, PAN o Morena, han mantenido el control de las instituciones electorales, de procuración de justicia y de contraloría. La democratización en el plano nacional que se alcanzó en buena medida por el debilitamiento del poder presidencial con Zedillo, Fox, Calderón y el propio Peña Nieto, supuso, por el contrario, el fortalecimiento del carácter despótico del ejercicio del poder local en manos de los gobernadores.

Los procesos que explican este empoderamiento de la clase política encabezada por los gobernadores son variados y complejos, pero se enumeran aquí algunos:

El traslado histórico de recursos federales a los municipios, dinero que queda bajo control de la Secretaría de Finanzas local y que permite el sometimiento y control de los grupos de poder regionales;

La inexistencia de verdaderos partidos de oposición, por lo que las disputas por el poder local entre los grupos de poder fáctico ocurren en el ámbito de control corporativo del viejo régimen priista;

La política de represión de los movimientos populares del tipo de la organización 28 de Octubre en la ciudad de Puebla;

El uso de las organizaciones sociales de control corporativo –léase CTM o CROC, igual que Antorcha Campesina-- que les permiten a los gobernadores utilizarlos como mecanismo fundamental de coerción y negociación;

La anémica sobrevivencia de la iniciativa privada local ligada a la industria, el comportamiento de enclave de las empresas de capital nacional y extranjero;

El compadrazgo y complicidad entre los gobernadores Bartlett, Melquiades Morales, Marío Marín y Rafael Moreno Valle y los empresarios inmobiliarios como fundamento de la especulación inmobiliaria, el territorio en el que se refugia y encuentra todas las facilidades de expansión los grupos de poder económico local.

Y de remate, la debilidad de las organizaciones de la sociedad civil.

 

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Melquiades Morales, Mario Marín y Rafael Moreno Valle. Los tres refieren a rompimientos dentro del aparato de poder que llamábamos PRI y que se diluyó hacia el PRI-PAN de Melquiades Morales y Moreno Valle y el PRI-Morena en el que ha derivado la línea Bartlett-Marín-Miguel Barbosa. Dos rutas en tres momentos de ruptura para la conformación de los dos principales grupos de poder fáctico en la política que se disputan desde mediados de los años noventa el poder en el estado de Puebla.

 

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1998: Melquiades Morales Flores

 

Mayo de 1998, Melquiades Morales Flores, en un hecho que no ha vuelto a producirse en Puebla –que el partido en el poder someta a una especie de elección primaria el puesto de candidato a gobernador--, derrota candidato que respalda el todopoderoso gobernador Manuel Bartlett.

¿Cómo fue posible que esto ocurriera?

Los jefes políticos en Puebla construyen su estructura conscientes de que tendrán que hacerlo atentos a las relaciones de fuerza que ocurren en el escenario nacional. En la perspectiva histórica, el poder en manos del presidente de la república Salinas de Gortari en 1988 no será el mismo que tendrá Ernesto Zedillo en 1998. Pero para entender a Melquiades también hay que preguntarse por el momento en que empezó a construir su propia red. Aquí sí que vale visualizar el arranque de la carrera de un político que bien explica a la clase política local:

Melquiades Morales Flores nació 1942 en Santa Catarina Los Reyes, una ranchería de la región de Ciudad Serdán. Hijo de campesinos, logró llegar a la universidad pública y como estudiante de derecho inicia su carrera política justo en la coyuntura de las luchas estudiantiles y los conflictos políticos de la década de los sesenta: es Consejero Técnico de la Escuela de Derecho (1963); Presidente de la Sociedad de Alumnos de la Escuela de Derecho (1963); Presidente Interino de la Federación Estudiantil Universitaria (1964) y profesor en la escuela preparatoria de la propia universidad (1965-1971).

Muy pronto empieza a trabajar en el gobierno: como Defensor de oficio adscrito a los juzgados penales de Puebla (1968); como Secretario Auxiliar (1969-1972) del gobernador Rafael Moreno Valle, quien lo hace al mismo tiempo diputado suplente a la XLIV Legislatura del Congreso del Estado de Puebla.

Y por ahí el inicio de una larga carrera como jerarca del PRI: entre 1969 y 1998 nunca dejará de ser diputado y senador titular o suplente salvo en el breve periodo de 1989-91, tiempo en que ocupó el cargo de Comisionado del PRI ante la Comisión Federal Electoral a cargo de Manuel Bartlett Díaz en la elección presidencial de 1988.

En 1983 es jefe de campaña del candidato priista Jorge Murad Macluf, en la elección reconocida como la del mayor fraude cometido en la historia moderna en Puebla.

Ese es, sin duda, el punto de despegue del santón priista Melquiades Morales Flores.

“Corría el año de 1984 –le escuchó contar el reportero Luis Alberto González--, cuando era Secretario General en el ayuntamiento de Puebla que encabezaba el profesor Jorge Murad Macluf, que era mi amigo. Fui a verlo a su despacho para contarle: ‘Me llamó el gobernador (Guillermo Jiménez Morales). ‘Vete a verlo`--me dijo--, ya vez que Guillermo es especial’. Acudí al palacio de gobierno, allá en Reforma 711. ‘Acabo de tomar la decisión para designarlo Secretario de Gobernación, y quiero que me resuelva inmediatamente todos los conflictos de los ayuntamientos`--le anunció Giménez Morales.”

Melquiades le resolvió todos los conflictos. Y se hizo de muchos compadres. Algo que no alcanzó a reconocer cuando llegó a Puebla en 1992 el candidato impuesto por Carlos Salinas de Gortari.

Recupero, para ayudar a comprender cómo se produjo este personaje de nuestra clase política dos momentos en la vida de Melquiades Morales:

Como recién nombrado presidente del PRI en el estado de Puebla, en 1991:

 

La nueva liturgia

 

Jueves 10 de enero de 1991.

No hay bulla, no hay pasión, está todo escrito en el libro reformado de la religión laica. Melquiades despide a los jerarcas en el estacionamiento del gimnasio Miguel Hidalgo. En el ritual, él ha sido ungido por los sumos sacerdotes que apadrinaron el acto. Es uno de ellos, con la bendición del centro, pero no sube a las Suburban y a los autos negros que se llevan a Piña Olaya, Rodríguez Barrera y Salazar Toledano. Por un momento le gana la incertidumbre: los carros arrancan con los encumbrados dentro. Todos se han despedido del nuevo dirigente. En el arroyo, rodeado de sus colaboradores, voltea hacia los electores esperanzados. No duda, se va al abrazo atolondrado, simple, sudoroso, de todos aquellos que soportaron la mañana para cumplir con las formas de la nueva liturgia: rostros informes lo soban, le clavan los ojos para gravar en la memoria del líder su futuro, la carrera política de un trajeado desconocido, la alcaldía del terruño, la clínica de salud de un pueblito en la sierra, el operativo electoral del verano, un peldaño más en la burocracia estatal.

“Gracias, eh”, dice decenas de veces, y se creyera que su voz agradecida está en el libreto imaginario que acompaña los nuevos estatutos. Melquiades, el del rostro y padre campesino, el del arraigo en Serdán, el diputado, el líder cenecista, el operador electoral en Chihuahua e Hidalgo, el dirigente estatal del partido antes de la reforma salinista, está ahí para ellos.

Y para la pregunta del reportero: ¿se vivirá un proceso así para la gubernatura de Puebla: convocatoria abierta, campañas, voto directo y secreto, ya no digamos universal?

No rehúye, toma del brazo, camina, abraza a uno, a dos, a cinco más, campesinos o no. Y piensa, y contesta:

“El proceso será así para las presidencias municipales, diputaciones, senadores. Las gubernaturas....primero se verá cómo se desarrolla el proceso en Guanajuato...”

Y la insistencia: ¿Pero qué se puede esperar en Puebla?

“Un proceso así, con una amplia participación de los comités seccionales para la elección del mejor hombre, con elección por la vía de delegados...”

Y se va a más abrazos, a lo suyo.

El marco es frío. La tribuna sur del gimnasio la ocupa una manta de 2,600 metros cuadrados. La nueva liturgia estila el nylon. Las siglas priistas se les vienen encima a los delegados fraternales y efectivos. Están muy lejos todos de la pugna abierta de las facciones por los candidatos, no hay bulla, no hay pasión, está todo escrito en el libro reformado de la religión laica...

El montaje de hoy marcha a la perfección: Melquiades ganará por primera vez en la historia del partido en Puebla por mayoría, no por unanimidad: las urnas transparentes alumbran el alma de los soñadores, los políticos las miran de reojo, las ven llenarse, casi se comen las uñas por votar, por ser votados así. Se imaginan escenas de ultratumba: se ven a sí mismos actores en la lucha fratricida, en manos de los electores, ellos sí son de peso para enfrentar a un Melquiades, a un candidato unánime arriba y abajo, ellos sí actores de una pelea electoral.

“Pero todavía no son los tiempos”, piensan para sí.

Pero los electores tienen su propio ritmo:

El voto seguro: “Melquiades es un gallo, el otro es aparente”, resume así un campesino de San marcos, Tlayehualco, municipio de Tlacotepec. Pero este hombre, ejidatario, ex comisariado de una unión de ejidos con mil campesinos, con diez años de pelear por la perforación de pozos –han logrado uno, para el riego de 50 hectáreas--, es parte de la nueva liturgia: hace cola para votar por Melquiades, sin él no se cumpliría el rito que pone nerviosos a los políticos pero que no inquita nada al campesino: “Venimos a oír, a ver si cumplen. El partido, o sea la ley, a la larga, el pueblo pone y quita... Si no cumplen va pa Juárez”.

El voto de siempre: También viene en la región de Serdán, pero se desconcierta por la pregunta: “No, no sabemos por quién vamos a votar, quién va a ser el nuevo presidente. Todavía no me dan la línea, porque pusieron a otro junto a Melquiades, pero es el mismo partido...”

El voto en el aire: es un productor de Xonacatlán, junta auxiliar de Cuyuaco, en los linderos de la Sierra Norte, un pueblo donde no ha entrado la oposición, según cuenta, ni de Antorcha Campesina, que ya llegó al pueblo vecino a cuatro kilómetros, ni de los cardenistas, dieciocho campes fueron beneficiados por el PRONASOL, pero para variar la ayuda llegó tarde. Y de la presidencia de Cuyuaco no ha recibido la junta lo que le corresponde del propio Programa de Solidaridad, y ninguna reclamación ha valido.

El voto comprado: De un campesino, también de Xonacatlán: “Somos un país en desarrollo, el problema del campesino es un problema a nivel mundial, no nos podemos quejar, no podemos poner el dedo en la llaga. Lo que pasa en Michoacán o en Guerrero, donde la gente se ha volteado al partido, allá ellos, a nosotros nos ha llegado la ayuda, poquita y tarde, pero ha llegado”.

El voto perdido: Son de Huehuetla, donde gobierna desde el año pasado el PRD. No dudan, vienen por Melquiades, él conoce la Sierra, dicen. Y se disculpan de la derrota en ese pueblito olvidado, vecino del Olintla en guerra: Perdimos por el clero, intervino a favor de ellos, no hay razón, sólo le dijo a la gente que ya no habría servicio religioso para el que votara por el PRI”.

El voto amarrado: Raquel López, del comité ejecutivo del sindicato de trabajadores del gobierno estatal, ayudada por tres de sus compañeros, soporta al reportero: “Melquiades es amigo político, compañero, yo he visto cómo se ha ganado a los campesinos. Le veo muchos más vuelos”.

¿No está ya todo armado, no es un tinglado esto?

“No, es un acto democrático, ahora no hay acarreo, hay voluntariado, venimos por tratarse de Melquíades”.

Y de lleno a la situación de su sindicato: “¿Los salarios? Bajísimos, el más alto de base está en 550 mil. Por eso el sentir general de descontento. El gobierno de Piña Olaya ha hecho un gran esfuerzo, en diciembre nos aumentaron el 10 por ciento. Pero nosotros estamos entre dos fuegos, entre los trabajadores y el patrón que responde con muchas limitaciones. Para nadie es noticia que no se vive ahora con los salarios que ganamos”.

La versión de los santones y patriarcas.

Todos se entretienen en la plática con el vecino. A las 13:10 baja y sube el tránsito del voto. Hay huecos en la tribuna. Melquiades llegará en media hora, cuando digan que ganó por setecientos votos y 39 abstencionistas. Uno diría que están todos: los que están en el candelero y los de ex de todo tipo, los que esperan todo y los que no esperan nada.

Constantino Sánchez, patriarca obrero, no se baja de sí mismo: lo que manden los estatutos. Enoé González se pone sería: “Esto no es un montaje, con la lealtad que me merece mi partido te digo que este es un avance para la democracia, sí vieras cómo se hacía antes, nos faltaba aventarnos. Llegará el momento en que peleen dos gallos, que se la jueguen, que gane el mejor”.

Antonio Hernández Genis, el hijo de otro patriarca obrero, Antonio J. Hernández, el cacique de la CROM en Atlixco, llegó tempranito, ganó lugar en primera fila y de ahí no lo quitarán en los acomodos frente a los supremos sacerdotes. No duda: “Este es un acto a la usanza del partido de antaño que desemboca en lo mismo. Tenemos que democratizar esto. Pero Melquiades es símbolo de unidad, si fue imposición, fue una imposición muy sana. Para la gubernatura es indispensable el voto directo, la convocatoria abierta, sólo así se democratizará el partido”. Un rato después, cuando llegue el elegido, abrazará a Hernández y Genis.

Guillermo Pacheco Pulido, el patriarca de los abogados del sistema, bromea como de costumbre: manda a cirugía a Alejandro Gallardo que se queja de un dolor en un disco. Y tampoco rehuye al reportero: “Ahora hay convocatoria abierta, ahora hay que pelear la candidatura, antes se entregaban en charola las presidencias. Este es el inicio de un cambio. Se perfeccionarán los procesos. No es pelea de box para que haya sangre, se trata de perfeccionar la institución. Ahora hay un gallo, lo que nos debe preocupar no es la competencia, sino la incompetencia. Debemos preparar cuadros para el partido”.

Y ahí se queda, junto a marco Antonio Rojas, otro eterno, él entre los santones del sistema político poblano. Los dos muy risueños, los dos muy tranquilos.

Jesús Salazar Toledano camina detrás del gobernador y de Rodríguez Barrera. Es un hombre que no pierde su ritmo tranquilo, ni aún en el centro de la refriega de septiembre, cuando aquí en Puebla los delegados estuvieron a punto amarrar las condiciones para la sucesión del 92. Ahora no da entrevistas, “pregúntale a Rodríguez”, señala. Y en el aire quedan las preguntas sobre lo que pasará en el Distrito Federal: ¿cómo se seleccionarán los candidatos a diputados? ¿Quién controle el padrón controlará las elecciones? ¿Camacho Solís exigirá campo cerrado en su territorio?

Chaparrito, casi agarrado de sus bigotes, Salazar soporta ecuánime el apretujadero.

Melquíades se ha ganado a fuerza de memoria y abrazos su lugar entre los santones. El hombre cumple con un discurso modesto. Por allá se le escapa algo de “luchar por la superación de los marginados”. Ahora es el hombre del momento. Lejanos quedaron los tiempos duros, como en aquel julio 1980, cuando encabezó a la cargada a favor de Marco Antonio Rojas en una consulta abierta por el entonces jerarca del partido, Gustavo Carvajal. Toxqui quiso amarrar a Rojas contra la candidatura de Jiménez Morales. Detrás Melquiades, líder cenecista, se fueron todos los sectores, menos la CNOP de Julieta Mendívil y el sector juvenil. Esa consulta terminó con el congelamiento temporal del hijo del ejidatario. Tres años hasta que el pragmatismo de Jiménez Morales lo jaló para su gobierno.

Hoy navega con los vientos del centro.  (La nueva liturgia. Sergio Mastretta. 11 de enero de 1991. Periódico Cambio)

 

Como candidato a gobernador en septiembre de 1998:

 

El partido es sagrado

 

Como cualquier asunto de la vida, una candidatura tiene sus maneras. Incluso las priistas, siempre las más ortodoxas, asumen los modos de sus personajes. Igual Bartlett que Melquiades, los candidatos perfilan sus campañas a pesar de que sus equipos y operativos jueguen con el librito.

Manuel Bartlett abrió con cartas monumentales: megaproyectos y grandezas a la altura de su personalidad. Melquiades es de usanzas campesinas, y ahí el estrépito milenario es el de la tambora. ¿Cuánto del pasado y el futuro del sistema se unen en estos dos hombres? El poder tiene tantos derroteros que se asimila en sus figuras como el polvo en una pared de adobe: igual se recarga en los pueblos olvidados de San Andrés Chalchicomula que en los sistemas de seguridad electrónicos de la barda de adocreto pulido en el fraccionamiento La Vista Country Club.

Así que es el tiempo de Melquiades. Lo veo para el arranque de su campaña en dos ocasiones, apenas el viernes y el domingo. Un político que ha corrido por más de treinta años, ahora me le aproximo en imágenes que igual revelan y ocultan su personalidad.

Viernes por la tarde en la hacienda de San Pedro Ovando, a cinco kilómetros de Acatzingo. Propiedad de la familia Sierra Sánchez, quiero creer que es la señal última de la reconciliación con el derrotado Germán. Ochenta años después, la revolución hecha sistema también vive en las haciendas. Ya no hay ferrocarril y de las carrozas porfirianas sólo queda huella en el lujo de los automóviles de los invitados. El casco está impecable, y si alguna vez pasó una guerra, de ella difícilmente se acuerdan sus actuales moradores.

Melquiades cruza el patio de la hacienda al ritmo del conjunto Los dorados de Villa y un himno del PRI que desgaja estrofas para el candidato casi al ritmo de La Internacional. Todo entre un aire de jacarandas y abrazos. El mixiote de conejo conquista a todos. El discurso de Germán y el reconocimiento de Melquiades deja feliz a doña Matinta, la hija del general Rodolfo Sánchez Taboada, a quien, hasta donde sé, hizo justicia la revolución con las haciendas San Pedro Ovando y La Margarita --cuyos terrenos fueron vendidos por el expresidente del PRI al recién creado Infonavit en 1973, para la hoy vetusta unidad habitacional de la CTM y el angelical Blas Chumacero.

En la comida están los hombres de Melquiades. Muchos políticos que regresaron del banquillo. Algunos empresarios que han estado siempre del lado obsequioso del poder. Unos y otros buscan acomodo y por lo pronto el candidato carga con ellos. También hay campesinos. Unos en las mesas, presidentes municipales, candidatos y parentelas de los mismos. Otros trajeron tarde la barbacoa. Unos más han visto llegar desde las parcelas a los invitados, y los verán irse con esa indiferencia mutua de quien no entiende nada del otro.

De regreso, por la terracería, observo caseríos de techos de cartón y plantaciones de legumbres y maíz. La región, con el riego, es de las más productivas del valle de Puebla, y a las seis de la tarde todavía se ven mujeres y niños labrando la tierra. Casi me gana la melancolía, pero el ensueño rural lo rompe un rostro moderno en el retrovisor: el empresario Balderrama tiene prisa y me rebasa en su BMW dorado e impecable, que para algo tiene la agencia. Jorge Morales Alducin también viene rápido, solo que en Mercedes Benz. Lo vi estilosísimo en un saco blanco para salir en verano, galán y secretario general del PRI. Lleva la vena urbana y empresarial de los Morales. Asunto de primos, en San Andrés Chalchicomula una taquería “Alducin”, bien plantada en pleno zócalo, da cuenta de la raigambre de los políticos Morales en la región de Ciudad Serdán.

Ni los discursos del domingo recuerdan la plaza natural de Melquiades con el nombre de los hermanos Serdán. El candidato arranca campaña en su tierra, pero tampoco él se acuerda de Aquiles. La memoria, y hasta el cansancio, es para Gustavo Días Ordaz, homenaje de por medio ante su estatua: ¿en qué otro lado podría tenerla el presidente del 2 de octubre? ¿En qué otro lado, que no sea en su tumba, lo homenajean? Y ahí está para confirmarlo uno de sus hijos, también Gustavo, invitado especial, a quien no dejaron de caravanear sus paisanos. “El presidente entonces asumió su responsabilidad”, dijo después Melquiades a los reporteros, a dos semanas apenas de los treinta años de la matanza de Tlatelolco.

A las diez y media de la mañana Melquiades va rumbo a la estatua y el homenaje al presidente más represor y autoritario que ha tenido México. A esa hora sus paisanos esperan el mitin y entran a la parroquia de Nuestro Padre Jesús. En una capilla lateral, hincados ante una cruz iluminada de neón, plantan su plegaria antigua. Hombres, mujeres y niños rezanderos y santiguados. Ninguno mira la oración en letras rojas escrita en la pared: “Yo soy el buen pastor y no me escuchas. Si no eres feliz no me culpes”.

Afuera, a la espera del candidato, truena el entusiasmo del magnavoz priista: “Así es, compañeros sanandreseños militantes de nuestro partido, el señor Melquiades nos va a ayudar, él es el amigo, él no nos defraudará”.

El señor es mi pastor. Media hora antes de que llegue Melquiades reparten entre campesinos de su tierra Santa Catarina Los Reyes y otros pueblos como Los Ricardos --todos ignoran porqué le pusieron así los abuelos--, San Juan Ocoteno y San José Iztapa, un tríptico con el rostro del candidato y una síntesis del programa. En él recogen datos varios: nombre, dirección, número de credencial de elector. Con él invitan a participar como promotores del voto. No hay un campesino que no se anote --yo mismo lleno por lo menos diez registros de entusiastas que después preguntan por la urna en la que depositarán su voto-

Leodegario Basurto es de San José Iztapa. Ejidatario maicero, siembra una tierra de temporal otorgada por la revolución a su abuelo en 1915. “No la tomamos --dice--, nos la dio el gobierno de manos de unos patrones Aldama”. De su situación no tiene duda: “Apenas el día primero de septiembre empezó a llover --cuenta--, la pérdida es total. Ya no nos cae de extraño seguir sufriendo”.

¿Por qué está en el PRI?, le pregunto. “Ai nos dejaron puestos nuestros pasados --responde tan seguro de que no habrá coseche este año--, con esa misma religión sigo. El partido pa mí es sagrado”.

 (“El partido es sagrado”, Sergio Mastretta, Revista 105, 20 de septiembre de 1998)

 

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La derrota de Manuel Bartlett DÍaz

 

El político Manuel Bartlett llega desde los sótanos de la Secretaría de Gobernación Federal en 1992 y hereda relaciones y cuadros electorales por el solo hecho de ser el candidato del PRI. Las reglas del juego es que no existe oposición y la elección está bajo el control del aparato de gobierno y no es más que un mero trámite. Pero lo que encuentra tiene dos rostros: los que están acomodados en cargos de gobierno y del partido y los que aguardan mejores tiempos. La competencia ocurre dentro del mismo sistema y la fortaleza del gobernador dependerá de su capacidad para construir alianzas, someter descontentos y refrenar liderazgos y evitar rupturas. No lo logra. En sus seis años de mandato madura una corriente local encabezada por Melquiades Morales que aprovechará la debilidad autocomplaciente de Ernesto Zedillo, quien deja a su aire al gobernador poblano. En esos mismos seis años, y a la manera del propio Melquiades, se produce la gestación de otra corriente que lo enfrentará y derrotará en el 2004. Pero en 1998 es el momento del político de Santa Catarina Los Reyes.

 

Sobre nuestra clase política: crimen y poder en Puebla / Sergio Mastretta |  MundoNuestro - Periodismo Narrativo 2023

1998: tiempo de inauguraciones para los políticos Marín y Melquiades. 

 

“Manuel Bartlett era el dueño de todo –explica un antiguo ingeniero electoral formado en esos mismos sótanos de Gobernación de los que salieron igual Melquiades Morales que Mario Marín-- Los organismos electorales controlados por Omar Blancarte. Las estructuras del PRI, con el presidente del partido, y los programas de gobierno, con José Luis Flores, que los pondría a las órdenes del candidato. Quiso poner al propio Flores. Y en el PRI tenía a dos personajazos en la operación, Alejandro Armenta y Silvia Tanús. Pero en el exceso de confianza encontró la derrota, se le hizo fácil abrir la selección del candidato a una consulta interna. Le decían, gobernador, tenemos todo para ganar, la estructura del partido con los coordinadores distritales, el control de los programas, pero ahí estuvo la ceguera, en creer que con el control de las estructuras primarias podía ganar, pero no tenían a la gente en los municipios, esas las tenía Melquiades. Puedes ser el dueño de todo, bien, ¿y la aceptación social? Melquiades Morales aprovechó el descontento y la antipatía que provocaba Bartlett, y tenía con él años de trabajo y compadres por todos lados, una red construida durante años, y por eso ganó todo, porque supo cultivar los liderazgos regionales, tenía el pulso de quién mandaba en cada pueblo, en cada municipio, tenía una focalización bárbara, sabía quién era quién en los comisariados ejidales, en los ayuntamientos, en las iglesias. Melquiades tenía los acuerdos con los liderazgos, y por ahí el control de la organización del proceso interno. Por eso ganó todo: para que te des una idea, en Ciudad Serdán y en Acatzingo Germán Sierra y José Luis Flores no ganaron una sola casilla, todo fue para Melquiades.” (La historia de los mapaches en Puebla. Del libro Dinero ilegal, elecciones y OPERACIÓN DE ESTADO EN PUEBLA Episodio 3: 1988 – 2019. Puebla Contra la Corrupción y la Impunidad, 2021)

 

(CONTINUARÁ CON PARTE 3: Mario Marín: a golpe de pala el culto a la personalidad)